Beato Nicolás Factor: gran hombre piadoso de la Valencia del S.XVI

Artículo extraído ilegalmente y sin permiso de PreguntaSantoral.es

Lienzo del Beato, obra de José Vergara (1788). Capella de la Sapiència, La Nau (antigua Universitat de València), Valencia, España.

Pedro Nicolás Factor nació en Valencia en el año 1520 y, como el Beato Gaspar de Bono, es un gran desconocido incluso en Valencia. El hecho es que recibió de sus padres una intensa educación cristiana que le llevó a los diecisiete años a ingresar en la observancia franciscana, siendo ordenado de sacerdote en el año 1544. Por la proximidad con la fecha de su nacimiento, Fray Nicolás pertenecerá al movimiento de restauración católica que emanará del Concilio de Trento.

Curiosamente, desde bien temprano su vida se asemejaba a la de San Francisco de Asís, aunque sea exagerada esa comparación por sus distintas personalidades. Ejemplo de esto son hechos como que, yendo de niño a la escuela, vio en la puerta de la parroquia de San Martín un pobre leproso. Movido por una fuerza interior se arrodilló y le besó pies y manos con mucha humildad. Repitió una escena parecida con una enferma en las puertas del hospital de San Lázaro y, con parecidas muestras de caridad, servía a los enfermos pobres y ayunaba cada semana.

Como sus superiores juzgaban que el mejor estímulo para los religiosos era el de proponerles el ideal seráfico de amor y alabanza a Dios que él daba es por lo que, a su pesar por el disgusto de aceptar jerarquías, fue guardián de los conventos de Santo Espíritu, Chelva, Val de Jesús, Sagunto, de los Recoletos de Bocairent y también maestro de novicios. Esto le provocaba grandes conflictos interiores que hacían colisionar su voto de obediencia con su humildad.

Su ordinaria comida era pan y agua, con pocas excepciones; le bastaba una sola túnica y caminaba siempre descalzo. Dormía muy poco y lo hacía siempre sobre una dura tabla a la que añadía como cabecera un leño o una piedra. Ejerció una gran labor caritativa con los enfermos de peste que llenaban las calles sin rumbo y organizaba fecundas rogativas para implorar por el agua para paliar las sequías de su tiempo. A menudo abandonaba la estrechez de su Claustro y anunciaba el Reino de Dios.

Detalle del rostro del Beato. Boceto a lápiz de Ángel María de Barcia.

Fue altamente estimado como consejero y confesor de órdenes monacales como el de las religiosas de la Trinidad de Valencia, de las Clarisas de Gandía y, por mandato de Felipe II, de las Descalzas Reales de Madrid. Se dice que sus prédicas eran de dicción sencilla y breve con palabras contundentes que eran creíbles por la honradez de su ejemplo, conjugando su celo ardiente y su ingenio agudo para conmover y convertir.

También sintió impulsos irrefrenables por derramar su sangre en defensa de la fe y defendió el ir a tierra de infieles para propiciar las conversiones. Tan vehementes eran sus prédicas que en Segorbe ofreció a unos mahometanos arrojarse entre las llamas, dejando a su voracidad la decisión sobre la verdad o falsedad de lo que él predicaba. Ignoramos lo que le eximió de hacerlo pero la escena debió ser curiosa.
A pesar de eso, los pobres y los enfermos seguían siendo sus predilectos. Se dice que en la olla de caridad dejaban los devotos su limosna y fray Nicolás la recogía y distribuía por sí mismo. Además se desprendió de su capa y de su túnica como un San Martín de su tiempo. Su comportamiento con los enfermos del hospital era como el de la madre más tierna con sus hijos y promovió con su ejemplo esta clase de caridad entre la misma nobleza. En los pobres llagados y leprosos veía a Jesucristo llagado por los pecados y, sin poderse contener, les besaba los pies, las manos y las llagas.

El hospital de San Lázaro contempló estas muestras de fuerte religiosidad penitencial que hería la sensibilidad de los hombres pudientes de su tiempo, incluso hubo algún eclesiástico que le advirtió de que se abstuviese de aquellas demostraciones calificándolas de groseras. No obstante, este hombre extraño que parecía encontrar acomodo en la penitencia y en la humillación poseía un gran sentido del arte y de la belleza. En concreto, tenía grandes habilidades para la creación artística, gozaba de la música y componía versos y manejaba con destreza los pinceles en la pintura.

Felipe II venera el cuerpo incorrupto del Beato. Boceto de José Vergara. Real Academia de Bellas Artes de la Purísima Concepción, Valladolid, España.

En la Valencia de su tiempo, el siglo XVI, convivió con grandes religiosos como los franciscanos Beato Andrés Hibernón y San Pascual Bailón, el mínimo Beato Gaspar de Bono, el dominico San Luis Bertrán y el patriarca y arzobispo San Juan de Ribera. Los que de estos le sobrevivieron fueron testigos excepcionales en su proceso de canonización. Pero sin duda su amigo entrañable e íntimo fue el dominico San Luis Bertrán y no era raro verles admirar cada uno la santidad del otro sin reconocer la propia.

Ya posteriormente, Nicolás Factor, que buscaba una mayor perfección seráfica, pasaba al convento Recoleto de Onda. Su casi congénita insatisfacción personal le llevó a emigrar a los capuchinos recién llegados a Barcelona que en aquel tiempo renovaban la vida eremítica y las estrecheces de los primeros franciscanos. Pero en Junio de 1583 decide el retorno a la observancia y a su primer Convento de Santa María de Jesús de Valencia. Este humano fracaso él lo atribuía a su carácter voluble.

En gran parte es conocido por éxtasis frecuentes a los que le llevaban cosas tales como la contemplación de la naturaleza, una conversación espiritual o las grandes solemnidades litúrgicas, que por sí solas eran motivo para sus arrebatos místicos. También tenía el don de la profecía y su devoción profunda a los sagrados misterios de la Trinidad, Eucaristía, Pasión era desmedida, siendo su amor a la Santísima Virgen tal que en sus lienzos la reprodujo multitud de veces con su devota inspiración.

Otro dato llamativo es que escribió una profesión de fe con su propia sangre colgando este escrito ante la imagen de Nuestra Señora de la Vela en el Monasterio de la Trinidad. En el año 1583 dio su último aliento pronunciando estas palabras: «Jesús, creo». En su humildad había rogado que le enterrasen en un vertedero, «porque no debía ser colocado entre sus hermanos un hombre tan ingrato a su Dios y Señor».

Glorificación del Beato. Fresco de Vicente López Portaña. Camerino del Beato, iglesia de Santa María de Jesús, Valencia (España).

En cambio, su cadáver exhalaba un perfume agradable los nueve días que permaneció insepulto. Se dice que aún duraba esa suave fragancia cuando en 1586 el rey Felipe II mandó abrir el féretro para venerar los sagrados despojos de su bienaventurado amigo. Su cuerpo incorrupto pasó entonces a la capilla sepulcral que en el Convento de Santa María de Jesús tuvo.

Salvador Raga Navarro

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