El Dulce Nombre de Jesús

Artículo extraído ilegalmente y sin permiso de PreguntaSantoral.es

Ut in nomine Iesu. Iglesia del Gesù, Roma (Italia).

Christus humiliavit semetipsum, factus obediens usque ad mortem, mortem autem crucis. Propter quod et Deus exaltavit illum et donavit illi nomen, quod est super omne nomen: ut in nomine Iesu omne genu flectatur, caelestium, terrestrium, et infernorum: et omnis lingua confiteatur, quia Dominus Iesus Christus in gloriam Dei Patris.
Cristo se humilló a sí mismo, obedeciendo hasta la muerte y muerte de cruz. Por lo cual Dios le exaltó y le otorgó un nombre, que está sobre todo nombre; para que ante el nombre de Jesús toda rodilla se doble, en los cielos, en la tierra y en los infiernos: y toda lengua confiese que Jesucristo es el Señor para gloria de Dios Padre (Filipenses, 2, 8-11)

La Iglesia celebra el Santo Nombre de Jesús durante el período navideño. Desde los primeros siglos del cristianismo, los cristianos empezaron a invocar este bendito nombre, pero como fiesta litúrgica, se celebró por primera vez en el año 1530, cuando el Papa Clemente VII concedió a la Orden Franciscana el privilegio de poder celebrarlo con Oficio propio. Con posterioridad, en el año 1721, el Papa Inocencio VI, la estableció como fiesta para toda la Iglesia latina en el segundo domingo después de la Epifanía. San Pío X la trasladó al primer domingo de enero, pero si este domingo coincidía con la Epifanía, el Nombre de Jesús sería celebrado el día 2. Actualmente, se celebra el día 3 de enero.

El nombre de Jesús es un nombre impuesto por el mismo Dios: “He aquí que concebirás y parirás un hijo y le pondrás el nombre de Jesús” (Lucas, 1, 31) y de este relato se hace eco el Responsorio siguiente a la primera Lectura del Primer Nocturno del Oficio de Maitines de esta festividad. Y Dios escoge este nombre porque Jesús significa “Yahvé salva” o “El que salva con la fuerza de Yahvé” y esa es la misión que Cristo trajo al mundo: salvarnos y como nos recordaba San Pablo al principio, lo hizo muriendo en la cruz.

Apoteosis del Nombre de Jesús. Iglesia del Gesù, Roma (Italia).

José, ejerciendo su legítimo derecho de padre, cumple las palabras del ángel y en el acto de la Circuncisión le impone el nombre de Jesús “porque Él va a salvar a su pueblo de sus pecados” (Mateo, 1, 21). Jesús es el mismísimo Yahvé, que se encarna en María Virgen, que se hace hombre como nosotros y que nos pone en comunicación directa con la divinidad haciéndonos hijos por adopción. Su nombre, lo define perfectamente, tanto a Él mismo como a su misión salvadora.

Y es por eso, porque Jesús es el Dios Salvador, por lo que San Pablo nos dice que ante su nombre doblemos la rodilla en señal de adoración, añadiendo en la Primera Carta a los Corintios que “hemos sido purificados, salvados y santificados en el nombre del Señor Jesucristo”.

En el Antiguo Testamento el Nombre de Dios es venerado y reverenciado existiendo multitud de referencias al mismo; por poner algunos ejemplos:
“Su nombre es santo y terrible, el temor del Señor es el comienzo de la sabiduría”, (Salmo, 110, 9-10); “Desde la salida del sol hasta su ocaso, alabado sea el nombre del Señor”, (Salmo 112, 3); “Te ofreceré un sacrificio de alabanza, invocando tu nombre, Señor”, (Salmo 115, 8);
“Señor, Dios nuestro, ¡qué admirable es tu nombre en toda la tierra!” (Salmo 8, 1).

En el Nuevo Testamento hay también numerosas referencias al nombre de Dios, pero sobre todo, las hay al nombre de Jesús y como este Testamento es más conocido que el Antiguo, solo pondré un ejemplo: “Todo aquel que invocare el nombre del Señor Jesús, será salvado”, (Romanos, 10, 13). Reverenciamos y adoramos el nombre de Dios porque su nombre es Dios y reverenciamos y adoramos el nombre de Jesús, porque su nombre es Jesús. Y esto lo han tenido presente todos los santos y pongamos solo un ejemplo: “Yo me alegraré en mi Señor y me gozaré en el Dios de mi Jesús”, (Palabras de San Juan de Capistrano inspiradas en Habacuc, 3, 18).

Adoración del Nombre de Jesús. Fresco de la bóveda de la iglesia del Gesù, Roma, Italia.

Si hay que poner un ejemplo de un Santo que fundamenta su fe en el nombre de Jesús pues “mediante el cual somos constituidos en hijos de Dios”, este es el franciscano San Bernardino de Siena. “Este es aquel santísimo nombre anhelado por los patriarcas, esperado con ansiedad, demandado con gemidos, invocado con suspiros, requerido con lágrimas, donado al llegar la plenitud de la gracia”. Este hermoso elogio de San Bernardino al Santo Nombre de Jesús es mucho más largo y por eso me he resistido a ponerlo entero, pero puede encontrarse fácilmente en cualquier bibliografía franciscana e incluso en Internet.

San Bernardino de Siena, cuando iba a predicar llevaba pintado en una tabla el monograma del Nombre de Jesús (IHS), con una cruz encima de la H y rodeado por los rayos del sol. Como el santo predicaba esta devoción que era totalmente nueva, fue acusado y llevado delante del Papa Martín V. San Juan de Capistrano lo defendió ante el Papa y lo hizo de tal manera que consiguió se permitiera la adoración del Santísimo Nombre de Jesús. Esta tabla que llevaba San Bernardino de Siena se conserva actualmente en la iglesia romana de Santa Maria en Ara Coeli.
Otros santos lo tomaron como ejemplo, especialmente dos españoles: Santa Teresa de Jesús y San Ignacio de Loyola. San Ignacio lo convirtió en el escudo de su Compañía y Santa Teresa lo ponía al inicio de todas sus cartas.

San Bernardo de Claraval en el siglo XI escribió un poema de cincuenta estrofas conocido como “Iubilus de nomine Iesu”. Es un himno tan bello que a la Iglesia le ha servido para entresacar de él las estrofas que se cantan en los himnos de los oficios de Vísperas, Maitines y Laudes de la festividad del Santísimo nombre de Jesús. Los reseño en castellano y al final pongo tres videos en los cuales son cantados en gregoriano.

En el Oficio de Vísperas:
“Es dulce el recuerdo de Jesús, que da verdaderos gozos al corazón, pero cuya presencia es dulce sobre la miel y todas las cosas.
Nada se canta más suave, nada se oye más alegre, nada se piensa más dulce que Jesús el Hijo de Dios.
¡Oh Jesús!, esperanza para los penitentes, qué piadoso eres con quienes piden, qué bueno con quienes te buscan, pero ¿qué con quienes te encuentran?
Ni la lengua es capaz de decir, ni la letra de expresar. Sólo el experto puede creer lo que es amar a Jesús.
Sé nuestro gozo, Jesús, que eres el futuro premio: sea nuestra en ti la gloria por todos los siglos siempre. Amén”
.

En el Oficio de Maitines:
“¡Oh Jesús! rey admirable y noble triunfador, dulzura inefable, todo deseable.
Cuando visitas nuestro corazón entonces luce para él la verdad, la vanidad del mundo se desprecia y dentro se enardece la Caridad.
Jesús, dulzura de los corazones, fuente viva, luz de las mentes; tu excedes todo gozo y todo deseo.
¡Conoced todos a Jesús, invocad su amor, buscadlo ardientemente, inflamaos todos buscándolo!
A ti te pronuncie nuestra voz, a ti te expresen las costumbres de nuestras vidas, a ti te amen nuestros corazones, ahora y por siempre. Amen”
.

En el Oficio de Laudes:
“Jesús, honor de los ángeles, dulce cantar para el oído, maravillosa miel para la boca, celestial néctar para el corazón.
Los que te comen se quedan hambrientos y los que te beben, sedientos; ya no saben otra cosa que desear a Jesús, a quién aman.
¡Oh mi dulcísimo Jesús esperanza del alma que suspira! Te buscan nuestras lágrimas y clamamos a ti desde lo más íntimo.
Señor, permanece con nosotros y alúmbranos con tu luz; expulsa las tinieblas del alma y llena de tu dulzura el corazón.
¡Oh Jesús, flor de la Virgen Madre!, amor de nuestra dulzura; para ti sea la alabanza, el honor sea para tu nombre y el Reino de la felicidad. Amen.”

El mismo Señor Jesús nos manifiesta su ayuda invocando su nombre: “Y estos prodigios acompañarán a los que crean: arrojarán a los demonios en mi nombre y hablarán nuevas lenguas; podrán coger a las serpientes con sus manos y si beben un veneno mortal, no les hará ningún daño; impondrán las manos a los enfermos y los curarán” (Marcos, 16, 17-18); “Lo que pidáis al Padre en mi nombre, os lo concederá” (Juan, 16, 23).

El nombre de Jesús nos consuela espiritualmente, nos ayuda en nuestras debilidades humanas, nos recuerda la misericordia de nuestro Dios y como acabo de decir más arriba nos ayuda a conseguirlo todo del Padre y es por eso mismo por lo que todas nuestras oraciones finalizan de este modo: “Te lo pedimos por Jesucristo, Nuestro Señor. Amén”.

Monograma del Dulce Nombre de Jesús.

El Monograma del Nombre de Jesús:
Como en la Edad Media el Nombre de Jesús se escribía “IHESUS”, el monograma contiene las dos primeras letras y la última de este nombre: IHS. Muchas veces lo hemos visto representado pero la primera vez que aparece en la historia es en una moneda del siglo VIII que pone: “DN IHS CHS REX REGNANTIUM”, que significa: “El Señor Jesucristo es el Rey de Reyes”. Como he dicho anteriormente, San Ignacio de Loyola adoptó este monograma como símbolo de su Compañía.

Quiero terminar este artículo comentando una curiosa anécdota que le pasó a Santa Teresa de Jesús: “Yo se de una persona que estando en oración oyó cantar: Véante mis ojos, dulce Jesús bueno; véante mis ojos, muérame yo luego; y dice que a su parecer si el canto no cesara, el alma se le iba a salir del cuerpo con tan gran deleite y suavidad que Nuestro Señor le daba a gustar y así proveyó Su Majestad que dejase el canto quién cantaba…..” (Conceptos del Amor de Dios, 7, 2).

Oremus:
Deus, qui unigenitum Filium tuum constituisti humani generis Salvatorem et Iesum vocari iussiti: concede propitius ; ut cuius sanctus nomem veneramur in terris, eius quoque aspectu perfruamur in coelis. Per eumdem Christum Dominum nostrum. Amen.

¡Oh Dios!, que has constituido a tu unigénito Hijo como Salvador del mundo y quisiste que se llamara Jesús, concédenos propicio que al que por su santo nombre veneramos en la tierra, también disfrutemos de su presencia en el cielo. Por el mismo Cristo nuestro Señor. Amen.

Antonio Barrero

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