Beato Álvaro del Portillo, prelado del Opus Dei (II)

Artículo extraído ilegalmente y sin permiso de PreguntaSantoral.es

El Beato junto al cuerpo presente de San Josemaría.

El Beato junto al cuerpo presente de San Josemaría.

“Todos, en la medida de lo posible, hemos de ponernos en contacto con la personas que sufren, con los enfermos, con los pobres, con los que están solos, abandonados”.

Sucesión
Como vimos en el artículo de ayer, muerto el fundador del Opus Dei, ahora le tocaba ocupar a él el cargo de “El Padre”. Su papel hasta ahora había sido estar en un sencillo y discreto segundo plano, pero no por ello menos importante y eficaz. Tan sólo tres meses después de que la Obra se quedara sin el fundador, el consejo de hombres y mujeres formados para elegir a al sucesor eligió por unanimidad a Álvaro del Portillo. Esta elección tuvo lugar en el congreso electivo del quince de septiembre de 1975. Para nadie resultó una sorpresa esta elección, él era el digno sucesor que tenía que afrontar los nuevos retos de la reformada Iglesia universal y del Opus Dei.

Empezada ya la etapa de continuidad y fidelidad al carisma fundacional, Dº Álvaro siguió velando por todos sus hijos espirituales, por las abundantes vocaciones que llegaban, por la expansión a otros países y por dar forma jurídica a la Obra. Todo esto no fue tarea fácil, pero sabía que aunque su condición de mortal se lo impidiera, Dios seguiría obrando como hasta ahora había hecho desde la fundación en 1928. “¡Qué bueno es Dios!, ¡Gracias a Dios!” solía decir el Beato, consciente de que contaba con su ayuda.

Ordenación episcopal.

Ordenación episcopal.

Primer obispo prelado del Opus Dei
Tras varios años de incansable y arduo trabajo de información, estudio y oración con diferentes organismos de la Santa Sede; por fin se veía resuelto el problema del perfil jurídico de la Obra, situación que fue alargándose por diferentes motivos, a pesar de que el Papa Pablo VI avanzó mucho al respecto.

El Papa Juan Pablo II erigió como prelatura personal al Opus Dei el veintiocho de noviembre de 1982, de esta manera Dº Álvaro pasó a ser el prelado, padre de una gran familia extendida por todo el mundo. A pesar de que ya hacía las veces de un obispo, vestía una sotana parecida y llevaba una cruz pectoral, no fue hasta nueve años después cuando recibió la ordenación episcopal. El seis de enero de 1991 tuvo lugar esta ordenación en la Basílica de San Pedro. Este día renovó su servicio y adhesión a la Iglesia y al Papa; también empezó a vestir con la vestimenta propia de un obispo.

Contribución a la obra
Durante los diecinueve años que estuvo al frente del Opus Dei, fueron muchas iniciativas las que emprendió. Su espíritu misionero, su apostolado, su fidelidad al carisma y su confianza en Dios y la Santísima Virgen fueron sin duda su hoja de ruta. Impulsó el trabajo apostólico de la Obra, en más de veinte países donde antes no estaba presente. Países tan dispares entre sí como por ejemplo: Nueva Zelanda, Polonia, Nicaragua, Camerún, Taiwan, Hong-Kong, Jerusalén etc. Por sugerencia del Papa Juan Pablo II llevó estas tareas apostólicas hasta los países nórdicos, en los que, según el pontífice, no se estaba haciendo lo necesario por la Fe.

En sus viajes por todo el mundo alentaba a sus hijos a ser buenos cristianos en medio del mundo, sembradores de paz y portadores de Cristo. Gracias a sus visiones de futuro, estimuló varias iniciativas de carácter social, educativo y benéfico a nivel internacional: Universidad Pontificia de la Santa Cruz, el centro hospitalario de el Congo, el seminario internacional Sedes Sapientiae en Roma, el colegio eclesiástico internacional Bidasoa, el Centro de investigación médica de Pamplona, además de numerosas escuelas profesiones y proyectos de desarrollo de los pueblos más desfavorecidos de África. Todas éstas estaban puestas al servicio la Iglesia y diócesis particular. Todos los años, por Semana Santa, recibía a miles de jóvenes universitarios/as de las jornadas de UNIV, les decía que fueran siempre jóvenes como el Evangelio, que nunca envejecía.

El Beato con Eduardo Ortiz de Landazuri y su esposa Laura Busca. Ambos en proceso de beaticación.

El Beato con Eduardo Ortiz de Landazuri y su esposa Laura Busca. Ambos en proceso de beaticación.

También ayudó a la congregación de las Hijas de Santa María del Corazón de Jesús. A su fundadora y a las demás hermanas las ayudo en todo lo necesario para que estas fueran una propia congregación y tuvieran sus propias reglas aprobadas por el Vaticano. Las consideraba hijas suyas. Esto demuestra su amor y hermanamiento por todas las instituciones de la Iglesia.

Muerte
Tras una dilatada y fructífera vida dedicada por y para la Iglesia, Dº Álvaro ya sentía el cansancio de la edad. Salvo unas pequeñas operaciones, no había demostrado debilidad en la salud, al revés, era muy vital. Durante toda su vida se olvidó de sí mismo para el bien de los demás.

Llegado el año 1994, emprendió un viaje a Tierra Santa. Aquí pudo visitar a sus hijos, ver de primera manos los proyectos que se estaban llevando a cabo y sobre todo sumergirse en el recogimiento de los santos lugares por donde había vivido y muerto Jesús. El día veintidós de marzo celebró la misa en el Cenáculo, donde el mismo Jesucristo había instituido la Eucaristía, ésta sería, sin él saberlo, su última misa. Al día siguiente, veintitrés de marzo, regresó a Roma, y al llegar la madrugada se sintió molesto. A las cuatro de la madrugada de este mismo día moría repentina y santamente el siervo bueno y fiel. La causa fue un grave infarto.

Juan Pablo II velando el cuerpo del difunto Beato.

Juan Pablo II velando el cuerpo del difunto Beato.

Enterándose el Papa Juan Pablo II de esta noticia, dispuso lo necesario para ir hasta la iglesia prelaticia de Sta María de la Paz y rezar antes sus restos mortales. El mismo pontífice dijo haber perdido un amigo. En todo el mundo se celebraron misas por su alma y sus funerales estuvieron repletos de gente que quería darle el último adiós.

Beatificación
Si ya en vida se le consideraba un santo, imaginemos a su muerte. Numerosas cartas y solicitudes llegan de todo el mundo para que se abriese su causa de beatificación. Esta comenzó oficialmente en Roma en el 2004, diez años después de su muerte. El día veintiocho de junio de 2012, se promulgó el decreto de virtudes heroicas, declarándose así Venerable.

El Papa Francisco aprobó el milagro que sirvió para su beatificación el día cinco de julio de 2013, y así la beatificación se fijó el día veintisiete de septiembre de 2014. Esta ceremonia tuvo lugar en su ciudad natal, Madrid, en el parque de Valdebebas. 150.000 personas de todo el mundo se reunieron allí. Presidió la ceremonia el cardenal Amato y numerosas autoridades concelebraron. Los días posteriores se celebraron misas de acción de gracias en la romana Iglesia de San Dámaso, hasta allí se llevaron sus restos metidos en su ataúd, que fue exhumando y expuesto a la publica veneración durante unos días. Después se volvió a llevar hasta la cripta de la iglesia prelaticia y debajo de la misma lápida que en su día tapaba los restos de San Josemaría, permanece enterrado con un epitafio que, además de poner “BEATUS ALVARVS DEL PORTILLO”, pone “EL PADRE”.

Tumba del Beato Álvaro en la cripta de la iglesia prelaticia.

Tumba del Beato Álvaro en la cripta de la iglesia prelaticia.

El milagro que sirvió para beatificación, proviene de la curación inexplicable del niño chileno José Ignacio Ureta. El niño, siendo muy pequeño, sufrió una grave parada cardiaca seguida de una hemorragia interna. Sus padres acudieron a la intercesión de Dº Álvaro y al poco tiempo el pequeño volvió a normalidad sin secuela alguna ni efectos secundarios. Hoy, doce de mayo, se celebra por primera vez su fiesta.

David Garrido

Bibliografía:
Álvaro del Portillo, el libro de la beatificación, Ed. Palabra, 2014.
– COVERDALE, John F., Saxum: Vida de Álvaro del Portillo, Ed. Palabra, 2014.

Enlace consultado (10/05/2015):
– www.opusdei.org

Artículo extraído ilegalmente y sin permiso de PreguntaSantoral.es

Beato Álvaro del Portillo, prelado del Opus Dei (I)

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Fotografía del Beato utilizada para la beatificación.

Fotografía del Beato utilizada para la beatificación.

“Gracias, perdón y ayúdame más”.

Por primera vez, mañana, celebraremos la festividad del Beato Álvaro del Portillo, primer sucesor de San Josemaría Escrivá al frente del Opus Dei. Hay que dejar claro que su memoria se celebra mañana, y no el 23 de marzo como en algunas fuentes aparece. Este prelado madrileño mundialmente conocido fue beatificado en el mes de septiembre pasado. Sirvan estos dos artículos de hoy y mañana para conocer de cerca su vida y obra, su aporte a la iglesia universal desde la prelatura del Opus Dei.

Infancia
Álvaro del Portillo y Diez de Sollano nació el día once de marzo del año 1914, en Madrid. Sus padres, Dº Ramón del Portillo y su madre Dña Clementina Diez de Sollano (natural de México) fueron padres de otros siete hijos más, siendo Álvaro el tercero de los ocho. A los pocos días de nacer fue bautizado.

Su niñez fue igual a la de los demás niños, jugaba y a la par discutía con sus hermanos mayores. En la escuela primaria no destacaba por nada en especial, sus travesuras hacían desesperar a los profesores. Dº Ramón, su padre, siempre intentó darle la mejor educación posible, no era un hombre severo pero sí exigente. Dña Clementina era una mujer muy entregada a su numerosa familia, además de inteligente y piadosa. Ambos se preocuparon por formar humana y espiritualmente a sus ocho hijos.

En el madrileño colegio del Pilar, empezó el niño Álvaro a estudiar. Aquí permaneció ocho años cursando sus estudios. Era un estudiante sobresaliente y una cosa que lo caracterizaba era su buen comportamiento, amabilidad y ayuda a los demás compañeros que no iban tan aventajados. También le gustaba practicar barios deportes, esto lo heredó de su madre, ya que en México fue una excelente jinete. Los Hermanos Maristas, que eran los encargados del centro, lo recordarían siempre con gran cariño.

 Álvaro con el uniforme de la escuela de ingenieros, según la costumbre de 1944.

Álvaro con el uniforme de la escuela de ingenieros, según la costumbre de 1944.

El día doce de mayo de 1921, con siete años, recibe su primera comunión en la cercana parroquia de la Concepción de Nuestra Señora María. Su amor por la Eucaristía siempre lo acompañó. Sus familiares recuerdan cómo guardaba el ayuno eucarístico, aunque no se obligaba a los alumnos a asistir a misa, los Hermanos Maristas celebraban en la capilla del colegio todos los días. Álvaro prefería no desayunar con su familia y guardaba un pequeño pedazo de pan para después de comulgar.

Ingeniero
Terminado el Bachillerato elemental con calificaciones sobresalientes, el joven Álvaro se decidía a estudiar una ingeniería. No le resultaba fácil tomar la decisión, ya que estas carreras eran las más exigentes y costosas de aquellos años, también unas de las más prestigiosas. Con catorce años, en 1932 se decidió y empezó así una larga temporada de estudios, comenzando así los estudios de ayudante de Obras Públicas. Siguiendo estudiando y superados los exámenes, en 1935 termino esta carrera y empezó lo que era su vocación: ingeniería de Caminos. Mientras tanto, no dejó de frecuentar la misa diaria y por ese tiempo también participaba en una sociedad católica-juvenil de San Vicente de Paul. Aquí se dedicaba a diversas labores como catequesis, repartir limosna, repartir medicinas, organizar retiros etc. Un día, haciendo apostolado en una barriada chabolista anticlerical de Madrid, el joven Álvaro fue golpeado duramente con una llave inglesa en la cabeza. Tal acto a punto estuvo de costarle la vida. Cursando la carrera de ingeniero de caminos, canales y puertos; empezó a cursar otra de Filosofía y Letras. En 1941 terminó la ingeniería y en 1944 terminó Filosofía. Sus primeros trabajos fueron en el ministerio de Obras Públicas. Junto al de Derecho Canónico, obtuvo tres doctorados a lo largo de su vida.

Contacto con el Opus Dei
Mientras estudiaba y participaba de las actividades de la Sociedad de San Vicente de Paúl, un amigo suyo le propuso ir hasta la academia D.y.A (primer centro de formación para jóvenes estudiantes de derecho y arquitectura) donde el joven sacerdote Josemaría Escrivá impartía unas catequesis y retiro espiritual. Durante ese encuentro que tuvo lugar el día seis de junio de 1935, Álvaro del Portillo, escuchando la predicación, se convenció de que Dios lo llamaba para esa tarea de apóstol en medio del mundo, esto, sin ser consciente, ya lo hacía en su vida diaria. Al día siguiente pidió su admisión en el Opus Dei, que había sido fundado pocos años antes. Aceptada su solicitud, empezó una tarea de apostolado y trabajo magnifica, cosechando amistades y admiración de cuantos lo trataban. Josemaría Escrivá pronto delegó en él responsabilidades importantes y más que eso; su confianza.

Ordenación de los tres primeros sacerdotes del Opus Dei.

Ordenación de los tres primeros sacerdotes del Opus Dei.

Guerra Civil y sacerdocio
Como a tantos miles de personas, le tocó sufrir las consecuencias de la fatídica guerra. De un sitio para otro, tuvo que huir y refugiarse hasta en siete lugares distintos. Vivió por largo tiempo en la clandestinidad, hasta que fue apresado y encerrado en la cárcel de San Antón, donde estaba detenido su mismo padre sin él saberlo. Aquí recibió torturas de todo tipo, y todo porque su familia era católica. Liberado de la cárcel, se refugió en la embajada de México y al poco tiempo en la de Honduras, donde estaba refugiado Josemaría Escrivá. Junto a otros compañeros consiguió cruzar el frente y así poder ponerse a salvo. Sus conocimientos de ingeniería le sirvieron para ser escogido por el ejército e incluso nombrándole alférez del cuerpo de ingeniería. Su tarea consistía en ayudar a restablecer puentes y carreteras, de esta manera su vida no corrió peligro mientras duró la contienda.

Terminados estos duros años, volvió a Madrid y se reunió con su familia a excepción de su padre, murió a consecuencia de su encierro en la cárcel. Con la normalidad del día a día, retomó así sus estudios, el trabajo en el ministerio y su apostolado por toda España. Su colaboración con el Opus Dei y con Josemaría cada vez era más estrecha, poco a poco se convirtió en su más cercano y fiel colaborador. En el año 1943 fue enviado a Roma para tener una audiencia con el Papa Pío XII, para tratar asuntos jurídicos de la Obra. El Papa lo atendió con mucha atención y manifestó su interés por las explicaciones del ingeniero uniformado (así lo recordaba el Papa).

En una ocasión el Padre dijo a Álvaro que él podría ser un buen sacerdote, cualidades no le faltaban. Álvaro, que ya tenía su vida organizada y encauzada, se lo planteó seriamente y en su interior vio cómo Dios era el que lo llamaba a este ministerio. Decidido a dedicarse a las almas, él y otros dos jóvenes ingenieros empiezan sus estudios particulares y así, paso a paso, hasta el feliz día veinticinco de junio de 1944 que fue ordenado sacerdote por el obispo Leopoldo Eijo y Garay. Álvaro del Portillo, José María Hernández Garnica y José Luis Múzquiz fueron de esta manera los primeros sacerdotes ordenados del Opus Dei, a pesar que no se disponía aún de una forma jurídica concreta. El veintiocho de junio celebró su primera misa en el colegio del Pilar, donde había sido alumno.

Bendición del recien creado sacerdote al fundador.

Bendición del recien creado sacerdote al fundador.

Expansión del Opus Dei
Ya como sacerdote, permaneció al lado del fundador. Los otros dos sacerdotes se dedicaron a las tareas apostólicas en diferentes lugares y países. Como venimos diciendo, Dº Álvaro fue la mano derecha del fundador y como tal también pasó a ser su confesor. San Josemaría solía decir que había hijos a los que había buscado y rezado por ellos, pero a Álvaro se lo había puesto Dios. Valorando su fortaleza, fe, ayuda y fidelidad, le puso el cariñoso sobrenombre de “saxum” que significa roca o piedra.

Como el Opus Dei se conocía poco en España debido a los años de guerra y posguerra, emprendieron un intenso trabajo de apostolado por casi toda la península. En sus catequesis, reuniones, charlas, misas etc; se veía claramente como Dº Álvaro del Portillo se había entendido y hecho suyo el espíritu del la Obra, que era la santificación del trabajo profesional y los deberes ordinarios del cristiano en medio del mundo.

Pasados dos años de intenso apostolado por España, en 1946 vuelve a Roma para seguir tramitando con la Santa Sede las constituciones de la Obra. En gran medida, por consejo del obispo Montini (Pablo VI) trasladaron su residencia fija a Roma. Desde aquí empezó a extenderse este nuevo carisma al resto del mundo. Con la fundación del Colegio Romano de la Santa Cruz, en 1948, Dº Álvaro fue nombrado el primer rector. Su trabajo sencillo y eficaz hizo que lo nombraran secretario de una comisión, después consultor de otra, y así hasta colaborar en trece organismos diferentes en varios años.

Fotografía tomada junto a Juan XXIII, 1960.

Fotografía tomada junto a Juan XXIII, 1960.

Concilio Vaticano II
Abierto el Concilio Vaticano II el once de octubre de 1962, San Juan XXIII nombró a Álvaro como perito de algunas comisiones. El Beato Papa Pablo VI siguió confiando en él, y antes de clausurar el Concilio, le confió trabajos de mucha responsabilidad como consultor de la comisión postconciliar sobre los obispos y la diócesis. Sus esfuerzos por hacer lo mejor posible estos trabajos no pasaron desapercibidos para muchos de los padres conciliares. Estos mismos elogiaron su sabia, tenaz y responsable tarea. De todo lo aprendido en estos años del concilio, salieron ricas obras espirituales que demuestran su alto grado de amor por la Iglesia y por el ministerio sacerdotal.

Clausurado el Concilio y puestas las nuevas bases de la Iglesia Católica, San Josemaría y Dº Álvaro del Portillo emprendieron una larga serie de viajes apostólicos y peregrinaciones marianas por buena parte de España, Portugal, Italia, Argentina, México, Chile, Brasil y gran parte de América Latina. En esta vuelta al mundo visitaban las nacientes comunidades de miembros de la Obra, hacían apostolado y transmitían el espíritu y nueva doctrina del Concilio. Estos viajes tuvieron lugar durante los años sesenta y setenta, durante cuarenta años el joven y discreto Álvaro del Portillo había estado al lado del fundador, siendo su más cercano colaborador y el más fiel de sus hijos en muchos aspectos: espiritual, evangelización, gobierno, intelectual etc. A la muerte de San Josemaría, el veintiséis de junio de 1975, empezaba para Álvaro del Portillo una nueva etapa al frente del Opus Dei. Él, que había estado siempre humildemente a un lado, pasando desapercibido para el mundo, le tocaba ahora tomar el timón.

David Garrido

Bibliografía:
Álvaro del Portillo, el libro de la beatificación, Ed. Palabra, 2014.
– COVERDALE, John F., Saxum: Vida de Álvaro del Portillo, Ed. Palabra, 2014.

Enlace consultado (07/05/2015):
– www.opusdei.org

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San Josemaría Escrivá de Balaguer, sacerdote fundador del Opus Dei (II)

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Óleo del Santo, obra de Ignacio Valdés. Iglesia de Nuestra Señora de los Angeles, Madrid (España).

Óleo del Santo, obra de Ignacio Valdés. Iglesia de Nuestra Señora de los Angeles, Madrid (España).

“Que tu vida  no sea una vida estéril. Sé útil. Deja poso. Ilumina, con la luminaria de tu fe y de tu amor. Borra, con tu vida de apóstol, la señal viscosa y sucia que dejaron los sembradores impuros del odio. Y enciende todos los caminos de la tierra con el fuego de Cristo que llevas en el corazón”. (Camino, Punto 1. San Josemaría)

Expansión del Opus Dei
Don Josemaría Escrivá, finalizando el conflicto bélico, regresa finalmente a Madrid el 28 de marzo de 1939, en un camión militar. A su paso todo son escombros y ruinas, sobre todo la academia DYA. El Opus Dei se extiende poco a poco por otras ciudades de España. Pero el inicio de la Segunda Guerra Mundial impide su expansión por otras naciones. En 1939, obtiene el título de doctor en Derecho. Recuperó también el puesto de rector del Real Patronato de Santa Isabel y le concedieron ese año el cargo de miembro del Consejo Nacional de Educación, además del puesto de profesor de Ética y Deontología en la Escuela Oficial de Periodismo. En los años posteriores a la guerra muchos obispos le llaman para dirigir ejercicios espirituales. Su fama de buen predicador es bien conocida por todos, y esta tarea le hace recorrer todo el ámbito nacional.

A principios de los años cuarenta, desarrolla la “sección femenina” dentro de la Obra, con mucho esfuerzo. La estructura es igual a la formada por los hombres, aunque separada. Ese mismo año, el obispo de Madrid, don Leopoldo Eijo y Garay, concede la primera aprobación diocesana del Opus Dei. En 1943 don Josemaría Escrivá encuentra una solución jurídica, la Sociedad Sacerdotal de la Santa Cruz, como medio para llevar el espíritu del Opus Dei a los sacerdotes seculares. Al año siguiente, el obispo de Madrid ordena a los tres primeros miembros del Opus Dei que acceden al sacerdocio: Álvaro del Portillo (próximo Beato), José María Hernández Garnica y José Luis Múzquiz.

En 1946, se traslada a Roma. Su primer viaje a Roma tenía como finalidad inmediata conseguir del Vaticano una aprobación de derecho pontificio que asegurase la secularidad de los miembros del Opus Dei. También se vio en la Ciudad Eterna como el enclave necesario para dirigir la expansión del Opus Dei por todo el mundo. En 1947, recibió el título de prelado doméstico de Su Santidad, lo cual le daba derecho al tratamiento de monseñor. Cristo, María y el Papa eran los grandes amores de su vida. Ahora, por fin, se encontraba en Roma, rezando por el vice-Cristo, como solía llamar al Papa.

El ciclo fundacional parecía terminado. La primera fecha fundacional, la sección de varones, tuvo lugar en 1928; la segunda, la sección de mujeres, en 1930; la tercera, los sacerdotes, en 1943. La incorporación de supernumerarios, formada en su mayoría por hombres y mujeres casados, además de la admisión de cooperadores que podían ser no católicos, no cristianos y no creyentes, tuvo lugar entre 1947 y 1948. A partir de entonces, la organización iba a presentar su fisonomía definitiva. En una ocasión llegaron a decirle a don Álvaro del Portillo que este carisma vocacional ha llegado a la Iglesia con cien años de adelanto. Iniciadas las operaciones jurídicas para el reconocimiento del Opus Dei por parte del Vaticano, en 1947 y 1950, obtuvo la aprobación del Opus Dei como Instituto Secular de derecho pontificio, siendo aprobados sus estatutos en 1950. El nuevo estatus jurídico de la Obra como institución de derecho pontificio facilitó una nueva expansión internacional. En 1949 marcharon los primeros a Estados Unidos y México. Durante la década de 1950, el Opus Dei se estableció en Canadá y otros once países americanos, Alemania, Suiza, Austria, Holanda, Japón y Kenia.

Fotografía del Santo en Roma, año 1946. Al fondo, San Pedro del Vaticano.

Fotografía del Santo en Roma, año 1946. Al fondo, San Pedro del Vaticano.

En 1948 se erigió el Colegio Romano de la Santa Cruz, centro internacional de formación para los varones del Opus Dei. Y en 1952, el Colegio Romano de Santa María, para las mujeres. Estas dos instituciones permitieron que un buen número de miembros de la Obra recibieran formación espiritual y pastoral directamente de Escrivá, a la vez que obtenían la licenciatura o el doctorado en Filosofía, Teología, Derecho Canónico o Sagrada Escritura en alguna de las universidades pontificias de Roma.

Durante los últimos años de la década de 1950 y los primeros de 1960, Escrivá realizó multitud de viajes a capitales europeas para preparar el comienzo del Opus Dei en esos países, a esto se le añadió su nombramiento como miembro honorario de la Pontificia Academia de Teología. Obtiene el doctorado en Teología por la Pontificia Universidad Lateranense y también es nombrado consultor de dos Congregaciones vaticanas. En la década de los sesenta, sigue muy de cerca los preparativos y las sesiones del Concilio Vaticano II, teniendo un continuo trato con los padres conciliares, aunque no participó de una forma directa en las comisiones o sesiones conciliares. Por el contrario, el Secretario General del Opus Dei, don Álvaro del Portillo, desempeñó un papel relevante en los preparativos del Concilio.

Últimos años y muerte
 A partir de los años setenta, San Josemaría, con síntomas evidentes de la edad, comienza a recorrer el mundo en lo que él denominaba “correrías apostólicas” y también “campañas de catequesis”. En 1972 realiza un viaje por la península Ibérica. Durante el verano de 1974, estuvo tres meses en Sudamérica desempeñando un gran labor apostólica. “Allí donde están vuestros hermanos los hombres, allí donde están vuestras aspiraciones, vuestro trabajo, vuestros amores, allí está el sitio de vuestro encuentro cotidiano con Cristo” (San Josemaría). En estos largos y a veces penosos viajes, hacía especial esfuerzo en recordar siempre la necesidad de la conversión, mediante el sacramento de la confesión sacramental. También siempre iba incluida una peregrinación a los principales lugares de devoción mariana de cada país, para rezar a la Virgen, y como él solía decir: “Basta que una persona se reconciliase con el Señor, para tener por buenos los esfuerzos y las incomodidades”.

El Santo encontrándose con el Beato Pablo VI, papa.

El Santo encontrándose con el Beato Pablo VI, papa.

Tal día como ayer, 26 de junio, falleció en su lugar de trabajo a las 12 de la mañana, después de fijar sus ojos en una imagen de la Virgen de Guadalupe que presidía su despacho. La noticia se difundió rápidamente por todo el mundo. Su cuerpo, revestido con ornamentos sacerdotales, fue colocado al pie del altar de Santa María de la Paz, actual iglesia prelaticia del Opus Dei. Comenzaron a acudir centenares de personas —entre ellas, numerosos cardenales y obispos— para rezar ante su cuerpo. Al contemplar su rostro, que desprendía paz y serenidad, muchos recordaron una frase que solía decir en los últimos tiempos: “Os podré ayudar más desde el cielo. Vosotros lo sabréis hacer mejor que yo: yo no soy necesario”. En ese momento el Opus Dei estaba extendido por los cinco continentes, contaba con más de 60.000 miembros de 80 nacionalidades, al servicio de la Iglesia y en plena unión al Papa. Sus restos mortales fueron enterrados en la cripta de la Iglesia prelaticia, bajo una lápida de mármol negro que tenía el simple epitafio de: El Padre.

Fama de santidad y proceso de canonización
Sesenta y nueve cardenales, alrededor de 1.300 obispos de todo el mundo, 41 superiores de órdenes y congregaciones religiosas, sacerdotes, religiosos, representantes de asociaciones laicales, figuras de la sociedad civil y personalidades del mundo de la cultura, de la ciencia y del arte, convencidos de que sería un gran bien para la Iglesia, solicitaron al Santo Padre comenzar su Causa de beatificación y canonización. El 19 de febrero de 1981, el cardenal Ugo Poletti promulgó el Decreto de Introducción de la Causa. El 9 de abril de 1990, el Santo Padre Juan Pablo II declaró las virtudes heroicas del Venerable Siervo de Dios Josemaría Escrivá de Balaguer; y el 6 de julio de 1991 se leyó, en presencia del Papa, el decreto que sancionaba el carácter milagroso de una curación obrada por su intercesión.

El 17 de mayo de 1992, una gran muchedumbre se congregó en Roma. En la fachada de la Basílica de San Pedro se veían dos tapices con los rostros sonrientes de Josemaría Escrivá de Balaguer y Josefina Bakhita, a los que San Juan Pablo II beatificó en una solemne ceremonia. Durante la homilía el Santo Papa dijo «el Beato Josemaría predicó incansablemente la llamada universal a la santidad y al apostolado».

El 20 de diciembre de 2001, un decreto pontificio reconoció otra milagrosa curación atribuida a la intercesión del Beato Josemaría. Poco tiempo después, el 6 de octubre del año 2002, Juan Pablo II anunció que se inscribiría ese día en el catálogo de los santos a San Josemaría Escrivá de Balaguer. Durante la ceremonia de su canonización, a la que asistieron miles de fieles de todas partes del mundo, San  Juan Pablo II animó a todos a buscar la santidad en medio del mundo, en el trabajo y la vida ordinaria, tal como lo enseñaba el nuevo Santo, y siguiendo su ejemplo; denominando a San Josemaría como “el Santo de lo ordinario”. Hoy en día, la urna-relicario que contiene sus restos está expuesta a la veneración de todos los fieles, debajo del altar mayor de la iglesia prelaticia de Santa María de Paz, donde cientos de personas pasan a diario para pedir su intercesión.

Vista del altar mayor de la iglesia de Santa María de la Paz, Roma (Italia). En el altar está el sepulcro del Santo.

Vista del altar mayor de la iglesia de Santa María de la Paz, Roma (Italia). En el altar está el sepulcro del Santo.

Obras de San Josemaría
A lo largo de su vida, San Josemaría escribió muchas obras para ayudar espiritualmente a todos sus hijos y demás personas que buscasen a Cristo en medio del mundo. La obra principal es Camino, pero es cierto que existen otras que, posteriormente a su muerte, se editaron. Se trata de Surco, Forja, Via Crucis, Santo Rosario, Es Cristo que pasa, etc. Todas ellas son de un incalculable valor espiritual.

David Garrido

Enlaces consultados (26/06/2014):
http://www.es.josemariaescriva.info/
http://es.wikipedia.org/wiki/Josemar%C3%ADa_Escriv%C3%A1_de_Balaguer
http://www.opusdei.es/

Artículo extraído ilegalmente y sin permiso de PreguntaSantoral.es

San Josemaría Escrivá de Balaguer, sacerdote fundador del Opus Dei (I)

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Estatua del Santo en la Basílica de San Pedro del Vaticano, Roma (Italia).

Estatua del Santo en la Basílica de San Pedro del Vaticano, Roma (Italia).

“O sabemos encontrar en nuestra vida ordinaria al Señor, o no lo encontraremos nunca”. (San Josemaría)

Infancia y juventud
El nueve de enero de 1902 nace en Barbastro (Huesca, España) el niño Josemaría: es el segundo hijo de los seis que tuvo el matrimonio formado por José Escrivá y María Dolores Albás, matrimonio joven de comerciantes y fervientes católicos. Éstos pronto vieron truncada la felicidad del hogar cuando, a muy temprana edad, murieron tres de sus hijos. El día trece de ese mismo mes recibió las aguas del bautismo en la catedral de Barbastro, donde se le impusieron el nombre de José María Julián Mariano Escrivá de Balaguer y Albás. El niño Josemaría creció feliz, despierto y observador. Cuando contaba con muy pocos años, sufrió una severa enfermedad que hizo temer por su vida. Tras su recuperación, sus padres lo llevaron en peregrinación a la ermita de Torreciudad, en cumplimiento de una promesa a la Virgen María para que intercediese por su curación, y de tal manera intercedió, que el niño se salvó de una muerte casi segura. Josemaría, apenas recuperado, decía a su madre: “El próximo año me toca morir a mí”. “No te preocupes, hijo mío”, le tranquilizaba doña Dolores, “tú estás ofrecido a la Virgen y Ella te guardará para algo grande”.

En  el año 1914 cayó económicamente el negocio familiar de don José, que era un comercio de tejidos local, quedando la situación económica muy incierta. El matrimonio y sus tres hijos tuvieron que trasladarse a la cercana ciudad de Logroño, donde don José encontró un trabajo como dependiente. El joven Josemaría continuó estudiando hasta acabar el bachillerato. En las Navidades de 1917, un hecho aparentemente anodino cambió el horizonte de su vida. Después de una fuerte nevada, al ver las huellas en la nieve de unos pies descalzos que venían de un carmelita descalzo, Josemaría experimentó en su alma una profunda inquietud divina, que le suscitó un fuerte deseo de entrega, purificación, comunión diaria, etc. Esto fue, el origen de su vocación sacerdotal.

Decidido a hacerse sacerdote, con diecisiete años ingresó en el seminario de Logroño, como alumno externo, en el mes de octubre de 1918. Al término del verano de 1920, se trasladó al seminario de San Carlos de Zaragoza. Aquí pronto destacó por su don de gentes, por sus cualidades espirituales y morales, por su buen humor, además de su inteligencia; así lo recordaron algunos de sus compañeros del seminario, además del arzobispo y cardenal Soldevilla (quien pocos años después muriera mártir). El joven seminarista se acercaba todos los días con puntualidad a la Basílica del Pilar y le confiaba sus afanes e inquietudes íntimas a la Virgen: “Y yo, medio ciego, siempre esperando el porqué. ¿Por qué me hago sacerdote? El Señor quiere algo; ¿qué es? Y con un latín de baja latinidad (…) repetía: Domine, ut videam! Ut sit! Ut sit! (Que sea eso que Tú quieres y que yo ignoro)”.

Fotografía del Santo, reproducida como estampa devocional.

Fotografía del Santo, reproducida como estampa devocional.

En las navidades de 1922 recibió los grados de ostiario y lector, junto con otros dos de exorcista y acólito. Sus superiores apreciaron sus dotes, nombrándolo inspector del seminario; este hecho fue insólito: designar a un seminarista y no a un sacerdote para este cargo nunca antes había sucedido. En 1923, con permiso de sus superiores y siguiendo el consejo de su padre, comienza los estudios de Derecho en la Universidad Civil de Zaragoza. Cuando todo estaba preparado para la ordenación, Josemaría recibió un aviso inesperado: su padre, don José Escrivá, muere el 27 de noviembre de 1924. El 28 de marzo de 1925 Josemaría Escrivá fue ordenado sacerdote en la capilla del Seminario. El día 30 celebró su primera misa en la basílica del Pilar, en sufragio por el alma de su padre. Ya ordenado, comenzó a ejercer el ministerio en varias parroquias rurales, como primer destino Perdiguera (Zaragoza), y luego en Zaragoza, donde concluyó su carrera de derecho. En 1927 se trasladó a Madrid para realizar los estudios del doctorado. En la capital, fue desarrollando una labor sacerdotal sin igual, sobre todo en los barrios periféricos y ambientes más necesitados. Andaba de una parte a otra de la ciudad para administrar los sacramentos, y no faltaban las catequesis diarias a miles de niños que se preparaban para la primera comunión.

Fundación del Opus Dei
Don Josemaría, como lo llamaban, en estos años al frente del patronato de enfermos de Madrid, trataba sacerdotalmente a muchas personas de diversos ambientes sociales. Dedicó las mejores horas de su juventud a la atención de numerosos enfermos y niños desvalidos. Al mismo tiempo trataba con muchas otras personas: alumnos y profesores universitarios, obreros, dependientes de comercio, religiosos, artistas, etc. A pesar de esto intuía, ciertamente, que el proyecto de Dios para él no estaba en aquel apostolado de la caridad, aunque lo realizaba con incansable escuerzo y con todo su corazón. Deseaba cada vez más urgente de llevar el calor del amor de Cristo a todas las criaturas. Repetía muchas veces esta palabras del Evangelio: “Fuego he venido a traer a la tierra. ¿Y qué quiero sino que arda?”.

El 2 de octubre de 1928, se encontraba en un retiro espiritual en la Casa Central de de los Paúles de Madrid y, mientras tocaban las campanas de la vecina iglesia de Nuestra Señora de los Ángeles, don Josemaría «vio» que Dios le pedía que difundiese en todo el mundo la llamada universal a la santidad, que cristianos de todas las razas y naciones, culturas y mentalidades, buscaran a Dios en su vida ordinaria, en su familia, en su trabajo, en su descanso, en la fábrica, en el campo: en todas las profesiones honradas de la tierra; Dios quería que se le conociera y que se viviera la santidad en el trabajo ordinario, en medio del mundo, sin cambiar de estado, abriendo de esta forma un nuevo camino dentro de la Iglesia: el Opus Dei (que en latín significa «Obra de Dios»). Desde ese día, mientras continúa con el ministerio pastoral que tiene encomendado en aquellos años, trabaja en solitario en el desarrollo de la organización. Empieza a contactar con personas de diversas profesiones (artistas, profesores, obreros, sacerdotes, pequeños empresarios…), y a la vez ofrece oraciones y mortificaciones para esta misión fundacional que Dios le confió por inspiración divina.

Fotografía del Santo con los primeros miembros del Opus Dei, en la academia DYA.

Fotografía del Santo con los primeros miembros del Opus Dei, en la academia DYA.

Al principio, don Josemaría Escrivá creyó que el Opus Dei estaba previsto sólo para hombres, siendo así una congregación masculina, pero algunos años después, en 1930, según él mismo cuenta, Dios le hizo ver que también estaba destinado a mujeres. En los años treinta de este siglo XX, son sólo uno pocos los que se unen a esta llamada, “voz de Dios”. Y él mientras tanto pide oraciones, hace pesquisas, escribe cartas pidiendo información. Cada día que pasa tiene más clara la originalidad del mensaje que había recibido; sí: Dios quería que fuese él quien abriera ese nuevo camino dentro de la Iglesia.

Primeros años del Opus Dei y consecuencias de la Guerra Civil
Con la llegada de la Segunda República en abril de 1931, en este contexto, Josemaría Escrivá prosiguió su tarea como capellán del Patronato de Enfermos, en el Patronato de Santa Isabel y el Opus Dei. En 1933 cuenta ya con un grupo de estudiantes universitarios, y funda la Academia DYA, en la que, además de impartirse clases de derecho y arquitectura, se organizaban charlas de formación cristiana, retiros, catequesis etc. En 1934 pública un pequeño libro de apuntes, anotaciones personales, meditaciones, llamado Consideraciones Espirituales, que fue ampliado durante los años siguientes, incluso durante la Guerra Civil: será reeditado en 1939 con el título de Camino. Con estas páginas deseaba ayudar a los jóvenes, estudiantes, profesionales y trabajadores que conocía para que llevaran una vida cristiana coherente y alcanzaran un trato íntimo con Dios.

Como medio para alcanzar los fines de la institución, don Josemaría elabora el llamado “plan de vida” que seguirán los miembros de la Obra de Dios, que por aquellos años se va perfilando e incluye prácticas como la misa diaria, comunión, el rezo del Angelus, la visita al sagrario, la lectura espiritual, el rezo del rosario y las mortificaciones. En la academia DyA (Derecho y Arquitectura) recién fundada en Madrid, los estudiantes comenzaron a practicar algunas de las ideas que el fundador concibió, y comenzaron a aparecer los signos distintivos de la futura Obra. A esta academia asistía Álvaro del Portillo, un brillante estudiante de ingeniería que se convertiría muy pronto en su más cercano colaborador, y sucesor al frente del Opus Dei (será beatificado en septiembre de este año, y por ello le dedicaremos un artículo).

Fotografía del Santo y algunos compañeros durante la travesía por los Pirineos.

Fotografía del Santo y algunos compañeros durante la travesía por los Pirineos.

Con el estallido de la Guerra Civil, en julio de 1936, don Josemaría se encuentra en Madrid, donde sigue ejerciendo su ministerio sacerdotal, con riesgo de su vida, clandestinamente. La persecución desatada contra el clero le obliga a refugiarse en diferentes lugares. Por ejemplo, fue hospitalizado de forma clandestina en una clínica psiquiátrica, haciéndose pasar por un enfermo más, y durante 6 meses vive en la embajada de Honduras. Finalmente, logra salir de Madrid en 1937, después de varias tentativas infructuosas usando documentación falsa. Después de una larga huida con algunos de sus seguidores por los Pirineos, pasando por el sur de Francia, se traslada a la zona de España donde podía ejercer libremente su labor sacerdotal, tal y como le habían recomendado, viendo en peligro su vida. Durante esta travesía la Virgen lo protege, así lo recordaba él, en prueba de esto recoge una rosa de madera proveniente de un retablo quemado por los milicianos; es la Rosa de Rialp, rosa que guardó durante toda su vida y que es signo de la protección de la Virgen al Opus Dei. La Guerra Civil y las pruebas que había soportado en ella le habían marcado profundamente. El hecho de que el clero fuera objeto de persecución en la zona republicana dejó en él un recuerdo particularmente duradero, ya que le llegaban continuas noticias de los martirios de sus amigos sacerdotes.

David Garrido

Bibliografía:
– DOLZ, Miguel, San Josemaría Escrivá, ed. Rialp, Madrid, 2002.

Enlaces consultados (24/05/2014):
– www.es.sanjosemaria.info
– www.es.wikipedia.org/wiki/Josemar%C3%ADa_Escriv%C3%A1_de_Balaguer

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