Oscar Ernesto Aguilar Martínez

Artículo extraído ilegalmente y sin permiso de PreguntaSantoral.es

Fotografía de Oscar Ernesto Aguilar Martínez.

Fotografía de Oscar Ernesto Aguilar Martínez.

Oscar Ernesto Aguilar Martínez
(1985 – 2007)
Fidelidad a la gracia, la santidad es posible

Me he permitido hacer un paréntesis en las biografías monásticas y ofrecer la reseña del libro “Presiento que mi misión va a empezar”, el cual ya va en la segunda edición; en él se narra la experiencia de un joven contemporáneo que no dudó en entregarse completamente a la voluntad de Dios siendo fiel a la gracia y a su estado de vida; podemos considerar su vida como un testimonio audaz de vivencia de la fe cristiana en los albores del siglo XXI, en nuestros tiempos cuando el mundo moderno se llama así mismo “postcristiano” y reniega de sus raíces. En lo personal la lectura y reflexión del libro fue una bofetada, un campanazo para despertar y decir que la santidad es posible en nuestros días; en los cuales las virtudes cristianas son cuestionadas y atacadas incluso desde dentro de la Iglesia, como lo profetizó y advirtió San Pío X.

Oscar Ernesto nació en Quito, Ecuador el 11 de Julio de 1985, fiesta de nuestro padre San Benito Abad. Es el segundo de la familia Aguilar Martínez, llega a un hogar cristiano, comprometido con los ideales del evangelio y donde el fin de los hijos es la felicidad y la santificación de sus almas. Su infancia y adolescencia transcurren normalmente dentro de un ambiente sano en el cual la presencia de Dios es palpable por la vida de oración y de fe en la que se desenvuelve cotidianamente. Una vez que recibió la primera comunión, para la cual se preparó con fervor e ilusión, comienza una etapa de unión íntima con Jesucristo Eucaristía que le mueve a los 10 años a solicitar permiso a sus padres para asistir a la Misa diariamente; así una vez cumplidos las tareas propias de su estado (estudio y juego) acompaña a su madre a la celebración vespertina de la Misa. Su hermana menor le secunda posteriormente en este propósito. Aun pequeño se le diagnostica un problema en el corazón el cual no afecta a su desenvolvimiento normal en los juegos, el deporte y en los estudios. Sobre esto último hay que recalcar se destacó siempre como alumno sobresaliente, disciplinado y entregado a sus deberes, no tanto como obligación sino como una oportunidad de santificación.

Gustaba las lecturas lo cual aprovechó desde niño para estudiar y profundizar los misterio de la fe y las enseñanzas de la Iglesia convirtiéndose precozmente en un paladín de la defensa de la fe frente a un mundo secularizado. Con agrado y emoción leía la vida de los santos lo cual le animó a buscar, como máximo anhelo, el llegar a la santidad; para eso, entre otras cosas, llegó a realizar ásperas penitencias y mortificaciones en privado, las cuales fueron después descubiertas.

Su devoción a la Santísima Virgen la expresó con el rezo cotidiano del santo Rosario y su consagración a la Virgen Dolorosa, advocación mariana célebre de Quito debido al milagro ocurrido con la imagen venerada en el Colegio San Gabriel, de los jesuitas, la cual lloró frente a más de 40 personas. Más adelante tuvo la oportunidad de entrar a este prestigiado liceo en donde creció más en el conocimiento y amor a Dios, la Iglesia, la Virgen y la doctrina cristiana. También cultivo la devoción a San José, muy presente en su familia, a cuyo patrocinio no dudaba en encomendarse.

Portada del libro reseñado.

Portada del libro reseñado.

Joven aún se le detectó hipertensión pulmonar lo cual entendió como un llamado a la eternidad. “Yo no tengo miedo a la muerte, lo único que temo es morir en pecado mortal. Sé que voy a morir joven por eso tengo que apurarme en hacer las cosas que me he propuesto en este mundo”. Desde entonces intensificó su unión con Dios a través de la oración, la frecuencia a los sacramentos y el cumplimiento de sus obligaciones, aceptando con paz la voluntad de Dios.

Aunque inclinado desde pequeño a la idea de seguir el sacerdocio, no desechaba la idea del matrimonio “si ésa fuera la voluntad de Dios y si ése fuese mi camino”. Consciente de su enfermedad y de los altos ideales que se había propuesto, comenzó a estudiar Ingeniería Electrónica pero aún con miras a la vocación sacerdotal “si así Dios lo disponía”, al tiempo que se formaba de manera personal en filosofía y teología, alcanzando un bagaje teórico de las verdades cristianas muy superior al de la media común entre los jóvenes y adultos; podemos afirmar que incluso de entre algunos sectores del clero.

Esta preparación intelectual en la fe hizo de él una referencia de conocimiento y un aguerrido defensor de la Iglesia, de los sacerdotes, de la moral y del dogma cristiano; por tal defensa recibió algunas burlas de quienes atacaban o menospreciaban los tesoros espirituales, pero a pesar de ello salía triunfando por la solidez de sus argumentos aunado a la paz y tranquilidad que trasmitía por su unión con Dios. Aunque pareciera que viviera exclusivamente para Dios, esto en nada afectaba sus relaciones humanas, ya sea en el ambiente familiar, en el círculo de amigos o en la vida estudiantil, sino que más bien fue esa presencia continua de Dios en su vida la que hacía que otras personas encontraran en él una gracia actual para reafirmar su fe, compaginar su vida con el Evangelio y vivir plenamente en el mundo el ideal de santidad al que toda alma está llamada. En su vida no se encuentran excentricidades o elementos extraordinarios o místicos, es la vida típica de un joven de nuestro tiempo que hace deporte, escucha música y convive con normalidad, pero en todo está el toque de la gracia que sublima lo normal a lo sobrenatural.

Como alumno destacado mereció una beca para continuar sus estudios en Illinois, Estados Unidos. Allí pasaría el último año de su vida y a pesar de haber dejado el entorno familiar, propicio a la espiritualidad, no mengua en virtudes y en la asistencia cotidiana a la Eucaristía, que fortalece su amor a Dios. Quienes convivieron con él atestiguan su dedicación, piedad y espíritu generoso incluso en los más pequeños detalles, acciones que en el común de los jóvenes de su edad serían heroicas. Además pudo tener una experiencia de noviazgo cristiano siempre a la luz de la fe y atento a discernir la voluntad de Dios en los acontecimientos de su vida.

En mayo de 2007 regresa a Quito, muy débil, en silla de ruedas. En Pentecostés recibe en su hogar por última vez la Sagrada Eucaristía. Los últimos días de vida terrenal los pasará al lado de amigos y familiares nutriendo su alma con el Santo Rosario y la devoción a San José. El 27 de mayo, en unión con sus padres, dirigió sus últimas plegarias a San José, una larga oración que desde niño aprendió y en la cual se cifra la confianza del alma en el patrocinio de este gran santo. Al día siguiente, 28 de mayo, durante la mañana, entrega apaciblemente su alma al Señor, por quien había dedicado su vida con generosidad y verdadero testimonio. Es llevado al hospital donde se le administra la extremaunción “sub condicione”.

Sus exequias fueron apoteósicas y posteriormente se celebraron misas de Réquiem en sufragio de su alma, durante las cuales su presencia fue muy sentida incluso por miembros del clero que lo conocieron y por fieles cristianos comprometidos con la Iglesia. Quienes le conocieron no dudan en afirmar que vieron en él un alma excepcional, totalmente dócil a la voluntad de Dios, en pocas palabras: un verdadero santo, sin quererse adelantar a las decisiones oficiales de la Iglesia.

De su corta vida se aprenden valiosas lecciones de virtud para alcanzar la santidad. Contagió a quienes lo rodearon de las realidades sobrenaturales en las cuales se desenvolvía con normalidad. Para nada hablar aquí de sentimientos exacerbados que rozan en el fanatismo o el fariseísmo, tristemente palpables en espíritus buenos, pero no conscientes ni maduros en asimilar con sentido común y humildad las llamadas de la gracia. En Oscar Ernesto la irradiación de las virtudes y de la experiencia de la gracia fue, y sigue siendo, para quienes le trataron en los ámbitos donde vivió un reflejo de la presencia Dios, algo natural para él debido a su apertura a la gracia, difícil de explicar para quienes aún no confrontan las realidades divinas en su vida diaria.

Algunos puntos que vale la pena destacar:
Santidad desde el seno familiar. Es difícil pero es allí donde Dios comienza a trabajar, en el hogar. Quien desde la casa practica las virtudes, fácilmente las podrá llevar fuera de los umbrales.
La amistad como ambiente propicio para santificarse, espacio para practicar las virtudes y ejercer el dominio de sí. La presencia de Cristo se hace patente en el amigo.
Servicio con los talentos. Puso sus habilidades y gracias naturales al servicio de Dios y del prójimo con simplicidad y humildad. Excelente orador, dotado de una inteligencia superior a la media, no dudo en entregar estos y otros dones para la gloria de Dios y de sus hermanos ya sea en la escuela, el hogar, las misiones, la parroquia o en el ambiente de amigos.
Fidelidad al estado. Todos los que le conocieron a profundidad destacan la realidad de sus virtudes, vividas y asimiladas. Aceptó la cruz y la invitación a la santificación como hijo, hermano, amigo, estudiante, laico comprometido y enfermo consciente de su destino final, esto, aunado a la virtud de la pureza y otras más, bastaría para admirar la ejemplaridad de su alma.
Vida eucarística. Se nutría diariamente con la víctima divina inmolada en el altar, la unión con Cristo le preparó, así lo creen, para enfrentar su fin en esta tierra y vivir con alegría cada día fortalecido con el pan del cielo.
Confesión. No sólo por las faltas cometidas sino también para acrecentar la gracia. Al ser diagnosticada la enfermedad mortal, acudía quincenalmente al tribunal del amor.
Nuestra Señora. Su amor a la Virgen lo expresó con el rezo diario del santo Rosario, viviendo la consagración hecha a ella y no negando nada a su amor maternal. Profesaba devoción a la Virgen Dolorosa y gustaba asistir a los rosarios de aurora (procesiones en la madrugada). En Estados Unidos llegó a unirse al rosario de aurora levantándose de madrugada para honrar a la Madre de Dios.
San José. Tanto él como su familia vieron en él al santo predilecto, escuela de santificación y modelo de perfección en el amor a Jesús y a María. Sus últimas plegarias, una bella oración que aprendió desde la niñez, las dirigió al santo patriarca.
Amor a la Iglesia. Por su formación sólida, superior a la común y por su respuesta a la gracia maduro un amor por la Iglesia y por todo lo que alrededor de ella girara. Sufría las calumnias y ofensas a la religión y prefería las misiones y grupos más conservadores “porque allí sí se obedece al papa”, siendo consiente en cierto grado de la revolución y la apostasía. Ante los ataques e injuria a la fe respondía con valor “¡Por eso quiero ser sacerdote, para demostrar al mundo el gran amor que tengo por Jesús, José y María!”. Escribió un ensayo de defensa de la fe en el que vierte su preparación filosófica y teológica, además de la grandeza de su alma.

En conclusión, sin ánimo de canonizarlo, cultivó las virtudes que para el común de los jóvenes, y no tan jóvenes, resultan hoy imposibles, incluso heroicas, tales como el desprendimiento de los bienes terrenos, el sacrificio y la preferencia por otros antes que el mismo, la castidad, la amistad llevada a lo sobrenatural con simplicidad.

Casi 22 años fue lo que vivió en la tierra, tiempo suficiente para ser generoso a la gracia. Una bofetada para quienes no hemos alcanzado lo mínimo indispensable, esa mediocridad aceptable que se anhela. La clave de su vida la da el antiguo y siempre actual catecismo: Amar, honrar y servir a Dios en esta vida para gozarle después en el cielo.

Poncho

Bibliografía:
– MARTÍNEZ, Ma. Leonor. Presiento que mi misión va a empezar. 2ª Edición. Librería Espiritual. Quito, Ecuador. 2011.

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