San Pablo, el ermitaño

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Óleo del Santo, obra de José de Ribera (s. XVII). Museo Nacional del Louvre, París (Francia).

Sobre San Pablo poseemos cuatro versiones antiguas fundamentales: la versión latina escrita por San Jerónimo; dos versiones  griegas, una más corta que la otra; y finalmente, la versión copta. Larga fue la discusión sobre la relación de estas fuentes, lo mismo que sobre su veracidad histórica. Los bolandistas sostenían que San Jerónimo se había basado en la versión griega corta. Amelineau, quién descubrió la versión copta consistente en el relato de un discípulo de San Antonio, proponía a ésta como la original. Actualmente se admite que las versiones griegas dependen de la latina, y se ha confirmado la historicidad de algunos datos del relato de San Jerónimo.

Veamos ahora qué nos dice San Jerónimo. San Pablo nace hacia el año 228 en la Tebaida, Egipto, en el seno de una familia cristiana. Sus padres eran ricos, y le procuraron una buena educación. A los 14 años quedó huérfano, heredando  los bienes de sus padres, y bajo el cuidado de su hermana que estaba casada.

En el año 250 se desata la persecución del emperador Decio. Pablo se vio en una situación complicada: podría renegar de su fe, como muchísimos compatriotas suyos hicieron, y conservar sus posesiones; y si decidía perseverar, tendría que estar dispuesto a soportar las torturas y cadenas que le sobrevendrían. Temiendo no tener la fuerza de voluntad suficiente para mantenerse en sus creencias a pesar de las consecuencias, decidió esconderse en un pueblo lejano, tratando de pasar desapercibido. Pero su cuñado, acaso movido por el deseo de quedarse con los bienes de Pablo, decidió denunciarlo ante las autoridades romanas. Enterado Pablo de tales planes, se internó en el desierto esperando que cesara la persecución.

De tanto en tanto Pablo se dirigía a la población más cercana para obtener víveres e informarse sobre la situación. Pero los acontecimientos no acusaban mejoría, por lo que tuvo que continuar ocultándose en el desierto. Allí encontraría unas cuevas donde, en tiempos de Cleopatra, se acuñaba moneda. Cercana a éstas había una palmera y un pequeño manantial. Pablo decidirá entonces instalarse allí para siempre, “oculto con Cristo en Dios”.  En el silencio y en la soledad de su nueva morada, olvidado por los hombres, Pablo desarrollaría una íntima relación con “el Padre, que todo lo ve” mediante la oración y la penitencia.

"San Pablo ermitaño y San Antonio abad", óleo de Velázquez. Museo Nacional del Prado, Madrid (España).

Así pasó el tiempo hasta que Pablo cumplió 113 años. No creía que volvería a ver rostro humano y ya no esperaba más que morir y ser pasto para las bestias del desierto. Pero Dios se encargaría de manifestar a su pueblo el ejemplo de su humilde servidor. Por aquel entonces San Antonio, que a la sazón contaba con 90 años, era asaltado por el pensamiento orgulloso de ser el primero en llevar vida monástica en el yermo; así que en sueños le fue revelado que en lo más profundo del desierto vivía un monje más antiguo y más perfecto que él, recibiendo el encargo de visitarle. De inmediato se puso en marcha apá Antonio, guiado por divina inspiración, y tropezando en el camino con demonios que bajo la forma de sátiros y centauros trataban de impedir su cometido. Antonio, experto como era en la lucha con las fuerzas del mal, no cedió ante los satánicos ataques.

Después de dos días de camino, hallaría el monte en cuya falda estaba la cueva donde moraba Pablo. Apá Antonio se acercó con sigilo a la entrada de la ermita, pero no más éste tropezó con una piedrecilla, Pablo reaccionó taponando la entrada de su morada con una gran piedra, temiendo quizás que una fiera se acercase. Entonces Antonio, durante horas, suplicó a Pablo le concediese audiencia. Finalmente el ermitaño le abriría la entrada, y sin haberse conocido antes, se saludarían por sus respectivos nombres. Después de animada conversación, compartieron la ración de pan que un cuervo traía diariamente a Pablo y que para la ocasión venía doble. Se consideraba un honor partir el pan, por lo que disputaron largamente a quién correspondía, alegando cada uno en favor del otro. Al final, acordaron que los dos tomarían el pan tirando de cada extremo cada uno hacia si. Después de beber de la fuente, dieron gracias a Dios que no abandona a sus criaturas, y se entregaron a la oración durante toda la noche.

Al día siguiente, Pablo avisa a su huésped  que el momento de su muerte se acerca, causando   gran aflicción en Antonio que lleva poco tiempo de conocerlo, por lo que pide al centenario eremita que lo lleve con él a la eternidad. Pablo le insiste en que es preciso que permanezca más tiempo en el mundo de los hombres para edificación de éstos, y le pide que traiga el manto que el obispo San Atanasio le había obsequiado. Sorprendido apá Antonio de que supiera de tal manto, y conociendo de este modo la grandeza del siervo de Dios Pablo, de inmediato emprende el viaje de regreso a su eremitorio.

Con mucha prisa llega, recoge el manto y vuelve a donde Pablo, temiendo no encontrarlo vivo; y precisamente era eso lo que buscaba el anciano tebano, pues deseaba morir con la sola compañía de Dios. Cuando Antonio  está cerca de su destino, contempla en visión a Pablo entrando al cielo en medio de ángeles y apóstoles, causándole tristeza el saber que no acompañaría a su camarada en el último momento. Al llegar a la cueva, encontró el cadáver del eremita rodillas en tierra y brazos en alto, indicando que murió mientras oraba. Entonces se puso en la tarea de envolver el santo cuerpo con el manto atanasiano, pero se encontró en un dilema al no contar con herramientas para cavar la sepultura. Al punto, aparecieron dos leones que con sus garras abrieron la fosa requerida, y con la bendición del patriarca regresaron al gran desierto. Después de cumplir la obra de misericordia, Antonio regresó a su celda llevando consigo la túnica de hojas de palmera que usó San Pablo, y luciéndola en adelante con ocasión de Pascua y Pentecostés.

San Antonio sepulta a San Pablo. Miniatura del Speculum Historiae, obra de V. de Beauvais (s. XV).

Hasta aquí tenemos el relato que nos ofrece San Jerónimo, sosteniendo además que Pablo el tebano es el primer ermitaño. ¿Realmente lo fue? Por lo que hoy conocemos gracias a documentos de la época y hallazgos arqueológicos, sabemos que el monacato cristiano no es producto de exportación de Egipto, como por mucho tiempo se pensó, sino más bien un fruto natural y espontáneo del fervor religioso de las Iglesias de diversas regiones, surgiendo en todas  partes más o menos al mismo tiempo. Así que es bastante difícil tratar de encontrar al primer cristiano que llevó vida monástica. Además, la motivación que Jerónimo le adjudica a Pablo para apartarse al desierto es perfectamente aplicable a muchos otros cristianos: más aún, Pablo habrá obrado así siguiendo el ejemplo de otros que le precedieron.

De hecho, la explicación que atribuye los inicios monásticos a cristianos que huyeron a  montes y desiertos en la era de las persecuciones es bastante antigua. En cuanto al valor histórico del relato latino, es muy posible que el Doctor de la Iglesia haya adornado con poesía los pocos datos que tenía a mano, pero podemos estar seguros que Jerónimo no “creó de la nada” a Pablo. Si se encontró con San Antonio, no es seguro, pero sí posible: no tiene mucho fundamento pensar que apá Antonio haya sido tentado con la idea de ser el primer ermitaño, por cuanto sabemos por la propia “Vida de Antonio” escrita por San Atanasio, que él fue iniciado en la vida monástica por otros monjes que vivían en las afueras de la ciudad; pero si sabemos, en cambio, que los monjes primitivos emprendían largos y penosos viajes para visitar a otros camaradas y recibir sus consejos espirituales.

Hay que anotar que, si damos por seguro el encuentro de Pablo y Antonio, llamaría la atención el total silencio de este asunto en los Apotegmas de los Padres del desierto, en las cartas atribuidas a Antonio, y en la misma “Vida de Antonio”. Pablo el tebano debe su celebridad a Jerónimo, pero no así la creencia en su existencia que, según parece, estaba presente entre los monjes del desierto egipcio, aunque no recibió la misma consideración que los otros grandes héroes del monacato copto.

Sepulcro del Santo. Monasterio de San Pablo (Egipto).

Mencionemos finalmente algunos datos sobre su recuerdo litúrgico en la liturgia romana. En verdad, la festividad de San Pablo tardaría bastante en entrar en el calendario romano. La Orden de San Pablo, primer ermitaño, fundada en 1250, sería la encargada de propagar en Occidente el culto y devoción al santo patriarca, lo que motivaría más adelante a Inocencio XIII a inscribir dicho recuerdo en el calendario universal para el 15 de enero con la categoría de “Doble” (equivalente a la actual categoría de fiesta). En la reforma de 1969, sería borrada su memoria litúrgica del calendario universal, y sería concedida al calendario particular de la Orden de San Pablo.

Dairon

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