Los iconos de la Virgen María en las Iglesias Ortodoxas

Artículo extraído ilegalmente y sin permiso de PreguntaSantoral.es

Icono ortodoxo griego de la Virgen, recubierto de plata, venerado en la skete de Prodromos, Monte Athos (Grecia).

Icono ortodoxo griego de la Virgen, recubierto de plata, venerado en la skete de Prodromos, Monte Athos (Grecia).

El icono de la Virgen María está presente en la mayor parte de los hogares de los creyentes ortodoxos. No es sólo un símbolo de la maternidad y del amor maternal, sino también una ventana abierta a la misma Madre de Dios. El icono se coloca normalmente en la pared oriental de las habitaciones, a veces junto a una lámpara de aceite que arde especialmente en domingo y durante las grandes fiestas y en viernes, el día en que el Señor Jesucristo murió en la cruz.

El arte ortodoxo tiene mucho que ver con la pintura y no tanto con la escultura. Las estatuas son desconocidas en las iglesias de Grecia, muy raras en las de Rumanía y más habituales en Rusia, pero generalmente son una rareza, porque la teología mística del Este ve la iconografía desde la perspectiva del misterio del Reino de los Cielos, y las estatuas tienden a ser vistas como algo “demasiado material”.

En este contexto, los iconos que representan a la Madre de Dios son, como los demás iconos, una combinación de realidad y simbolismo. En general, Nuestra Señora siempre aparece representada con la cabeza cubierta por un velo que cae sobre sus hombros, según la tradición judía de su época. El color habitual del velo o cubrecabeza es rojo, y simboliza tanto el sufrimiento por su Hijo como su santidad. Bajo este velo, normalmente se ve un segundo velo azul, que simboliza la humanidad de la Virgen. A veces los colores se invierten, y vemos el azul en la tela exterior.

Otra particularidad de todos los iconos bizantinos de la Virgen son las tres estrellas pintadas en el velo: una en la frente y las otras dos en cada hombro de la Virgen María. Simbolizan su virginidad antes, durante y después de la Natividad. Otros teólogos interpretan las tres estrellas como el símbolo de la Santístima Trinidad, y en este contexto se explica el por qué la tercera estrella está cubierta, porque el Niño que ella lleva es Jesucristo, la segunda persona de la Trinidad.

Icono ortodoxo griego de San Lucas pintando a la Panagia Hodigitria.

Icono ortodoxo griego de San Lucas pintando a la Panagia Hodigitria.

Casi todos los iconos representan a la Santa Virgen con su Niño pequeño -aunque hay algunos tipos donde aparece sola- y el afecto entre la Madre y el Hijo es obvio. Tradicionalmente, el primer icono de la Virgen fue pintado por San Lucas Evangelista. También se cree comúnmente que el icono Hodigitria es el “modelo” que Lucas pintó, y su simbolismo lo explicaremos a continuación.

Hay cinco principales tipos de icono de la Theotokos en la iconografía ortodoxa, pero también existen otros tipos en un apartado menor:

– El icono de la Virgen “Hodigitria/Hodegetria” (Ὁδηγήτρια), literalmente, “La que muestra el Camino”, y, como se ha dicho, es tradicionalmente vinculado a San Lucas. Este tipo de icono es el más difundido de todos los de la Virgen. Ella sostiene al Salvador como un bebé y lo mira como guía hacia Dios y la salvación. Hay que remarcar que ella lleva al Niño en su brazo izquierdo, mientras que lo muestra con su mano derecha, siendo ésta la razón de por qué es conocida como la que muestra el Camino (Cristo es el Camino). El Niño tiene una cara madura (quizás también una ancha frente), un signo de que Él es la Sabiduría, y lleva un rollo, a veces plegado y otras extendido (que es el Evangelio). El icono original atribuido a San Lucas está hoy día perdido (fue custodiado por el monasterio de la Panagia Hodegetria en Constantinopla hasta la Cuarta Cruzada en 1204), aunque existen algunos iconos que se cree que son este original, en Italia o Rusia. Este tipo de icono está difundo tanto en las iglesias ortodoxas como en las católicas.

– El icono de la Virgen Eleousa (Ἐλεούσα). Desde la Hodegetria se desarrolló posteriormente la Panagia Eleousa (Virgen de la Tierna Misericordia). María todavía señala a Cristo, pero él está acariciando su mejilla, que ella inclina ligeramente hacia él. Al menos un brazo de Jesús aparece rodeando su cuello y hombro. La Madre de Dios, en este icono, simboliza a la Iglesia. La plenitud del amor entre Dios y los humanos se consigue pues sólo a través de un cercano amigo de la Iglesia, en este caso, la Madre de Dios. Los iconos rusos de la Theotokos de Vladimir y la Theotokos de Pochayiv son ejemplos bien conocidos de este tipo de icono.

Icono ortodoxo griego de la Virgen Pantanassa (variante una Panachranta).

Icono ortodoxo griego de la Virgen Pantanassa (variante una Panachranta).

Una subvariante de este tipo es el icono de la Theotokos Pelagonitissa (o “la Virgen con el Niño que juega”), donde la Virgen sujeta a Jesús en un movimiento abrupto, su cabeza hacia atrás y agarrándose a ella. El nombre del icono procede de la ciudad de Pelagonia (hoy día Bitola, en Macedonia) donde el icono apareció por primera vez, en los siglos XII-XIII. El icono de la Virgen Glikofilusa es otro ejemplo.

– El icono de la Graciosa Virgen o Panahranta (de πανάχραντος, “inmaculada”). En este tipo de icono, la Virgen María se sienta en un trono real con el Niño Jesús en su regazo, y ambos están mirando hacia delante. El trono simboliza la gloria real, siendo ella perfecta entre todos los humanos nacidos en la tierra. De acuerdo con las enseñanzas del cuarto Concilio Ecuménico, la Virgen María vela sobre los destinos del mundo junto a Cristo. Variantes de este icono son la Pantanassa -aquí el Niño no está mirando directamente, sino que se gira hacia su Madre- y la Theotokos de Kazan, en la cual Cristo está de pie sobre la Virgen.

– El icono de la Theotokos Agiosortissa (Αγιοσορτισσα), “la intercesora”. En esta representación, la Virgen María está sola y, vista de perfil, tiene las manos alzadas en oración. Está mirando hacia la izquierda, normalmente a un icono de Jesucristo que está aparte. A veces lleva un pergamino. El triple icono que representa a Jesús en el centro con la Virgen María y San Juan Bautista con sus manos hacia Jesús es conocido como “Deisis” (oración). Una variante de éste es el icono de la Virgen “el Refugio” (Παναγία η Καταφυγή), en el cual su brazo permanece bajo su velo.

– El icono de la Madre Orante u Oranta (Οραντα), o “la Santístima” (Panagia o Παναγια). La Virgen María se muestra de frente al observador con sus brazos alzados en la posición de orante, en oración. A veces Cristo Niño es mostrado dentro de un círculo en su seno -esta representación es conocida como “Platytera” (Πλατυτέρα, que significa literalmente más ancha o más espaciosa, o la Señora del Signo), siendo Cristo el signo de salvación.

Icono ortodoxo ruso de la Virgen de la Zarza Ardiente.

Icono ortodoxo ruso de la Virgen de la Zarza Ardiente.

Con estos tipos no termina la iconografía relativa a la Virgen María. Otros subtipos son también muy importantes para la piedad de los creyentes ortodoxos. Podemos mencionar:

– La Madre de Dios “Galaktotrophousa” (Παναγια Γαλακτοτροφουσα), “la que alimenta con leche”, una rara representación de la Virgen amamantando a su Hijo.

– La Virgen de la Zarza Ardiente, alusión a la visión de Moisés en el Sinaí, que es entendida como una profecía de la virginidad de la Theotokos.

– La Virgen con la Siete Espadas, alusión a la profecía de Simeón “y a ti misma una espada te atravesará el alma, para que los pensamientos de muchos corazones sean revelados” (Lc 2, 35).

– La Madre Doliente, que representa a la Virgen en ropas negras, durante el funeral de su Hijo, que también aparece en segundo plano, siendo crucificado. Este tipo está especialmente presente en Rumanía, como influencia de la Piedad católica (es la Piedad ortodoxa).

– La Protección (o el Velo) de la Theotokos (Σκέπη, Sképē or Покровъ, Pokrov), que representa a la Virgen que acoge bajo su velo a los devotos, estando este icono asociado con un milagro ocurrido en Constantinopla en el siglo IX; salvada de una invasión eslava. El día de su celebración es el 1 de octubre.

Otros iconos que representan a la Virgen están asociados a momentos diferentes de su vida: la Anunciación, la Presentación en el Templo, la Natividad, la Ascensión de Cristo, Pentecostés, la Dormición de la Virgen. No se refieren sólo a ella o no la presentan en primer plano, pero es importante que también sean mencionados.

Icono ortodoxo griego de la Virgen Katafgi ("el Refugio"), donde aparece orando con el brazo cubierto por su velo.

Icono ortodoxo griego de la Virgen Katafgi (“el Refugio”), donde aparece orando con el brazo cubierto por su velo.

Algunas veces los iconos de la Virgen son objeto de una especial devoción por parte de los creyentes. Algunos iconos son considerados como protectores contra distintas enfermedades. La Agiosortissa es especialmente invocada en casos de cáncer. De otros iconos en lugares específicos se cree que ayudan a las madres a tener hijos (como la Panagia Tsampika en la isla de Rodas, Grecia) o ayudan contra enemigos visibles e invisibles (como la Panagia Portaitissa, “de las Puertas”, en el Monasterio Iveron del Monte Athos), etc.

Otra forma de venerar el icono de la Theotokos es vestirlo en plata y oro (por ejemplo, la Theotokos de la Sketa Prodromos en Athos, que encabeza este artículo) y colgar de él objetos devocionales, a menudo asociados a enfermedades u órganos curados. Este fenómeno comenzó con un icono específico, la llamada Triherousa (la de Tres Manos), por una mano de plata votiva adherida a un icono (como es el caso del icono de la Triherousa en Hilandar, Monte Athos).

La veneración de los iconos de la Virgen tiene una función especial en el mundo eslavo. El calendario de la Iglesia Rusa está muy desarrollado en conmemorar diferentes iconos de la Theotokos, que se veneran en un día concreto. Llega a mencionar en torno a 260 iconos de la Virgen María, asociados con milagros y celebrados litúrgicamente. El Menaion de Sergio de Radonezh presenta en torno a 700 iconos de la Theotokos.

Troparion de la Theotokos de Prodromos (celebrada el 12 de julio)
Madre de Dios, siempre Virgen, veneramos tu santo y divino icono con fe y lo besamos con agradecimiento. Porque a través de él, tú das a los fieles verdadera curación de sus almas y cuerpos. Por eso, te decimos: gloria a tu virginidad, gloria a tu misericordia. ¡Gloria a tus cuidados, a ti, que eres bendita!

Mitrut Popoiu

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Nuestra Señora de la Leche: exaltación de la maternidad de María

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“Virgen del cojín verde” (ca. 1507), lienzo de Andrea di Solario que representa a María lactante. Museo Nacional del Louvre, París (Francia).

“¡Dichoso el vientre que te llevó y los pechos que te criaron!”
(Lc, 11, 27)

En este día 25 de diciembre, en el que con gozo celebramos el nacimiento de Nuestro Señor y Salvador Jesucristo, he querido hacer un artículo en honor a su Santísima Madre y también para mostraros la que es mi advocación mariana favorita: la Virgen de la Leche. Como se trata de otra incursión particular fuera de mi especialidad personal -las mujeres mártires- apelo a vuestra indulgencia por si esta redacción no cumple con las expectativas esperadas.

La Virgen de la Leche -también llamada Virgen del Buen Parto, del Buen Reposo, de Belén o Maria Lactans– es una advocación que seguro conocéis, pues es tan antigua, universal y adquiere tantos aspectos y denominaciones diferentes, que en todas partes se la puede encontrar. Constituye en la simple pero bellísima representación de la Virgen María amamantando al Niño Jesús. Un acto tan sencillo y tan natural pero que, en mi opinión, contribuye, más que ninguna otra advocación mariana, a exaltar a María como madre, pues su naturaleza materna es físicamente visible por el mismo acto de la lactancia.
Sin embargo, a pesar de su aparente sencillez, esta advocación mariana tiene unos orígenes y un desarrollo complejos y considero que no está de más que hagamos un recorrido histórico-artístico por este culto mariano particular, tan universal y tan familiar a la vez.

La lactancia materna
Sólo unas breves líneas para definir lo que es la lactancia, a riesgo de pecar de obviedad. La lactancia materna o amamantamiento constituye el acto de nutrir, alimentar, al recién nacido con la leche que procede de las mamas de la madre. Esto se da en todas las especies animales perteneciente a la gran familia de los mamíferos -de ahí su nombre, “los que maman”- y como parte de ellos, los seres humanos también.
La lactancia tiene su origen de forma biológica tras el parto, en el que debido a la segregación automática y natural de la hormona llamada prolactina, se genera leche en los pechos maternos, que son succionados por el neonato. La lactancia materna es esencial para la supervivencia del neonato; de hecho, se ha demostrado que la leche materna es el mejor alimento para el bebé, y especialmente la primera fase de la lactancia es esencial para que el recién nacido adquiera las defensas inmunológicas básicas para salir adelante. Privar a un neonato de la leche materna es comprometer seriamente su salud y supervivencia y ninguna leche de sustitución incorporada a partir del siglo XX – momento en que la lactancia materna se ha ido abandonando por cuestiones de comodidad y estética – es capaz de llegar al nivel de la calidad y beneficios que tiene la leche materna. Por eso, actualmente se incentiva de nuevo la lactancia materna y se aconseja su prolongación, al menos, durante el primer año de vida.

La diosa Hera amamanta al niño Heracles. Lécito griego datado en 360 a.C.

Así pues, si el embarazo y el parto son procesos biológicos que han maravillado a la humanidad desde sus orígenes por ser la fuente de toda vida, la lactancia lo ha sido también al ser la clave de la supervivencia de esa vida. Por lo que no debe extrañarnos que la lactancia haya sido motivo habitual de representación y veneración por los seres humanos, desde las religiones y cultos más antiguos, hasta la actualidad. Vamos a hacer un recorrido.

Dea Mater
Como decía, la figura de la mujer lactante ha sido objeto de representación y veneración desde antiguo, por lo trascendental que tiene en sí el acto de la lactación. Así, desde tiempos prehistóricos, y en particular durante el Paleolítico, destacan esas representaciones de mujeres obesas, con pechos, vientres y nalgas sobredimensionados, a las que se han dado el nombre de Venus paleolíticas, para hacer referencia a la veneración de la maternidad en sí. Actualmente la mayoría de expertos coinciden en que estas figuras son la representación de una diosa madre, o la alegoría de la maternidad en sí, que ya era querida, admirada y venerada por nuestros ancestros como fuente, origen y supervivencia de toda vida.

En el Neolítico, Edades de los Metales y Antigüedad, este culto a la madre conocerá un gran desarrollo y expansión. Prácticamente todas las culturas veneran a la madre en forma de diosas que paren y amamantan a sus hijos; y cualquiera podría mencionar a muchas. La diosa madre es una constante en todas las religiones, incluso en las más androcéntricas, como la grecorromana. Ningún ser humano escapa a la fascinación que produce la mujer que gesta, da a luz y nutre con su propio cuerpo una nueva vida. Ninguna cultura obvia este tema: bien para exaltarlo, bien -según épocas- para despreciarlo, pues no faltarán quienes vean este acto como algo sucio e impuro.

Pero como no quiero extenderme demasiado, voy a centrarme únicamente en las representaciones de diosas lactantes de la Antigüedad. Destaca ante todo el mito griego de la formación de la Vía Láctea: según este mito, Hera, esposa de Zeus, padre de los dioses, estaba enfurecida con su esposo porque éste le había sido infiel con una mortal llamada Alcmena, que había engendrado y dado a luz un hijo llamado Heracles. Este héroe semidiós fue tomado por Zeus y, aprovechando que Hera dormía, se lo puso al pecho para que lo amamantara y al tomar la leche de la diosa, se hiciese inmortal. Cuando la diosa despertó al notar la succión del bebé en su seno, reconoció al hijo de la infidelidad y se lo apartó del pecho, furiosa. Un chorro de leche manó de su pezón, salpicó el cielo, y dio origen a toda una galaxia, que en honor a tal suceso fue llamada Via Lactea (“camino de leche”).

Capilla de la Gruta de la Leche en Belén, Palestina. Santuario de María lactante.

Este mito ha tenido gran representación en el arte, así como representaciones de la diosa egipcia Isis amamantando a su hijo Horus (las figurillas entronizadas de la Isis lactante han inspirado, de forma indirecta, las Vírgenes románicas); o la diosa fenicia Astarté-Tanit, cuyas figurillas documentadas traían los pezones perforados para que los fieles pudieran verter leche o perfume en su interior y pudieran ver aflorar el líquido a través de sus pechos. Sirva esto como ejemplo para ver el gran culto que tuvo la diosa madre, en todas sus manifestaciones, durante la Prehistoria y Antigüedad. Irremediablemente me quedo corta y seguro que podéis citarme mil ejemplos más, pero como ése no es el objetivo del presente artículo, lo dejaré aquí.

La Virgen María, Madre de Dios
Y por fin entro en el auténtico objetivo del artículo, que es analizar la figura de la Virgen María como madre y en particular como lactadora. No me extenderé en hablar de los orígenes del culto a la Santísima Madre de Dios, ya que nuestro compañero Antonio Barrero lo ha hecho mucho mejor que yo en su serie de artículos. Simplemente decir que, en el cristianismo, la figura de la Virgen María vino a sustituir la de la antigua diosa madre, absorbiendo Ella todas sus advocaciones y manifestaciones, con el agregado de la virginidad y la concepción milagrosa, que únicamente comparte con la Isis egipcia. Pero aquí me centraré sólo en su faceta de madre, no de virgen.

Como he dicho, es lógico pensar que, tras el parto en el establo de Belén, María amamantó inmediatamente a su Hijo, y lo seguiría haciendo por muchos años, tal como era costumbre en la época. Con gran cariño y cierto encanto y gracia lo recuerda un precioso villacinco catalán, El desembre congelat:

Quan l’Aurora hagué parit
lo Sol que ja eixia
ab gran amor li ha dit:
“Veniu, vida mia,
preneu-me diví Senyor
aquest caldo de licor
d’una mamelleta
que per Vos és plena”
.

Icono de la Panagia Galaktotrophousa (Virgen lactante) venerado en el monasterio Chelandariou del monte Athos, Grecia.

Esta visión de la Virgen lactante ha tenido muchas representaciones y avatares durante la Historia de la cultura cristiana, y yo sólo voy a poder entrar brevemente en cada uno de ellos, sin ser exhaustiva. Por de pronto, decir que en Belén existe una llamada “Gruta de la Leche”, cercano a la Basílica de la Natividad, donde según la tradición la Virgen amamantó al Niño y una gota de su leche cayó en una roca, tornándola completamente blanca. En este lugar se levantó un santuario en el que, aún hoy, las mujeres -tanto cristianas como musulmanas- acuden a suplicarle a la Virgen que mejore la calidad de su leche materna, tan crucial para la salud de sus hijos.

El simbolismo de la diosa lactante, como decía, se incorporó automáticamente a la representación de María y no en vano la imagen de Ella más antigua que se conserva -un fresco en las catacumbas romanas de Priscila, s.II- la representa dando el pecho a Jesús. Algunos ritos antiguos fueron incorporados a la cultura cristiana conservando esta rica simbología de la leche, pues no en vano, a los neófitos se les daba a beber leche mezclada con miel.

Panagia Galaktotrophousa
Ésta es la denominación que en el arte bizantino recibió la representación de la Virgen lactante, el nombre (Παναγια Γαλακτοτροφουσα), en griego original, significa “la Santísima (Virgen) que alimenta con leche”. El monasterio Chelandariou, en el monte Athos (Grecia) tuvo entre sus iconos más venerados a una Galaktotrophousa. Otro icono, datado en el siglo IX, procedente de Constantinopla y actualmente conservado en la ciudad siria de Saydnaya, tenía fama de segregar un aceite milagroso, conocido como “leche de la Virgen”, que fue ampliamente distribuido por los Cruzados a partir de su control de Tierra Santa.
Otros relicarios conteniendo presunta leche de la Virgen experimentaron gran difusión y veneración por toda la Europa medieval. Actualmente, son poco más que una curiosidad: es obvio decir que naturalmente, se trata de reliquias totalmente falsas: la leche que no es consumida experimenta putrefacción en muy poco rato y despide un olor muy desagradable. Incluso aunque se defendiera una conservación “milagrosa” de la misma, nada hace creer que María guardara su propia leche en tarros, por el mismo motivo. La extracción y conservación de la leche materna para su donación o análisis es un fenómeno exclusivamente reciente (ss.XX-XXI).

En Rusia, la Galaktotrophousa es conocida como Mlekopitatelnitsa (Млекопитательница), con idéntico significado y representación artística.

Virgo Lactans
La representación de María lactante fue mucho más popular en la cristiandad occidental que en la oriental; y experimentó mayores variaciones y difusión por la plasticidad y versatilidad del arte occidental, no sujeto a los estrictos cánones bizantinos que, hasta la actualidad, ha mantenido el arte cristiano ortodoxo.

Ampolla-relicario con presunta leche de la Virgen. Museo de la catedral de Mallorca, España. Fotografía: Ana Mª Ribes.

Así, en la Edad Media, la figura de la Virgen que amamantaba empezó a llamarse Virgo Lactans, Maria Lactans o Madonna Lactans (“la Virgen que lacta”). Todavía muy escasa en el arte románico, la Virgen dando el pecho experimentó un auge a finales de la Edad Media, con el arte gótico, y aún más durante el Renacimiento. Fue particularmente utilizado por la Escuela de Siena del Trecento (siglo XIV). Hasta tal punto era demandada esta iconografía, que se incorporaba como elemento central de escenas evangélicas como la Huida a Egipto (representada habitualmente en un entorno natural, donde el grupo familiar se toma un “descanso” para que el Niño se amamante -de ahí la denominación “reposo” y “Virgen del Reposo”-) o de composiciones que incluyen a la Sagrada Familia o de la Virgen con santos.

Sin embargo, a partir del Concilio de Trento (1563) y en un marco de lucha contra la Reforma protestante, la Iglesia optó por restringir notablemente el culto y la representación de la Virgen dando el pecho, por considerarla impúdica e indecente (!!!). Al parecer, se había vuelto del todo inapropiado que la Virgen apareciese mostrando un pecho o los dos, a pesar de lo natural del acto en sí. Esto hizo que pintores como Luís de Morales se vieran obligados a seguir representando la escena, pero ingeniándoselas para cubrir el pecho de la Virgen, o mostrando tan sólo un pezón -cosa que, en la práctica, hace imposible la lactancia-, o incluso, haciendo que la cabeza del Niño lo tapase. Estrategias para eludir una prohibición tan ridícula como mojigata, pues es difícil percibir algo impúdico en la visión de una madre que amamanta a su hijo. O al menos eso creo yo.

A pesar de estos “piadosos” reparos, afortunadamente la representación de la Virgen lactante prosiguió durante el Barroco y la era contemporánea, hasta la actualidad, dando bellos ejemplos de la representación de la Madre de todos mostrando al mundo que Ella, como cualquier otra mujer, amamantó a su Hijo hasta que estuvo en edad de poder comer sólidos.

Lactación mística de San Bernardo, tabla del Mestre de Borbotó (s.XVI). Iglesia de Sant Feliu, Xàtiva (Valencia, España).

Las lactaciones místicas
Indirectamente, en la Historia del arte cristiano apareció un tema relacionado con la Virgen lactante, pero ocasiones en que la leche de María no va destinada a su Hijo, sino a un Santo. Estos episodios son conocidos como “lactaciones místicas” y van rodeados de una simbología muy compleja en la que no entraré, por no considerarme lo suficientemente experta en el tema.

Las lactaciones místicas representan a María amamantando a un Santo o Santa, en una experiencia mística que busca una unión más íntima con lo sagrado. Son episodios, legendarios o no, pertenecientes a vidas de Santos como Bernardo de Claraval, Pedro Nolasco, Cayetano de Thiene o Domingo de Guzmán. La más relevante de todas es la primera, el caso de San Bernardo, gran defensor de la maternidad divina de María y uno de los teólogos marianos más importantes de la cultura cristiana; a él se habría aparecido la Virgen tras ser invocada con la frase Monstra te esse matrem (“Muéstrame que eres madre”) y Ella le habría mostrado un pecho, del cual, tras presionarlo, surgiría un chorro de leche que iría a parar a la boca del Santo. En fin, ¿qué muestra más clara de que Ella había sido madre, sino la leche de sus propios pechos?

Aunque ésta es la representación más frecuente de las lactaciones místicas -el chorro lácteo a distancia- otras, más atrevidas, representan al Santo mamando directamente del pezón de la Virgen o incluso amamantándole a la vez que el Niño: éste en un pecho, el Santo en el otro. Por razones ya mencionadas, estas representaciones también sufrieron la censura de la Reforma católica.
Existe un curioso equivalente de las lactaciones místicas que consiste en un Santo o Santa bebiendo de la sangre que brota de las llagas de Cristo, especialmente la lanzada del costado (las receptoras de la sangre divina suelen ser Santas como Catalina de Siena o Rosa de Lima). Estas representaciones, que lógicamente no son lactaciones, tienen el mismo significado místico y teológico que éstas; y habiendo llegado algunas obras de arte a dotar a dichas escenas de connotaciones claramente sensuales, se entiende que también sufrieran cierta censura.

San Bernardo y el Niño Jesús maman simultáneamente de los pechos de María. Lienzo barroco (1680) en Perú.

En última instancia, la leche mariana, en estas lactaciones místicas, adquiere una dimensión salvífica y renovadora. Ya en la Edad Media la leche de la Virgen fue objeto de curiosas representaciones en las que los fieles, o incluso las almas del Purgatorio, se arremolinaban en torno a María lactante intentando recoger alguna gota suelta que cayese de sus pechos, como un preciado tesoro. Sin embargo, no caigamos en el error de interpretar de que el objeto de devoción es la leche mariana en sí: a quien se venera es a la Madre de Dios, más madre que nunca, invocándola como la más poderosa intercesora ante el Padre.
Y si se quiere, se puede interpretar lo siguiente en clave teológica: María engendra, pare, nutre y cría a un Hijo que, siendo Dios, Ella ayuda a hacerlo hombre y ese Dios-Hombre que nos salva y que ha recibido su naturaleza humana de María, lo mismo que comió-bebió de su Madre, se nos da como comida a nosotros. De alguna forma, nosotros también nos alimentamos con la leche materna de María al alimentarnos con el Cuerpo de Cristo.

En Italia las advocaciones marianas más conocidas que nos muestran a María lactante son la Madonna delle Grazie (Nuestra Señora de Gracia) o la Madonna della Libera (Nuestra Señora de los Libres). En casi todas ellas la Virgen aparece de pie, sosteniendo al Niño apoyado en su cadera y sacándose un pecho para mostrarlo al fiel; a similitud de lo que vemos en las lactaciones místicas.

Conclusión
Lejos de la sorpresa, curiosidad o escándalo que nos pueda suscitar la imagen de María mostrando su(s) pecho(s) repleto(s) de leche, lo mejor es ceñirse a la visión más básica y natural, que es la de una madre amamantando a su hijo. Como ya decimos, una representación más antigua que el cristianismo y casi la más ancestral de la feminidad humana; que en la cultura cristiana se encarna en María, la Madre por excelencia: Madre de Dios, pero también madre de todos los cristianos.

Actualmente el culto de la Virgen lactante, en sus distintas denominaciones, es universal y está en expansión, libre de ataduras, reticencias y censuras mojigatas. Es muy importante el culto de este tipo de Vírgenes para las madres cristianas, que la invocan para tener un buen parto y una feliz lactancia, tan esenciales para la supervivencia de los hijos, como ya apuntábamos. También la invocan las mujeres que quieren ser madres, que tienen dificultades varias con sus hijos o, simplemente, quienes se enternecen ante la maravillosa visión de María nutriendo a su Hijo como lo hace cualquier otra mujer.

Virgen de la Leche y Buen Parto -llamada la “Madre de madres”- venerada en Las Piñas (Filipinas).

Las representaciones de María lactante son infinitas en el arte hasta hoy, donde prosiguen, incluso en el campo de la fotografía. Es imposible abarcarlas o reseñarlas todas. Pero esta advocación, como decía al principio, constituye la iconografía que nos muestra más claramente que nunca la maternidad de María, en un gesto simple, natural y sencillo, que exalta la maternidad de Ella y de todas y cada una de las mujeres: la lactancia.

Madre de Dios y Madre nuestra, tú que pariste a Nuestro Señor y Salvador y lo nutriste con la leche de tus pechos, protege a todas las madres del mundo; ayúdalas con tu poderosa intercesión y no apartes la mirada de tus hijos amados en el transitar por este mundo tan hermoso y terrible a la vez.

FELIZ NAVIDAD A TODOS

Meldelen

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