Santa Paula de Roma

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Escultura de la Santa, obra de Carlo Pessina (1865). Duomo di Santa Maria Nascente, Milano (Italia). Fotografía: Claudio Bertolesi.

Santa Paula de Roma es una de las figuras más importantes del monacato femenino de finales del siglo IV. Estaba dotada de una educación exquisita, era noble de corazón, de sentimientos delicados y profundos, magnánima y capaz de hacer renuncias heroicas a fin de conseguir su ideal religioso.
Fue providencial el hecho de que esta patricia romana, al lado de San Jerónimo y otras compañeras, renunciara a sus riquezas y a su status social en una época de expansión del Cristianismo, a la cual ella contribuyó siendo modelo de virtud, difundiendo la vida ascética y patrocinando los estudios bíblicos.

Nació en Roma el 5 de mayo del año 347 en el seno de una ilustre familia patricia cristiana. Su padre, Rogato, era de noble estirpe griega y su madre, Blesilla, era descendiente de los Escisiones y de los Gracos y, por adopción estaba relacionada con Pablo Emilio Macedonico; de este último le viene su nombre completo: Cornelia Emilia Paula Asinia.
En el año 362, con solo quince años de edad se casó con Toxocio, llamado también Julio, que se jactaba de ser descendiente del mítico Iulo. Su esposo, aunque era pagano, no era intransigente, era tolerante con la religión cristiana y su comportamiento con su esposa, fue siempre leal y respetuoso, siendo un matrimonio feliz. En el seno de este matrimonio nacieron sus cuatro hijas: Blesilla, Paulina, Rufina y Eustoquio (a quién llamaban también Julia). Tuvieron también un hijo al que pusieron el nombre del padre.

Teniendo estas riquezas, vivían en la opulencia, llevaban una vida lujosa (nos lo dice el mismísimo San Jerónimo), vestían de seda, tenían un completísimo servicio doméstico, vivían en un palacio, incluso tenía esclavos eunucos a su servicio y cuando iba a la iglesia o a visitar a sus amigas, lo hacía montada en una especie de litera o palanquín llevada por cuatro esclavos usando calzados adornados con piedras preciosas.
Pero aun con ese estilo de vida, no se enorgullecía como lo hacían otras matronas romanas y jamás dio trato cruel o vejatorio a ninguno de sus sirvientes, con quienes era comprensiva y clemente. Esta bondad de ánimo hizo que jamás se dijera ninguna maledicencia contra ella. Era sanamente envidiada por las vírgenes y viudas cristianas de la alta sociedad romana, incluida Santa Marcela que también tenía un palacio en el Aventino en el cual, ellas dos añoraban el poder llevar una vida más ascética.

Y ese ideal pronto pudo cumplirlo porque de manera imprevista, en el año 379 murió su esposo y con treinta y dos años de edad quedó viuda. San Jerónimo dice: “Cuando su marido murió, lloró por él hasta casi morirse ella misma, pero por la forma en que comenzó a servir al Señor, daba la impresión de que hubiese deseado su muerte”.
Inicialmente quedó entregada a su familia, pero conforme iba pasando el tiempo e influenciada por Marcela y el grupo de mujeres que la acompañaba, decidió dar el paso que vino a transformar completamente su vida, incorporándose al grupo de Marcela. Eustoquio que era la hija más allegada a su madre también se unió al grupo. Santa Marcela, su madre Santa Albina y el resto de mujeres del grupo la acogieron con alegría aun a sabiendas de que durante algún tiempo Paula y Eustoquio tenían que compaginar esa vida cenobítica con la atención de sus problemas familiares, llegando a convertir su propia casa en otra especie de iglesia doméstica con sus hijos y criados.

Santa Paula socorriendo a los pobres. Óleo de Giuseppe Frascheri, Pinacoteca de Savona (Italia).

Su hija Paulina se casó con el senador San Panmaquio; Blesilla se casó y enviudó muriendo pronto, en el 384; Rufina murió dos años más tarde y Eustoquio acompañó a su madre hasta su muerte. Su hijo se bautizó y se casó con Leta que era hija de un sacerdote pagano naciendo de ese matrimonio Paula la Menor, quién siguió los pasos de su abuela Paula y su tía Eustoquio en Tierra Santa.

Desde hacía tiempo, Marcela deseaba tener como director espiritual de su grupo de mujeres a un sacerdote docto en Sagradas Escrituras ya que consideraba que estas eran el fundamento de la vida religiosa y así, cuando el monje Jerónimo llegó a Roma precedido de su fama como experto bíblico y acompañado de los obispos Paulino de Antioquia y San Epifanio de Constanza a fin de asistir al sínodo romano del año 382 que había convocado el Papa San Dámaso I, tuvieron contacto con él.
Paula hospedó en su casa a Epifanio que entonces tenía setenta y cuatro años de edad; podemos imaginarnos los ratos agradables que ambos pasarían hablando de las maravillas de la vida monacal en Oriente. Epifanio había sido discípulo de San Hilarión que había sido eremita en Egipto y que había fundado y dirigido un monasterio en su Palestina natal. Hacía treinta años que Epifanio era metropolita en Chipre y eran tantas las cosas que contaba a Paula que en ella se apoderó el deseo de llevar una nueva forma de vida ascética en Oriente.

Cuando los dos obispos orientales se marcharon de Roma, Jerónimo no se fue con ellos ya que el Papa Dámaso le rogó quedarse con él pues le tenía gran estima y estaba prendado de su inteligencia y conocimientos bíblicos. Fue entonces cuando Marcela invitó a Jerónimo a que las dirigiera espiritualmente.
Aunque con ciertos reparos, Jerónimo aceptó y fue entonces cuando Santa Paula entró en contacto con él; participaba en los coloquios y debates sobre las Escrituras y como conocía el latín y el griego, Paula empezó a estudiar hebreo a fin de mejorar sus conocimientos bíblicos. En poco tiempo consiguió aprender a cantar los salmos en lenguas orientales. Mientras que Marcela era atraída más por el estudio científico de la Biblia, Paula se sentía más por los sentimientos místicos.

El embarque de la Santa en Ostia. Óleo de Claudio Lorena, Museo Nacional del Prado, Madrid (España).

Blesilla, cuando enviudó siguió también los pasos de su madre y escuchando a Jerónimo hacer un comentario sobre el Eclesiastés, entendió cómo es vanidad todo aquello que está fuera del amor de Dios: “Vanidad, pura vanidad; vanidad de vanidades; todo es vanidad”; “Ματαιότης ματαιοτήτων, εἶπεν ὁ ἐκκλησιαστής, ματαιότης ματαιοτήτων, τὰ πάντα ματαιότης” (Eclesiastés, 1, 2). Así comprendió el por qué del proceder de su madre y de su hermana. Le entró tal ardor ascético que su salud empeoró, muriendo en el otoño del año 384.

La muerte de Blesilla y la muerte del Papa Dámaso en el mismo año, cambió por completo el planteamiento de vida que tenían Paula y Jerónimo. Paula entró en tal depresión que se temió por su vida; ella que tenía una gran entereza de ánimo, sufrió lo indecible. En estas circunstancias, Jerónimo escribe un espléndido epitafio de su hija Blesilla con el fin de animarla. Paula, desolada, en los funerales de su hija, cayó en el delirio y esto lo sabemos con detalle por uno de los escritos de San Jerónimo.
En estas circunstancias, Paula empezó a sentir la imperiosa vocación de una maternidad superior y así tuvo la idea de fundar un monasterio en el país en el que había vivido Jesús.

Se aseguró de dejar casada a Paulina con Panmaquio, Rufina era ya una adolescente madura y del pequeño Toxocio se hizo cargo Paulina. Repartió entre ellos de forma justa las riquezas que tenía y se reservó una parte importante para las obras que llevaba “in mente” y así, en septiembre del año 385, junto con su hija Eustoquio, dejaron Roma embarcando en el puerto de Ostia y poniendo rumbo a Oriente. Su primer destino: Antioquia. Antes, hicieron escala en Seleucia, en la isla de Ponza y en Chipre, donde San Epifanio les devolvió la hospitalidad recibida en Roma
San Jerónimo, que debido a su carácter había tenido algunos problemas después de la muerte de San Dámaso, había abandonado Roma un mes antes, así que los tres se unieron en Antioquia y desde allí, en invierno, el obispo Paulino de Antioquia los llevó en una caravana hasta Jerusalén.

Con la ayuda de la “Peregrinatio” de la pseudos-Silvia se puede reconstruir este viaje. Recorrieron el litoral de Siria y Fenicia, llegando a Tiro, a Sidón y a través de la llanura de Mageddo, a Acco-Tolemaida. Fueron a Cesarea de Palestina y a Ioppe y por el camino de Lydda-Diospolis, llegaron a Jerusalén. Paulino se volvió debido a sus deberes pastorales en Antioquia y ellos visitaron Palestina a lo largo y a lo ancho. Jerónimo les aportaba su ardiente piedad de asceta y sus conocimientos bíblicos recordándoles por donde pasaban los lugares tanto del Antiguo como del Nuevo Testamento.

Paula y Eustoquio quedaron conmovidas en el Santo Sepulcro, el Cenáculo y la gruta de Belén. Quisieron conocer directamente el ascetismo egipcio, por lo que en la primavera del año siguiente, los tres, marcharon a Egipto a fin de aprender de los anacoretas y de los cenobitas. Les llevaron limosnas, visitaron los monasterios de Nubia y del Bajo Egipto. Se encontraron con Dídimo el Ciego y con él estuvieron un mes a fin de aprender sus lecciones de exégesis bíblica.
En el 386, como el calor de Egipto se les hizo insoportable, se embarcaron rumbo a Peluso y llegaron al puerto de Gaza; desde allí marcharon nuevamente a Belén donde fijaron su residencia definitiva.

Santos Paula, Eustoquio y Jerónimo ataviados con vestiduras monacales modernas. Lienzo de Francisco Zurbarán, National Gallery of Art (Washington, EEUU).

Allí construyeron un monasterio masculino para Jerónimo y sus seguidores, otro femenino (dedicado a Santa Catalina) para ellas y quienes se les unieron y un hospicio para los peregrinos que visitaban Tierra Santa. Jerónimo era quién las dirigía espiritualmente.
Paula, para organizar su monasterio adoptó el sistema de San Pacomio. Las monjas, tanto las vírgenes como las viudas, las reunieron en tres grupos con habitaciones propias, mientras que los oficios litúrgicos los realizaban en un oratorio común. Los domingos los pasaban en la basílica de la Natividad.
Se dedicaron a la oración litúrgica (todas las horas excepto la de prima y la de completas), al estudio de los textos bíblicos y de los Santos Padres, a la atención de los pobres y a los trabajos propios del mantenimiento de un monasterio.

Tenían la obligación de saber de memoria el Psalterio y todos los días tenían que aprender algún pasaje nuevo de las Escrituras; esto, fundamentalmente, dependía de Jerónimo. Todas vestían hábitos de lana, la comida era sana pero frugal, excluyéndose la carne y el vino salvo que por enfermedad alguna tuviera que tomarlos.

El ejemplo que ella daba y sus virtudes fueron la autoridad más grande de Paula para mantener la obediencia y el fervor en su comunidad. Madre e hija, siempre estaban orando juntas, realizando juntas los oficios más humildes y también juntas cuando practicaban actos de penitencia.
En los momentos de prueba y de dolor siempre salían de su boca las palabras del Deuteronomio: “Yahvé, vuestro Dios os está probando para saber si amáis a Yahvé vuestro Dios con todo vuestro corazón y con toda vuestra alma” (Deuteronomio, 13, 3). Cuando estaba angustiada, decía: “Sabemos que la tribulación produce paciencia, que la paciencia produce prueba y la prueba, esperanza” (Romanos, 5, 3-4) y cuando estaba enferma: “Cuando soy débil, entonces estoy fuerte” (II Corintios, 12, 10).

La paz del convento fue turbada en más de una ocasión: cuando le llegaron noticias desde Roma comunicándole las muertes de sus hijos Rufina, Paulina y Toxocio. Como dije antes, este ya se había casado con Leta y tenían una niña pequeña: Paula la Menor, que cuando fue mayor, también se fue a Belén sucediendo a su tía Eustoquio en la dirección del convento. Se dice que ella fue quién le cerró los ojos a San Jerónimo cuando este murió.
Paula quería que Marcela se trasladara al menos provisionalmente desde Roma a Belén para convivir con ellas y así, en el año 386 se lo hace saber por escrito a través de San Jerónimo. “¿Cuándo llegará el día en el que un peregrino nos traiga la noticia de que nuestra Marcela ha llegado a las playas de Palestina? Entonces, todos los monjes y vírgenes romperemos en exclamaciones de alegría… y podremos entrar juntas en la Gruta del Señor”.

Santa Eustoquio, hija de Santa Paula, ataviada -anacrónicamente- como una monja jerónima. Lienzo de Juan de Valdés Leal. Barnard Castle, Bowes Museum, Durham (Inglaterra).

En lugar de Marcela, si estuvo entre sus huéspedes Fabiola, que se fue inmediatamente en cuanto se enteró de la noticia de que los Hunos amenazaban a Jerusalén. Paula, con gran pena, también tuvo que huir junto con sus monjas. En las orillas de Ioppe se estaba preparando la embarcación cuando supieron que correrían otro peligro, ya que los Hunos habían escogido otro camino sin pasar por el Líbano.

Paula sufrió otras tribulaciones que, en parte, fueron consecuencia de las actitudes de Jerónimo de cuyo carácter hablamos en su día. Por ejemplo sus problemas con Rufino de Aquileya y su hostilidad con el obispo Juan de Jerusalén a causa de las controversias con la doctrina de Orígenes. Debido a estos incidentes en los que incluso estuvo amenazada de desalojo, Paula influyó en el ánimo de Jerónimo a fin de que la admitiera como mediadora para conseguir la concordia. Como conocía el griego y el hebreo y San Jerónimo la había iniciado en las cuestiones exegéticas, Paula podía seguir con interés y comprensión las discusiones entre Jerónimo y el obispo Juan de Jerusalén y pudo influir entre ellos. Como era muy hábil, podía superar todos sus problemas aunque a veces, influenciada por Jerónimo, tuvo que cambiar sus planes para solucionarlos. Finalmente, debido a sus numerosas obras de caridad, a veces extravagantes, se vio en la penuria y en la penuria dejó a Eustoquio.

En el año 406 Paula se puso gravemente enferma y viendo pronta su muerte, continuamente estaba recitando los salmos. Fueron a visitarla y consolarla el obispo de Jerusalén y numerosos obispos de Palestina, sacerdotes, diáconos, monjes y vírgenes; ella sumida en un profundo silencio no respondía a quienes les preguntaban. Entonces Jerónimo, pensando que es que no oía, le susurró al oído preguntándole qué problemas o dolores la atormentaban. Ella le respondió en griego: “no tengo ninguna molestia; veo todo lo que hay en torno a mí y me tranquilizo”; sus ojos parecían fijos en alguna aparición celestial y sonriendo y recitando el salmo 26, murió. Era el día 26 de enero del año 406 y tenía cincuenta y nueve años de edad.

Sus funerales fueron solemnísimos. Su cadáver fue llevado desde el monasterio hasta la basílica de la Natividad para ser expuesta a la veneración de los fieles. Su féretro lo portaron los obispos y fueron numerosísimos los fieles que vinieron a venerarla, llorando a su paso los pobres e indigentes, las madres con sus hijos y todos aquellos a quienes ella había favorecido en vida. En su honor, los salmos fueron cantados en griego, en latín y en siríaco. Fue sepultada en las grutas existentes debajo de la basílica de la Natividad en Belén.

El Martirologio Jeronimiano dice el día 26 de enero: “En Belén, la dormición de Santa Paula”; siguiendo este criterio pues era la fecha de su muerte, todos los martirologios históricos, incluso el Martirologio Romano, fijaron su festividad ese día.

Representación moderna de las Santas Paula y su hija Eustoquio en su cenotafio de Belén (Palestina).

Existen diversas opiniones acerca de la localización de sus reliquias. En el año 1283, Burcardo de Monte Sión en su descripción de Tierra Santa, escribe: “A un tiro de piedras de la basílica de la Natividad, está la iglesia de las santas Paula y Eustoquio y en ella están sus sepulcros”. Bagarti, comentando esto, dice: “los sepulcros fueron atribuidos a las dos santas o bien porque el edificio se consideraba que era su monasterio o por cualquier otro signo o tradición que entonces existiese”.

Actualmente, el recuerdo de las dos santas es venerado en Belén con un altar y un cenotafio en las grutas de la Iglesia de la Natividad. Hay que recordar que un cenotafio no es propiamente un sepulcro ya que es un monumento funerario dedicado a alguien cuyos restos no están en él sepultados.

Aun así, en Sens (Francia) se dice que hay reliquias suyas y su velo dentro de una urna de plata que se encuentra en el tesoro de la catedral y que es un regalo del emperador Carlomagno a su primo Magno, arzobispo de Sens. A estas reliquias se le han hecho tres reconocimientos en los años 1192, 1896 y 1966. Estos reconocimientos revelaron que eran reliquias antiguas pero ¿de quién?

Se la representa vestida de abadesa y con los hábitos de la Orden Jerónima; también vestida de peregrina y postrada ante la gruta de Belén, embarcando en el puerto de Ostia tomando rumbo a Palestina, junto a su hija y Jerónimo (una foto aparece en el artículo) y de otras maneras.
Para contextualizar mejor la época en la que vivió nuestra santa, sería conveniente releer los artículos sobre San Jerónimo (30 de septiembre) y San Dámaso I (11 de diciembre).

Actuales monjas jerónimas de clausura.

Hemos utilizado las cartas de San Jerónimo, la “Histoire de Sainte Paule”, de F. Langrage, editada en Paris en el año 1931 y una vida de ella publicada en Milán en el año 1950 y escrita por Giuseppe Del Ton, secretario para los escritos en latín de Su Santidad el Papa.

Antonio Barrero

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