La Cátedra de San Pedro

Artículo extraído ilegalmente y sin permiso de PreguntaSantoral.es

La Cátedra de San Pedro. Conjunto escultórico de Gian Lorenzo Bernini. Basílica de San Pedro del Vaticano, Roma (Italia). Fotografía: J. Albertos.

La Cátedra de San Pedro. Conjunto escultórico de Gian Lorenzo Bernini. Basílica de San Pedro del Vaticano, Roma (Italia). Fotografía: J. Albertos.

La fiesta que celebramos hoy, es una fecha singular dentro del calendario litúrgico. No celebramos directamente una fiesta sobre algún misterio cristológico ni mariano, ni tampoco hacemos memoria de algún santo canonizado por la Iglesia. Hoy la mirada se dirige hacia un encargo, hacia el encargo que Nuestro Señor realizó a san Pedro (y sólo a él): “¡tú eres Pedro y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia! (Mt 16, 18)”. Por tanto, recordamos la autoridad de san Pedro y sus sucesores, los Papas, y su pastoreo sobre todo el Pueblo de Dios. Por tanto es un momento para acordarnos de nuestro pontífice, orar por él y su ministerio, y por toda la Iglesia que guía.

El que reciba este nombre tan peculiar de “Cátedra”, es por el gran significado que recibe el asiento sobre el que se sienta el Papa, sitio en el que preside, gobierna, administra, pastorea y enseña a toda la Iglesia universal. Nos recuerda que el asiento-ministerio del elegido como Papa es patrimonio de toda la Iglesia que debe llenar de temor y temblor a quien en éste se siente.

La tradición nos cuenta que en el retablo construido por Bernini en la basílica de san Pedro se encuentra el asiento de san Pedro, la Cátedra. Sin embargo la historia nos narra que en realidad se trata de un trono del siglo IX, regalado por el rey Carlos el Calvo al papa Juan VIII, usándose en numerosas ceremonias pontificias durante siglos. En el siglo XVII se incorporó al retablo de Bernini y allí sigue desde entonces.

Cristo entrega las llaves a San Pedro. Obra de Pietro Perugino.

Cristo entrega las llaves a San Pedro. Obra de Pietro Perugino.

La función de “Pedro”
Muchas veces se olvida que el Papa es un obispo más a la vez que diferente. Es el obispo de Roma, sede de san Pedro. Es “elegido y proclamado”, pero no “es ordenado como Papa”, no recibe ninguna ordenación sacramental como algunos creen, sino que en el cónclave es elegido por los cardenales (que aunque actualmente no es habitual, podrían elegir de obispo de Roma a alguno no presente en dicho cónclave).

El sucesor de san Pedro, se sitúa junto al resto de los obispos, el llamado “Colegio Apostólico o Episcopal”, diverso pero unido, y juntos forman los cimientos de la Iglesia: por eso, cuando la Iglesia católica afirma que la función del Obispo de Roma responde a la voluntad de Cristo, no separa esta función de la misión confiada a todos los Obispos, también ellos “vicarios y legados de Cristo”. El Obispo de Roma pertenece a su colegio y ellos son sus hermanos en el ministerio. También se debe afirmar, recíprocamente, que la colegialidad episcopal no se opone al ejercicio personal del Primado ni lo debe relativizar [1].

No puede haber Iglesia “apostólica” sin sus sucesores, los obispos, como tampoco la puede haber sin el sucesor del que Cristo eligió como primero de todos, san Pedro, piedra que sostiene toda la Iglesia. El Colegio Apostólico está incompleto sin su primado, el Papa, y no tiene autoridad si no está junto a él [2], aunque sí puede ejercer un gobierno o pastoreo en funciones, como por ejemplo, en Sede vacante (tiempo entre cónclaves). Esto también se aplica para el caso del reconocimiento en el número y la validez de los sacramentos entre algunas iglesias cristianas, como por ejemplo con los cristianos ortodoxos, cuyos sacramentos son válidos para la Iglesia católica, aunque no reconozcan el primado de Pedro y, por tanto, no estén en plena comunión. Sus sacramentos son válidos porque mantienen un vínculo apostólico (la llamada sucesión apostólica). Así un bautismo, por ejemplo, realizado por un sacerdote ortodoxo es plenamente reconocido por la Iglesia sin más problema.

Escultura de San Pedro en su cátedra y cúpula de la Basílica Vaticana. Roma, Italia.

Escultura de San Pedro en su cátedra y cúpula de la Basílica Vaticana. Roma, Italia.

La autoridad del Papa no menoscaba la autoridad de los obispos en sus respectivas diócesis, que tienen autoridad ordinaria. Cada uno de los obispos, como miembros del Colegio está obligado a velar por toda la Iglesia (sollicitudo omnium Ecclesiarum), aunque ejercen su autoridad en la porción del Pueblo de Dios que se les encomienda (diócesis normalmente). La potestad el Papa es “personal”, la del Cuerpo de los Obispos, “colegial”. El poder del Papa no es el resultado de una simple adición numérica, sino el principio de unidad y de conexión del cuerpo episcopal.

Si echamos un vistazo a los documentos eclesiales veremos que la figura del sucesor de san Pedro, como las de cualquier obispo, tiene unas funciones de enseñar, regir y santificar (triple munera) que tienen, por su papel de primado, unos matices que hay que nombrar:

1. Primado. El que san Pedro fuera constituido como el primero entre los apóstoles y que sus sucesores, los Papas, conserven esta función, es motivo de separación entre los cristianos. Ortodoxos y anglicanos, por citar un par de ejemplos, discrepan frontalmente con dicha doctrina eclesial católica. Es un punto doctrinal que tiene incluso definición dogmática promulgada en el Concilio Vaticano I [3]:
a. Por lo tanto, si alguien dijere que el bienaventurado Apóstol Pedro no fue constituido por Cristo el Señor como príncipe de todos los Apóstoles y cabeza visible de toda la Iglesia militante; o que era éste sólo un primado de honor y no uno de verdadera y propia jurisdicción que recibió directa e inmediatamente de nuestro Señor Jesucristo mismo: sea anatema. (Capítulo 1)
b. Por lo tanto, si alguno dijere que no es por institución del mismo Cristo el Señor, es decir por derecho divino, que el bienaventurado Pedro tenga perpetuos sucesores en su primado sobre toda la Iglesia, o que el Romano Pontífice no es el sucesor del bienaventurado Pedro en este misma primado: sea anatema.(Capítulo 2)

La imagen de San Pedro engalanada. Basílica Vaticana, Roma, Italia.

La imagen de San Pedro engalanada. Basílica Vaticana, Roma, Italia.

Pero aunque este lenguaje de siglos pasados es algo duro, es verdad de fe esta doctrina, con lo cual interpela al creyente, católico o no. Ha de entenderse el primado como roca de unidad, como veremos a continuación, y no como piedra de discusión. Conocedora de esta dificultad, y para disipar las reservas de los no católicos hacia el primado, el santo Papa Juan Pablo II escribió en la encíclica sobre ecumenismo Ut unum sint (1995): Estoy convencido de tener al respecto [la comunión plena de los cristianos] una responsabilidad particular, sobre todo al constatar la aspiración ecuménica de la mayor parte de las Comunidades cristianas y al escuchar la petición que se me dirige de encontrar una forma de ejercicio del primado que, sin renunciar de ningún modo a lo esencial de su misión, se abra a una situación nueva. Durante un milenio los cristianos estuvieron unidos por la comunión fraterna de fe y vida sacramental, siendo la Sede Romana, con el consentimiento común, la que moderaba cuando surgían disensiones entre ellas en materia de fe o de disciplina [4].

2. Es vínculo de unidad, de caridad y de paz. Cada obispo es principio y fundamento visible de unidad en el rebaño a él encomendado (iglesia particular) [5]. El Papa es también fundamento perpetuo y visible de unidad, tanto de los obispos como de todos los fieles [6]. Así, el vínculo de toda la Iglesia pasa por unirse al Pastor máximo del rebaño del Pueblo de Dios. Si un clérigo, religioso, fiel o grupo de fieles, va por libre, no está en comunión plena con la Iglesia universal. La unidad se encuentra en el seguimiento del sucesor de san Pedro, elegido Pastor y Piedra de la Iglesia por el mismo Cristo. Esta función es muy importante en determinados lugares, como por ejemplo en la comunista China, donde existen obispos fieles a la sede petrina y otros pertenecientes a la llamada Iglesia popular china, dependiente del gobierno. Cada eucaristía tiene valor si está unida a la sede de Pedro: toda válida celebración de la Eucaristía expresa esta comunión universal con Pedro y con la Iglesia entera, o la reclama objetivamente, como en el caso de las Iglesias que no están en plena comunión con la Sede Apostólica [7].

Medalla de Pablo II (1470), reverso mostrando la Tribuna Petri.

Medalla de Pablo II (1470), reverso mostrando la Tribuna Petri.

3. Cabeza de la jerarquía y de la Iglesia. Como el principal entre los sucesores de los apóstoles, ejerce el papel de Cabeza de la Iglesia peregrinante. Es el vicario de Cristo en la tierra. La diversidad de funciones y ministerios del Cuerpo de la Iglesia se reúnen bajo su única autoridad, que es propia (no deriva de nadie), suprema (no hay otra por encima de él, aunque es subordinado a la Palabra de Dios y la fe católica), plena (total, sin restricciones jurisdiccionales), inmediata (si lo desea no necesita intermediarios) y universal (en toda la Iglesia, sobre pastores y fieles) [8].

4. Pastor de la Iglesia. No sólo ejerce una función de autoridad, sino también la del cuidado de la grey de Cristo a él encomendada: “apacienta mis corderos” (Jn 21, 16). Esta tarea debe ser el principal desvelo del que se sienta en la cátedra de Pedro, pues ni una sola de las ovejas debe perderse: “¡Ay del pastor inútil que abandona las ovejas! ¡Espada sobre su brazo y sobre su ojo derecho; que su brazo se seque del todo, y del todo se oscurezca su ojo!” (Zac 11, 17). Apacentar el rebaño es proporcionarle un alimento sólido de vida espiritual, y en este alimento está la comunicación de la doctrina revelada para robustecer la fe [9].

5. Custodio de la doctrina y la Tradición eclesial. También san Pedro recibió el encargo de velar por las enseñanzas y la Tradición eclesial: “A ti te daré las llaves del Reino de los Cielos; y lo que ates en la tierra quedará atado en los cielos, y lo que desates en la tierra quedará desatado en los cielos” (Mt 16, 19). Pero el Papa no puede ejercer esta función como dueño, sino como guardián, custodio de lo recibido por Cristo. No puede, por tanto, cambiar nada a su arbitrio: No decide según su arbitrio, sino que es portavoz de la voluntad del Señor, que habla al hombre en la Escritura vivida e interpretada por la Tradición; en otras palabras, la episkopé del Primado tiene los límites que proceden de la ley divina y de la inviolable constitución divina de la Iglesia contenida en la Revelación. El Sucesor de Pedro es la roca que, contra la arbitrariedad y el conformismo, garantiza una rigurosa fidelidad a la Palabra de Dios: de ahí se sigue también el carácter martirológico de su Primado que implica el testimonio personal de la obediencia de la cruz [10].

Espíritu Santo en la vidriera superior de la  Cátedra. Basílica Vaticana, Roma, Italia.

Espíritu Santo en la vidriera superior de la Cátedra. Basílica Vaticana, Roma, Italia.

El gobierno de la Iglesia
El gobierno que el Papa ejerce en toda la Iglesia está supeditado a su función de vínculo de la unidad y de Pastor Supremo. En otras palabras, sus actos de gobierno no lo son al modo absolutista, sino que son actos de servicio a la Iglesia. Es por ello que el Papa es el servus servorum Dei (siervo de los siervos de Dios): Su potestad debe ser siempre para realizar actos de gobierno encaminados al bien de la Iglesia: promulgar leyes, nombrar obispos y superiores, establecer diócesis o removerlas, crear estructuras pastorales, etc. Dichas tareas se ejercerán de distintos modos según las circunstancias y tiempos. Un ejemplo claro de ello son las diferencias canónicas (leyes) que suelen existir entre la Iglesia católica latina y las católicas orientales, que son fruto de las diferencias históricas entre dichos ámbitos católicos.

El oficio magisterial
El sucesor de san Pedro tiene como ministerio fundamental enseñar la verdad revelada, exponerla a todos los hombres, custodiar la doctrina y corregir los posibles errores: El sucesor de Pedro cumple esta misión doctrinal mediante una serie continuada de intervenciones, orales y escritas, que constituyen el ejercicio ordinario del magisterio como enseñanza de las verdades que es preciso creer y traducir a la vida (fidem et mores). Los actos que expresan ese magisterio pueden ser más o menos frecuentes y tomar formas diversas, según las necesidades de los tiempos, las exigencias de las situaciones concretas, las posibilidades y los medios de que se dispone, las metodologías y las técnicas de la comunicación; pero, al derivar de una intención explícita o implícita de pronunciarse en materia de fe y costumbres, se remiten al mandato recibido por Pedro y se revisten de la autoridad que Cristo le confirió. El ejercicio de ese magisterio puede realizarse también de modo extraordinario, cuando el sucesor de Pedro -solo o con el concilio de los obispos, en calidad de sucesores de los Apóstoles- se pronuncia ex cathedra sobre un punto determinado de la doctrina o la moral cristiana [11].

Óleo del Santo por Pedro Pablo Rubens (s.XVII).

Óleo del Santo por Pedro Pablo Rubens (s.XVII).

El magisterio ordinario suele ejercerlo el Papa mediante palabras, escritos e iniciativas autorizadas e institucionales de orden científico y pastoral. Si hablamos ya del modo extraordinario nos referimos a lo que suele denominarse magisterio “ex cathedra”. Este magisterio se reserva para las definiciones dogmáticas de primer nivel. Se refiere a verdades que pertenecen al depósito de la fe y son de obligada creencia para todos los fieles, como por ejemplo la definición del dogma de la Inmaculada Concepción de María (Pío IX, 1854) o el de la Asunción (Pío XII, 1950). Como dichos dogmas son de una grandeza e importancia extraordinarias la Tradición ha reconocido que el sucesor de Pedro goza en dichas definiciones, solo o con el Colegio Episcopal reunidos en concilio, de un carisma especial, de una asistencia del Espíritu Santo que suele denominarse Infalibilidad: El Romano Pontífice, cuando habla ex cathedra, esto es, cuando, cumpliendo su cargo de pastor y doctor de todos los cristianos, define por su suprema autoridad apostólica que una doctrina sobre la fe y costumbres debe ser sostenida por la Iglesia universal, por la asistencia divina que le fue prometida en la persona del bienaventurado Pedro, goza de aquella infalibilidad de que el Redentor divino quiso que estuviera provista su Iglesia en la definición de la doctrina sobre la fe y las costumbres; y, por tanto, las definiciones del Romano Pontífice son irreformables por sí mismas y no por el consentimiento de la Iglesia [12].

Este modo extraordinario no quiere decir que el Papa no goce de la asistencia del Espíritu Santo en su magisterio ordinario. También en dicha enseñanza el Papa es maestro de la verdad aunque no llegue a proclamar una definición infalible y definitiva. A dicho magisterio ordinario los fieles deben adherirse con espíritu de obediencia religiosa que, aunque distinto del asentimiento de la fe, es una prolongación de él.

David Jiménez

preguntasantoral_anticopia_articulo20160222


[1] CONGREGACIÓN PARA LA DOCTRINA DE LA FE. El primado del sucesor de Pedro, 5 (31-10-1998).
[2] CIC 336
[3] Pastor aeternus 1 y 2
[4] Ut unum sint, 95
[5] LG 22
[6] LG 23
[7] CONGREGACIÓN PARA LA DOCTRINA DE LA FE. El primado del sucesor de Pedro, 11 (31-10-1998).
[8] CIC 331
[9] JUAN PABLO II. Catequesis sobre la misión doctrinal del sucesor de Pedro (10-3-1993)
[10] CONGREGACIÓN PARA LA DOCTRINA DE LA FE. El primado del sucesor de Pedro, 7 (31-10-1998).
[11] JUAN PABLO II. Catequesis sobre la misión doctrinal del sucesor de Pedro (10-3-1993)
[12] Pastor aeternus 4.

Artículo extraído ilegalmente y sin permiso de PreguntaSantoral.es

La tumba de San Pedro

Artículo extraído ilegalmente y sin permiso de PreguntaSantoral.es

Detalle de San Pedro apóstol en un fresco paleocristiano de las catacumbas de Domitila, Roma (Italia).

Detalle de San Pedro apóstol en un fresco paleocristiano de las catacumbas de Domitila, Roma (Italia).

Según la tradición, Pedro abandonó Jerusalén para unirse al apóstol Pablo en la capital del imperio romano, o sea, en Roma, pero en el Nuevo Testamento no se menciona nunca que Pedro viajara a Roma y si lo hizo, ¿dónde están las pruebas de que San Pedro estuviese allí?

En el año 312 de nuestra era, cuando dos generales de provincia, Constantino y Majencio luchaban para convertirse en emperador, sus ejércitos se encontraron en el puente Milvio, justo en las afueras de Roma. La noche antes de la batalla, Constantino tuvo una visión: una cruz en llamas que ardía en el cielo con las dos primeras letras del nombre de Cristo en griego. Un día después, el ejército de Majencio fue derrotado y como tributo de su victoria, Constantino decidió construir una gran basílica justo en el lugar donde los cristianos creían que el apóstol Pedro estaba enterrado.

Pero esto no fue una tarea fácil puesto que la tumba estaba en la ladera de una colina: la colina Vaticana. San Pedro estaba enterrado en el cementerio que se extendía en el lado sur de la colina y por eso, para construir allí la basílica, Constantino tuvo que cortar literalmente la sima de la colina y trasladar varios miles de toneladas de tierra. Para realizar este trabajo, gastó una enorme cantidad de dinero y realizó un esfuerzo tremendo, que se habría ahorrado si no estaba totalmente seguro de que alguien como Pedro estaba enterrado allí.

Pero la fortaleza de esta tradición cristiana, que ha permanecido durante diecinueve siglos y que decía que Pedro estaba sepultado bajo la basílica, aunque era convincente, no era decisiva. En este blog hemos hablado muchas veces de las catacumbas romanas y es que, en efecto, toda la ciudad de Roma está construida sobre una base de roca volcánica blanda, fácil de excavar, por lo que debajo de las calles de la ciudad se excavaron cientos de catacumbas para construir cementerios subterráneos. Los estrechos túneles y los pasajes de esas catacumbas están repletos de elaborados mausoleos y criptas para los ricos y nichos para los pobres.

Vista del nicho perteneciente a San Pedro apóstol, bajo la colina vaticana, Roma (Italia).

Vista del nicho perteneciente a San Pedro apóstol, bajo la colina vaticana, Roma (Italia).

Las catacumbas suponían una forma muy económica y práctica para enterrar a la gente en un espacio muy reducido, porque si lo pensamos bien, los cementerios ocupan espacios grandes y se necesita mucho dinero para comprar esos terrenos y si, como así sucede en Roma, es posible descender en ellas varios niveles – algunas catacumbas tienen incluso cuatro niveles desde la superficie -, también es factible enterrar a un mayor número de personas que en un cementerio que discurre por la superficie. Pero también sabemos, que esos cementerios subterráneos fueron usados como refugio por los cristianos en tiempos de persecución, como lugares de culto de la nueva religión y como sepultura de los mártires. De muchísimos de estos cuerpos santos extraídos de las catacumbas, también hemos tratado – y seguiremos tratando – aquí.

Bajo el suelo de la iglesia de Santa Domitila, o sea, en sus catacumbas, los arqueólogos hicieron un descubrimiento importante: numerosos frescos del siglo I pintados sobre yeso húmedo. Creyeron que su valor era mucho más que decorativo, pues durante el siglo I, en Roma, había una tradición muy arraigada de hacer retratos post mortem. Muchos romanos querían tener retratos meticulosamente precisos de ellos mismos, para colocarlos en sus tumbas tras su muerte. En esa catacumba se encontró una imagen de Pedro que reproducimos en una de las fotos del artículo y, si nos fijamos en esta imagen de Pedro, lo que apreciamos básicamente es una cara cuadrada, pelo rubio, mandíbula grande y con una frondosa barba. Curiosamente, la misma imagen que encontraremos en todos los iconos de Pedro desde la fecha de este retrato hasta el día de hoy. En opinión de muchos historiadores, hagiógrafos e iconógrafos, esta es la representación real del aspecto de Pedro.

Vista de la inscripción encontrada en el nicho. La escritura sobrepuesta permite leerla: PETROS ENI, en griego, "Pedro está dentro". Necrópolis vaticana, Roma (Italia).

Vista de la inscripción encontrada en el nicho. La escritura sobrepuesta permite leerla: PETROS ENI, en griego, “Pedro está dentro”. Necrópolis vaticana, Roma (Italia).

Una tradición de casi dos mil años de antigüedad y una imagen del siglo I después de Cristo encontrada en las catacumbas de Domitila, afianzaban el hecho de que Pedro hubiera viajado a Roma, pero la prueba más fehaciente estaba por encontrarse, lo que ocurrió bajo la basílica de San Pedro del Vaticano en el siglo pasado. El 28 de junio del año 1939, el recién elegido Papa Pío XII, tuvo el coraje de abrir a la ciencia los subterráneos de la basílica, dando las órdenes oportunas para que se iniciasen los trabajos de excavación. Los trabajos, además de difíciles y delicados, suponían asimismo asumir una responsabilidad importante: los técnicos tenían que ser prudentes, tener un gran espíritu de observación y una capacitación muy específica. Los arqueólogos que excavaban en su subsuelo, hicieron un descubrimiento asombroso: desenterraron una calle subterránea repleta de magníficas tumbas del siglo I, que Constantino había enterrado bajo tierra para formar la base de su basílica; es lo que se ha venido en llamar la necrópolis vaticana.

Entonces, en uno de los lados, los arqueólogos descubrieron una pared y una tumba que estaba directamente bajo el altar de la basílica superior y que tenía todas las características de ser la tumba de Pedro. Descubrieron que la tumba había sido cubierta por los cristianos con monedas que los peregrinos habían depositado durante siglos, encontrándose cerca de mil trescientas monedas sobre dicha tumba y, además de esta tumba y otras circundantes, los arqueólogos encontraron huesos humanos, aunque pertenecían a más de un individuo.

Vista de los huesos del Santo, hallados en la necrópolis vaticana.

Vista de los huesos del Santo, hallados en la necrópolis vaticana.

En 1956, una segunda investigación levantó nuevas esperanzas de que ésta fuera realmente la tumba de Pedro. Encargaron a una epigrafista romana, catedrática de epigrafía griega de la Universidad de Roma, llamada Margherita Guarducci, para que intentara analizar y descifrar las inscripciones que los peregrinos cristianos habían dejado sobre la lápida de la tumba de Pedro. Esta científica, publicó en el año 1969 un magnífico libro titulado Pietro ritrovato en el que describe todo su trabajo de investigación. Aconsejo leerlo: está escrito en italiano y publicado por el editor Arnoldo Mondadori.

En cuanto comenzó el estudio de las mismas, se percató de que había un pequeño nicho (loculus) que se había excavado en el lado norte de una pared en la que aparecían varios graffiti y preguntó a los trabajadores del Vaticano qué había habido originariamente en ese nicho. Los trabajadores, que habían retirado sin el consentimiento de los arqueólogos unos huesos encontrados en ese nicho, respondieron que allí había habido un conjunto de restos óseos, a los que no le dieron importancia y que se hallaron durante una de las excavaciones, los cuales se habían guardado en una pequeña caja de madera con una tapa fijada por un par de clavos, que se encontraba junto con otras, en un almacén bajo la basílica.

Un estudio antropológico realizado por el profesor Venerando Correnti, titular de la cátedra de Antropología de la Universidad de Palermo, reveló que esos huesos, de color claro, casi blanco, databan del siglo I después de Cristo y que pertenecían a un solo individuo. Restos de tierra indicaban que, inicialmente, el difunto había sido enterrado en el suelo y no en una tumba y se trataba de los restos de un solo individuo de sexo masculino, de constitución robusta y de unos sesenta o setenta años, edad que encaja perfectamente con la edad de Pedro al sufrir el martirio en tiempos de Nerón. En la pequeña cajita de madera de 35 x 26 x 10 centímetros, había pequeños fragmentos del cráneo, de la mandíbula, un diente, fragmento de costillas y de vértebras, la mano izquierda casi entera y fragmentos de la pelvis y otros huesos.

Otro detalle de los huesos del Santo hallados en la necrópolis vaticana.

Otro detalle de los huesos del Santo hallados en la necrópolis vaticana.

Pero además, hubo otro descubrimiento que no dejó lugar a dudas acerca de a quién pertenecían esos huesos. Esos huesos habían estado envueltos con una tela de color púrpura y dorada y se habían colocado en ese pequeño nicho recubierto de mármol, lo que sin duda es un símbolo de gran respeto; y en el interior del nicho, sobre los huesos, había una inscripción que contenían dos palabras en griego: Πέτρ(ος) ενι, que significa “Pedro está dentro”.

Fueron encontrados otros vestigios de confirmaban que esos restos eran de San Pedro. Por poner solo un ejemplo de los muchos encontrados, diremos que junto al mausoleo de los Valerios, que era uno de los más grandes de toda la necrópolis vaticana y que fue construido entre los años 161-180, se encontraba otro epígrafe que, descifrado decía: “Pedro, ruega por los santos hombres cristianos que están sepultados junto a tu cuerpo”. Se trataba de una plegaria al apóstol para obtener su intercesión a favor de aquellos hombres piadosos que yacían en dicho mausoleo. Los graffiti y símbolos encontrados en ese mausoleo eran similares a los aparecidos en otras catacumbas romanas junto a los sepulcros de los mártires, como por ejemplo, en las catacumbas de Calixto junto a la llamada Cripta de los Papas o en las catacumbas de Priscila, junto a la cripta del mártir San Crescención.

Una vez finalizados los largos y laboriosos estudios de la profesora Guarducci y del profesor Correnti, solicitaron audiencia al Beato Papa Pablo VI que estaba preparando su viaje a Palestina. Cuenta la profesora que, al decirle al Papa cuáles eran sus conclusiones, “en los ojos del Papa se encendió una luz y, con voz conmocionada, manifestó su alegría y me preguntó si podría darse la noticia”. Ella le dijo que redactaría un minucioso informe acompañado de numerosas fotos y que cuando volviera de su viaje de Palestina, le permitiera examinar el cráneo de San Pedro que se encuentra en la Basílica Lateranense. Se analizó dicho cráneo y también el de San Pablo, realizándose los correspondientes exámenes antropométricos y químicos y una vez finalizados todos los estudios, se dio a conocer la noticia.

Otra vista de los restos del Santo hallados en la necrópolis vaticana.

Otra vista de los restos del Santo hallados en la necrópolis vaticana.

La mañana del 26 de junio de 1968, en la acostumbrada audiencia general de los miércoles, el Papa comunicó al mundo que los huesos de San Pedro habían sido encontrados. Este anuncio servía de conclusión al “Año de la Fe”, año en el cual, según una tradición muy antigua, se conmemoraba el décimo noveno centenario del martirio del apóstol, A la mañana del día siguiente, las reliquias fueron devueltas a su lugar de descanso original bajo el altar situado en el centro de la basílica de San Pedro en el Vaticano. Todos estos hechos sugieren que Pedro estuvo en Roma y que allí está sepultado.

Antonio Barrero

Artículo extraído ilegalmente y sin permiso de PreguntaSantoral.es

San Pedro y la Cárcel Mamertina

Artículo extraído ilegalmente y sin permiso de PreguntaSantoral.es

Vista de la fachada y entrada al Tullianum o Cárcel Mamertina, Roma (Italia).

El Tullianum (o Cárcel Mamertina), se encuentra en el Clivio Argentario por debajo de la Iglesia de San Giuseppe dei Falegnami y puede considerarse como la más antigua y durante un largo período de tiempo, la única casa de detención en Roma. De acuerdo con Livio, fue hecha construir por el rey Anco Marcio.

La parte frontal, que aun hoy es posible observar, dataría de la Edad Imperial como se puede confirmar por la inscripión que lleva los nombres de los cónsules M. Cocceyo Nerva y C. Vibio Rufino: no se conoce con exactitud su fecha de construcción, pero puede fijarse entre los años 39 y 42 de nuestra Era.

Esta muralla o pared rodea una fachada más antigua, construida con ladrillos de la llamada Gruta Oscura. Se puede acceder al interior atravesando una entrada, recientemente inaugurada, que permite avanzar hasta una habitación de forma trapezoidal, también construida con ladrillos de toba, que provienen de Monteverde y del Aniene y que data aproximadamente de la segunda mitad del siglo II.

Originariamente, la entrada se caracterizaba por una pequeña puerta, que ahora ha sido sustituida por un muro o pared, puesta a un nivel superior con respecto al pavimento actual que surgía de la pared de la derecha. Más allá de esta pequeña puerta se podía acceder a otras habitaciones de la prisión, conocidas con el nombre de Lautumiae ya que se obtuvieron mediante la excavación de pozos antiguos de barro.

Prisión de los Santos Pedro y Pablo. Cárcel Mamertina, Roma (Italia).

Sobre la superficie del pavimento se puede observar una apertura circular que originariamente representaba la única vía de acceso a la zona de abajo, a la que ahora se accede por una escalera moderna. Este área era llamada Tullianum y esta era la parte más oculta de la prisión y la más temida por los presos: de hecho, en su interior eran arrojados los prisioneros de Estado que con posterioridad eran asesinados por estrangulamiento.

Entre los prisioneros que fueron destinados a esta triste suerte, podemos recordar a: Sejano y sus hijos en el año 31 después de Cristo; el cabecilla de los Galos, Vercingetórix, durante el año 49; los Catilinarios en el año 60; el soberano de Numidia, Yugurta, en el año 104; los partisanos de Cayo Graco, en el curso del año 123 y otros.

Según se nos narra en una antigua tradición, aqui estuvieron como prisioneros también los Santos Apóstoles Pedro y Pablo: en particular, parece que San Pedro, durante su estancia en el Tullianum junto a San Pablo, cayó golpeándose la cabeza con una pared, dejando allí su marca o impronta.

Una vez encerrados en la oscuridad de esta estancia, los apóstoles fueron capaces de realizar un milagro haciendo brotar un manantial de agua (el agua del manantial deriva del término latino tullus del que deriva el nombre Tullianum). Asimismo, los apóstoles consiguieron convertir al cristianismo a Proceso y Martiniano, ambos carceleros, los cuales entonces abandonaron la cárcel, siendo posteriormente también martirizados.

Vista de la escalera que permite descender al Tullianum. Cárcel Mamertina, Roma (Italia).

La Cárcel Mamertina se convirtió en lugar de culto en el año 314, cuando el Papa San Silvestre la dedicó a S. Pietro in Carcere.

En una restauración reciente, han emergido en parte unos frescos en los que se puede releer lo que ya se conoce por tradición, reforzando la coherencia del culto a San Pedro debido a una iconografía que lo representa como Vicario de Cristo, pues detrás de él se representa a Jesús, que pone sus manos sobre la espalda de Pedro, a quién mira fijamente y le sonríe.

Ella misma, es una experiencia increíble para fortalecer la fe y de reconocimiento de la continuidad fundamental de aquel lugar, de la tradición y del tránsito entre la experiencia civil romana y la religión cristiana y no solo eso.
Después de la Basílica de San Pedro, el corazón del culto petrino se encuentra en esta Cárcel, siendo esta, un importante lugar de culto y veneración de la Roma cristiana y apostólica.

Damiano Grenci

Artículo extraído ilegalmente y sin permiso de PreguntaSantoral.es

San Pedro, apóstol mártir

Artículo extraído ilegalmente y sin permiso de PreguntaSantoral.es

Óleo del Santo por Pedro Pablo Rubens (s.XVII).

San Pedro apóstol era un pescador, natural de Betsaida en Galilea, que vivía en Cafarnaúm junto al lago Tiberíades y que era hermano del también apóstol, San Andrés. Es el apóstol más nombrado en el Nuevo Testamento: hasta 182 veces aparece su nombre. Era el cabeza del grupo de los doce que acompañaban continuamente al Maestro y es conocido con el sobrenombre de “Príncipe de los apóstoles

Al igual que Andrés, Simón Pedro conoció a Juan el Bautista y fue también discípulo suyo. Jesús lo llamó estando en Galilea y fue muy claro con él: “Sígueme, que Yo te haré pescador de hombres”. Simón, al que Jesús le cambió el nombre llamándolo Kefa o Pedro, antes de conocer personalmente al Maestro había oído hablarle de Jesús a su hermano Andrés, aunque estaba dudoso, desconfiado, pero al pedirle Cristo que lo siguiera, abandona todo: familia, casa, profesión, bienes y generosamente se pone a disposición del Maestro. Todos los evangelistas, cuando mencionan los nombres de los doce, ponen a Pedro en primer lugar, dando a entender la supremacía de él sobre los demás apóstoles, perteneciendo asimismo al grupo de tres que acompañaban a Jesús en los momentos más íntimos o más trascendentales: Resurrección de la hija de Jairo, Transfiguración en el Monte Tabor o en su Agonía en Getsemaní. Pero aun así, Cristo lo reprende cuando se niega a aceptar la muerte del Maestro en la cruz (Mateo, 16, 22-23).

Quizás el momento más trascendental en la vida de San Pedro mientras acompañaba al Maestro sea el narrado por San Mateo (16, 13-20): “Llegado Jesús a la región de Cesarea de Filipo, hizo esta pregunta a sus discípulos: ¿Quién dicen los hombres que es el Hijo del hombre?  Ellos dijeron: Unos, que Juan el Bautista; otros, que Elías, otros, que Jeremías o uno de los profetas. Dijo Jesús: Y vosotros ¿quién decís que soy yo? Simón Pedro contestó: Tú eres el Cristo, el Hijo de Dios vivo. Replicando Jesús le dijo: Bienaventurado eres Simón, hijo de Jonás, porque no te ha revelado esto la carne ni la sangre, sino mi Padre que está en los cielos. Y yo a mi vez te digo que tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia, y las puertas del Infierno no prevalecerán contra ella. A ti te daré las llaves del Reino de los Cielos; y lo que ates en la tierra quedará atado en los cielos, y lo que desates en la tierra quedará desatado en los cielos. Entonces mandó a sus discípulos que no dijesen a nadie que él era el Cristo”.

Pero Pedro, el vehemente, el que dice: “A dónde vamos a ir Señor, si Tú tienes palabra de vida eterna” (Juan, 6, 68), cuando llega la hora de la verdad, cuando Jesús es apresado, no solo lo abandona como hicieron los demás discípulos, sino que lo niega tres veces como el propio Jesús le había profetizado. Esa negación él la lloraría toda su vida. Cuando resucita el Maestro, no solo se aparece de forma colectiva a todos sus discípulos, sino que también lo hace de forma privada a Pedro (Lucas, 24, 34) y (I Cor., 15, 5) y en estos días previos a su Ascensión a los cielos, Jesús le da una forma más concreta a la promesa que le hizo en Cesarea de Filipo. Por tres veces le exige a Pedro que le profese su amor y le responde “Apacienta mis corderos” y “Apacienta mis ovejas” (Juan 21, 15 y siguientes) y finalmente le profetiza su martirio: “Cuando seas viejo, extenderás tus manos y otro te ceñirá y te llevará adonde tú no quieras” (Juan, 21, 18).

Aparición del apóstol a San Pedro Nolasco, óleo de Francisco de Zurbarán. Museo Nacional del Prado, Madrid (España).

En los Hechos de los Apóstoles, en los capítulos del 1 al 12 se habla en numerosísimas ocasiones de la actividad apostólica de Pedro. Existen numerosos episodios en los que queda absolutamente de manifiesto el primado que ejercía Pedro en la primitiva Iglesia: en la elección del apóstol Matías, en la explicación al pueblo del milagro de Pentecostés, es el portavoz de todos ellos al explicar que hay que obedecer a Dios y no a los hombres, es el primero que es hecho prisionero, realiza milagros, en nombre de Dios pronuncia terribles condenas y a él se dirigirá Pablo después de ser convertido en el camino de Damasco. Todos estos episodios quedan perfectamente relatados en los Hechos de los Apóstoles.

Existen dos decisiones importantísimas en la primitiva Iglesia que son tomadas por él: la admisión de los gentiles en la Iglesia, realizada de hecho cuando bautiza al centurión Cornelio, bautizo que creó un precedente y su liderazgo en el Primer Concilio de Jerusalén. San Pablo lo menciona en sus epístolas a los Gálatas y a los Corintios y esto denota la importancia que Pablo le da a Pedro pues Pedro no había estado en ninguna de las dos ciudades. Pedro se convierte en un apóstol misionero, marchando desde Jerusalén a Antioquía y posteriormente a Roma, las dos grandes ciudades del imperio. San Jerónimo, en su obra “De viris illustribus”, dice que Pedro fue el primer obispo de Antioquía y esto lo deduce de una información menos explícita que aparece en el “Chronicon” de Eusebio de Cesarea, aunque este tema está abierto siendo distintas las posiciones mantenidas en Oriente y en Occidente.

Pero la ciudad que quedará ligada íntimamente al apóstol será Roma. Es una verdad histórica que Pedro estuvo en Roma, predicó en la capital del imperio y fue la cabeza de la Iglesia en dicha ciudad, aunque no se sabe con exactitud ni en qué fecha llegó ni en qué fecha fue martirizado en dicha ciudad. Se sabe que antes de llegar a Roma ya existía en la ciudad una numerosa comunidad de cristianos muy bien organizada y prueba de ello es que San Pablo, en el año 58, les escribe una carta antes de llegar a dicha ciudad. San Clemente Romano en su carta “Ad Corinthios” dice expresamente que en dicha ciudad fueron martirizados los apóstoles Pedro y Pablo y con ellos una gran multitud de cristianos en tiempos del emperador Nerón. Se sabe que murió crucificado boca abajo, pues así lo narra el pagano Porfirio y así lo ha manifestado siempre la tradición cristiana, pero se desconoce la fecha exacta del martirio, aunque algunos autores antiguos afirman que fue en el año 67. Autores modernos afirman que fue en el año 64. San Eusebio, Orígenes y San Jerónimo dicen que escogió esta forma de ser crucificado, por humildad.

Sepulcro del apóstol en la cripta de la Basílica de San Pedro del Vaticano, Roma (Italia).

Algunos exegetas le dan el título de evangelista, pues según una tradición muy antigua se afirma que el evangelio escrito por San Marcos fue a iniciativas de San Pedro e inspirado por él. Marcos era discípulo de Pedro y éste le habrá contado todo lo que había visto y oído al Maestro. Este evangelio se entiende como una catequesis de Pedro, pues en él, Pedro es tratado con mayor dureza que en los otros cuatro y se omiten ciertos  relatos en los que de alguna forma se le enaltece sobre los demás apóstoles. Mucho más se sabe de él y de sus discursos por parte de San Lucas, escritor de los Hechos de los Apóstoles que por parte del evangelista Marcos. Entre las llamadas “epístolas católicas” se encuentran dos que llevan su nombre. Mientras que nadie tiene duda alguna acerca de la autenticidad de la primera de ellas, algunos biblistas si la tienen con respecto a la segunda.

Su sepulcro, situado en los huertos de Nerón en la vertiente oriental de la colina Vaticana, fue venerado desde un principio. Esto ha sido confirmado por las excavaciones arqueológicas realizadas entre los años 1940 al 1949 en las Grutas de la Basílica de San Pedro en el Vaticano.

En la “Passio Sancti Patri”, escrita por el pseudo-Lino, en el siglo IV, se dice que Pedro fue crucificado cerca del obelisco de Nerón mientras que San Jerónimo dice que fue en la Vía Triunfal; estos dos testimonios se recogen en el “Liber Pontificalis” (I, p. 52). El texto más antiguo en el que se habla del sepulcro del apóstol, es el llamado “texto de Gaio”, que se encuentra en la “Historia Ecclesiastica” de Eusebio y en el que se dice que el cuerpo del apóstol fue puesto en el sepulcro del senador Marcelo: “Yo puedo mostrar los trofeos de los apóstoles. Si te acercas al Vaticano o a la Vía Ostiense, encontrarás los trofeos de ambos fundadores de esta Iglesia”.

Sobre el sepulcro del apóstol fue construida una basílica en tiempos del emperador Constantino. Esta primitiva basílica era de cinco naves y estaban junto a una escuela y un monasterio que aseguraban permanentemente las funciones litúrgicas del Oficio Divino. Como estaba construida extra muros de la ciudad fue sometida a numerosos robos e incluso sufrió algún incendio. Fue fortificada por el Papa León IV lo que dio más seguridad a los oficios litúrgicos y a los numerosos peregrinos que la visitaban. Cuando los Papas volvieron a Roma después del exilio de Avignon, la sede papal se situó en el Vaticano y desde entonces, la basílica ha gozado de la protección y embellecimiento otorgados por todos los Papas y así,  fue reconstruida siguiente nuevos cánones arquitectónicos.

"Pedro está aquí". Inscripción griega hallada en las Grutas Vaticanas. Roma, Italia.

Tanto en Roma como en toda la cristiandad se construyeron numerosas iglesias dedicadas a su nombre; no entro en enumerarlas ni en contar la historia de las más preeminentes a fin de no alargar el artículo.

Las reliquias del apóstol fueron objeto de culto desde el siglo I. Los Papas nunca han sido partidarios de distribuir sus reliquias conservando la integridad de las mismas; solo la cabeza está separada del cuerpo y se conserva, junto con la de San Pablo, en la Basílica Lateranense. Los restos están en la cripta de la Basílica de San Pedro en el Vaticano. Como reliquia suya es conservada también su presunta “cátedra”.

Desde la antigüedad se conmemoró su festividad, junto con la del apóstol Pablo, los días 29 de junio y 22 de febrero, aunque a lo largo de los siglos, se ha impuesto la primera de las dos fechas, o sea, hoy día 29 de junio.

Antonio Barrero

Artículo extraído ilegalmente y sin permiso de PreguntaSantoral.es