San Pelayo, niño mártir

Artículo extraído ilegalmente y sin permiso de PreguntaSantoral.es

Imagen-relicario del Santo. Monasterio benedictino de San Pelayo, Santiago de Compostela (España).

Imagen-relicario del Santo. Monasterio benedictino de San Pelayo, Santiago de Compostela (España).

Aunque ya el 13 de octubre del año 2010 -¡hace cuatro años!-, publicamos un corto artículo sobre las reliquias de San Pelayo, creo que es conveniente escribir sobre este pequeño héroe hispano, muy popular sobre todo en Galicia, donde es conocido como “San Payo” y al que ya se le rendía culto en el bajo Miño sólo tres años después de su martirio. Su propio tío Hermoigio construyó un monasterio de benedictinas en Alveos, inmediatamente después de su muerte. Podríamos decir que San Pelayo es para Galicia lo que San Tarsicio es para Roma.

A lo largo de la historia varias ciudades han reclamado ser su lugar de origen: Córdoba, León, Salamanca, Oviedo… pero la realidad es que el niño nació en Alveos (Pontevedra), perteneciente a la diócesis de Tuy, en el año 912, siendo sobrino de Hermoigio, obispo de Tuy, que vivió en la primera mitad del siglo X. En una de las liturgias más antiguas, proveniente de la catedral de Tuy, hablando de San Pelayo, se dice: “Erat quidem huius Pelagii Patruus, Hermoygius Episcopus, Cordubae carcere tentus” (Era Hermogio obispo, ciertamente tío de este Pelayo, preso en la cárcel de Córdoba) y para remacharlo aún más, en el Oficio de Vísperas se dice: “Ortusque Galletia” (nacido en Galicia).

Cuando el ejército de Abderramán III atacó Galicia, entre los cristianos que apresaron y llevaron a Córdoba estaba el obispo Hermoigio, el cual, no pudiendo soportar los tormentos de la cárcel, dio como rehén en su lugar a su sobrino Pelayo. Hay autores que afirman que fue el propio padre de Pelayo quien, para rescatar a su hermano Hermoigio, llegó a un acuerdo con los musulmanes, dejando como rehén a su hijo Pelayo, mientas cumplía el pacto de llevar a Córdoba un cierto número de cautivos, que era una de las cláusulas de dicho compromiso. Habría que retroceder hasta el siglo X para poder comprender este tipo de acuerdos, pero la realidad es que no se explica cómo un padre o un tío pueda hacer eso. Con la intención de dar a esto una explicación, en una exhortación pastoral, el obispo de Tuy, Manuel María Vidal y Boullon (1861-1929) hizo la siguiente reflexión, poniéndose en el lugar del padre de Pelayo: “Mi hermano, como es obispo, podrá hacer más apostolado que mi hijo y entregándolo a él, en realidad me estoy entregando a mí mismo. Seguro que ésta es la voluntad de Dios”. Yo, desde luego, no comparto esta idea y menos que Hermoigio lo aceptara, ya que éste renunció al martirio por volver a su diócesis y dejó a su sobrino, que era un niño inocente, en manos de unos desalmados. A mí, aquella decisión me parece una barbaridad.

Martirio del Santo. Tabla del Maestro de Becerril.

Martirio del Santo. Tabla del Maestro de Becerril.

El mismo obispo Vidal y Boullón, aunque hace la reflexión anterior intentando justificar la decisión del padre de Pelayo, resalta la heroicidad del niño: “Fue entonces cuando se manifestó de un modo visible la heroica fortaleza de este santo niño, porque en vez de intimidarse ante los rudos trabajos que le esperaban en la prisión, lejos de su familia y en poder de aquellos infieles, aceptó generosamente el sacrificio de su libertad y aun el de su vida, por la libertad y la vida de su venerable tío…” ¿Qué decir? ¿Un niño tan pequeño era consciente de todo esto o se vio forzado a admitir una decisión de sus mayores? Fuera como fuese, lo cierto es que Pelayo fue hecho prisionero.

Lo que tenía de santo, Pelayo lo tenía también de hermoso, de bello y de ello hablaron los presos y los carceleros, quienes se lo comunicaron al califa. Éste, dado a mantener todo tipo de relaciones sexuales, movido por la lujuria hizo que llevaran a Pelayo a su presencia vestido lujosamente y adornado con valiosas joyas. Isabel Flores de Lemus, en su obra “Año Cristiano Ibero-Americano”, editado en Barcelona en el 1950, describiendo este hecho de manera literaria, lo narra de la siguiente forma: “El niño se acercó al califa, hizo las tres postraciones de rigor y besó la mano de Abderramán. El emir lo contempló con arrobo, admirando la belleza del adolescente cristiano”. El califa le propuso que renunciase a su fe y reconociera a Mahoma como el verdadero profeta. Si hacía eso, lo colmaría de riquezas. Le dio a escoger entre vivir con él rodeado de lujo y entre sus más allegados o ser encerrado en la cárcel. Si decidía quedarse en palacio, sacaría también de la cárcel a los cristianos que estaban allí encerrados y traería a sus padres desde Galicia para que viviesen cómodamente en Córdoba.

Imagen y relicario del Santo. Iglesia-seminario de San Pelayo, Córdoba (España).

Imagen y relicario del Santo. Iglesia-seminario de San Pelayo, Córdoba (España).

Pelayo tendría unos catorce años de edad y llevaba tres años en la prisión, por lo que la oferta, en sí misma, era muy tentadora. Pero aunque era sólo un joven, Pelayo tenía las ideas muy claras. Volviendo al relato de Isabel Flores, Pelayo dijo: “Todo lo que tú me ofreces es nada. Yo soy cristiano, lo fui y lo seré siempre. Nunca negaré a Cristo porque lo que tú me prometes, se acaba; y Cristo, a quien yo adoro, no tiene fin ni principio, pues con el Padre y el Espíritu Santo, es un Dios único y verdadero, que nos creó de la nada y que todo lo mantiene y gobierna con su poder”. El emir se levantó enfurecido e intentó tocar al niño, pero éste se apartó diciéndole: “Vete, perro, ¿te crees que soy alguno de tus afeminados mancebos?”

Abderramán, creyendo que el niño había reaccionado con la vehemencia propia de su edad, ordenó a algunos de sus sirvientes que, con lisonjas, lo ablandasen. Al seguir Pelayo en sus trece y comprobando el califa que la fe del joven era tan firme como su voluntad de no ceder a sus pretensiones homosexuales, ordenó colgarlo en unas garruchas de hierro, subiéndolo y bajándolo bruscamente a fin de martirizarlo. Viendo que Pelayo no cedía, ordenó que le cortasen algunas partes no vitales del cuerpo y finalmente lo decapitó con una cimitarra. Era el mediodía del domingo 26 de junio del año 925.

Los verdugos tiraron el cuerpo de Pelayo al río Guadalquivir, pero los cristianos lo recogieron, sepultándolo en la iglesia de san Ginés, mientras que su cabeza la llevaron a la iglesia de San Cipriano. Como dije anteriormente, tres años después de su muerte, su tío – quizás arrepentido -, le dedicó un monasterio en Alveos. A los ocho años del martirio, Blas Braca le erigió una iglesia en Solís (La Rioja) y en el 947 se le nombró co patrono de Coimbra. En Guimaraes hicieron lo mismo en el año 959. Entre el 960 y el 967, el rey Sancho I le construyó un monasterio en León para albergar sus reliquias y en el 969 le dedicaron en Oviedo el monasterio de San Juan Bautista, al que trasladaron la mayor parte de sus restos en el año 987, donde aun se veneran. Como vemos, San Pelayo comenzó a recibir culto público desde el mismo momento de su martirio.

Urna que contiene los restos de San Pelayo. Monasterio de benedictinas de Oviedo (España).

Urna que contiene los restos de San Pelayo. Monasterio de benedictinas de Oviedo (España).

Entre el 1147 y 1152 el monasterio de Antealtares de Santiago de Compostela lo adoptó como titular, llegando con el tiempo a ser el titular de más de quince monasterios benedictinos del norte de Hispania. Su festividad se celebra el día 26 de junio, fecha de su muerte.

Antonio Barrero

Bibliografía:
– FLORES DE LEMUS, I., “Año Cristiano Ibero-Americano”, Barcelona, 1950.
– GIL, C., “Santos gallegos”, Editorial Porto, S.A., Santiago de Compostela, 1976.
– VV.AA., “Bibliotheca sanctórum, tomo X“, Città Nuova Editrice, Roma, 1990.

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Las reliquias de San Pelayo

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Urna que contiene los restos de San Pelayo. Monasterio benedictino de Oviedo (España).

Pregunta: Buenos días. He leído con gran interés multitud de sus artículos y los encuentro verdaderamente enriquecedores. Mi pregunta versa por saber si existen reliquias de San Pelayo. Agradeciendo su respuesta de antemano, reciban un cordial saludo.

Respuesta: Cuando haces esta pregunta supongo que te estarás refiriendo al niño martirizado en Córdoba y no a San Pelayo obispo de León, que está sepultado en su catedral.

Como sabes, San Pelayo niño oriundo de Galicia, fue martirizado por orden del Emir Abderahman III de Córdoba, al no acceder el niño a los deseos libidinosos del califa, quien finalmente ordenó decapitarlo en la mañana del día 26 de junio del año 925. El niño mártir recibió culto inmediatamente después de su martirio.

Los cristianos rescataron su cuerpo, poniendo la cabeza en la basílica de San Cipriano y el cuerpo en la iglesia de San Gil, en el barrio cordobés de Tercios.

Imagen y relicario del Santo. Iglesia-seminario de San Pelayo, Córdoba (España).

Imagen y relicario del Santo. Iglesia-seminario de San Pelayo, Córdoba (España).

Allí permanecieron pocos años, pues los restos del santo fueron llevados a León en tiempos del rey Sancho el Grande y, posteriormente, en el año 987, la mayor parte de las reliquias fueron transferidas a Oviedo donde actualmente se encuentran en el monasterio de monjas benedictinas de San Pelayo (las “pelayas”).  Se adjunta foto del arca de estas reliquias.

En León, en el año 1059, se confeccionó un arca de madera con veinticinco placas de marfil para contener algunas reliquias del santo que habían quedado en la ciudad. Desde Oviedo se envió a Córdoba una reliquia insigne en el año 1762.

Resumiendo, las reliquias se encuentran en la ciudad asturiana de Oviedo y están en esta urna.

Antonio Barrero

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