La fiesta de Pentecostés

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"Pentecostés", lienzo del pintor español fray  Juan Bautista Maíno (1581-1649). Museo Nacional del Prado, Madrid (España).

“Pentecostés”, lienzo del pintor español fray Juan Bautista Maíno (1581-1649). Museo Nacional del Prado, Madrid (España).

Hoy, festividad de Pentecostés, quiero traer a colación unas consideraciones del fallecido Patriarca Ortodoxo Shenouda III, Papa Copto de Alejandría y sucesor de la Sede de San Marcos, pronunciadas el Día de Pentecostés del año 1994. Éstas son sus palabras:

“El Señor Jesucristo Glorificado vivió corporalmente con los apóstoles hasta que subió al cielo, pero prometiéndoles la venida del Espíritu Santo, que permanecería con ellos para siempre, el Espíritu de la verdad, el Consolador. ¿Qué debemos saber sobre el Espíritu Santo?

El Espíritu Santo es el Espíritu de Dios, por lo tanto, existía antes de todos los tiempos; esto lo leemos en los primeros versículos del libro del Génesis. La respuesta divina dice: “En el principio creó Dios los cielos y la tierra. Y la tierra estaba desordenada y vacía, y las tinieblas estaban sobre la faz del abismo. Y el Espíritu de Dios se movía sobre la faz de las aguas” (Génesis, 1, 1-2). También el profeta Isaías nos habla sobre el Espíritu Santo y le da nombre: “Y vendrá sobre él, el Espíritu del Señor; espíritu de sabiduría y de inteligencia, espíritu de consejo y de poder, espíritu de conocimiento y de temor de Yahvé” (Isaías, 11, 2). Además, el Señor Jesús nos dice sobre Él en el evangelio de San Juan: “El Espíritu de verdad que procede del Padre” (Juan, 15, 26). Y la doctrina de que procede del Padre fue reafirmada en el Símbolo de la fe del Concilio Ecuménico de Constantinopla.

En el Antiguo Testamento existen muchas alusiones al Espíritu de Dios; éstas son algunas de ellas: en la historia de Sansón leemos que “el Espíritu de Jahvé comenzó a actuar sobre él en el campamento de Dan, entre Sorá y Estaol” (Jueces, 13, 25). Y también leemos después que cuando Saúl fue ungido como rey, “el Espíritu de Dios vino sobre él con poder y profetizó entre ellos” (1º Samuel, 10, 10). Esto también le ocurrió a David cuando fue ungido por el profeta Samuel: “El Espíritu de Yahvé vino sobre David desde aquel día en adelante” (1º Samuel, 16, 13). Y la forma en que el Espíritu Santo descendió sobre ambos: Saúl y David, fue a través de la unción que el Señor les ordenó conforme al libro del Éxodo, 30, 22-31.

También Aarón fue ungido como sumo sacerdote cuando Moisés derramó el aceite de la santa unción sobre su cabeza y lo ungió (Levítico, 8, 12), como se dice en el salmo: “Pues la armonía es tan preciosa como el aceite de la unción que se derramó sobre la cabeza de Aarón, el cual desciende sobre la barba, la barba de Aarón, hasta el borde de sus vestiduras” (Salmo 133, 2). Y con este aceite se ungió la tienda donde se reunían, junto con los altares y los utensilios, convirtiéndose así en santos (Éxodo, 40; Levítico, 8). Con este óleo eran también ungidos los reyes y los profetas (1º Reyes, 19) y como resultado de esta unción, el Espíritu Santo venía sobre ellos así como también sobre sus dones.

Pentecostés, óleo de Jean Restout (1792). Museo Nacional del Louvre, París (Francia).

Pentecostés, óleo de Jean Restout (1792). Museo Nacional del Louvre, París (Francia).

En el libro del profeta Joel, leemos: “Y después de esto, derramaré mi Espíritu sobre toda carne y vuestros hijos e hijas profetizarán; vuestros ancianos tendrán sueños proféticos y vuestros jóvenes, verán visiones” (Joel, 3,1). Y esto es lo que sucedió en el día quincuagésimo, en el Día de Pentecostés, como nos lo explica el apóstol Pedro refiriéndose al profeta Joel (Hechos, 2, 16-17).

Pero el Espíritu Santo también puede ser transferido de una persona a otra. Esto es lo que les pasó a los setenta ancianos en tiempos del profeta Moisés, cuando el Señor le dijo: “Reúne a setenta hombres de entre los ancianos de Israel e iré a hablar con vosotros. Tomaré a mi Espíritu, que está sobre ti y lo pondré en ellos” (Números, 11, 16-17) y sigue diciendo el libro sagrado: “Y Yahvé descendió de la nube y le habló y tomó el espíritu que estaba en él y lo colocó sobre los setenta ancianos y, cuando el Espíritu estuvo sobre ellos, profetizaron” (Números, 11, 25).

Pero recordemos que antes que Moisés, el Justo José interpretó los sueños del faraón. “Dijo el faraón a sus siervos, ¿podremos encontrar una persona así, un hombre en quién esté el Espíritu de Dios?” (Génesis, 41, 38); y allí estaba el don del Espíritu Santo interpretando los sueños, es decir, el Espíritu del conocimiento.

Pero la obra del Espíritu de Dios también se manifestó en otras ocasiones, incluso en las artes: “Y Yahvé habló a Moisés y le dijo: Mira, yo he llamado por su nombre a Bezaleel, hijo de Uri, hijo de Hur, de la tribu de Judá y lo he llenado del Espíritu de Dios, concediéndole habilidad, pericia y experiencia en toda clase de trabajos; para concebir y realizar proyectos en oro, plata y bronce; para labrar piedras de engaste, tallar la madera y ejecutar cualquier otra labor” (Éxodo, 31, 1-5). Vemos que el Espíritu Santo llega incluso a influir en el trabajo manual, pero la labor más importante del Espíritu de Dios es que “habló por los profetas”, como nos lo indica el Símbolo de la fe. Esto significa que el Espíritu Santo es la fuente divina que inspira los libros sagrados, es la fuente de todo lo que los profetas y los apóstoles nos han transmitido en los libros santos. Por eso, el apóstol Pedro, en su segunda epístola dice: “porque ninguna profecía ha sido anunciada por voluntad humana, sino que los hombres han hablado de parte de Dios, hablaron siendo inspirados por el Espíritu Santo” (2ª Pedro, 1, 21).

"Pentecostés", óleo de Tiziano Veccellio (1545). Iglesia de Santa Maria della Salute, Venezia (Italia).

“Pentecostés”, óleo de Tiziano Veccellio (1545). Iglesia de Santa Maria della Salute, Venezia (Italia).

Actualmente, en la Iglesia, el Espíritu Santo se nos viene dado por tres vías: la Santa Unción, la imposición de las manos y por el santo aliento (soplo). En cuando al santo aliento (soplo), recordemos lo que nos dice el evangelio de San Juan, cuando el Señor Jesús, después de su resurrección, se apareció a sus discípulos en el cenáculo y les dijo: “Como el Padre me envió, también yo os envío. Y habiendo dicho esto, sopló sobre ellos diciéndoles: Recibid el Espíritu Santo. A quienes perdonéis los pecados, les quedan perdonados y a quienes se los retengáis, les quedan retenidos” (Juan, 20, 21-23). En la ordenación y en el bautismo, el ministro ordenante sopla sobre el sacerdote o el catecúmeno y le dice: “Recibe el Espíritu Santo”.

En cuanto a la imposición de las manos, el Espíritu Santo se les dio a nuestros padres mediante la imposición de las manos de los apóstoles. Esto es mencionado sobre el pueblo de Samaria, estando en Jerusalén, los apóstoles Pedro y Juan “Cuando los apóstoles que estaban en Jerusalén oyeron que los samaritanos habían recibido la Palabra de Dios, les enviaron a Pedro y a Juan. Éstos, al llegar, oraron sobre ellos para que recibieran el Espíritu Santo, porque todavía no había descendido sobre ninguno de ellos, sino que sólo estaban bautizados en el nombre del Señor Jesús. Entonces, les impusieron las manos y recibieron el Espíritu Santo” (Hechos, 8, 14-17) y lo mismo se hizo con el pueblo de Éfeso: “Y cuando Pablo les impuso las manos, descendió sobre ellos, el Espíritu Santo. Entonces empezaron a hablar en distintas lenguas y a profetizar” (Hechos, 19, 7). Lo mismo sucede en el sacramento del orden sagrado; San Pablo dijo a su discípulo Timoteo: “Por eso te recomiendo que reavives el don de Dios que has recibido por la imposición de mis manos” (2ª Timoteo, 1, 6).

La Santa Unción era también conocida en la época apostólica. El apóstol Juan lo dice: “Pero vosotros tenéis la unción del que es Santo…” (1ª Juan, 2, 20) y “pero la unción que vosotros recibisteis de él, permanece en vosotros” (1ª Juan, 2, 27). También nosotros, a los niños después del bautismo, los ungimos con el santo crisma, les imponemos las manos y soplamos sobre sus rostros, diciéndoles: “Recibid el Espíritu Santo”.

Con el santo sacramento de la Unción (Confirmación) nos convertimos en templos del Espíritu Santo y el Espíritu Santo habita en nosotros. San Pablo, en su primera epístola a los corintios, dice: “¿No sabéis que sois templos de Dios y que el Espíritu Santo mora en vosotros?” (1 Co., 3, 16) o, “¿no sabéis que vuestro cuerpo es templo del Espíritu Santo que está en vosotros?” (1 Co., 6, 19). Cada uno tenemos que recordar que el día en el que fuimos ungidos con el Santo Crisma, nos convertimos en templos del Espíritu Santo y que el Espíritu Santo tomó morada en cada uno de nosotros.

Su Santidad Shenouda III (1923-2012), Patriarca de Alejandría y Papa de la Iglesia Copta. Autor de este texto.

Su Santidad Shenouda III (1923-2012), Patriarca de Alejandría y Papa de la Iglesia Copta. Autor de este texto.

El Espíritu Santo actúa en el sacerdocio y el sacerdocio se otorga a través del Espíritu Santo. Tiene el poder de perdonar los pecados y algunos pueden preguntarse, ¿pero cómo es eso, pues nadie puede perdonar los pecados sino solo Dios? Nosotros decimos que el Espíritu Santo está en el sacerdote y es él quién perdona los pecados, pero el perdón nos viene por las palabras pronunciadas por el sacerdote. El Espíritu Santo está en todos los sacramentos de la Iglesia y también está presente en las decisiones de los santos concilios. En el acuerdo del primer Concilio de Jerusalén, los apóstoles lo dijeron: “Nos ha parecido bien al Espíritu Santo y a nosotros…” (Hechos, 15, 28).

El Espíritu Santo actúa también en la labor apostólica. Los apóstoles no iniciaron su apostolado hasta que el Espíritu Santo vino sobre ellos, cumpliéndose la promesa del Señor: “Recibiréis el poder cuando el Espíritu Santo, venga sobre vosotros y seréis mis testigos” (Hechos, 1, 8) y esto se cumplió en ellos. El Espíritu Santo elige a sus servidores, como cuando dijo: “Apartadme a Bernabé y a Saulo para que realicen la obra a la que han sido llamados” (Hechos, 13, 2) y fue Él quién los dirigió y acompañó en su trabajo.

Es parte de nuestra libertad el aceptar o no trabajar con el Espíritu Santo y también somos libres para rechazarlo e incluso para luchar contra Él. Y lo que es aún más grave: somos libres para blasfemar contra el Espíritu Santo y rechazarlo por completo de nuestras vidas, pero lo realmente gratificante es lo que nos dice San Pablo: “Porque todos los que son guiados por el Espíritu de Dios, estos son hijos de Dios” (Romanos, 8, 14). Aquí me gustaría decirles a algunos que son engañados y que piensan que cualquier espíritu que los guíe es el Espíritu de Dios, lo que dice el apóstol Juan: “No creáis a todo espíritu, sino probad si los espíritus son de Dios, porque han aparecido en el mundo muchos falsos profetas” (1 Juan, 4, 1)”.

Su Santidad Shenouda III (1923-2012)

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Pascua y Pentekostarion en la Iglesia Ortodoxa

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La Santísima Trinidad. Fresco en la bóveda de la catedral ortodoxo rumana de Nuremberg, Alemania.

La Santísima Trinidad. Fresco en la bóveda de la catedral ortodoxo rumana de Nuremberg, Alemania.

La alegría de la Pascua y el período del Pentekostarion según el ritual de la Iglesia Ortodoxa
En el artículo que escribí el 6 de abril desarrollé la importancia del tiempo del Triodion, que abarca el tiempo de algunas semanas de preparación y la Gran Cuaresma, un total de 10 semanas. En este artículo pretendo describir del mismo modo el tiempo del Pentekostarion, que abarca los cuarenta días entre la Pascua y la Ascensión, los diez días siguientes hasta la fiesta de Pentecostés (de ahí viene el nombre de Pentekostarion) y una semana más, que termina con el Domingo de Todos los Santos, en total, ocho semanas y nueve domingos.

Comenzando con la medianoche de la fiesta de la Resurrección, el tiempo de Pentekostarion es un tiempo de alegría. Los cantos de lamentación se olvidan, las canciones recuerdan el arrepentimiento sólo en pasado, como si los cristianos viviesen ya en tiempos escatológicos. Por no menos de cuarenta días, el saludo habitual “Buenos días” se reemplaza por el de “Cristo ha resucitado”, al cual debemos responder “En verdad ha resucitado”, tanto en la iglesia, como en las calles, en casa, en todas partes. La primera semana está prácticamente inundada de la obsesiva repetición del troparion “Cristo ha resucitado de los muertos, por la muerte, la muerte hollando; y a los que están en las tumbas la vida dando”, cantado en diferentes tonalidades y a menudo en diferentes lenguas. Pero comencemos por la noche de Pascua.

En Sábado Santo, a medianoche, los cristianos se encuentran en la iglesia, de donde tomarán la “Santa Luz”. Así pues, todas las luces, ya sean velas o eléctricas, todas deben apagarse, con la excepción de la vela que cuelga de la Cruz, en el lado oriental de la mesa del altar. Esta luz la usará el sacerdote para encender su propia vela. Él abre las “puertas imperiales”, es decir, las puertas centrales de la cámara del altar, que simboliza ahora la tumba, y grita en voz alta a la gente que espera: “¡Venid e iluminaos!”. Inmediatamente, el coro canta: “Tu Resurrección, Cristo Dios, es alabada por los ángeles del cielo. ¡Haznos a nosotros, desde la tierra, dignos de alabarte con corazón puro!”. Este troparion se canta mientras el sacerdote da luz a todas las velas de los presentes en la iglesia, caminando lentamente hacia el exterior, donde una mesa está preparada para la primera parte de la ceremonia de Pascua. Aquí él lee un texto del Evangelio sobre la tumba vacía y canta por primera vez “Cristo ha resucitado”, seguido por el coro. Con este repetitivo troparion, toda la comunidad rodea la iglesia en el sentido de las agujas del reloj y regresa a la entrada, que está ahora cerrada. Esto representa el Paraíso, cerrado a los humanos tras el pecado de Adán. El sacerdote, que simboliza a Cristo, llama a la puerta con una pequeña cruz, y recita algunos versos del salmo 24 (23), versículos 7 y 8: “Alzad vuestras cabezas, oh puertas, y alzaos, puertas eternas, y entrará el Rey de la gloria”. Alguien, desde el otro lado de la puerta, que simboliza el Querubín con la espada de fuego, pregunta: “¿Quién es este Rey de la gloria?”, a lo que el sacerdote responde: “El Señor fuerte y poderoso, el victorioso en la batalla. El Señor de las huestes, ¡Él es el Rey de la gloria!” (versos 8 y 10). Entonces las puertas se abren, aunque el servicio prosigue en el exterior de la iglesia durante un rato, con el Canon de la Pascua, una composición de San Juan de Damasco, una obra maestra de la literatura cristiana.

Toma del cementerio de Serbanesti (Rumanía), en la noche de Pascua de 2009.

Toma del cementerio de Serbanesti (Rumanía), en la noche de Pascua de 2009.

El hecho de que la ceremonia comience fuera de la iglesia es un símbolo de que toda la creación debe participar de la alegría de la Resurrección; es un signo de la re-creación, como veremos después. En el artículo dedicado a la Gran Cuaresma escribí que el tiempo se precipita en Semana Santa, de modo que los servicios matutinos se celebran por la tarde y los vespertinos, por la mañana; pues bien, ahora, en la noche de Pascua, todo se calma y regresa a la normalidad, una normalidad de alegría y luz.

Antes de que comience la Divina Liturgia, el sacerdote permanece de pie con el libro litúrgico del Evangelio y la cruz, para que cada cristiano venga a besarlos. A la salutación del sacerdote: “Cristo ha resucitado”, todos deben responder: “¡En verdad ha resucitado!”, lo cual es, como ya he dicho, el saludo habitual en la temporada siguiente. Entonces el sacerdote lee otra obra maestra de la literatura cristiana, la Homilía de Pascua de San Juan Crisóstomo. El motivo principal es que, en medio de la alegría, todos están invitados a participar de la fiesta, los preparados y los no preparados, los que ayunaron y los que no, porque el demonio ha sido derrotado y, con él, la muerte y el dolor.

La Liturgia de Pascua, que sigue con el Canon, comienza en torno a la una o dos de la madrugada, por lo que tiene el typikon de las grandes fiestas. Comienza con el canto del “Cristo ha resucitado” por el sacerdote y después por el coro. Los sacerdotes rodean el altar y recitan el salmo 68 (69) recordando la Resurrección: “Que Dios se alce, que sus enemigos sean dispersados: que los que le odian huyan ante Él…” (y los siguientes versos, desde otro ángulo del altar). Otro cambio ocurre cuando las típicas antífonas se sustituyen por antífonas especiales que contienen los versos del salmo recordado arriba, combinados con el estribillo “Cristo ha resucitado…”. Pero en lugar de recordar la Resurrección, el Evangelio leído durante el servicio es el Protoevangelio de San Juan -otro símbolo de que los cristianos no celebran especialmente el evento histórico de la Resurrección, sino más bien sus efectos, que es la re-creación del Cosmos. Incluso el Icono de la Pascua refleja, en la tradición ortodoxa, no la Resurrección de los Muertos, sino el Descenso de Cristo al Inframundo, quien destruye las puertas del Sheol, encadena al demonio y toma a Adán y a Eva de las manos, como signo de que Él los ha salvado.

Fresco de Cristo rescatando a Adán y Eva del Sheol. Catedral ortodoxa rumana de Nuremberg, Alemania.

Fresco de Cristo rescatando a Adán y Eva del Sheol. Catedral ortodoxa rumana de Nuremberg, Alemania.

La liturgia sigue su curso, y el troparion “Cristo ha resucitado” sustituye a muchas de las habituales respuestas litúrgicas, especialmente en el momento de la Comunión y después del mismo. En los pueblos de la Rumanía oriental las familias traen gallos blancos a la iglesia, que comienzan a cantar durante la Liturgia. Tradicionalmente se cree que cuanto más pronto canten, más ricas van a ser las cosechas ese año.

La Semana de Pascua, o la Semana Iluminada, tiene un programa especial y se repite diariamente el servicio de Pascua, aunque por supuesto no de noche. En este sentido, el servicio matutino se sustituye por el Canon de la Pascua, la Víspera es muy corta y en parte contiene el mismo Canon de Pascua; las Horas usuales (primera, tercera, sexta y novena) contienen salmos distintos de los habituales, y eso también ocurre con las completas y los servicios de medianoche en los monasterios. Cada vez que el sacerdote o diácono incensa a la gente y la iglesia, ellos saludan diciendo “Cristo ha resucitado” y portan una vela encendida. Sólo hacer una observación más sobre la comida de Pascua, que es por supuesto la más importante del año y contiene huevos rojos, especialidades de cordero, pasteles de Pascua y “Pasca”, una especie de pan con queso y huevos, símbolo de abundancia y vacaciones.

Los dulces pascuales de la tradición ortodoxa: huevos rojos, cozonacul y pasteles de Pascua.

Los dulces pascuales de la tradición ortodoxa: huevos rojos, cozonacul y pasteles de Pascua.

Después de Pascua
El domingo siguiente a la Pascua no es el “primero” sino el “segundo después de la Pascua, también conocido como Antipascha y dedicado a Santo Tomás, que dudó de la Resurrección, de modo que el Señor vino una semana después para mostrarse a él (lectura del Evangelio de San Juan 20, 19-31). Ahora comienza el servicio tonal habitual. En la semana que comienza con el Domingo de Tomás y termina el sábado siguiente se cantan canciones en el primer tono, la semana siguiente en el segundo tono, y así sucesivamente. Todos los servicios litúrgicos vuelven a entrar en el tiempo ordinario, salvo algunos “añadidos” de Pascua, como que cada servicio comienza siendo cantado “Cristo ha resucitado” tres veces, que el servicio matutino comienza con la exclamación del sacerdote “Gloria a la santa, consustancial, creadora de vida e indivisible Trinidad…”. El lunes es el primer día en que se aceptan servicios por los difuntos. En la Rumanía oriental este día es conocido como “la Pascua de los Justos”, es decir, de los difuntos. Los cristianos suelen tirar huevos rojos a los ríos, porque tradicionalmente se cree que llegarán al otro mundo, de modo que también los muertos sabrán que la Pascua ha llegado.

El domingo siguiente se dedica a las mujeres mirróforas (el Evangelio leído es el de Mc 15, 43-16, 8), muchos creen que éste es el auténtico Día de la Madre según la práctica ortodoxa, lo que dudo personalmente -porque el momento más grande de las madres en la historia cristiana es la Fiesta de la Anunciación-. El ritual sigue el de la semana anterior y permanece igual las semanas y domingos siguientes, dedicados al paralítico curado (Jn 5, 1-15), y el ciego curado (Jn 9, 1-38). El jueves siguiente los cristianos celebran la Ascensión del Señor. El canto de “Cristo ha resucitado” se detiene un día antes y se permite a veces en funerales o servicios de réquiem, aunque muy raramente.

Con la Ascensión, los cristianos se saludan con “Cristo ha resucitado”, a lo cual se responde “En verdad ha resucitado”, hasta Pentecostés. Ésta es también una fiesta para los héroes nacionales y varias comunidades dedican, después de la liturgia, un servicio de réquiem especial por los fallecidos en las guerras mundiales y la reciente revolución de 1989 (me refiero al caso rumano). En este tiempo se repite el hábito de colorear los huevos, de modo que puedan ser consumidos también el domingo siguiente (dedicado a los Padres del Concilio de Nicea, como una pre-fiesta de la Trinidad), hasta Pentecostés.

El Domingo de Pentecostés, conocido también como “El Domingo Santo”, “El Domingo del Descenso del Espíritu Santo”, tiene también un nombre popular, Rusalii. Esto procede de la antigua fiesta romana de Rosalia, que marca el inicio del verano. Algunas costumbres paganas todavía se mantienen, como entregar -en nombre de los difuntos, un día antes- cubos (o al menos tazas) de agua llenos de cerezas de mayo y flores del campo.

Tradicionales ofrendas de cerezas y flores con ocasión de la fiesta de Pentecostés rumana.

Tradicionales ofrendas de cerezas y flores con ocasión de la fiesta de Pentecostés rumana.

La Liturgia tiene el ritual habitual de las grandes fiestas -con canciones antifónicas especiales y la repetición del Troparion “Bendito seas, oh Cristo nuestro Dios, que has revelado a los pescadores como los más sabios, enviando sobre ellos el Santo Espíritu. A través de ellos arrastraste al mundo a tu red. Oh, Amante del Hombre, ¡gloria a Ti”. Inmediatamente la Liturgia prosigue con la Víspera de la Santísima Trinidad, que contiene siete oraciones especiales, tras las cuales se bendicen ramas de nogales o tilos y se comparten con todos los presentes, como símbolo de las lenguas de fuego del Espíritu Santo. Como es habitual después de una fiesta, el segundo día se dedica a las personas implicadas en esa fiesta, en este caso, a la misma Santísima Trinidad.

El período de Pentecostés está acabando: esta última semana termina con el Domingo de Todos los Santos. A diferencia de la tradición occidental, los cristianos ortodoxos celebran ahora a todos los santos. El primer domingo después de Pentecostés (que es también la Fiesta de la Fundación de la Iglesia) se dedica a la realización de la Iglesia, el anticipo del Reino de los Cielos, prácticamente vivido por los santos de la Iglesia. Esta gloriosa visión de la realización de los planes de Dios en la tierra comienza de este modo con el Domingo de la Expulsión de Adán del Paraíso, a principios de la Gran Cuaresma, que tiene su apogeo en la noche de Pascua y culmina después de Pentecostés, con la visión de Todos los Santos, que encarnan la mismísima presencia de los seres humanos deificados por la gracia del Espíritu Santo.

Fresco de Pentecostés, en la bóveda que recubre el altar. Catedral ortodoxa rumana de Nuremberg, Alemania.

Fresco de Pentecostés, en la bóveda que recubre el altar. Catedral ortodoxa rumana de Nuremberg, Alemania.

Al día siguiente comienza el ciclo litúrgico más largo, el Oktoechos (ocho tonos), que termina, nuevamente, al año siguiente, con el Triodion. El día siguiente comienza también, por lo normal, el período de ayuno dedicado a los apóstoles Pedro y Pablo, que se celebran el 29 de junio.

Mitrut Popoiu

Artículo extraído ilegalmente y sin permiso de PreguntaSantoral.es

Pentecostés: la fiesta del Espíritu Santo

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Descenso del Espíritu Santo. Vidriera contemporánea.

Hoy celebramos la Fiesta de Pentecostés, hoy es la Fiesta del Espíritu Santo. Ya el año pasado escribimos sobre el significado de esta festividad, en la que conmemoramos la venida del Espíritu Santo sobre la Santísima Virgen y todo el colegio apostólico, cincuenta días después de la Resurrección de Nuestro Señor. Este año queremos darle un enfoque distinto y por eso vamos a poner dos textos, de dos santos de la Iglesia, uno que es una oración a la Tercera Persona de la Santísima Trinidad y el otro que es una homilía pronunciada en el día de Pentecostés.

Invocación al Espíritu santo de San Simeón, el Nuevo Teólogo:
Ven, luz verdadera,
Ven, vida eterna,
Ven, misterio que se oculta,
Ven, tesoro sin nombre,
Ven, realidad que estás más allá de todas las palabras,
Ven, Persona más allá de toda comprensión,
Ven, alegría sin fin,
Ven, luz que no conoce la noche,
Ven, espera infalible de los que somos salvados,
Ven, resurrección de los caídos,
Ven, resurrección de los muertos,
Ven, Todopoderoso, que no cesas de crear, que remodelas y cambias todas las cosas con tu santa voluntad,
Ven, Dios invisible a quién nadie puede tocar,
Ven, fuente de la paz,
Ven, pues eres el deseo que está dentro de mi,
Ven, mi aliento, mi vida,
Ven, consuelo de mi alma humilde,
Ven, alegría mía, gloria mía, delicia mía sin fin.

"Pentecostés", óleo de fray Juan Bautista Maíno (1620-25). Museo Nacional del Prado, Madrid (España).

Homilía de San Juan Maximovich en el Día de Pentecostés
“Dios es Santísima Trinidad, Trinidad consustancial e indivisible. Consustancial, es decir, una esencia, una naturaleza de una Trinidad indivisible. El Padre, el Hijo y el Espíritu Santo no son tres dioses, sino un solo Dios ya que tienen una sola naturaleza.
Pero su naturaleza no es como la nuestra; nosotros tenemos una naturaleza, una esencia, pero no podemos decir que dos o tres personas tengamos una misma naturaleza por muy amigos que seamos, por muy cercanos que estemos. Todos tenemos un cuerpo, distinto uno del otro, todos tenemos nuestra propia voluntad, nuestros gustos, nuestro propio estado de ánimo. No importa que seamos similares en el cuerpo y en el carácter, porque no todo lo tenemos en común, no todo es lo mismo.

Con las Tres Personas de la Santísima Trinidad todo es común; el amor infinito del Padre hacia el Hijo y del Hijo hacia el Padre es el mismo amor entre ellos y el Espíritu Santo; su voluntad y todas sus acciones son comunes. Tienen una sola voluntad y todo está cumplido en ella. Lo que le agrada al Padre, agrada también al Hijo y al Espíritu Santo y lo que desagrada al Espíritu Santo, también desagrada al Padre y al Hijo. Ellos son el amor. Todo lo llevan a cabo conjuntamente, como Santísima Trinidad.

En la creación del mundo, la Biblia dice: “Y dijo Dios: hágase la luz y la luz fue hecha” (Génesis, 1, 3). ¿Qué significa esto? Significa que Dios Padre lo creó todo con su Palabra. ¿Y qué es la Palabra? Lo dice el evangelio: “En el principio existía el Verbo (Palabra) y el Verbo estaba con Dios y el Verbo era Dios” (Juan 1, 1) y se trata del Hijo Unigénito de Dios. Dios, el Padre, creó todas las cosas con su Palabra, o sea, todo lo que Él creó, lo creó a través de su Hijo. El Padre no crea nada sin el Hijo, así como el Hijo no crea nada sin el Padre y sin el Espíritu Santo. El Espíritu Santo crea el mundo, junto con el Padre y con el Hijo. Lo dice la misma Biblia: “y el Espíritu de Dios se movía sobre las aguas” (Génesis 1, 2). Se mueve sobre la creación, cubre la creación, calienta la creación como una gallina clueca calienta a sus huevos, sentándose sobre ellos y con su calidez saldrán criaturas vivientes.

Pentecostés. Icono copto.

“Por la Palabra del Señor fueron hechos los cielos y todo el poder de ellos, por el Espíritu de su boca” (Salmo 32, 6). Todo fue creado y traído a la vida por Dios: el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo. Es decir, todo lo que el Padre quería o quiere, de inmediato fue y es cumplido por el Hijo y animado por el Espíritu Santo. Así se creó el mundo; así fue hecho por la providencia de Dios, el mundo y la humanidad. Y como el hombre se había alejado de Dios a causa del pecado y por esto se convirtió en mortal, el Hijo de Dios, de acuerdo con un consejo pre-eterno de la Santísima Trinidad, obedeciendo la voluntad del Padre, vino a la tierra, nació de la siempre Virgen Maria a través de la acción del Espíritu Santo, proclamando a los hombres la voluntad divina del Padre y enseñándonos a adorar a Dios.

Después de haber sufrido por nuestros pecados, descendió a los infiernos y después de liberar a las almas de los muertos, Él mismo, resucitó de entre los muertos. Cristo, antes de morir, dio poder a los apóstoles que Él había escogido entre sus discípulos para que pudieran atar y desatar los pecados cometidos por los hombres. Les concede este poder no a cada uno por separado sino a todos e su conjunto.
Estableció su Iglesia que es el depósito de la gracia estando unidos a ella todos los que creen en Él y en su amor. Y después de prometérselo a los apóstoles, les envió el Espíritu Santo y habiendo cumplido todo aquello para lo que había venido a la tierra, ascendió al cielo recibiendo en su humanidad toda la gloria y el honor que tenía como Hijo de Dios desde antes de la creación del mundo.

Al descender sobre sus discípulos, según su promesa, el Espíritu Santo, este los confirmó en la fe en Cristo y con su gracia, derramó sus dones sobre todos ellos. El Espíritu los fortaleció para que cumplieran su misión evangelizadora, para que se sintieran satisfechos propagando las enseñanzas de Cristo, para que edificaran la Iglesia que Cristo había fundado y hacerla funcionar. La Iglesia tiene los pies puestos en la tierra, pero está encabezada por el Hijo de Dios que está sentado a la derecha del Padre y que es misteriosamente guiada por el Espíritu Santo.
Ella une a sus hijos entre si y los une a Dios. A través de la Iglesia, los dones de la gracia se derraman sobre los que se esfuerzan en seguir el camino de Cristo, santifica y fortalece todo lo bueno en ellos, los limpia del pecado en el que puedan caer y los convierte en receptáculos de la irradiación de la gloria y del poder de Dios.

Pentecostés. Icono ortodoxo americano.

A través de la Iglesia, el hombre es hecho partícipe de la naturaleza divina y entra en relación estrechísima con la Santísima Trinidad. No solo el alma, sino que también el cuerpo del hombre es santificado y entra en comunión con Dios a través de su participación en la comunión del Cuerpo y de la Sangre de Cristo; así el hombre se une a la Santísima Trinidad. A través de la gracia divina y con la participación de su propia voluntad y esfuerzo, el hombre se convierte en una nueva criatura, en un participante del Reino eterno de Dios.
Naturalmente, también se está preparando para la venida del Reino de Dios, para la purificación por el fuego que procede de las consecuencias del pecado y de la maldición que este produjo. Y esta preparación es el primer fruto de la santificación a través de la venida del Espíritu Santo y por medio de las aguas y otros ritos de la Iglesia, de modo que el hombre puede convertirse en una tierra nueva y en un cielo nuevo. Esto se logrará en el tiempo señalado por el Padre y por el Hijo”.

Finalmente, quiero terminar este artículo-oración con el canto en gregoriano del Himno “Veni Creator Spiritus”.

Antonio Barrero

Artículo extraído ilegalmente y sin permiso de PreguntaSantoral.es

Pentecostés

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Detalle del Pentecostés por Domenikos Theotokopoulos "El Greco". Museo Nacional del Prado, Madrid (España).

La solemnidad de Pentecostés es una celebración móvil dentro del calendario litúrgico, ya que se celebra cincuenta días después de la Pascua. En el Rito Romano, así concluye el tiempo pascual y se da inicio al llamado tiempo ordinario en el cual, el color litúrgico es el verde. Sin embargo, en el Rito Ambrosiano, Pentecostés es el inicio de un tiempo llamado “después de Pentecostés”, cuyo color litúrgico es el rojo.

En esta gran festividad, la Iglesia Católica y las otras Iglesias hermanas, celebran: “La efusión del Espíritu Santo sobre los apóstoles en Jerusalén” y la “memoria de los principios de la Iglesia y del inicio de la misión apostólica en todas las tribus, lenguas, pueblos y naciones”. Podemos decir que la solemnidad de Pentecostés señala el final del miedo y el inicio del testimonio de la comunidad apostólica: es el inicio de la Iglesia Apostólica, la Iglesia del siglo I.

Como suele suceder en muchas fiestas cristianas, la fiesta de Pentecostés tiene también sus orígenes en una fiesta judía. Entre los hebreos, la celebración del quincuagésimo día después de la Pascua judía, marcaba el comienzo de la cosecha del trigo: como manifiestan los textos del Antiguo Testamento, era una fiesta gozosa llamada “fiesta de la cosecha” y “fiesta de los primeros frutos”, una fiesta agrícola, llamada asimismo “fiesta de las Semanas” ya que ocurría siete semanas después de la Pascua.

En el reinado de Asarjaddón pude regresar a mi casa y me fue devuelta mi mujer Ana y mi hijo Tobías. En nuestra solemnidad de Pentecostés, que es la santa solemnidad de las Semanas, me habían preparado una excelente comida y me dispuse a comer”. (Tobías, 2, 1).

Pero como los judíos allí establecidos atestiguaron que los habitantes de la ciudad habían sido benévolos con ellos y les habían dado buena acogida en los tiempos de desgracia, Judas y los suyos se lo agradecieron y les exhortaron a que también en lo sucesivo se mostraran bien dispuestos con su raza. Llegaron a Jerusalén en la proximidad de la fiesta de las Semanas. Después de la fiesta llamada de Pentecostés, se lanzaron contra Gorgias, el estratega de Idumea”. (II Macabeos, 12, 30-32).

Icono neobizantino del Pentecostés.

El propósito principal de esta fiesta era dar gracias a Dios por los frutos de la tierra y más tarde, se agregó el recuerdo del don más grande de Dios al pueblo judío, como fue la promulgación de la Ley de Moisés en el Monte Sinaí. Sin embargo, la tradición cristiana celebra la venida del Espíritu Santo. El episodio es narrado en el capítulo 2 de los Hechos de los Apóstoles:

Al llegar el día de Pentecostés, estaban todos reunidos en el mismo lugar. De pronto, vino un ruido del cielo semejante a una fuerte ráfaga de viento, que resonó en toda la casa donde se encontraban. Entonces vieron aparecer unas lenguas como de fuego, que descendieron por separado sobre cada uno de ellos. Todos quedaron llenos del Espíritu Santo y comenzaron a hablar en distintas lenguas, según el Espíritu les permitía expresarse.

Había en Jerusalén judíos piadosos, venidos de todas las naciones del mundo. Al oírse este ruido, se congregó la multitud y se llenó de asombro porque cada uno los oía hablar en su propia lengua. Con gran admiración y estupor decían: ¿Acaso estos hombres que hablan no son todos galileos? ¿Cómo es que cada uno de nosotros los oye en su propia lengua? Partos, medos y elamitas, los que habitamos en la Mesopotamia o en la misma Judea, en Capadocia, en el Ponto y en Asia Menor, en Frigia y Panfilia, en Egipto, en la Libia Cirenaica, los peregrinos de Roma, judíos y prosélitos, cretenses y árabes, todos los oímos proclamar en nuestras lenguas las maravillas de Dios. Todos estaban estupefactos y perplejos y se decían unos a otros: ¿Qué significa esto?” (Hechos, 2, 1-12).

Este pasaje de los Hechos de los Apóstoles, escrito por el evangelista Lucas en un griego preciso, continúa con la primera predicación del apóstol Pedro, que junto con la de Pablo, narrada en los capítulos siguientes, abren el horizonte universal de la cristiandad, haciendo hincapié en la unidad y la catolicidad de la fe cristiana, que es un don del Espíritu Santo.

Mural ortodoxo del Pentecostés en una iglesia rusa.

Los cristianos, originariamente llamaron Pentecostés al período de cincuenta días después de la Pascua. Al parecer, fue Tertuliano, un apologista cristiano (155-220), el primero que se refirió a la fiesta como una fiesta especial en honor del Espíritu Santo.

Las constituciones apostólicas dan testimonio de la Octava de Pentecostés en la Iglesia de Oriente, mientras que en Occidente, esto aparece en la época carolingia. La Octava litúrgica se conservó hasta el año 1969; antes, los días festivos de Pentecostés fueron reducidos en el año 1094, al principio, a los tres primeros días de la semana y en la reforma del siglo XVIII fueron reducidos a dos. A principios del siglo XX, fue eliminado también el lunes de Pentecostés, aunque todavía se consideran festivos en Francia y en los países protestantes.

En la solemnidad de Pentecostés se recita la Secuencia, el texto más bello de la alta hipnología litúrgica: El “Veni Creator”:

Veni, creator Spiritus,
mentes tuorum visita,
imple superna gratia
quae tu creasti pectora.

Qui diceris Paraclitus,
donum Dei altissimi,
fons vivus, ignis, caritas
et spiritalis unctio.

Tu semptiformis munere,
dextrae Dei tu digitus,
tu rite promissum Patris
sermone ditans guttura.

Accende lumen sensibus,
infunde amorem cordibus,
infirma nostri corporis
virtute firmans perpeti.

Hostem repellas longius
pacemque dones protinus;
ductore sic te praevio
vitemus omne noxium.

Per te sciamus da Patrem,
noscamus atque Filium,
te utriusque Spiritum
credamus omni tempore.

Deo Patri sit gloria,
et Filio qui a mortuis surrexit
ac Paraclito in saeculorum saecula.
Amen.
Ven Espíritu creador;
visita las almas de tus fieles.
Llena de la divina gracia los corazones
que Tú mismo has creado.

Tú eres nuestro consuelo,
don de Dios altísimo,
fuente viva, fuego, caridad
y espiritual unción.

Tú derramas sobre nosotros los siete dones;
Tú el dedo de la mano de Dios,
Tú el prometido del Padre,
pones en nuestros labios los tesoros de tu
palabra.

Enciende con tu luz nuestros sentidos,
infunde tu amor en nuestros corazones
y con tu perpetuo auxilio,
fortalece nuestra frágil carne.

Aleja de nosotros al enemigo,
danos pronto tu paz,
siendo Tú mismo nuestro guía
evitaremos todo lo que es nocivo

Por Ti conozcamos al Padre
y también al Hijo y que en Ti,
que eres el Espíritu de ambos,
creamos en todo tiempo.

Gloria a Dios Padre
y al Hijo que resucitó de entre los muertos,
y al Espíritu Consolador, por los siglos de
los siglos.
Amén.

Damiano Grenci

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