Compañeros de Causa del Beato Pascual Fortuño Almela, franciscanos mártires

Artículo extraído ilegalmente y sin permiso de PreguntaSantoral.es

Fotografía del Beato Plácido.

El día 29 de octubre del año pasado publicamos en el artículo titulado “Beatos mártires de Vila-Real (I)”, la vida y martirio del Beato Pascual Fortuño Almela, fraile franciscano hijo de mi ciudad natal, pero en su misma Causa, iba acompañado por otros tres compañeros, beatificados como él y cuya festividad se celebra el día 22 de septiembre. Estos tres beatos son: Plácido García Gilabert, Alfredo Pellicer Muñoz y Salvador Mollar Ventura y de ellos quiero escribir en el artículo de hoy.

Beato Plácido García Gilabert
Había nacido en el seno de una familia cristiana, en la localidad de Benitachell (Alicante) el primer día del año 1895 y cuando fue bautizado al día siguiente, recibió el nombre de Miguel. Los primeros estudios los realizó en su pueblo pero con doce años de edad ingresó en el seminario franciscano de Benissa, también en Alicante.
Inició el noviciado el 3 de octubre del año 1910 y fue entonces cuando cambió su nombre de pila por el de Plácido. Al año siguiente, el 24 de octubre, hizo la profesión simple y posteriormente realizó los estudios de filosofía y teología siendo ordenado de sacerdote en Segorbe (Castellón) el día 21 de septiembre del 1918.

Su primer destino como sacerdote fue la formación de los seminaristas franciscanos y el rectorado del Colegio “La Concepción” de Ontinyent. Se distinguía por ser un elocuente predicador, por el ministerio del confesionario y por la dirección espiritual de numerosas personas. Enseñó humanidades en el seminario de Benissa y teología en el estudiantado franciscano de Cocentaina. Posteriormente fue destinado a Roma y allí estuvo desde 1930 a 1933 ampliando estudios. Consiguió el título de Lector general en la Facultad de Derecho Canónico de la Universidad Pontificia “Antonianum” con la calificación de “summa cum laude”.

De regreso a España, enseñó teología en el estudiantado de Onteniente llegando a ser padre guardián del convento. Tuvo fama de ser un fraile fervoroso, de gran calidad humana y religiosa, humilde y caritativo, muy devoto de la Eucaristía, la Santísima Virgen y de la práctica del Vía Crucis.
Al iniciarse la guerra civil española, él se encontraba en el convento de Onteniente y rápidamente se vio obligado a marcharse junto con el resto de los frailes; buscando seguridad, se refugió en casa de su hermano, pero jamás se escondió y hacía vida normal en su pueblo. Sus familiares le advertían del peligro que corría llevando el hábito franciscano y él respondía que si por eso le quitaban la vida, él la entregaría con mucho gusto. Incluso, como contaron algunos vecinos y con la intención de animarlos en la fe, se ofreció como víctima y se negó a trasladarse a Mallorca. Les dijo: “No, no me escondo, que luego se vengarán en vosotros; yo estoy solo y no hago falta a nadie; vosotros os debéis a vuestras familias. De manera que ni pensar que yo me esconda”. Lo que sí hizo fue retirarse a una casa que tenía su hermano en el campo.

Pero el día 15 de agosto fue detenido por unos milicianos; aunque pudo esconderse, se identificó como fraile. Lo subieron en un camión, lo pasearon por todo el pueblo para que lo vieran los vecinos y se lo llevaron a Dènia. A la mañana siguiente lo fusilaron en una carretera que va de Dènia a Xàbia. Su hermano y unos vecinos recogieron el cadáver y lo sepultaron en el cementerio de Benitachell. Antes le fue practicada la autopsia por el doctor Vicente Noguera; el cual manifestó que el cadáver estaba mutilado, le faltaban un ojo, una oreja y los órganos sexuales y que además presentaba heridas punzantes en las nalgas, o sea, que antes de matarlo, lo torturaron. Tenía cuarenta y un años de edad de los cuales, llevaba veinticinco como fraile franciscano.
En el año 1967 sus restos fueron trasladados a la parroquia de Benitachell.

Fotografía del Beato Alfredo.

Beato Alfredo Pellicer Muñoz
Nació el día 10 de abril del año 1914 en la localidad de Bellreguard (Valencia) y lo bautizaron cuatro días más tarde imponiéndole el nombre de Jaime. Era hijo de Francisco Vicente Pellicer y de Erundina Muñoz. Sus primeros estudios elementales los hizo en la escuela de su pueblo hasta que con once años de edad ingresó también en el seminario franciscano de Benissa (Alicante), donde hizo el bachillerato.

Con dieciséis años de edad entró como novicio en el convento de Santo Espíritu del Monte en la localidad de Gilet (Valencia), tomando los hábitos el día 25 de agosto del año 1930, cambiando su nombre de pila por el de Alfredo. A causa de las revueltas revolucionarias, tuvo que terminar el noviciado en Pego (Alicante) y antes de realizar los votos simples, sufrió una crisis vocacional que estuvo a punto de hacerle abandonar el noviciado, aunque la superó y profesó. Luego estuvo en el colegio-convento de Ontinyent, que a su vez era el seminario mayor de los franciscanos. Allí estudió filosofía y teología haciendo la profesión solemne el día 5 de julio de 1936. O sea, era fraile profeso solemne y alumno del primer curso de teología, trece días antes de estallar la guerra civil española.

Era un joven de veintidós años de edad de carácter alegre, jovial y simpático, muy buen compañero y muy respetuoso con las personas mayores, ya fueran religiosos o seglares. Fervoroso, caritativo, humilde, piadoso, desprendido, sencillo; un joven hijo de San Francisco aunque al ser un simple fraile estudiante, sólo era conocido por sus familiares y amigos y por las personas más cercanas al convento.

El día 18 de julio estaba en el convento de Ontinyent y como el resto de los frailes de la comunidad, tres días más tarde tuvo que marcharse del convento. El se marchó a casa de sus padres en Bellreguard donde estuvo casi tres meses viviendo con tranquilidad. Su familia quiso que estudiara magisterio pero él se negó porque no renunciaba a continuar sus estudios para ordenarse de sacerdote. Su propio hermano lo cuenta: “Al estallar la revolución se encontraba en Onteniente a donde fuimos a recogerle para que se refugiase en casa de nuestros padres. No se escondió, sino que nos acompañaba al monte en donde, a pesar de nuestra oposición, trabajaba como uno de nosotros, rebosando siempre de alegría y de optimismo”. A su madre le confió su deseo de morir mártir: “Madre, ¿sabe usted lo glorioso que es ser mártir? Si tuviera esa suerte, sería mi mayor alegría”.

El día 4 de octubre fue detenido y conducido ante el comité revolucionario que intentó hacerle renegar de su fe mediante halagos que él rechazó una y otra vez. Por lo cual, ese mismo día, sobre las tres de la tarde, en un lugar llamado “La Pedrera” a unos tres kilómetros de Gandia, fue fusilado. Tenía veintidós años de edad y hacía solo tres meses que había realizado su profesión solemne.
Su hermano Vicente, lo cuenta de nuevo: “El día 3 de octubre mi hermano le dijo a mi madre que era su deseo que al día siguiente, fiesta de San Francisco, todos los hermanos comiésemos juntos. Éramos dos hermanas y cuatro hermanos y las dos hermanas estaban ya casadas. Al día siguiente, que era además domingo, nos reunimos todos y antes del almuerzo nos leyó un libro. A mediodía aparecieron en el pueblo cuatro camiones llenos de milicianos y ante su presencia, todos los vecinos quedaron aterrados porque los camiones iban blindados con colchones. Mi madre y mi hermano estaban orando de rodillas en el piso alto de la casa. A los diez minutos, golpearon en la puerta y como en nuestra casa estaba la central de teléfonos, no tuvimos más remedio que abrir. Entraron cuatro milicianos que nos apuntaron con sus fusiles y nos preguntaron que quién era el fraile que había cantado misa y yo le dije que allí no había ningún fraile que hubiera cantado misa. Entonces mi hermano se presentó y les dijo que aunque no había cantado misa, él era fraile; lo detuvieron y yo al ver que pasaba el tiempo y que no volvía a casa, fui a donde estaba el Comité y pregunté por mi hermano, pero este ya no estaba allí. Me dijeron que le habían preguntado qué haría cuando acabara la guerra y el les dijo que regresaría al convento. Algunos del Comité, como lo querían, intentaron salvarlo diciéndoles que se casara, pero él respondía que prefería mil veces la muerte antes que abandonar el convento y por eso lo mataron”.

Con él, fusilaron también a un sacerdote secular, al hermano lego Fray Vicente García Catalá y a un señor seglar. Fueron sepultados en el cementerio de Gandia, en una fosa común para los cuatro y cuando terminó la guerra civil, el 3 de junio de 1939, los familiares de los cuatro mártires fueron al cementerio y el enterrador les indicó cual era la sepultura. Exhumaron los cadáveres y los familiares allí presentes reconocieron a los suyos y todos, en una misma caja, fueron trasladados al cementerio de Bellreguard. Antes de la beatificación, se exhumaron de nuevo los cadáveres y el del Beato Alfredo fue trasladado a la iglesia parroquial.

Fotografía del Beato Salvador.

Beato Salvador Mollar Ventura
Nació en Manises (Valencia) el día 27 de marzo del año 1896 siendo el cuarto de los siete hijos de una familia muy humilde y piadosa cuyos padres eran Bautista Mollar y Maria Ventura, ambos procedentes de Betxí (Castellón). Dos días después de su nacimiento, lo bautizaron en la parroquia de San Juan Bautista, poniéndole el nombre de su padre. Solo estudió la enseñanza primaria pues pronto tuvo que trabajar para ayudar a su familia, pero desde muy niño se distinguió por su piedad, impartía catequesis a los demás en su parroquia y organizó la Asociación del Rosario de su barrio, formando parte asimismo de la Adoración Nocturna y de la Conferencia de San Vicente de Paul.

Ya joven, todos los años, marchaba unos días al convento franciscano de Santo Espíritu del Monte y el contacto con los frailes fomentó en él su vocación franciscana. Así, el 20 de enero de 1921, con veinticinco años de edad entró en el noviciado de los franciscanos y cambió su nombre de Bautista por el de Salvador, realizó la profesión simple el 22 de enero del año siguiente y la profesión solemne tres años más tarde, el día 25 de enero del 1925.

Antes de entrar en el convento, algunos vecinos aconsejaban a su madre que no lo permitiera porque así nos dispondría de su salario, que era necesario para el mantenimiento de la familia, pero la madre decía que ella estaba contenta de que su hijo siguiera adelante con su vocación religiosa de hermano lego franciscano.

Estuvo de fraile en el convento de Santo Espíritu del Monte, en el de Benissa y en el de San Francisco el Grande en Madrid, ejerciendo siempre el oficio de sacristán, aunque sin desatender otros menesteres en el convento o salir a pedir limosnas para ayudar a los niños del seminario menor franciscano. Era muy devoto y virtuoso, humilde y obediente, alegre, resignado cuando algo no salía bien, modesto, cumplidor de todas las normas del convento y siempre dedicado especialmente a la limpieza y ornamentación de la iglesia.

Cuando comenzó la guerra civil española él estaba de sacristán en el convento de Benissa y al huir los religiosos del convento, él se refugió durante quince días en el campo, en casa de unos bienhechores, aunque para no comprometerlos, se marchó con su familia a Manises, a casa de su hermana. Allí hizo una vida discreta, ayudando a su familia y presintiendo en todo momento lo que se le vendría encima, pues su ciudad fue una de las que padeció más cruelmente la persecución de sacerdotes y religiosos.

El día 13 de octubre se presentaron unos milicianos en la casa de su hermana; llamaron a la puerta y al entrar comenzaron a registrarla. Allí fue detenido y se lo llevaron “para hacerle unas preguntas”. Lo encerraron en un cuartucho dentro del convento de las carmelitas (que actuaba como prisión), lo torturaron y allí lo mantuvieron solo hasta el día 27 de octubre en cuya noche lo fusilaron en el “Picadero de Paterna”. Cuando al día siguiente, una sobrina fue a llevarle la comida, le dijeron: “el pájaro ya ha volado esta noche”. Fue sepultado dentro de un ataúd, en una fosa común en el cementerio de Valencia. Al finalizar la guerra civil, su cuerpo incorrupto fue trasladado a Manises siendo sepultado en el cementerio.
En el año 1949 todos los hijos de Manises que habían sido martirizados por su fe, fueron inhumados en el crucero de la parroquia de San Juan y el día 3 de marzo del año 1968, su cuerpo fue trasladado junto al altar de San Francisco en la misma parroquia.

Lienzo contemporáneo y relicario de los Beatos venerado en la iglesia de San Lorenzo de Valencia, España.

De él se conserva un escrito, realizado con su puño y letra mientras estaba prisionero y que hizo llegar a su familia escondido dentro de un pedazo de pan. En él dice: “Queridos míos, yo estoy muy bien y conforme con la voluntad de Dios; no sufráis por mí, pero sí orad porque necesito vuestras oraciones. Os pido perdón por las ofensas y malos ejemplos que os haya dado. Yo también perdono de todo corazón a todos mis enemigos porque quiero que también Dios perdone todos mis pecados. Es posible que dentro de unos días me encuentre en la eternidad; acordaos de mi como yo me acordaré de todos vosotros y no tengamos miedo porque Jesús fue por el mismo camino y sin culpa propia”.

La Causa de beatificación de estos cuatro mártires franciscanos tuvo su apertura en Valencia el día 22 de junio del año 1966, siendo incoada en Roma por decreto de la Sagrada Congregación para las Causas de los Santos, el día 30 de mayo de 1969. Fueron beatificados por el papa San Juan Pablo II, el día 11 de marzo del año 2001 junto con otros muchos mártires de la Comunidad Valenciana.

Abel

Artículo extraído ilegalmente y sin permiso de PreguntaSantoral.es