Rasalama, mártir protestante malgache

Artículo extraído ilegalmente y sin permiso de PreguntaSantoral.es

Grabado de Rasalama siendo ejecutada a lanzazos durante la persecución de Ranavalona I.

Grabado de Rasalama siendo ejecutada a lanzazos durante la persecución de Ranavalona I.

Siguiendo en nuestra línea de conmemorar el martirio de mujeres cristianas de todos los tiempos, hoy hablaré de Rasalama, una joven protestante oriunda de Madagascar que sufrió martirio por no renunciar a su fe cristiana. Aunque hubo muchos más mártires cristianos en esta isla del océano Índico debido a la persecución, ella tuvo el honor de ser la primera mujer mártir de la isla y la más conocida, porque aparte de su juventud, fueron los detalles de su martirio los que conmovieron a sus correligionarios, de suerte que siempre se la ha considerado mártir y se la ha conmemorado desde el mismo instante de su martirio.

Una joven conversa malgache
Se estima que Rasalama nació en torno al año 1810 y fue martirizada en 1837, por lo que tendría 27 años en el momento de su muerte. Nació en Madagascar, hija de padres que practicaban la religión tradicional de la isla, pero que se sintió atraída muy pronto por las predicaciones del pastor David Jones, de la London Missionary Society, quien había construido la primera iglesia cristiana en la capital de la isla -Merina- tres años después de su llegada, en 1824. La había construido de madera -pues era tabú para la mentalidad de los isleños el usar ladrillo o piedra- y podía albergar mil personas, y pronto, se vio superado en aforo, pues eran muchas las personas que acudían a oír el Evangelio de labios del pastor. Los servicios dominicales empezaban a las seis de la mañana y se extendían hasta el crepúsculo. De seis a ocho, el pastor atendía la escuela dominical para formar a los niños; de diez y media a once y media predicaba a los adultos, de doce a dos y media del mediodía se ocupaba de los jóvenes de hasta veinte años de edad; a las cuatro y media, iniciaba el servicio vespertino. El pastor, muy hábilmente, en lugar de introducir nuevos contenidos, repasaba en comunidad lo aprendido a lo largo del día y así catequizaba a los malgaches con gran efectividad. Tanto éxito tuvo con su arduo trabajo diario, que la gente se quedaba de pie escuchándolo e incluso permanecía en el exterior de la iglesia, al no caber todos dentro.

Pues bien, entre todos aquellos que acudían a catequesis y a oír sus predicaciones, estaba la joven Rasalama. De hecho, ella fue una de los primeros veinte conversos en ser bautizados en mayo de 1831, tras siete años de catequesis y asistencia a los servicios, así como de participar en la cena del Señor en Ambatonakanga, la primera iglesia, el 5 de junio de ese mismo año. Había aprendido a leer en la misión de Ambodin’Andohalo -cerca del palacio real- cuando su familia se había trasladado allí, al barrio de Manjakaray -a las afueras de la capital- y además, aceptó con gran alegría y fervor la palabra de Dios, ofreciendo una conversión sincera y devota.

Ranavalona I, reina de Madagascar. Perseguidora de los cristianos malgaches.

Ranavalona I, reina de Madagascar. Perseguidora de los cristianos malgaches.

La persecución de Ranavalona
Sin embargo, la calma duraría poco: tras la muerte del rey de Madagascar, Radama I, fue una de sus esposas la que ascendió al trono, la reina Ranavalona I. Esta monarca malgache fue descrita por sus contemporáneos como una mujer ambiciosa y cruel, que con astucia y mediante asesinatos políticos, se había quitado de encima a todos sus opositores y había arrebatado el trono al legítimo heredero, el príncipe Rakotobe, sobrino de Radama. Profundamente partidaria de la religión tradicional malgache y viendo con malos ojos el éxito del cristianismo, inició también una sanguinaria persecución. Durante su reinado, casi la mitad de sus súbditos murieron torturados en su intento de aniquilar el cristianismo, por ello, ha sido llamada con epítetos tan sangrantes como “la Calígula femenina”, “la moderna Mesalina”, “la María Sanguinaria de Madagascar”, entre otros como “reina loca” o “reina demente” o, directamente, “la reina chiflada”. Se ha calculado que nada menos que 150.000 cristianos murieron bajo su gobierno, pues en 1835 organizó un ejército para perseguirlos, mandando matar a todo el que llevara una Biblia o profesara el cristianismo en público, después de haberlos torturado con calderos de aceite hirviendo.

Precisamente el joven príncipe Rakotobe, destronado por Ranavalona, había sido el primer alumno de David Jones en 1820. Fue capturado y desterrado por su fe cristiana, pero los guardias encargados de custodiarle se convertirían en sus verdugos, alanceándolo hasta la muerte delante de su recién excavada tumba. Murió confesando a Jesucristo y afirmando que había abrazado su religión de forma sincera y voluntaria. A partir de ese momento, la persecución se recrudeció y todo aquel que no lograba escapar, era capturado y aherrojado en prisión.

Esclavizada y condenada a muerte
El 22 de julio de 1837, Rasalama, junto con otros nueve compañeros, fue arrestada por ser cristiana y encarcelada. Pocos días después se les comunicó que habían sido desposeídos de sus bienes, propiedades e incluso de su libertad, y después fueron vendidos todos como esclavos. A Rasalama la vendieron a un pariente suyo, un alto oficial de carácter salvaje. La joven soportó con paciencia los tratos inhumanos a los que su amo la sometía, pues a menudo la golpeaba y la encadenaba para que se retractase de su fe cristiana, y la hacía trabajar como a una bestia.

Hasta que un día, Rasalama se negó a trabajar y por más que la golpeaba y la castigaba, el oficial no lograba hacer que le obedeciera. La joven afirmó que no trabajaría en domingo, pues el domingo es el día del Señor y su fe se lo prohibía. Al confesar su fe cristiana y reafirmarse en ella, el amo montó en cólera y volvió a maltratarla, a cargarla de hierros y a amenazarla, pero nada pudo quebrantar la voluntad de Rasalama. A las acusaciones de deslealtad formuladas por él, diciendo que al comportarse así se rebelaba contra las órdenes dictadas por la reina, la muchacha respondió: “Si tanto es lo que debemos a un soberano mortal, ¿cuánta más obediencia deberemos, pues, rendir a la autoridad del Supremo Señor de todos?” Cuando el oficial comunicó a la reina lo que la esclava había dicho, la soberana montó en cólera y la condenó a muerte por rebeldía.

Grabado de la ejecución de Rasalama, los perros salvajes esperando para devorar su cuerpo.

Grabado de la ejecución de Rasalama, los perros salvajes esperando para devorar su cuerpo.

Antes de su martirio, Rasalama pudo escribir una valiente carta a uno de los misioneros que la habían educado, dando testimonio de su espiritualidad: “Esto es lo que pido de todo corazón a Dios: que yo pueda tener la fuerza necesaria para seguir a Jesús cuando dice: “Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz y sígame”. Por tanto, yo no considero que mi vida sea algo que valga la pena como para impedirme finalizar mi carrera, es decir, el servicio que he recibido del Señor Jesús. No penséis, misioneros, que vuestro trabajo por Dios aquí en Madagascar, ha sido o será inútil. ¡No! Ése no es, ni puede ser, el caso, pues con la bendición de Nuestro Señor, vuestro trabajo tendrá éxito”. Luego, finalizó su carta recordando las palabras de la Escritura: “Preciosa a los ojos del Señor es la muerte de Sus Santos”.

Martirio de Rasalama
El 14 de agosto la sacaron, pues, del hogar de Ramiandrivola y fue colocada en el omby fohy, un particular dispositivo de encadenamiento diseñado para provocar un intenso sufrimiento. Consistía en colocar aros de hierro alrededor de los pies, manos, rodillas y cuello, y juntar todos estos mediante barras de hierro estrechamente unidas; forzando el cuerpo a doblarse de una forma espantosa para mantener juntas las articulaciones aherrojadas; y una vez retorcido el cuerpo en esta horrorosa posición, era “empaquetado” dentro de una estrecha caja de metal. Es imposible imaginar los intensos dolores que debió sufrir Rasalama, pues fue abandonada así una noche entera, en continua tortura. A la mañana siguiente, la sacaron sólo para llevarla al lugar de su ejecución.

Grabado de la ejecución de Rasalama a las órdenes de la reina Ranavalona I.

Grabado de la ejecución de Rasalama a las órdenes de la reina Ranavalona I.

La muchedumbre que había acudido a presenciar el martirio quedó admirada al ver la actitud de la joven: marchaba hacia su muerte con el rostro iluminado de alegría, cantando himnos en voz alta. No pudiendo explicarse que, después de una noche de brutal sufrimiento, no se hubiera acobardado en absoluto; las gentes concluyeron que estaba bajo el influjo de algún hechizo transmitido por los misioneros que la habían “embrujado”. Mientras era llevada al suplicio, pasó al lado de la iglesia donde había sido convertida, instruida y bautizada, y viéndola exclamó: “¡Aquí oí la palabra del Salvador!” Fue llevada más allá de la residencia del primer ministro y el palacio de la reina, cerca de un kilómetro, hasta la cumbre de una colina en el extremo norte de la ciudad, con vistas a un gran panorama de aldeas, campos y cadenas montañosas al horizonte. Sin embargo, el lugar de la ejecución estaba desierto y expuesto, un lugar evitado y temido, al ser refugio de perros salvajes.

Al llegar a este lugar, ella pidió que le concediesen unos instantes de oración, cosa que le permitieron. Se hincó serenamente de rodillas, encomendó su espíritu al Señor y rezó por aquellos que la habían tratado cruelmente. Todavía estaba en oración cuando sus verdugos, tres o cuatro, se colocaron detrás de ella y le hundieron repetidamente sus lanzas en el cuerpo, atravesándola por la espalda y alcanzando el corazón a través de las costillas. Viendo cómo era cruelmente alanceada hasta morir y, aún así, se mantenía serena y sonriente, Rafaralalry, un joven que había sido el único en atreverse a acompañarla hasta el lugar de su muerte, exclamó: “¡Si pudiera tener una muerte así de tranquila y feliz, yo tampoco dudaría en morir por el Salvador!” Poco tiempo después, él también moriría mártir en aquel mismo lugar.

Se solicitó permiso a la reina para poder dar una digna sepultura al cuerpo de Rasalama, pero ésta lo rechazó, de modo que el cadáver de la joven fue abandonado en aquella misma colina para ser devorado por los perros salvajes.

Memoria de la mártir
El nombre de Rasalama, en idioma malgache, significa “paz, salud, felicidad”, nombre que resultó profético para sus hermanos en la fe, diciendo que ella “entró en la paz que sobrepasa a todo entendimiento”. Su martirio causó una viva impresión en sus compatriotas y también en los protestantes británicos, que fueron quienes la dieron a conocer al mundo mediante publicaciones y relatos. Alzaron una iglesia conmemorativa en el mismo lugar del martirio; y también se la honró con una placa a su memoria en la capilla Brunswick de Bristol (Reino Unido).

"La mártir Rasalama", grabado impreso en el Archivo Internacional de Misiones, 1883.

“La mártir Rasalama”, grabado impreso en el Archivo Internacional de Misiones, 1883.

Cuando se cumplió el centenario de su martirio, se realizaron grandes celebraciones para conmemorar el sacrificio de Rasalama. Hubo grandes celebraciones litúrgicas, la primera de ellas en Manjakaray, frente a la casa donde vivió y donde fue arrestada; la segunda, en el lugar donde fue encarcelada y encadenada; y la última en el lugar de su muerte. Incluso el Gobierno malgache dio especiales permisos para que las misas pudieran celebrarse al aire libre, ya que sólo estaban permitidas en recintos autorizados. Al mismo tiempo, otras celebraciones similares tuvieron lugar en otros puntos de la isla, de suerte que la comunidad cristiana malgache se vio fortalecida y reafirmada en su fe, hasta día de hoy.

Meldelen

Enlaces consultados (25/08/2013):
http://www.dacb.org/stories/madagascar/rasalama_raf.html
http://www.themillennialkingdom.org.uk/MadagascarsGirlMartyr.htm

Artículo extraído ilegalmente y sin permiso de PreguntaSantoral.es

Margaret Wilson y Margaret McLachlan, mártires presbiterianas escocesas

Artículo extraído ilegalmente y sin permiso de PreguntaSantoral.es

"La Mártir de Solway", lienzo de sir John Everett Millais (1871) que representa a Margaret Wilson. Walker Gallery de Liverpool, Reino Unido.

“La Mártir de Solway”, lienzo de sir John Everett Millais (1871) que representa a Margaret Wilson. Walker Gallery de Liverpool, Reino Unido.

Hace ya un tiempo quien os escribe mostró la intención no sólo de honrar la memoria de las mártires cristianas antiguas, católicas y ortodoxas, sino también protestantes. Se dio inicio a esta serie con la célebre predicadora inglesa Anne Askew. Hoy hablaremos también de tres mujeres excelentes, pertenecientes a la rama protestante del presbiterianismo, que tiene sus raíces doctrinales en el calvinismo y que tuvo origen institucional en la Reforma protestante de Escocia, liderada por John Knox. Al igual que ocurrió con las demás ramas del protestantismo, sufrió persecuciones religiosas por parte de las autoridades anglicanas.

Entre todas las persecuciones de los presbiterianos, uno de los episodios más brutales y mejor documentados es el del 11 de mayo de 1685, cuando tuvo lugar la ejecución de dos mujeres cerca de Wigtown, en el suroeste de Escocia. Eran seguidoras de James Renwick, predicador presbiteriano, por lo que de acuerdo con las enseñanzas de su maestro se negaron a renunciar a su fe. El crimen por el cual merecieron la muerte fue negarse a jurar al rey inglés, Jacobo VII, como cabeza de la Iglesia -según la doctrina anglicana, aunque él, curiosamente, era católico romano- confesando únicamente a Cristo como tal, según la doctrina presbiteriana.

Dos jóvenes Covenanters
Una de ellas fue Margaret Wilson, de tan sólo dieciocho años de edad, había nacido la granja de Glenvernoch. Ella y su hermana Agnes, que aún no había cumplido los trece, eran hijas de Gilbert Wilson, arrendatario de Glenvernoch en la parroquia de Penninghame (Wigtownshire), que pertenecía a otra rama del protestantismo: era episcopalista. Sus hijas, empero, rehusaron el credo de sus padres junto con su hermano Tom, de dieciséis años. Los tres muchachos, por tanto, eran miembros del movimiento Covenanter (palabra que podría traducirse como “La Alianza” o “aquellos que siguen un pacto”), organización que buscaba salvaguardar la Reforma protestante de Escocia, promoviendo la organización eclesial presbiteriana en contra de la política episcopalista, que era controlada por obispos escoceses leales a la Corona inglesa. Este conflicto condujo al estallido de la Guerra de los Tres Reinos y al fin de la monarquía en Escocia, pero cuando ésta fue restaurada de nuevo en 1660, los Covenanters fueron declarados traidores y se restableció de nuevo la política episcopalista.

Monumento victoriano en memoria a Margaret y Agnes Wilson. Cementerio de Stirling Castle, Escocia.

Monumento victoriano en memoria a Margaret y Agnes Wilson. Cementerio de Stirling Castle, Escocia.

En medio de una búsqueda y captura de todos los leales al movimiento presbiteriano, las dos chicas cayeron en manos de los perseguidores y fueron encarceladas. A su liberación, abandonaron el distrito y erraron por Carrick, Galloway y Nithsdale con su hermano y otros miembros de los Convenanters. Perseguidos e ilegalizados como estaban, habitaron en salvajes montañas, ciénagas y cuevas, ya que no podían recibir ayuda de nadie. Sus padres hubieron de resignarse a no tenerlos en casa, a no alimentarles ni hablarles, y mucho menos verles, pues incluso los campesinos estaban obligados a perseguirlos, lo mismo que la soldadesca. Además, se vieron obligados a dar alojamiento a más de cien soldados, les impusieron fuertes multas y comisiones que implicaban viajes semanales a caballos de varias millas, que se mantuvieron durante tres años.

A la muerte del rey Carlos hubo un apaciguamiento de la persecución, y las dos pudieron volver a Wigtown, aunque su hermano Tom permaneció en las colinas con el resto de los Covenanters. En febrero del año 1685 dejaron las nieves de las montañas y acudieron a visitar secretamente a sus amigos. Así cayeron en manos del traidor que las entregó a las autoridades; precisamente un conocido, Patrick Stuart. Ocurrió durante un encuentro casual en el que Stuart les propuso beber a la salud del rey, y ellas se negaron modestamente a ello. De inmediato, sospechando de ellas, acudió a denunciarlas y trajo consigo una partida de soldados que las capturaron. Fueron arrojadas al “agujero de los ladrones” (thieves hole) una especie de pozo y, habiendo pasado allí un tiempo, fueron trasladadas a la prisión, donde coincidieron, al domingo siguiente, con la viuda Margaret McLachlan [1].

Una anciana venerable
Era ésta una mujer de sabiduría extraordinaria, discreción y prudencia, y que llevaba a sus espaldas años de singular piedad y devoción: nunca pronunció juramento ni blasfemia alguna, ni dejó de atender a lo que ella consideraba sus deberes (asistir a los oficios de los ministros presbiterianos, unirse en oración con amigos y conocidos, y atender a éstos en sus necesidades), incluso estando perseguida. Se la acusaba sin embargo de soliviantar a las personas y provocar su rebelión.

Estuvo muy presionada por los perseguidores hasta que un día, mientras ella y su familia estaban puestos de rodillas en oración, llegó una partida de soldados al hogar, la arrestaron y la encarcelaron. Difícilmente se le concedían visitas en la cárcel, y no se le permitía ni tan sólo encender un fuego ni tener una cama decente, pese a que era ya una anciana de sesenta y tres años de edad. Tampoco disponía de luz que le permitiera leer. Conservamos un testimonio de Patrick Walker, vendedor ambulante, que dijo de ella: “Sus íntimos me dijeron que era una cristiana de profunda devoción mantenida a lo largo de toda su vida, con grandes logros y experiencias en esta devoción”. Todo el historial de esta mujer podría resumirse en una única frase: “Llena de fe hasta la muerte”.

"Mártir cristiana", lienzo de Evelyn De Morgan (1888) que representa a Margaret Wilson. De Morgan Centre, Londres, Reino Unido.

“Mártir cristiana”, lienzo de Evelyn De Morgan (1888) que representa a Margaret Wilson. De Morgan Centre, Londres, Reino Unido.

Juicio y sentencia
En el tribunal de Wigtown celebrado el 13 de abril de 1685, las tres prisioneras – Margaret y Agnes Wilson, y Margaret McLachlan- fueron acusadas de “instigar a la rebelión en Bothwellbridge y Ayr’s Mors, y acudir a veinte asambleas campestres”, es decir, hacer participado en los levantamientos campesinos en contra de la Corona, y además en un tiempo en que las asambleas estaban prohibidas. Sin embargo, la acusación era falsa, ya que realmente ninguna de ellas había estado jamás a menos de varias millas de los citados lugares. Además, en el momento en que se dieron dichos levantamientos de campesinos, Agnes Wilson tenía ocho años y Margaret doce o trece, por lo que era imposible que hubieran podido participar en ellos.

Junto a ellas había una cuarta prisionera, una criada de 20 años de edad llamada Margaret Maxwell, acusada también de deslealtad a la Corona debido a su fe presbiteriana, quien fue sentenciada a ser azotada públicamente por las calles de la ciudad durante tres días sucesivos, de los cuales, una hora la pasaría amarrada al cepo. El mismo Patrick Walker dijo que, cuando ésta llegó a la vejez y tuvo ocasión de hablar con ella acerca de esos días, le contó su experiencia: “Yo estaba entonces prisionera con ellas y creía en lo mismo que ellas, pero ordenaron que me flagelaran por toda la ciudad a manos del verdugo local durante tres días, y luego, a permanecer una hora en el cepo. Fue tanta la crueldad con que esto se hizo, que todo aquel que no mostraba cualquier signo de humanidad hacia mí no podía permanecer pasivo, sino mostrar su rechazo a tal barbarie. Los tres días que fui atormentada y expuesta, nadie se atrevió a abrir puertas y ventanas en la ciudad, y no vi a ningún niño mirando. Los oficiales y el verdugo se preguntaron si no deberían acaso acortarme la hora en el cepo. ¡No!, les dije, ¡dejad que el reloj marche! No estaba cansada ni arrepentida. El verdugo fue muy tierno conmigo.”

Cuando se instó a Margaret McLachlan, Margaret y Agnes Wilson a jurar su lealtad al rey, reconociéndolo como cabeza de la Iglesia, lo rechazaron; por lo que los jurados las hallaron culpables y la sentencia, enunciada por el oficial local Grierson de Lag, fue que “aquel mismo día 11, las tres debían ser atadas a estacas fijadas en la orilla de las aguas de Blednech, cerca de Wigtown, donde el mar fluye con gran marea, para ser ahogadas. Se les dijo que debían escuchar la sentencia de rodillas, y como ellas se negaron a arrodillarse, las arrodillaron brutalmente, por la fuerza. La sentencia tenía su origen unas semanas antes del encarcelamiento. El Privy Council había reglamentado que, mientras un hombre no renegara de la Declaración de James Renwick, debía ser colgado, y una mujer que “hubiera sido activa en dichos cursos de un modo significativo” debía morir ahogada en un lago, alcantarilla o mar. Todo ello, simplemente por ser seguidoras de un predicador presbiteriano que no reconocía al rey inglés como cabeza de la Iglesia, sino a Cristo.

Grabado de la ejecución por ahogamiento de las protestantes Margaret McLahan y Margaret Wilson.

Grabado de la ejecución por ahogamiento de las protestantes Margaret McLahan y Margaret Wilson.

Gilbert Wilson, cuando supo que sus dos hijas habían sido condenadas a muerte, se puso en acción para tratar de salvarlas. Consiguió pagar por su hija menor, Agnes; con una fianza de cien libras escocesas, por lo que la niña fue puesta en libertad. Sin embargo, el dinero ya no le alcanzaba para redimir a su hija mayor, por lo que cabalgó hasta Edimburgo para tratar de salvar a Margaret; pero, para cuando volvió, ya era demasiado tarde. El padre moriría en la más absoluta pobreza y su viuda fue mantenida por sus amigos. Cuando Tom, el hermano mayor, regresó del servicio militar en las tropas de William de Orange, no había ya hogar al que regresar.

Martirio
Las dos Margaret, joven y anciana, fueron sacadas de Wigtown con gran acompañamiento de gran multitud de espectadores. El alcalde Windram mandó que fueran escoltadas con algunos soldados. La estaca de la anciana estaba situada en una zona más adelantada que la de la joven, de modo que McLachlan fue ejecutada primero, para aterrorizar a Wilson y lograr que accediera a abjurar y aceptar las condiciones que le requerían. Sin embargo, la joven se aferró a sus principios con inamovible firmeza.

No se conserva ninguna palabra de McLachlan, quien estaba ya enferma del corazón y desencantada con la crueldad y locura de aquel proceso, por lo que se retrotrajo a sí misma y calló, no respondiendo a acusaciones, insultos e imprecaciones, mientras era atada a la estaca en la bahía de Wigtown. Tampoco dijo nada cuando la marea empezó a cubrir su cuerpo. “¡No hace falta que esa maldita puta vieja hable!”, gritó el populacho brutalmente, molesto ante su silencio, “¡Que se vaya al infierno!”

"Martyrs of Wigtown", ilustración del artista  contemporáneo Sav Scatola. Fuente: http://savscatola.blogspot.com.es/

“Martyrs of Wigtown”, ilustración del artista contemporáneo Sav Scatola. Fuente: http://savscatola.blogspot.com.es/

Sin embargo, sí que conservamos las palabras de la joven Margaret Wilson, estremecedoras e inolvidables. Cuando el agua ya cubría por completo a la anciana Margaret McLachlan, alguien preguntó a la joven, no sin cierta crueldad: “¿Qué piensas de ella ahora que la ves ahí?” Margaret Wilson respondió con voz clara y alta: “¿Que qué pienso? No veo a otro sino al propio Cristo, personificado en ella, luchando ahí. ¿Piensas que somos víctimas? No, es Cristo quien está con nosotras, y él no envía represalias a los condenados por su causa”.

Cuando le tocó el turno y fue atada a la estaca, entonó el Salmo 23 desde el séptimo versículo [2], y leyó el octavo capítulo de la epístola de San Pablo a los Romanos [3] con gran alegría. Luego permaneció rezando en voz alta mientras el agua la cubría. No dejaron, sin embargo, que se ahogara por completo, sino que la sacaron un momento, la reanimaron y, cuando pudo hablar, por orden del alcalde Windram se le preguntó si rezaría por el rey, “pues él está por encima de todas las personas y causas, tanto eclesiásticas como civiles”. Pero Margaret, como miembro Covenanter que era, no podía jurar al rey, quien negaba a Cristo como cabeza de la Iglesia y eso, según sus preceptos, era blasfemia. Respondió pues: “Deseo la salvación de todos los hombres, y que ninguno sea condenado”.

La hundieron bajo el agua durante un instante, hasta casi ahogarla; y luego la volvieron a sacar. El espectáculo era tan horrendo y el sufrimiento de la joven tan acusado que un espectador, profundamente conmovido, suplicó sollozante: “Querida Margaret, di “Dios salve al Rey”, ¡di “Dios salve al Rey!” Ella, empero, respondió con la mayor firmeza y compostura de que fue capaz: “Que Dios lo salve, si así lo quiere, pues es su salvación lo que yo deseo”. Sus allegados, deseando salvarla, llamaron al alcalde Windram y le dijeron: “Señor, ella lo ha dicho, ¡lo ha dicho!”. El alcalde se acercó a ella y le ofreció de nuevo el juramento, dándole la elección de cumplirlo, o de ser de nuevo sumergida en el mar. Ella repitió de nuevo, refiriéndose al rey: “Señor, dale arrepentimiento, perdón y salvación si es Tu santo deseo”.

En este punto perdió la paciencia el oficial Grierson de Lag, quien, en un arranque de ira, gritó: “¡Condenada zorra! No queremos tus oraciones. ¡Acepta el juramento!” Margaret lo rechazó deliberadamente, diciendo: “¡No, no, nada de juramentos blasfemos para mí! No lo haré, soy una de las hijas de Cristo, ¡dejadme marchar!”. Fueron sus últimas palabras, porque entonces De Lag, sin más, pisó la cabeza de Margaret con su bota, hundiéndola bajo la espuma del mar, mientras decía sarcásticamente: “¡Pues entonces bebe un poco más, puta!”. Y así la mantuvo hasta ahogarla, por ser miembro de la Iglesia Libre -como ellos llamaban a su movimiento- y por rehusar reconocer la establecida Iglesia de Escocia. Los testigos describieron cómo su cabellera pelirroja flotaba alrededor de su cabeza como una aureola en el agua clara.

Escultura de Margaret Wilson, obra de Charles Bell Birch (1898). Knox College, Universidad de Toronto (Canadá).

Escultura de Margaret Wilson, obra de Charles Bell Birch (1898). Knox College, Universidad de Toronto (Canadá).

Mártires de Wigtown
Desde el mismo instante de su horrenda ejecución, Margaret McLachlan y Margaret Wilson fueron consideradas mártires por sus correligionarios. Los cuerpos ahogados de ambas, sacados del mar donde habían perecido, fueron enterrados en el cementerio viejo de Wigtown, donde permanecen hasta hoy en día, a tan sólo unas yardas del lugar de su ejecución.

Patrick Stuart, el delator por cuya intervención habían sido arrestadas las dos hermanas Wilson, pasó a ser tenido por infame y de execrable memoria. Uno de sus descendientes, a raíz de un altercado relacionado con ello, afirmó: “No me gusta haber tenido por antepasado a quien traicionó a las mártires, hubiera querido ser como los demás”.

En cuanto a Grierson De Lag, quien había insultado y atormentado a Wilson en su ejecución, fue visto años después, ya anciano, vagando por las calles de Wigtown y afligido con gran pena, mientras llevaba en manos un jarro de agua. Los lugareños estaban convencidos de que había perdido el juicio, y de que estaba recibiendo el castigo divino por haber ahogado a la joven Margaret. Ambas, las dos Margarets, pasaron a ser recordadas como “las mártires de Wigtown”. Es importante hacer notar, sin embargo, que hubo otros mártires, varones, que están enterrados junto a ellas, pero que de acuerdo a la ley murieron ahorcados, no ahogados.

Desde muy pronto se compusieron himnos, poemas y obras literarias y artísticas para conmemorar el sacrificio de estas dos mujeres por sus ideas religiosas. Pero incluso esta memoria no estuvo exenta de polémica. En 1992, se retiró del colegio presbiteriano de Canadá una estatua de Margaret Wilson (imagen que hemos visto más arriba) que había estado allí desde 1938. La mártir aparecía atada a la estaca y desnuda de cintura para arriba, lo que ocasionó protestas porque, según se decía, incitaba a la violencia contra las mujeres. Sin embargo, después de cuatro años de disputas, la estatua fue devuelta a su lugar y se colocó a sus pies una placa que explicaba quién había sido ella, para que no hubiese lugar a confusión.

En el año 2000 se examinó por rayos X el célebre cuadro de Sir John Everet Millais que representa a Margaret Wilson, titulado “La Mártir de Solway” (imagen que encabeza este artículo). El estudio revela que en origen la joven fue pintada semidesnuda, al igual que la escultura de Canadá, como parece que fue ejecutada. Pero quien encargó el cuadro, George Holt, magnate de los navíos de Liverpool, era un ferviente puritano y protestó contra aquello, obligando al pintor a añadirle la blusa rosa. Dicho cuadro permanece actualmente en la Walker Art Gallery de Liverpool. Por lo visto, aunque parece que al menos Wilson fue desnudada de cintura para arriba en su ejecución para añadir el componente de humillación al sufrimiento de su muerte, no han faltado reproches y reparos de tipo puritano en este aspecto, por lo que la mayoría de obras, si no por fidelidad histórica, al menos por respeto, representan a las dos mártires vestidas.

Vista de la tumba de los Mártires de Wigtown, Escocia. La lápida grande rectangular corresponde a Margaret Wilson, y la blanca pequeña a la derecha, a Margaret McLachlan.

Vista de la tumba de los Mártires de Wigtown, Escocia. La lápida grande rectangular corresponde a Margaret Wilson, y la blanca pequeña a la derecha, a Margaret McLachlan.

Como decía, en memoria de las mártires McLachlan y Wilson se han realizado muchas obras literarias y artísticas. No me resisto a poner este bello himno de Harriet Stuart Menteath, titulado “Las Mártires de Wigtown”, del cual he realizado una traducción aproximada del inglés:

“Mucho habían amado, como los cristianos aman,
Aquellas dos cercanas a morir,
Y cada una saludaba a la otra
Con lágrimas silenciosas.

La matrona lloraba la joven vida
Que debía cesar en tan poco tiempo;
La doncella, que esa honorable cabeza
No iba a poder marchar en paz.

Pero pronto, oh, pronto, habrá terminado
El cobarde pensó y negocia
Cada una, humilde, agradecida,
Se mira en el rostro de la otra:

– Madre, Él rige el mar proceloso
Con todas sus salvajes aguas.
– Todas las aguas son Su Voz
De amor hacia ti, mi niña.”

Meldelen


[1] En realidad, su auténtico apellido era Lauchlinson, McLachlan es simplemente la versión en inglés del mismo.
[2] “El Señor es mi pastor, nada me falta”.
[3] “Por consiguiente, ninguna condenación pesa ya sobre los que están en Cristo Jesús”.

Artículo extraído ilegalmente y sin permiso de PreguntaSantoral.es

Anne Askew (1521-1546): poetisa, predicadora, mártir protestante

Artículo extraído ilegalmente y sin permiso de PreguntaSantoral.es

Portada impresa de la First Examination de Anne Askew, donde aparece representada como una mártir de la Antigüedad. Nótese la tiara papal que corona la cabeza de la bestia que pisa.

Portada impresa de la First Examination de Anne Askew, donde aparece representada como una mártir de la Antigüedad. Nótese la tiara papal que corona la cabeza de la bestia que pisa.

A lo largo de los dos años y más que llevamos trabajando en este blog, esta servidora ha tratado de honrar la memoria de las mujeres que dieron su vida por la fe. Así, se ha hablado de mártires de la Antigüedad, de mártires católicas y de mártires ortodoxas. Pero quedaba otra rama de mujeres cristianas a las que honrar y así, hoy, doy inicio a lo que será una serie de artículos con los que pretendo honrar también la memoria de aquellas mujeres que también dieron su vida por la fe cristiana, pero desde la rama del protestantismo y en el conflictivo panorama de las guerras de religión en la Edad Moderna.

No es fácil abordar este tema desde un blog católico y estoy segura de que encontraremos puntos de conflicto y de desacuerdo con los planteamientos y pensamientos que veremos expuestos aquí. Pero sería hipócrita por mi parte decir que pretendo honrar a las mártires cristianas de todos los tiempos -que es lo que pretendo- y olvidar a la gran cantidad de mujeres protestantes que se vieron envueltas en la persecución y el conflicto de las guerras de religión europeas. Aun cuando podamos disentir en algunos planteamientos y siempre sea duro mirarse al espejo y admitir que unos y otros somos culpables de la sangre vertida en el nombre del Señor; no podemos, en pleno siglo XXI, dar la espalda a esa realidad y eludir admitir los errores del pasado. Sólo así podremos mirar hacia el futuro y construir un nuevo mundo en que los cristianos, unidos en nuestra diversidad, aprendamos del pasado para no volver a errar en el futuro.

La mujer de quien me propongo hablar hoy es quizá uno de los casos más sorprendentes y admirables de fortaleza y convicción frente a la adversidad. Poetisa, predicadora y mártir, Anne Askew es el ejemplo perfecto de una mujer culta, formada y de principios inamovibles, que condenada a muerte por sus ideas religiosas, rehusó implicar a otros y; sometida a tortura, no delató a quienes eran sus discípulos, benefactores y colaboradores; entre quienes estaba la misma reina de Inglaterra. Con ello, al tiempo que condenaba su vida, salvaba la de los demás.

Tiempos convulsos
Anne Askew (nacida Anne Ayscough) nació en 1521 en South Kelsey, Lincolnshire (Inglaterra). Era hija de sir William Askew de Stallingborough, miembro de la alta burguesía, rico propietario de tierras y caballero en la corte del rey Enrique VIII. Su madre, Elizabeth Askew (nacida Wrottesley) murió cuando Anne era muy joven. Poco tiempo después, el padre de Anne se casó con Elizabeth Hutton, de modo que ella y sus hermanos y hermanas fueron criados por su madrastra.

Grabado decimonónico de Anne Askew por los Illman Brothers, representándola como una dama victoriana romántica. Copyright: Hades Muse.

Grabado decimonónico de Anne Askew por los Illman Brothers, representándola como una dama victoriana romántica. Copyright: Hades Muse.

Anne tuvo una buena infancia y recibió una buena educación, ya que se le permitía asistir a las lecciones destinadas a sus hermanos varones, que les eran impartidas en el hogar. Trabajadora e inteligente, lectora ávida, pronto demostró una sorprendente habilidad para los estudios bíblicos, ya que era capaz de memorizar pasajes enteros de las Sagradas Escrituras.
Las primeras Biblias conocidas en inglés -hasta ese momento sólo habían existido en latín- se imprimieron cuando ella tenía unos 5 años. Después que llegaron a Inglaterra y tras leer y estudiar mucho las Sagradas Escrituras, Anne optó libremente por aceptar los principios de la Reforma, convirtiéndose, más tarde, en una fervorosa protestante.

Su vida coincidió con la Reforma Anglicana. En 1533, el rey Enrique VIII se divorció de su esposa, Catalina de Aragón, y se casó con Ana Bolena. En 1534, se declaró a sí mismo cabeza de la Iglesia Anglicana. Dos años después, en 1536, la familia Askew se vio implicada en la Reforma Anglicana cuando sir William se desplazó a Louth para sofocar una revuelta católica contra la disolución de los monasterios. En lugar de ello, fue hecho prisionero por los rebeldes y obligado a representarlos.

Ese mismo año, Martha Askew, hermana de Anne, enfermó y murió. Estaba prometida a Thomas Kyme, católico, rico propietario de tierras local aunque de estatus inferior a los Askew, y sir William, para no perder aquella conexión tan lucrativa, obligó a Anne a casarse con Kyme. Sólo tenía 15 años de edad y aquello fue en contra de su voluntad.

No fue un matrimonio feliz, pero se cree que tuvieron dos hijos, uno de ellos llamado William, como su abuelo. Anne no era lo que la época exigía ser a toda esposa: sumisa, obediente y reverente con su marido. Tenía un fuerte carácter y sus propias ideas y convicciones, que defendía a capa y espada. Eso sería determinante en su vida y destino.

La predicadora
En 1536, bajo la influencia de Thomas Cromwell, el rey Enrique VIII determinó que cada parroquia en Inglaterra debía tener un ejemplar de la Biblia en inglés, para que los fieles pudieran leer las Sagradas Escrituras. Eso permitió a los protestantes alfabetizados acceder más fácilmente a la lectura de la Biblia. Asistían a las lecturas públicas de la Biblia en las iglesias y compartían sus puntos de vista sobre el Evangelio. Anne era uno de ellos.

La actriz galesa Emma Stansfield interpreta a Anne Askew en la ficción televisiva "Los Tudor" (2007).

La actriz galesa Emma Stansfield interpreta a Anne Askew en la ficción televisiva “Los Tudor” (2007).

Poco a poco, Anne se fue volviendo más devota en sus creencias protestantes reformistas. Su marido, Thomas, que como decíamos, era católico romano, calificó sus creencias de desagradables y se fue enfureciendo cada vez más contra ella; aunque también admitía que era la mujer más devota que había visto en su vida “pues siempre empezaba a orar a medianoche, y continuaba durante algunas horas ese ejercicio”.

Pero pronto las circunstancias se volvieron adversas para los protestantes. En 1539, el Acta de los Seis Artículos reafirmó la doctrina católica como base de la Iglesia Anglicana, y endureció las leyes contra la herejía. Un año más tarde, en un giro radical, Enrique VIII ordenó retirar todas las Biblias en inglés y en 1543 se prohibió a todas las mujeres y a todos los plebeyos leer la Biblia. Anne, sin embargo, no tenía la menor intención de abandonar sus creencias protestantes y mucho menos dejar de leer la Biblia. Su marido, no sabiendo qué hacer con su lista e indomable esposa, pidió consejo a los sacerdotes locales. Ellos le aconsejaron echarla de casa (!!!) para que así, muerta de vergüenza, accediera a cambiar su comportamiento. Pero eso era no conocer a Anne en absoluto: se marchó a vivir con su hermano Francis y pidió poder divorciarse de su marido. Cuando los tribunales de Lincoln rechazaron su petición, marchó a Londres, buscando apoyo entre sus amigos y contactos de la Corte. Retomó su apellido de soltera -Askew- y pidió de nuevo el divorcio, alegando que su matrimonio no era válido, ya que ella y su marido tenían creencias distintas.

Un viejo amigo, John Lascelles, presentó a Anne a los protestantes evangelistas de Londres. Después del aislamiento sufrido en Lincolnshire, el clima de la Reforma en Londres debió ser refrescante para Anne. Allí pronto conoció a muchas personas que compartían sus creencias, por lo que empezó a dar charlas y a predicar entre ellos, entregando libros protestantes a quienes acudían a oírla. Como era una noble, pronto llamó la atención; y como era apasionada y convincente en sus palabras, pronto se convirtió en una de los predicadores más conocidos en Londres. Por desgracia, esto también llegó a oídos de las autoridades.

Interrogatorio de Anne Askew ante el obispo Stephen Gardiner. Grabado decimonónico.

Interrogatorio de Anne Askew ante el obispo Stephen Gardiner. Grabado decimonónico.

Examinada
Anne Askew fue arrestada en marzo de 1545 y sometida a una serie de interrogatorios en Sadlers hall por el Lord alcalde, sir Martin Bowes, el juez Dare y otros comisionados. Durante el tiempo permaneció detenida, Anne empezó a escribir lo que le estaba sucediendo. Tomó nota de las preguntas de sus interrogadores y de las repuestas que ella daba. Estas memorias, que de hecho, son lo único que nos ha quedado de ella, fueron posteriormente publicadas bajo el título First Examinations of Anne Askew. Contienen una relación detallada de estos interrogatorios, en los que no entro en detalle porque me veo restringida por la extensión del artículo. Sin embargo, sí que citaré algunos ejemplos.

Anne respondió a sus preguntas sobre la religión de forma sincera pero hábil, de modo que no se la pudo implicar en el cargo de herejía. Por ejemplo, cuando le preguntaron acerca de una de sus frases más célebres, lanzada durante una de sus predicaciones – “Prefiero leer cinco líneas de la Biblia a oír cinco misas en el templo” – respondió que no pretendía ser despectiva con la predicación, sino decir que la lectura bíblica había sido de gran edificación para ella, no así el oír misa. A la pregunta de por qué había sostenido que Dios no estaba presente en la iglesia, ella replicó: “Sobre esto no digo nada que no afirme San Pablo a los atenienses, en el capítulo 18 de los Hechos: que Dios no mora en templos hechos por mano de hombre”. Y a otras muchas preguntas sobre sus creencias, se reafirmaba en decir: “Creo en todo lo que la Escritura me ha enseñado”. En cierto momento le preguntaron si en algún momento un ratón se comía la Hostia -el pan consagrado del sacramento de la Eucaristía– ¿estaría o no recibiendo a Dios ese ratón? Ella nos dice en sus escritos que se limitó a sonreír, sin dar la menor respuesta. Y es que el tema de la presencia de Cristo en la Eucaristía era un asunto espinoso: los reformistas sostenían que era pan consagrado, pero que no se producía la Transubstanciación, seguía siendo pan consagrado, no el cuerpo y la sangre reales de Cristo, según defiende esta doctrina. Preguntada acerca de qué creería si las Escrituras negaran la presencia de Cristo en la Eucaristía, ella respondió: “En esto, y en todo lo demás, creo en lo que Cristo y sus apóstoles nos enseñaron”. Es de entender, pues, que fuera realmente difícil acusarla de herejía.

Tras esto, fue retenida 11 días en prisión, ilegalmente -puesto que no se había probado ningún cargo contra ella-. Una prima suya trabajó duramente para conseguir su liberación, dirigiéndose al Lord alcalde, al Canciller y al obispo. Anne fue finalmente convocada por orden del obispo y se la sometió a un nuevo y largo interrogatorio. Mantuvo el estilo de sus respuestas, breves, hábiles y concisas. Cuando se la quiso obligar a firmar un documento que contenía los artículos de la fe anglicana, Anne escribió que, de esa doctrina, creía todo lo que concordaba con las Sagradas Escrituras. Esto enfureció al obispo e hizo falta mucha persuasión por parte de su prima para lograr su libertad. El marido de Anne fue llamado desde Lincoln y se le ordenó llevarla de nuevo a casa y mantenerla allí. Pero Anne se escapó pronto y regresó a Londres, donde reanudó sus predicaciones.

Anne fue de nuevo detenida e interrogada en marzo de 1546, un año después de su primera detención. Esta vez fue juzgada de nuevo ante otro tipo de tribunal, conocido como “the quest”. Su función era determinar si un prisionero podía ser acusado de herejía. Si era así, delegaban dicho prisionero a un tribunal superior para un interrogatorio más profundo. Nuevamente, y tras largos interrogatorios, fue liberada. Regresó a casa de su hermano, pero esta vez, Anne ya había sido marcada e identificada por sus ideas. Su tiempo se estaba agotando.

Anne Askew se niega a retractarse de sus creencias. Mural "The Martydom of Anne Askew", obra de Violet Oakley (1874-1961). Pennsylvania State Capitol, EEUU.

Anne Askew se niega a retractarse de sus creencias. Mural “The Martydom of Anne Askew”, obra de Violet Oakley (1874-1961). Pennsylvania State Capitol, EEUU.

Condenada a muerte
En 1554, un año antes de la primera llegada de Anne a Londres, el rey Enrique VIII se había desposado con su sexta esposa, Catherine Parr. La reina Catherine era simpatizante de la Reforma protestante, lo que le había granjeado numerosos enemigos en la Corte. En 1546, el obispo Stephen Gardiner y el Lord Canciller Thomas Wriothesley buscaban cómo acabar con la herejía, desacreditar a la nueva reina y enfrentarse al clima protestante que la rodeaba. En el complot que se formó en torno a la reina, se pensó que Anne podría ser un instrumento más que útil.

A principios de 1546, la petición de divorcio por parte de Anne se había desestimando y se le había ordenado regresar junto a su marido. El que ella rechazara obedecer sirvió al obispo Gardiner de excusa perfecta.

Anne fue convocada de nuevo en Londres en mayo de 1546. Nuevamente fue detenida e interrogada acerca de sus creencias religiosas, esta vez por miembros del Consejo real. Intentaron provocarla para que se delatase como hereje, pero Anne, una vez más, respondió con preguntas, silencios y citas de la Biblia. El obispo Gardiner se enfureció y la acusó de hablar con acertijos. La instó a dar respuestas directas, pero ella respondió: “No cantaré una nueva canción al Señor en tierra extraña”. De nuevo, el obispo le dijo que hablaba en parábolas, a lo que ella respondió : “Si os muestro la verdad abiertamente, no la aceptaréis”. El obispo entonces la tachó de loro parlanchín – en esa época, como en muchas otras estaba mal visto que las mujeres hablasen tanto como ella lo hacía, nos preguntamos sin embargo si lo que molestaba al obispo era una mujer habladora, o que no hubiese manera de vencerla en lid dialéctica -. A este insulto, ella respondió: “Estoy dispuesta a sufrirlo todo de vuestras manos, no sólo vuestras reprensiones, sino todo lo que venga después, y gustosamente”. Y hablaba totalmente en serio, como pronto veremos.

Sin duda tenía una lengua de oro con la que sabía protegerse, pero frente a quienes ya habían decidido su caída inexorable, nada podía hacer. El 18 de junio Anne fue definitivamente acusada de herejía y encerrada en la prisión de Newgate hasta su ejecución.

Anne Askew enviada a prisión. Ilustración contemporánea.

Anne Askew enviada a prisión. Ilustración contemporánea.

Anne había sido acusada de negar la doctrina de la transubstanciación (recordemos, es la creencia en que el pan y el vino, en el sacramento de la Eucaristía, una vez que son consagrados se transforman literalmente el cuerpo y sangre de Cristo). Cuando el obispo Gardiner le anunció que iba a ser quemada viva por negar el dogma de la transubstanciación, Anne declaró al tribunal eclesiástico que “he examinado las Escrituras y en ninguna parte he encontrado que ni Cristo, ni sus apóstoles, condenaran a nadie a muerte”. Así les echaba en cara que, llamándose cristianos, se reconociesen con derecho de ordenar su muerte. Y a partir de este momento, se sintió feliz de poder mostrar abiertamente sus creencias protestantes, sin tener que dar más rodeos para salvaguardarse. Al igual que en sus anteriores interrogatorios, Anne empezó a escribir todo lo que sucedía. Puso por escrito sus doctrinas y dio una explicación acerca de por qué no era capaz de aceptar la doctrina de la transubstanciación.

A este respecto, durante los interrogatorios se le había dicho: “¿Cómo podéis ignorar las mismísimas palabras de Cristo cuando dijo: “Éste es mi Cuerpo” “Ésta es mi Sangre”?” Ella había replicado: “El significado de las palabras de Cristo en este pasaje es similar al que podemos ver en otras partes de la Escritura cuando dice: “Yo soy el Camino”, “Yo soy la viña”, “He aquí el Cordero de Dios”, “Esa roca era Cristo” y otras referencias a Él mismo. No debéis, en estos textos, tomar a Cristo literalmente por los objetos con los que elige significarse, porque entonces le estaríais tomando por un camino, por una viña, por un cordero o una roca, contrariamente al Espíritu Santo. Todos ellos pretenden representar a Cristo, así como el pan representa a Su cuerpo”. Es decir, que al igual que es común en las creencias luteranas, Anne Askew sostenía que no debía interpretarse el pan y el vino como cuerpo y sangre de Cristo literalmente, sino simbólicamente. Por lo tanto, rechazaba que el sacerdote pudiese convertir el pan y el vino en el auténtico cuerpo y sangre de Cristo. Así lo diría posteriormente a sus torturadores: “He leído en las Sagradas Escrituras que Dios hizo al hombre, pero que el hombre pueda hacer a Dios, eso no lo he leído en ninguna parte”.

Torturada
Sin embargo, al ser condenada a muerte, su proceso dejaba de ser de naturaleza religiosa, para convertirse en una cuestión política. Fue llevada a la Torre de Londres y se la encarceló en la torre Cradle. Iba a tener el tristísimo honor de convertirse en la primera y única mujer que sufrió tortura en dicho lugar, en toda la historia de Inglaterra.

Anne Askew torturada en el potro. Grabado decimonónico.

Anne Askew torturada en el potro. Grabado decimonónico.

La tortura no tuvo como objeto hacerla retractarse de sus creencias protestantes, consideradas herejía por la fe anglicana, sino implicarla en una conjura política contra algunas personas correligionarias suyas, miembros de la Corte. Le preguntaron acerca de lady Catherine Brandon (duquesa de Suffolk), lady Anne Calthorpe (condesa de Sussex), lady Anne Stanhope (condesa de Hertford), lady Denny y lady Fitzwilliam. Todas estas nobles eran cercanas a la reina y, si Anne confesaba que compartían sus creencias, ello les daría pie a condenarlas también por herejes y acercarse más a lograr la caída de la reina.

Pero como Anne rehusó hablar ni dar nombres, fue torturada en el potro con la intención de obligarla a hablar y, de paso, a arrepentirse de sus afirmaciones y creencias. Fue inútil: ni renunció a sus ideas, ni delató absolutamente a nadie. Durante el tormento, Anne se desmayó dos veces y se la reanimó cada vez. A sir Anthony Kingston, que era lugarteniente de la Torre, se le ordenó torturarla una tercera vez, pero se negó. Y es que existía una ley del reino que prohibía que una mujer fuese torturada, así que corrió a consultar al rey acerca de esta cuestión. Éste, sin embargo, consintió la tortura.

Pero mientras él estaba ausente, la tortura prosiguió y con tanta crueldad, que ha quedado constancia de que los gritos de dolor de Anne se oían desde el exterior de la Torre, en los patios y plantas adyacentes. El lord Canciller Wriothesley y sir Richard Rich se encargaron de torturarla personalmente, como ella misma escribiría después: “Entonces ellos me pusieron en el potro, porque no confesaba los nombres de damas y caballeros que compartieran mis opiniones, y así me tuvieron mucho tiempo; y como me quedaba quieta y no lloraba, milord Canciller y el maestro Rich se esforzaron en torturarme con sus propias manos, hasta que estuve casi muerta”.

Anne Askew torturada en el potro – Los Tudor (2007)

Después de este espantoso tormento y como solía suceder con las personas que han sido torturadas en el potro, Anne ya fue incapaz de caminar y de valerse por sí misma, al tener las articulaciones rotas y desencajadas. Con todo, su suplicio no había terminado. “Entonces el teniente logró que me liberaran del potro. Incapaz de contenerme, me desvanecí, y ellos me reanimaron. Luego permanecí dos largas horas sentada en el suelo, razonando con milord Canciller, el cual, con muchas palabras lisonjeras, pretendía que abandonara mis ideas. Pero mi Señor Dios -gracias sean dadas por su bondad eterna- me dio la gracia de perseverar, y lo haré, espero, hasta el final”.

“Luego fui llevada a una casa y me echaron en una cama, con los huesos tan cansados y doloridos como una vez los tuvo el paciente Job; gracias a Dios sean dadas por ello.” Nicholas Saxton, ex-obispo de Salisbury, la visitó y la urgió a cambiar de opinión, aconsejándole que se retractase, como él mismo había hecho en el pasado. “Entonces, milord Canciller me mandó a decir que si yo abandonaba mis opiniones, no debía temer nada; pero que si no lo hacía, sería enviada de nuevo a Newgate y quemada. Y le mandé a decir que prefería morir a quebrantar mi fe”. Y esto fue exactamente lo que ocurrió.

Quemada
Anne Askew empleó sus últimas horas en escribir minuciosamente una negativa a su retractación, para desmentir el rumor de que se había retractado. Las últimas palabras escritas por Anne son una oración: “¡Oh Señor, tengo más enemigos ahora que cabellos en mi cabeza! Pero tú, Señor, no permitas que me superen con vanas palabras, sino lucha Tú en mi lugar, pues en Ti pongo yo mi cuidado. Con todo el despecho que pueden imaginar, se abalanzan sobre mí, que soy Tu pobre criatura. Sin embargo, dulce Señor, no me dejes a merced de los que están en mi contra, porque en Ti está todo mi consuelo. Asimismo, Señor, te pido de corazón que sea Tu voluntad el mostrar tu bondad y tu misericordia: perdónales por la violencia que me hacen y que me han hecho. Abre tú también sus ciegos corazones, para que en lo sucesivo hagan lo que es recto ante Tus ojos, lo que es solamente aceptable por Ti, sin todas las vanas fantasías de los hombres pecadores. ¡Que así sea, oh Señor, que así sea!”

Anne Askew quemada en la hoguera. Grabado coloreado perteneciente al Book of Martyrs de John Foxe   (1869).

Anne Askew quemada en la hoguera. Grabado coloreado perteneciente al Book of Martyrs de John Foxe (1869).

Anne tuvo que ser llevada al lugar de su ejecución, en Smithsfield, sentada en una silla, pues sus dañadas piernas ya no podían sostenerla. Fue fijada a la estaca con gruesas cadenas en torno a su cuerpo, porque se resbalaba al no poder mantenerse en pie y las cuerdas no eran suficientes.

Las ejecuciones de herejes siempre generaban una gran expectación y había acudido tanta gente a presenciar la quema, que la multitud tuvo que ser empujada hacia atrás para que hubiese espacio suficiente para poder encender la pira. Unos amigos habían suministrado pólvora, que le fue colocada para acelerar su muerte: una serie de saquillos, colgados de su cuerpo y de los otros condenados.

Otros tres protestantes, entre ellos su amigo y tutor John Lascelles, fueron quemados junto a ella. Mientras amontonaban los haces de leña junto a ellos, el dr. Shaxton, un predicador, se acercó a ellos y dio inicio a su sermón. Anne prestó atención a las prédicas del sacerdote y replicaba; cuando estaba de acuerdo con él, así lo manifestaba; cuando oía algo con lo que disentía, exclamaba: “Ahí se ha equivocado, está hablando sin respetar el libro”. Cuando estuvo preparada la pira y terminó el sermón, los tres condenados empezaron a rezar. Se les ofreció una última oportunidad para obtener el perdón del rey si aceptaban retractarse de sus ideas. Anne ni siquiera echó un vistazo a los documentos que le presentaban, diciendo que no había sido llevada a la hoguera para negar a su Señor y Maestro. Los otros se adhirieron también a su afirmación.

Entonces, el lord alcalde dio orden de encender la hoguera mediante el grito Fiat iustitia! (“hágase justicia”). Anne y sus compañeros protestantes fueron quemados ante una enorme multitud. Era el 16 de julio de 1546, y ella tenía sólo 25 años de edad.

Con su muerte, Anne dio muestra una vez más del extraordinario coraje que había mostrado a lo largo de su vida. Y es que, a pesar de que estaba quemándose viva, mantuvo la compostura hasta que las llamas empezaron a lamerle el pecho, momento en que empezó a gritar. Afortunadamente su sufrimiento no duraría mucho más: los saquillos de pólvora, que estaban colgados de los cuerpos de los reos, explotaron cuando las llamas los tocaron, matándolos al instante.

Anne Askew quemada en la hoguera – Los Tudor (2007)

Memoria
Ya sabemos que los protestantes no rinden culto a los Santos, pero eso no significa que no conmemoren a sus mártires. Desde el principio se consideró a Anne Askew como una mártir de la fe luterana, quizá con más fundamento que otras mujeres contemporáneas -Ana Bolena, Lady Jane Grey- cuyas ejecuciones tienen más de político que de religioso, algo que no ocurre en el caso de Anne Askew.

Ya en el siglo XVII se le dedicaron muchas baladas, honrando su martirio. Thomas Fuller dijo de ella que “subió a los cielos en un carro de fuego”, haciendo alusión a la naturaleza de su muerte, pero también estableciendo un paralelismo con el profeta Elías. Precisamente por haber redactado de su puño y letra su proceso de interrogatorio y condena, su memoria se mantuvo siempre viva, experimentando un resurgimiento en época victoriana. John Foxe, en su Book of Martyrs, la incluyó entre los mártires conmemorados en dicha obra. Copias de sus Examinations fueron publicadas por este mismo autor en su obra Acts and Monuments (1563), que fue uno de sus mayores impulsores en recordarla como una mártir.

Las Examinations son, como decía, lo único que nos ha quedado de esta predicadora, puesto que sus cenizas fueron esparcidas, como se procedía con los restos de los que eran quemados por herejía. Pero se sabe también que fue poetisa y que compuso diversas baladas de carácter religioso, pues ella no podía desvincularse, como persona, de su profunda espiritualidad. No se conserva ninguno, salvo uno titulado I Am a Woman Poor and Blind (“Soy una mujer pobre y ciega”) que se atribuye a su autoría, y aunque no se puede asegurar al 100%, no cabe duda de que el poema se refiere a ella. En él hace examen de conciencia y desde una profunda humildad se pone en manos de Dios.

En una época en que a las mujeres no se les permitía tener voz propia, ella había sido una afamada predicadora. Puede que se la juzgue como imprudente, incluso insensata, pero a diferencia de otros, permaneció leal a sus amigos y a sus creencias hasta el final. No fue una víctima de las maquinaciones políticorreligiosas de la época -como sí lo fueron Ana Bolena y Lady Jane Grey-, sino una mujer determinada a manifestar sus opiniones y a aceptar las consecuencias de ello. Así lo había expresado a sus interrogadores y así lo cumplió.

Meldelen

Bibliografía:
– ASKEW, Anne, The Examinations of Anne Askew, editado por Elaine B. Veilin en Women Writers in English (1350-1850). Oxford University Press, 1996. Disponible en Google Play.
– FOXE, John, The Book of Martyrs
– FOXE, John, Acts and Monuments.

Consultado en línea (21/02/2013):
http://historysheroes.e2bn.org/hero/4265
http://www.exclassics.com/foxe/foxe209.htm

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