San Quintín de Vermand, mártir

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Miniatura del Santo bautizando. Libro pontifical de Beauvais, s.XIII.

Hoy, día 31 de octubre, el Martirologio Romano le dedica a San Quintín una nota bastante detallada: “En las Galias, en la ciudad de Vermand (Augusta Viromanduorum), San Quintín, ciudadano romano de origen senatorial, que sufrió el martirio en tiempos del emperador Maximiano. Su cuerpo fue encontrado intacto, cincuenta años más tarde debido a una revelación angélica”.

Esta información forma parte de una “passio prior”, conocida en diversas versiones, muy parecidas las unas a las otras y que se está de acuerdo en datar tal y como hoy las conocemos, en los inicios del siglo VIII. Existe otra “passio” atribuida a San Eligio y escrita en el año 641, que además narra el hecho de la invención (descubrimiento) de las reliquias, a las que se le habían perdido el rastro. Sin embargo, es curioso notar que ambas “passios” ignoran el milagro referido por San Gregorio de Tours en “De gloria martyrum”, de que hablaremos más tarde, lo que nos hace suponer que se refiere a una tradición más antigua, actualmente olvidada, perdida.

Pero sin embargo, el autor de la primera de ellas (la passio prior) pretende escribir los datos recogidos de un testimonio ocular del primer descubrimiento de las reliquias en el año 340, cosa que sitúa esta redacción primitiva a finales del siglo IV. Esta redacción primitiva está enriquecida con muchos de los elementos del llamado “ciclo de Ricciovaro”, al que pertenecen los relatos de los martirios de los santos de aquella época y de aquella región: Fusciano, Luciano, Crispín, Crispiniano, Piato… pero la historicidad de este “ciclo” es discutible, porque no es fácil separar los datos verídicos referidos a San Quintín, de los datos no fiables referidos a los otros mártires.

Sin embargo, se dan por validos estos datos: Quintín era hijo del senador romano Zenón y formaba parte del importante grupo de misioneros enviados a las Galias entre los años 286 al 305 a fin de evangelizar aquella importante provincia romana. De este grupo, Dionisio permaneció en París mientras que Quintín y Luciano estuvieron primero en Amiens y posteriormente, en Beauvais.
Es en este punto donde entra en escena Riziovaro, que era un prefecto militar encargado de la seguridad de aquella región que había sido devastada en el año 284 por los bagaudios. Es presumible que los misioneros enviados desde Roma y que pertenecían a una secta poco conocida (la cristiana), fueran perseguidos por Ricciovaro desde que llegaron, pues este era “un bárbaro poco romanizado” y que estaba ansioso por mostrarse como un celoso guardián ante Roma.

Sepulcro del Santo en su iglesia de Saint Quentin, Francia.

Tomaron el camino que iba desde Reims hasta Amiens y que pasaba por Soissons y Vermand (Augusta Viromanduorum), cercana a la actual ciudad francesa de Saint-Quintin.
Quintín fue apresado en Amiens, torturado de diversas maneras y enviado a presencia del emperador. Esta expedición debió encontrar numerosos obstáculos imprevistos porque Riziovaro, parándose cerca del río Somme, hizo decapitar allí mismo al prisionero y, colgándole algunos trozos de plomo, echó su cuerpo al río. Los martirologios históricos ponen fecha a este acto: el 31 de octubre de un año cercano al 285.
Cincuenta años más tarde, bajo el reinado del emperador Constantino, una dama romana que estaba enferma y que se llamaba Eusebia, advertida por un ángel en sueños acerca de donde estaban los restos del mártir, se acercó al lugar y se puso a rezar. Milagrosamente, el cuerpo sumergido, que estaba bien conservado, salió a flote y pudo llevarse hasta la orilla. Eusebia curó milagrosamente y en torno al primitivo sepulcro del mártir se obraron numerosos prodigios.
San Gregorio de Tours cuenta que un ladrón que había robado a un clérigo por lo que había sido condenado a muerte, se había librado de ella gracias a que por la intercesión de San Quintín, la cuerda a la que había sido colgado, se rompió. Este es el dato al que hacemos mención más arriba cuando nos referimos al “De gloria martyrum”.

El primer traslado de los restos tuvo lugar en el año 497 y se hizo para colocarlos en una iglesia más grande, pero en el año 641 se ignoraba la localización exacta de dicho cuerpo por lo que fue necesario el empeño de San Eligio para lograr descubrirlo e identificarlo. De esto hemos hecho mención con anterioridad. El santo obispo puso las reliquias en una tumba adornada con oro y con piedras preciosas. En el año 823, el abad Fulrado edificó otra iglesia, iglesia que fue dedicada al santo dos años más tarde por parte de Drogón, obispo de Metz.
En el 881, para proteger las reliquias de las invasiones normandas, fueron llevadas a Laon, de donde regresaron el día 30 de octubre del año 885. Otros traslados o reconocimientos se hicieron en los años 1228 y 1257.
En el 1559, los españoles, que habían ocupado la ciudad de Cambrai, se llevaron el cráneo, pero este fue restituido a los pocos años.
Se conservan las actas del reconocimiento canónico que se hicieron a las reliquias en el año 1795, 1807, 1829, 1840 y 1875, reconocimientos que se hicieron casi siempre para coger reliquias que fueron repartidas entre distintas ciudades; por ejemplo, así se volvió a hacer en el año 1950 para extraer reliquias que se llevaron a Mainz donde el santo era venerado desde la época carolingia.

Relicario con el cráneo del Santo en su iglesia de Saint Quentin, Francia.

San Quintín siempre ha gozado de un culto muy particular en toda Francia y en Bélgica. Ya desde el siglo VIII su nombre se encontraba en las letanías de los santos de la diócesis de Soissons; en el 842, en las letanías de Saint-Denis; en el 1050 en las de Saint-Germain-des-Pres, etc. Entre Francia y Bélgica se han contado ciento ochenta parroquias dedicadas al santo.

La tumba del santo es lugar activo de culto desde los tiempos en que San Medardo transfirió su sede a Soissons. La misma ciudad de Saint-Quintin, situada en una encrucijada de caminos, siempre ha sentido la influencia de los peregrinos y de los comerciantes. A finales del siglo XII se inició la construcción de una de las más bellas iglesias góticas de Francia, cuyo coro, construido entre los años 1230 al 1237, tiene una notable semejanza al de la catedral de Reims. Esta basílica sufrió importantes daños durante los bombardeos de la Primera Guerra Mundial y su restauración aun no se ha completado.

La abundancia de milagros relatados en las leyendas y la notable difusión del culto en la Francia septentrional, Bélgica e Italia, ha hecho que la iconografía de San Quintín sea muy variada y rica.
Existen numerosas pinturas dedicadas a los diversos tormentos sufridos durante el martirio, aunque se ha comprobado que más de una pintura atribuida a San Quintín, en realidad hacía representación de algún otro santo martirizado d la misma manera. Se le representa como mártir, con clavos y pinchos clavados en la cabeza; así, por ejemplo está representado en el estrado de la Academia de Florencia, obra del maestro que realizó la capilla Rinuccini.

Relicario con la mano incorrupta del Santo en su iglesia de Saint Quentin, Francia.

En el políptico de Andrea Vanni en la iglesia de San Esteban en Siena, el santo aparece con aspecto de joven diácono vestido con dalmática oscura, portando entre sus manos un enorme asador o parrilla. Sin embargo, no hay constancia alguna de que el santo recibiera esa orden sagrada.
Existe una imagen de la escuela de Modena, del siglo XVI, que originariamente estuvo destinada a la iglesia de San Quintín de Parma y que hoy está en el Museo del Louvre, en la que el santo está representado como un soldado, con armadura y espada, pero descalzo. Tampoco existe constancia alguna de que San Quintín fuera un soldado.

La vida legendaria del santo, su proceso y su martirio han dado argumentos para confeccionar multitud de miniaturas desde el siglo XI al siglo XIV; destaquemos una miniatura de un antiguo misal custodiado en la basílica del santo en Vermand y un gran pergamino que se guarda en una iglesia dedicada al mismo en Lovaina. El suplicio de los clavos es recordado también en un bajorrelieve del pórtico de la catedral de Chartres y en un tapiz del siglo XV conservado en el Museo de Cluny. Podríamos poner más ejemplos.

La mayor parte de las reliquias, así como su sepulcro, se encuentran en la ciudad francesa de Saint-Quentin, aunque pequeños relicarios existen en otras muchas ciudades francesas y belgas.

Antonio Barrero

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