Los arcángeles Miguel, Rafael y Gabriel según las Escrituras

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Detalle del arcángel Miguel en un icono de Andrei Rublev (s.XIV).

Hoy la Iglesia celebra la festividad de los arcángeles Miguel, Rafael y Gabriel, uniéndolos en un solo día, cosa que no ocurría antes de la reforma del calendario litúrgico. Sobre los coros angélicos ya se ha escrito en este blog, pero yo quiero profundizar un poquito sobre los arcángeles y concretamente, sobre estos tres por celebrarse hoy su fiesta.

El término arcángel, como veremos más adelante, solo se menciona dos veces en la Biblia y en ambos casos, refiriéndose a Miguel. El prefijo “αρχά” denota cargo, dignidad, expresa el grado supremo y en ese sentido, es el cabeza, el jefe de los ángeles y se le asigna a Miguel, aunque como veremos más adelante, se equipara a los siete ángeles que están delante del trono de Dios, que son seres personales con la misma dignidad y que han venido en ser llamados “los príncipes celestiales”.

En la clasificación adoptada por el Pseudo-Dionisio, de los célebres “nueve coros angélicos”, los arcángeles ocupan el penúltimo puesto, aunque tienen una característica que no tiene ninguno de los otros: de todos los miembros de la corte celestial, son los únicos que tienen nombre propio, que no son seres anónimos, pues el libro de Enoch etiópico, le da nombre a los siete. De todos modos, el tema que nos ocupa se refiere sólo a estos tres.

San Miguel arcángel
El nombre de Miguel (en hebreo מיכאל Mija-El, que significa “¿Quién como Dios?”) es un grito de guerra en defensa de los derechos de Dios y aparece varias veces en las Sagradas Escrituras.
Es uno de los jefes supremos que viene en ayuda del profeta Daniel: “El príncipe del Reino de Persia se me opuso durante veintiún días; pero he aquí que Miguel, uno de los principales príncipes, vino para ayudarme y quedé allí con los reyes de Persia” (Daniel, 10, 13). Un texto similar es el de Daniel, 10, 21: “Pero yo te declararé lo que está escrito en el libro de la verdad y ninguno me ayuda contra ellos, sino Miguel, vuestro príncipe”. Sin embargo, más adelante se le llama cabeza supremo del ejército celestial, el gran príncipe, que viene a defender a los judíos piadosos que eran perseguidos por Antíoco IV: “En aquel tiempo, se levantará Miguel, el gran príncipe que está de parte de los hijos de tu pueblo y será tiempo de angustia, cuan nunca fue desde que hubo gente hasta entonces; pero en aquel tiempo será liberado tu pueblo, todos los que están escritos en el libro” (Daniel, 12, 1).

El arcángel Miguel combatiendo al diablo (1540-41). Detalle de un fresco de Angelo di Bronzino. Capilla de Leonor de Toledo, Palazzo Vecchio, Florencia (Italia).

Aunque sin nombrarlo por su nombre, es también citado en el Libro de Josué: “Y sucedió que estando Josué cerca de Jericó, levantó su mirada y vio a un hombre frente a él con una espada desnuda en su mano. Josué se adelantó y le dijo: ¿eres de los nuestros o de nuestros enemigos? El respondió: Soy el jefe del ejército de Yahvé y he venido ahora. Josué cayó rostro en tierra y lo adoró…” (Josué, 5, 13-15)

En el Libro del Apocalipsis, San Miguel es el jefe de los ángeles fieles a Dios que combate y que echa del cielo al dragón (Satanás) y a sus ángeles rebeldes. También aquí aparece Miguel como príncipe además de jefe de los ángeles: “Después hubo una gran batalla en el cielo: Miguel y sus ángeles luchaban contra el dragón; y luchaban el dragón y sus ángeles, pero no prevalecieron ni se halló ya lugar para ellos en el cielo. Y fue echado fuera el gran dragón, la serpiente antigua que se llama diablo y Satanás, el cual engaña al mundo entero. Fue arrojado a la tierra y sus ángeles fueron arrojados con él” (Apocalipsis, 12, 7-9). De alguna manera se hace eco de esto el evangelista San Lucas cuando dice: “Yo veía a Satanás caer del cielo como un rayo” (Lucas, 10, 18), pero el evangelista aquí no nombra a Miguel.

En la Epístola de San Judas aparece disputando con Satanás por el cuerpo de Moisés: “Pero cuando el arcángel Miguel contendía con el diablo, disputando con él por el cuerpo de Moisés, no se atrevió a proferir juicio de maldición contra él, sino que dijo: El Señor te reprenda” (Judas, 1, 9). En este texto, a Miguel se le llama arcángel (αρχάγγελος), y lo está poniendo como el jefe de los ángeles. La denominación de arcángel, aunque sin nombre propio, también aparece en la Primera Epístola de San Pablo a los Tesalonicenses: “Porque el Señor mismo, con voz de mando, con voz de arcángel y con trompeta de Dios descenderá del cielo y los muertos en Cristo, resucitarán primero” (1ª Tes., 4, 16).

Óleo del arcángel Rafael por Bartolomé Román (ca. 1628). Pinacoteca de la iglesia de San Pedro de Lima, Perú.

Los apócrifos también hablan de él poniéndolo como protector de los judíos e, inspirándose en el libro de Daniel, como protector del pueblo de Dios que lucha contra el mal, encarnado por Satanás, al que expulsa a los abismos por haber intentado equipararse a Dios.

San Rafael arcángel
El nombre de Rafael (en hebreo רָפָאֵל, Rāp̄ā ‘ēl, que significa “Dios te sana”), como arcángel no aparece en ningún texto de la Biblia, aunque si en otros textos no bíblicos. El único libro sagrado que habla del ángel Rafael es el Libro de Tobías que lo hace en varios capítulos. Dios envía a Rafael para que acompañe a Tobias, hijo de Tobit, en un viaje para conseguirle una esposa, Sara, cuyos siete maridos anteriores habían muerto en su noche de bodas, por culpa de un demonio llamado Asmodeo, que estaba enamorado de ella. El arcángel se le presenta como Azarías, hijo de Ananías, pero finalmente se manifiesta como el ángel Rafael.

Es enviado por Dios para curar a Tobías y a Sara: “A un mismo tiempo, fueron acogidas favorablemente ante la gloria de Dios las plegarias de Tobit y de Sara y fue enviado Rafael para curar a los dos…” (Tobías, 3, 16-17); se hace compañero y guía de Tobías: “Tobías salió a buscar un buen guía que conociera el camino para ir con él a Media. Afuera encontró al ángel Rafael, que estaba de pie frente a él y, sin sospechar que era un ángel de Dios…” (Tobías, 5, 4 y siguientes), lo defiende, lo introduce en casa de Sara que fue por él liberada, lo conduce a su casa, etc. y por último, Rafael le dice que la única recompensa que él le pide, es la gloria de Dios: “Entonces Rafael llamó aparte a los dos y les dijo: Bendigan a Dios y celébrenlo delante de todos los vivientes por los bienes que él les ha concedido, para que todos bendigan y alaben su Nombre. Hagan conocer a todos los hombres las obras de Dios y nunca dejen de celebrarlo… Ahora subo a Aquel que me envió; escriban todo lo que les ha sucedido. Y enseguida se elevó” (Tobías, 12, 6-20. Recomiendo leer el libro entero de Tobías; es corto, pues sólo tiene catorce capítulos.

El arcángel Rafael se eleva al cielo en presencia de Tobías y su padre Tobit. Lienzo de Pieter Lastman, 1618.

Como he dicho anteriormente, finalmente, Rafael se presenta como uno de los ángeles que está delante de Dios: “Yo soy Rafael, uno de los siete ángeles que están delante de la gloria del Señor y tienen acceso a su presencia” (Tobías, 12, 15). También el libro del Apocalipsis habla de estos siete ángeles diciendo: “Y vi a los siete ángeles que estaban en pie ante Dios y se les dieron siete trompetas” (Apocalipsis, 8,2). En estas dos afirmaciones bíblicas han tenido su origen todo lo escrito acerca de que los arcángeles son siete.

Varios libros apócrifos judíos lo mencionan repetidas veces y los calendarios judíos lo designan como el protector del primer día de la semana y que para acceder a la luz hay que hacerlo a través de él, pues está a cargo del sol. Su nombre lo escriben en las fórmulas curativas y en los amuletos usados contra las enfermedades. Sana las enfermedades y las heridas, cura la ceguera y tiene poderes taumaturgos, lo representan junto con Miguel y Gabriel curando a Abrahán, etc. Son muchas las citas a él en los libros apócrifos.

Óleo del arcángel San Gabriel, obra de Juan Manuel Silva. Ermita de San Sebastián, Santa Cruz de La Palma, Gran Canaria (España).

San Gabriel arcángel
El nombre de Gabriel (en hebreo גַּבְרִיאֵל, Gavri’el, que significa “la fuerza de Dios”), aparece mencionado en dos libros sagrados: el Libro del profeta Daniel y el Evangelio de San Lucas. Es precisamente por la misión que se le encomienda según el evangelio de Lucas, por lo que es conocido como “el ángel mensajero”.

En el Libro de Daniel se presenta de forma humana y explica al profeta la visión del carnero: “Y oí una voz humana que venía del río Ulai y que decía: “Gabriel, explícale la visión a este hombre”. Entonces él vino adonde yo estaba. Yo me asusté, y me postré sobre mi rostro, pero él me dijo: “Hijo de hombre, ten en cuenta que esta visión se refiere al fin de los tiempos…” (Daniel, 8, 16-26), así como en “la profecía de las setenta semanas”: “Aun estaba en oración, cuando el varón Gabriel, a quién había visto en la visión al principio, volando con presteza, vino a mi como a la hora del sacrificio de la tarde” (Daniel, 9, 21).

En el Evangelio de San Lucas, aparece anunciando el nacimiento de San Juan Bautista y el nacimiento de Cristo.
Anuncia el nacimiento del Bautista: “Se le apareció el ángel del Señor, de pie, a la derecha del altar del incienso. Al verle Zacarías, se turbó y el temor se apoderó de él. El ángel le dijo: No temas, Zacarías, porque tu petición ha sido escuchada; Isabel, tu mujer, te dará a luz un hijo, a quien pondrás por nombre Juan… El ángel le respondió: Yo soy Gabriel, el que está delante de Dios, y he sido enviado para hablarte y anunciarte esta buena nueva. Mira, te vas a quedar mudo y no podrás hablar hasta el día en que sucedan estas cosas, porque no diste crédito a mis palabras, las cuales se cumplirán a su tiempo” (Lucas, 1, 11-20).

Anuncia el nacimiento de Cristo: “Al sexto mes fue enviado por Dios el ángel Gabriel a una ciudad de Galilea llamada Nazaret, a una virgen desposada con un hombre llamado José, de la Casa de David; el nombre de la virgen era María. Y entrando, le dijo: “Alégrate, llena de gracia, el Señor está contigo”. Ella se conturbó por estas palabras, y discurría qué significaría aquel saludo. El ángel le dijo: “No temas, María, porque has hallado gracia delante de Dios; vas a concebir en el seno y vas a dar a luz un hijo, a quien pondrás por nombre Jesús. Él será grande y será llamado Hijo del Altísimo, y el Señor Dios le dará el trono de David, su padre; reinará sobre la casa de Jacob por los siglos y su reino no tendrá fin”. María respondió al ángel: “¿Cómo será esto, puesto que no conozco varón?” El ángel le respondió: “El Espíritu Santo vendrá sobre ti y el poder del Altísimo te cubrirá con su sombra; por eso el que ha de nacer será santo y será llamado Hijo de Dios. Mira, también Isabel, tu pariente, ha concebido un hijo en su vejez, y este es ya el sexto mes de aquella que llamaban estéril, porque ninguna cosa es imposible para Dios”. Dijo María: “He aquí la esclava del Señor; hágase en mí según tu palabra”. Y el ángel dejándola, se fue” (Lucas, 1, 26-38). Este texto nos es muy conocido, pero no me he resistido a ponerlo completo porque allí y entonces es donde comienza nuestra Salvación.

El arcángel Gabriel anuncia a María el nacimiento de Cristo. Óleo de Bartolomé Esteban Murillo (ca. 1660). Museo Nacional del Prado, Madrid (España).

Algunos autores dicen que posiblemente, el ángel que se le aparece a los pastores la noche del nacimiento, sea Gabriel, para así continuar con su misión de mensajero divino y también fuera el mismo ángel, que desciende del cielo y se le aparece a Jesús en su agonía en Getsemaní. Sin embargo, esto son sólo hipótesis porque las Escrituras no lo aclaran.

Sobre estos tres santos arcángeles se puede escribir mucho más: culto en Oriente y Occidente, patronazgos, iconografía, etc; pero entonces el artículo sería mucho más extenso. Esos aspectos pueden quedar relegados a nuevos artículos sobre ellos.

Para realizar este artículo me he basado en los trabajos de la doctora Maria Grazia Mara, catedrática de Literatura cristiana antigua en la Universidad de Roma y de Monseñor Francesco Spadafora, profesor de exégesis bíblica de la Pontificia Universidad Lateranense de Roma.

Antonio Barrero

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