Sierva de Dios Rebeca Rocamora Nadal: “el ángel del catecismo”

Artículo extraído ilegalmente y sin permiso de PreguntaSantoral.es

Estampa devocional de la Sierva de Dios.

Descubrí la vida de esta joven Sierva de Dios hace apenas un par de semanas, me emocionó tanto que he decidido adelantarme a los artículos que tenía previsto redactar y pasar directamente al de ella, al de Rebeca. Una joven que nunca perdió su sonrisa y que amaba dar catequesis a los niños. Su biografía la he sacado y resumido de su página web. Visitadla los que estéis más interesados tras leer el artículo, pues tiene varios apartados: testimonios de gente que tuvo la dicha de tratar con ella, oración para pedir su intercesión en varios idiomas, favores etc.

Rebeca Rocamora Nadal nació en Granja de Rocamora (Alicante) un 7 de septiembre de 1975. Sus padres se llaman Francisco Oscar Rocamora Ramón y Mª del Rosario Nadal Bernabeu. Fue la segunda de cuatro hermanos y antes de que fuese concebida, su madre sufrió un aborto natural de otro embarazo, quedando delicada de salud para tener más hijos. A pesar de esto todavía pudo tener a Rebeca y otras dos hijas más. La comadrona que asistió al parto de Mª del Rosario anunció a sus padres tras nacer Rebeca que habían tenido “un ángel rubio con ojos de cielo”. Dos semanas después, el 21 de septiembre, es bautizada en la Parroquia de San Pedro Apóstol, donde recibe el nombre de Rebeca, que significa “lazo”, “la que une”. Se le añade además el nombre de María, para que la Santísima Virgen la amparara con amor de madre. Físicamente Rebeca fue muy agraciada; rubia, cabello ondulado, tez blanca, grandes ojos azules… Llamaba mucho la atención por la claridad de su mirada y su sonrisa. Fue educada en un ambiente familiar cristiano, de sus padres aprendió a amar a Dios, madurar en su fe y crecer como persona. La alegría y el amor por lo sencillo destacó en ella y se tradujo en sus acciones cotidianas.

Cursó estudios primarios en el Colegio Público San Pedro Apóstol de su pueblo natal. Desde su infancia fue voluntariosa, vitalista, jovial y con un lugar preferente en su corazón por los necesitados. Le encantaba divertirse y jugar con sus hermanos, amigos o familiares, siendo el alma de todas las fiestas familiares que se organizaban. Ella lo preparaba todo con mucha habilidad e ingenio, de una forma muy particular e intensa vivía la celebración de Nochebuena.

Imagen de la Sierva de Dios en su infancia.

La Primera Comunión la celebra el día 3 de junio de 1984. Su párroco comentó el gozo que desprendía Rebeca al recibir a Jesús y le dijo: “Rebeca, no pierdas nunca esa sonrisa”. Ella lo cumplirá con total fidelidad, incluso en las circunstancias más extremas y dolorosas. En su libro de catequesis Rebeca escribió: “Acepta con agrado la llamada del Señor sin temor a lo que te pueda pedir”, “Ser fiel a sus mandamientos y cumplirlos”.

En marzo de 1985, mientras visita un santuario mariano, aparecen los primeros síntomas de su enfermedad.  Desde ese momento la Virgen María estará siempre presente en la vida de Rebeca. Le diagnostican diabetes insípida e idiopática, sufre frecuentes dolores de cabeza y parálisis parcial de un ojo. Tras varios meses de visitas médicas le detectan un grave tumor germinal en la hipófisis. El 9 de mayo de 1986 ingresa de urgencia en la clínica madrileña “Puerta de Hierro”. Allí conocerá al Padre Lope Nuño Gallas, gran sacerdote, que será un pilar fundamental en su apoyo espiritual. De él aprenderá a ver la ternura de Dios en cada persona, momento o circunstancia. Con él compartirá sencillas vivencias que harán aumentar su amor a la Virgen y el abandono filial.

Durante su hospitalización, a pesar del tratamiento y las duras pruebas que tiene que pasar, vive olvidada de sí y sólo preocupada por los demás, practicando de forma poco común la caridad y el sacrificio. Hace olvidar los problemas (principalmente a su madre, que pasa junto a ella todo el proceso de la enfermedad) y siembra constantemente alegría, paz y esperanza entre los niños enfermos, sus familiares y el personal sanitario.

Hacia finales de junio de 1986 la parálisis de su ojo cesa. Rebeca lo atribuye a la mediación de Santa Gema Galgani, por lo cual le profesará una devoción particular, que le ayudará a vivir asociada a la Pasión de Jesús y a saberse amada por Dios en su propia cruz. En julio desaparece el tumor tras pedirle la intervención a la Santísima Virgen, lo que motivará su anhelo de ser catequista de los más pequeños. A raíz del tratamiento que recibió durante su enfermedad, su salud quedará algo frágil, y durante el resto de su vida deberá viajar cada seis meses a Madrid para ser revisada por los médicos.

Fotografía de la Sierva de Dios a los dos años de edad.

Rebeca prosiguió su vida cotidiana y retomó sus estudios con absoluta normalidad. Fue en esa etapa cuando empieza a sufrir las consecuencias purificadoras de la enfermedad y las incomprensiones de algunas personas en el más sorprendente silencio y siempre con una sonrisa en los labios. El 2 de junio de 1990 recibe la confirmación a la edad de 14 años. Este sacramento marcará en su interior un momento determinante y le hará comprometerse y entregarse plenamente en su vida parroquial y de creyente.
En octubre de ese año comienza a dar catequesis a los niños de Precomunión, cultivando la semilla de la fe e inculcándoles fundamentalmente el amor a Dios y al prójimo. Se podría decir que fue su verdadera vocación, pues nunca abandonó esta tarea por muy mal que se encontrase, cumpliéndola hasta su muerte. Durante algunos años forma parte del Neocatecumenado Parroquial de su pueblo, donde es elegida responsable del grupo de jóvenes.
Rebeca llegó a la adolescencia sin perder ninguna de sus virtudes, que había adquirido desde la infancia, es más, se definieron plenamente. Fue una joven como cualquier otra, lo que la diferenciaba del resto era su fondo virtuoso y su docilidad a la vida de la gracia. Tenía, además, un talento natural para las manualidades, y en los estudios logró sacarse el título de Técnico de Auxiliar de Administrativo a pesar de los obstáculos que se le presentaron.

A principios de 1995, a pesar de que en las revisiones médicas rutinarias a las que se sometía no le encontraron nada, se le presentó un progresivo malestar. En febrero de 1996 sufre una parálisis facial y el 4 de marzo es hospitalizada de nuevo en la Clínica Puerta de Hierro. Se le paraliza también medio cuerpo, y los médicos le diagnostican un nuevo y grave tumor. Los médicos comunican a la familia que a Rebeca le queda muy poco tiempo de vida.
Rebeca pide a su párroco que le lleve el Lignum Crucis que se venera en su pueblo. Desahuciada en lo humano regresa a casa, y es en esta última etapa breve de su vida cuando aflora todo lo que ha vivido escondidamente, madurando a pasos agigantados su relación con Dios. Su única preocupación era que nadie sufriera a su alrededor, y ella misma era quien animaba a cuantos la visitaban sin perder su angelical sonrisa. Le insistían que pidiera por su salud, a lo que ella respondía; “Si es que el Señor ya sabe que, si conviene, me la tiene que dar… yo le pido que me aumente la fe”.
El 28 de abril recibe la visita del Obispo Emérito Diocesano Mons. Pablo Barrachina y Estevan, a quien confía que se va al cielo y que desde allí velará por cuantos ama. Durante sus últimos días, los pilares en los que se apoya la fe de Rebeca fueron la Eucaristía, la Virgen María, el Sagrado Corazón de Jesús y la Santa Cruz, que le ayudaron a hacer de su vida y enfermedad una bella ofrenda, muriendo el domingo 26 de mayo de 1996 (Solemnidad de Pentecostés) a la edad de 20 años. Su funeral es un acontecimiento multitudinario y acuden cientos de personas.

La vivencia sencilla y escondida de Rebeca deja una estela luminosa de virtud y fama de santidad que trasciende con fuerza desde el mismo instante de su muerte, y que todavía hoy, de forma espontánea y particular, va calando y suscitando una respuesta en quienes oyen hablar de ella. Lo verifican los testimonios que desde entonces piden que su vida sea divulgada y la introducción de su causa de canonización; así como quienes atribuyen a su intercesión algunos favores obtenidos de Dios. Rebeca seguirá siendo una pequeña orientación iluminadora, un empuje, un aliento y un impulso a desear alcanzar el alto grado de vida cristiana en la cotidianidad del día a día.

Abel

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