Santa Regina, la mártir de Alesia

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Estatua de la Santa, dicha "la milagrosa". Siglo XVI. Capilla de la Santa en Alise-Sainte-Reine (Francia).

Hoy día 7 de septiembre se celebra a una virgen mártir gala que, sobre no ser muy conocida más allá de su ámbito particular de culto, está presente en muchas representaciones artísticas y vale la pena conocerla; también, porque es importante señalar que no debe ser confundida con la Regina Coeli, es decir, con la Virgen María. El nombre de la Santa, Regina, significa, en efecto, “reina” en latín, y es llamada por los franceses Sainte Reine (“Santa Reina”, directamente). Es la santa patrona la ciudad de Alesia, un lugar que ya era sagrado en tiempo de los galos, y tiene un pasado histórico muy relevante, entre otras cosas por ser el lugar donde fue derrotado el líder galo Vercingetórix, que lucharía contra la dominación romana hasta ser vencido por Julio César. Sin embargo, la vertiente cristiana de culto antiguo en esta ciudad corresponde a nuestra virgen mártir de hoy, hasta tal punto que actualmente la ciudad se denomina completamente Alise-Sainte-Reine.

Pero hablemos de la Santa. Las Actas de su martirio nos dicen que era hija de un jefe local llamado Clemente y que su madre había muerto al darla a luz; por lo que éste confió su cuidado a una nodriza que resultó ser cristiana y aparte de criarla, la convirtió a la fe y la bautizó. Cuando la muchacha creció y el padre descubrió esto, montó en cólera y la echó de su casa, prohibiéndole regresar jamás. Regina se trasladó a vivir con su nodriza y se ganaba la vida sacando a pastar su rebaño de ovejas. En ello estaba un día cuando la vio pasar el séquito del prefecto Olibrio, que iba a tomar posesión del gobierno de la provincia. Como la encontró bella, la mandó llamar y al saber que era cristiana, mandó encerrarla en prisión. La interrogó un par de veces y descubrió que la muchacha no tenía intención alguna de renunciar a Cristo, a quien había consagrado su virginidad.

En ese punto hubo de marcharse a Germania a resolver unos asuntos, por lo que dejó a la joven encerrada en la cárcel. Entonces Clemente, su padre, al saber que estaba encerrada, quiso encargarse personalmente de su custodio, pero no para hacerle más llevadero el encierro, sino por todo lo contrario: mandó ceñirle la cintura con un aro de hierro y encadenarla a la pared, de modo que no podía moverse y tenía que permanecer de pie día y noche, sin apenas alimento. Con estoicismo, Regina soportó este tormento hasta el regreso de Olibrio, que sin embargo, al comprobar que ella seguía firmemente dispuesta a mantenerse en la fe cristiana, ordenó entregarla inmediatamente a los verdugos.

Fue atada al potro y flagelada con extrema crueldad, haciéndola sangrar a borbotones, le arrancaron las uñas de las manos y los pies y; colgándola del techo, le desgarraron el cuerpo con peines y garfios, haciendo tal destrozo en su cuerpo que los espectadores daban gritos de horror y hasta Olibrio tuvo que taparse la cara con el extremo de su toga.
Arrojada de noche en la cárcel nuevamente, Regina tuvo un momento de debilidad y rompió a llorar como consecuencia del terrible dolor de las heridas y las escenas espantosas vividas durante el día. Inmediatamente un consuelo celestial descendió sobre ella y fue arrebatada en éxtasis, tuvo una visión de la Cruz de Cristo rodeada de un aura resplandeciente y descendió sobre ella el Espíritu Santo. Al punto, quedó curada de todas sus heridas.

La Santa flagelada en el ecúleo. Óleo perteneciente a la serie sobre su vida, s.XVII. Capilla del hospital de Alise-Sainte-Reine, Francia.

Como al día siguiente Olibrio la viera de nuevo sana y hermosa, reiteró sus promesas de matrimonio si renunciaba a su fe, pero ella se negó de nuevo a satisfacer sus deseos, por lo que la entregó de nuevo a la tortura: atada al ecúleo, le quemaron los costados del cuerpo con antorchas y luego fue sumergida en un balde de agua fría, para incrementar su dolor. Pero como los nuevos tormentos no hacían mella en la muchacha, Olibrio, cansado, mandó sacarla fuera de la ciudad y decapitarla. Era el 7 de septiembre del año 251, según estas Actas.

Cabe decir, en primer lugar, que este relato no merece crédito alguno, a pesar de que el redactor de esta passio pretenda hacerse pasar por testigo ocular de estos hechos. ¿Por qué? Pues porque como ya os habréis dado cuenta, es una copia casi literal de la también legendaria passio de Santa Marina-Margarita de Antioquía, con modificaciones ínfimas en algunos datos y nombres. No tiene el menor valor histórico, pues, para conocer a Santa Regina, como tampoco no lo tenía en absoluto para conocer a la Santa original a quien estaba dedicada, Marina-Margarita de Antioquía.

Pero, por fortuna, aunque no sabemos gran cosa de esta Santa, sí es una persona real, debido a que tiene un culto antiquísimo. Hay constancia de que antes del año 628 ya era venerada en Alesia y que alrededor del año 750 se levantó una basílica para custodiar sus reliquias, la cual tenía anexo un monasterio. Los libros litúrgicos del siglo XI decían que el cuerpo de la Santa había sido sepultado junto al lugar de su martirio en Alesia, pero que posteriormente había sido trasladado al interior de la ciudad, a su basílica construida para tal fin, que fue meta de muchas peregrinaciones. En 854 dichos restos fueron llevados desde Alesia a Flavigny.

Procesión con las reliquias de la Santa en Alise-Sainte-Reine, Francia, año 2003. Cliché C. Grapin, Musée Alésia.

Sin embargo, surgió una controversia en el siglo XVII respecto a la ubicación de estas reliquias: unos decían que seguían en Flavigny, otros, que estaban en la ciudad alemana de Osnabrück. En 1693, el obispo de la diócesis de Autun permitió que ambos restos fueran exhibidos por sus respectivas ciudades, y para acabar con el problema, la diócesis de Osnabrück publicó un documento en que sustituía la denominación de Santa Regina de sus restos por el de una compañera de Santa Úrsula del mismo nombre (!!).

Usuardo introdujo su nombre en el Martirologio Romano, a día 7 de septiembre, que es el día de su fiesta y la fecha en que se cree fue martirizada. Su culto es destacado en Borgoña (Alesia y Flavigny) y en Osnabrück, así como en la diócesis de Autun. La basílica que se le dedicó en el monte Auxois es de origen merovingio y fue excavada en 1923, siendo hallado un sarcófago de piedra en cuya tapa se apreciaba un hueco o ventanilla: no sabe duda de que fue el sepulcro de la Santa y que a través de este hueco los fieles podían introducir la mano y tocar directamente las reliquias. Como decía, en el siglo IX estos restos son trasladados al monasterio benedictino de Flavigny y es allí donde se veneran las cadenas que, según la tradición, habría llevado la mártir durante su estancia en prisión, previa al martirio.

En el siglo XVII el culto de la mártir se difunde por París y en 1604 se funda la Fraternité de Sainte Reine, con sede en la iglesia de Saint Eustace y que tenía un precioso relicario donado por la reina Ana de Austria cuando en 1665, sus reliquias fueron expuestas en la iglesia de Saint Germain l’Auxerrois.

La iconografía de la mártir la representa con la palma de triunfo en las manos, el hacha o espada con que fue decapitada y, más a menudo, portando las cadenas que la aprisionaron y que son veneradas en Flavigny. A veces aparece una paloma suspendida sobre su cabeza en alusión al Espíritu Santo que descendió sobre ella; o con una oveja a su lado, aludiendo a su oficio de pastora.

Fotografía de 1923 mostrando el sarcófago de la Santa. Nótese el mencionado orificio por donde se tocaban los restos. Basílica merovingia del monte Auxois, Alise-Sainte-Reine (Francia).

En resumen: mártir real, de culto muy antiguo, pero mártir de la que apenas sabemos nada, aparte de las evidencias arqueológicas y cultuales que he expuesto; ya que su passio es una copia de la passio de Santa Marina-Margarita.

Meldelen

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