La Santísima Virgen María Reina

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Coronación de la Virgen, obra de Domenikos Theotokopoulos "El Greco" (1592). Museo Nacional del Prado, Madrid (España).

Coronación de la Virgen, obra de Domenikos Theotokopoulos “El Greco” (1592). Museo Nacional del Prado, Madrid (España).

Introducción
Jesucristo, luego de su Resurrección ha sido constituido Señor de vivos y muertos. Así es el Dominus, el Kirios, el Señor. Esta autoridad le ha venido del Padre, pues Él, le ha dado todo poder en el cielo y la tierra. Cristo es Rey, pero su reino no es de este mundo, su reino es justicia y paz y comienza desde aquí y ahora en todos los corazones que aceptan su mensaje y su autoridad. También es en nuevo Adán, el nuevo hombre que ha recreado todas las cosas. Por tanto, junto a Él, esta también la nueva Eva: María, que con su obediencia al plan de Dios, se ha convertido en Madre de todos los creyentes. Desde el trono de la Cruz, Cristo la ha constituido como la mujer por excelencia, fecunda en el alma y en el cuerpo. Por ello, el Señor Jesús la ha constituido Reina, asociándola a su celestial realeza; aludiendo al Salmo 44; “de pie, a tu derecha está la Reina”, podemos entender como dice San Bernardo, que Dios se goza de que todos los bienes nos lleguen por medio de María, a quien compara con un acueducto por el que llegan todas las gracias del Padre Celestial al Hombre.

María, la Reina y María, la Sierva del Señor
Es en la cultura bizantina donde comienza a representarse a la Madre de Cristo como Augusta. Su porte y manera de vestir es semejante a la de los emperadores romanos. Se glorifica a María y se exaltan sus prerrogativas de manera muy emotiva. Y el occidente no se queda atrás, porque ella también es invocada como la Domina, la Regina, la Tota Pulchra. Esto es correcto, pero según la doctrina de San Luis Grignon de Monfort, una devoción a María que no conduce a Cristo y que no nos hace imitarla, es estéril e inútil. Varios ejemplos propone San Alfonso María de Ligorio sobre como muchos devotos de ella la honran, la ensalzan, pero esa devoción no le gusta porque sus vidas no cambian ni se enmiendan. Refiere el mismo santo obispo y Doctor en su libro “Las Glorias de María”, como había un monje que la honraba con los labios recitando muchas veces frente a ella una significativa frase del himno Ave, Stella Maris: “Mostrate esse matrem”: “Múestrate Madre”, pero su vida personal dejaba mucho que desear. Así pues en una ocasión, la imagen de Nuestra Señora se voltea a él y le respondió: “Mostrate esse filio”: “Muéstrate que eres hijo”.

"Reina de Todos los Santos", autor desconocido, Museo Blastein, cd de México.

“Reina de Todos los Santos”, autor desconocido, Museo Blastein, cd de México.

Por ello el Concilio Vaticano II, sin menospreciar esta venerable devoción, también ha propuesto que se revise la teología mariana para explotar toda la riqueza de la figura de María. Así la propone como la Virgen pobre y obediente la mujer sencilla la que lleva a Cristo al necesitado, la muchacha que está en oración constante, la mujer fuerte y de pie ante la Cruz, la Madre que está alentado a los discípulos y muchísimos más ejemplos que invita a seguir. María es grande por su fe, esta fe la ha llevado a ser Madre de Dios y como ella, debemos actuar nosotros, pues nadie mejor que esta Doncella de Nazaret sabe como agrandar a Dios. Al igual que Ella, debemos ser dichos porque escuchamos la Palabra de Dios y la ponemos en práctica.

Devoción
La devoción de los fieles, acompañada del cariño por ella de muchas maneras ha querido manifestar su amor a la Reina del Cielo: le ha dedicado capillas, iglesias, basílicas y catedrales, engalana sus imágenes, hace proliferar luces y flores en sus altares, le hace fiesta, porque los fieles ven en Ella a la Madre, la Omnipotencia Suplicante a quien Dios no niega nunca nada. La última parte de las letanías lauretanas se refiere a María como Reina: Reina de los Ángeles y Reina de todos los Santos en cada uno de sus coros, Reina del cielo, de la tierra, de la creación. Reina sin mancha y por ello asunto al cielo en cuerpo y alma, con una sintonía social muy actual y urgente: Reina de la Paz; San Juan Pablo II también lo ha proclamado en estas letanías como Reina de las Familias, para que en su seno se conozca más y se ame mejor a su hijo.

Cabe mencionar el rito singular de la coronación de sus imágenes. Si la imagen ha sido decretada por el Obispo Diocesano, la coronación se llama litúrgica o episcopal. Si el decreto proviene del Papa, se llama canónica o Papal. Las condiciones para que este rito se cumpla son tres; antigüedad, fama y belleza artística de la imagen que se pretende coronar. Así las coronaciones de sus imágenes se han multiplicado en toda la tierra, conforme a lo que dice la Sagrada Escritura: “Se levantaron sus hijos y la proclamaron bienaventurada”. (Cfr. Prov. 31, 28). Es oportuno recordar las palabras que dice el rito al colocar una corona sobre las sienes de alguna imagen suya: “Que así como te coronamos aquí en la tierra, merezcamos ser coronados por ti en el cielo”.

"Coronación de la Virgen", de Nicolás Rodríguez, Museo Soumaya, Ciudad de México.

“Coronación de la Virgen”, de Nicolás Rodríguez, Museo Soumaya, Ciudad de México.

Algo de historia
La Madre de Dios, al concluir su vida en la tierra, fue llevada en cuerpo y alma al cielo, allí fue coronada por la Santísima Trinidad como Reina y Señora de cielos y tierra, de ángeles y hombres. Desde entonces Ella esta intercediendo constantemente y sin descanso por sus hijos. El fundamento de este título es bíblicamente confiable y seguro. Por ello la fiesta ya era pedida desde los congresos marianos de Lyon en 1900, Friburgo en 1902 y Einsielden en 1906. Con la institución de la fiesta de Cristo Rey en 1925, la inquietud y deseo de la institución de esta fiesta se fue consolidando.

En 1954, en el centenario de la proclamación del dogma de la Inmaculada Concepción el Papa Pio XII expidió la encíclica Ad Coeli Reginam, que profundizo los fundamentos histórico – teológicos de esa festividad; así en 1955 el mismo Papa instituyó la fiesta de la Realeza de María, inscrita el 31 de mayo como para cerrar el mes de María con un broche de oro con esta celebración. Luego de la reforma litúrgica del Concilio Vaticano II, la festividad cambió de nombre y de fecha: Santa María Virgen, Reina, en el 22 de agosto, la octava de la Asunción, para subrayar el vínculo de la realeza con su glorificación corpórea.

Conclusión
No hay pues ninguna contraposición entre la Reina del cielo y la mujer del Evangelio próxima a hombre. Así lo entiende el prefacio inspirado en el rito de la coronación de una imagen suya actualizado en 1981: “Tú has querido coronar a la Madre de Cristo con una diadema real para que pudiera demostrar a sus hijos, con ayuda más eficaz, su amor y benevolencia. Nosotros nos alegramos hoy por su singular dignidad, exultantes por el don recibido, unidos a todos los habitantes del cielo con voz unánime te cantamos, oh Padre, el himno de alabanza”.

Coronación de la Santísima Virgen. Tabla gótica de Sano di Pietro (s.XIV).

Coronación de la Santísima Virgen. Tabla gótica de Sano di Pietro (s.XIV).

Oración
Dios todo poderoso, que has querido darnos como madre y reina a la Madre de tu hijo, concédenos amarla y venerarla como verdaderos hijos suyos y obtener, por su intercesión el Reino de los cielos por…

Humberto

Bibliografía:
– LODI, Enzo, Los Santos del Calendario Romano: orar con los Santos en la liturgia, Ediciones paulinas, Madrid 1992, pp. 311-314.

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Nuestra Señora de los Ángeles

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"Virgen con ángeles", lienzo de William Adolphe Bouguereau (1900). Petit Palais, París (Francia).

“Virgen con ángeles”, lienzo de William Adolphe Bouguereau (1900). Petit Palais, París (Francia).

Introducción
Jesucristo, el Redentor, por su Pasión, Muerte y Resurrección ha llegado a ser el Rey del Universo. Es el Señor que ha recibido todo poder en el cielo y en la tierra, y a esta gloria ha asociado de manera especial a su Madre, la Santísima Virgen María, a la cual veneramos e invocamos de manera especial para que interceda por nosotros ante su Hijo y Señor nuestro. Por esta razón, María es un ejemplo muy importante para nosotros, pues en todos los episodios de su vida, narrados por la Sagradas Escrituras, podemos adueñarnos de un ejemplo suyo para imitarlo. Esta prerrogativa de María la encontramos en muchas partes: el arte, la liturgia y la oración. En este último punto encontramos una pauta interesante en las Letanías Lauretanas, que en su parte final la invoca como Reina. Este título también tiene potestad sobre las criaturas angélicas: María es Reina de los Ángeles.

Salvo el episodio de la Anunciación, el Evangelio no narra otro suceso donde Nuestra Señora tenga trato directo con los ángeles, es la piedad cristiana la que, en algunos relatos píos, quiere que Ella conviva con los ángeles en algunos hechos de su vida, desde el nacimiento de Jesús, pasando por la huida a Egipto y así hasta antes de su propia muerte. Dejando de lado estos antecedentes, que pueden ser respetables, aparte de San Gabriel, no hubo ángel que tuviera interacción con Ella, salvo su ángel custodio. María es Reina de los Ángeles, criaturas llenas de santidad y perfección, porque así lo ha dispuesto Dios. Luego de su muerte y Asunción, al ser coronada por la Santísima Trinidad como Reina y Señora de la creación, los Santos Ángeles han quedado bajo su autoridad y ellos la aman y se gozan infinitamente de estar a su servicio.

Hoy, 2 de agosto, celebramos esta advocación mariana, pero a diferencia de otros títulos de Nuestra Señora, no tenemos noticia de alguna aparición, ni hay alguna imagen determinada por cuya fama se haya instituido esta fiesta. La conmemoración de este día está relacionada con la dedicación de una iglesia y con la intervención de San Francisco de Asís, cuyo amor a Cristo y a su Santísima Madre dan origen a la festividad de Nuestra Señora de los Ángeles. De ahí que, en lo general, no exista el prototipo de una imagen que se reproduce, como sucede en las otras advocaciones marianas, siguiendo un patrón en lo general. Podremos encontrar una producción variada y realmente hermosa de la Madre de Dios en compañía de los ángeles. Y salvo en el caso de Nuestra Señora de los Ángeles, patrona de Costa Rica, no hay otra imagen definida para venera a nuestra Madre bajo este título específico.

Capilla de la Porciúncula en el interior de la Basílica.

Capilla de la Porciúncula en el interior de la Basílica.

La Porciúncula
Luego de su conversión y buscando discernir su vocación, San Francisco tiene cierta predilección por restaurar algunas capillas: San Damián, San Pedro y Santa María de los Ángeles. Esta última capilla se ubicaba en el Monte Subasio, en el valle de Espoleto, y era propiedad de los benedictinos. El nombre de Porciúncula significa “porción”, y como tal fue cedida al Pobrecillo para que su Orden tuviera un lugar que le diera respaldo jurídico. Aquí el Santo tuvo la seguridad de ejercer su carisma de la santa pobreza, luego de escuchar el Evangelio que dice: “No lleven encima oro ni plata, ni monedas, ni provisiones para el camino, ni dos túnicas, ni calzado, ni bastón; porque el que trabaja merece su sustento” (Mateo 10, 9-10); y también en este lugar Francisco reconoce que, de manera especial luego de pedírselo insistentemente, Nuestra Señora le concedió su protección especial. Además, aquí se estableció el primer grupo de seguidores de Francisco y Santa Clara de Asís hizo su profesión religiosa. Es por esta razón que a este lugar se le conoce como la cuna de la Orden Franciscana, y con toda justicia, a esta iglesia San Pío X la llamó “cabeza y madre de todas las iglesias franciscanas”.

Advocación mariana con carisma franciscano
En este lugar, Francisco daba gracias a Jesucristo por haberlo hecho su hermano, al darle a María como Madre. Y fijó su residencia en Santa María de los Ángeles por el amor que tenía a estos santos espíritus, y por el gran amor que tenía por la Madre de Cristo. De sus escritos podemos espigar ideas de cómo une el amor de María al de Cristo, precisamente por el misterio de su abajamiento y posterior exaltación: de la Encarnación a la Cruz. Así, María es modelo de la Virgen discípula, la Virgen hecha Iglesia, la Virgen pobre al lado de Cristo pobre. Ella es la “Virgen pobrecilla” “Hija y esclava del Rey Altísimo”, exaltada junto a su Hijo y constituida “Señora, Santa Reina”. Esta oración compuesta por él, tal vez en la misma Porciúncula, expresa sus sentimientos a la Madre de Cristo:

Saludo a la Bienaventurada Virgen María
Salve, Señora, santa Reina,
santa Madre de Dios, María,
que eres virgen hecha iglesia
y elegida por el santísimo Padre del cielo,
a la cual consagró Él
con su santísimo amado Hijo
y el Espíritu Santo Paráclito,
en la cual estuvo y está
toda la plenitud de la gracia y todo bien.
Salve, palacio suyo;
salve, tabernáculo suyo;
salve, casa suya.
Salve, vestidura suya;
salve, esclava suya;
salve, Madre suya
y todas vosotras, santas virtudes,
que sois infundidas por la gracia
e iluminación del Espíritu Santo
en los corazones de los fieles,
para que de infieles hagáis fieles a Dios
.

"Jesús concede a san Francisco la indulgencia de la Porciúncula", lienzo de Antoni Viladomat (1722-24), MNAC, Barcelona (España).

“Jesús concede a san Francisco la indulgencia de la Porciúncula”, lienzo de Antoni Viladomat (1722-24), MNAC, Barcelona (España).

El Perdón de Asís
Este día, la familia franciscana celebra el Perdón de Asís o Indulgencia de la Porciúncula, evento ya testimoniado desde la segunda mitad del s.XIII y que San Francisco habría obtenido del Papa Honorio III. El Diploma de Teobaldo, obispo de Asís, recoge los pormenores. Al respecto se dice que San Francisco, estando recogido en oración en Santa María de los Ángeles, implorando a Dios misericordia para todos los pobrecillos pecadores; Cristo se le apareció y Francisco se postró ante Él, mientras Cristo le hablaba: “Francisco, pide lo que quieras para la salvación de los hombres”. Francisco exclamó: “Aunque yo soy pecador, yo te ruego, Jesús, que des esta gracia a la humanidad: dale a cada uno de los que vengan a esta iglesia con verdadera contricción y confiesen sus pecados, el perdón completo e indulgencias de todos sus pecados”. Viendo que el Señor no respondía nada, Francisco se dirigió a María, Refugio de los Pecadores, y le suplicó: “Te ruego, a Ti, Santísima Madre, la abogada de la raza humana, que intercedas conmigo por esta petición”. Entoces Jesús miró a su Madre, que sonreía a su Hijo, como animándole a concederle esta gracia que era de su agrado. Jesús le dio a Francisco: “Te concedo lo que pides, pero debes ir a mi Vicario, el Papa, y pídele que apruebe esta indulgencia”. La visión se desvaneció, dejando a Francisco en el piso de la capilla con profundo agradecimiento.

Al día siguiente, muy temprano, Francisco fue a Perusa, donde el nuevo Papa había sido electo: Honorio III. En el camino, empezó a preocuparse, ya que iba a pedir un privilegio muy grande para una capilla desconocida. Ese tipo de indulgencia sólo se le había concedido a la tumba de Cristo, a la de San Pedro y San Pablo, y a los que participaban en las cruzadas. Al estar frente al Papa, Francisco le dijo: “Santidad, hace años reparé una pequeña iglesia en honor a la Santísima Virgen. Le suplico le conceda recibir indulgencias”. El Papa replicó: “No es razonable lo que pides, y ¿de cuántos años quieres que sea esta gracia?”. Francisco respondió: “Santo Padre, no es cuestión de tiempo, sino de almas”, “¿Qué significa eso de almas, Francisco?” respondió el obispo de Roma. Francisco hizo entonces una ferviente a Nuestra Señora, para pedir su protección, ya que debía explicarle al Papa lo que significaba su petición y quería obtener buenos resultados. “Yo deseo, por las gracias que Dios concede en esa pequeña iglesia, que todo el que entre en ella se le borren todos los pecados y las penas temporales en este mundo y en el purgatorio, desde el día de su bautismo hasta la hora en que entren en esa iglesia.”. Impresionado, el Papa exclamó: “Estás pidiendo algo muy grande, ya que no es la costumbre de la sede apostólica conceder algo semejante”. Francisco añadió con fervor y vehemencia profunda: “Santo Padre, yo no le pido esto por mí mismo, lo pido en nombre de Aquel que me ha enviado, Nuestro Señor Jesucristo”.

Basílica de Nuestra Señora de los Ángeles en Asís, Italia.

Basílica de Nuestra Señora de los Ángeles en Asís, Italia.

En ese momento, el Papa recordó que su predecesor, Inocencio III, estaba convencido que Cristo se aparecía y guiaba de manera especial a Francisco. El Pontífice declaró entonces: “Es mi deseo que te sea concedida tu petición”. Pero los cardenales presentes reclamaron que esta indulgencia debilitaría las cruzadas y pedían que se cancelara. Pero el Papa les dijo: “Yo no cancelo lo que he concedido”. Entonces le sugirieron que la acotara lo más posible. Así, el Santo Padre llamó a Francisco y le dijo: “Nosotros te concedemos esta indulgencia y debe ser válida perpetuamente, pero sólo en un día cada año, desde las vísperas, a través de la noche, hasta las vísperas del siguiente día.” Francisco dio las gracias y dio la vuelta para retirarse, pero el Papa le llamó: “¿A dónde vas, pobrecillo? No tienes garantía sobre lo que he autorizado”. Francisco se vovió y respondió: “Su palabra es suficiente para mí, si ésta es la obra de Dios, es Él quien hará su obra manifiesta. No necesito ningún otro documento. La Santísima Virgen María habrá de ser la garantía, Cristo el notario, y los ángeles los testigos.” Después, mientras oraba, el Santo de Asís escuchó estas palabras: “Francisco, quiero que sepas que esta indulgencia que te ha sido concedida en la tierra, ha sido confirmada en el cielo”.

Actualmente, esta indulgencia plenaria se puede lucrar visitando una iglesia, catedral, parroquial o franciscana. Así, la intención de Francisco de que los cristianos no fueran hasta Roma o Tierra Santa para ganar esta gracia y se enfrentaran a graves peligros en el camino, se ha extendido en todo el mundo, para que todos los bautizados católicos gocen de este favor obtenido por San Francisco de Asís.

Imagen de la Virgen sobre la fachada de la Basílica de la Porciúncula, Asís (Italia).

Imagen de la Virgen sobre la fachada de la Basílica de la Porciúncula, Asís (Italia).

Himno de Vísperas
Entre la tierra y el cielo,
una escalerilla blanca;
para sostenerla firme,
ángeles suben y bajan.

Y fijando nuestro ascenso,
arriba, tú, Estrella y Ancla.
Nuestro Padre San Francisco
anima nuestra escalada.

Virgen de la vida pura,
alívianos de la carga
alcanzándonos de Dios
el perdón de nuestras faltas.

Madre de los pecadores,
alienta con tu mirada
nuestros pasos vacilantes
hacia Dios, en la esperanza.

Madre–Virgen de Jesús,
Virgen–Madre de las almas,
pues somos hermanos
suyos llévanos a su morada.

Y serás tú bendecida,
y la Trinidad muy Santa
–el Padre, el Hijo, el Espíritu–
por siempre glorificada. Amén
.

Oración
Concédenos, Señor, por la intercesión de la Virgen, Reina de los Ángeles, cuya gloriosa fiesta celebramos hoy, que participemos como ella de la plenitud de tu gracia. Por…

Humberto

Bibliografía
– MARTÍNEZ PUCHE, José A., Nuevo Año Cristiano: Agosto, Editorial Edibesa, Madrid, 2002, pp. 65-70.
– Suplemento Liturgia de las Horas, Propio de la Familia Franciscana, Tomo III, Editorial Regina, Barcelona, 1990, pp. 50-60.

Enlace consultado (31/07/2014):
http://www.corazones.org/lugares/italia/asis/a_sta_maria_angeles.htm

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