Beatas Rita Dolores Pujalte y Francisca Aldea, mártires

Artículo extraído ilegalmente y sin permiso de PreguntaSantoral.es

Lienzo de las Beatas Rita Dolores Pujalte (izqda.) y Francisca Aldea (dcha.), obra de Antonio Molina Torres. Casa Noviciado de la Congregación en Madrid, España.

Las dos religiosas de las que hablaré hoy, pertenecientes a las congregación de las Hermanas de la Caridad del Sagrado Corazón de Jesús -fundada en 1887 por la madre Isabel Larrañaga Ramírez con vistas a la docencia cristiana de niñas- tuvieron el triste honor de ser las primeras en sufrir del martirio durante la terrible matanza de religiosos y sacerdotes en la Guerra Civil Española (1936-1939). Para un mejor seguimiento, hablaré en primer lugar de cada una de ellas y posteriormente abordaré el relato de su martirio.

Beata Rita Dolores Pujalte Sánchez
Nació el 18 de febrero de 1853 en Aspe (diócesis de Orihuela-Alacant), hija de dos padres muy cristianos -Antonio y Luisa- que la educaron muy austeramente y con gran religiosidad. Este ambiente la llevó a comprometerse muy pronto con tareas de catequesis y obras de caridad a través de asociaciones de apostolado a las que perteneció, como las Hijas de María, la Tercera Orden de San Francisco y las Conferencias de San Vicente de Paúl. Destacaba por su amor al Sagrado Corazón de Jesús“Del Corazón de Jesús hay que esperarlo todo”, solía decir -, a la Eucaristía, a la Pasión de Cristo y a la Virgen María.

En 1888, cuando ya tenía 35 años de edad, ingresó en el naciente Instituto de las Hermanas de la Caridad del Sagrado Corazón de Jesús, profesando en 1890. Gozó de la confianza y aprecio de la madre fundadora, y debido a su calidad humana y espiritual pasó muchos años desempeñando cargos relevantes en la congregación, como los de superiora local en los colegios de Fuensalida y Santa Susana de Madrid (1891), Superiora General (1899) sucediendo a la madre fundadora y siendo reelegida varias veces hasta 1928, Vicaria y maestra de novicias.

Fotografía de la Beata Rita Dolores Pujalte.

Era culta y sensible, con un carácter dulce y firme a la vez y una personalidad alegre y dinámica. Su actitud infundía confianza y estimulaba a la virtud; y destacaba especialmente por su cariño y dedicación hacia las Hermanas que estaban enfermas.
Asumió con gran esfuerzo y dedicación el satisfacer las necesidades educativas de las zonas humildes, tratando de aportar una formación integral, humana y cristiana, a las niñas que estaban a su cargo y alentaba a las demás Hermanas a hacer lo mismo.

El martirio le llegó en los últimos años de su vida, siendo ya octogenaria y estando muy enferma. Se había retirado al colegio de Santa Susana, diabética y casi ciega, para descansar y esperar la muerte. Había asumido con paciencia y firmeza el deterioro de su salud y estaba segura de que la providencia divina lo dispondría todo perfectamente. Y lo que dispuso fue que dejara este mundo súbita y violentamente, coronada como mártir.

Beata Francisca Aldea Araujo
Nació el 17 de diciembre de 1881 en Somolinos (diócesis de Sigüenza-Guadalajara), hija de Pablo y Narcisa, cristianos muy sencillos. Muy pronto conoció el dolor, pues a los nueve años perdió a su padre y sólo dos años después moría su madre. Como huérfana, fue acogida en el Colegio de Santa Susana de Madrid, dirigido por las Hermanas de la Caridad del Sagrado Corazón de Jesús, como ya hemos dicho. Era una niña inteligente, comprensiva y buena: cuidaba con cariño de su hermana pequeña, Damiana, que estaba con ella; y como colegiala se distinguió por su amor hacia la Virgen, pues perteneció a la asociación de las Hijas de María.

A los 18 años ingresó en la Congregación de sus educadoras, siendo su maestra de novicias la Beata Rita Dolores Pujalte, quien sería su compañera de martirio, debido a que estuvo cuidando de ella cuando ya era anciana y enferma.
El 20 de septiembre de 1903 emitió su profesión temporal y el 1 de noviembre de 1910, los votos definitivos. Dedicó su vida a la enseñanza, tanto en Madrid como en Quintana de Soba (Santander) para lo cual había obtenido el título de maestra en la Escuela Normal de Toledo. Pero también desempeñó los cargos de superiora local, consejera, secretaria y ecónoma generales.

Era de carácter abierto y alegre, sacrificada, humilde, comprensiva y trabajadora, hasta el punto de hacerse querer por todos. Espiritualmente tenía una gran confianza en la providencia divina y un gran amor al Sagrado Corazón de Jesús, a la Eucaristía y a la Virgen María. Fue muy caritativa con los pobres y, como decía, con su maestra Rita Dolores, a la que cuidó en su enfermedad.

Fotografía de la Beata Francisca Aldea.

La toma de Santa Susana
Todo empezó en el Colegio de Santa Susana. Este centro educativo, del cual ambas mártires partieron hacia su ejecución, está ubicado en el barrio de las Ventas, una de las zonas suburbanas de Madrid. Fue uno de los primeros centros abiertos por la madre fundadora y hacía las funciones de Curia General, acogiendo a religiosas y niñas pobres y huérfanas. Desde allí se extendía la labor educativa de las Hermanas por las barriadas anexas, promocionando la educación de las niñas más pobres. Estamos hablando de un centro que acogía a 250 alumnas más otros cinco que dependían del mismo, con 1250 niñas más.

Hacia mediodía del 20 de julio de 1936, fue tomado por las masas revolucionarias el Cuartel General de la Montaña, y el armamento que en él había se distribuyó generosamente entre la población, de modo que se dio inicio al saqueo y la matanza. Al poco rato, grupos de hombres armados estaban ya apostados en barricadas callejeras, disparando sobre el Colegio de Santa Susana, que ya había sido objeto de un intento de quema en mayo de 1931. ¿Por qué este odio contra un centro educativo religioso? Pues porque era un símbolo, a su entender, del monopolio de la enseñanza, la opresión y el adoctrinamiento religioso por parte de la Iglesia; y su idiosincrasia les impulsaba a la lucha contra estos aspectos, cometiendo el terrible error de descargar su ira contra inocentes.

En el momento en que las primeras balas cruzaban las ventanas e impactaban contra los muros, había unas 40 religiosas dentro con 80 alumnas, todas entre 5 y 17 años de edad. Inmediatamente algunas vecinas suplicaron a los fusileros que cesaran el fuego, porque allí había niñas además de las monjas. Ellos accedieron, pero exigieron que se abriesen las puertas y saliesen todas; y así se hizo. Por orden de la superiora, se abrieron las puertas y salieron todas a la calle, las religiosas muy nerviosas, pero serenas; y las niñas, completamente aterradas. Huyeron en desbandada mientras los asaltantes, enarbolando la bandera comunista, entraban en el edificio y la colocaban en la azotea. Las vecinas del edificio de enfrente, que habían solicitado el alto al fuego, ayudaron también a las fugitivas: una acogió en su casa a tantas niñas como pudo y se llamó a coches de la Guardia de Asalto que se hicieron cargo del resto del personal y lo fueron distribuyendo en varios domicilios de la ciudad, según sus posibilidades.

En la portería permanecieron tan sólo dos religiosas: la madre Rita Dolores Pujalte, de 83 años, que estaba muy enferma y casi ciega, como decíamos; y la madre Francisca Aldea, de 54 años, que era quien la cuidaba. En estos momentos ambas quizá ya eran muy conscientes de que las aguardaba el martirio. En el caso de Rita Dolores, la convicción de que iba a morir mártir se había apoderado de ella, y se preparaba para lo que el Señor dispusiera: “Echémonos en sus brazos, le dijo a su compañera, y que se haga su santísima voluntad”. Francisca, por su parte, no era menos valiente: podría haber huido y haberse salvado fácilmente, pero se negó a abandonar a la madre que tenía a su cargo, asegurando a las demás religiosas: “Yo sé que me matarán con ella, afirmó con decisión, pero estén tranquilas, que no la dejo”. Eso no significaba que no se sintiese impresionada y atemorizada ante la inminente perspectiva de su propia muerte, pero como ella misma dijo, “Estoy segura de que si el Señor me quiere para el martirio, llegada la hora, me dará la fortaleza necesaria”.

Vista del Colegio Santa Susana de Madrid (España), lugar de donde fueron expulsadas las mártires.

El martirio
Como decía, tan sólo ellas dos permanecieron en el Colegio. Primero oraron un rato en la Capilla para darse fortaleza, y luego esperaron a sus captores en la portería, ya seguras de su inminente muerte y habiendo prodigado el perdón a los que iban a matarlas.
Cuando los milicianos fueron a por ellas, recitaron el Credo en su presencia. Ellos, fingiendo ayudarlas, las escoltaron hasta un domicilio de la calle Alcalá -sexto piso del número 198- donde vivían una mujer llamada María Turnay y su hija. Así, daban la impresión de ponerlas a salvo. Pero poco después regresaron y se pusieron a amenazar y a hostigar a la señora Turnay en presencia de las dos religiosas, que habían estado rezando el Rosario; y una vecina amiga suya, preocupada, las hizo pasar a su piso y las hizo acostar.

Pero dos horas más tarde se presentaron en el domicilio cinco hombres armados y dos mujeres, pertenecientes al radio comunista de Ventas. Venían a por las religiosas: las hicieron levantarse de la cama, bajar a la calle y subir a un coche de ocho plazas que las llevó a la plaza de toros, a la cual dieron una vuelta pero, quizá molestos con la cantidad de gente que transitaba, no se atrevieron a matarlas allí y tomaron la carretera de Aragón hacia el pueblo de Canillejas.
Estando ya en esta localidad, inmediata a Madrid, el coche fue detenido por un control, de modo que obligaron a las dos religiosas a bajar del coche y a caminar por delante de ellos en la carretera de Barajas. En todo este tiempo, ninguna de las dos había opuesto resistencia, sino que esperaban sin desmayo el desenlace fatal. Y éste ya no se hizo esperar más.
Unos metros más adelante, en el lugar donde luego cortaría la autopista en dirección al aeropuerto, las mataron con un total de nueve disparos de fusil, en la cabeza y en otras partes del cuerpo. Era el 20 de julio de 1936, hacia las tres y media de la tarde.

Como era pleno día y el lugar del fusilamiento era muy cercano a Canillejas, se requirió la presencia del juzgado de la localidad para el levantamiento de los cadáveres. Éstos fueron llevados al cementerio municipal y, tras realizárseles una autopsia, fueron colocados en ataúdes y enterrados respetuosamente el 22 de julio, por la tarde.
Cuatro años después, el 20 de julio de 1940, aniversario del martirio, la Congregación recuperó los cuerpos de sus mártires y los trasladó al Colegio de Nuestra Señora del Carmen de Madrid.

Sepulcro de las Beatas en la Casa noviciado de la Congregación, Madrid (España).

Glorificación de las mártires
Muy pronto se divulgó la fama de martirio de estas dos religiosas, víctimas inocentes injustamente asesinadas por odio a la fe cristiana. Existen declaraciones de testigos presenciales de la autopsia que comentaban, maravillados, la serenidad que se reflejaba en los rostros sin vida de las dos mártires y el extraño perfume que despedían sus restos mortales.
Por ello, y también por el dato significativo de haber sido las primeras religiosas ejecutadas durante la persecución, desde muy pronto se pusieron en marcha los procesos necesarios para su glorificación.

El 22 de octubre de 1954 se iniciaba en Madrid el proceso informativo para su beatificación y canonización por vía de martirio. El 28 de febrero de 1958 el proceso de beatificación entró en la Sagrada Congregación para las Causas de los Santos, en Roma. El 7 de julio de 1977 fue publicado el decreto reconociendo su martirio.
Y finalmente, el día 10 de mayo de 1998, fueron solemnemente beatificadas por el papa San Juan Pablo II en la plaza de San Pedro del Vaticano, en Roma.

Las Hermanas de la Caridad del Sagrado Corazón de Jesús tienen, además, otras tres religiosas mártires: las hermanas Trinidad y Elena Cuesta Arribas y Prudencia Montes Díaz; pero, dado que oficialmente sólo se ha podido probar que desaparecieron y no hay constancia suficiente del martirio ni testimonios fiables que avalen el mismo; así como no se han podido localizar sus restos, ningún proceso se ha podido iniciar al respecto, quedando la mención de las tres en la Causa General.

Meldelen

Bibliografía:
– REDONDO RIVAS, María de la Jara (hccj), Firmes en la fe y en el amor: 75 aniversario de unas mártires seducidas por el amor del Corazón de Cristo. Folleto divulgativo de las HCCJ.
– REDONDO RIVAS, María de la Jara (hccj), Testigos de Jesús: Beatas Rita Dolores Pujalte Sánchez y Francisca Aldea Araujo. Cuaderno informativo de las HCCJ.
– RODRÍGUEZ FERNÁNDEZ, Gregorio: El hábito y la cruz. Religiosas asesinadas en la Guerra Civil Española. Ed. Edibesa, Madrid 2006.

Enlaces web: (05/07/2012)
http://www.hcorazonistas.org
http://beataaspenseritadoloressanchezpujalte.blogspot.com.es/

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