San Rosendo, obispo de Mondoñedo y abad de Celanova

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Estatua del Santo en la entrada al monasterio de Celanova, España.

“Varón providencial que, con la energía de su alma, la dulzura y afabilidad de su trato, sus eminentes virtudes, su gran saber y doctrina, su actividad incansable y su incuestionable prestigio, enjugó las lágrimas de la patria, restañó la sangre que corría por sus heridas y la levantó del abismo de postración y miseria en que se hallaba sumida”, estas son palabras de elogio hacia San Rosendo por parte de López Ferreiro, escritas en 1899, en su obra “Historia de la Santa Iglesia de Santiago de Compostela”.

Rosendo Gutiérrez fue un noble gallego perteneciente a una familia cuya historia se identifica casi por completo con la del reino astur-leonés. Esta familia había proporcionado a la monarquía guerreros heroicos, grandes políticos y santos que desarrollaron en todos los órdenes de la vida, especialmente en el religioso, una labor muy beneficiosa.
Era hijo de don Gutier y de doña Ilduara (Santa Ilduara), nobles que habían contraído matrimonio en el año 890. Su madre no era estéril pero sus hijos se morían al poco tiempo de nacer, lo cual la llenaba de pesadumbre y en una ocasión en la que su esposo se marchó a luchar en Coimbra acompañando al rey Alfonso III, ella se fue a orar al monte Corva, a una ermita que estaba dedicada al Salvador.
Aunque el camino era áspero, marchó sola y descalza y allí llena de dolor y llorando imploró al Señor que no se malograse el futuro hijo que pudiera tener. Un día se quedó dormida junto al altar y en sueños oyó al arcángel San Miguel que le decía: “Alégrate, Ilduara, que tu oración ha sido atendida y concebirás y darás a luz a un hijo que será un hombre grande”.

Y así ocurrió pues nació un niño y la madre pensó en bautizarlo en aquella ermita, pero al subir los carreteros la pila bautismal de la parroquia, se rompió el carro y mientras bajaron para buscar otro, dice la leyenda que San Miguel se llevó la pila a la ermita”. Santa Ilduara vio en aquello un signo y bautizó a su hijo imponiéndole el nombre de Rudesindo. Como podemos comprobar en este relato llegado hasta nosotros, se mezcla la historia del nacimiento del santo con una serie de leyendas populares añadidas con fines meramente devocionales. Leyendas falsas pues está documentado que San Rosendo tenía un hermano mayor, llamado don Munio el cual, en el año 911 asistió a la Junta de Prelados convocada por el rey Ordoño II en Aliobrio.
Tampoco se puede dar por hecho histórico el que don Gutier interviniera en la campaña de Coimbra, pues esta ciudad no fue ocupada por él, sino por su padre don Hermenegildo Gutiérrez en el año 878.

Vista del monasterio de Celanova, en Galicia, España.

Lo único cierto de todo esto es que San Rosendo nació en Galicia el 26 de noviembre del año 907, posiblemente en una de las posesiones que tenían sus padres junto al río Salas y quizás, después de una visión extraordinaria que hubiera tenido su madre; que fue bautizado por su tío Sabarico y que todos los siervos de sus padres celebraron unos días de fiesta por tal acontecimiento. Agradecido, su padre se dedicó a fundar monasterios y a reconstruir iglesias, fue un gobernante cristiano y piadoso y algo similar hizo también su madre.

Ya de adolescente, marchó con su tío Sabarico a Mondoñero y allí aprendió latín y Sagradas Escrituras. Era un joven maduro, de costumbres piadosas, muy austero aunque alegre, generoso con los pobres y se dice de él que “ya desde niño mostraba la madurez de un anciano” (Libro de López Ferreiro mencionado antes).
El día 18 de mayo del año 919, con solo doce años de edad, suscribió en la Corte de los reyes de León, junto con otros prelados y mandatarios, el diploma que su tío Ordoño II concedió a la iglesia leonesa. Aunque no se sabe cuando ni por cuanto tiempo, pasó una buena temporada en algún monasterio benedictino, pues Flores, en su “España Sagrada” publicada en Madrid en el año 1764, dice que “en su juventud fue prior del monasterio de Caaveiro” y esto sin haber recibido aun todas las órdenes sagradas.

Actualmente, este dato es discutible y es comúnmente aceptado que fue abad del monasterio de San Salvador y Santa Cruz de Puerto Marín, junto al río Miño. Allí siguió estudiando y allí le llegó la noticia de que había sido elegido obispo de Mondoñedo.

Imagen sedente del Santo, en su atuendo episcopal, en el altar mayor del monasterio de Celanova, España.

De él se cuenta que al recibir esta noticia, dijo: “Señor, cuando en mi casa paterna yo crecía entre el relinchar de los caballos y los gritos de hombres de guerra, tu me arrancaste de aquel ambiente. Cuando después pasé algunos años con mi tío en Mondoñedo, entre clérigos y cortesanos, tu me trajiste a este remanso de paz. Soy feliz con mis estudios y con mis rezos, me encanta la soledad y los olores del campo y ¿por qué te acordaste ahora de mí? Déjame saborear la cruz de la pobreza, de la castidad y de la obediencia; déjame solo con el hábito de San Benito. Sus biógrafos dicen que su cruz sería su mitra.

Marchó a Mondoñedo (Lugo) y allí se encontró que al morir su tío, el obispo Sabarico, todos estaban en lucha: clérigos, nobles y plebeyos y así, desde el primer momento, se tuvo que empeñar en imponer la paz entre sus fieles y para conseguirla, ayudado por sus padres, se dedicó a construir monasterios e iglesias, serenó a todos los abades de la región y a toda la nobleza, granjeándose rápidamente la amistad de unos, dirimiendo las contiendas de otros y aconsejando a sus parientes los reyes de León. En el “Episcopologio Minduniense del siglo X” se recogen cronológicamente las firmas de San Rosendo sobre documentos confeccionados sobre particiones y arreglos entre familias.

Como sus sentimientos eran profundamente humanos, luchó activamente contra la esclavitud y lo primero que hizo fue liberar a todos los esclavos de la clerecía, recomendando a todos los señores de su diócesis a que siguieran su ejemplo. De esta manera se ganó la simpatía de todo el pueblo y concentró en sí mismo las esperanzas de todos los que ansiaban conseguir su libertad. Así, serenando la vida de los monasterios, dirimiendo las discrepancias entre nobles y reyes y atrayendo hacía el las simpatías del pueblo, consiguió pacificar su diócesis.

Pero aunque obispo, añoraba la vida monacal y quería volver al claustro. Y así, sigue diciendo la tradición, que “hallándose en oración en el monasterio de Caaveiro, un día del año 934, el Señor le reveló que era su voluntad que fundase un gran monasterio en el lugar de Vilar a orillas del río Sorica. El comprendió que ese nuevo monasterio llegaría a ser su lugar de descanso”. Y puesto manos a la obra, consiguió que su hermano Fruela y su prima Jimena cediesen sus derechos sobre la finca de Vilar a favor del futuro monasterio. Este documento se firmó el día 12 de septiembre del año 936, haciendo la donación “sub regimini ac tuitione patris ac germanis mei domni Rudesindi episcopi”. Se ponían los cimientos del futuro monasterio de San Salvador de Celanova.

Vista de la iglesia mozárabe adosada al monasterio de San Salvador de Celanova, España.

Se empezó la construcción del monasterio con donaciones de ricos y pobres y con la inestimable ayuda de su madre Santa Ilduara y el 25 de septiembre del año 942, San Rosendo vio colmados todos sus deseos. Se convirtió en un obispo-monje.

En Celanova recibió a once obispos pertenecientes a los reinos de León y de Galicia, a veinticuatro condes, a numerosos abades y monjes y a una muchedumbre de fieles; todos querían besar afectuosamente sus manos. Se consagró la iglesia, se dotó al monasterio de tierras y haciendas, se amuebló, se llenó de libros su biblioteca, fue habitado por monjes traídos del monasterio de Ribas do Sil (en la Ribera Sacra) y que estaban bajo la autoridad del abad Franquila y se instituyeron las fiestas propias del monasterio, cinco en total, en honor de San Román (en memoria de su tío el obispo Sabarico), San Vicente diácono (en memoria de su padre), Santos Adrián y Natalia (en honor a su madre), Santos Facundo y Primitivo (para celebrar el día de su nacimiento) y San Miguel (en honor de su hermano don Fruela).

San Salvador de Celanova se constituyó como ejemplo de monasterio para toda Galicia; glorioso, pues sus dos primeros abades, Franquila y Rosendo, están canonizados por la Iglesia. En este monasterio pusieron todo su interés su madre Ilduara, sus hermanos Fruela (o Froilán), Muñoz y Adosinda, los cuales, al morir, dejaron parte de sus bienes al monasterio. Los reyes de León y de Castilla lo protegieron con privilegios y exenciones y al mismo tiempo contra las usurpaciones y abusos cometidos por los nobles y grandes señores de aquellas tierras orensanas.

Relicario con el cráneo del Santo (centro) en el monasterio de Celanova.

Pero él tuvo que regresar a su sede en Mondoñedo, alegre por tener su propia fundación, pero al mismo tiempo triste por tener que seguir apagando rencores, pacificando a los nobles, sofocando conspiraciones, imponiendo la paz. En el año 955 murió el abad San Franquila y los monjes eligieron como abad a San Rosendo.

Se dice que solo tres personas llegaron a turbar la paz monacal de San Rosendo: su ángel de la guarda, su madre Santa Ilduara y el rey. Su ángel porque se le aparecía en el coro a rezar con él y le obligaba a profetizar el futuro; su madre, porque cada día llegaba con una nueva donación y el 20 de diciembre del año 948 murió en el monasterio de Vilanova, a solo cuatro kilómetros del monasterio de Celanova y el rey Ordoño II que le envió la siguiente carta: “Ordoño rey, al padre y señor Rosendo: Salud en el Señor. Por mandato serenísimo de este nuestro decreto te encargamos el gobierno de la provincia que mandó tu padre y terrenos adyacentes hasta el mar, de suerte que todos concurran allí a obedecerte en las cosas de nuestro servicio y cuanto dispongas lo cumplan sin excusa alguna. Dado el 19 de mayo del año 955”. Esta decisión de Ordoño III fue confirmada posteriormente por doña Elvira, que era la tutora de Ramiro III.

Estas obligaciones acabaron con su paz monacal que era lo que él deseaba y así, aunque obispo-monje, se convirtió en gobernador, teniendo que compaginar la predicación y la cruz con las riendas de un caballo.
En ese tiempo, los sarracenos llegaron hasta el río Miño y él se vio obligado a salirles al paso. Más tarde, en el año 968, fueron los normandos quienes arrasaron las costas gallegas y San Rosendo tuvo también que hacerles frente armando a sus tropas y conteniendo a los invasores.
Cuando hubo tranquilizado a todas las tierras gallegas, sus campos y actividades industriales, decidió regresar a su monasterio de San Salvador de Celanova y allí prosiguió su actividad como monje pero creando un gran complejo industrial alrededor del monasterio dando trabajo a panaderos, cocineros, pastores, carpinteros, etc.

Vista de la urna que contiene las reliquias del Santo en el altar del monasterio de Celanova, España.

Cuando en el año 970 murió el obispo de Compostela, todos se fijaron en él, pero él se negó. Solo obligado por doña Elvira aceptó la administración temporal de la diócesis, pero dejando bien claro que no la aceptaba en propiedad, sino solo temporalmente y así, allí solo estuvo muy poco tiempo, pero el suficiente como para pacificar los monasterios, poner orden administrativo en la diócesis y asistir al concilio de León acompañado de San Pedro de Mesonzo.
Pero en el año 974 se volvió a Celanova y allí pasó los últimos años de su vida dedicado a la oración y a dar ejemplo a sus monjes. El 17 de enero del año 977 escribió su testamento, reflejando en él su humildad, su saber, su amor a la Orden benedictina y su predilección por el monasterio de Celanova y allí, en su monasterio, murió tal día como hoy, 1 de marzo del año 977.
Murió después de recibir los santos sacramentos mientras el coro cantaba: “In manus tuas Dómine, commendo spiritum meum”. Había sido obispo durante treinta y dos años y abad durante veinte.

Fue enterrado en un ataúd de ciprés, dentro de un sarcófago de piedra, cerca de la capilla de San Pedro. Fue canonizado por el Papa Celestino III en el año 1196. En mayo del año 1601 sus restos fueron puestos en una urna de plata, urna que es venerada en su monasterio.
Además de las obras reseñadas en el texto del artículo, hemos utilizado los trabajos de Cesareo Gil, de la Real Academia Gallega, publicados en Santiago de Compostela en el año 1976 y el libro “Monasterios de Galicia” de Hipólito de Sá Bravo.

Antonio Barrero

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