La salvación en Cristo (II)

Artículo extraído ilegalmente y sin permiso de PreguntaSantoral.es

"Salvator Mundi", tabla gótica de Fernando Gallego.

“Salvator Mundi”, tabla gótica de Fernando Gallego.

3. Historia del mundo e historia de salvación
En tiempos no muy lejanos, y así lo encontramos glosado en conocidas obras sobre la vida religiosa, siempre al hecho de ingresar en alguna orden o congregación religiosa se le llamaba: “salir del mundo”. Curiosa expresión, como si entrar en la Cartuja o en un noviciado capuchino fuera salir de este pequeño planeta en el que todos vivimos. Aunque la expresión puede llevar a equívocos, su significado, si se analiza con detenimiento, es más hondo de lo que parece a primera vista. Pero, ¿consagrarse a Dios, querer unirse a Él más profundamente es abandonar esta realidad, este “mundo”? Precisamente es, creo, todo lo contrario, es vivir este mundo en toda su realidad, es unir la propia historia “profana”, temporal, a la historia de salvación. Es querer unir la vida propia caduca, con la eterna; la historia que pasa, con la de salvación que permanece; es relacionar “mi mundo”, con el de Dios; sumar “mi tiempo”, con el de Él. No es por tanto abandonar esta historia temporal que vivimos, sino ser conscientes de la “otra”, disfrutarla en compañía del que nos creó y nos ama.

Entonces, ¿hay dos “historias”? Podemos decir que sí:

1. La “historia profana”, con carácter mundano, temporal, creada por la libertad de actuación de las criaturas. El hombre no concede a esta historia un sentido transcendente, sino que se limita a encuadrarla en el mundo. Lo vemos muy acertadamente explicado en el Catecismo: “Dios es el Señor soberano de su designio. Pero para su realización se sirve también del concurso de las criaturas. Esto no es signo de debilidad, sino de la grandeza y bondad de Dios Todopoderoso. Porque Dios no da solamente a sus criaturas la existencia, les da también la dignidad de actuar por sí mismas, de ser causas y principios unas de otras y de cooperar así a la realización de su designio” (CR. 306).

"Salvator Mundi", lienzo de Fra Bartolommeo.

“Salvator Mundi”, lienzo de Fra Bartolommeo.

2. Por otro lado está la llamada “historia de salvación”, en la que Dios actúa y tiene como señor y rey a Jesucristo, Alfa y Omega. Con la creación no terminó Dios su tarea, sino que conduce al universo a su perfección, destino último, predestinación querida por Él. “Porque en sus manos estamos nosotros y nuestras palabras y toda la prudencia y pericia de nuestras obras; porque Él me dio la ciencia verdadera de las cosas, y el conocer la constitución del universo y la fuerza de los elementos; el principio, el fin y el medio de los tiempos…” (Sap 7, 16-18). Nos dice acertadamente B. Sesboüé: “La creación es por definición un comienzo: Es el primer tiempo de la historia que debe conducir al hombre al logro de su vida y a su verdadera felicidad” (Creer, pág. 170). Por tanto la historia de salvación es la plaza dentro de la historia humana donde Cristo reina, entendiéndose no como lugar aparte, sino como espacio entrelazado con los acontecimientos profanos.

No se trata de dos historias separadas, inconexas, sin relación alguna. La historia de salvación enfoca y aclara lo fundamental de la historia profana, dándole sentido transcendente. Dios ilumina, da sentido a nuestra historia, le da un comienzo, un camino, un final. Sin Dios, la historia del hombre no es más que una sucesión de acontecimientos aislados incomprensibles, sin hilo conductor alguno. Sólo Dios resuelve las preguntas más íntimas del hombre sobre su origen y su destino. Por tanto, el pensamiento contemporáneo de aislar y separar a Dios de la historia es, precisamente, acabar con ella, quitarle su sentido. Dios es señor de la historia, por tanto es una incoherencia el querer explicar el trasfondo de ésta sin contar con Él, sin darle su papel de director en la gran aventura del mundo.

Entonces, ¿hemos de olvidarnos de nuestra historia humana, centrándonos sólo en la transcendencia, en nuestra propia historia de salvación personal? Pues sería un craso error, pues es en ella donde nos encontramos con Dios salvador, es en ella donde nos desarrollamos, interactuamos con el prójimo y las criaturas, y donde se encuadra nuestro camino del día a día. No tiene sentido alguno el querer vivir otra vida que no sea la dada. No se puede estar vivo en la historia humana pero fuera de ella. Es aquí, en esta actividad mundana donde tenemos que salvarnos: esta historia es lugar de compromiso y edificación, aunque con ciertas gotas de distancia.

Iluminación persa de Cristo como Salvator Mundi.

Iluminación persa de Cristo como Salvator Mundi.

Compromiso con nuestros deberes terrenales, porque la fe nos obliga aún más a cumplirlos, según la vocación de cada uno, y obliga a cumplirlos con coherencia y responsabilidad: “El Concilio exhorta a los cristianos, ciudadanos de la ciudad temporal y de la ciudad eterna, a cumplir con fidelidad sus deberes temporales, guiados siempre por el espíritu evangélico. Se equivocan los cristianos que, pretextando que no tenemos aquí ciudad permanente, pues buscamos la futura, consideran que pueden descuidar las tareas temporales, sin darse cuenta que la propia fe es un motivo que les obliga al más perfecto cumplimiento de todas ellas según la vocación personal de cada uno. Pero no es menos grave el error de quienes, por el contrario, piensan que pueden entregarse totalmente a los asuntos temporales, como si éstos fuesen ajenos del todo a la vida religiosa, pensando que ésta se reduce meramente a ciertos actos de culto y al cumplimiento de determinadas obligaciones morales” (Vaticano II. GS 43).

El compromiso cristiano debe tender a penetrar en el tejido de las relaciones humanas un dinamismo orientado a la meta definitiva. En otras palabras, se trata de afirmar la centralidad de la persona, la libertad y la solidaridad, salvaguardando, al mismo tiempo, la legítima autonomía de las realidades temporales.

Pero la transcendencia del Reino impide pararse en los objetivos alcanzados y estimula hacia una reforma continua, hacia una renovación creativa y creciente. Además nos obliga a situarnos a una cierta distancia. La familia, el trabajo, la cultura y la política, por ejemplo, son importantes, ninguna indiferencia es válida hacia todo ello, pero la participación y el compromiso no significa absolutización. Hay que mantenerse siempre disponibles, sin dejarse atrapar por los valores parciales. El compromiso histórico deja de ser auténtico cuando absorbe todas las energías. No hay que perder de vista los límites y la temporalidad en las conquistas sociales culturales, económicas y políticas.

4. Autonomía del mundo y dependencia de Dios
Pero entonces, ¿qué papel juegan en la salvación del hombre las realidades temporales?, ¿son realmente autónomas estas realidades en el plan de Dios? La respuesta la encontramos en la Encarnación. Dios se hace hombre sometiéndose a las limitaciones propias de esta condición (Flp 2, 6-8). Fue realmente hombre, no se disfrazó como tal, lo cual para algunos creyentes aparentemente piadosos, aún hoy en día, es especialmente “molesto”. Creen que hacen un favor a Dios pensando que fue un poco “más” Dios que hombre. Las herejías cristológicas de los primeros siglos aún viven sutilmente entre nosotros.

"Salvator Mundi", lienzo de Domenikos Theotokopoulos "El Greco" (1600). Galería Nacional de Escocia, Edimburgo, Reino Unido.

“Salvator Mundi”, lienzo de Domenikos Theotokopoulos “El Greco” (1600). Galería Nacional de Escocia, Edimburgo, Reino Unido.

“Cristo, parecen pensar, habría bajado al mundo como los obispos y los ministros que bajan un día a la mina y se fotografían, ¡tan guapos!, a la salida con traje y casco de mineros. Obispos y ministros saben que esa fotografía no les hace mineros; que luego volverán a sus palacios y despachos. ¿Y de qué nos hubiera servido a los hombres un Dios disfrazado de hombre, camuflado de hombre, fotografiado, por unas horas, de hombre?” (J. L. Martín Descalzo. Vida y Misterio de Jesús de Nazaret, tomo I).

Con el tema de la historia humana ocurre algo parecido: nuestra historia de salvación es una historia encarnada, hecha mundo. Pero una falsa piedad nos indica que “esta” historia, la del día a día, no es nuestra, en parte porque está cargada de miserias, pobrezas y limitaciones. Es, por así decirlo, “muy” humana, alejada del Cielo, demasiado real, y paradójicamente, en cierta manera, muy “inhumana”. Nos desagrada pensar que esta historia tan manchada es la que construimos entre todos: siempre la culpa es de los demás, de otros, de Dios, incluso.

Y resulta que no, que esta historia es para nosotros, enterita, responsabilidad nuestra, autónoma, libre. ¡Qué chasco! ¡Con lo bien que se está sin responsabilidad, como un niño pequeño, cuidado y acunado por el Padre Dios! Sabemos muy bien, somos expertos en eludir nuestras tareas y encargos. El construir con nuestras manos un mundo según la ley de Dios se hace muy cuesta arriba.

Ciertamente la tarea de construcción del Reino es dura, aunque el contemplar este mundo con ojos nuevos nos hará ver las grandes posibilidades que éste posee. El sembrar nuestra realidad temporal con semillas de Dios, “humanizándolo” en el sentido más positivo y pleno de la palabra, es signo de nuestro compromiso en ser colaboradores del Creador. Por tanto, este noble trabajo es doble: contemplación de las maravillas de la creación y administradores de dichas maravillas puestas bajo nuestro cuidado.

Y siempre sin perder de vista a Dios. Es muy fácil, como decimos, dejarnos seducir por el “dualismo” de la historia y vivir una doble vida con respecto a nuestra fe. Como si nuestra historia humana, profana, no tuviera que ver nada con Dios: una cosa, podemos pensar, son las cosas de los hombres, nuestros asuntos y pleitos, y otra, los asuntos de Dios.

Imagen del Salvador en el retablo principal. Iglesia de Ayoó de Vidriales, Zamora (España).

Imagen del Salvador en el retablo principal. Iglesia de Ayoó de Vidriales, Zamora (España).

La autonomía de la realidad terrena no implica la desvinculación con el Creador, no implica el ser dos “asuntos” independientes, sino que la bondad de la acción de Dios abarca esta dimensión, la gobierna y cuida. Precisamente esa bondad divina perfecciona, permite y es garante de la autonomía de la historia profana, pues es lo querido por el que todo creó.

Tampoco la relación Dios-criatura es una relación de independencia. Dios reconoce la libre acción de todo lo creado, con sus propias normas, causas y principios: así lo dispuso. Pero esto no significa que tenga una relación rota con Él, no implica una total desvinculación de la mano creadora, sino que es soberano de su designio (Sal 148, 5-6). Precisamente, por esta unión es por lo que la criatura alcanza su dignidad, pues, ¿qué es una simple criatura sin Dios? Se diluye sin Él en la inmensidad del universo. El entrar en los planes divinos es lo que la enaltece y hace grande; es lo que hace que tenga su importancia en la creación: “Grandes son las obras del Señor, dignas de estudio para los que las aman (Sal 110, 2)”.

Resumiendo todo este punto, podemos decir por tanto, que toda nuestra realidad humana es también realidad de Dios, donde Él es Rey y Señor. El hombre, reconociéndolo, debe esforzarse por conocer la voluntad divina y perseverar, con libertad de acción y ayuda de la gracia, en su cumplimiento. Esta realidad temporal es asimismo un campo de acción autónomo del hombre, pero no independiente del plan de Dios, por lo que mantener una relación con Él sólo en el ámbito de lo religioso es fragmentario. Todo ello nos exige depurar nuestras tareas y acciones temporales para referenciarlas al único marco posible: Cristo.

5. La Buena Nueva de la salvación universal
Uno de los puntos de conflicto de las comunidades cristianas nacientes tras la resurrección de nuestro Señor fue precisamente el título de este apartado. Se preguntaron estos primeros seguidores del Nazareno: ¿la salvación es para todos?, ¿quizás sólo para los judíos de nacimiento? Recordemos aquí las tormentosas discusiones del primer Concilio de Jerusalén en lo referente a la obligación del cumplimiento de la Ley por parte de los gentiles: Después de una larga deliberación, se levantó Pedro y les dijo: “Hermanos, vosotros sabéis cómo ha mucho tiempo determinó Dios aquí entre vosotros que por mi boca oyesen los gentiles la palabra del evangelio y creyesen. Dios, que conoce los corazones, ha testificado en su favor, dándoles el Espíritu Santo igual que a nosotros y no haciendo diferencia alguna entre nosotros y ellos, purificando con la fe sus corazones” (Hch 15, 7-9)

Salvador Eucarístico, óleo de Juan de Juanes (1545-1550). Museo Nacional del Prado, Madrid (España).

Salvador Eucarístico, óleo de Juan de Juanes (1545-1550). Museo Nacional del Prado, Madrid (España).

En relación con este texto, Benedicto XVI, en su “Jesús de Nazaret”, hace una aportación interesante: Para ellos (los judíos), Dios es sobre todo Ley; se ven en relación jurídica con Dios y, bajo este aspecto, a la par con Él. Pero Dios es algo más: han de convertirse del Dios-Ley al Dios más grande, al Dios del amor. Entonces no abandonarán su obediencia, pero ésta brotará de fuentes más profundas y será, por ello, mayor, más sincera y pura, pero sobre todo también más humilde.

Aunque la declaración solemne de Pedro, junto a los demás apóstoles y el pueblo, tuvo la fuerza del primado, ya el Espíritu Santo había hablado por la boca de san Pedro el día de Pentecostés anticipando a la Buena Nueva de la salvación universal: “Y todo el que invocare el nombre del Señor se salvará” (Hch 2, 21).

La esperanza de la salvación que parece tan sabida por parte de todos los cristianos, es olvidada a veces en momentos en los que la vida nos parece dar la espalda. Esta promesa salvífica debe llenar nuestros corazones de esperanza y júbilo: todos estamos llamados a la redención, todos podemos participar del banquete que Dios nos prepara (Mt 25, 21; Mt 8, 11; Ap 19, 6-9). Describe maravillosamente este banquete Henri J. M. Nouwen en su archiconocida obra del “Regreso del Hijo Pródigo”: “Soy consciente de que no estoy acostumbrado a imaginarme a Dios dando una gran fiesta. Parece que está en contradicción con la seriedad y la solemnidad con la que siempre le he relacionado. Pero cuando pienso en la forma como Jesús describe el reino de Dios, veo que siempre hay un banquete… La celebración es parte del reino de Dios. Dios no sólo ofrece perdón, reconciliación y cura, sino que quiere hacer todos estos regalos como muestra de su alegría para todos los que estén presentes… Dios no quiere guardarse la alegría para Él solo. Quiere compartirla con todo el mundo. La alegría de Dios es la alegría de sus ángeles y de sus santos; es la alegría de todos los que pertenecen al reino”.

Y en esa promesa de Cristo para todo el que le sigue, no hay distinciones entre los hombres. El término cristiano no lleva apellido alguno como a veces nos empeñamos en poner: no hay cristianos de una clase o de otra, ricos o pobres, blancos o negros, altos o bajos. No hay cristianos de primera o de segunda, todos somos iguales, y todos podemos seguir a Cristo y ser salvos, sean las que sean las circunstancias que nos acompañen en la vida. Nos viene aquí que ni pintado el conmovedor pasaje del eunuco etíope y el diácono Felipe: “Siguiendo su camino, llegaron a donde había agua, y dijo el eunuco: Aquí hay agua; ¿qué impide que sea bautizado? Felipe dijo: Si crees de todo corazón, bien puedes. Y respondiendo, dijo: Creo que Jesucristo es el Hijo de Dios. Mando parar el coche, y bajaron ambos al agua, Felipe y el eunuco, y le bautizó (Hch 8, 36-38)

Imagen del Salvador en madera policromada. Iglesia de Ayoó de Vidriales, Zamora (España).

Imagen del Salvador en madera policromada. Iglesia de Ayoó de Vidriales, Zamora (España).

Incluso los pecadores endurecidos tienen la posibilidad de salvarse si se convierten y acogen a Cristo en sus vidas. Ellos son especialmente queridos por Cristo que no deja de salir a su encuentro. En su conversión es donde sobreabunda la actuación de la gracia. El mismo Salvador así lo enseña en el encuentro con Zaqueo: “Díjole Jesús: Hoy ha venido la salud a tu casa, por cuanto éste es también hijo de Abraham, pues el Hijo del hombre ha venido a buscar y salvar lo que estaba perdido” (Lc 19, 9-10).

Y es que olvidamos a veces que la misión principal de Jesús fue ésta: salvar a los pecadores, o lo que es lo mismo, a todo el género humano, a todos los que somos de la estirpe de Adán. Nos deleitamos con un Jesús mesiánico estilo hippie que nos dibuja el mundo de color rosa, que trae paz, armonía, solidaridad y todas esas palabras tan de moda en las ONGs de cooperación internacional. Nos parece un propósito bueno y… “guay”, muy actual y comprometido, que engancha y enamora. Además al mundo es mejor y más fácil “venderle” un Jesús así, con florecillas en el pelo, que un Jesús solemne que rompe las cadenas del pecado. Un Jesús salvífico suena a tratado de Sto. Tomás de Aquino por lo menos. ¿A quién se le puede anunciar un Jesús tan insípido y “carca”?

Pero la realidad es que la Encarnación y la Cruz fueron para que el mundo sea salvo en Dios: ésa era la voluntad divina desde el principio de los tiempos. Resuenan aquí con fuerza las palabras del prólogo del evangelio de S. Juan: “Vino a los suyos, pero los suyos no le recibieron. Mas a cuantos le recibieron les dio poder de venir a ser hijos de Dios a aquellos que creen en su nombre “(Jn 1, 11-12).

El hombre, por esta voluntad salvífica de Dios, es transformado y renacido a una nueva esperanza, adquiriendo la dignidad de hijo de Dios, sea cual sea su condición o estado. Asimismo es invitado y animado por la gracia a acoger el plan que Dios tiene proyectado: la vocación a la salvación. Ningún hombre es ajeno a esta llamada, y todos son llamados vivir a Cristo en plenitud porque “… nuestra ciudadanía está en los cielos, de donde esperamos un Salvador: al Señor Jesucristo…” (Flp 3, 20). Y en la primera carta de S. Juan encontramos un texto revelador: “Y hemos visto, y damos de ello testimonio, que el Padre envió a su Hijo por Salvador del mundo” (1 Jn 4, 14). Fijémonos que dice “del mundo”, en totalidad, no de una parte. Dios envía a su Hijo para salvar a todos.

Icono ortodoxo ruso del Pantócrator.

Icono ortodoxo ruso del Pantócrator.

Aunque la acción salvífica de Cristo alcanza a todos los hombres que le buscan con un corazón limpio, la plenitud de dicha salvación se logra dentro de la comunidad eclesial, que no deja de anunciar a toda la humanidad, desde sus comienzos, la Buena Nueva de la salvación. Emocionante es el primer discurso de S. Pedro el día de Pentecostés, el primer día que la Iglesia anunció a Cristo al mundo. Aunque merece la pena leerlo una vez más todo entero me permito extraer este pequeño párrafo: Arrepentíos y bautizaos en el nombre de Jesucristo para remisión de vuestros pecados, y recibiréis el don del Espíritu Santo. Por que para vosotros es esta promesa, y para vuestros hijos, y para todos los de lejos, cuantos llamare a sí el Señor, Dios nuestro (Hch 2, 38-39). Y ya sabemos lo que ocurrió a continuación. En unas horas la Iglesia pasó de contar de una escasa docena de miembros a más de tres mil. No está nada mal para un solo día.

Quisiera terminar este artículo tal como lo empecé: haciendo mención del Concilio Vaticano II. En unas líneas sobre la salvación no podía faltar uno de los párrafos más bellos a mi entender de todos los documentos que entonces se redactaron y aprobaron. Un texto que refleja la verdadera preocupación de la Iglesia por el mundo y su anhelo de llevar el mensaje y la salvación de Cristo a todos los hombres. Me refiero al punto número 1 de la Constitución pastoral Gaudium et Spes: Los gozos y las esperanzas, las tristezas y las angustias de los hombres de nuestro tiempo, sobre todo de los pobres y de cuantos sufren, son a la vez gozos y esperanzas, tristezas y angustias de los discípulos de Cristo. Nada hay verdaderamente humano que no encuentre eco en su corazón. La comunidad cristiana está integrada por hombres que reunidos en Cristo, son guiados por el Espíritu Santo en su peregrinar hacia el reino del Padre y han recibido la buena nueva de la salvación para comunicarla a todos. La Iglesia por ello se siente íntima y realmente solidaria del género humano y de su historia (GS 1). Gaudium et Spes fue el último documento aprobado por el Concilio, el 7 de diciembre de 1965.

David Jiménez


Texto original en latínTexto en español
Te Deum laudamus:
te Dominum confitemur.
Te aeternum Patrem,
omnis terra veneratur.

Tibi omnes angeli,
tibi caeli et universae potestates:
tibi cherubim et seraphim,
incessabili voce proclamant:

Sanctus, Sanctus, Sanctus
Dominus Deus Sabaoth.
Pleni sunt caeli et terra
majestatis gloriae tuae.

Te gloriosus Apostolorum chorus,
te prophetarum laudabilis numerus,
te martyrum candidatus laudat exercitus.

Te per orbem terrarum
sancta confitetur Ecclesia,
Patrem immensae maiestatis;
venerandum tuum verum et unicum Filium;
Sanctum quoque Paraclitum Spiritum.

Tu rex gloriae, Christe.
Tu Patris sempiternus es Filius.
Tu, ad liberandum suscepturus hominem,
non horruisti Virginis uterum.

Tu, devicto mortis aculeo,
aperuisti credentibus regna caelorum.
Tu ad dexteram Dei sedes,
in gloria Patris.

Iudex crederis esse venturus.

Te ergo quaesumus, tuis famulis subveni,
quos pretioso sanguine redemisti.
Aeterna fac
cum sanctis tuis in gloria numerari.

Salvum fac populum tuum, Domine,
et benedic hereditati tuae.
Et rege eos,
et extolle illos usque in aeternum.

Per singulos dies benedicimus te;
et laudamus nomen tuum in saeculum,
et in saeculum saeculi.

Dignare, Domine, die isto
sine peccato nos custodire.
Miserere nostri, Domine,
miserere nostri.

Fiat misericordia tua, Domine, super nos,
quemadmodum speravimus in te.
In te, Domine, speravi:
non confundar in aeternum.
A ti, oh Dios, te alabamos,
a ti, Señor, te reconocemos.
A ti, eterno Padre,
te venera toda la creación.

Los ángeles todos, los cielos
y todas las potestades te honran.
Los querubines y serafines
te cantan sin cesar:

Santo, Santo, Santo es el Señor,
Dios de los ejércitos.
Los cielos y la tierra
están llenos de la majestad de tu gloria.

A ti te ensalza el glorioso coro de los apóstoles,
la multitud admirable de los profetas,
el blanco ejército de los mártires.

A ti la Iglesia santa,
extendida por toda la tierra,te aclama:
Padre de inmensa majestad,
Hijo único y verdadero, digno de adoración,
Espíritu Santo, defensor.

Tú eres el Rey de la gloria, Cristo.
Tú eres el Hijo único del Padre.
Tú, para liberar al hombre,
aceptaste la condición humana sin desdeñar el seno de la Virgen.

Tú, rotas las cadenas de la muerte,
abriste a los creyentes el Reino de los Cielos.
Tú sentado a la derecha de Dios
en la gloria del Padre.

Creemos que un día has de venir como juez.

Te rogamos, pues, que vengas en ayuda de tus siervos,
a quienes redimiste con tu preciosa sangre.
Haz que en la gloria eterna
nos asociemos a tus santos.

Salva a tu pueblo, Señor,
y bendice tu heredad.
Sé su pastor
y ensálzalo eternamente.

Día tras día te bendecimos
y alabamos tu nombre para siempre,
por eternidad de eternidades.

Dígnate, Señor, en este día
guardarnos del pecado.
Ten piedad de nosotros, Señor,
ten piedad de nosotros.

Que tu misericordia, Señor, venga sobre nosotros,
como lo esperamos de ti.
En ti, Señor, confié,
no me veré defraudado para siempre

Oremus:
Deus, cuius misericordiae non est numerus, et bonitatis infinitus est thesaurus, piissimae Majestati tuae pro collatis donis gratias agimus, tuam semper clementiam exorantes: ut qui petentibus postulata concedis, eosdem non deserens, ad praemia futura disponas. Amen.

Bibliografía:
– Benedicto XVI. Jesús de Nazaret. Ed. La Esfera de los Libros. Madrid, 2007
– Martín Descalzo, J. L. Vida y Misterio de Jesús de Nazaret. Ediciones Sígueme. Salamanca, 1996
– Moreno, F. San Jerónimo. La espiritualidad del desierto. Biblioteca de Autores Cristianos. Madrid, 1994
– Nouwen, H. J. M. El Regreso del Hijo Pródigo. Editorial PPC. Madrid, 1999
– Sesboüe, B. Creer. Editorial San Pablo. Madrid, 2000
– Varios. Catecismo de la Iglesia Católica. Asociación de Editores del Catecismo. Madrid, 1993
– Varios. Documentos del Vaticano II. Biblioteca de Autores Cristianos. Madrid, 1980
– Varios. Venid y lo Veréis. Catequesis de Adultos. Editorial PPC. Madrid, 1998.

Artículo extraído ilegalmente y sin permiso de PreguntaSantoral.es

La salvación en Cristo (I)

Artículo extraído ilegalmente y sin permiso de PreguntaSantoral.es

"Salvator Mundi". Lienzo de escuela barroca florentina.

“Salvator Mundi”. Lienzo de escuela barroca florentina.

En estos días navideños es muy importante conocer que la venida de Jesucristo al mundo, su Encarnación, no es un momento de la historia sin más, sino que procede de la voluntad salvífica de Dios para con el hombre. El nacimiento de Jesús no es un acto entrañable, tierno, de mazapán, cariñoso, aunque estos y otros sentimientos parecidos aparezcan en nuestros corazones ante el Niño tumbado en el pesebre. El nacimiento del Niño Dios es un acontecimiento de la Creación de una importancia tan suprema para el hombre que es capaz de cambiar en éste su propia condición: de criatura de Dios, pasamos, por el Hijo, a ser hijos de Dios.

1. Necesidad de Cristo Salvador
Una de las cuestiones que más preocuparon a los Padres conciliares del Vaticano II fue la de mostrar al mundo la plena actualidad del mensaje de Cristo. Esta idea recurrente surge continuamente cuando leemos por encima algunos de los documentos de dicho concilio. La Iglesia, afirmaron, necesita actualizarse continuamente, es verdad, no puede vivir aislada de lo que ocurre a su alrededor, pero la Buena Nueva debe seguir siendo anunciada al mundo, sigue teniendo plena validez, frescura y vigor: ¡El mundo necesita a Cristo Salvador!

Sólo basta acudir al comienzo de la Lumen Gentium para descubrir esta preocupación de los Padres: “Cristo es la Luz de los pueblos. Por ello, este sacrosanto Sínodo, reunido en el Espíritu Santo, desea ardientemente iluminar a todos los hombres, anunciando el Evangelio a toda criatura…” (LG 1). Y tan fervientemente cree la Iglesia en Cristo salvador que afirma con contundencia en el final de GS 10: “Cree la Iglesia que Cristo, muerto y resucitado por todos, da al hombre su luz y su fuerza por el Espíritu Santo a fin de que pueda responder a su máxima vocación y que no ha sido dado bajo el cielo a la humanidad otro nombre en el que sea necesario salvarse”. En esta línea se pronuncian los demás documentos conciliares.

"Salvator Mundi", lienzo de Lorenzo Lotto.

“Salvator Mundi”, lienzo de Lorenzo Lotto.

Aunque haya pasado ya casi medio siglo de la redacción de estos documentos, la problemática del hombre contemporáneo de sentirse independiente de Dios, autónomo de toda redención y no necesitado del mensaje de Cristo, está plenamente vigente en nuestros días, resurgiendo continuamente en los medios de comunicación, publicaciones, y hasta en tertulia entre amigos y conocidos. ¿Cristo?, ¿para qué?, ¿qué aporta un galileo del siglo I a nuestro postmoderno mundo tecnificado?, ¿de qué le sirve al hombre seguirlo?. Y por otro lado, si realmente Cristo es el Salvador, ¿de qué nos salva?

El mismo nombre de Jesús, que en hebreo significa “Dios salva”, nos anuncia claramente su misión: “…Y todo el que invocare su nombre se salvará” (Hch 2, 21). “No hay bajo el cielo otro nombre dado a los hombres por el que nosotros debamos salvarnos” (Hch 4, 12). Jesús se encarna, nace, vive, predica, anuncia, proclama, sufre y, finalmente, muere para salvar a la humanidad. En Jesús, Dios recapitula toda la historia de la salvación en favor de los hombres (Col 1, 19-20), lo envía para ser “salvador del mundo” (1 Jn 4, 14). Así lo ha vivido y confesado la Iglesia hasta el punto de que lo recordamos en el credo cuando decimos: “Por nosotros los hombres y por nuestra salvación, bajó del cielo…”

En la historia de la salvación Dios no se conforma con sacar a Israel de la esclavitud de Egipto (Ex 3, 7-10), sino que quiere salvarlo en su totalidad, todo él, pues toda dimensión humana necesita ser salvada. La venida de Cristo es el signo sobre todos los signos de que Dios ama al hombre y quiere salvarlo.

– Quiere salvarlo del pecado y de la muerte, reconciliarnos con Dios. Su pueblo es consciente cada vez más de la necesidad de esa redención (Sal 50, Lc 1, 78-79). El pecado es el mayor obstáculo para que el hombre cumpla con su vocación de hijo de Dios, es causa de todo su servilismo.

– Quiere salvarnos del odio, mostrarnos cuánto amor nos tiene. “En esto se manifestó el amor que Dios nos tiene: en que Dios envió a su Hijo único, para que vivamos por medio de Él” (1 Jn 4, 9)

– Quiere liberarnos de nuestra naturaleza deformada, pues con la Encarnación es sanada, restablecida, resucitada. “El Hijo Unigénito de Dios, queriendo hacernos partícipes de su divinidad, asumió nuestra naturaleza, para que, habiéndose hecho hombre, hiciera dioses a los hombres” (Sto. Tomás de Aquino, opusc. 57 in festo Corp. Chr., 1).

"Salvator Mundi", lienzo atribuido a Jean de Boulogne.

“Salvator Mundi”, lienzo atribuido a Jean de Boulogne.

– Quiere ser liberación de nuestra pobre historia como hombres. Si nos alejamos de Cristo el hombre está perdido, vaga por su vida sin sentido, sin cimiento, sin roca donde apoyarse en un desaliento eterno, con una sed terrible que sólo sacia Jesús, el agua viva. La vida del hombre es un continuo penar, expuesto a mil peligros, mil perdiciones que sólo conducen a la nada. Expone muy claro todo este pensamiento J. L. Martín Descalzo: …Jesús concibe la vida del hombre como una tremenda apuesta, como una gran opción en la que el hombre debe elegir vivir o no vivir, salvarse o perderse… Jesús no oculta nunca que el hombre vive en un océano de tormentas. Sabe que su vida en una tensa escalada en los que los peligros de destrucción acechan incesantes. El hombre se juega todo en esta gran aventura. Y si Cristo trae una gran salvación es porque el riego de perdición es muy hondo (Vida y misterio de Jesús de Nazaret II, pág. 400).

– Quiere salvarnos para que estemos “siempre” con Él. No se entiende la vida del cristiano sin la “espera” del gran acontecimiento de la salvación, no sólo “ahora y en este lugar”, sino también, y de manera especial, en el Último día, meta de la historia, en la cual se llevará a perfección al hombre y al mundo. Cristo es Juez Universal, adquiriendo este derecho por su Cruz. Él salvará a quien acoja su gracia (Jn 3, 17), pues por el rechazo de esta gracia es por lo que cada uno se juzga ya a sí mismo.

Esta salvación se espera como un don, no como una conquista personal, aunque exige empeño y cooperación con Dios por parte del hombre. Esta espera laboriosa es como la de los siervos fieles que hacen fructificar los talentos recibidos (Mt 25, 14-30). Se presenta la salvación como un gran paradoja: don de Dios en su origen, y colaboración, tarea y responsabilidad del hombre.

La salvación no es fruto de nuestros esfuerzos: no se construye ni se edifica, ni se crea por el hombre, sino que irrumpe con fuerza. Es regalo, herencia de Dios por pura misericordia y gracia suyas. La tarea del hombre consiste pues en, con alegría y agradecimiento de niño (Mt 18, 2), creer en ella, esperar en ella, acogerla, aceptar al dador de todo bien: Dios, capaz de cambiar nuestra vida y nuestra historia.

"Salvator Mundi", busto del escultor barroco Gian Lorenzo Bernini.

“Salvator Mundi”, busto del escultor barroco Gian Lorenzo Bernini.

Pero, ¿el hombre ha de tener una actitud pasiva? No, de ningún modo, hay que eliminar todo aquello que impide el acoger la salvación, esos obstáculos que le impiden a Dios entrar en mi vida. Trabajar sí, pero no para que la salvación llegue, sino porque, “precisamente”, está llegando. Como la salvación es gratis estamos más obligados aún a hacer, a cooperar con Dios que viene a salvarnos.

Evidentemente la doctrina anterior es fruto de siglos de estudios y disputas teológicas. El equilibrio gracia-voluntad-justificación ha causado en la Iglesia mucho dolor y disensiones entre sus miembros.

Tuvo mucha fuerza en los primeros siglos del cristianismo las tesis de Pelagio, monje alto y corpulento originario de la provincia romana de Britania. Su rigurosa ascesis y penitencia le había granjeado simpatías entre eremitas y mujeres piadosas, recordemos que muy abundantes en la capital del Imperio sobre los siglos IV y V. Lo novedoso de sus ideas puede resumirse en los siguientes puntos:

– La voluntad humana posee en sí misma todas las cualidades precisas para evitar el mal y hacer el bien.
– No es necesaria, por tanto, la gracia divina, sólo se precisa la voluntad del hombre, su esfuerzo y su interés para seguir el camino recto.
– El pecado original es algo personal de Adán y Eva. Para nada nos afecta a nosotros, sus descendientes.
– La oración y la redención de Jesús de nada sirve, si acaso como ejemplo para sus seguidores.

Frente a ello, numerosos Padres de la Iglesia, con S. Jerónimo y S. Agustín a la cabeza, y varios concilios de los primeros años actuaron con rotundidad, proclamando la colaboración en la justificación entre la gracia de Dios y la libertad del hombre. Famosa es la siguiente cita agustiniana: “Ciertamente nosotros trabajamos también, pero no hacemos más que trabajar con Dios que trabaja” (S. Agustín, De natura et gratia, 31). La oposición del santo de Hipona no desanimó a Pelagio, el cual, a pesar de las persecuciones que sufrió en Roma no se retractó y huyó a Oriente, a Belén, donde tuvo, para él, la mala suerte de encontrarse, retirado y envejecido, pero aún con numerosas energías apologéticas, al corajudo S. Jerónimo. Este santo se convierte en un acérrimo y activo antipelagiano, llegando a escribir todo un tratado contra el britano díscolo: su célebre Diálogo contra pelagianos.

"Salvator Mundi", detalle de una tabla gótica de Berrguete.

“Salvator Mundi”, detalle de una tabla gótica de Berrguete.

A pesar del tiempo transcurrido desde estas primeras discusiones teológicas es, sin embargo, un tema recurrente en la Iglesia. Quizás ya nadie defiende a Pelagio, ni se declara su seguidor, pero sus ideas poseen un atractivo que seducen a muchos cristianos. Hay, sin duda “pelagianismo”, pero nadie lo llama así. Aparece hoy disfrazado con sutileza, y se desliza en la práctica religiosa del pueblo de Dios: una ascesis, penitencia o austeridad mal orientadas, o diversas formas de piedad descentradas, pueden ser la disimulada puerta de entrada de las tesis del testarudo monje de Britania. Previniendo esto, a través de los siglos, diversos documentos eclesiales vienen recordados a los fieles el mantenerse alerta ante esta doctrina errónea. Vemos un ejemplo de los numerosos documentos tridentinos: “Cuando Dios toca el corazón del hombre mediante la iluminación del Espíritu Santo, el hombre no está sin hacer nada al recibir esa inspiración, que por otra parte puede rechazar; y, sin embargo, sin la gracia de Dios, tampoco puede dirigirse, por su voluntad libre, hacia la justicia delante de Él (Cc. De Trento: DS 1525). También el Vaticano II nos lo recuerda: “La libertad humana, herida por el pecado… ha de apoyarse necesariamente en la gracia de Dios” (GS 17). Todo ello nos hace tener muy presente la necesidad de una existencia humana vinculada fuertemente a la presencia de Dios. La criatura necesita a su Creador para desarrollarse en plenitud, para perseverar en la vocación de todo hombre: el amor.

A esta doctrina de la Iglesia, el pensamiento contemporáneo se enfrenta claramente: el hombre, como ser autónomo, puede autorrealizarse plenamente sin la acción de ninguna deidad, puede aprender, madurar, desarrollarse, encontrar su camino, descubrir su vocación, obrar según su propio sentir o pensar, en definitiva, vivir, sin necesitar ningún añadido externo, ningún tipo de “gracia”. No deja de ser un pelagianismo aún más radical que el original, el cual al menos estaba en la órbita cristiana, ya que incluso excluye cualquier forma de transcendencia. No es más que un pelagianismo ateo, acorde con los tiempos de desierto de la fe que padecemos en nuestra cultura postmoderna, donde la nueva deidad es el propio hombre: “…Los que profesan este ateísmo afirman que la esencia de la libertad consiste en que el hombre es el fin de sí mismo, el único artífice de su propia historia… El sentido de poder que el progreso técnico actual da al hombre puede favorecer esta doctrina” (GS 20).

Es curioso que este humanismo actual donde el hombre es supuestamente elevado hasta cotas que poco tiene que ver con su realidad limitada, no hacen sino evitar que éste se realice plenamente como hombre. Sólo con Dios el hombre puede ser más hombre, alcanzar sus proyectos y sueños, perfeccionarse y madurar.

"Cristo, Salvador del mundo". Conjunto escultórico en El Salvador.

“Cristo, Salvador del mundo”. Conjunto escultórico en El Salvador.

2. Todo camina hacia Él: Perspectiva unitaria de la creación y de la salvación, a la luz de la creación en Cristo
Creación y salvación, dos conceptos que bien pudiera pensarse que están separados, no dejan de ser dos caras de una misma moneda, dos etapas del mismo camino y proyecto de Dios. El hombre es creado por Dios para ser salvo. Dios acuna a su pueblo para salvarlo, para liberarlo y conducirlo a la tierra de promisión. No puede entenderse la creación sin la salvación, dos verbos unidos irremediablemente en la Sagrada Escritura y en el plan de Dios sobre el hombre.

Si la historia comienza con la creación paterna de Dios, esa historia tiene como Señor a Cristo; como impulso, al Espíritu Santo; como sentido final, la salvación. El hombre que desee entrar en el plan salvífico de Dios debe unir, sintonizar, acoplar “su” historia vital personal a la historia de Dios y su pueblo, la historia de salvación. Uniéndose a Cristo, la historia personal y particular de cada hombre que lo proclama como su salvador se une entonces al torrente de la gran historia de todos los hijos de Dios. La privacidad, la fe en lo secreto, en lo íntimo del hogar deja de tener así sentido alguno. La fe no es algo privado, alejado de las realidades presentes. Se es cristiano en todo lugar, en todo tiempo, en toda circunstancia: Cristo reina en el universo. No puede el hombre confesar su fe en lo privado y apostatar en lo público, ser cristiano, en definitiva, en su dimensión religiosa, pero ateo en su día a día, en su trabajo, ocio o amistades. Correríamos el riesgo de tener una religiosidad camaleónica, que se adapta a las realidades del momento, sin compromiso temporal cristiano, pensando quizás en el Cielo, pero olvidando la tierra. Seríamos un nuevo Pedro negando antes del canto del gallo.

Recuerda muy bien J. M. Capodevilla este momento y lo une maravillosamente con el tema de la gracia, que antes vimos: La Historia del las negaciones de Pedro arranca de muy atrás: arranca exactamente de sus afirmaciones, de aquellas afirmaciones suyas demasiado rotundas y presuntuosas: “Yo daré mi vida por ti”. “Aunque todos se escandalizaren”… En el momento que hacía estas jactanciosas protestas, andaba ya en realidad el discípulo negando a su Maestro, porque estaba apoyándose en sí mismo, en sus propias menguadas fuerzas, porque estaba negando la necesidad de la gracia. De tales protestas a las negaciones el camino es derecho, la pendiente inevitable: sólo es menester que la ocasión se presente.

David Jiménez

Bibliografía:
– Benedicto XVI. Jesús de Nazaret. Ed. La Esfera de los Libros. Madrid, 2007
– Martín Descalzo, J. L. Vida y Misterio de Jesús de Nazaret. Ediciones Sígueme. Salamanca, 1996
– Moreno, F. San Jerónimo. La espiritualidad del desierto. Biblioteca de Autores Cristianos. Madrid, 1994
– Nouwen, H. J. M. El Regreso del Hijo Pródigo. Editorial PPC. Madrid, 1999
– Sesboüe, B. Creer. Editorial San Pablo. Madrid, 2000
– Varios. Catecismo de la Iglesia Católica. Asociación de Editores del Catecismo. Madrid, 1993
– Varios. Documentos del Vaticano II. Biblioteca de Autores Cristianos. Madrid, 1980
– Varios. Venid y lo Veréis. Catequesis de Adultos. Editorial PPC. Madrid, 1998.

Artículo extraído ilegalmente y sin permiso de PreguntaSantoral.es

Iconografía del Salvador

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Imagen del Salvador en madera policromada. Iglesia de Ayoó de Vidriales, Zamora (España). Foto: IRM.

Pregunta: Os envío fotos de las dos imágenes de El Salvador que hay en la Iglesia, con el mundo en la mano y con una gran duda: yo había confundido San Salvador con El Salvador. ¿Entiendo que El Salvador es Cristo? la representación es la de Jesús con el mundo como salvador de éste? ¿Podéis aclararme algo de la figura de “El Salvador” como tal? España

Respuesta: Las imágenes que me adjuntas representan, desde luego, a Cristo como Salvador. Es uno de los nombres que se le dio desde los primeros siglo de nuestra era. El anagrama de Jesús en griego, usado por los cristianos primitivos, era ICTHIOS (Iesos Christos Theou Uios Soter), que significa “Jesucristo, Hijo de Dios y Salvador“, la S del cual hacía referencia a Soter, que en griego significa “Salvador”. Y como icthios también significa “pez”, de ahí que una de las primeras representaciones de Cristo consistiera en un pez, precisamente.

Pero volvamos a lo que nos interesa. Muchas citas del Evangelio hablan de Jesús como Salvador y no es cuestión aquí de entrar en cada una de ellas. Pero sí, Cristo Salvador ha pasado a ser una “advocación” (si es que puede llamársela así) de Jesús muy frecuente entre nosotros, dando lugar no sólo a nombres propios (Salvador, para varón) sino también a topónimos (“El Salvador”). Naturalmente, como ha habido muchos hombres llamados Salvador, también hay santos y beatos que lo llevan (ej: San Salvador de Horta) pero ninguno de ellos debe ser confundido con “el” Salvador, ya que ése es y sólo puede ser Jesús.

Las dos fotos que adjuntas suponen una representación muy típica de Cristo como Salvador: vestido con ropa ornamental y portando un globo coronado con la cruz. Es un Cristo triunfante, que ha vencido a la muerte y salvado al mundo, por eso va engalanado. La esfera representa al mundo que Él ha salvado y la cruz que lo corona el instrumento de esa salvación: la Cruz.

Imagen del Salvador en el retablo principal. Iglesia de Ayoó de Vidriales, Zamora (España). Foto: IRM.

Creo que con esto ya te he dado las claves básicas para entender y reconocer la iconografía de Jesús en tanto que Salvador. Imagino que podría profundizarse y entrar en categorías y variaciones -por ejemplo, el Salvador Eucarístico o Cristo Sacerdote-, pero lo cierto es que no soy una experta en iconografía de Jesucristo y que he compartido contigo lo que he deducido a base de observar imágenes en las iglesias. Espero haberte ayudado.

Meldelen

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