San Agapito I, papa

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Medallón del Santo en la galería de los Papas. Basílica de San Pablo Extramuros, Roma (Italia).

Medallón del Santo en la galería de los Papas. Basílica de San Pablo Extramuros, Roma (Italia).

Introducción
En la Sede de San Pedro se han sentado hombres cuyo ministerio ha dejado huella en la historia. La mayoría de las veces un programa de trabajo necesita de tiempo para dejar entrever resultados, sin embargo, puede haber excepciones como en el caso presente de San Agapito I, que gobernó a la Iglesia apenas once meses, un breve espacio de tiempo que pese a sus limitaciones, fue fecundo en actos eclesiales.

Biografía
El Martirologio Romano, en el 22 de abril, día de su fiesta hace este elogio: “En Constantinopla, nacimiento
para el cielo de San Agapito I, papa, que trabajó enérgicamente para que los obispos fuesen elegidos libremente por el clero de la ciudad y se respetase la dignidad de la Iglesia. Enviado a Constantinopla por Teodorico, rey de los ostrogodos, ante el emperador Justiniano confesó la fe ortodoxa, ordenó a Menas como obispo de aquella ciudad y descansó en paz”
.

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San Agapito I ocupa el lugar número 57 entre los Papas, siendo elegido como tal el 13 de mayo del 535 y murió el 22 de abril del 536; fue romano de nacimiento y se dice que emparentado con la familia de los Anicios, dato que algunos consideran como pura ornamentación hagiográfica. Entre sus antecesores hay un familiar que también fue Papa: San Félix II (III) y entre sus descendientes otro: San Gregorio I Magno, quien en su “Libro de los Diálogos” hace referencia sobre su vida y milagros. Su padre se llamaba Gordiano y era presbítero de la Basílica de los Santos Juan y Pablo en el Monte Celio, quien murió asesinado por los seguidores del antipapa Lorenzo, opositor del Papa San Símmaco.

No abundan datos de él anteriores a su elección pontificia, si se sabe que fue arcediano de la Iglesia de Roma, siendo un hombre de extraordinaria cultura, versado en la Patrística, con una biblioteca muy nutrida en su casa; junto con Casiodoro tuvo el proyecto de abrir en Roma una escuela superior de teología, pero el proyecto no prosperó. La consideración que tenía por su buena fama, lo hizo candidato a ocupar la Sede Petrina a la muerte del Papa Juan II por una facción de clérigos seguidores de Dióscoro, quien también había sido antipapa por una clara postura contra el Papa Bonifacio II, que fue designado sucesor en el Papado por el propio Papa San Félix III (IV), siendo su candidatura una opción para evitar confrontaciones entre los grupos clericales de Roma (góticos y bizantinos).

Relicario del cráneo del Santo en Matera, Italia.

Relicario del cráneo del Santo en Matera, Italia.

Uno de los primeros actos que hizo como Papa, fue rehabilitar la memoria de Dióscoro, fallecido pasados tres meses de su polémica elección y cuyos seguidores fueron obligados a hacer un acto de fidelidad al Papa Bonifacio II. En asamblea con el clero romano, tomó entre sus manos la condena que 60 sacerdotes habían suscito contra Dioscóro y luego la arrojó al fuego, signo que además de reparar su memoria, era un aviso de que él no veía con buenos ojos que el Papa de turno nombrara a su sucesor, restaurando así la costumbre de que el clero romano debía ser quién determinara al que debiera ocupar ese puesto.

Inmediatamente encaró un problema político para el que se pidió su intervención: tratar de que Justiniano renunciara a su proyecto de someter a Italia a la jurisdicción de Bizancio, proyecto realizado por el general Belisario contra el rey godo Teodorico. Así se dirigió a la capital del imperio: Constantinopla. El Santo sabía muy bien que su misión no era tanto política o militar como espiritual, en la que obtendría más frutos para el bien de la ortodoxia y la Iglesia. Encabezó esta misión diplomática obteniendo el dinero para abonar los gastos mediante el empeño de los vasos sagrados, que luego recuperó de manera gratuita para no gastar un dinero que consideraba de los más pobres. Salió desde el puerto de Siponto en enero de 536, luego de visitar la iglesia de San Miguel en el monte Gárgano para implorar la protección del santo arcángel en tan arriesgado viaje. Según San Gregorio Magno, en el barco, durante la travesía, curó a un hombre tullido. Llegó a la capital imperial un 2 de febrero, siendo recibido entonces con grandes muestras de afecto y veneración, tan triunfalmente como antes había sido recibido San Juan I.

Detalle del Santo en una ilustración para el Prólogo de Ochrid.

Detalle del Santo en una ilustración para el Prólogo de Ochrid.

Su misión diplomática no tuvo éxito, pues Justiniano no quiso dar marcha atrás en sus órdenes. En cambio fue fructífera por su intervención en contra del monofisismo, herejía de la que era adepto el Patriarca Antimo y cuyo ministerio se debía a las intrigas de la emperatriz Teodora. Al llegar a la ciudad y percatarse de estas circunstancias, no quiso entrar en comunión con el Patriarca si este no confesaba la doctrina del Concilio de Calcedonia sobre las dos naturalezas de Cristo. Como éste no aceptó la propuesta, el Papa trasladó el asunto al emperador y finalmente el Patriarca fue depuesto a instancias de San Agapito. Este acto de autoridad pontificia, acatado por Justiniano, se extendió a la elección y consagración del nuevo Obispo de Constantinopla, recayendo la responsabilidad en el monje Menas de Alejandría. Era la primera vez que una iglesia oriental recibía a un obispo consagrado por el Papa de Roma.

Entre otras actividades, el Papa San Agapito convocó un concilio para condenar al depuesto Antimo y encabezó una petición hecha por algunos monasterios de Constantinopla, Siria y de Palestina para que el emperador expulsara de Constantinopla al grupo de monofisitas, pero el Papa enfermó entonces gravemente y murió en esa ciudad, que quedó hondamente consternada, recibiendo solemnes funerales como no se habían hecho con algún obispo o emperador. Sus restos, colocados en una caja de plomo, fueron devueltos a Roma, siendo depositados en la Basílica de San Pedro de Roma el 17 de septiembre de 536.

San Agapito también es recordado por su actitud respetuosa de los cánones y de las tradiciones. Existen documentos que refieren su manera de regular asuntos eclesiásticos de diversos asuntos, como cuando aceptó la apelación de Contumelioso, obispo de Riez, condenado por un sínodo de obispos presidido por San Cesáreo de Arlés, condena que hizo revisar y que luego confirmó su sentencia. A este mismo Santo le prohibió que distribuyera los bienes de su iglesia en favor de los pobres, invocando que los cánones vetaban la faculta de enajenar los bienes para entregar su usufructo a los pobres.

Cuando Belisario conquistó el norte de África, al tomar Cartago sin dificultades, Justiniano devolvió las iglesias a los católicos, pero pretendió dejar al frente de las diócesis a obispos arrianos. San Agapito intervino en este asunto para dejar en claro que este punto era inadmisible y recalcó entonces la costumbre de que a los conversos se les podía recibir en el seno de la Iglesia, pero que no podían acceder a puestos de gobierno dentro de la misma. A los obispos de Cartago les notificó que si un clérigo africano era acogido por la Iglesia de Roma, éste debería portar documentación precia y legítima para su incardinación.

Por medio de esta documentación y otros testimonios se puede conocer su personalidad: San Agapito era dulce y comprensivo al momento de curar la heridas de la disensión, pero firme y enérgico cuando había que defender el primado romano y luchar contra la heterodoxia de aquellos tiempos. Su breve pontificado puede considerarse como una anécdota dentro de la historia de la Iglesia, pero si valoramos la intensidad y la importancia de sus intervenciones, fue útil para la purificación de la doctrina y para la unidad de la Iglesia. Efímero en el tiempo según el calendario, más no irrelevante por su protagonismo, porque por esto fue conocido y admirado por la cristiandad y por ello fue proclamado como santo.

Humberto

Bibliografía:
– VVAA, Año Cristiano IV abril, editorial BAC, Madrid, 2003, pp. 464-470.

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