San Andrés Bobola, sacerdote jesuita mártir

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Busto del Santo en las puertas de la iglesia de Santa María, Cracovia (Polonia).

Busto del Santo en las puertas de la iglesia de Santa María, Cracovia (Polonia).

Introducción
El Señor instituyó una Iglesia que es su cuerpo místico, y durante la Última Cena, hizo una oración sacerdotal que entre otras cosas dice: “Que todos sean uno, como Tú y Yo, Padre, somos uno”. A través de muchas figuras e invitaciones, promueve y pide la unidad entre sus discípulos, porque de esa manera su mensaje de salvación será mejor escuchado y más efectivo. Sin embargo, el hombre cristiano, que ha recibido con el bautismo la dignidad de hijo de Dios, muchas veces se ha alejado por diversas circunstancias de esa unidad querida por Nuestro Señor. Por los pecados de la soberbia, de la envidia, del rencor, esta unidad se ha visto fragmentada, limitada y sofocada. La Iglesia Universal, verdaderamente católica y ecuménica en su sentido etimológico, se ha visto confrontada por sus hijos, hermanos entre sí. Las principales ramas que subsisten, como son la Católica y Ortodoxa, olvidándose del significado de esta palabra, han llegado a la confrontación, pasando más allá de la discusión y de la simple pelea. La lucha fraticida en diversas épocas ha llegado al derramamiento de sangre, causando mártires en ambos bandos. Hermanos de ambas Iglesias han dado su vida por lo que creen, víctimas de bandos que unas ocasiones son verdugos y otras, mártires. Y cada cual cree tener la razón de su parte. Cuando Dios pide cuentas a Caín de la sangre de Abel, le dice: “¿Dónde está tu hermano Abel?”. Y él respondió: “No sé. ¿Soy yo acaso guardián de mi hermano?”. Y Él le dijo: “¿Qué has hecho? La voz de la sangre de tu hermano clama a mí desde la tierra”. Grave responsabilidad tenemos todos los bautizados por recuperar y promover esa unidad. Por eso, al presentarse ahora la vida de San Andrés Bobola, un mártir católico, cada cual tome en su corazón el propósito de buscar y lograr esa unión desde sus posibilidades, para que estos hechos tan tristes sean superados y no se vuelvan a repetir.

Orígenes
Poco se sabe de los orígenes de nuestro Santo. Los datos seguros que se tienen son que nació en Sandomir/Strachocin, Polonia, muy probablemente el 30 de noviembre de 1591. Se desconoce el nombre de sus padres, aunque se tiene la referencia de su tío paterno, Andrés, que fue camarlengo de la corte del rey Segismundo III. De igual manera, son pocos los datos de su infancia y adolescencia. Tal vez entre 1606 y 1611 cursó los estudios propios de su edad en Braniewo con los padres jesuitas. El estudio de humanidades, oratoria, lengua griega, le sensibilizan con la ruptura entre católicos y ortodoxos, aspecto importante en su vida y que marcará su trayectoria final.

Carta redactada del puño y letra del Santo.

Carta redactada del puño y letra del Santo.

Jesuita
Una fecha segura en su vida es la del 31 de julio de 1611, cuando ingresa en la Compañía de Jesús. Fue ordenado sacerdote el 12 de marzo de 1622, precisamente el día en que fue canonizado San Ignacio de Loyola. Después de esto, su destino era ser profesor de Teología, sin embargo, al presentar su examen, los sinodales no lo aprueban, pues la opinión de los mismos es de un voto a favor y tres en contra. Luego de su tercera probación, crece en su corazón la inquietud de ser misionero, que ya latía desde hacía algún tiempo. Entonces tomó la decisión de ser un sacerdote itinerante. Entre 1624 y 1630 vive en Vilna, teniendo a su cargo las Congregaciones Marianas y metido de lleno en su papel de predicador. Por este tiempo fue rector del templo de San Casimiro, en esta ciudad.

Personalidad
Dueño de un fuerte temperamento, muy impaciente, tenía una personalidad colérica sanguínea. Con la práctica de los Ejercicios Ignacianos, obtuvo una personalidad más ascética que le llevó a dominar sus emociones, hasta lograr obtener una gran paciencia y el dominio de sus actos. Gozaba ordinariamente de buena salud, y esto le sirvió para tener una entereza espiritual, que como se verá, lo harán fuerte en su predicación y durante el martirio.

Apostolado y misión
Entre 1630 y 1652 llevó una fructífera vida sacerdotal, desarrollando muchas actividades en diversos lugares: director de la casa de Bobrusk en 1630, director de las Congregaciones Marianas de Jóvenes en Plock. En 1636 es predicador en Varsovia; de 1638 a 1642 se encuentra en Lomza. De 1642 a 1652 su apostolado se intensifica en Polesie.

La religiosidad de los católicos de esos lugares, que vivían entre ortodoxos, era muy elemental. Una única oración: “Gospody pomyluj” (Señor, ten misericordia), y una única acción litúrgica: abstenerse de comer carne los sábados. La mayoría de ellos era gente campesina que iba los domingos a la ciudad y cuando tocaban las campanas, se acercaba a la iglesia a recibir la bendición, luego de lo cual de dirigían a restaurantes vulgares a beber. A esta gente llena de ignorancia se dedicó San Andrés.

El Santo, objetos de burlas y escarnios por parte de niños enviados por los opositores a su proselitismo. Ilustración de J.M.B. para la enciclopedia "El Santo de Cada Día", Edelvives, 1960.

El Santo, objetos de burlas y escarnios por parte de niños enviados por los opositores a su proselitismo. Ilustración de J.M.B. para la enciclopedia “El Santo de Cada Día”, Edelvives, 1960.

La forma de vida de este Santo era sencilla, tanto en su alimentación, hecha a base de pan y agua, como en muchas otras actitudes. Viajaba siempre a pie y llegaba a los lugares más recónditos. Se hacía sintonizar con estas personas que lo quisieron mucho. Les daba catequesis, les daba un mensaje de esperanza en la vida futura. Regularizaba matrimonios, bautizaba niños. Daba, con un estilo muy especial, el catecismo para jóvenes, cuyos problemas le eran confiados y por cuyo consejo y tino se ganaba su corazón. Su apostolado se concentró en grupos determinados, con problemas definidos, para dar soluciones reales. Así se explica su trabajo entre enfermos, presos y refugiados.

Por este tiempo comenzó su trabajo de tratar la reconciliación con los ortodoxos, que en nuestro tiempo sería ecuménico, pero entonces, con la mentalidad de esos días, era la de conversión de los cismáticos. Su intenso trabajo pastoral le hizo obtener el nombre de “El Apóstol de Pinszczyzna”, mientras que, de manera peyorativa, entre los ortodoxos, se le conocía como “El cazador de almas”. Dado que obtuvo el ingreso de muchos ortodoxos al seno católico, despertó la desconfianza de la Iglesia Ortodoxa.

La extensión territorial de Polonia, por entonces, llegaba hasta el río Dniéper, abarcando las actuales ex-repúblicas soviéticas de Ucrania y Bielorrusia. Por ello, en este tiempo, parte del pueblo polaco estaba bajo la jurisdicción política de Rusia y de la Iglesia Ortodoxa. La mayor parte de estos habitantes eran de rito bizantino eslavo y de raza ucraniana. El cisma con estos pueblos no se dio directamente, sino que, por su unión con el Patriarcado de Constantinopla, que les había dado su fe y su rito, al separarse de la comunión con Roma, ellos se vieron unidos al distanciamiento con la Iglesia griega, casi sin darse cuenta. Estas circunstancias, mezcladas con levantamientos políticos, desacuerdos por pago de impuestos y la obediencia a un gobierno ajeno a su idiosincrasia y bajo una influencia religiosa no católica, provocaron que se prendiera la mecha de una crisis social.

El Santo, peregrino entre ciudades. Lienzo contemporáneo.

El Santo, peregrino entre ciudades. Lienzo contemporáneo.

En este contexto, el intento conciliador de Bobola se encontró en medio de un deseo de venganza y de odio. Al vivir los últimos años de su vida en Pinsk, ciudad fronteriza con Rusia, su esfuerzo de trabajar por atraer a los ortodoxos a la comunión católica provocaron una gran molestia. Una incursión cosaca en 1657, al mando de Pedro Kinaszewicz, desencadenó la tragedia. Con la consigna de ayudar a los ortodoxos y con una ira cebada en los misioneros Simón Maffo y Andrés Bobola por el delito de convertir a ortodoxos, el primero es hecho prisionero y asesinado en Harodoc el 15 de mayo, por el destacamento de Zielenieck. Fueron muchos los jesuitas asesinados en esa ocasión, siendo nuestro Santo el número 49.

Martirio
Cuando los cosacos llegaron a Pinsk, Andrés Bobola logró huir a Janow y se refugió en una localidad llamada Peredyle, distante a treinta kilómetros de Pinsk. Al pasar la guarnición de cosacos, que iba al mando de Jacub Czetwer, sobre Peredyle, dio como resultado una gran matanza de católicos y de judíos. La noticia de que en ese lugar se escondía “El cazador de almas” despertó en estos hombres el deseo de perseguirlo. Los habitantes del lugar, al darse cuenta del peligro que se venía sobre Andrés Bobola, le pidieron que huyera, y éste escapó a Mogino. Allí lo descubrió otro destacamento de cosacos luego de celebrar la misa y fue detenido. Sobre un brazo descargaron dos golpes de cimitarra. Así comenzó su calvario.

Jubilosos de haber cazado a su víctima, lo cosacos le arrancaron la parte superior de la sotana, luego lo arrastraron con el torso desnudo y después fue atado a un árbol. Se sucedió entonces un sinfín de bofetadas y golpes en todo su cuerpo. Todo pudo haber acabado si el Santo hubiera aceptado lo que se le pedía: que abjurara de su religión católica. Su abjuración no era un solo hecho individual, sino un suceso realmente trascendente, por ser él el hombre que buscaba el acercamiento de la Iglesia Ortodoxa. Andrés no cedió y esto exacerbó más a sus torturadores. Lo que pasó a continuación es realmente macabro: a fuerza de tantas bofetadas, le hicieron saltar los dientes, las uñas le fueron arrancadas y sus manos fueron despellejadas. Luego, puesto en una montura de caballo atada al animal, que lo arrastró por los suelos, mientras su cuerpo era punzado por lanzas.

Membrete del Santo con los instrumentos de su suplicio. Enciclopedia "El Santo de Cada Día", Edelvives, 1960.

Membrete del Santo con los instrumentos de su suplicio. Enciclopedia “El Santo de Cada Día”, Edelvives, 1960.

Fue llevado a Janów y como en esa ocasión era día de mercado, una multitud se arremolinó ante lo que ya era un despojo. El jefe de la guardia entabla un diálogo con el mártir: “¿Eres sacerdote?”. Y la respuesta de Andrés fue: “Soy sacerdote católico, nacido en la fe católica, y en esa misma fe quiero morir. Mi fe es verdadera y lleva a la salvación. Más bien conviértanse ustedes, pues en sus errores no pueden salvarse”. El interlocutor levantó su cimitarra para blandirla en la cabeza, sin embargo, el gesto instintivo de supervivencia de levantar el brazo, le causó una tremenda herida y le mantuvo con vida.

Luego fue llevado a una carnicería, donde se le desnudó totalmente. Fue extendido en una mesa y se le aplicaron teas encendidas. Con una rama de sauce fue tejida una corona similar a la de Cristo, que fue puesta sobre su cabeza con tal fuerza que casi le revienta el cráneo. La corona de su tonsura fue arrancada, hasta dejar descubierto el cráneo. En su piel cincelaron una casulla, mientras que su ensangrentado cuerpo era espolvoreado con paja. Con un puñal le sacaron un ojo. Le cortan la nariz y uno de sus labios. Todavía tenía fuerzas para orar así: “¡Jesús, María, ayúdenme! Iluminen a éstos con su luz y sáquenlos del error. ¡Señor, hágase tu voluntad! ¡Jesús, María, en sus manos encomiendo mi espíritu!”. Por no seguirlo escuchando, con un cuchillo le atravesaron la nuca y le arrancaron la lengua. Todavía con vida, su cuerpo fue colgado de una pierna y luego, con un golpe de cimitarra, se le mató. Era el 16 de mayo de 1657. Voces de alarma de que venía el ejército polaco en defensa de la población hacia Janów hicieron que los cosacos huyeran. Entonces su cuerpo fue descolgado con reverencia y luego fue colocado en un ataúd pintado de negro con una inscripción: Pater Andreas Bobola Societatis Iesu, a cosacis occisus. Luego se le dio sepultura en la iglesia de Pinsk.

Urna del Santo, fotografiada en 1939 con ocasión de su visita a Roma.

Urna del Santo, fotografiada en 1939 con ocasión de su visita a Roma.

Con el tiempo, este episodio fue olvidado por otras tragedias y luchas semejantes en las que Polonia fue postrada y atacada por los suecos, los germanos y transilvanos. Incluso el lugar de la sepultura se borró de la memoria. Hacia 1702, las crónicas del colegio de Pinsk dicen que el rector soñó que Andrés Bobola le pedía que su cuerpo fuera exhumado y, a causa de los problemas sociales que atravesaba Polonia, se presentó como el padre Andrés Bobola, que ofrecía su ayuda y protección al colegio. Así, el 16 de abril de ese año fue descubierto su cuerpo, bajo la cripta del altar mayor. Estaba intacto a pesar de la humedad. Este hecho hizo rememorar aquel evento de su muerte y se planteó la posibilidad de su canonización.

Un protector para Polonia
La gente comenzó a peregrinar a su tumba, pidiendo favores y recibiéndolos. En 1709-1710, la peste atacó Polonia y Lituania; y Poleslie, la región evangelizada por el misionero, se vio libre de contagio; esto fue considerado como un milagro por intercesión del Santo. El 13 de diciembre de 1710, el conde Michal Servaci Wisniowiecki se vio libre de sus captores rusos mientras su esposa oraba sobre su tumba y confeccionaba una casulla en su honor. En 1819 un dominico, el P. Alojsius Korzeniwski tuvo una aparición del Santo, que le mostraba desde una ventana una lucha de soldados de varias nacionalidades, luego le dijo: “Cuando termine la guerra que estás viendo, Polonia será reconstruida y yo seré su patrono”. La profecía se cumplió en 1917, cuando se proclamó la independencia de Polonia.

Vista actual de la urna del Santo.

Vista actual de la urna del Santo.

Su beatificación se retrasó por la disolución de la Compañía de Jesús y por la pérdida de los documentos referentes a la Causa; no fue hasta el 30 de octubre de 1853 que fue beatificado y su canonización se hizo el 17 de abril de 1938. Es patrono principal de la diócesis de Pinsk y en las archidiócesis de Vilna, Lomza, Plock y Warnia es patrono secundario. En 1992 fue declarado patrono de la ciudad de Varsovia.

El ajetreo de sus reliquias
Ni muerto tuvieron descanso sus reliquias. En 1793 la iglesia donde reposaban sus restos pasó a manos de la Iglesia Ortodoxa, cuando Polonia fue anexionada a Rusia. Entonces, sus restos, con autorización del zar Alejandro I, fueron llevados a Polock en 1808. En 1820, cuando los jesuitas fueron disueltos, su cuerpo estuvo bajo el cuidado de los Hermanos de las Escuelas Pías, desde 1820 a 1830; cuando éstos fueron expulsados, los dominicos se convirtieron en los custodios de las mismas. Expulsados éstos en 1864, fue el clero diocesano quien se responsabilizó de ellos. En 1922, como consecuencia de la Revolución Rusa, su cuerpo momificado fue llevado a Moscú, al Museo de Medicina, donde con burlas fue víctima de caídas y levantones para que se rompiese. Nada ocurrió. Fue clasificado como un caso muy curioso.

Detalle del rostro momificado del Santo.

Detalle del rostro momificado del Santo.

En 1823, por gestiones de dos jesuitas norteamericanos, los padres Gallagher y Walsh, que pidieron su devolución en nombre del Papa Pío XI, el gobierno ruso aceptó devolverlos. Fue depositado en 1924 en la capilla de Santa Matilde de la Basílica de San Pedro en Roma y luego, en ese mismo año, fue llevado a la iglesia del Gesù y puesto al lado del altar de San Francisco Javier. En 1938, en los días previos de la Segunda Guerra Mundial, en la que Polonia tendría un triste protagonismo, sus restos fueron llevados a Varsovia y depositados en la iglesia de los Jesuitas. En 1939, durante del incendio en una parte de la ciudad vieja, se enviaron a la iglesia del los Jesuitas de la parte de la ciudad nueva, hasta que en 1945 fueron depositados en la primera iglesia adonde habían llegado.

Conclusión
Debido a sus sufrimientos, comparados con los de Polonia a través de su historia, el pueblo polaco le ha brindado a San Andrés Bobola especial cariño, por identificar la historia de su nación con su vida y con su martirio. Su deseo de la unidad con la Iglesia Ortodoxa, que le llevó al martirio, ha tomado nuevas formas desde el Concilio Ecuménico Vaticano II, que ha incorporado el concepto del ecumenismo. Su trabajo entre los pobres y desposeídos en las aldeas de Polonia para llevarles la Palabra de Dios y la cultura, le convierten en un hombre que buscó el progreso social de la comunidad.

Humberto

Bibliografía:
– MARTÍNEZ PUCHE, José A., Nuevo Año Cristiano, Mayo, Editorial Edibesa, Madrid, 2002, pp. 296-306

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