San Atanasio de Alejandría: obispo, confesor y Doctor de la Iglesia

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Icono ortodoxo griego del Santo.

Icono ortodoxo griego del Santo.

Su nombre significa “inmortal”, y ya veremos cómo este nombre le sentó a la perfección a este pequeño gran hombre, a quien el destino deparó muchas y grandes pruebas.

Contexto histórico
Muy poco se sabe de su vida anterior al año 326 de nuestra era. Sin duda alguna nació en Alejandría entre los años 293 y 298, de familia cristiana y, sin duda, testigo presencial de las sangrientas persecuciones que en esta área del imperio romano se desataron contra sus correligionarios en la fe, por causa del decreto de Diocleciano. Vale la pena decir que tenía un hermano biológico, de nombre Pedro, que sería su colaborador más cercano y sucesor en el episcopado tras su muerte.

Su formación académica fue bastante enriquecedora, en filosofía y gramática, junto con la doctrina cristiana de la escuela catequética de esta ciudad, liderada alguna vez por los célebres Orígenes y Clemente de Alejandría. En el año 320 es ordenado diácono por el obispo Alejandro, cabeza de la Iglesia alejandrina, de quien fue íntimo colaborador en la pastoral y cuidado de los fieles ya que, gracias a su cultura e inteligencia, cualidades que dentro de poco tiempo destacarían, hablaba por lo menos tres idiomas: griego koiné o común de todo el imperio romano, copto –el idioma local de Egipto, heredero del idioma de los faraones- y griego clásico, que, como el latín algunos siglos después, era el idioma de los eruditos e ilustrados. Prueba de este talento es su primer tratado apologético y doctrinal titulado “Contra los paganos y la Encarnación del Verbo”, donde defiende, con ayuda de las Escrituras Sagradas y la tradición apostólica y patrística, la inmanencia, trascendencia y la cercanía íntima de Dios en el Evangelio revelado por Jesús, contra las filosofías griegas, el politeísmo –que considera absurdo-, la herejía gnóstica y la maniquea que, aunque incipiente, comienza a hacer estragos en la fe cristiana –recordemos que San Agustín de Hipona fue durante varios años maniqueo-.

Para no ser presbítero –no lo sería hasta después de 326-, era visto como el vicario no oficial del obispo Alejandro, hombre por demás respetado y venerado, a quien servía como secretario y vocero ante la feligresía.

Icono bizantino de los Santos Atanasio (izqda.) y Cirilo (dcha.) de Alejandría.

Icono bizantino de los Santos Atanasio (izqda.) y Cirilo (dcha.) de Alejandría.

Su papel en la controversia arriana
Como ya bien mencioné en el artículo correspondiente, en la misma ciudad ejercía su ministerio Arrio, presbítero libio, egresado de la escuela de Antioquía de Siria, cuya enseñanza era más literal que la de Alejandría, pero que había cometido errores en la interpretación teológica de las Escrituras, en especial sobre la naturaleza dual de Cristo como Dios y Hombre. Los antecedentes de la herejía arriana existen desde las controversias apolinaristas y subordinacionistas, donde se decía que el Verbo no era sino un dios secundario y como hombre no era verdadero, al carecer de alma racional, porque al ser el Verbo puro espíritu, sustituyó el alma; y sólo era “hijo” en sentido metafórico, creado en el tiempo… Valga decir que estas ideas conmocionaron al joven diácono y a su anciano obispo que, con paciencia y decididamente, exhortó a Arrio a retractarse de sus errores doctrinales, pero éste se porfió y se mantuvo en su opinión, pese a la excomunión y la sanción de serle retirada la potestad de enseñar y predicar al pueblo, que, engatusado por el brillante clérigo, cantaba los refranes teológicos de sus sermones, como éste: “Hubo cuando no lo hubo”.

El origen de la controversia entre los dos hombres es desconocida, pero la mayoría la colocan alrededor del año 318. En ese tiempo, Alejandro, tanto en la iglesia como en las reuniones presbiteriales, había censurado y refutado la enseñanza de Arrio como una falsa doctrina. Alejandro dio más o menos el primer impulso a la controversia, por medio de insistir sobre la naturaleza eterna del Hijo. Luego, Arrio abiertamente lo retaría.

Atanasio desempeñó el papel de mero moderador, en un principio, entre el obispo Alejandro y el presbítero rebelde, y pronto tomó voz activa al escribir las misivas dirigidas en nombre de Alejandro a los obispos fieles, a la fe verdadera y a los partidarios del heresiarca que, refugiado en Cesarea Marítima, se granjea la protección del obispo de Berito –Beirut, Líbano- Eusebio de Nicomedia, pariente lejano del emperador Constantino, en aquel entonces poco o nada interesado en las controversias cristianas, ya que estaba interesado exclusivamente en mantener la unidad del imperio recién reunificado en torno a su persona, pero pronto estaría implicado y, junto con él, el diácono alejandrino.

Icono ortodoxo griego del primer Concilio de Nicea.

Icono ortodoxo griego del primer Concilio de Nicea.

El Concilio de Nicea
Alejandro escribió una epístola católica –ya en el sentido eclesial que hoy entendemos- donde advierte a sus colegas que el obispo Eusebio de Nicomedia está extendiendo la herejía arriana, y quien se alíe con él está fuera de la comunión, pero Arrio contraargumentó con una carta donde alega maltratos e injusticias. Y la redacción de cartas y apologías continuó. De lado de los ortodoxos, Alejandro escribió al obispo de Bizancio y a los obispos orientales del peligro de la herejía que Pablo de Samosata y Luciano de Antioquía prepararon, y que Arrio propagaba. Cabe mencionarse que el redactor de esas misivas no era otro que nuestro Santo. Ya hemos visto que la controversia alejandrina superó los límites de su urbe y abarcó todo el oriente del imperio y los rumores de herejía llegaron a Occidente, donde el obispo de Roma, Silvestre I, residía como el primero entre los iguales y permaneció, si no a la zaga, como una figura secundaria, pero no al margen de los acontecimientos. De todos modos, Occidente no se cimbró en aquel tiempo con la controversia, como sucedió en Oriente.

Constantino, desde su sede en Nicomedia –actual Izmit, en Turquía-, se enteró de los debates que cimbreaban la capital de la provincia de Egipto y decidió informarse al respecto. Para este hombre lo importante era, todos lo sabemos, el mantenimiento de su poder y trono; y no dejaría que un debate doctrinal destruyera lo que con tanto esfuerzo y sangre consiguió; y para resolverlo llamó a su cercano colaborador, el obispo Osio de Córdoba, para que mediara entre ambas partes y las conciliara, pero pronto vio que esta medida era demasiado lenta y ya era demasiado tarde; y el problema se había extendido por toda la mitad de Oriente, a decir la zona más poblada y rica en recursos. Osio llevó a ambos sendas cartas del emperador que decían, entre otras cosas: “Devolvedme mis días quietos y mis noches tranquilas. Dadme gozo en lugar de lágrimas. ¿Cómo puedo yo estar en paz, mientras el pueblo de Dios, de quien soy siervo, está divi­dido por un irrazonable y pernicioso espíritu de contienda?”.

La idea del primer concilio surgió de estos dos hombres
La reacción de los obispos de ambos bandos fue grande. No hacía muchos años que la Iglesia había salido de las catacumbas y sufrido una de sus más sangrientas persecuciones, y muchos de los clérigos implicados mostraban aún secuelas físicas y psicológicas de las torturas sufridas por confesar la fe en Cristo, ¡y un emperador pagano los convocaba a una reunión! Un concilio no era algo nuevo, los obispos de las diversas regiones los habían convocado a modo de sínodos regionales, cuyas conclusiones aceptaban los comulgantes en señal de hermandad, pero nunca a gran escala. El emperador dio todas las garantías para que los obispos –se convocó a 1800 entre orientales y occidentales- asistieran a Nicea, y en una sala del palacio, bajo una estricta vigilancia, se llevaron a cabo las sesiones. Como se sabe por Eusebio de Cesarea, el número de obispos asistentes fue de 300, pero cada uno llevó máximo dos presbíteros y tres diáconos, así que en total harían aproximadamente 1500 congregados (el número es especulativo, se menciona genéricamente “una muchedumbre”). No eran miembros de una élite, sino pastores que vivían de sol a sol con sus feligreses, muchos de ellos casados y con hijos, o viudos y célibes o solteros, y no todos se conocían entre sí. Los confesores de la fe jugaron un papel crucial en las deliberaciones.

Detalle de un icono ortodoxo que representa el Concilio de Nicea.

Detalle de un icono ortodoxo que representa el Concilio de Nicea.

Nicea fue el primer concilio ecuménico (global) de la Iglesia, si exceptuamos el primer concilio de Jerusalén (Hechos, 15) con una Iglesia aún minúscula. La primera fila la ocupaban los tres patriarcas presentes: Alejandro de Alejandría, Eustaquio de Antioquía y Macario de Jerusalén, y luego Osio de Córdoba, Ceciliano de Cartago –ratificado por el obispo de Roma, Melquíades, en su cargo y sede contra los herejes donatistas- y los legados papales; Osio fue el presidente del Concilio y Constantino ostentó una primacía “de honor”, en realidad “de hecho”: él era el verdadero convocante, el director de la orquesta tras las bambalinas, totalmente ignorante de la teología, pero interesado en la unidad de su imperio que empezaba a entender sin libelos la fe cristiana.

El Concilio comenzó el 20 de mayo aproximadamente, con reuniones preparatorias diarias. Hubo largas discusiones, en donde los dos bandos recurrían a la Biblia para justificar sus creencias. Las discusiones eran seguidas con mucha dificultad por la minoría de obispos que no hablaban griego como lengua materna porque estaban llenas de conceptos filosóficos muy sutiles y era necesario explicarlos. La minoría arriana defendía que el Hijo había sido creado antes de todas las cosas; la mayoría ortodoxa, que Jesús era eterno igual que el Padre, que el Padre siempre había sido Padre y que Padre, Hijo y Espíritu Santo eran un solo Dios. Una de las citas bíblicas más decisivas fue la de Juan 10:30 (“El Padre y yo somos una sola cosa”) o Juan 17:21 (“Que todos sean uno: como tú, Padre, estás en mí y yo en ti”) y Juan 1:1-3 (“Al principio existía el Verbo, y el Verbo estaba junto a Dios, y el Verbo era Dios”). Pero pronto resultó claro que los arrianos podían interpretar cualquier cita de un modo que les resultaba favorable, o al menos aceptable. Atanasio, con el permiso de su obispo, tomó la palabra y se dirigió a Arrio y sus aliados con estas cuestiones fundamentales: “Si el Verbo fue creado, ¿cómo es que Dios que lo ha creado no podía crear el mundo?” y “Si el mundo no ha sido creado por el Verbo, ¿por qué no podía haber sido creado por Dios?”. Fue tal su elocuencia y serenidad que los herejes le temieron más que a ninguno.

Icono del II Concilio de Nicea. siglo XVII, monasterio Novodévichy, Moscú (Rusia).

Icono del II Concilio de Nicea. siglo XVII, monasterio Novodévichy, Moscú (Rusia).

En esta línea ortodoxa, los participantes fieles del Concilio redactaron el primer compendio de nuestra fe, que se mantiene en esencia y que todos conocemos por nuestras clases de doctrina cristiana. El día histórico del 19 de junio del 325 de nuestra era quedó redactado nuestro credo: “Creemos en un Dios Padre Todopoderoso, hacedor de todas las cosas visibles e invisibles. Y en un solo Señor Jesucristo, el Hijo de Dios; engendrado como el Unigénito del Padre, es decir, de la substancia del Padre, Dios de Dios; luz de luz; Dios verdadero de Dios verdadero; engendrado, no hecho; consubstancial al Padre; mediante el cual todas las cosas fueron hechas, tanto las que están en los cielos como las que están en la tierra; quien para nosotros los humanos y para nuestra salvación descendió y se hizo carne, se hizo humano, y sufrió, y resucitó al tercer día, y vendrá a juzgar a los vivos y los muertos. Y en el Espíritu Santo. A quienes digan, pues, que hubo cuando el Hijo de Dios no existía, y que antes de ser engendrado no existía, y que fue hecho de las cosas que no son, o que fue formado de otra substancia o esencia, o que es una criatura, o que es mutable o variable, a éstos anatematiza la iglesia católica.”

Sobre el término homousios (consustancial), su paternidad se le atribuye tanto a Osio de Córdoba como a Atanasio, y en última instancia, como queriendo ver la mano política en la cuestión religiosa, a Constantino, según refiere su biógrafo y adulador oficial Eusebio de Cesarea, pero el emperador romano no sabía nada de doctrina cristiana y, si oyó el término, sólo lo aprobó por consenso de la mayoría de los obispos ortodoxos.

Alcanzado el consenso, se da forma definitiva al credo de Nicea, que recoge la esencia de todo lo acordado y establece con claridad lo que más tarde se llamará la Santísima Trinidad. El nombre aún no existía como término doctrinal oficial, pero ya en el siglo II vemos usado Τριάς (Trias), Trinidad, o incluso “el divino trío”, en los escritos de algunos pensadores cristianos para explicar la naturaleza de Dios en Orígenes, Policarpo, Ignacio o Justino, aunque la doctrina trinitaria como tal no será explícitamente formulada oficialmente hasta el Concilio de Constantinopla en 360 (de nuevo vemos que los concilios no se inventan la doctrina, sino que la definen, clarifican y expresan). En total, unos 25 días de preparaciones y conversaciones sin el emperador, y sólo 5 días de reuniones oficiales presididas -al menos oficialmente- por el emperador. El resultado final fue la censura y expulsión de los herejes del seno de la iglesia, pero ni esa medida los hizo arrepentirse. Al enterarse los obispos pronicenos de los intentos del hereje de congraciarse con el emperador, no cesaron su empeño de impedirlo, pero la férrea oposición provocaba tumultos en el imperio que ponían en peligro su estabilidad.

Icono copto de San Atanasio, patriarca de Alejandría (Egipto).

Icono copto de San Atanasio, patriarca de Alejandría (Egipto).

Estamos en el año 326 y nuestro diácono ha sido ordenado presbítero y cuenta con la admiración de muchos y la envidia de otros tantos. Junto con su anciano obispo, luchaba aún contra la herejía arriana, escribiendo tratados teológicos y predicando. Para ese entonces entabló amistad con otro personaje emblemático: San Antonio Abad. Dos años después, el obispo Alejandro enferma al saber de la readmisión de Arrio en la Iglesia y muere. Por lógica, su sucesor no fue otro que Atanasio que, con sólo treinta y cinco años de edad, fue aclamado por la mayoría del pueblo alejandrino y visto desde entonces como el defensor de la fe verdadera, aclamada y reiterada en Nicea, siendo por ende enemigo de los herejes que, aunque golpeados, seguían siendo poderosos e influyentes. Recordemos que Eusebio de Nicomedia era pariente del emperador Constantino y éste logró ablandar sus políticas y consiguió ser restablecido en su sede y traído de su destierro, y lo primero que hizo fue convocar sendos sínodos regionales en Tiro –actual Líbano- y el de Jerusalén en los años 335 y 336, para restablecer canónicamente a los herejes en el seno de la Iglesia, pero figuras importantes como Cirilo de Jerusalén, recién elevado a arzobispo de honor de la Ciudad Santa, protestó contra esta medida y en su unión numerosos obispos pronicenos. El obispo Atanasio protestó contra estas resoluciones y el obispo hereje percibió el gran peligro que representaba para su causa este pequeño hombre, y supo entonces que, para hacer triunfar sus pretensiones, debía primero deshacerse de él.

Nuestro Santo no dudó en calificar a los herejes de precursores del Anticristo, farsantes, ateos –como los paganos decían de los cristianos anteriormente-, vómito y heces de los herejes más contumaces, y, quizás, es bastante probable, cayó en comparar su contumacia con la negativa de los judíos a convertirse al cristianismo. Entre otras cosas sin fundamento, se le acusó de intentar impedir el envío de grano y víveres a la ciudad imperial de Constantinopla –cosa que sí hizo más de un patriarca posterior- y ésta fue la causa de su primer destierro al norte de Europa, en los límites del imperio, a la ciudad de Augusta Treverorum, hoy Tréveris –Alemania-. Recordemos que el desterrado perdía todos sus derechos como ciudadano y se le despojada de sus bienes materiales, dejándolo prácticamente en la miseria. En esta situación de aislamiento y soledad estuvo dos años, hasta la muerte de Constantino, quien lo indultó y reintegró en su diócesis, quizás por remordimientos de conciencia, para alegría de los amigos y partidarios de Atanasio.

Relicario barroco del Santo ubicado en Brasil.

Relicario barroco del Santo ubicado en Brasil.

La oposición y las intrigas contra Atanasio no cesaron; sus enemigos le acusaron de haber vendido y empleado para su propio uso el maíz que el difunto emperador había destinado para las viudas pobres de  Egipto y Libia. Un sínodo de obispos africanos apoyó a Atanasio, pero el nuevo emperador Constancio II (el tercer hijo del emperador Constantino el Grande y nieto de Constancio Cloro) estaba bajo la influencia del obispo arriano Eusebio de Nicomedia y de Filagrio, quien era el prefecto de Egipto. Como quería en la sede de Alejandría a Gregorio de Capadocia, Atanasio fue llevado a su segundo exilio el 19 de marzo del año 339. Inmediatamente Gregorio de Capadocia ocupó, mediante fuerza militar, la sede de Alejandría. Atanasio se fue a Roma, donde fue recibido por el obispo Julio, que encabezó la resistencia ortodoxa y avaló las decisiones pronicenas. Finalmente se presentó una vez más ante Constancio, obteniendo permiso para regresar. Gregorio murió el 25 de junio de 345, dejando su lugar vacante, que fue ocupado por Atanasio el 21 de octubre del año 346. Tras la muerte de Constante, en junio del 350, la posición de Atanasio fue una vez más crítica, como demuestra el hecho de que la noche del 8 de febrero del año 356 fuera rodeada la iglesia de San Teonas por 5.000 soldados con el fin de arrestarlo. Atanasio pudo escapar, encontrando refugio entre los monjes y eremitas del desierto, en este su tercer exilio. Desde allí continuó escribiendo a los fieles de Alejandría y escribió la biografía de San Antonio Abad, de quien fue gran amigo y compañero en la lucha contra la herejía.

El 24 de febrero del año 357, Jorge de Capadocia –no confundir con otros santos con el mismo nombre-  fue nombrado obispo de la ciudad. Con este movimiento, los arrianos ocuparon la mayoría de los puestos eclesiásticos. Sin embargo, Jorge de Capadocia sólo se mantuvo durante dieciocho meses en la posición de obispo, luego se ausentó durante tres años. Cuando intentó volver y retomar el obispado, tres días después de su regreso, fue arrestado y asesinado en los disturbios que siguieron a la muerte del emperador Constancio. El nuevo emperador, Juliano el Apóstata (361-363), promulgó un edicto permitiendo el regreso a sus sedes de los obispos exiliados, esperando con esa medida añadir confusión en la Iglesia, con el propósito de beneficiar al paganismo. El tercer exilio de Atanasio acabó el 21 de febrero del año 362. Los consejeros del emperador Juliano percibían en Atanasio a un hombre peligroso, por lo que el emperador Juliano le ordenó que abandonara Alejandría. El motivo de esta orden era que “había regresado sin recibir permiso específico”. Una vez más, Atanasio partía para el exilio el 24 de octubre del año 362. Tuvo que esconderse en el desierto de Tebaida hasta que Juliano murió, el 26 de junio del 363. Volvió a su amada Alejandría el 5 de septiembre de ese mismo año. El nuevo emperador, Joviano, puso fin oficialmente a su cuarto exilio el 20 de febrero del año 364. Sin embargo, a pesar de todos sus intentos, la Iglesia resistió y no logró que la gente volviera al paganismo. Como no hay quinto malo, el emperador Valente, en el año 365, dicta otro decreto en el cual reintegra, una vez más, a los obispos desterrados –herejes- a sus diócesis y ordena a Atanasio a exiliarse una vez más, y lo hace, quedándose en la periferia de Alejandría, refugiándose con su hermano Pedro en la tumba de su padre y permaneciendo vigilante y firme en sus convicciones. El gran malestar que esta decisión provocó en el pueblo de Alejandría dio lugar a su regreso el 31 de enero de 366.

Reliquias de San Atanasio, patriarca de Alejandría, y de San Zacarías, padre del Bautista, en Venecia (Italia).

Reliquias de San Atanasio, patriarca de Alejandría, y de San Zacarías, padre del Bautista, en Venecia (Italia).

Atanasio, el gran paladín de la fe reafirmada y defendida en Nicea, murió en su sede en el año en el año 373, con cuarenta y cinco años como obispo, y dieciocho años de destierros, en paz y con la conciencia segura en la verdad que defendió a costa de su seguridad y su propia vida; sin ver los resultados de sus fatigas, pero seguramente anticipándolos. No hubo intriga ni desdicha alguna que mermara su fe ni lo doblegara, ni en los peores momentos, ni lo hiciera dudar de la realidad de la encarnación del Verbo de Dios en Jesús, hijo del Hombre. En el año 373 de la era común, el Primer Concilio de Constantinopla (Segundo Ecuménico), bajo la presidencia de San Gregorio Nacianceno, revalúa el Credo Niceno, lo confirma y agregó la cláusula sobre la Divinidad del Espíritu Santo que reza así: “Creo en el Espíritu Santo, Señor y Vivificador, que procede del Padre” (sin “y del Hijo”).

La lucha contra la herejía arriana quedó tan identificada con la persona del obispo de Alejandría, que casi podría decirse que la historia subsiguiente de la controversia arriana es la biografía de Atanasio. De no ser por su valiente intervención en aquella histórica asamblea en Nicea, sin duda inspirada por el Espíritu Santo, se habrían perdido para siempre el sentido del Evangelio y la encarnación de Jesús; y nuestra fe sería vana por el triunfo de las persuasiones de Arrio.

Obras y pensamiento
Atanasio es una figura que impone: parece personificar a la Iglesia misma. Evidentemente no bastan las dotes humanas para doblegar a una figura histórica de esta talla. Sabemos que desde su juventud, Atanasio es un enamorado de Cristo. Le apasiona, sobre todo la humanidad de Cristo, y basta hojear algunas páginas del tratado “La Encarnación del Verbo” para comprender hasta qué punto ha sido ella objeto de su meditación: “El Verbo, pues, se ha hecho hombre para que nosotros, los hombres, al volver a adquirir la imagen del Verbo, pudiésemos ser divinizados y salvados”.

Reliquias de San Atanasio en la Catedral Patriarcal de El Cairo (Egipto).

Reliquias de San Atanasio en la Catedral Patriarcal de El Cairo (Egipto).

Aún hoy, la Iglesia, después de dieciséis siglos, reflexionando sobre el designio de amor y de misericordia que Dios ha inventado para los hombres, repite conmovida las mismas palabras de Atanasio. “Propter nos homines et propter nostram salutem descendit de coelis”: por nosotros los hombres y por nuestra salvación bajó del cielo. “Y de cualquiera manera que consideres las cosas –continúa Atanasio- el Verbo, con su encarnación ha manifestado su filantropía, su amor hacia los hombres, ha encarcelado la muerte, y nos ha hecho nuevos”. “Nos ha verbificado”, dirá en otro sitio, porque cuando el Verbo asumió nuestra naturaleza, nosotros no hicimos concorpóreos con Él, y somos verdaderamente cuerpo de Cristo. En Jesús se encuentra toda la humanidad que ha sido penetrada por la divinidad del Verbo; y, en definitiva, el “hacerse hombre”, por parte del Verbo, y el “ser divinizados” por nuestra parte, no son más que dos aspectos complementarios de la misma realidad. La idolatría causada por el pecado ha sido vencida: en Jesús, Verbo hecho hombre como nosotros, los hombres se encuentran la plenitud de lo que buscan; no existe aspiración humana a la belleza, a la grandeza, a la potencia, a la sensibilidad, al amor, a la verdad, que Jesús no pueda colmar”.

Sin embargo, Atanasio no se ha quedado en un punto de vista puramente especulativo; si tuvo profundas intuiciones sobre ese misterio, es porque siguió el camino evangélico, que es la única metodología válida: “A quien me ama me manifestaré”. “¿Quieres comprender las palabras de los santos? –dice Atanasio- Purifica tu pensamiento e imita su vida, de lo contrario no puedes comprender lo que Dios les ha revelado. ¿Quieres comprender a Cristo? Haz pura tu alma e imita las virtudes de Cristo, porque sólo así puedes comprender algo del Verbo de Dios”. (De incarnatione Verbi, 57).

Llegada de las reliquias de San Atanasio regaladas por el Vaticano a la Iglesia Copta Ortodoxa.

Llegada de las reliquias de San Atanasio regaladas por el Vaticano a la Iglesia Copta Ortodoxa.

Escribió mucho a pesar de la dureza de su vida. Sus escritos apologéticos son Contra los paganos y Encarnación del Verbo, donde expone razones a favor de la encarnación, rechaza el politeísmo y el paganismo. En los Discursos contra los arrianos tiene un capítulo en que expone esta posición y defiende las tesis de Nicea. Interesante es notar que nunca se refiere en sus escritos al alma humana de Cristo, argumento que le habría sido de utilidad en sus disputas con los arrianos. Otros autores como Orígenes no dudaron en esgrimir la doctrina de la completa humanidad de Jesús para lidiar tanto contra el arrianismo como contra el apolinarismo. A la indecisión de Atanasio en este sentido se debe el que se hable de Logos-sarx contraponiéndolo al Logos-hombre como si de la naturaleza humana, Cristo hubiera tomado sólo el cuerpo.

Se creía que el símbolo Quicumque era de Atanasio. Otras obras son:
Apología contra los arrianos.
– Epístola sobre los decretos del concilio de Nicea
. Defiende la homousios (consubstancialidad) del Padre y el Hijo.
Historia de los arrianos. A petición de los monjes entre los que se había refugiado.
Carta sobre los sínodos celebrados en Rímini (Italia) y Seleucia.
– Carta en nombre de los concilios.
– Cuatro cartas a Serapión
, donde trata la divinidad del Espíritu Santo.

Reliquias de San Atanasio en el monasterio Vatopedi del Monte Athos (Grecia).

Reliquias de San Atanasio en el monasterio Vatopedi del Monte Athos (Grecia).

También tiene obras exegéticas con el tema de la virginidad. En la teología defiende el cristianismo tradicional frente a Arrio. Existe una Trinidad santa y completa: Padre, Hijo y Espíritu Santo; es homogénea, las tres personas tienen el mismo rango.

Alejandro

Bibliografía:
– L. GONZÁLEZ, JUSTO. Diccionario manual teológico. Atanasio de Alejandría en artículos “Arrianismo” págs. 42, 44 y 45; “Hipóstasis” págs. 142 y 143; Homoiusion, págs. 145-147.
– MENÉNDEZ PELAYO, Marcelino. Historia de los heterodoxos españoles. Libro primero, capítulo quinto: Osio en sus relaciones con el arrianismo, Potamio y Florencio. Librería católica de San José. Madrid, España, 1880.

Enlaces consultados (05/01/2014):
http://apologia21.wordpress.com/2012/12/21/el-concilio-de-nicea/
http://www.bible.ca/spanish/trinidad-posiciones-historicas-deidad-cristo-arrianismo-2.htm
http://www.cristianismo-primitivo.com/siglo-iv/el-concilio-de-nicea
http://www.cristianismo-primitivo.com/siglo-iv/los-arrianos
http://www.filosofia.org/aut/mmp/hhe1065.htm
http://www.librodeurantia.org/lu/doc195.html
http://mercaba.org/TESORO/atanasio01.htm

Artículo extraído ilegalmente y sin permiso de PreguntaSantoral.es