San Augusto Chapdelaine, sacerdote mártir en China

Artículo extraído ilegalmente y sin permiso de PreguntaSantoral.es

Retrato de San Augusto Chapdelaine en Boucey, Francia.

Retrato de San Augusto Chapdelaine en Boucey, Francia.

San Augusto Chapdelaine nació el 6 de enero del año 1814 en la granja que sus padres poseían en La Rochelle (Normandía), siendo el octavo hijo de un matrimonio formado por Nicolás de Montyiron y por Magdalena Dodeman. Asistió a la escuela de su pueblo, donde recibió la instrucción primaria, destacando por ser un niño muy obediente, trabajador, pero poco comunicativo. Frecuentemente asistía a la catequesis y con quince años de edad se inclinó hacia el sacerdocio, manifestando que quería ser misionero, algo no muy común en aquella zona rural, pues en Francia imperaba un ambiente un tanto anticlerical, como consecuencia de la aún relativamente reciente Revolución Francesa.

Pero, por otro lado, el gobierno de la Restauración se empeñaba en restablecer el catolicismo más conservador e intentaba reconstruir un nuevo clero, por lo que empezaron a surgir algunas vocaciones sacerdotales, aun dada la escasez de centros propios de formación. En el campo, sin embargo, el anticlericalismo imperaba, pero el nuevo gobierno intentaba contrarrestarlo. Roma mostraba su preocupación y así, la Congregación para la Propagación de la Fe trabajaba a fin de fomentar las vocaciones misioneras y la formación del clero, no solo en Francia, sino en toda Europa. Augusto, en este ambiente, posiblemente vio pocas posibilidades en su pueblo y es posible que, conscientemente, buscase otras salidas. Pero en casa no se lo pusieron fácil, pues sus padres se acababan de mudar a Gouaiserie y él era imprescindible en la granja, por lo que le pusieron pegas para entrar en el seminario. Pero en el año 1834 murieron dos hermanos suyos, la familia marcha a Metairie y a Augusto, que ya tenía unos veinte años, le permitieron entrar en el seminario. En él se preparó para el sacerdocio, siendo ordenado de sacerdote en la catedral de Coutances el día 10 de junio del año 1843, cuando tenía veintinueve años de edad.

En febrero del año 1844 fue nombrado vicario de Boucey y él, que soñaba con grandes espacios donde llevar a cabo su tarea evangelizadora, se encontró con una pequeña población, con una parroquia abandonada por un sacerdote que se había dado por vencido. Llegó a considerar que estaba en el exilio, pero hizo frente a su situación, organizando grupos de caridad, de educadores de la juventud y de rehabilitación del templo parroquial. Allí estuvo hasta el mes de enero del 1851, dejando un grato recuerdo, y lo hizo porque fue admitido en el Seminario de las Misiones Extranjeras, su gran ilusión. Después de despedirse de Boucey, pasó una semana con su familia en La Rochelle y, posteriormente, se trasladó a París para ya nunca volver a su tierra.

Escultura del Santo en la parroquia de Boucey, Francia.

Escultura del Santo en la parroquia de Boucey, Francia.

En el seminario se preparó, demostrando a sus superiores la fuerza de su vocación misionera y su buena salud física, requisito indispensable para ser admitido a marchar a las misiones. En el seminario parisino pasaba mucho tiempo rezando en la capilla de los mártires de la Congregación, sin imaginarse que años más tarde, allí también estarían partes de sus pertenencias como reliquias.

El 20 de marzo de 1852, cuando tenía treinta y ocho años de edad, le comunicaron su lugar de destino: China. Alborozado, le escribió una carta al alcalde de Boucey, en la que le comunicaba que iba a ser enviado a Kwangtung, Kwangsi y a la isla de Hainan. Aquella misión le había sido confiada a la Congregación cuatro años antes y sólo había diez misioneros para una población de casi cincuenta millones de personas, aunque bien es verdad que cristianos había muy pocos. En China, la religión cristiana estaba prohibida y era perseguida con mayor o menor virulencia, dependiendo del gobernador y los mandarines de cada provincia. Todo esto se lo cuenta él al alcalde de Boucey, lo que nos indica que era muy consciente de la situación que allí le esperaba.

Los chinos consideraban a los misioneros como avanzadillas del colonialismo de las naciones europeas. La dinastía manchú, intentando abrir sus puertos al comercio exterior, era más o menos tolerante, pero esto era mal visto por los mandarines y por algunos gobernadores provinciales. El tribunal de Pekín trató de organizar la resistencia y ordenó a los mandarines que fueran beligerantes con los extranjeros, especialmente con los sacerdotes católicos, a quienes obstaculizaban su ministerio, aprisionaban e incluso ejecutaban. Ésa era, a grandes rasgos, la situación en la que él se iba a encontrar.

El 29 de abril del 1852, seis sacerdotes se prepararon para partir mediante una celebración litúrgica; y el 5 de mayo embarcaron en el puerto de Amberes, rumbo a China. Augusto era el mayor del grupo y, por lo tanto, el encargado del tema financiero. Durante la travesía se dedicaron a aprender el chino y, después de varios meses de navegación, llegaron a Singapur el día 5 de septiembre. El 15 de octubre, a bordo de un barco portugués, marcharon a China, llegando a la península de Macao en la víspera del día de Navidad. Después de atravesar el estuario del río Cantón, llegaron a Hong Kong, siendo recibidos por el procurador de las Misiones Extranjeras. El enclave de Hong Kong, que estaba bajo el dominio inglés desde el año 1842, era un puesto de avanzadilla, pero también de retirada en caso de conflicto en territorio chino. Allí estuvieron algo más de diez meses, tiempo que aprovecharon para perfeccionar sus conocimientos del idioma, que no llegaron a dominar.

Retrato de San Augusto Chapdelaine en China, vestido a la usanza del lugar.

Retrato de San Augusto Chapdelaine en China, vestido a la usanza del lugar.

El 12 de octubre del 1853 marchó acompañado de algunos cristianos, con la intención de llegar a Guangxi; y en febrero del año siguiente llegaron a Kouy-Yang, que era un lugar donde estaba asentada una misión cristiana, donde fueron muy bien recibidos. A la espera de poder alcanzar Guangxi, estuvo como responsable pastoral de tres poblados chinos, asimilando sus costumbres y su modo de vestir. Su deseo de mezclarse entre las gentes fue bien visto por los cristianos, quienes le llamaban el padre Ma. Allí se reunió con dos cristianos muy comprometidos: Jerónimo e Inés Tsao-Kouy; y gracias a ellos pudo entrar en lo que él llamaba “su provincia”, donde celebró su primera Misa el día de la Inmaculada de 1854. Sin embargo, su labor apostólica sólo duró nueve días, porque el día 17 fue apresado por el mandarín de Si-Lin, que, aunque lo trató cortésmente, lo mantuvo encerrado por espacio de cinco meses. Fueron puestos en libertad en el mes de abril de 1855 y volvió a Guizhou.

En el mes de diciembre, San Augusto volvió a Guangxi, donde había un mandarín menos tolerante que el anterior. Como había entrado ilegalmente, vivió en clandestinidad, escondido por algunas familias cristianas que le aconsejaban huir de la zona. Pero le faltó tiempo, pues denunciado por Bai San, que era pariente de un nuevo converso, fue detenido en Yaoshan la noche del 25 al 26 de febrero de 1856. Llevado ante el tribunal, junto con otros cristianos, se le acusó de instigar al pueblo para que se rebelase y de ser el amante de Inés Tsao-Kouy. Aunque no entendía bien la acusación, él la rechazó; pero eso no le valió para que no fuese salvajemente torturado: planchas ardientes en la cara, la llamada tortura de la cruz en las espaldas y otras muchas.

Finalmente, Augusto e Inés fueron llevados a una jaula, donde los torturados eran inmovilizados por la cabeza, dejando los brazos y los pies suspendidos. La jaula fue colgada en la puerta de la cárcel y, aunque su constitución física era robusta, Augusto moría la noche del 27 al 28 de febrero, después de soportar una terrible agonía. Ya muerto, le cortaron la cabeza y su cuerpo fue echado a los perros. Un cristiano recogió algunos pequeños restos y pertenencias y los llevó a Hong Kong. Ahora están expuestos en la sala de los mártires de la Congregación de las Misiones Exteriores de París en la rue du Bac.

Martiro del Santo. Grabado de "Le Monde illustré", número del 27  de febrero de 1858. Fuente: http://www.dunwich.org/genea/fg/martyrerp.html

Martiro del Santo. Grabado de “Le Monde illustré”, número del 27 de febrero de 1858. Fuente: http://www.dunwich.org/genea/fg/martyrerp.html

Inés murió poco después, soportando el mismo castigo que el sacerdote, mientras que su hermano Jerónimo fue decapitado por negarse a renunciar a su fe. La pequeña comunidad cristiana formada alrededor del Santo prácticamente se disolvió; y su muerte tuvo ciertas consecuencias internacionales ya que, desde el año 1844, existía un tratado comercial entre Francia e Inglaterra por un lado y China por el otro; y en él se estipulaba que no se haría daño físico a ningún europeo.

El 12 de julio, el jefe de las Misiones Francesas en Hong Kong se enteró de su muerte, que se la comunicó al encargado de negocios de Courcy, en Macao, el día 17. Una semana más tarde, presentaron una enérgica protesta ante el gobierno chino, que se defendió diciendo que el tratado de 1844 sólo permitía la predicación de los misioneros en los cinco puertos donde se daba el comercio entre ambas partes; y que el padre Chapdelaine había violado el tratado al predicar el Evangelio en el interior del país. Aun así, el mandarín que había ordenado su muerte fue destituido.

La muerte de Chapdelaine fue el pretexto para que las dos naciones europeas aumentasen sus monopolios sobre China y atacasen la ciudad de Cantón. Sin embargo, tres años después de su martirio, se llegó a un acuerdo de paz, por el cual China se comprometía a dejar libertad para que pudiese predicarse el catolicismo en su territorio y derogar todas las leyes chinas hechas contra los cristianos. Cuando un año más tarde fueron a China los representantes europeos para ratificar el tratado, fueron recibidos a cañonazos, por lo que una fuerza franco-británica invadió China, lo que obligó a que los chinos firmasen un nuevo tratado, más ventajoso para los europeos. Sin haberlo querido el Santo, su muerte fue el pretexto para que el colonialismo avanzase enormemente en China.

Reliquias del Santo en la parroquia de Boucey, Francia.

Reliquias del Santo en la parroquia de Boucey, Francia.

Pero, sin lugar a dudas, las cualidades humanas de San Augusto fueron determinantes en su vida y en su corto ministerio: bondad, paciencia, coraje, honestidad. Destaquemos también su tesón, porque desde adolescente quiso ser misionero y lo logró a través de la Congregación de las Misiones Extranjeras de París. Llegó a China, se dedicó a su ministerio evangelizador, pero su vida de apóstol terminó muy pronto y de manera trágica. Aunque su comunidad no sobrevivió a su muerte, sin embargo, ésta fue una prueba más de la existencia de hombres y mujeres valientes que renuncian a todo por propagar la fe en Cristo, incluso dando sus vidas por Él; y aunque no fue el primer cristiano martirizado en China, su muerte tuvo una enorme importancia en el contexto de las relaciones comerciales entre Europa y la dinastía manchú. Digamos que los intereses económicos y políticos instrumentalizaron su muerte para conseguir sus objetivos.

Dos años después de su martirio se inició el proceso de beatificación; y el 27 de mayo del año 1900, el Papa León XIII lo beatificó, siendo finalmente canonizado por el Papa San Juan Pablo II, el día 1 de octubre del año 2000, junto con otros ciento diecinueve compañeros mártires en China. Dos días más tarde, la agencia de noticias china Xinhua reaccionó ante la canonización de los mártires, emitiendo un comunicado de prensa denigrando la intervención de los misioneros europeos y acusando al Vaticano de intromisión en los asuntos internos de China.

Antonio Barrero

Bibliografía:
– VV.AA. “Bibliotheca sanctorum, tomo III”, Città N. Editrice, Roma, 1990

Enlaces consultados (07/02/2014):
http://www.landrucimetieres.fr/spip/spip.php?article2317
http://en.wikipedia.org/wiki/Auguste_Chapdelaine

Artículo extraído ilegalmente y sin permiso de PreguntaSantoral.es