San Bernardo de Claraval, Doctor de la Iglesia (III)

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Tabla del Santo, obra de Georg Andreas Wasshuber (1650-1732).

Tabla del Santo, obra de Georg Andreas Wasshuber (1650-1732).

Las casi quinientas cartas que el Santo escribió a todo tipo de personas son la mejor fuente de información sobre su gran actividad apostólica y sobre la historia de la Iglesia en aquella época. Como vimos en el primer artículo, trabajó duramente para desarrollar la Orden Cisterciense, pues cuando él ingresó, la Orden sólo tenía tres monasterios y cuando murió, ciento sesenta y ocho, de los cuales, sesenta y ocho fueron fundados por él mismo. Además, la dotó de una regla propia, “Carta de Caridad”, en la cual estableció las normas por las cuales habían de regirse sus monasterios.

En aquella época, Cluny representaba la fuerza mayor dentro del ámbito benedictino. Los cluniacenses se caracterizaban por una prudente adaptación de la regla a aquellos momentos, pero la observancia se fue relajando pues las abadías llegaron a poseer grandes riquezas, lo que distorsionaba la vida monástica. San Bernardo atacó duramente esta relajación de la disciplina, principalmente en sus primeros años como abad y sus duras polémicas con los cluniacenses consiguieron atraerse la amistad de Pedro el Venerable, amistad que siempre mantuvieron aunque a veces con discrepancias, como por ejemplo las surgidas cuando la elección del obispo de Langrés.

La concepción de la vida monástica que tenían los cistercienses era muy distinta a la de los cluniacenses. El mismo San Bernardo, en su “Apología a Guillermo” lo dice claramente: “Vuestros monasterios relumbran mientras los pobres tienen hambre. Los muros de vuestras iglesias están recubiertos de oro, pero los cristianos siguen desnudos. Ya que no os avergonzáis de estas estupideces, lamentad al menos tantos gastos”. Él se sentía responsable ante Dios y por eso quería que los monjes cumplieran rigurosamente la regla; era preferible ser un buen seglar a un mal monje. Y su trabajo dio sus frutos pues el protagonismo que tenían los cluniacenses en el siglo XI, se lo arrebataron los cistercienses, ya que muchos monjes y clérigos de otras Órdenes se pasaron a la suya y muchos monjes cistercienses fueron nombrados obispos.

Tanto se dedicó a su Orden, que llegó incluso a fijar los criterios que habrían de seguirse a la hora de construir una abadía cisterciense. Estaba en contra de que las iglesias fueran excesivamente grandes, adornadas con esculturas y frescos, pues en lo exterior quería también imprimir el ascetismo que imponía a sus monjes. Si los monjes habían huido del mundo, no necesitaban nada de eso para conseguir la unión con Dios. Consideraba que los adornos eran gastos superfluos y que ese dinero tenía que dedicarse a socorrer a los pobres. Quería que hubiese una cierta uniformidad entre sus monasterios; por lo cual, en el año 1135, se planteó que éstos no podían seguir siendo construcciones de madera y adobe y que, para darles perpetuidad, había que construirlos de piedra. Intervino personalmente en la construcción de las abadías de Claraval y de Fontenay, siendo el inspirador de ambas construcciones: tenían que predisponer al monje y al visitante a la sencillez, la pobreza, el ascetismo y el silencio.

Detalle del Santo en un grabado decimonónico de Gutenburg, Suiza.

Detalle del Santo en un grabado decimonónico de Gutenburg, Suiza.

Pero su apostolado traspasó los muros de los monasterios y alcanzó la propia curia papal. Recordemos sus esfuerzos para conseguir el reconocimiento universal del Papa Inocencio II y su influencia en el Papa Eugenio III, de origen cisterciense, quien incluso llegó a solicitarle que escribiera un tratado sobre las obligaciones del Papa, cosa que él hizo, escribiendo los cinco libros del tratado “De Consideratione”, en el que entre otras muchas cosas le recordaba que un Papa jamás debe abandonar la oración por atender los asuntos de Estado. Pero mantuvo una posición que hoy en día rechazaríamos de plano: el Papa estaba investido de una doble autoridad: la espiritual y la temporal, pues como cabeza de la Iglesia tenía autoridad sobre los estados cristianos. Es la célebre “teoría de las dos espadas”. No la desarrollo más para no alargar el artículo y a la espera de que sobre este tema entablemos un debate.

Como en su tiempo se daban casos de discrepancias entre obispos sobre todo en asuntos temporales, en el año 1126 escribió “Tractatus de moribus et officio episcoporum”, que envió al arzobispo Enrique de Sens y que tenía como fin intervenir en los conflictos entre obispos. Su prototipo de obispo era su amigo, San Malaquías de Armagh, – cuyas reliquias están en la misma urna que las de San Bernardo – y a tal fin, escribió “De vita et rebus gestis sancti Malachiae”. Esta es una obra de carácter biográfico y hagiográfico, muy útil como fuente histórica sobre la Iglesia irlandesa en el siglo XII, pues el célebre San Malaquías era el legado del Papa en Irlanda.

No quiero extenderme sobre su apostolado en tiempos de la Segunda Cruzada, que como dije, para él era una guerra santa – y que puede ser otro tema para polemizar – aunque algo si habrá que decir sobre sus controversias contra algunas “herejías populares”, como los cátaros. En los ya mencionados “Sermones super Cantica”, refutó a estos grupos de cátaros y evangélicos que estaban muy localizados en la ciudad de Colonia. En el año 1145 predicó personalmente contra ellos en el Languedoc, pero sobre todo, contra los seguidores del monje Enrique, que se caracterizaban por llevar hasta el extremo el mensaje del evangelio, defendiendo la existencia de una Iglesia puramente espiritual, libre de todo apego a lo terrenal, considerando incluso mundana a la propia jerarquía eclesiástica. Pero siempre lo hacía intentando no excluir a nadie, sino previniendo de esos errores, por lo que con “estos futuros herejes” siempre usaba la persuasión y nunca la confrontación. Sus orígenes le habían proporcionado una sensibilidad muy humana, pero es verdad que, como monje, su severidad le hizo perder “los papeles” en alguna ocasión.

Su comportamiento, en algunas ocasiones, había desatado ciertos problemas e incluso, algunas sentencias contradictorias. Sabemos de su amistad con Pedro el Venerable, pero por ejemplo, éste deplora suave pero firmemente, la vehemencia y la precipitación mostrada por San Bernardo en la controversia de Langres, como consecuencia de la elección y consagración del cluniacense Guillermo de Sabran como obispo de aquella diócesis. Algo parecido ocurrió cuando fue elegido Guillermo Fitzherbert como arzobispo de York. Estas controversias impresionaron por su dureza, pero hay que tener en cuenta que se estaba violando, en contra de Bernardo, un procedimiento que había sido fijado de acuerdo con el Papa para el nombramiento del obispo del lugar donde hubiese un monasterio cisterciense. Podríamos citar muchos otros casos que nos mostrarían cuál era la personalidad humana de San Bernardo, pero creo que no debo excederme, sobre todo cuando hay mucha bibliografía sobre este Santo.

Escultura del Santo en su iglesia de Fontaine-les-Dijon, Francia.

Escultura del Santo en su iglesia de Fontaine-les-Dijon, Francia.

En el primer artículo dijimos que San Bernardo murió en Claraval el día 20 de agosto del año 1153. Fue canonizado por el Papa Alejandro III mediante una bula decretada el día 18 de enero del 1174, o sea, veintiún años después de su muerte. Nos parecerá poco tiempo, pero aun así, ya el Papa la había retrasado deliberadamente: “Estando en París, muchos hombres venerables me pidieron la canonización de Bernardo abad de Claraval, de santo recuerdo, sugiriendo con humildes peticiones que ya que se iba a celebrar próximamente el Concilio de Tours, sería digno y laudable dar el permiso en esa ocasión. Cuando ya estábamos de acuerdo en esta cuestión, llegó una gran cantidad de peticiones que desde diversas provincias pedían otras canonizaciones. Y así, viendo que no se podía satisfacer a todos de modo congruente, se decidió, para evitar el escándalo, diferir en este caso lo que en los otros había que denegar por cuestión de tiempo”.

San Bernardo fue proclamado Doctor de la Iglesia por el Papa Pío VIII en el año 1830. El Ven. Papa Pío XII, en el octavo centenario de su muerte, en la encíclica “Doctor mellifluus”, le dio esta denominación. Este apelativo empezó a emplearse en el siglo XV refiriéndose a San Bernardo y estaba en consonancia con la suavidad y la dulzura de sus escritos.

Los restos del Santo, a excepción del cráneo, se perdieron en el 1793 durante la Revolución Francesa. Esta reliquia, en el año 1813 fue llevada a la catedral de Troyes. Su culto está muy difundido, siendo el patrón de Gibraltar y de la Liguria italiana. Su festividad se celebra el día de su muerte (20 de agosto). Las principales etapas en el desarrollo de su culto litúrgico son: el mismo año de su canonización, el Papa Alejandro III compuso una primera Misa para uso de los cistercienses. En el año 1201, Inocencio III aprobaba una nueva Misa con oraciones propias. Desde el punto de vista del desarrollo del Oficio de las Horas, la única lección que se encontraba en el Oficio de Maitines en la primera mitad del siglo XVI, se convirtió en tres lecciones con la reforma de San Pío V.

Existen numerosos testimonios de contemporáneos del santo que le atribuyen la realización de milagros. El propio Godofredo de Auxerre, su primer biógrafo, nos narra alguno, que de alguna manera, hasta el propio San Bernardo lo reconoce implícitamente en el capítulo segundo de su obra “De consideratione”. Como era natural y lógico, también las leyendas escritas sobre él le atribuyen la realización de numerosos milagros.

Detalle del cráneo del Santo en su urna de Troyes, Francia.

Detalle del cráneo del Santo en su urna de Troyes, Francia.

San Bernardo es uno de los santos que más influencia ha ejercido en la vida de la Iglesia, pues ya antes del 1500 se habían realizado cuarenta y cinco ediciones parciales de sus obras; y hasta el día de hoy, más de quinientas. Esta influencia se debe principalmente tanto a su doctrina como a su espiritualidad cristocéntrica (infancia de Cristo, nombre de Cristo, pasión de Cristo…) y al papel de María en la obra de la Redención. Por poner sólo un ejemplo, diré que el autor de la “Imitación de Cristo” basa su obra principalmente en la doctrina de San Bernardo. Iconográficamente se le representa con una pluma o un libro, con una colmena y con la figura de María.

Antonio Barrero

Bibliografía:
– LECLERCQ, J., ”Saint Bernard mystique”, París, 1948
– VACANDARD, E., “Vie de Saint Bernard abbé de Clairvaux”, Paris, 1927
– ZERBI, P., “Bibliotheca sanctorum” vol. III, Città N. Editrice, Roma, 1990

Enlace consultado (01/06/2013):
http://es.wikipedia.org/wiki/Bernardo_de_Claraval

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San Bernardo de Claraval, Doctor de la Iglesia (II)

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Detalle del Santo en una vidriera de 1450. Musèe de Cluny, Francia.

Detalle del Santo en una vidriera de 1450. Musèe de Cluny, Francia.

Una vez esbozada la vida del Santo, vamos a decir alguna cosa, aunque sea de manera muy escueta, sobre su pensamiento y sobre sus obras.

Teología
La originalidad de la teología de San Bernardo no está en el descubrimiento de nuevas vías de investigación ni en la conquista de nuevos resultados. El mismo San Bernardo impidió cualquier iniciativa en este sentido, declarando respetuosamente que él quería atenerse fielmente a la mejor tradición de la Iglesia. Él es un típico exponente de esta tendencia teológica que, en las investigaciones más recientes, ha sido conocida como “teología monástica”: clara, ordenada, con una cálida exposición de la verdad que sirva para predisponer al alma para la oración y la contemplación. Por eso, cuando San Bernardo habla de teología, siempre lo está haciendo como algo que vive personalmente. Como consecuencia de esta característica verdaderamente individual, está la continua presencia de una rica experiencia interior. Se puede decir que en San Bernardo ocurre algo parecido a lo ocurrido a San Agustín: la teología es la huella de su propio itinerario espiritual y siente la necesidad de comunicarle a los demás sus propias experiencias íntimas; y además, tiene la capacidad de hacerlo de manera eficaz y con un cierto poder de persuasión. En eso consiste la fascinación de su teología. Esta teología se alimenta principalmente de las Sagradas Escrituras, de los escritos de los Padres de la Iglesia (tanto de los latinos como de los griegos), de los textos que regulaban la vida monástica, especialmente la Regla de San Benito, y de la liturgia.

San Bernardo se considera un pecador que ha sido salvado por el amor de Dios; y este fuerte y eficaz convencimiento es al mismo tiempo compatible con la consideración de que el amor es la fuerza más grande de la vida espiritual. Su teología se puede resumir en muy pocas líneas: “Dios que es amor, crea por amor al hombre y por amor lo rescata”; y la prueba suprema de este amor es la Encarnación del Verbo y la Redención. Es en este marco de la Redención donde entra María, prueba exquisita del amor de Dios, que nos la da como corredentora. La salvación del hombre, herido por el pecado original y agravado por sus pecados personales, consistirá en la adhesión firme y constante a este amor, mediante un proceso de purificación, en el cual, el amor de Dios es la fuerza que cura, si el hombre coopera. Esto le ensalza hasta los más altos grados de unión con Dios.

Lactación mística del Santo. Iluminación gótica en un Libro de Horas medieval.

Lactación mística del Santo. Iluminación gótica en un Libro de Horas medieval.

Como hemos visto, María tiene una notable importancia en el pensamiento teológico de San Bernardo. Sería erróneo pensar que esto sólo se debe a puras razones sentimentales, pues para él, la función de María está inmersa en lo que el dogma califica como la Redención. Es verdad que San Bernardo sentía una especial predilección por María como madre, pues perdió la suya a la que estaba muy unido, pero para él, María es especialmente un instrumento de Dios en su plan de salvación del hombre. Sin lugar a dudas que por su piedad y amor hacia María, se ha dicho de él que es el Doctor Mariano por excelencia, pero hay que recalcar que esto tiene raíces más profundas. Él escribe sobre los misterios de la Inmaculada Concepción, de la Asunción a los cielos y de la Mediación de María.

Sobre la Inmaculada Concepción tuvo sus dudas, que quedan plasmadas en la famosa epístola 174, dirigida a los canónigos de Lyon a propósito de la introducción de una nueva fiesta litúrgica que no existía en la tradición antigua. Algunos admiten una sola interpretación de esta carta: la Concepción de María no puede ser objeto de culto, porque tal concepción no es santa y no es santa porque no es inmaculada, habiendo siendo María limpia del pecado original antes de su nacimiento, pero después de su concepción. Esta interpretación ahora nos choca, sobre todo después de la declaración del dogma. Con respecto a la Asunción, no existen textos suyos suficientemente claros, no manifiesta una posición definitiva y explícita, aunque parece que su pensamiento iba en la dirección del dogma declarado el siglo pasado por el Ven. Papa Pío XII, o sea, no era un antiasuncionista, que era el pensamiento que entonces predominaba. En el tema de la Mediación de María sí insiste más, sobre todo en el célebre “Sermón del acueducto”. De todas maneras, San Bernardo jugó un papel importante en la propagación del culto mariano, porque su pensamiento llegaba a la gente y sus sermones fueron escuchados por toda Europa. Como ya hemos dicho también en algún otro artículo, a él se debe el célebre “Memorare”, una de las joyas de la piedad mariana.

Sobre otros temas teológicos también se pronunció. Por ejemplo, recordemos que sobre la doctrina de los sacramentos, él sostenía la no absoluta necesidad del bautismo de agua, que podía ser sustituido por el bautismo de sangre o por el simple bautismo de deseo, justificando así la salvación de los niños no bautizados en virtud de la fe de sus padres. Estando ligada su teología a una experiencia personal de ascesis a Dios, no es posible diferenciar entre la parte propiamente dogmática de aquella que es la ascética propiamente dicha.

Fragmento del cráneo del Santo, venerado en Troyes, Francia.

Fragmento del cráneo del Santo, venerado en Troyes, Francia.

Ascética
Los tratados fundamentales para conocer esta parte del pensamiento de San Bernardo, son: “De gratia et libero arbitrio”, “De gradibus humilitatis et superbiae” y “De diligendo Deo”. No es fácil determinar cuando redactó estas tres obras – quizás entre 1125-1135 – y son el fruto del primer período de su actividad como abad, dedicado casi exclusivamente a solucionar los problemas de la vida monástica. El primero de ellos (“De gratia et libero arbitrio”), es muy importante porque nos proporciona su modo de ver la naturaleza humana, caída, pero redimida. Es un tratado de antropología y de psicología en el que trata la relación entre la gracia y el libre albedrío. Él prima la voluntad del hombre diciendo que tiene una triple libertad: “la libertad de la necesidad”, que permanece en la naturaleza caída, “la libertad del pecado”, que habíamos perdido, pero recuperado con la ayuda de la gracia y “la libertad de la miseria”, que se obtendrá sólo en el cielo. Todo el trabajo de la ascética y de la mística, coronado en la gloria, tiende a restaurar al hombre a imagen de Dios. Esta restauración se hace en Cristo y por Cristo. La colaboración entre la gracia y el libre albedrío se lleva a cabo en todos los actos buenos del hombre.

La segunda obra (“De gradibus humilitatis et superbiae”) muestra la importancia que para San Bernardo tiene la humildad, premisa indispensable para la caridad. Para él, la humildad es la verdad. Describe los tres grados de humildad y los doce grados de la soberbia. Si se consigue la humildad es gracia a la ayuda de Cristo y mediante ella, conocemos nuestras propias miserias y tenemos capacidad para enmendarlas y mediante las obras de misericordia, conocemos las miserias del prójimo. Así, purificada el alma, puede llegar a la contemplación de la verdad de Dios, consiguiendo la perfección. En este tratado explica como la Santísima Trinidad actúa en este proceso, dándole una función a cada una de las tres Personas: el Hijo nos instruye como Maestro, el Espíritu Santo nos consuela como amigo y como hermano; y el Padre nos acoge entre sus hijos. Él se reconoce a sí mismo como en el grado superior de la soberbia y debe recorrer el camino en dirección opuesta para conseguir la humildad, descendiendo por la curiosidad, ligereza, alegría tonta, jactancia, singularidad, arrogancia, presunción, defensa de los propios pecados, confesión ostentosa, rebelión, libertad para pecar y costumbre del pecado. Esta obra es la que mejor revela su capacidad para penetrar en el ser humano, aunque la explicación anterior parezca un poco caricaturesca.

Cristo abrazando a San Bernardo, óleo de Francisco Ribalta (ca. 1626). Museo Nacional del Prado, Madrid (España).

Cristo abrazando a San Bernardo, óleo de Francisco Ribalta (ca. 1626). Museo Nacional del Prado, Madrid (España).

El breve libro “De diligendo Deo” es la obra más importante para conocer la ascética de San Bernardo, porque se centra en el concepto que domina todo su pensamiento, o sea, el amor de Dios. Contiene una exposición de los cuatro grados del amor. Para no extenderme tanto y hacer tediosa la lectura del artículo, propongo que quien tenga especial interés en este tema, consulte este enlace.

Otras obras interesantes de ascética son “De consideratione libri quinque ad Eugenium III” y el “Liber de laude novae militiae ad Milites Templi”, redactado entre los años 1132 y 1136 para que lo usaran los caballeros templarios; y es una peregrinación espiritual, una serie de reflexiones sobre los lugares de la infancia, vida y pasión de Cristo.

Mística
San Bernardo no nos ha dejado una exposición sistemática de la teología mística, como posteriormente lo hicieron Santa Teresa de Ávila o San Juan de la Cruz. Sin embargo, sus ochenta y seis “Sermones in Cantica Canticorum”, redactado en los últimos treinta años de su vida, son el fruto de una experiencia mística muy genuina, muy pura y muy intensa. Él no tiene ninguna duda de que la mística, en el sentido más estricto de la palabra, es la experiencia de la presencia de Dios. Aunque él no lo expone de manera sistemática, se puede afirmar que su desarrollo está en su experiencia más íntima. En su concepción de la teología, la mística se encuadra en el momento último y culminante: es la obra del Dios amoroso que quiere unirse al alma en el amor. La caridad da la experiencia y nos hace gustar a Dios mismo; y así se convierte en nuestra única fuente de conocimiento.

El amor recíproco entre Dios y el alma culmina en la noche mística, en el matrimonio espiritual. En este estadio de la unión mística, el Verbo de Dios es el esposo del alma. Es el Verbo el que visita al alma y actúa como principio que destruye las resistencias residuales que el alma pueda tener, la ilumina, la inflama, la transforma, se une a ella místicamente. La mística es por tanto, el último grado, la parte culminante del amor, con el cual Dios ha salvado su alma. Sus momentos de experiencias místicas están relacionados con momentos claves de su vida. Viviendo y describiendo un proceso interior que asciende a la cumbre de la contemplación, él experimenta de la manera más plena, la más pura tradición monástica, según la cual toda la vida de oración y de estudio del monje debe estar encaminada a la contemplación.

Lactación mística del Santo, obra de Bartolomé Esteban Murillo. Museo Nacional del Prado, Madrid (España).

Lactación mística del Santo, obra de Bartolomé Esteban Murillo. Museo Nacional del Prado, Madrid (España).

Pero no se nos puede olvidar que en San Bernardo reaparece otra característica de su experiencia religiosa: la necesidad de comunicarse con los demás. Por eso es el maestro de la vida espiritual de su comunidad, es el abad que les predica y que escribe sermones para que otros los escuchen y los lean. Así, dando a los demás las riquezas de su vida interior, el místico San Bernardo despliega toda su grandeza. Hay poquísimos místicos que hayan sabido describir eficazmente sus propias experiencias; aunque no nos olvidemos de que él estaba dotado de un gran talento.

Cultura
San Bernardo, al estar dotado de una buena formación literaria, es uno de los más notables representantes de la cultura monástica medieval, aunque en algunos aspectos muestra su hostilidad hacia un cierto tipo de cultura: la cultura profana tiene menos valor que la cultura religiosa. En líneas generales, se puede afirmar que San Bernardo tiene clara conciencia de la función que el estudio y el saber pueden asumir en el ascenso del alma hacia Dios. Pero para él, el conocimiento tiene valor exclusivamente para esto, para acercar el alma a Dios y por eso advierte de los peligros que puede incluir la búsqueda intelectual en si misma. Para él, la actividad racional, filosófica y teológica solo es útil si nos lleva a la oración y a la contemplación de los misterios de Cristo, que es la verdadera y única sabiduría, por lo cual, no encontrará justificación suficiente en cualquier consecución de la verdad. Todo estudio que no tienda a conseguir la contemplación divina, nos llevará a la soberbia.

Las razones por las cuales él tenía una antipatía instintiva hacia el método escolástico que se fundamentaba en el amplio uso de la razón, eran por un lado, su aguda sensibilidad hacia todo aquello que, de cualquier manera, pudiese alimentar la soberbia, y por otro, el carácter de su personal experiencia religiosa, dirigida por completo hacia lo que nosotros llamaríamos la mística. Él está convencido de la fecundidad de la gracia y no necesita muchos razonamientos ni sutilezas. Pero aunque pensaba de esta forma, le daba bastante valor al estudio como lo demuestra el hecho de que la abadía de Claraval tenía una de las mejores bibliotecas de la Edad Media y de que él mismo se relacionaba con hombres de estudio, como Guillermo de Champeaux, Hugo de San Víctor, Juan de Salzburgo y Pedro Lombardo.

Como escritor, San Bernardo maneja muy bien la prosa que siempre escribe en un latín antiguo, y lo hace no tanto por sus dotes naturales sino por su sólida formación literaria. Sus escritos tienen siempre como finalidad la edificación de las almas, pero sin embargo son un instrumento importantísimo que cuida al detalle. Él conoce bien este trabajo de escritor, sabe ordenar con claridad sus propios pensamientos, sus expresiones. Recientemente, mediante una paciente investigación, Leclerq ha tenido bastante éxito al reconstruir algunos trabajos probables de San Bernardo, revelándose siempre que es un escritor bastante suave, que no está atormentado, que no desdeñaba en absoluto la precisión de su trabajo, que revisaba y pulía. Como dije al principio, los textos sobre los cuales él se formó como escritor fueron, en primerísimo lugar, las Sagradas Escrituras y, después, los Padres de la Iglesia.

Relicario con un hueso del Santo. Champagne, Francia.

Relicario con un hueso del Santo. Champagne, Francia.

En el próximo artículo expondremos resumidamente su activad apostólica, su personalidad humana y su culto.

Antonio Barrero

Bibliografía:
– LECLERCQ, J., ”Saint Bernard mystique”, París, 1948
– VACANDARD, E., “Vie de Saint Bernard abbé de Clairvaux”, Paris, 1927
– ZERBI, P., “Bibliotheca sanctorum” vol. III, Città N. Editrice, Roma, 1990

Enlace consultado (01/06/2013):
http://es.wikipedia.org/wiki/Bernardo_de_Claraval

Artículo extraído ilegalmente y sin permiso de PreguntaSantoral.es

San Bernardo de Claraval, Doctor de la Iglesia (I)

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Miniatura del Santo en la inicial de su nombre, códice manuscrito del s.XIII.

Miniatura del Santo en la inicial de su nombre, códice manuscrito del s.XIII.

Nació en el año 1090 en Fontaine-lès-Dijon, un castillo muy cercano a Dijon capital. Pertenecía a una familia aristocrática, ya que su padre (Tescelino), era uno de los caballeros más notables del duque de Borgoña y oficial en su corte; y su madre (Aletta) era hija de un potente señor feudal borgoñés llamado Bernardo de Montbard, del cual tomó el nombre. Sus padres tuvieron siete hijos y Bernardo era el tercero de los hermanos. Desde niño frecuentó la escuela que los canónigos seculares de San Vorles tenían cerca de Châtillon-sur-Seine, cerca de la cual la familia tenía una casa.

Godofredo de Auxerre, que es quien redactó su “Prima Vita”, nos dice que el niño era muy sensible y reservado, predispuesto a la contemplación y que progresaba en la piedad y en la virtud; y que una noche de Navidad, tuvo un sueño en el que se le presentó el Niño Jesús, que le dejó una huella muy profunda desde esos primeros años de su infancia. El 1 de septiembre del año 1107 murió su madre, cosa que le afectó muy profundamente, tal como nos lo cuenta su biógrafo, que nos dice que “su dolor era el de un joven muy sensible y muy callado”. La verdad es que existía un lazo muy afectivo, muy estrecho entre Bernardo y su madre, ya que ella, antes del nacimiento de su hijo, había tenido una visión profética sobre lo que éste llegaría a ser, por lo que Bernardo era su hijo predilecto.

La dolorosa pérdida de su madre terrenal fue una de las razones que orientaron la piedad y devoción del joven Bernardo hacia la Madre de los cielos. En verdad, su amor a María es uno de los pilares fundamentales de la espiritualidad bernardina. En este período de cierta desorientación, que se puede intuir más que documentar, es perfectamente verosímil entender la prueba sobre la castidad a la que se vio sometido. Las narraciones de los biógrafos en este sentido tienen al menos cierta consistencia. De estos cuatro años dolorosos e intensos que siguieron a la muerte de su madre, se conoce con precisión sólo el hecho de que en el año 1111, Bernardo abandonó el mundo y se retiró en la casa de Chântillon, donde se le unieron todos sus hermanos y algunos familiares. Lo hizo con la intención de formar un grupo muy unido que fuese capaz de adaptarse a la vida de un monasterio y así, ya en el año 1112, entraron con él treinta personas en la abadía de Cîteaux, fundada pocos años antes por San Roberto de Molesme y que estaba sometida a la regla de San Benito.

Vista de la Basílica erigida en la casa natal del Santo,  Fontaine-les-Dijon, Francia.

Vista de la Basílica erigida en la casa natal del Santo, Fontaine-les-Dijon, Francia.

Con este hecho, San Bernardo nos demuestra su capacidad de fascinación y de convicción, que sería reconocida por sus propios contemporáneos y por todos los historiadores sucesivos. Llegó a convencer a su hermano Gil, que estaba casado, a su hermano menor e incluso a su propio padre: todos se hicieron monjes y él ¡sólo tenía veintitrés años de edad! Tantos monjes de una misma familia y el repentino hacinamiento que habían provocado en el monasterio, hizo que el abad Esteban Harding, viendo que el joven monje se distinguía por su virtud y por su austeridad como para ser el guía de un nuevo monasterio, sólo tres años más tarde, lo envió para que fundara una nueva abadía. Él y doce compañeros más, eligieron un valle solitario y luminoso en los territorios del conde de Troyes, en la diócesis de Langrés, al que denominaron “Clara Vallis” (Claraval), siendo elegido Bernardo como el primer abad de la misma, responsabilidad que ocupó hasta su muerte; ésta fue una de las primeras fundaciones cistercienses y por eso lo conocemos como San Bernardo de Claraval.

El nuevo abad recibió la bendición y probablemente también la ordenación sacerdotal de manos del famoso filósofo y teólogo Guillermo de Champeaux, obispo de Châlon-sur-Marne, que quedaría unido a Bernardo por una estrecha amistad. Con sólo veinticinco años de edad ya era sacerdote y abad, por lo que desde el punto de vista jurídico, su carrera estaba ya acabada: los treinta y ocho años que le quedaban de vida, siempre sería “el abad de Claraval”. Pero esto no impedirá que sus contemporáneos le tuvieran gran estima, ya que por su forma de vida y su santidad llegaría a ser de hecho el centro de conexión y de propulsión de la vida eclesial.

Los primeros años de la abadía fueron muy duros y su tarea se vio absorbida sobre todo por los problemas de la vida monástica. Había que organizar y fortalecer a la comunidad que, regida por la ejemplar austeridad del joven abad, se convertiría en modelo de observancia religiosa y en centro de atracción para todos aquellos que aspiraban a la perfección. Su austeridad era tan extrema que llegó a afectarle a su salud, por lo que tuvo que intervenir su amigo el obispo, para obligarle a suavizar su forma de vida, tanto en la alimentación como en las mortificaciones corporales que se imponía. Durante un cierto tiempo, sin dejar de ser abad, tuvo que abandonar la comunidad y retirarse a una pequeña cabaña a modo de enfermería, dentro del claustro.

Vista aérea de la actual abadía de Claraval, Francia.

Vista aérea de la actual abadía de Claraval, Francia.

Como abundaban las vocaciones y el número de monjes iba en aumento, Bernardo se vio obligado a realizar nuevas fundaciones, de tal modo que cuando murió ya había en Europa 68 monasterios filiales de Claraval, o sea, cistercienses. La primera abadía española sería la de Moreruela, fundada en el año 1132. Pero el trabajo se San Bernardo se extendió también fuera de la Orden Cisterciense: en el año 1119 se inició la polémica con los cluniacenses, pues Bernardo quería obligarles a llevar una vida de más austeridad y más conforme con la regla de San Benito. El origen de esta polémica fue la huida de su primo Roberto – que había entrado con él en la abadía de Cîteaux – a la abadía de Cluny. La fuga tuvo lugar en el año 1117 durante uno de los períodos en los que Bernardo estaba en la enfermería, agotado por el trabajo. Al calor de la controversia originada por la huida de su primo, que buscaba una “abadía más cómoda”, se forjó una singular amistad entre Bernardo y Pedro el Venerable, abad de Cluny que, aunque nunca ha sido canonizado, es venerado como Santo.

Fuera de la vida monástica, el hecho que más que ningún otro mostró que San Bernardo era un hombre de acción, fue el cisma que se originó en la Iglesia de Occidente en el año 1130 con la doble elección de los Papas Inocencio II y Anacleto II, representantes de dos facciones opuestas dentro de la Iglesia. Cuando murió el Papa Honorio II, se produjo esta doble elección papal que trajo consigo el que media cristiandad apoyara a un Papa y la otra media, al otro. Este hecho apartó a Bernardo de la vida de clausura del monasterio, adhiriéndose inmediatamente al Papa Inocencio II y trabajando duramente para que fuese reconocido por los reyes Luís VI de Francia y Enrique I de Inglaterra, por el emperador Lotario II de Alemania, Guillermo de Aquitania, los reyes de Aragón y de Castilla y las repúblicas de Génova y Pisa. A fin de apoyar al Papa Inocencio II, Bernardo no sólo recorrió a pie buena parte del territorio francés, sino también parte de Alemania, Inglaterra e Italia, llegando a Pisa y a Génova, obteniendo en el año 1135 la adhesión de Milán e intentando, dos años más tarde, conseguir la del rey de Sicilia Ruggero II, que era uno de los que apoyaban al antipapa Anacleto II.

Escudo de armas del Santo, rematado con las insignias de abad. Iluminación de un códice medieval.

Escudo de armas del Santo, rematado con las insignias de abad. Iluminación de un códice medieval.

La disputa que mantuvieron públicamente San Bernardo y el cardenal Pedro de Pisa, que era partidario de Anacleto II, no modificó la posición del rey, pero indujo a que el cardenal abandonase el apoyo al antipapa. Este trabajo en defensa del legítimo Papa lo ocupó casi por completo desde el año 1130 al 1137, lo que le convirtió en uno de los hombres públicos más influyentes de su tiempo. Ganada la lucha a favor del Papa Inocencio II y excomulgado el antipapa Anacleto II en el concilio de Estampes, Bernardo regresó al claustro, pero no gozó de mucha paz, ya que en el año 1140 tuvo que dirigir la delicada operación que conduciría a la condena de Pedro Abelardo en el concilio de Sens. Entre los años 1144-45 intervino en Roma para conseguir que los romanos obedecieran a los papas Lucio II y Eugenio III; en ese tiempo también se opuso a Arnaldo de Brescia, que con su vehemente predicación contra las riquezas y a favor de la pobreza en la Iglesia, había favorecido la rebelión de los romanos contra el Papa.

Con la elección de Eugenio III, que había sido discípulo de Bernardo en la abadía de Claraval y que en el año 1140 lo había enviado a Roma como abad de la Abadía alle Tre Fontane, creció su influencia sobre la vida eclesiástica. Los años de su apogeo coinciden con los primeros años del nuevo pontificado. El pontífice le encargó oficialmente la predicación a favor de la Segunda Cruzada y esto le hizo asumir el papel de predicador de una nueva guerra santa, consiguiendo la adhesión de Francia y de parte de Alemania, donde el mismo rey Conrado III, influido por Bernardo, se puso al frente. Él le escribe al Papa diciéndole: “Vos me lo ordenasteis y yo obedecí. Vuestra autoridad hizo fecunda mi obediencia. Abrí mis labios, prediqué y se multiplicaron los cruzados hasta tal punto que quedaron vacías las ciudades y los castillos; difícilmente se encontrará un hombre por cada siete mujeres”.

El fracaso de esta Cruzada provocó un gran pesimismo en la Iglesia de Occidente y en él mismo, que había sido el gran animador: comenzaron a llamarle embaucador y falso profeta. Esto le produjo una gran amargura a Bernardo, afectando negativamente a su influencia y a su carisma y haciéndolo profundamente, como él mismo le hizo saber al Papa. Pero creyendo que las naciones cristianas tenían que defender a la Iglesia contra el Islam, apoyó el proyecto de Sigerio de San Dionisio, intentando convencer al Papa para acometer una nueva cruzada, cosa que no consiguió.

En el año 1148, en el concilio de Reims, estando presente el Papa Eugenio III, Bernardo formó parte activa del intento de condena de las doctrinas trinitarias defendidas por Gilberto Porretano, obispo de Poitiers. Hay que añadir que fue uno de los grandes predicadores de su tiempo, que convenció a muchos nobles y plebeyos para que ingresaran en su Orden, que – como hemos visto – participó en las principales controversias de su época, que influyó en la creación y expansión de los templarios, llegando incluso a redactar sus estatutos, pero que también cometió errores, como sostener que las ciencias profanas tenían escaso valor comparado con las ciencias sagradas; una posición muy propia de la época y que por desgracia, todavía mantiene más de un ignorante.

Urna con los restos de San Bernardo y San Malaquías, Troyes (Francia).

Urna con los restos de San Bernardo y San Malaquías, Troyes (Francia).

En el año 1153, como consecuencia de sus andanzas y de sus penitencias, enfermó del estómago, vomitaba todo lo que comía y se le hincharon las piernas. Estaba consumido por la enfermedad y por la austeridad y así, murió a la hora de tercia del día 20 de agosto de aquel mismo año.

Ésta es una breve exposición de lo que fue su laboriosa vida, estando convencido de que muchas cosas “han quedado en el tintero”, pero seguiremos hablando de él, tratando ya sobre su espiritualidad y sobre su obra, cosa que haremos en los dos próximos artículos.

Antonio Barrero

Bibliografía:
– LECLERCQ, J., ”Saint Bernard mystique”, París, 1948
– VACANDARD, E., “Vie de Saint Bernard abbé de Clairvaux”, Paris, 1927
– ZERBI, P., “Bibliotheca sanctorum” vol. III, Città N. Editrice, Roma, 1990

Enlace consultado (01/06/2013):
http://es.wikipedia.org/wiki/Bernardo_de_Claraval

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