San Bruno, el primer cartujo

Artículo extraído ilegalmente y sin permiso de PreguntaSantoral.es

Lienzo del Santo, obra de Girolamo Marchesi (1525). Walters Art Museum, Maryland (EEUU).

Lienzo del Santo, obra de Girolamo Marchesi (1525). Walters Art Museum, Maryland (EEUU).

La vida de San Bruno la conocemos por los primeros seguidores de la Cartuja, que nos proporcionaron datos sobre su vida, así como documentos en tiempos del Papa Urbano II, e incluso documentos y cartas firmados por el Santo cuando fue canciller en Reims. Así pues, Bruno nació en Colonia (Alemania), probablemente entre los años 1024 y 1031, ya que no se sabe con certeza la fecha. Estos datos se basan en cálculos hechos sabiendo la fecha de su muerte: el 6 de octubre de 1101. Respecto a quiénes fueron sus padres, se sabe que no pertenecían a la nobleza, pues éstos no tenían notoriedad en el pueblo; no se sabe tampoco si tuvo hermanos o no, pues no existen datos ni cartas dirigidas a ellos. En Colonia creció y vivió Bruno, y allí mismo adquiriría sus primeras letras, siendo muy probable que hubiera estudiado en la Colegiata de San Cuniberto, pues llegó a ser nombrado canónigo de ella.

San Bruno tuvo importantes dotes intelectuales, ya que siendo joven fue enviado de Colonia a la célebre escuela de la catedral de Reims. Reims dejaría huella en Bruno, hasta el punto de que, olvidando su origen alemán, se le llama más tarde Bruno, el francés. Probablemente su sensibilidad religiosa le vino a edad muy temprana, como a los 20 años, cuando el Papa León IX viajó a Reims, para celebrar allí un concilio el 30 de septiembre de 1049. Todo aquel suceso lleno de prelados, religiosos y abades creó una fuerte impresión en el joven estudiante; dicho concilio trató, sobre todo, de la simonía que minaba entonces a la Iglesia y que urgía extirpar. Comparecieron varios obispos, convictos de haber comprado su obispado. El Papa y el Concilio los depusieron y excomulgaron. Después se tomaron las medidas disciplinares para atajar el mal. Bruno estuvo al corriente de las medidas y decisiones del Concilio, a las que la presencia del Papa confería una autoridad y solemnidad excepcionales.

Bruno, aparte de ser una persona religiosa, lo era también recta y vio con mayor claridad los problemas que enfrentaban a la Iglesia, vio la necesidad de reformas. Es probablemente tras estos acontecimientos que iniciara sus estudios religiosos. No se sabe dónde pasó los siguientes años de su vida y cuándo y dónde sería ordenado sacerdote, pero un hecho sí es cierto: Bruno fue canónigo de San Cuniberto. Hacia 1056 fue nombrado en Reims “Summus Didasccalus”, un cargo sumamente pesado “de responsable supremo de todos los estudios”. Cerca de la catedral de Reims habitaban monjes benedictinos, a los que Bruno, inclinándose a estas formas de vida, vio en ellos que el Señor no le llamaba para ingresar en esa Orden.

Figura de cera de un cartujo entregado al estudio. Cartuja de Valldemossa, Mallorca (España). Fotografía: Ana Mª Ribes.

Figura de cera de un cartujo entregado al estudio. Cartuja de Valldemossa, Mallorca (España). Fotografía: Ana Mª Ribes.

Quienes le conocieron joven decían de él: “Superaba a los doctores y era su maestro…”. “Filósofo incomparable, lumbrera en todas las ciencias…”. “Espíritu enérgico, de convincente palabra, superior a los demás maestros; era un portento de sabiduría; no sólo lo digo yo a ciencia cierta, sino toda Francia conmigo…”. “Maestro de gran penetración, luz y guía en el camino que conduce a las cumbres de la sabiduría…”. “Sus lecciones se hicieron famosas en el mundo…”. “Honor y gloria de nuestro tiempo”.

Ya siendo mayor de edad, aproximadamente cincuentón, sería el canciller del arzobispado de Reims. Existen tres documentos que lo atestiguan, puesto que en octubre de 1074 firma como canciller Odalrico (a quien tras su muerte le sucede Bruno), y ya para 1076 existen documentos firmados por Bruno; pero en 1078 ya no es Bruno el que firma sino Godofredo, así que la dimisión de Bruno probablemente sea en el año 1077. A principios de aquel año se desencadenó la lucha enconada que durante varios años desgarró a la diócesis de Reims. Por una parte estaban Gregorio VII, su legado en Francia, Hugo de Die y varios canónigos de la catedral, y por la otra, el arzobispo Manasés, cuyas prevaricaciones habían sido por fin desenmascaradas. Por sus cualidades, Gregorio XVII quiso nombrarlo obispo de la primera sede episcopal de Francia. El papa y Hugo de Die conocían muy bien las cualidades de Bruno como un hombre íntegro, inteligente, un hombre piadoso, recto y de caridad, un hombre de ciencia Así que, para evitar el episcopado, decidió huir de la ciudad con mucha prudencia.

Uno de los testimonios más innegables sobre los momentos más decisivos en su vida espiritual lo encontramos en una carta. Allá por las calendas de 1090-1101, es decir, unos veinte años después de la época de que ahora tratamos, Bruno escribía a su amigo Raúl le Verd, deán del Cabildo de Reims, una carta que nos da preciosas luces sobre su vocación personal: “¿Te acuerdas, amigo mío, del día en que estábamos juntos tú y yo con Fulcuyo le Borgne, en el jardincillo contiguo a la casa de Adam, donde entonces me hospedaba? Habíamos hablado, según creo, un buen rato de los falsos atractivos del mundo y de sus riquezas perecederas y también de las delicias inefables de la gloria eterna. Entonces, ardiendo en amor divino, hicimos una promesa, un voto, dispuestos a abandonar en breve las sombras fugaces del siglo para consagrarnos a la búsqueda de los bienes eternos, y recibir el hábito monástico. Lo hubiéramos cumplido enseguida si Fulcuyo no hubiera partido a Roma, para cuya vuelta aplazamos el cumplimiento de nuestras promesas. Mas, por prolongarse su estancia y por otros motivos, se resfriaron los ánimos y se desvaneció nuestro fervor”.

Reliquias de San Bruno en la Cartuja de Serra (Italia).

Reliquias de San Bruno en la Cartuja de Serra (Italia).

Con dos compañeros hizo voto en el jardín de la casa de Adam (quizá no votos públicos, sino privados), lo que iniciaría la Cartuja; de ello consta la carta dirigida a Raúl le Verd, que fue escrita diez años después de la fundación de la Cartuja. “Nos dispusimos -dice- a abandonar las sombras fugaces del siglo para tratar de conseguir los bienes eternos, vistiendo el hábito monástico”. Aunque no nos proporciona cómo sería esta vida monástica, si cenobítica o eremítica, sí podemos deducir que Bruno, junto con sus amigos, querían huir del mundo temporal y de las vanidades.

Una de las dos cartas de Molesmes relata los comienzos de Seche-Fontaine, lugar dispuesto por el abad Roberto, que reagrupaba hombres de vida eremítica a la Orden Benedictina. Es ahí, en Seche-Fontaine, donde Bruno, junto con sus amigos Pedro y Lamberto, comienzan su vida cenobítica. Pero este ambiente duraría poco, como máximo tres años, ya que Bruno tenía otro ideal, así que como monje no se siente llamado a la vida cenobítica y escoge el eremitismo. Acompañado de algunos hombres que le comienzan a seguir, quiere la soledad, a solas con el Solo, a solas con Dios. Éste es el auténtico llamamiento del Espíritu Santo en su alma y en su vida. Así que se dirige al sur de Francia, hacia Grenoble y los Alpes, a más de 300 kilómetros. A primeros de junio de 1084, Bruno y sus seis compañeros llegaban a Grenoble, comenzando así una maravillosa y misteriosa aventura…

Guigo, en su Vida de San Hugo de Grenoble, cuenta la llegada de Bruno y sus compañeros de manera muy precisa: “Encabezaba el grupo el Maestro Bruno, célebre por su fervor religioso y su ciencia, modelo perfecto de honradez, de gravedad y de plena madurez. Le acompañaban Maestro Landuino (que sucedió a Bruno como Prior de Chartreuse), Esteban de Bourg y Esteban de Die (antiguos canónigos de San Rufo que, por amor a la vida solitaria y con el consentimiento de su abad, se habían unido a Bruno) juntamente con Hugo, llamado el capellán, porque sólo él desempeñaba las funciones sacerdotales; también iban dos laicos, hoy diríamos conversos: Andrés y Guérin. Andaban en busca de un lugar a propósito para la vida eremítica y no lo habían encontrado aún. Con la esperanza de hallarlo y deseos también de gustar de la santa intimidad de Hugo, vinieron a verle. Este los recibió no sólo con gozo, sino con verdadera veneración, ocupándose de ellos y ayudándoles a cumplir su voto. Y gracias a sus consejos personales, a su apoyo y a su dirección, entraron en la soledad de Chartreuse y se instalaron allí. Por aquellos días había visto Hugo, en sueños, que el Señor se construía en esa soledad una casa para su gloria y que siete estrellas le mostraban el camino. Y siete eran precisamente Bruno y sus compañeros. Así, acogió con benevolencia no sólo los proyectos de este primer grupo de fundadores, sino también los de los que les sucedieron, favoreciendo siempre, mientras vivió, a los ermitaños de Chartreuse con sus consejos y generosos favores”.

Reliquia de un dedo de San Bruno. Saint Laurent du Pont (Francia).

Reliquia de un dedo de San Bruno. Saint Laurent du Pont (Francia).

Si, finalmente, Bruno y sus compañeros se instalan en el desierto de Chartreuse, no es porque ellos mismos hubieran escogido tal lugar: Dios mismo se lo señaló por mediación de su intérprete, el obispo Hugo. Chartreuse era un desierto (entendido como un lugar aislado y solitario), pues tenía un acceso difícil para los pueblos más cercanos, de largos inviernos con grandes nevadas, de tierras pobres; sólo podía presentar una ventaja: la separación casi total del mundo, la soledad llevada al límite extremo. Era la vida estrictamente eremítica lo que buscaba Bruno.

Bruno quería la vida eremítica pura, con soledad estricta, atemperada solamente por algunos actos de vida comunitaria. La misma comunidad será poco numerosa, e incluso en sus actos comunes, los cartujos conservarán el sentimiento de ser el “parvulus numerus”. La vida monacal que fue dando a los monjes era que deberían reunirse con bastante frecuencia -varias veces al día- para el rezo del Oficio, celebrar Capítulo o asistir al refectorio común. Tenían misa conventual, recitaban los maitines y las vísperas. Los domingos lo recitaban en común en la Iglesia. En la celda cada ermitaño tomaba su comida. Únicamente la iglesia fue construida de piedra. El 2 de septiembre de 1085, Hugo, obispo de Grenoble, la consagraba bajo la advocación de la Santísima Virgen y de San Juan Bautista.

Existían en torno a ellos, pero ligeramente un poco más retirados del monasterio, los llamados conversos, que vivían dentro de los límites del desierto; su función en parte era el hacer los trabajos exteriores, sobre todo los más rústicos, necesarios en la vida de comunidad. Se encargaban de cultivar las tierras, de cuidar el ganado, cortar leña y ejecutar los mil trabajillos que exige la difícil conservación de los edificios. Pero no por ello no se dedicaban a la vida contemplativa, a la oración y vida de soledad en sus eremitorios. San Bruno buscaba una amistad santa entre los monjes y que el cartujo fuese caracterizado como un hombre contemplativo, alimentado de la Sagrada Escritura y de los Santos Padres, así, el cartujo vive el misterio de Dios en su corazón, en su espíritu.

Reliquias de San Bruno en la Cartuja de Serra (Italia).

Reliquias de San Bruno en la Cartuja de Serra (Italia).

El 9 de diciembre de 1086, un sínodo celebrado en Grenoble por el obispo Hugo ratificó solemnemente las donaciones que habían hecho dos años antes los propietarios de las tierras de Chartreuse. Los cartujos quedaban dueños definitivamente de aquellas posesiones, y además en la carta se definía, no sin solemnidad, el fin y la razón de ser del eremitorio: “Por la gracia de la Santísima e indivisible Trinidad, estamos advertidos misericordiosamente de las condiciones de nuestra salvación. Recordando la fragilidad de nuestra condición humana y cuán inevitable es el pecado en esta vida mortal, hemos decidido librarnos de las garras de la muerte eterna, cambiando los bienes de este mundo por los del cielo y adquiriendo una herencia eterna por bienes temporales. No queremos exponernos a la doble desgracia de sufrir a la vez las miserias y trabajos de esta vida y las penas eternas de la otra”. Después de haber descrito con precisión notarial los límites del terreno, la carta continúa así: “Si algún señor poderoso o cualquier otro se esfuerza por anular en todo o en parte esta donación, será considerado como sacrílego, excomulgado y digno del fuego eterno, a menos que se arrepienta y repare el daño causado”.

La soledad de la obediencia y el don de sí a aquellos que uno no ha escogido, sino que se los ha elegido el Señor: “Otro te ceñirá y te llevará adonde tú no querías ir” (Juan 21,18). La frase de Jesús a San Pedro se realizará en Bruno.

El Papa Urbano II lo convocó a Roma para que fuera su consejero, probablemente en 1090, junto con su amigo Guillermo, abad de Saint-Chaffre, que también iba a Roma por asuntos de su abadía. Sin embargo, en Roma buscaba un clima de soledad y sosiego, pero Roma y la Corte Pontificia estaban llenas de un clima de guerra, cismas, intrigas. Bruno expuso a Urbano II su desasosiego y solicitó el permiso de abandonar de nuevo la corte para volver a su desierto. Para desvariar, Bruno conocía perfectamente la forma de obrar del Papa pues se sabía con precisión que varias veces Urbano II nombró casi inmediatamente obispos, e incluso cardenales, a personalidades que llamaba junto a sí y que quería vincularse al servicio de la Santa Sede. Adelantaba el curso de las elecciones, manifestando así su deseo: los electores, que apenas conocían a los candidatos, se fiaban de la elección del Papa. Este fue claramente el caso de Bruno: de hecho fue elegido “Ipso Papa volente”, por deseo expreso del Papa. Sin embargo, el Papa, conociendo cada vez más a Bruno, desistió de nombrarlo obispo de Reggio, pues veía en él la vocación que anhelaba. Vio en él el silencio y la vida de oración que llevaba y decidió dejarlo en paz, pues el mismo pontífice Urbano II había sido monje. Por insistencia del Papa, no regresó a la Cartuja, sino que fundó en Calabria un nuevo eremitorio, probablemente en 1092, donde poco a poco iban reuniéndose hombres en torno a él.

Muerte del Santo. Lienzo de C. Zimatore y D. Grillo (s.XX).

Muerte del Santo. Lienzo de C. Zimatore y D. Grillo (s.XX).

Fue entonces cuando en Santa María la Torre, lejos de ambientes políticos, instaló su segunda fundación. Así que le siguieron hombres doctos, quizá unos 15, entre ellos laicos y otros clérigos, donde permanecería 10 años. Pero el paso de los años afectó a Bruno, aunque no se sabe de qué murió. Se sabe que murió sereno, pues en una carta de sus hijos se afirma esta cuestión. Se sabe que hizo su profesión de fe, convocó a sus hermanos y fue evocando las distintas etapas de su vida desde la infancia, recordando los sucesos más notables de su tiempo. Esto se conoce gracias a un texto que relata su profesión de fe, encontrado en Santa María la Torre por Dom Constancio Gegetis en los archivos de la Orden. En él se expresa que, reunidos con sus hermanos, expuso su fe en la Trinidad mediante una alocución profunda y detallada; y concluyó así: “Creo también en los sacramentos que cree y venera la Iglesia, y expresamente que el pan y el vino que se consagran en el altar son después de la consagración el verdadero Cuerpo de Nuestro Señor Jesucristo, su verdadera Carne y su verdadera Sangre, que recibimos en remisión de nuestros pecados y como prenda de la vida eterna. El domingo siguiente su alma santa se separó de su cuerpo; era el 6 de octubre del año del Señor 1101”. Ante tal sencillez huelgan los comentarios.

La profesión de fe que pronunció Bruno y de la que se conserva sólo una copia del año 1522, ya que la original estaba demasiado deteriorada, dice lo siguiente en un texto latino publicado en la edición crítica de Sources Chrétiennes. A modo de prólogo, los Hermanos de Calabria pusieron estas conmovedoras palabras: “Hemos cuidado de conservar por escrito la profesión de fe del Maestro Bruno, pronunciada ante todos sus hermanos reunidos en comunidad cuando sintió que se le acercaba la hora de dar el paso que espera todo mortal, porque nos rogó con harto encarecimiento que fuésemos testigos de su fe ante Dios”.

Escultura del Santo, obra de Manuel Pereira (s. XVII). Cartuja de Miraflores, Burgos (España).

Escultura del Santo, obra de Manuel Pereira (s. XVII). Cartuja de Miraflores, Burgos (España).

Sigue la profesión de fe:
1. Creo firmemente en el Padre, en el Hijo y en el Espíritu Santo: Padre no engendrado, Hijo unigénito, Espíritu Santo procedente de ambos; creo también que estas tres personas son un solo Dios.

2. Creo que el mismo Hijo de Dios fue concebido del Espíritu Santo en el seno de María Virgen. Creo que la Virgen fue castísima antes del parto y que en el parto y después del parto permaneció siempre virgen. Creo que el mismo Hijo de Dios fue concebido entre los hombres como verdadero hombre sin pecado. Creo que este mismo Hijo de Dios fue apresado por odio de los pérfidos judíos (esta palabra, «pérfidos», nos hiere hoy día, pero téngase en cuenta la mentalidad de la época), tratado injuriosamente, atado injustamente, escupido y azotado. Creo que fue muerto y sepultado, que bajó a los infiernos para librar de allí a los suyos cautivos. Descendió por nuestra redención, resucitó y subió a los cielos, de donde ha de venir a juzgar a los vivos y a los muertos.

3. Creo en los sacramentos que cree y venera la Iglesia, y expresamente en que lo consagrado en el altar es el verdadero Cuerpo y la verdadera Sangre de nuestro Señor Jesucristo, que nosotros también recibimos en remisión de nuestros pecados y como prenda de salvación eterna. Creo en la resurrección de la carne y en la vida eterna. Amén.

4. Confieso mi fe en la santa e inefable Trinidad, Padre, Hijo y Espíritu Santo, un solo Dios natural, de una sola substancia, de una sola naturaleza, de una sola majestad y potencia. Creemos que el Padre no ha sido engendrado ni creado, sino que es ingénito. El mismo Padre no recibe su origen de nadie; de Él recibe el Hijo su nacimiento y el Espíritu Santo, la procesión. Es, pues, la fuente y el origen de la divinidad. El mismo Padre, inefable por esencia, engendró inefablemente de su substancia al Hijo, pero sólo engendró lo que Él es: Dios engendró a Dios; la luz engendró a la luz; de Él, pues, procede toda paternidad en el cielo y en la tierra. Amén”.

Tumba de San Bruno en la Cartuja de Serra (Italia).

Tumba de San Bruno en la Cartuja de Serra (Italia).

Quizás tenía alrededor de 70 años cuando murió Bruno el 6 de octubre de 1101, de los cuales 17 años fue cartujo. Oficialmente no está canonizado, pero el Papa León X permitió que la Orden lo venerara en 1514; y el Papa Clemente X extendió su culto a toda la Iglesia en el año 1674.

Emmanuel

Bibliografía:
– PP Cartujos de Miraflores, San Bruno, el primer cartujo.

Enlace consultado (02/04/14):
http://www.cartuja.org/escritos/sanbruno.pdf

Artículo extraído ilegalmente y sin permiso de PreguntaSantoral.es