Los santos y el oso (II)

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Pintura decimonónica rusa de San Sergio de Radonezh con el oso.

Pintura decimonónica rusa de San Sergio de Radonezh con el oso.

San Florencio, solitario en Nursina
San Gregorio Magno narra su vida en los “Diálogos con Euticio”. Este último, después de haber llevado, junto con Florencio, una vida solitaria en la provincia de Nursina, fue elegido abad en un célebre monasterio medieval en Val Castoriana, el cual gobernó durante muchos años y que tomó su nombre, aunque él no fuese el fundador. Estamos en el año 487. Cuando Euticio fue elegido abad, Florencio se quedó solo y, sufriendo, solicitó al Señor que le enviase un compañero. Apenas salió del oratorio, se encontró a un oso, al cual le dio el encargo de llevar a pastar diariamente a cuatro o cinco cabras, trabajo que el animal cumplió con muchísimo cuidado.

San Sergio de Radonezh
El célebre monasterio de la Trinidad y San Sergio en Zagorsk fue fundado a mediados del siglo XIV por el Venerable Sergio, hijo de los boyardos Cirilo y María (los santos Cirilo y María), quienes se habían ido desde su ciudad natal a Radonezh. Con siete años de edad, el joven Bartolomé – ése era su nombre antes de tonsurarse como monje -, fue enviado a la escuela, pero sin embargo, tuvo dificultades en el aprendizaje porque su mente no se sentía atraída por los estudios. Pero Bartolomé rogaba a Dios para que abriera su mente y pudiera acceder al conocimiento. Un día, mientras buscaba a unos caballos que habían huido al campo, se encontró con un anciano monje, absorto en oración bajo un árbol.

El muchacho se acercó al monje y estuvo hablando con él sobre los votos monásticos y sus aspiraciones. Después de haberle escuchado, el monje recitó una oración por el joven a fin de que se le iluminase la mente. Luego cogió un trozo de Pan Eucarístico y bendiciendo con él al muchacho, le dijo: ”Toma y come esto que te es dado como signo de la gracia de Dios y como ayuda para que comprendas las Escrituras”. Y Bartolomé recibió la gracia del aprendizaje y fue capaz de aprender, leer y memorizar con facilidad. La experiencia con el monje hizo crecer en Bartolomé el deseo de servir a Dios; el joven deseaba que su vida transcurriese entre la soledad y la oración, pero esta vocación se vio frenada algún tiempo por el amor que tenía a su propia familia.

San Sergio y el monje en el campo. Óleo naturalista ruso.

San Sergio y el monje en el campo. Óleo naturalista ruso.

Bartolomé tenía un carácter afable y ascético: era humilde y gentil, nunca se irritaba, se alimentaba de pan y agua absteniéndose de cualquier comida y bebida en los días de ayuno. Después de la muerte de sus padres, renunció a su herencia a favor de un hermano menor llamado Pedro y junto con otro hermano llamado Esteban se asentó en un bosque a unos diez kilómetros de Radonezh en las cercanías del río Komchora. Los dos hermanos construyeron una caseta de madera y una capilla que dedicaron a la Santísima Trinidad y que fue consagrada por un sacerdote enviado por el metropolita Teognosto. Este fue el inicio de la fundación de la famosa Laura de la Trinidad y de San Sergio.

Esteban dejó muy pronto a su hermano para convertirse en el egumeno del monasterio Bogojavlenskij de Moscú. Bartolomé, convertido en Sergio después de la tonsura monástica, se quedó solo en el bosque. La vida no le fue fácil, entre tentaciones y en medio de manadas de lobos y osos. Un día, el anacoreta alimentó a un gran oso poniendo un trozo de pan en el tocón de un árbol. El oso comió y desde ese momento se convirtió en un compañero de Sergio, viviendo cercano a él. San Sergio murió con setenta y ocho años de edad en el año 1392. Su cuerpo fue encontrado incorrupto y fragante después de varias décadas de su inhumación.

Monumento a San Marino en la República homónima.

Monumento a San Marino en la República homónima.

San Marino el Dálmata
La tradición dice que en tiempos de Diocleciano (243-313), gran emperador romano artífice de la llamada tetrarquía, llegaron a “Ariminum” (la actual Rímini), Marino y Leo, dos cualificados canteros dálmatas. La ciudad romana había sido destruida por el salvaje Demóstenes, rey de los liburnios, que había llegado por mar. En el año 257, los dos emperadores romanos decidieron reconstruir la ciudad en ruinas y en este sentido hicieron llamar de todas las regiones de Europa a expertos en las artes de la construcción. Allí llegaron una multitud de operarios de todas las nacionalidades: galos, germanos, romanos, macedonios, bárbaros y, obviamente, dálmatas. “Ariminum” se convirtió en una ciudad cosmopolita.

Sin embargo, en esos momentos se había desatado una sangrienta represión lanzada por el mismo Diocleciano contra los cristianos, su religión y todos los signos que la representaban. Marino y Leo eran dos personas de un excepcional nivel moral y aceptaron tomar parte en la reconstrucción de la ciudad. Con posterioridad a su llegada al territorio de Rímini, los emperadores Diocleciano y Maximiano tomaron la decisión de enviar al Monte Titano a los canteros a fin de poder extraer y procesar diferentes tipos de rocas. Allí permanecieron tres años, de duro trabajo, olvidados en la cima de aquel monte inaccesible. Terminada aquella dura prueba, los dos compañeros decidieron dividir sus caminos: Leo se estableció con algunos compañeros en el Monte Feliciano – llamado Monte Feltro -, excavando en las rocas una cueva y construyendo con sus compañeros una pequeña capilla. Este asentamiento así fundado, con el paso del tiempo adquiriría el nombre de San Leo.

Grabado de San Marino trabajando la piedra.

Grabado de San Marino trabajando la piedra.

Marino optó por regresar a Rímini y no abandonar al resto de compañeros. Hizo valer de nuevo su habilidad de cantero construyendo en dos meses y medio un pozo. Pero esto no es todo, ya que San Marino era un incansable trabajador: mientras los demás dormían de noche, él seguía trabajando y cuando tenía que realizar un trabajo de una cierta dificultad y pesadez, no recurría a los hombres ni a los bueyes, sino que los realizaba con la ayuda de un precioso borrico. Marino permaneció en Rímini por espacio de doce años. En este tiempo continuó predicando la palabra de Dios, influyendo en los corazones de quienes le escuchaban, convenciendo a los incrédulos y acercando a la fe y al mensaje cristiano a muchos de los habitantes de Rímini.

Mientras tanto, fue enviado desde Roma el obispo Gaudencio a fin de evangelizar y convertir a los paganos: cuando llegó a Rímini quedó impresionado por el trabajo realizado por Marino, que se había tomado a pecho aquella situación. También desde Dalmacia llegaron novedades, pero esta vez, hostiles para Marino: una mujer decía ser su legítima esposa. Cuando encontró a Marino, intentó seducirlo, pero como él no quiso, ésta decidió recurrir a las autoridades romanas solicitando al tribunal que examinase sus reclamaciones, haciéndoles saber al mismo tiempo, el trabajo evangelizador llevado a cabo por Marino. Los acontecimientos que siguieron a la vil denuncia de aquella mujer, marcaron para siempre la historia de Marino y de la República que lleva su nombre. Marino se anticipó a los movimientos de las autoridades romanas, escapando de Rímini con dirección al Monte Titano, lugar que conocía como ningún otro. Subiendo por el valle del río Marecchia y luego por el torrente – llamado de San Marino -, luego de atravesar el paso del Rey, llegó a lo que fue su primer retiro: la cueva de Baldasserona.

Fresco barroco de San Marino el Dálmata con el oso.

Fresco barroco de San Marino el Dálmata con el oso.

Transcurridos doce meses, inmerso en un ambiente hostil, lleno de temibles fieras, padeciendo frío y hambre, algunos porquerizos descubrieron su escondite y de buena fe, dieron a conocer su localización exacta. Conocida la noticia, la falsa e infame consorte, llegó allí a fin de tentar de nuevo al eremita. Marino, con fuerza y coraje, se atrincheró literalmente durante seis días y seis noches en su gruta, privándose de todo alimento y viviendo solamente en oración. Al sexto día, la mujer abandonó sus intentos, se marchó a Rímini y públicamente confesó el maleficio y al poco tiempo, murió.

Marino reanudó su camino, siempre hacia la cima del monte con la intención de buscar la mayor soledad posible. Llegado a la cima, con sus expertas manos de cantero como Leo, construyó una pequeña casucha y una iglesia dedicada a San Pedro. El obispo Gaudencio de Rímimi, teniendo conocimiento de los trabajos de Marino y de Leo, los convocó a fin de mostrarles su reconocimiento. Los dos aceptaron y se encontraron. Leo fue ordenado de sacerdote mientras que Marino fue ordenado de diácono. Terminado el encuentro con el obispo, cada uno retornó a su respectiva vida y es en este preciso momento de la vida de San Marino cuando se produce la historia del oso. Llegado al monte, un oso había mutilado al borrico compañero de Marino en tantos trabajos. Lleno de sagacidad espiritual, Marino ordenó al oso que sustituyera al asno, desarrollando desde ese momento todas las humildes y pesadas labores que hiciera el asno hasta el resto de sus días. Otros eventos marcaron la vida del obispo Gaudencio, del sacerdote Leo y del diácono Marino, los cuales dejaron esta tierra para marcharse a los cielos en la segunda mitad del siglo IV.

San Cerbonio de Populonia
En San Cerbonio encontramos a un obispo de amansaba a los osos, ordeñaba a las ciervas, fue escoltado hasta el umbral de San Pedro por gansos salvajes y celebraba la misa de madrugada acompañado por un milagroso coro de ángeles. Es una figura emblemática, cuyos acontecimientos biográficos son similares al arzobispo africano Régulo, representado también con los atributos de los gansos. Es San Gregorio Magno (590-604) quien proporciona gran parte de la literatura hagiográfica sobre San Cerbonio, en el capítulo XI de sus Diálogos y a través de las biografías medievales relativas a la vida de San Régulo (siglos VII o VIII).

San Cerbonio con los animales. Fachada de la catedral de Massa Marittima, Italia.

San Cerbonio con los animales. Fachada de la catedral de Massa Marittima, Italia.

La tradición dice que San Cerbonio nació en el África septentrional, siendo sus padres cristianos. Siguiendo su vocación, mientras se encontraba en su lugar de origen, se hizo ordenar de sacerdote por el obispo Régulo, siendo también este santo obispo quien lo consagró como obispo. Pero como consecuencia de las persecuciones de los vándalos arrianos que dominaban aquella zona, la comunidad cristiana se dispersó y Cerbonio, junto con los obispos Régulo y Félix y algunos presbíteros tuvieron que huir a Italia. Sorprendidos por una tempestad durante la travesía, se dice que los sacerdotes desembarcaron afortunadamente en el litoral de la Toscana, donde llevaron vida de ermitaños, hasta que unos trágicos acontecimientos turbaron su retiro, durante la guerra greco-gótica, en la que los cristianos bizantinos se opusieron al paganismo de los godos. En este contexto, Régulo fue hecho prisionero y decapitado, acusado de estar a favor de los bizantinos.

A la muerte del obispo Florencio de Populonia, los ciudadanos y el clero tomaron a Cerbonio como su nuevo obispo, el cual aceptó la cátedra episcopal, aunque al principio mostró cierta resistencia. Sucedió sin embargo, que Cerbonio celebraba la Misa muy temprano, por lo que los fieles que vivían en las aldeas no podían asistir. Irritado por aquella actitud, el pueblo recurrió al Papa Virgilio (537-555) quien envió a sus legados para que condujesen a Cerbonio delante de él. Una leyenda que se encuentra escrita en un manuscrito catalogado en la Biblioteca Vaticana con el número 6493, cuenta dos milagros que el santo realizó durante el viaje. El primero consistió en que el obispo ordeñada a dos ciervas, proporcionando de esa manera leche a los legados pontificios que, extenuados por el viaje, estuvieron a punto de morir de sed y que se habían encomendado a él; y el segundo cuando, en las cercanías de Roma, curó a tres hombres que sufrían de fiebre perniciosa. Los legados anunciaron al Papa la llegada de Cerbonio y le narraron lo que había hecho durante el viaje.

Admirado y temeroso, el Pontífice le salió al encuentro revestido con las planetas, portando el incensario, salmodiando y cantando las letanías. Según la tradición, desde entonces el obispo de Massa Marittima es el único que cuando va a Roma a encontrarse con el Papa, es recibido por el Pontífice, que se levanta de la sede papal y le sale al encuentro. Y en esta ocasión, Cerbonio manifestó otro prodigio que consintió en que, al encontrarse con ocho gansos salvajes, hizo sobre ellos la señal de la cruz diciendo: “No tendréis la facultad del Señor de volar en otro lugar, siempre y cuando no vengáis conmigo a la presencia del Señor Papa…”. Y así fue: “Los gansos le acompañaron y le fueron ofrecidos al Papa como pequeños dones presentados por la Iglesia de Populonia. Solo cuando el beato Cerbonio hizo la señal de la cruz sobre ellos y le dio licencia, los ocho gansos alzaron el vuelo y marcharon a otro lugar”.

Conjunto escultórico de San Cerbonio y los osos.

Conjunto escultórico de San Cerbonio y los osos.

La leyenda sigue diciendo que el Papa quiso asistir en persona a la Misa de la mañana después de haber estado toda la noche en oración con el santo. Pudo así presenciar el milagro del coro angélico que se elevó de manera melodiosa en el momento de la Consagración. Entonces, le concedió a Cerbonio el permiso para que siguiera con sus costumbres y volviera a Populonia. Como ya le había ocurrido a su maestro Régulo, Cerbonio también fue acusado de proteger a los bizantinos y Totila, el famoso rey de los godos, ordenó que Cerbonio fuera conducido a un bosque para que fuera pasto de los osos. Cuando el animal lo vio, en vez de atacarlo, inclinó humildemente la cabeza y el cuello y se puso a lamerle los pies. Totila, que había querido asistir personalmente a la ejecución, dispuso inmediatamente que liberasen a Cerbonio.

En el año 573, la llegada de los longobardos a su diócesis provocaron nuevamente la huida de Cerbonio con su clero a la vecina isla de Elba, que estaba controlada por los bizantinos. Cercano a su muerte, en octubre del 575, quiso como último deseo ser sepultado en una pequeña iglesia del Golfo de Baratti, cerca de Populonia. Temiendo sus seguidores encontrarse con los soldados longobardos, Cerbonio les aseguró antes de expirar que fueran tranquilos, porque no tendrían ningún problema. Y en esto consistió el último milagro: apenas la barca, que llevaba el cadáver del santo, se acercó a la costa de Populonia, dice la leyenda que el cielo se volvió negro, estallando repentinamente una furiosa borrasca que impedía la visibilidad y que hizo que el grupo pasase desapercibido por el Golfo de Baratti. Lo obstante la inmensa lluvia, sobre la barca no cayó ni una sola gota de agua. Protegidos por una espesa niebla, los fieles no encontraron a ninguna patrulla longobarda, llegaron a la iglesia, sepultaron el cuerpo del obispo y volvieron a la isla de Elba, navegando sobre un mar sin ningún problema.

Damiano Grenci

Bibliografía y sitios:
* AA. VV. – Biblioteca Sanctorum (Enciclopedia dei Santi) – Voll. 1-12 e I-II-III appendice – Ed. Città Nuova
* C.E.I. – Martirologio Romano – Librería Editrice Vaticana – 2007 – pp. 1142
* Grenci Damiano Marco – Archivo privado iconográfico y hagiográfico: 1977 – 2014
* Musolino, Niero e Tramontin – Santi e Beati veneziani – Ed. Studium Cattolico Veneziano, 1963
* Pisani Paolo – Santi, Beati e Venerabili nella provincia di Grosseto – Edizioni Cantagalli
* Sartori Enio – Alla soglia dell’alba. Il Summano e la leggenda di Sant’Orso tra mito e storia – Ed. Signumpadova, 2000
* Sito comune.vejano.vt.it
* Sito imagessaintes.canalblog.com
* Sito scuole.provincia.terni.it
* Sito terredellupo.it
* Sito treccani.it
* Sito wikipedia.org

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