San Feliciano en Giugliano

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Detalle del busto de la figura que contiene las reliquias de San Feliciano, mártir de las catacumbas venerado en Giugliano, Italia.

Detalle del busto de la figura que contiene las reliquias de San Feliciano, mártir de las catacumbas venerado en Giugliano, Italia.

Introducción
La vida cristiana está marcada por el don del Espíritu Santo que habla en nosotros y nos hace reconocer a Dios como Padre. El Espíritu de Jesús es el don que, de ser aceptado por nuestra libertad, ligándonos a Cristo, nos une a su destino: la santidad. De hecho, la Plegaria Eucarística III dice: “Padre Santo, fuente de toda santidad”; es el Padre que en Cristo, por obra del Espíritu Santo, aceptado por nuestra libertad, nos santifica. Así que cada uno de nosotros puede decir con el apóstol Pablo: “Por la gracia de Dios soy lo que soy y su gracia en mí no ha sido vana”. El Espíritu Santo, la gracia de Dios, nos es concedida a todos, es un don gratuito de Dios, es un don igual para todos porque es uno y es indivisible. Lo que crea la diversidad es causada por la respuesta de la libertad de cada uno de nosotros. Es precisamente aquí donde está la diferencia entre todos nosotros y los santos.

La Iglesia, según su tradición, venera a los santos y honra a sus reliquias y a sus imágenes; en las fiestas de los santos proclama las maravillas de Cristo en sus Siervos y le propone a los fieles ejemplos a los que imitar. Los primeros santos venerados en la Iglesia fueron sus propios mártires (testigos): aquellos hombres y mujeres que derramaron su sangre por mantenerse fieles a Cristo, el cual había sacrificado su vida por todos en la cruz: “Ninguno tiene un amor más grande que el que da la vida por sus amigos”. Jesús había preanunciado las persecuciones a las que se verían sometidos sus discípulos: “Yo os envío como ovejas en medio de lobos… seréis conducidos ante los gobernadores y reyes por mi causa, para dar testimonio ante ellos y ante los paganos. Y cuando seáis entregados en sus manos, no os preocupéis cómo y qué cosas deberéis decir: No seréis vosotros quienes habléis sino el Espíritu del Padre el que hablará por vosotros”.

La historia de la Iglesia, en todos los tiempos y en todos los lugares, desde la época apostólica hasta nuestros días, ha estado marcada por el testimonio de innumerables cristianos que han sido arrestados, torturados y matados por odio a Cristo. El martirio ha sido siempre tenido por los cristianos como un don, una gracia, un privilegio, la plenitud del Bautismo, porque así “somos bautizados en la muerte de Cristo”. El Concilio Vaticano II afirma: “desde los primeros tiempos, algunos cristianos han estado llamados a dar este supremo testimonio de amor delante de todos y también delante de los perseguidores y otros seguirán siendo llamados. El martirio hace al discípulo similar a su Maestro, que aceptó libremente la muerte para salvar al mundo y lo confirma con el derramamiento de su sangre; porque el martirio es estimado por la Iglesia como un don eximio, como una prueba suprema de caridad”. Fueron sobre todo los primeros cuatro siglos de la Iglesia los que se caracterizaron por feroces persecuciones que dieron un sin fin de mártires, que revelaron la fuerza del Espíritu del Padre hasta el punto de que Tertuliano decía a los paganos: “La sangre de los mártires es semilla de cristianos”.

Vista de la lápida de San Feliciano, mártir de las catacumbas venerado en Giugliano, Italia.

Vista de la lápida de San Feliciano, mártir de las catacumbas venerado en Giugliano, Italia.

Los cuerpos santos
Con el término “cuerpo santo” se identifican a aquellas reliquias óseas que, provenientes de las catacumbas romanas y no sólo de ellas, fueron trasladadas a la ciudad de Roma y repartidas por todo el Orbe en un perídodo que comprende desde finales del siglo XVI a la segunda mitad del siglo XIX. Pero ¿por qué “cuerpo santo” y no “santo cuerpo”? La posición diferente del atributo (santo) respecto al objeto (cuerpo) determina una sustancial diferencia: podemos definirla como una certeza de identidad del sujeto. El “cuerpo santo”, como tal, es un objeto, el cuerpo de un difunto de las catacumbas, que solo con posterioridad ha tenido un valor sagrado. Pero, ¿cómo reconocer un “cuerpo santo” de las catacumbas? ¿Es que todas las sepulturas eran de mártires?

Este es un gran discurso que dejamos a otros estudiosos; aquí sólo queremos recuperar a Marcantonio Boldetti (el famoso custodio pontificio encargado de la extracción de los cuerpos de las catacumbas), el cual daba por auténticos los restos descubiertos atribuyéndolos a un mártir de los tres primeros siglos. La simbología que definía la sepultura de un mártir era: la palma, el XP, el escrito B.M. (Beato mártir) y, posteriormente, en su interior un “vas sanguinis”. A veces, la lápida ponía el nombre del “mártir”; en caso contrario, después de la extracción se le atribuía un nombre, siendo varios los criterios utilizados para renombrar a los “cuerpos santos”: el nombre de un obispo diocesano o del pontífice de turno, el nombre del titular de la iglesia que acogiese el cuerpo, el nombre de la catacumba de la que había sido extraido, etc. Lo que importa actualmente es la validez simbólica del “cuerpo santo”: un cristiano de la iglesia de los primeros siglos, que estaba en comunión con la Sede de Pedro, que era un testimonio veraz del Evangelio y que, finalmente, donó su propia vida con el martirio.

Finalmente decir que el culto de las reliquias, que deriva del honor tributado al difunto, es hoy recomendado, pero no es impuesto por la iglesia. El Concilio de Trento, en su sesión número veinticinco, enmendó los excesos y el Concilio Vaticano II, así lo expresa: “La Iglesia, según su tradición, venera a los santos, a sus reliquias auténticas y a sus imágenes”. El culto a los “cuerpos santos” hoy en día se manifiesta de diferentes formas: algunos han caido en el olvido o han desaparecido pero sin embargo, otros tienen un culto muy vivo llegando a ser el santo patrón de algunas localidades.

Detalle de la urna de San Feliciano, mártir de las catacumbas venerado en Giugliano, Italia.

Detalle de la urna de San Feliciano, mártir de las catacumbas venerado en Giugliano, Italia.

“FELITIANUS. D IN PACE XP”
En lo relativo al “cuerpo santo” de Giugliano (el de San Feliciano), ¿qué podemos decir? En primer lugar que su nombre es propio, que no es un nombre impuesto posteriormente, ya que este nombre consta en la misma lápida. También podemos hacer otras observaciones en lo referente al “D IN PACE” y al “XP”, que dan testimonio de que la sepultura es de un cristiano, ya que las catacumbas eran también la sepultura de personas que no profesaban la fe en Cristo. El “XP” es el monograma de Cristo (gr. Χριστός), que está insertado en la lápida para identificar la religión a la que pertenecía el difunto, pero que también es un signo de reclamo pascual y por tanto, de resurrección. El término “IN PACE” hace referencia a la paz eterna que se solicita para el difunto: el Paraíso. Así que podemos decir que Feliciano es de Cristo en cuanto que fue bautizado, pero también está en Cristo, por el hecho de que se encuentra en la paz del Paraíso. En la lápida también aparecía una letra “D”. ¿Qué podemos decir acerca de este signo? Una probable interpretación devota viene a decirnos que nuestro Feliciano era un diácono, pero al conectar la “D” al “IN PACE”, podemos traducirlo como “depositus”, luego entonces: Feliciano reposa en la paz de Cristo.

Hagamos por último una referencia crítica a la novena de San Feliciano, datada en el 1795 y que es obra del reverendo Paoli. El texto nos cuenta el traslado de los restos del mártir y su llegada a Giugliano. Hasta aquí, nada que objetar, pero en lo referente a la escena hagiográfica del martirio, tenemos que hacer algunas objecciones: de hecho no hay ningún elemento histórico para reconstruir absolutamente nada acerca de la vida y del martirio de este “cuerpo santo” llamado Feliciano, venerado en la capilla del Palacio del Príncipe Colonna di Stigliano.

Concluyamos con algunas observaciones sobre la figura que contiene los sagrados huesos. Nuestro Feliciano está vestido de soldado y aunque no tiene armadura verdadera y propia, la factura nos induce a pensar en un soldado romano (era típico pensar en un mártir como soldado romano y así se piensa de San Sebastián, San Expedito, San Fermo y otros muchos), pero ¿por qué? La sensación era soldado de Cristo (pensemos en el sacramento de la Confirmación por el cual nos convertimos en soldados de Cristo). Feliciano es un soldado del Reino de Dios: saca la espada y viste el yelmo. Estos son signos de lo que podríamos llamar “memoria paulina”. Pero entonces, para realzar esta cuestión, el “mártir” lleva sobre su pecho el “XP”, “por Cristo, con Cristo y en Cristo” podríamos decir. Sobre su cabeza lleva una coronilla de flores blancas, signo de la pureza de su fe o de sus virtudes. También la figura muestra signos de que era joven de edad. Entonces, ¿qué decir? Que el “cuerpo santo” de Feliciano es un bello ejemplo de cómo nuestros padres deben educarnos, de manera clara y visible en los valores que debe mover el mundo; en una palabra después de todo lo dicho: Cristo y su Evangelio.

Damiano

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