San Felipe Howard, mártir

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Retrato del Santo.

Retrato del Santo.

Introducción
La Iglesia que fundó Jesucristo se ha visto escandalosamente dividida en varios puntos de la historia a causa de los pecados de sus discípulos. Por soberbia, deseos de poder y avaricia de unos y tibieza, cobardía y negligencia de otros, ella se ha visto fragmentada y confrontada al interior y al exterior, causando por ello guerra, destrucción, llanto, dolor y muerte. De esta manera el cristianismo se ha visto imposibilitado de anunciar integralmente su mensaje de salvación a la humanidad, que le observa incrédula por su falta de unidad.

En este artículo se aborda la vida de un mártir de Inglaterra, víctima directa del cisma generado por Enrique VIII, que para poder llevar a cabo sus planes de gobierno, no dudó separarse de la sede romana y oponerse a sus indicaciones que mostraban su postura en el problema de la sucesión del trono inglés. El monarca decidió erigirse como cabeza visible de la Iglesia de Inglaterra y por ello muchos creyentes padecieron la persecución y la muerte, porque fieles a su conciencia y sabedores que Cristo fundó una única y verdadera Iglesia, permanecieron firmes ante la dificultad y distinguieron siempre que la autoridad visible de la Iglesia Católica esta instituida sobre la fe de San Pedro y de sus sucesores. Por ello, estos mártires reciben con toda justicia el nombre de mártires católicos, que entre los siglos XVI y XVII, bajo el gobierno de los reyes de Inglaterra, testimoniaron de palabra y con su sangre su fidelidad a la religión transmitida por sus ancestros y su obediencia y veneración al Papa. Entre los mártires elevados al honor de los altares encontramos hombres y mujeres, nobles, plebeyos, sacerdotes, religiosos, esposas y madres de familia, ancianos y jóvenes; todos ellos, conforme lo descrito en el libro del Apocalipsis, han lavado sus vestiduras en la sangre del Cordero y se han convertido por ello en miembros de su cortejo.

Infancia
Felipe nació el 28 de junio de 1557 en Londres, hijo de Thomas Howard, cuarto duque de Norfolk; y de María Fitzalan, cuyo padre era el décimo noveno conde de Arundel. Fue bautizado como católico por el arzobispo de York en la capilla del castillo de Withehal y su nombre le fue impuesto en honor del rey Felipe II de España, que fue su padrino en este sacramento. A pesar de esto, el Santo fue educado en el protestantismo. Fueron sus mentores Juan Fox y Gregorio Martin, con cuya influencia, su inclinación a esa religión se hizo más evidente.

Retrato del Santo a los 18 años, obra de George Gower.

Retrato del Santo a los 18 años, obra de George Gower.

Estudió dos años en la Universidad de Cambridge, donde fue indiferente a la práctica de la religión. Cuando contaba entre doce y catorce años, contrajo matrimonio con Ana Dacres, hija de lord Dacres de Guilleslant. En 1572 la reina Isabel I de Inglaterra mandó decapitar a su padre, pues estuvo involucrado en el asunto político de la reina María Estuardo de Escocia; a causa de esta sentencia, no pudo heredar el ducado de Norfolk, aunque en 1580 pudo heredar de su madre los condados de Arundel y Surrey.

Vida en la corte y conversión
Pese al antecedente de la condena de su padre, Felipe vivió en la corte de la reina Isabel y llegó a ser uno de sus favoritos. Allí vivió de manera frívola y disipada, dejándose arrastrar por los lujos palaciegos y cayendo en vicios y pecados que le hicieron olvidar el respeto a su esposa y el cuidado de sus dominios. Pero en algún momento se dio cuenta de su equivocación y que en este género de vida no era feliz y decidió cambiar de vida. En 1581 fue testigo de una discusión entre San Edmundo Campion y San Rodolfo Sherwin, ambos jesuitas, frente a algunos teólogos protestantes. Se convenció entonces que la verdad estaba de parte de los católicos y optó poner su vida en paz. El 30 de noviembre de 1584, Felipe se reconcilió con la Iglesia Católica junto con su esposa Ana, a quien volvió a mostrar cariño y fidelidad. Este proceso estuvo a cargo de P. Guillermo Weston, S.J.

Este acontecimiento no tardó en ser notado, las sospechas tenían tiempo gestándose y su notorio cambio de conducta hizo que sus enemigos redoblaran sus intrigas en contra de él. Tanto Ana como Felipe eran vigilados constantemente y éste llegó a estar bajo vigilancia en su propia casa. Así, con un ambiente enrarecido, Felipe determinó huir con su esposa, su hermano Guillermo y otros católicos a Flandes, vía Canal de la Mancha. En una carta dirigida al monarca, Felipe le exponía: “Me veía obligado a escoger entre la pérdida de los bienes materiales y la pérdida del alma”.

La nave fue capturada el 25 de abril de 1585 y Felipe fue a parar a la Torre de Londres. Allí, luego de un año, no se le pudo comprobar ningún delito, mucho menos el de alta traición contra la Corona; fue juzgado por delitos menores y se le impuso una multa de 10000 libras y a permanecer encarcelado hasta que la reina dispusiera. Allí en prisión se le hizo un nuevo proceso, acusándolo nuevamente de alta traición, favoreciendo así a los enemigos de Isabel I. Aunque las acusaciones carecían de fundamento y sin testigos válidos, pues los que presentó la parte acusadora habían sido torturados y confesaron por miedo, Felipe fue condenado a la pena capital en 1589. Sin saber por qué razón, la sentencia no se cumplió y el Santo permaneció en la Torre de Londres otros seis años más.

Graffiti escrito por el Santo en la Torre de Londres, Inglaterra.

Graffiti escrito por el Santo en la Torre de Londres, Inglaterra.

Prisión y muerte
San Felipe Howard pasó en prisión diez años. Su paciencia y su conducta fueron heroicas. Su conversión fue sincera y por ello pasaba la mayor parte del tiempo escribiendo y copiando libros piadosos. A su trabajo se debe la traducción al inglés del Carmen de la Doctrina; en su prisión también compuso poemas espirituales, himnos y traducciones del latín de la obra del místico alemán Johann Landsberger. También tradujo un poema de Marulic, al que le dio nuevo título: “A dialogue teween a christian and Jesu Christ hanging on the crosse”. La traducción de este poema es un muy buen trabajo que deja entrever, además de la calidad del poeta, la profundidad de su piedad y el amor que lo inspira. La trama del poema trata sobre un diálogo entre Cristo en la cruz y un cristiano.

Además de la pena de su confiamiento, mientras pudo, ayunaba tres veces por semana. Se levantaba diariamente a las cinco de la madrugada para hacer oración y hacía penitencia, particularmente por las infidelidades y malos tratos que ocasionó a su esposa. En una carta a San Roberto Southwell dice: “Nuestro Señor es testigo de que ninguno de mis pecados me hace sufrir tanto como el haber ofendido a mi esposa”. Y a ella le escribe: “Aquel que todo lo ve, sabe que lo sucedido es como un clavo en mi corazón y constituye la carga más pesada que llevo en la conciencia, tengo la intención de hacer toda la penitencia que me permitan mis fuerzas”.

El Santo prisionero en la Torre de Londres. Ilustración romántica de William Barraud.

El Santo prisionero en la Torre de Londres. Ilustración romántica de William Barraud.

En otra carta escrita cuando esperaba la ejecución dice: “En cuanto sé, la única razón por la que he sido arrestado y por la que estoy pronto a morir es mi fe”. Por haber rehusado participar en un servicio protestante, se le negó el permiso de ver a su esposa en su lecho de muerte y de conocer a su hijo. La reina Isabel le propuso que si participaba en dicho servicio, además de esa aprobación, se le restituirían sus propiedades y se rehabilitaría su apellido, recuperando también su favor real. A lo que San Felipe le mandó decir: “Díganle a su Majestad que es por mi religión por la que sufro y que siento no tener más que una vida que perder”. Él moriría sin volver a ver a su esposa y sin conocer a su hijo.

San Felipe Howard no murió martirizado, falleció a consecuencia de los malos tratos que sufrió en prisión, probablemente a causa de disentería, aunque hay opiniones que aseguran que fue envenenado. Aunque no derramó su sangre, se le considera mártir conforme a la antigua tradición de dar este nombre a quien sucumbe en prisión dando testimonio de su fe. Murió el 19 de octubre de 1595 y contaba entonces con treinta y ocho años de edad.

En la Torre de Beauchamp de la Torre de Londres se puede ver todavía dos inscripciones, una grabada por San Felipe en junio de 1587 y otra, conmemorativa de su muerte, grabada por un prisionero católico de apellido Tucker en 1595. La hecha por él dice: “Quanto plus afflictiones pro Christo in hoc seculo, tanto plus gloriae cum Christo in futuro” (Cfr. Rom 8). “Cuanto suframos por Cristo en esta vida, tanto más tendremos de gloria con él en la vida futura”. Fue sepultado en el subsuelo de la capilla de San Pedro ad Vincula de la Torre de Londres. Veintinueve años después, su viuda y su hijo obtuvieron del rey Jacobo I el permiso para trasladar sus restos a la capilla Fitzalan en el castillo de Arundel.

Sepulcro del Santo. Catedral de Arundel-Brighton, Reino Unido.

Sepulcro del Santo. Catedral de Arundel-Brighton, Reino Unido.

Culto
Beatificado en compañía de otros mártires víctimas de la persecución en Inglaterra y Gales en 1929 por el Papa Pío XI, fue canonizado por el Beato Pablo VI el 25 de octubre de 1970 junto con otros treinta y nueve Beatos seleccionados de varios grupos de mártires, cuyo elenco encabeza San Cutberto Maine. La ceremonia de canonización provocó una masiva afluencia de peregrinos, muchos de ellos anglicanos, por ello, el Beato Pablo VI tuvo un gesto muy particular para que todo el ritual y la homilía no hiciera susceptibilidades a los anglicanos presentes, a cuya comunión pertenecieron en su día los verdugos de estos Santos.

Sus reliquias, que no se perdieron en estas guerras de religión, reposan desde 1971 en la catedral de Arundel-Brigthon, iglesia que en sus orígenes estaba dedicada a San Felipe Neri, pero que cuando se erigió esa diócesis en 1965, fue dedicada a la Santísima Virgen María y a San Felipe Howard en 1970. El Santo también es patrono de esta diócesis.

Humberto

Bibliografía:
– VVAA, Año Cristiano, X Octubre, Editorial BAC, Madrid, 2006, pp. 511-520.

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