San Francisco Blanco, fraile franciscano mártir en Japón

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Imagen del Santo en la parroquia de su localidad natal.

Imagen del Santo en la parroquia de su localidad natal.

Nació en Santa María de Tameirón (La Gudiña), al sur de la provincia de Orense, en el año 1570. Es verdad que otros biógrafos lo hacen natural de Santa María de Monterrey (Monterrey) o de San Pedro de Pereiro (La Mezquita), pero hay que decir que las tres localidades pertenecen a la provincia de Orense y que distan entre sí alrededor de cuarenta kilómetros. Cobra fuerza la primera de las opciones, pues el obispo orenzano, don Juan Muñoz de la Cueva, encontró allí a principios del siglo XVIII a algunos familiares del Santo, constatando que le daban culto en una capilla.

La partida de bautismo dice que fue bautizado el 18 de septiembre de 1577 y se sabe que la fecha de su martirio fue el 5 de febrero de 1597, luego ¿fue martirizado con sólo diecinueve años y algo más de cuatro meses? ¿Con esa edad habría sido ya sacerdote? Parece que los datos no cuadran, pero ¿no pudo haber sido bautizado a los seis años de edad? Si fuese así, cuadran los datos porque según todos los historiadores franciscanos, San Francisco murió con veintiséis años de edad. Y es posible que fuese bautizado con seis años porque en su tiempo, el clero escaseaba y Tameirón pertenecía a la diócesis de Astorga, siendo probablemente atendida de vez en cuando por el párroco de La Gudiña.

Era hijo de Antonio Blanco y de Catalina Pérez y de pequeño, ayudaba a sus padres guardando el ganado. El cura del pueblo contaba una anécdota que decía que “yendo una vez a buscar un carro de “toxos” (pienso o yerba), se distrajo y se le volcó el carro. Su padre le regañó y fue a llamar a algunos hombres para que le ayudaran a levantarlo. Mientras tanto, el niño rezó a su ángel de la guarda y cuando regresó su padre, el carro estaba en pie”. Manuela Pliego, contemporánea suya, cuenta que “a veces, las cabras se metían en otras propiedades, haciendo daño a los vecinos. Cuando el niño se daba cuenta, rezaba y los daños desaparecían”. Hay muchas anécdotas más, pero sabéis que no soy muy dado a contar este tipo de cosas, aunque sin embargo diré que existen unos versos muy antiguos, escritos en gallego, que dicen: “O Santo Francisco Blanco / Nacéu alá en Tameirón / E, farto da gardar cabras / Foi misionar o Xapón”.

Los padres eran de mediana cultura, pero bastante religiosos, y parece que, becado por el conde de Monterrey, lo enviaron al colegio que los jesuitas tenían en aquella localidad, cercana a Verín. Allí estudió humanidades y posteriormente, pasó a estudiar derecho en la Universidad de Salamanca y allí, al mismo tiempo que estudiaba, empezaba a nacer en él su vocación religiosa. En sus días libres visitaba el convento franciscano de San Antonio, donde estaba su director espiritual y donde maduró su vocación franciscana en contacto con los frailes. Convencido de que su camino eran las Indias, abandonó sus estudios y solicitó a Fray Francisco Alderete, que era el Padre Provincial, le admitiese en la Orden, cosa que ocurrió a mediados del año 1586 en el convento de Villalpando.

Pila bautismal donde fue bautizado el Santo, en su parroquia natal.

Pila bautismal donde fue bautizado el Santo, en su parroquia natal.

En el noviciado se hizo cargo de la enfermería del convento y eso fue providencial, porque el primer trabajo que más tarde tendría como misionero, sería el de encargado del hospital de leprosos; por eso, la Divina Providencia hizo que, desde el noviciado, tomase cariño por los enfermos. Su carácter era sereno y dulce; nunca fue apático y prueba de ello es el sorprendente dinamismo espiritual que muy pronto demostraría en Pontevedra, cuando quiso enrolarse para misiones. Era optimista, conforme a la “perfecta alegría” de San Francisco de Asís; y Fray Juan Pobre, un fraile contemporáneo suyo, decía que “de todos los estudiantes, era el más recogido y callado y el que más aprovechaba el tiempo: ni porfiaba ni vociferaba, como hacían los demás estudiantes”.

Profesó en el año 1587 y, posteriormente, el mismo solicitó continuar sus estudios de filosofía y teología en el convento de Salamanca, donde estaba su director espiritual. Allí, sus ocupaciones fueron: estudio, oración, trabajo y mortificación; y tanto abusó de ellas, que su salud se resquebrajó. Tuvo que ser cuidado por los frailes y sus superiores lo enviaron a Pontevedra, donde el clima era más benigno.

En Pontevedra conoció al padre misionero Juan Álvarez, a quien se ofrecería como voluntario para marchar a las Indias, aunque tenía el problema de su endeble salud. Pero se le ocurrió una idea: durante nueve noches seguidas durmió en el cementerio del convento sobre la tumba del padre Juan de Navarrete, que había muerto en olor de santidad. Cuando se levantó a la mañana del noveno día, estaba completamente curado.

Pronto llegó una circular reclutando religiosos para las misiones en Filipinas y él se ofreció junto con los padres Alonso Cuadrado y Juan Álvarez. No fue fácil la cosa, porque estos dos sacerdotes eran muy populares en Pontevedra, y Francisco Blanco sólo era corista y no muy fuerte de salud, pero con la ayuda de la Virgen y del padre Luís Maldonado, vencieron las dificultades y marcharon rumbo a las Indias.

Pintura japonesa del siglo XVII representando el martirio de cristianos y misioneros en Nagasaki.

Pintura japonesa del siglo XVII representando el martirio de cristianos y misioneros en Nagasaki.

Hicieron parada en Sevilla y allí se encontraron con otros religiosos que tenían los mismos planes. A principios de enero zarpaba la Armada, que capitaneaba el general Marcos de Aramburu y se embarcaron cincuenta religiosos que tuvieron que soportar ocho meses de travesía y el adiós definitivo a sus familiares y a su tierra. Los religiosos iban en la nao del Maestre Bernardo de Paz, que formaba parte de la flota y que zarpó el 9 de enero de 1593; entre los cincuenta, iban dos futuros mártires: San Francisco Blanco y San Martín Aguirre de la Ascensión. Hicieron escala en Tenerife, Santo Domingo, La Española, Cuba y Veracruz, llegando a México el 19 de agosto.

En el convento de Santa María de Churubusco reanudó sus estudios con San Martín de la Ascensión y juntos seguirían hasta el martirio. Como en Filipinas no había obispo, en México recibió todas las órdenes sagradas. Los versos a los que hice mención anteriormente decían que “de Tameirón, harto de guardar cabras, fue a misionar a Japón”, pero el trayecto en realidad no fue tan simple: Tameirón, Monterrey, Salamanca, Villalpando, Salamanca, Pontevedra, Sevilla, Veracruz, México, Acapulco y Manila. Decía Santa Teresa que “Dios escribe derecho con renglones torcidos”; el renglón derecho era de Tameirón a Japón; y en zig-zag, el viaje real, era el renglón torcido. Ya estaba en Filipinas.

Por aquel entonces, después de muchas intentonas, los franciscanos habían conseguido entrar en Japón y el primero de ellos había sido San Pedro Bautista, en el mes de julio del 1593, como embajador del rey de España ante el Imperio japonés. Valiéndose de su influencia ante el emperador Taicosama, había fundado conventos, hospitales y escuelas en Meaco, Osaka y Nagasaki. San Pedro Bautista pedía a la Orden en Filipinas que enviase a Japón a nuevos sacerdotes, pero jóvenes a fin de conseguir aprender la lengua. Decidieron enviar a Fray Martín y a otro sacerdote que no estaba en Manila, pero como urgía el tiempo de la partida y éste no llegaba, fue sustituido por San Francisco Blanco. Los dos frailes amigos iban a entrar juntos en el Imperio del Sol Naciente. Fray Juan Pobre fue el primero que empezó a enseñarles la lengua nipona durante el viaje. Llegaron a Nagasaki y fueron recibidos por el padre Jerónimo de Jesús, que era el superior, y allí descansaron unos días.

A finales de junio siguieron hacia Meaco y allí se presentaron ante San Pedro Bautista. Fray Martín fue destinado a Osaka y Fray Francisco se quedaría en Meaco atendiendo el hospital de leprosos. Tuvo claro desde un principio que para que su trabajo rindiese, tenía que dominar la lengua nipona, aunque corriera el riego de olvidarse del gallego y del castellano. Él decía: “Los religiosos no tenemos patria; ahora mi patria es Japón y mis compatriotas, los japoneses”. Providencialmente, a los tres meses, sabía predicar en japonés. Esta capacidad de aprendizaje dejó a todos maravillados porque San Pedro Bautista llegó a escribir al Custodio de Filipinas: “Este año nos habéis enviado a un estudiante muy hábil, al que se le pega la lengua como el lodo a la pared”. El padre Ribadeneira resume sus cinco meses de misionero con estas palabras: “En tres meses estuvo tan suficientemente enterado en la lengua y de sus dificultosas pronunciaciones, que parecía cosa maravillosa que en tan breve espacio de tiempo, pudiese confesar a los japoneses, los cuales, de esta forma recibían una particular consolación…”.

Martirio de los misioneros en Nagasaki. Pintura de Mosén Pedro Garcia Ferer, pintor aragonés de formación valenciana.

Martirio de los misioneros en Nagasaki. Pintura de Mosén Pedro García Ferrer, pintor aragonés de formación valenciana.

Pero ante los ojos humanos, las cosas se torcerían porque los bonzos y los portugueses provocarían la persecución y la sentencia de muerte contra los franciscanos. Los bonzos, porque heridos en su amor propio y envidiosos por la abnegación de los misioneros, temían perder su popularidad y su influencia religiosa. Los portugueses, porque víctimas de un malentendido patriotismo, no soportaban que aquellos franciscanos españoles pudieran ser el primer paso para la entrada definitiva de las tropas del rey de España. Unos y otros intentaron por todos los medios indisponer a los franciscanos con el emperador y la ocasión se les presentó cuando el galeón San Felipe se vio obligado a arribar al puerto de Urando por haber quedado casi destrozado en una tormenta.

Los portugueses influyeron en el gobernador de Meaco para que convenciera al emperador Taicosama de que diese orden de decomisar el galeón. Apoyaron la idea el obispo portugués Pedro Martínez y el bonzo Yacuino, que era el médico y el favorito del emperador. Decomisaron el galeón y empezó el calvario para los hijos de San Francisco. El emperador decretó la muerte de todos los cristianos, aunque después suavizó esta orden y se conformó con arrestar a los religiosos.

El 8 de diciembre los soldados rodearon los conventos de Meaco y Osaka. Los frailes se confesaron unos a otros y se confortaban espiritualmente entre ellos. Pocos días después, el emperador, exasperado por nuevas calumnias, mandó que cortasen las orejas y las narices a los frailes y a sus catequistas y que luego, los paseasen para vergüenza pública, por las principales ciudades del Imperio. El 2 de enero los llevaron a la cárcel mientras los franciscanos, rodeados por los soldados, iban cantando el “Te Deum”. El 3 de enero se le unieron Fray Martín de la Ascensión y otros cristianos de Osaka y en la plaza pública, les cortaron parte de la oreja izquierda. Fueron paseados por la ciudad montados en carros tirados por bueyes.

Reliquias de los mártires del Japón en Goa.

Reliquias de los mártires del Japón en Goa.

Al día siguiente, los llevaron maniatados a Fushimi y desde allí a Osaka, donde les esperaba el emperador. Allí, a los que aun tenían la nariz, querían cortárselas, pero a instancia de unos españoles, desistieron. El día 5 fueron trasladados a Sacay donde permanecieron hasta el día 8 de enero y fue entonces cuando el emperador pronunció la sentencia definitiva: “Por cuanto yo mandé en tiempos pasados que nadie predique esta Ley de Dios y estos Padres vinieron de Luzón por embajada al Japón y la predicaron, mando que mueran crucificados en cruces en Nagasaki, con estos japoneses en su Ley. Y de aquí en adelante, mando que el que se hiciere cristiano sea castigado con pena de muerte, él y toda su parentela”. A pie, burlándose de ellos, sin darles de comer y medio desnudos, los llevaron a Nagasaki para ser crucificados.

Amaneció el 5 de febrero y en el monte Tateyama, veintiséis cruces fueron testigos del martirio de seis franciscanos, dos jesuitas y diecisiete terciarios franciscanos japoneses. Las cruces fueron enfiladas, señalándose el orden de los mártires para que todos supieran donde estaba la víctima que más le interesaba. La cruz constaba de dos travesaños clavados a un tronco y el reo quedaba sujeto por medio de cinco anillos de hierro, que le aprisionaban las manos, los pies y el cuello. La muerte se producía con dos lanzas que, entrando por los costados, se cruzaban en el pecho y salían por los hombros. A la señal del capitán las veintiséis cruces fueron izadas y quedaron alineadas mirando a la ciudad. Mientras iban ascendiendo en el patíbulo, iban cantando el Te Deum. Eran los 26 protomártires del Japón.

El general Matías Landecho, capitán del galeón San Felipe y testigo del martirio, recogió las pocas reliquias que pudo y con ellas, se embarcó para Manilas. Al desembarcar el 16 de mayo de 1597, el pueblo, los sacerdotes y religiosos, el obispo y el gobernador las recibieron en procesión solemne, con salvas de artillería y con el canto del Te Deum. Y lo mismo ocurrió en Macao, Goa, México y Sevilla. Pero los cuerpos de los mártires quedaron en la colina de Tateyama. Según se dice en las actas del proceso de beatificación “los cuervos y otros animales respetaron los cuerpos y sobre ellos, los viernes, aparecía una columna de fuego y, a los dos meses, todavía la sangre estaba fresca; a los tres meses, los cuerpos seguían incorruptos. Al año siguiente, un legado de Filipinas, previa autorización de Toyotomi Hideyoshi – uno de los hombres más importantes del país – recogió los últimos restos de las víctimas y sus cruces, quedándose únicamente los hoyos, que poco a poco, fueron cegándose.

Cráneo de San Francisco Blanco venerado en Outarelo, O Barco de Valdeorras.

Cráneo de San Francisco Blanco venerado en Outarelo, O Barco de Valdeorras.

El proceso informativo se inició ese mismo año en Manilas, llevándose algo más de doce meses recogiendo datos. Concluido el proceso, el Padre Rivadeneira lo trajo a España y, desde aquí, por recomendación del rey Felipe II fue directamente al Papa Urbano VIII. Este dio orden de que inmediatamente se incoase el proceso apostólico del martirio y el 19 de julio de 1627, Urbano VIII firmaba el decreto de martirio declarándolos beatos. El 8 de junio del año 1862, el beato Papa Pío IX, los canonizó solemnemente, extendiendo su culto a toda la Iglesia Universal. Su festividad se celebra el 5 de febrero.

Junto con San Francisco Blanco, fueron martirizados y canonizados: San Pedro Bautista, San Martín de la Ascensión, San Felipe de Jesús, San Gonzalo García, San Francisco de San Miguel, San Francisco carpintero de Kyoto, San Cosme Takeya, San Pedro Sukejiro, San Miguel Kozaki, San Diego Kisai, San Pablo Miki, San Pablo Ibaraki, San Juan de Goto, San Luís Ibaraki, San Antonio Deynan, San Matías, San León Karasumaru, San Ventura, Santo Tomás Kozaki, San Joaquín Sakakibara, San Francisco médico de Kyoto, Santo Tomás Dangui, San Juan Kinuya, San Gabriel de Ise y San Pablo Suzuki.

Antonio Barrero

Bibliografía:
– FERNÁNDEZ, A., “Orensanos ilustres”, Orense, 1916.
– Fr. J. de Jesús, “Relación del glorioso martirio de seis frailes descalzos”, 1925
– GIL, C., “Santos gallegos”, Editorial Porto, S.A., Santiago de Compostela, 1976
– PLACER, G., “San Francisco Blanco”, Editorial Logos, 1931.
– SICARDO, J., “Cristiandad del Japón”, Madrid, 1698
– VV.AA. Bibliotheca sanctorum, vol. V, Città N. Editrice, Roma, 1991.

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