San Francisco de Sales, obispo de Ginebra y Doctor de la Iglesia (III)

Artículo extraído ilegalmente y sin permiso de PreguntaSantoral.es

Escultura del Santo en la iglesia de la Magdalena de París, Francia.

Escultura del Santo en la iglesia de la Magdalena de París, Francia.

Su obra
Ya en el año 1637, o sea, quince años después de su muerte, se hizo una primera edición de sus obras en Toulouse. La mismísima Santa Juana Francisca se encargó de que se hiciera una nueva edición en París en el año 1641. Muchas otras ediciones se realizaron ya en el siglo XVII y después de una pausa en el XVIII, en el siglo XIX surgieron nuevas ediciones. En el año 1892, las hermanas de la Visitación de Annecy comenzaron a preparar una edición íntegra de todos sus escritos, que terminaron de salir en el 1932, constando de veintiséis volúmenes, los cuales se han traducido a los principales idiomas. Hagamos un pequeño repaso de sus obras.

Las “Controversias”
Fueron compuestas durante su apostolado en Chablais. Se trata de una serie de folletos, muy concisos en la forma pero que ilustran claramente las verdades de la fe católica y los errores de los calvinistas, defendiendo siempre la primacía de la cátedra de Pedro. De manera particular trata sobre la organización de la Iglesia, basada en la autoridad del Papa, los obispos y los concilios. Un texto relativo a la infalibilidad pontificia que fue citado en el Concilio Vaticano I.

La “Defensa del estandarte de la Cruz”
Es la respuesta a un opúsculo del ministro La Fayé que en el año 1600 negaba el culto a la Santa Cruz. En esta respuesta, demuestra con muchos argumentos, la legitimidad de esta veneración, utilizando numerosísimas citas de los Santos Padres y de otros escritores eclesiásticos de todos los tiempos.

“Introducción a la vida devota”
Sobre esta obra, ya dijimos algo en el artículo de ayer. Es un libro muy famoso, que fue publicado por primera vez en Lyon en el año 1609. Cincuenta años más tarde, o sea, en 1656, ya se había traducido a diecisiete lenguas. Sus orígenes deben buscarse en las cartas dirigidas a la señora Charmoisy – que era prima política suya – y a Santa Juana Francisca, siendo el jesuita Fourier quien lo impulsó a componer un libro, agregándole nuevas observaciones, cosa que hizo San Francisco. En su aspecto público esta obra toma forma de “Cartas a Filotea”, nombre que en realidad se refiere a quien lo lee.

Este libro está dividido en cinco partes: preparación del alma para la devoción, los dos medios principales: oración y sacramentos, la práctica de la virtud, las tentaciones más comunes y la renovación espiritual. En el prefacio se expone claramente cuál es su objetivo: “Los autores que se ocuparon sobre la vida devota, casi todos se dirigieron hacia la instrucción de personas que estaban separadas del mundo o, por lo menos, enseñaron una devoción que conduce a este completo aislamiento. Yo, sin embargo, tengo la intención de instruir a todos los que viven en la ciudad, entre los empeños públicos y domésticos a los que se vean obligados según su condición”. Se inspiró en la Biblia y en los Santos Padres, especialmente en San Jerónimo, San Ambrosio, San Agustín, San Gregorio Nacianceno, San Juan Crisóstomo y San Bernardo; también en San Ignacio, Santa Teresa y otros. Incluso llega a citar a autores no cristianos, como Estrabón, Aristóteles o Plinio.

El Santo redactando su obra.  Iglesia de San Francisco de Sales, Strobl, Austria.

El Santo redactando su obra. Iglesia de San Francisco de Sales, Strobl, Austria.

“Tratado del amor de Dios”
Por primera vez se editó en Lyón en el 1616 y es el fruto de largas meditaciones sobre autores ascetas y místicos. Podríamos decir que es la obra maestra de su espiritualidad. Las fuentes principales fueron las Sagradas Escrituras (Salmos, Cantar de los Cantares, Jeremías, San Pablo…), los Santos Padres – sobre todo San Agustín -, los Doctores de la Iglesia – sobre todo Santo Tomás de Aquino – y algunos escritores ascéticos (Santa Ángela de Foligno, Santa Catalina de Siena, Santa Teresa de Ávila…). Desde un principio, esta obra fue objeto de muchas discusiones, porque el propuesto abandono total a la voluntad divina parecía insinuar el acceso a una total quietud, actitud que era defendida por varios autores franceses de la época y que era condenada por la Iglesia.

Esta obra la articula en doce libros, que podríamos esquematizar de la siguiente manera: Prefacio (1), el origen del amor divino (2), el progreso y la perfección en el amor divino (3), la caída y la ruina del amor (4), los ejercicios de amor divino (5, 6 y 7), las diversas formas del amor divino (8, 9 y 10), las excelencias de la virtud del amor (11) y sugerencias prácticas para amar al prójimo (12). En el prefacio dice qué es lo que pretende con esta obra: “Yo no he pensado en otra cosa, sino en representar con simplicidad y naturalidad la historia del nacimiento, el progreso, la decadencia, las operaciones, la propiedad, las ventajas y las excelencias del amor divino. El fin de esta obra es ayudar a las almas devotas, a fin de que puedan avanzar en su objetivo”. La realidad es que lo escribió pensando principalmente en las hermanas de la Congregación que él y Santa Juana había fundado.

Discursos
Sus discursos fueron publicados por primera vez por santa Juana Francisca en el año 1641. Eran ciento sesenta textos, setenta de los cuales estaban dirigidos a las hermanas de la Visitación. Los primeros son de la época en la que solo era sacerdote, pero son textos muy profundos, muy originales y muy doctrinales. Los restantes, los escribió siendo ya obispo. En estos discursos presenta los temas de manera muy singular, muy sencilla, pensando que todo el mundo lo entendiera y que no quedase solo para los intelectuales.

Cartas
Son una colección editada en doce volúmenes. En la primera edición, en el año 1626, se publicaron quinientas diecinueve cartas, pero en ediciones sucesivas se fueron aumentando el número de ellas, hasta llegar a más de dos mil. En estas cartas puede descubrirse la versátil y compleja personalidad del santo. En ella trata de muchísimos temas, lo que haría interminable la enumeración de los mismos, aunque si hay que decir, que lo que destaca en toda esta correspondencia es su deseo de ayudar a las personas. Escribe tanto a hombres como a mujeres, a seglares y a religiosos, pero hay que destacar las escritas a Santa Juana Francisca.

Relicario del santo.

Relicario del santo.

Opúsculos
Mencionemos las “Constituciones sinodales” (que son disposiciones sobre la vida de la diócesis), “Las advertencias”, dirigidas a los confesores, los “Reglamentos de vida”, las “Constituciones de la Congregación de la Visitación”, el llamado “Directorio” y otros muchos escritos de carácter moral y ascético.

Pero aunque San Francisco de Sales era un hombre de acción y un escritor, al mismo tiempo era un asceta y un místico, ascetismo y misticismo que tenían su fundamento en la teología, aunque en una teología que huía de las disputas: “Yo, por naturaleza, odio las contiendas y las controversias que no llevan a nada y que se resuelven en un inútil y locuaz espectáculo de vanidad”. Se preocupó de presentarla como una doctrina segura, basada en las Escrituras, los textos conciliares, los Padres y Doctores de la Iglesia. Su teología es la teología del amor divino y sobre él basa toda su construcción ascética y mística. Para él, la acción divina sobre el hombre está basada en el amor y Dios manifiesta su Providencia en la Encarnación y en la Redención. Es un amor que se realiza en todos los hombres mediante la gracia y que es susceptible siempre de un mayor perfeccionamiento. Sólo con el pecado puede el hombre romper esta relación amorosa.

El primer paso de acercamiento a Dios es el desprendimiento interior de todas las cosas humanas y un abandono total y generoso en la Providencia divina. Este amor se manifiesta de manera especial en la oración, que lleva a la contemplación y a un estado de quietud o santa indiferencia. El último estadio del amor se concretiza en una santa uniformidad con la voluntad divina; es un amor que se revela en la aceptación de cada cosa que le pase al alma, como las tribulaciones o los sufrimientos espirituales. Él sabe que alcanzar estos objetivos no es cosa fácil, pero cree que es posible para todos los cristianos, si llevan una conducta de vida, en la cual, el amor de Dios tiene un puesto predominante.

Para él, el modelo en el que hay que inspirarse es Jesús: “A menudo, en la contemplación de su Pasión, tu alma se llenará toda de Él, llegarás a conocer bien su forma de actuar y sus acciones, modelarán las tuyas. El es la luz del mundo; con Él, por Él y en Él, nosotros necesitamos ser iluminados. Estando cercanos al Salvador mediante la meditación y observando sus palabras, sus actos y sentimientos, aprenderemos, con la ayuda de su gracia, a hablar, a actuar y a querer como Él”. Para conseguir esta adhesión a su divina voluntad, él recomienda la oración sencilla y afectuosa, el sentirse en la presencia de Dios, la confesión y la comunión. En unos tiempos en los que se intentaba alejar a los fieles de la Eucaristía, él defiende la comunión frecuente, al menos, una vez a la semana, todos los domingos.

Tumba del Santo en Annecy (Francia).

Tumba del Santo en Annecy (Francia).

Él, asimismo, promueve que la virtud de la caridad debe estar rodeada de otras muchas virtudes. Mientras exalta las tradicionales virtudes de la castidad, pobreza y obediencia, insiste en aquellas que se podrían definir de carácter social, o sea, las virtudes cuyo ejercicio necesita siempre las relaciones con los demás.

Dicho todo esto, ¿cuál es la importancia histórico-religiosa de San Francisco de Sales? Muchísima. Mientras el mundo en el que él estaba inmerso tendía a secularizarse, a alejarse de Dios y de la Iglesia, él demostró que el Evangelio podía encarnarse en cosas concretas, adaptándose a las nuevas corrientes, a las nuevas mentalidades. Demostró que llegar a la santidad no era cosa imposible, sin tener que renunciar a la propia personalidad y respetando la individualidad de cada persona. Las pequeñas cosas de cada día, la vida ordinaria vivida cumpliendo nuestros deberes, pueden ser actos de amor que nos unan a Dios. Éste era un sabio mensaje a un mundo muy dado al pesimismo. El renacimiento de la Iglesia francesa del siglo XVII le debe mucho a San Francisco de Sales.

Antonio Barrero

Bibliografía:
– CIONI, R., “Vita di San Francesco di Sales”, Florencia, 1942.
– DE LA HOZ, F., “San Francisco de Sales. Obras selectas”, Escuela gráfica salesiana, Sevilla.
– GONZÁLEZ, E., “La perfección cristiana según el espíritu de San Francisco de Sales”, Madrid, 1953.
– VAN HOUTRYVE, “El amor al prójimo según San Francisco de Sales”, París, 1944.
– VV.AA., “Bibliotheca sanctorum, tomo V”, Città N. Editrice, Roma, 1991.

Enlaces consultados (21/01/2014):
http://www.diocese-annecy.fr/
http://vistation-lourdes.webnode.fr/
http://commons.wikimedia.org/wiki/Category:Francis_de_Sales

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San Francisco de Sales, obispo de Ginebra y Doctor de la Iglesia (II)

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Detalle del Santo en un lienzo de autor anónimo (1677).

Detalle del Santo en un lienzo de autor anónimo (1677).

Su espiritualidad
Para tener una idea de cual fue la estatura moral de San Francisco de Sales y qué grado de santidad alcanzó, no debemos fijarnos sólo en su enorme actividad apostólica, sino que es necesario conocer sus obras. Sólo así puede conocerse a esta figura tan fascinante. Se le ha definido como el santo de la dulzura, de la amabilidad y del optimismo, virtudes que ejercitó con el contacto diario con multitud de personas, ya fueran pobres o nobles, ya fueran amigos o adversarios: siempre mostraba una gran mansedumbre y una infinita caridad. San Francisco de Sales fue un hombre de acción, pero con un temperamento conciliador, condescendiente e incluso afectivo, siempre dispuesto a ceder cuando se ponían en juego los derechos de Dios, siempre considerando a los demás, de manera benevolente y paternal, siempre dispuesto a descubrir el lado bueno de cada persona.

Un rasgo característico de su espiritualidad es su forma de escribir: desde sus primeras cartas espirituales hasta las últimas se ve un mismo método, idénticas afirmaciones que con el tiempo y la experiencia fueron madurando. Esto es un signo evidente de una claridad de enfoque, de un carácter fuerte y tenaz y de una gran seguridad en la finalidad que perseguía.

Algunos intolerantes de su tiempo lo acusaron de rendirse ante los calvinistas, ya que en ellos sólo veían a un enemigo al que combatir y destruir. Sin embargo, San Francisco los llamaba hermanos y no lo hacía para ganarse su simpatía, sino porque lo sentía profundamente y sobre todo, porque a través de la fe, venía en ellos a unos hermanos, hijos de Dios como él mismo lo era, a los cuales había que salvar. Todos podían ver en él un amor sobrenatural hacia todos, tema en el que incidí en el artículo de ayer.

San Francisco y la Virgen. Lienzo de Janez Valentin Metzinger, Galeria Nacional de Eslovenia.

San Francisco y la Virgen. Lienzo de Janez Valentin Metzinger, Galeria Nacional de Eslovenia.

Para llegar a tal grado de heroísmo, siempre estuvo en un continuo ejercicio espiritual. Lo tuvo muy claro desde pequeño y por eso decidió adquirir la formación que obtuvo, decisión que siempre se mantuvo incluso cuando era obispo. Todos los días dedicaba una hora a la meditación, dos horas al estudio, recitaba al completo el Breviario, celebraba devotamente la Santa Misa, hacía examen de conciencia y cada dos o tres días, se confesaba. Y después, el trabajo: intensa correspondencia, recibir a toda clase de personas, dedicarse al ministerio del confesionario, a la predicación, a visitar a los enfermos y a los presos… Una forma de vida así no se improvisa y no es fácil mantenerla en el tiempo, pero él lo hizo porque tenía una profunda fe y confianza en Dios y un exquisito amor a sus semejantes. Ésta fue su personalidad: sus actuaciones, sus enseñanzas, sus sermones y sus escritos.

Pero avancemos algo más. En el artículo de ayer dijimos que durante su estancia en Dijón para predicar durante la Cuaresma del año 1604 conoció a Santa Juana Francisca de Chantal, una piadosa viuda que tenía cuatro hijos, pero que estaba muy atormentada por culpa de los escrúpulos y porque no encontraba fácilmente a un buen director espiritual. Se lo propuso a Francisco y él lo aceptó a los seis meses y así comenzó una de las más espléndidas amistades espirituales en toda la historia de la Iglesia. Como ella no encontraba la paz espiritual sólo con las cartas que Francisco le escribía, tuvo una serie de charlas con él en el Castillo de Sales al año siguiente. En estos coloquios, Francisco pudo comprobar la grandeza del alma de Juana Francisca y sus deseos de abrazar la vida religiosa. Lenta y gradualmente la fue dirigiendo hacia su destino definitivo. Ella quería entrar en el Carmelo de Lyon, pero Francisco se lo desaconsejó y en el 1607 le mostró su intención de fundar en Annecy una nueva orden femenina.

Juana Francisca tuvo que superar diversas dificultades para poder seguir los consejos del obispo: tenía cuatro hijos, su padre era muy anciano y ni siquiera Francisco era muy propenso a las decisiones que ella iba tomando. La intervención firme y decidida de Francisco rompió aquella inercia y así, el 29 de marzo de 1610, Juana abandonaba definitivamente su casa. La nueva congregación religiosa nacía oficialmente el 6 de junio de aquel año en un pobre apartamento de Annecy, llamado la “Galería”. Con Juana entraron en el noviciado sólo dos jóvenes: Carlota Brèchard y Jacqueline Favre, pero algunos meses más tarde se les unieron otras jóvenes.

El Santo y las primeras Visitandinas. Anónimo del siglo XVIII. Iglesia de san Luís en L’Ille (Francia).

El Santo y las primeras Visitandinas. Anónimo del siglo XVIII. Iglesia de san Luís en L’Ille (Francia).

En un principio, Francisco no sabía bien qué nombre darle al nuevo Instituto. No le disgustaba el nombre de “Hijas de Santa Marta”, ni el de “Oblatas de la Santísima Virgen”, pero se decidieron por el de “Congregación de la Visitación de Nuestra Señora”. Este nombre llevaba implícito un programa: unir la vida contemplativa comunitaria con una vida activa de ejercicio de la caridad con los pobres y enfermos. En aquellos tiempos, en Francia, esto era una innovación ya que no se concebía que una orden femenina no fuera exclusivamente de clausura. Francisco tenía “in mente” una cosa más simple: una congregación compuesta por viudas y jóvenes que, bien por vocación o por debilidades físicas, no pudieran soportar las grandes penitencias que se hacían en los conventos, pero que aun así, querían llevar una vida religiosa en común. Era una forma de hacer más soportable la vida religiosa, era una especie de síntesis entre las vocaciones de Marta y de María.

Se estableció que las hermanas tenían que dedicar una hora por la mañana y otra por la tarde a la oración, que tenían que rezar el “Oficio Parvo” y que el resto del día, o sea, la mayor parte del día, tenían que dedicarlo a atender a los pobres y a los enfermos. Las mortificaciones corporales tenían que ser moderadas, porque lo importante era la intensa vida espiritual y la mejor forma de acrecentarla era mediante la caridad con el prójimo. No importaba tanto la cantidad de oraciones, sino el recogimiento interior, la pobreza de espíritu, la caridad con los demás.

Los comienzos de la nueva congregación no fueron fáciles. A las dificultades materiales había que unirle la oposición de algunos jerarcas a este nuevo modo de vida, pero Francisco no las abandonó en ningún momento ni en ninguna circunstancia: en 1613 les consiguió una casa más grande, las defendió contra algunos ataques y sobre todo, las estimuló para que llevaran una intensa vida espiritual y de trabajo compensada con algunos entretenimientos lúdicos.

Las constituciones quedaron finalmente redactadas en el año 1615, después de un contraste de opiniones con el arzobispo metropolitano de Lyon, Dionisio Marquemont. En 1613 un grupo de mujeres de su diócesis, lideradas por Isabel Arnauld de Gouffiers, habían constituido una casa en Lyon según el reglamento de la Congregación de Annecy. Mientras Francisco y Juana estaban muy satisfechos porque su Congregación se extendía, el arzobispo lionés puso una condición para dar su aprobación diocesana: en su diócesis sólo admitía monjas de clausura, prohibiendo expresamente las visitas a los pobres y los enfermos. San Francisco se entrevistó con él, pero ante la obstinación del metropolita Marquemont, tuvo que aceptar su decisión, lo que causó una gran pena en Santa Juana Francisca. Dio a su Congregación la regla de San Agustín, adjuntándole unas Constituciones y un Manuel de costumbres, por el que les permitía mantener su forma de vida conforme ellos habían previsto.

Monumento al santo en Annecy (Francia).

Monumento al santo en Annecy (Francia).

En el año 1616, valiéndose de su amistad con el cardenal Belarmino (San Roberto Belarmino), pidió a la Santa Sede la aprobación de su nueva Congregación. Su solicitud iba avalada por el duque Carlos Emmanuel y por su hijo, el cardenal Mauricio de Saboya, teniendo respuesta afirmativa mediante un Breve Pontificio de 1618 que reconocía el nuevo Instituto. Una vez aprobado, se desarrolló con celeridad y así, a la muerte de San Francisco de Sales, la Congregación de la Visitación de Nuestra Señora tenía trece casas abiertas. Él no pudo conseguir plenamente su primitivo diseño de una congregación activa, pero puso la semilla que germinó pocos años más tarde, cuando San Vicente de Paúl fundó a las Hijas de la Caridad.

Santa Juana Francisca de Chantal afirmaba que antes de encontrarse con San Francisco de Sales, aunque llevaba una vida piadosa, nadie le había hablado jamás de la necesidad de tener un director espiritual. Ésta es sin duda una de las características de nuestro santo. Él lo sentía como una obligación que tenía todo sacerdote y todo obispo y así lo escribía como prefacio en su obra “La vida devota”: “Confieso que se necesita esfuerzo para dirigir a las almas, pero es un esfuerzo que consuela, es un esfuerzo que alegra el corazón y que lo recrea con la suavidad que le comunica la otra persona”. Él tenía claro que toda persona necesitaba un maestro espiritual, que esto no era un lujo que sólo pudiesen permitirse los contemplativos, sino que era un arma a usar por todo aquel que quisiera vivir una vida cristiana.

Hay quienes han visto en esto una especie de reacción al individualismo religioso promovido por el protestantismo, pero esto no es cierto, ya que era el fruto de una experiencia muy personal. Decía que “el director espiritual es un tesoro de sabiduría para nuestras penas, tristezas y caídas; es un bálsamo consolador que alegra nuestros corazones cuando están enfermos espiritualmente” y “si cuando nuestro cuerpo está enfermo, vamos al médico, ¿por qué esto no debe hacerse cuando enferma nuestra alma?”. Según él, “las relaciones que deben existir entre el director espiritual y el penitente, tienen que basarse en la sinceridad y en la fidelidad, en una confianza sin límites combinada con un sagrado respeto… en una palabra: debe ser una amistad fuerte y dulce, santa y sagrada, espiritual y divina”. En realidad, cuando él decía cómo debía ser un director espiritual, se estaba describiendo a sí mismo. Él sabía que era un instrumento en las manos de Dios y sabía también que era realmente el Espíritu Santo quien operaba en la intimidad del alma.

Traslado de las reliquias del santo en el año 1911.

Traslado de las reliquias del santo en el año 1911.

En el artículo de mañana terminaremos hablando de su obra, de sus escritos.

Antonio Barrero

Bibliografía:
– CIONI, R., “Vita di San Francesco di Sales”, Florencia, 1942.
– DE LA HOZ, F., “San Francisco de Sales. Obras selectas”, Escuela gráfica salesiana, Sevilla.
– GONZÁLEZ, E., “La perfección cristiana según el espíritu de San Francisco de Sales”, Madrid, 1953.
– VAN HOUTRYVE, “El amor al prójimo según San Francisco de Sales”, París, 1944.
– VV.AA., “Bibliotheca sanctorum, tomo V”, Città N. Editrice, Roma, 1991.

Enlaces consultados (21/01/2014):
http://www.diocese-annecy.fr/
http://vistation-lourdes.webnode.fr/
http://commons.wikimedia.org/wiki/Category:Francis_de_Sales

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San Francisco de Sales, obispo de Ginebra y Doctor de la Iglesia (I)

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Lienzo-retrato del Santo.

Lienzo-retrato del Santo.

Su vida
El mes pasado, la Iglesia Católica celebró la festividad de San Francisco de Sales. Por falta de espacio no pudimos escribir sobre él, ya que se necesitaban tres días seguidos; éste es el motivo por el cual, un mes más tarde, vamos a dar unas pinceladas sobre este gran Doctor de la Iglesia que vivió a caballo entre los siglos XVI y XVII.

Nació el 21 de agosto de 1567 en el Castillo de Sales, en Saboya (Francia), siendo su padre un castellano de Nouvelles, que tenía el título de señor de Bois, aportado como dote al matrimonio, por su esposa Francisca Sionnaz. Como sus padres eran profundamente piadosos, el joven Francisco recibió una esmerada educación religiosa, especialmente de su madre que, ayudada en principio por una nodriza llamada Puthod y posteriormente, por un capellán llamado Déage, le enseñó a darle un sentido cristiano a la vida, a llevar una vida austera, ser parco en las comidas y amar profundamente a los pobres y necesitados, a semejanza de San Francisco de Asís. A su vez, el padre, en cuyos cálculos entraba el mejorar el prestigio de la familia teniendo en su seno a un abogado, le inculcó una educación caballeresca, realizada mediante ejercicios físicos de gimnasia, equitación y esgrima. Sin embargo, la juventud de Francisco no presentó ninguna característica especial digna de relieve: como muchos otros niños, jugueteaba con sus compañeros construyendo altares y capillas e incluso simulando la celebración de la Misa. En el año 1573, comenzó sus estudios en el colegio de La Roche, continuándolos posteriormente en Annecy, a partir del año 1575. Fue confirmado y recibió la primera comunión en el año 1577.

El episodio más singular de su adolescencia fue el ser tonsurado en Clermont cuando sólo tenía once años de edad, un hecho inusual en aquellos tiempos y que no siempre se hacía por motivos nobles. Él lo hizo porque en lo más íntimo de su pensamiento estaba el hacerse sacerdote, cosa que sólo conocía su madre y sus amigos más íntimos. El padre consintió, pero sin renunciar a su objetivo de que iniciara los estudios de derecho, dados los buenos resultados que obtenía en sus exámenes. Por esto, lo envió en el 1582 a la prestigiosa universidad de París para que completase su formación.

San Francisco confesando, lienzo de Janez Valentín Metzinger, Galería Nacional de Eslovenia.

San Francisco confesando, lienzo de Janez Valentín Metzinger, Galería Nacional de Eslovenia.

Su estancia en París, en el colegio jesuita de Clermont, marcó una etapa importante en su formación humanística y espiritual. Se dedicó a los estudios clásicos y filosóficos, pero siempre – bajo el impulso de los jesuitas -, procuró adquirir una sólida formación espiritual. Cuando tenía unos diecinueve años empezó a torturarse a causa de un angustioso problema: “si estaba predestinado a la condenación eterna” y así, vivió seis semanas desastrosas, apenado y desolado interiormente. Pero esta tortura interior desapareció de manera imprevista cuando estaba un día delante de una imagen de la Virgen, en la iglesia de San Esteban de Grès, recitando el “Acordaos, oh piadosísima Virgen María…” (la célebre oración “Memorare” de la que ya hemos tratado en este blog cuando escribimos sobre San Bernardo de Claraval). Desde ese momento, tuvo una visión de la vida mucho más optimista.

Pero no se interesó solamente en los estudios de derecho y filosóficos, sino que dedicó muchísimo tiempo a profundizar en la teología y en las Sagradas Escrituras y a estudiar hebreo y griego. Completados sus estudios en París en el año 1588, su padre lo envió a la universidad de Padua a fin de que, bajo la dirección del profesor de derecho Guido Panciroli, se preparase aún mejor como abogado. Allí se licenció tres años más tarde, pero sobre todo, bajo la guía del jesuita Antonio Possevino, dio un salto importante en su formación espiritual. En aquel ambiente estudiantil, donde el espíritu placentero e incluso licencioso estaba en auge, él se propuso una norma de conducta que acrecentara su propia religiosidad y sus relaciones con el resto de los estudiantes. En varias ocasiones, demostró una especial firmeza de carácter, cuando algunos amigos osaban atentar contra su virtud. En ese tiempo de estancia en Padua, una de sus lecturas preferidas fue “El combate espiritual” del religioso teatino Lorenzo Scupoli. A sus estudios universitarios de abogacía, agregó los teológicos, humanísticos y naturalistas, a los que al menos, dedicaba dos horas extras todos los días.

Antes de volver a su tierra natal, en el año 1592, estuvo en el santuario de Loreto y en Roma. Los sueños de su padre estaban a punto de cumplirse, ya que el joven abogado llegó a formar parte del senado de Chambéry, pero él no renunciaba a hacerse sacerdote. Sin saberlo y a instancias del obispo de Ginebra, fue nombrado por el Papa deán del capítulo de la diócesis, que entonces estaba en Annecy, ya que la ciudad suiza estaba dominada por los calvinistas. En esto, él vio una señal divina y solicitó abandonar la abogacía para ordenarse de sacerdote. El padre reaccionó violentamente, pero poco a poco, las dificultades con su padre fueron aplacándose, hasta que el 18 de diciembre de 1593 fue ordenado de sacerdote por el obispo de Ginebra, Claudio de Granier.

Ornamentos utilizados por el santo. Palacio de Justicia de Chámbery, Saboye, Francia.

Ornamentos utilizados por el santo. Palacio de Justicia de Chámbery, Saboye, Francia.

Como sacerdote, tomando como ejemplo a San Francisco de Asís y a San Felipe Neri, comenzó inmediatamente su ministerio dedicándose completamente a los pobres, a visitar a los enfermos, a la predicación y al ministerio del confesionario, pero siempre mostrando un carácter alegre, paciente y optimista. Su prédica se diferenció de la de los demás: las citas clásicas las sustituía por citas de las Sagradas Escrituras y las fogosas disertaciones, por una exposición más sobria y más convincente. Era normal, porque él no concebía que un sacerdote no tuviese una amplia cultura y que no supiera contactar con la gente.

En el año 1594 el obispo lo envió a la región de Chablais a una difícil misión. La zona estaba ocupada por los calvinistas desde el año 1535 y en la práctica, no existía el culto católico: las iglesias y los monasterios habían sido cerrados y los sacerdotes habían sido expulsados. En el fondo, a fin de conseguir la tranquilidad en el resto de sus dominios, la Casa de Saboya había acordado tácitamente con los habitantes de la región que podían seguir siendo protestantes, por lo cual no era tolerado ningún sacerdote católico. Superando la obstinada oposición de su padre, que temía por la integridad física de su hijo, emprendió con coraje su misión para restablecer el culto católico. Lo pasó muy mal al principio, pues fue expulsado y tuvo que vivir a la intemperie, debido a la obstinación de los calvinistas. No faltaron ni las amenazas, ni dos intentos de asesinato, ni incluso el ataque con lobos. Mientras, el padre lo desalentaba, invitándole a que regresara, él, paciente y alegremente, distribuía casa por casa una especie de folletos hechos a mano, en los que, en un tono conciliador, exponía la doctrina católica, refutaba las tesis calvinistas y les invitaba al diálogo. Se podría decir que, por primera vez, se utilizaba un estilo que podríamos llamar “periodístico”. Estos folletos escritos a mano que él distribuía por las casas en Chablais configuraron su primer libro, “Controversias”.

Después de seis meses de duro y paciente trabajo, la fortaleza de los calvinistas fue cediendo. Su constancia, su coraje frente a los atentados y la serenidad que se desprendía de su rostro, fueron argumentos más que suficientes para que empezara a granjearse la simpatía y estima de algunos, iniciándose así las primeras conversiones. Él intensificó su actividad apostólica, no entraba en controversias ni disquisiciones inútiles, conquistaba, no condenaba: una conducta totalmente distinta a la que predominaba en aquella época de intolerancia. “Yo he repetido con frecuencia que la mejor manera de predicar a los herejes es el amor, aun sin decir una sola palabra refutando sus doctrinas”, decía más tarde a Santa Juana Francisca de Chantal. Poco a poco reorganizó el culto católico, que comenzó a ser celebrado públicamente. Años más tarde, en el 1603, él mismo comunicaba a Roma que más de veinticinco mil personas habían retornado a la fe.

Escultura del Santo en su atuendo episcopal.

Escultura del Santo en su atuendo episcopal.

Al ver estos frutos, el obispo De Garnier quiso tenerlo como su obispo coadjutor, responsabilidad con la que no se mostró muy de acuerdo, aunque tuvo que aceptarla. Fue consagrado como obispo en el año 1602. Previamente, en 1599 había sido enviado a Roma para buscar solución a un tema diocesano, siendo recibido muy afablemente por el Papa Clemente VIII, quien prácticamente lo había sometido a una especie de cariñoso examen para promoverlo al episcopado. Recién ordenado, fue a París en el año 1602 para solucionar algunos problemas de su diócesis, pues parte de ella pertenecía a territorio francés, logrando sus objetivos. El propio rey Enrique IV quedó admirado por su forma de argumentar e hizo todo lo posible para que Francisco se quedara allí, oferta que rechazó volviendo a Ginebra. En París hizo amistad con el cardenal Bérulle, con Antonio Deshayes y con Madame Acarie, la futura sor María de la Encarnación.

Cuando murió el obispo Garnier, él le sucedió en la sede ginebrina. Durante sus veinte años de episcopado, su sede tuvo que estar en Annecy debido a que la provincia de Ginebra estaba tomada por los calvinistas, pero esto no fue un obstáculo para que organizase su diócesis, encontrándose cordial y paternalmente con cada uno de sus sacerdotes, a los que afianzaba en su vocación y en su misión. Les daba personalmente instrucciones acerca de cómo debían actuar tanto en el ministerio del confesionario como en la predicación. Por dificultades materiales no pudo instituir un seminario, aunque todos sus esfuerzos se dirigieron a crear un clero culto y santo. Tampoco abandonó a las órdenes religiosas; con dulzura, pero con firmeza les señalaba cual era el espíritu de sus respectivas reglas llegando incluso a reformar algunos monasterios. Realizó una labor especial con los monasterios de los Canónigos de San Agustín en Saboya, con los benedictinos de Talloires y en la abadía de Sixt.

Si en su labor apostólica con el clero fue incansable, no lo fue menos con sus feligreses. Entre 1605 y 1608 visitó personalmente cada una de las cuatrocientas cincuenta parroquias de su diócesis, cosa que no le fue nada fácil, ya que muchas de ellas estaban en zonas de alta montaña, de difícil acceso. En ellas predicaba, confesaba, administraba los sacramentos y les ayudaba a solucionar todo tipo de problemas. Desde el punto de vista pastoral, estos encuentros eran muy provechosos porque atraía hacia la Iglesia a muchas personas alejadas de ella y a muchos herejes. En cada sitio, se adaptaba a las circunstancias del lugar y de cada persona, contactaba con los pobres, visitaba personalmente a los enfermos y conseguía que todos simpatizaran con él: “He encontrado a un pueblo bueno y llano entre las montañas. ¡Con qué honor acogen y veneran a su obispo”, solía decir. Cuando en alguna parroquia surgía un problema y a él le era imposible acudir, enviaba a algún sacerdote para que le informase minuciosamente de la situación y así buscar soluciones a los problemas planteados.

San Francisco entrega la Regla a Santa Juana Francisca de Chantal. Lienzo de Janez Valentin Matzinger, Galería Nacional de Eslovenia.

San Francisco entrega la Regla a Santa Juana Francisca de Chantal. Lienzo de Janez Valentin Matzinger, Galería Nacional de Eslovenia.

También mostró un celo especial por la catequesis de los niños. Ya en 1603, recién ordenado de obispo, estableció un reglamento que fue mejorando durante los veinte años de su episcopado. Fundó una Confraternidad de la Doctrina Cristiana que estaba formada por seglares que seguían el catecismo de San Roberto Bellarmino, a los que no solo les daba instrucciones, sino que él mismo les daba ejemplo en este sentido. En Annecy, durante muchos años él enseñaba el catecismo a los niños, haciéndolo de forma sencilla y asequible, llena de ejemplos y de parábolas. Por eso, cuando deambulaba por las calles, casi siempre iba rodeado de niños.

El ministerio de la predicación también fue una de sus tareas fundamentales, llegando a darse el caso de tener que pronunciar varios sermones o discursos en un solo día, especialmente, durante la Cuaresma. Fueron famosos los sermones de Dijon en el 1604, donde por primera vez se encontró con Santa Juana Francisca de Chantal, con quien más tarde fundaría la Orden de la Visitación de Nuestra Señora. Fue especialmente intenso su ministerio en París desde noviembre de 1618 a septiembre de 1619, donde predicó más trescientos sesenta sermones en un ambiente que, en un principio se mostraba escéptico, pero que poco a poco se le hizo mucho más favorable. Allí entabló amistad con San Vicente de Paúl y rechazó cordialmente la propuesta que le hizo el rey para que se quedase en París como obispo coadjutor.

En su trabajo de director de almas, escribió numerosas cartas: más de seis mil, de las cuales se han publicado la tercera parte (más adelante hablaremos de esto). Esta cifra y todas las otras actividades de las que ya hemos tratado, nos da una idea de la intensidad de su trabajo diario. Como hombre de una gran cultura tuvo un trato especial con los intelectuales de Annecy y así, junto con Antonio Favre, fundó la “Academia Florimontana” realizando desde 1606 una intensa actividad en cuanto a discusiones teológicas, filosóficas, políticas y cosmográficas. Hizo tal reglamento para esta Academia que llegó a crear unos vínculos muy fraternos entre los académicos. Esta fundación sirvió de inspiración al cardenal Richelieu cuando creó la “Academia de Francia”.

Pero – cosa normal y lógica, dada la condición humana -, con todo este trabajo y durante tanto tiempo también tuvo contratiempos: incomprensión de los poderosos por acercarse demasiado a los humildes, hostilidad por parte de los calvinistas e incluso la indiferencia de algunos amigos que, más que apoyarle, obstaculizaban su ministerio. Él nunca se alteró y siempre tenía puesta su confianza en Dios. Incluso cuando murió su madre y algunas de sus personas más queridas, conservó una admirable calma y serenidad.

Su gran actividad y sus continuos viajes mermaron su salud y por eso, en 1620 quiso tener a su hermano Juan Francisco como coadjutor para él poder retirarse a una vida más solitaria a fin de prepararse para la muerte. Aun así, en el 1622 estuvo en Avignon y en Lyon, donde el día 27 de diciembre fue atacado por una apoplejía. Al día siguiente moría dulcemente; tenía 56 años de edad. Su cuerpo fue llevado a Annecy, pero su corazón, que había quedado en el convento de la Visitación de Lyon, fue llevado a Venecia en tiempos de la Revolución Francesa. En el 1632 se hizo la primera exhumación de su cadáver y se encontró en perfecto estado, incorrupto, flexible y desprendiendo un olor muy agradable.

Fue beatificado en el año 1661 y canonizado por el Papa Alejandro VII cuatro años más tarde. El beato Papa Pío IX en el año 1887 lo proclamó Doctor de la Iglesia, protector de la prensa y patrono de los periodistas. Se le conoce también como el “santo amable”, pues aunque el día de su muerte le extrajeron treinta y tres cálculos de su vesícula biliar, jamás durante toda su vida, había mostrado fatiga ni dolor alguno, estando siempre su rostro sereno y amable.

Urna de San Francisco de Sales, Annecy (Francia).

Urna de San Francisco de Sales, Annecy (Francia).

Su fascinante espíritu no sólo pudieron comprobarlo sus contemporáneos, sino que de alguna manera ha continuado en el tiempo a través de las congregaciones religiosas que se han inspirado en la espiritualidad salesiana. Recordemos por ejemplo, la fundación de San Juan Bosco, inspirada en su método apostólico con los jóvenes o las Oblatas de San Francisco de Sales, fundada por la venerable María de Sales Chappuis. En los artículos de mañana y pasado mañana trataremos de su espiritualidad y de sus escritos.

Antonio Barrero

Bibliografía:
– CIONI, R., “Vita di San Francesco di Sales”, Florencia, 1942.
– DE LA HOZ, F., “San Francisco de Sales. Obras selectas”, Escuela gráfica salesiana, Sevilla.
– GONZÁLEZ, E., “La perfección cristiana según el espíritu de San Francisco de Sales”, Madrid, 1953.
– VAN HOUTRYVE, “El amor al prójimo según San Francisco de Sales”, París, 1944.
– VV.AA., “Bibliotheca sanctorum, tomo V”, Città N. Editrice, Roma, 1991.

Enlaces consultados (21/01/2014):
http://www.diocese-annecy.fr/
http://vistation-lourdes.webnode.fr/
http://commons.wikimedia.org/wiki/Category:Francis_de_Sales

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