San Guillermo de Malavalle, eremita

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Talla del Santo realizada en madera, del siglo XVIII y que se encuentra en Buxheim (Alemania).

Talla del Santo realizada en madera, del siglo XVIII y que se encuentra en Buxheim (Alemania).

Es conocido como San Guillermo el Grande y grande ha sido también la confusión sobre este Santo, alguna de cuyas “vitas” nos han llegado como un claro ejemplo de contaminación de episodios ocurridos en las vidas de otros personajes llamados como él, como es el caso de Guillermo de Gelona – monje contemporáneo del emperador Carlomagno – o de Guillermo X, duque de Guyenne. Aun así, parece bastante seguro que fue un gentilhombre francés del siglo XII.

Después de haber llevado una vida un tanto aventurera como soldado, los remordimientos que le ocasionaron algunos delitos que había cometido, hicieron que la gracia divina hiciera mella en él y, deseando encontrar una cierta paz espiritual, se fue hacia Roma con la intención de visitar las tumbas de los apóstoles Pedro y Pablo y solicitarle al Papa Eugenio III el perdón de sus pecados y una adecuada penitencia. Según la costumbre vigente con los “grandes pecadores”, el Papa le impuso como penitencia ir en peregrinación a Jerusalén, donde llegó en el año 1145 y desde donde volvió a Italia, profundamente cambiado y con el deseo de dedicarse por completo a Dios. Una de esas tradiciones legendarias llega a decir que, debido a su vida disoluta, había sido excomulgado por el Papa en el año 1140 y que cuando Guillermo fue a Roma para pedir la absolución, el Papa, en un principio, se la negó; pero como digo, esto no tiene base histórica alguna.

Esperando encontrar el deseado refugio para su espíritu, se encerró en una cueva cercana a Pisa, en la localidad de Livallia, donde enseguida se reunieron junto a él multitud de discípulos. Viendo que sus esfuerzos para infundir en aquella comunidad un cierto fervor religioso eran inútiles, se marchó de allí y se refugió en el monte Pruno, en una casucha que estaba construida en medio del bosque. Pero de nuevo, su fama de santidad traspasó el silencio del bosque, no tardando en llegar nuevos discípulos que, como aquellos que se le habían acercado en la cueva de Livallia, le dieron más disgustos que alegrías, por lo que en el año 1155 decidió nuevamente abandonarlos y retirarse a una ermita más lejana, pero siempre dentro de la región italiana de Toscana.

Eremo de Malavalle. Antigua ermita construida sobre el sepulcro del Santo.

Eremo de Malavalle. Antigua ermita construida sobre el sepulcro del Santo.

Se marchó a Castiglione della Pescaia, en la diócesis de Grosseto y se asentó en un valle desierto, tan inhóspito y miserable, que era llamado “Malavalle”. Allí se escondió en una cueva subterránea llamada “Stabulum Rodii” con la esperanza de poder perder todo contacto con el mundo exterior. Pero nuevamente fracasó, porque fue descubierto por el dueño del lugar, que le construyó una celda donde estuvo viviendo un cierto tiempo, alimentándose de hierbas silvestres y no teniendo otra compañía que los animales del campo. Así estuvo tranquilo unos cuatro meses hasta que llegó adonde él estaba un nuevo discípulo llamado Alberto (el beato Alberto de Siena). éste sería quién, a la muerte de su maestro, escribiría una “vita” que es la fuente más fiable en cuanto a su biografía, pero que muy pronto fue copiada por un monje llamado Teobaldo, quien le incluyó algunos datos falsos, que han sido los que han causado la confusión de la cual empecé hablando en el artículo.

Pero si bien podemos tener como inciertas algunas de las cosas que de él se cuenta en su etapa anterior a la conversión, son plenamente creíbles las informaciones posteriores a la misma. Así, por ejemplo, sabemos que el santo siempre llevaba puesto un cilicio, que dedicaba gran parte de su tiempo a la oración y a la contemplación y que se ganaba el sustento trabajando manualmente. Así, de ese modo, le enseñó con su ejemplo a Alberto, cual había de ser el camino de la perfección y lo hizo con tanta eficacia que, como he dicho, su discípulo también es venerado como beato.

Entre otras dotes extraordinarias, tuvo el don de profecía y una prueba de ello es que un día, en el que Alberto se mostraba inquieto por estar viviendo en tanta soledad, le predijo la inmediata llegada de otro compañero. Y así fue: un médico llamado Rinaldo, había abandonado su forma de vida y buscó a Guillermo para que le guiase espiritualmente. Pero mientras Rinaldo se ausentaba durante unos días para arreglar unos asuntos, Guillermo cayó gravemente enfermo y Alberto tuvo que acudir urgentemente a Castiglione para que el sacerdote de la localidad se acercase a llevarle los últimos sacramentos. Después de morir en sus brazos, Alberto, con la ayuda de Rinaldo que había vuelto, dio sepultura a Guillermo y sobre su tumba erigieron una pequeña capilla. Era el 10 de febrero del año 1157.

Escultura del Santo, obra de Georg Anton Machein (1715). Bad Schussenried, Alemania.

Escultura del Santo, obra de Georg Anton Machein (1715). Bad Schussenried, Alemania.

Los dos discípulos – Alberto y Rinaldo – continuaron allí siguiendo la vida que Guillermo les había enseñado y, en torno a ellos, se fue formando una comunidad, que Alberto denominó “Orden de los ermitaños de San Guillermo” o “Guillermitas”, que rápidamente se extendió por toda Italia, Francia, Alemania y Países Bajos y cuya Regla fue aprobada en el año 1211. Su forma de vida era tan rigurosa, que el Papa Gregorio IX mitigó tanta austeridad y les forzó a someterse bajo la Regla de San Benito.

Aunque oficialmente, Guillermo nunca ha sido canonizado, el Papa Alejandro III, a instancias del obispo de Grosseto, ordenó que en su diócesis se celebrase todos los años la fecha de su muerte, lo que equivale a una beatificación. El 8 de mayo del 1202, Inocencio III, con la bula “Ex litteris” – que algunos equiparan a la canonización – renovó el permiso para seguir celebrando dicha festividad, permiso que nunca ha sido revocado y que sirvió de base al cardenal Cesar Baronio para incluir a San Guillermo en el Martirologio Romano el día 10 de febrero. Pío II cambió la fiesta al día 1 de mayo y con la reforma litúrgica de 1969, se trasladó al día de hoy, aunque en muchas localidades sigue celebrándose el 10 de febrero. El día 20 de agosto del año 2002, se realizó el reconocimiento canónico de sus reliquias.

Durante las luchas entre Siena y Grosseto, fue destruido el primitivo monasterio y en el año 1224 se dispersaron las reliquias del Santo. La mayor parte de las mismas pasaron a la parroquia de San Juan Bautista en Castiglione della Pescaia, mientras que parte del cráneo fue llevado a Alemania a un convento de dominicos y, posteriormente, a la casa que los jesuitas tenían en Amberes. En el año 1707, parte de las reliquias del Santo fueron encontradas en Tirli (Florencia).

Reliquias del santo en Tirli (Florencia).

Reliquias del santo en Tirli (Florencia).

Sobre el lugar del primitivo cenobio, se reconstruyó una nueva iglesia en honor al Santo, iglesia que el Papa Pío IV puso bajo la encomienda de Bartolomé Conchino, un noble oriundo de Penna, quien junto con su hijo y con la ayuda de Cosme de Médici, la restauró y adecentó para que la habitasen los frailes agustinos, los cuales han convertido Malavalle en una tierra floreciente, donde se cultiva actualmente vides y olivos.

Antonio Barrero

Bibliografía:
– MOTTIRONI, S., “Bibliotheca sanctorum” tomo VII, Città N. Editrice, Roma, 1988

Enlace consultado (30/08/2013):
http://es.wikipedia.org/wiki/Guillermo_de_Maleval

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