San José Benito Cottolengo, presbítero y fundador

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Óleo-retrato del Santo.

Óleo-retrato del Santo.

Introducción
La ciudad Turín, al norte de Italia, tiene dentro de su área el recuerdo y el sepulcro de muchos santos en comparación con otras ciudades; lo singular del caso es que ellos vivieron y trabajaron por el Reino de Dios allí mismo, dando testimonio de su fe en Jesucristo. Ya desde el comienzo del cristianismo hasta bien entrado el siglo XX, encontramos admirables ejemplos de santidad, siendo desde la segunda mitad del siglo XIX y la primera mitad del XX la conjunción del tiempo donde convivieron la mayoría de ellos. A continuación veamos el elenco de estos personajes de los cuales ya muchos de ellos tienen un artículo elaborado.

Comenzamos con los Santos Mártires de Turín Adventor, Solutor y Octavio, San José Cafasso, San Juan Bosco, Santa María Dominica Mazzarello, Santo Domingo Savio; por un tiempo vivieron allí los Santos Luis Versiglia y Calixto Caravario, que murieron mártires en China, San Luis Orione, San Luis Guanella, San Leonardo Murialdo. En el grupo de los Beatos hallamos al Beato Miguel Rúa, Beato Felipe Rinaldi, Beata Magdalena Morano, Beato Francisco Faa di Bruno, Beato José Allamandi, Beata Juana Francisca de la Visitación Michelotti, Beato Pedro Jorge Frassati y entre las candidatas al honor de los altares están la Venerable Margarita Occhiena, la Sierva de Dios Julia Colbert y su esposo el Siervo de Dios Carlos Tancredi. Esta lista no estaría completa si no se hablara de San José Benito Cottolengo, sacerdote ejemplar, promotor de la caridad y cuya obra es toda una institución. Valga este artículo como un homenaje a este santo en el día de su celebración.

Biografía
San José Benito Cottolengo nació en Bra, en el Piamonte, el 3 de mayo de 1786, siendo el primogénito de una familia de doce hermanos formado por Agustín Cottolengo y Benita Chiaretti, la cual tuvo una sólida formación cristiana, aprendiendo de su madre la preocupación por los pobres y necesitados.

Grupo escultórico del Santo con su lema: "El amor de Cristo nos urge".

Grupo escultórico del Santo con su lema: “El amor de Cristo nos urge”.

Sus estudios en el Seminario fueron difíciles pues no tenía capacidad para ellos, por lo que se encomendaba a Santo Tomás de Aquino para que le ayudara a estudiar y comprender, para obtener inteligencia y buena memoria, lo que logró por intercesión del Doctor Angélico. Al concluir sus estudios sacerdotales, fue ordenado en la capilla del Seminario de Turín por Monseñor Pablo Solaro el 8 de junio de 1811. Entones se dedicó a la dirección de almas y preocupado por las obras sociales y de caridad, sobresalió por su dedicación a los pobres y enfermos sin recursos.

Alternó estas actividades con los estudios teológicos, en los que quien antes tenía dificultades, ahora era sobresaliente, lo que le hizo ganar una canonjía en la Colegiata del Corpus Domini, un templo muy querido en Turín y construido para conmemorar un milagro eucarístico. Demostró entonces una gran habilidad para la predicación mientras en su alma se despertaba una gran inquietud espiritual que le hacen buscar la contemplación, la renuncia a las cosas superfluas y la búsqueda de una dirección que le impulsara a un apostolado de acción social cuyos destinatarios fueran los últimos y más olvidados por la sociedad. Cabe señalar que en este tiempo y por estas razones se inscribió en la Tercera Orden de San Francisco de Asís, lo cual le serviría para ver como hermano y amarle como tal al despreciado por ser marginado, enfermo y pobre.

El 27 de septiembre de 1827 asiste a la muerte de María Gonnet, que murió porque ningún hospital la quiso atender, dejando varios hijos en la orfandad. Así tuvo la inspiración de fundar un hospital que socorriera todo tipo de enfermos rechazados por las instituciones existentes, fundando dicha obra en un local anexo a la iglesia donde era canónigo. Los inicios de esta obra fueron sencillos, con espacio reducido y con lo más imprescindible para asistir a sus destinatarios, contaba con el apoyo de algunos voluntarios, varias jóvenes aspirantes a la vida religiosa y de unos cuantos seglares asalariados. Fue así como nació el Instituto de la Divina Providencia, germen del posterior proyecto social del santo.

Estampa devocional italiana del Santo.

Estampa devocional italiana del Santo.

Este lugar pronto resultó insuficiente y dado que en 1831 hubo un brote de cólera, las autoridades clausuraron el establecimiento aunque con la disposición de reabrirlo en otro lugar adecuado y cercano. Las dificultades no lo alteraron pues siempre estuvo confiado en la Divina Providencia en quien había depositado su vocación a la caridad. Pronto hubo un lugar disponible donde inició la Pequeña Casa de la Divina Providencia en abril de 1832. Desde este núcleo se recibieron como preferidos a los más necesitados y excluidos. Las camas pronto pasaron de cinco a ciento cincuenta sin faltar el apoyo legal, con la colaboración de jóvenes de ambos sexos que dieron origen a congregaciones de oración y escuelas. Pronto el edificio recibió el nombre del fundador: “El Cottolengo”. Los enfermos allí recluidos recibían apoyo moral, cuidado de su salud y formación religiosa. Para este fin, el santo instituyó a las Damas de la Caridad, a las que nombró Vicentinas, aunque el pueblo las llamaba coloquialmente “Cottolengas”.

Liberal y profuso, repartía a manos llenas cuanto disponía sin preocupación por el cálculo. Distribuyó a los enfermos por áreas según la enfermedad que padecían, así surgieron proyectos para adolescentes con asistencia e instrucción, formación de oficios, el cultivo de la vocación religiosa, residencia para sordomudos, acogida para niños sin familia, enfermos psíquicos e inválidos. El lugar pronto adquirió el carácter de una ciudad autónoma con medios e instituciones propias que ayudaban en su sostenimiento: panadería, sastrería, carnicería, etc.

Para un mundo actual donde todo gira en torno al dios dinero, San José Benito Cottolengo causa estupor por su confianza ciega en la Divina Providencia, que hace salir el sol sobre buenos y malos y que manda la lluvia sobre justos e injustos. Sin preocuparse por el mañana y vivir al día con sus propios problemas, rechazó ayudas económicas oficiales y rentas fijas, hubo entonces cuentas que eran saldadas de manera admirable, con la ayuda de la Santísima Virgen María. No faltaron tampoco los milagros en favor de los necesitados como cuando el santo multiplicó los alimentos para dar abasto a todos. Cuando faltaba algo necesario, enseguida hacía buscar una cama vacía y concluía, cuando era hallada, que Dios no enviaba lo necesario por ello.

Procesión con las reliquias del Santo.

Procesión con las reliquias del Santo.

Entre sus pensamientos podemos hallar los siguientes:
– “¿Vivimos entre angustias y estrecheces? Demos lo que nos queda para dar vía libre a una mayor Providencia: Si no hay camas, aceptaremos enfermos, si no hay pan y vino, aceptaremos más pobres”.
– “Estén seguros que la Divina Providencia no falta nunca…si alguna vez faltare algo, no puede ser sino por nuestra falta de confianza”.
– “Es necesario confiar siempre en Dios, si Dios responde con su Divina Providencia a la confianza ordinaria, proveerá extraordinariamente a quien extraordinariamente confíe”.
– “Qué gran injusticia harán a la Divina Providencia si dudasen de ella un solo momento y – y que Dios no lo permita – se quejen de ella”.
– “Queden tranquilos, no tengan miedo, todos nosotros somos hijos de tan buen Padre que piensa más en nosotros que nosotros en Él.”
– “No anoten lo que la Divina Providencia envía y no quieran saber el número de enfermos, cometerían una indelicadeza con la Divina Providencia. Ella es más práctica que nosotros en la teneduría de libros y no nos necesita, no nos mezclemos en sus asuntos”.
– “En la “Pequeña Casa” no se debe rezar nunca por el pan material, Nuestro Señor nos ha enseñado a buscar el Reino de Dios, que todo lo demás se nos dará por añadidura y nosotros debemos rezar así”
.

No en vano el P. Fontana, un oratoriano de Turín decía: “Se encuentra más fe en el Canónigo Cottolengo que en toda Turín”. Y ello porque el Santo decía: “Creo más en la Divina Providencia que en la existencia de Turín”.

Urna con las reliquias del Santo.

Urna con las reliquias del Santo.

San José Benito Cottolengo murió el 30 de abril de 1842 a los cincuenta y seis años. Fue beatificado el 29 de abril de 1917 por el Papa Benedicto XV y canonizado el 19 de marzo de 1934 por el Papa Pío XI, quien lo definió como “Genio del bien”.

La obra por él iniciada, continúa viva después de su paso por esta vida; según su carisma, es un monumento a la Providencia de Dios. La inquietud social que brotó de su preocupación por los más necesitados, hace que los beneficios de la caridad sigan llegando actualmente para socorrer a muchísimas personas que acuden a este lugar.

Humberto

Bibliografía
– MARTÍNEZ PUCHE, José A. Nuevo Año Cristiano: abril, EDIBESA, Madrid, pp. 408-410.
– VV.AA., Año Cristiano: abril, BAC, Madrid, 2003, pp. 672-676.

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