San José Cafasso, presbítero

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Estampa ottocentesca del Santo reproduciendo un retrato.

Estampa ottocentesca del Santo reproduciendo un retrato.

Introducción
La gratitud, más que una cualidad de urbanidad y buenas maneras, es una virtud que proviene de la caridad. La caridad es entrega y donación, y también es agradecimiento. Mucho de lo que somos y tenemos, lo debemos a la ayuda de otro. Este artículo trata sobre San José Cafasso, un sacerdote secular entregado de lleno a su ministerio. A él, la familia salesiana lo recuerda en su calendario sin haber sido miembro de esta congregación. Esto se debe a un reconocimiento filial por la ascendencia que tuvo en la vida de San Juan Bosco, en agradecimiento al apoyo que le dio en vida a su obra.

No es posible hablar de una santidad sin educación y sin buenos modales. Es más, esto debe ser parte de la vida cristiana. Es tan fácil decir “por favor” y “gracias” y es triste constatar que estas formas están olvidadas. Uno de los prefacios del misal romano dice en su texto: “es un don tuyo – de Dios- que seamos agradecidos”. A nadie le agrada que se tengan descortesías con la ayuda y favores que hace. La ingratitud es una actitud mal vista por todos. Quiera Dios que al leer este artículo nos quede la inquietud de ser agradecidos y que nos impuse a dar el reconocimiento a tantas personas que han pasado por nuestras vidas y que de una u otra forma nos han hecho el bien sin esperar nada a cambio.

Primeros años
Nuestro Santo nació el 15 de enero de 1811 en Castelnuovo d´Asti, en el seno de una familia profundamente cristiana. Fue un niño dócil y piadoso, hogareño y aficionado a la Iglesia, recibiendo por ello el apodo del “santito”. Una de sus hermanas será madre del Beato José Allamand. En su juventud mantuvo firmemente los propósitos de ser bondadoso, con una vida llena de recogimiento y con mucha oración. Ingresó en el seminario el 1 de julio de 1827. San Juan Bosco, su paisano, lo conoció en ese año durante una fiesta popular. El niño Juan Bosco, vivaracho como era, se ofreció al seminarista para acompañarlo a los espectáculos de la ciudad. Años más tarde, Don Bosco recordará las palabras que le dijo el joven clérigo: “Querido amigo, las diversiones de los sacerdotes son las funciones de la Iglesia, cuanto más devotamente se celebran, tanto más gustan. Nuestras novedades son las prácticas religiosas, siempre renovadas y dignas, por tanto, deben frecuentarse con la mayor diligencia”. Al concluir sus estudios, fue ordenado sacerdote el 21 de septiembre de 1833.

Monumento al Santo en Turín, Italia.

Monumento al Santo en Turín, Italia.

Ministerio
Una vez ordenado presbítero, se sentía insatisfecho con su preparación para desempeñar su ministerio. Por eso, determinó abandonar la casa paterna y habitar el Convictorio Eclesiástico de Turín, fundado precisamente para ese fin gracias a las inquietudes de dos sacerdotes: Pío Bruno Lenteri y Luis María Fortunato Guala, que era rector a la sazón. Este lugar resultó ser la palestra donde Cafasso perfeccionaría su sacerdocio y terminaría siendo su campo de apostolado más fecundo. Allí obtuvo una sólida cultura teológica y una madurez espiritual admirable. Aquí descubre su verdadera vocación de transmitir al pueblo de Dios, y aun antes al clero, una sana y comprensible moral cristiana, cuya enseñanza estaba entonces contaminada por el jansenismo (doctrina que especulaba que Dios era un ser justiciero y que el ser humano era indigno de él, por lo que debía hacer muchas obras, especialmente de penitencia, para obtener méritos que lograran atraer su atención).

Una vez que recibió la licencia para confesar, se convirtió en un diestro director de almas, que se acogían con alegría y confianza a sus consejos y directrices eficaces. En la iglesia de San Francisco de Asís, anexa al Convictorio, pasaba largas horas en el confesionario, atendiendo a numerosas personas, no sólo laicos, sino también a numerosos sacerdotes. Pronto se le encomendó la Cátedra de Moral, acorde a su preparación. Fueron alumnos suyos una buena parte de los sacerdotes del clero turinés. Como inspiradores de su trabajo pastoral tuvo a San Francisco de Sales y San Alfonso María de Ligorio. Del primero aprendió la suavidad de espíritu y del segundo la manera de estudiar la Teología Moral. Basando su enseñanza en la doctrina de estos dos santos, se hizo respetar por todo el clero de Turín.

Padre de la horca
Por este tiempo inicia otro apostolado, por el cual será recordado: su ministerio como confesor entre los presos, particularmente los castigados con la pena capital. De entre ellos obtendrá numerosas conversiones, porque estaba a su lado para darles ayuda espiritual y asegurarles la misericordia divina si la aceptaban en su corazón. Las puertas de las cárceles de Turín estaban abiertas a su apostolado. Era amable con los presos porque éstos le recordaban a Cristo prisionero. Los condenados a muerte lo requerían a su lado como a un ángel guardián que daba un gran consuelo en el momento del suplicio. Dios hizo fecundo este ministerio, pues durante cerca de veinte años en que realizó esta obra de caridad, los setenta y ocho reos que tuvo que asistir abandonaron este mundo en la amistad de Dios, muchas veces con signos de un extraordinario arrepentimiento. Por ello fue conocido como “El Padre de la Horca”, pues este instrumento de castigo y de muerte lo convirtió en un medio de salvación y de vida eterna.

Lienzo del Santo en el Oratorio de San Francisco de Sales, Turín (Italia).

Lienzo del Santo en el Oratorio de San Francisco de Sales, Turín (Italia).

Director del Convictorio
Con la muerte de Don Guala en 1848, todos volvieron la mirada a Don Cafasso, seguros de que no habría mejor Director que él para el Convictorio Eclesiástico. Será su alma hasta la muerte y la formación del clero será su más profunda inquietud. De este lugar saldrán los párrocos celosos, directores espirituales preparados y muchos sacerdotes capacitados para ser los animadores de las comunidades cristianas. Junto a estas actividades, se empeñó en ser un buen predicador. Predicó incansablemente el Evangelio por todo Turín y a sus alumnos les insistía la importancia del Ministerio de la Palabra.

Apóstol en Turín
Hombre de caridad amplia y profunda, pedía limosna para repartirla a manos llenas; austero consigo mismo, todos sus ahorros eran para los pobres. Evitaba todo regalo y comodidad para sí mismo y vestía un cilicio que lo mortificaba. Dedicaba especial atención a los Ejercicios Espirituales, de los cuales muchas personas salían convertidas y renovadas. Por ello, el arzobispo de Turín le confió también la Casa de Ejercicios de la archidiócesis. Celebraba la misa con el amor de un serafín y su amor a la Eucaristía era ardiente y contagioso: inculcaba a sus sacerdotes la devoción al Santísimo Sacramento como centro de su vida espiritual. A esta devoción unió un sólido y filial amor a la Madre de Dios, siendo un hijo fidelísimo de Ella y cuyo cariño inculcó también a los sacerdotes con especial afán.

A su lado acudían doctos e ignorantes, pobres y ricos, nobles y plebeyos, militares, prelados, obispos; todos ellos ansiosos de una consulta y un consejo. A todos atendía, sin rechazar nunca, a pesar del cansancio que tenía. Los atendía con cordialidad y afabilidad. Quienes recibían de su boca una palabra de aliento, tenía la convicción de que tenía el sello inequívoco de la verdad divina.

Vista del sepulcro del Santo. Iglesia de la Consolata, Turín (Italia).

Vista del sepulcro del Santo. Iglesia de la Consolata, Turín (Italia).

Don Cafasso y Don Bosco
Cuando era un sacerdote recién ordenado, San Juan Bosco fue alumno del Convictorio. Allí San José Cafasso reconoció la grandeza del alma del Santo de la Juventud y lo apoyó en sus aspiraciones, brindándole un apoyo moral que fue su soporte para fundar la Congregación Salesiana. Don Cafasso fue su confesor de 1841 a 1860. Siempre le otorgó un sostenimiento espiritual y lo defendió con su autoridad y prestigio en las maledicencias, contrariedades y dificultades. Luego de su muerte, Don Bosco escribirá una biografía suya. En las Memorias del Oratorio, San Juan Bosco refiere de San José Cafasso: “Don Cafasso, que ya desde hace seis años me orientaba fue ante todo mi director espiritual, y si he hecho algún bien, se lo debo a este excelente sacerdote, pues desde el comienzo, puse en su manos todas las decisiones, los problemas y realizaciones de la vida”. Don Cafasso fue además de un guía para Don Bosco, un gran colaborador para su obra. Además de estampas, medallas, crucifijos y libros para premiar a sus muchachos, le daba al Santo Fundador de los Salesianos ayuda en especie y dinero para sustentar a los muchachos. Incluso le permitió usar el patio interior del Convictorio como un espacio de recreo para ellos.

Muerte y culto
Sin haber alcanzado los cincuenta años, agotado por el incesante trabajo apostólico, murió el 23 de junio de 1860. En la oración fúnebre, hecha por Don Bosco, lo recordaba como modelo de vida sacerdotal, maestro del clero, consejero seguro, alivio de los enfermos, consuelo de los moribundos y amigo de todos. Fue beatificado el 3 de mayo de 1925 por el Papa Pío XI y canonizado el 22 de junio de 1947 por el Papa Pío XII. El calendario de la familia salesiana lo recuerda el día de su nacimiento al cielo con el grado de memoria obligatoria. Sus restos se veneran en la iglesia de la Consolata en Turín.

Detalle de la figura que contiene las reliquias del Santo. Iglesia de la Consolata, Turín (Italia).

Detalle de la figura que contiene las reliquias del Santo. Iglesia de la Consolata, Turín (Italia).

Oración
Tú diste, Señor, a San José Cafasso, sacerdote, dones extraordinarios de caridad y sabiduría para formar en la escuela del Evangelio a los ministros de la Palabra y del Perdón: concédenos también a nosotros ser instrumentos de tu paz. Por…

Humberto

Bibliografía:
– MARTÍNEZ PUCHE- José A. Nuevo Año Cristiano: Junio, Editorial EDIBESA, Madrid, 2002, pp. 439-442.

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