San José Moscatti, médico

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Fotografía del Santo.

Fotografía del Santo.

Introducción
“Su fama se extendió por toda la Siria, y le llevaban a todos los enfermos, afligidos por diversas enfermedades y sufrimientos: endemoniados, epilépticos y paralíticos, y él los curaba” Mt. 4, 24.

La santidad no es un privilegio de los clérigos o consagrados, los laicos bautizados, que son la mayoría que integra el Cuerpo Místico de Cristo que es la Iglesia, también están llamados a ser luz del mundo y sal de la tierra. Por ello, cuando nos encontramos con el ejemplo de un laico elevado al honor de los altares, su vida se expone con más atención porque los frutos que ofrece son interesantes y con muchos ejemplos que se pueden imitar.

San José Moscatti es un santo que conjuga en su vida la ciencia y la fe, la razón y la religión, el ser laico y estar bautizado. Su vida nos ofrece una directriz de cómo vivir en el mundo con la mirada puesta en el cielo, amalgamando el estudio con la investigación junto con la piedad y la caridad. Fue un seglar que hizo de su vida una misión con sabor auténticamente evangélico. Por eso su vida de médico creyente, de católico practicante, resulta atrayente e iluminadora por su compromiso con el mundo de los enfermos y con el área de la sanidad, por la práctica de la fe en un trabajo profesional: “Perseverad en el amor a la verdad, a Dios que es la verdad misma, a todas las virtudes, y así podréis ejercer vuestra profesión como una misión”.

Orígenes
Nació el 28 de julio de 1880 en Benevento, hijo de Francisco Moscatti, un magistrado, y de Rosa de Lucca, descendiente de los Marqueses de Rosato. Fue bautizado el 31 de julio siguiente. En 1883, por causa del trabajo de su padre, su familia tiene que vivir en Ancona y en 1884 radica definitivamente en Nápoles, donde su vida exhalará el suave olor de Cristo. En 1888 hace su Primera Comunión mientras estudia en el Instituto Vittorio Emmanuele. En 1897 se matricula en la Facultad de Medicina. El 21 de diciembre de ese año muere su padre, el 3 de marzo de 1900 recibe el sacramento de la Confirmación, en 1903 obtiene el doctorado en medicina con las mejores calificaciones, presentando una tesis sobre la urogénesis hepática. Al año siguiente muere su hermano Alberto y comienza la maravillosa experiencia de trabajo en el Hospital de Santa María del Popolo.

San José Moscati, "el médico santo". Lienzo contemporáneo.

San José Moscati, “el médico santo”. Lienzo contemporáneo.

Médico
Su labor en el medio sanitario despertó en él una profunda empatía y gran preocupación por las personas que sufrían entre cuatro paredes de un hospital, a la vez que le descubrió la profunda caducidad de las cosas. Crece en la piedad, viviendo convencido que la profesión que ha elegido, debe de ir de la mano de la práctica de una caridad dinámica, así, en Nápoles, José crece como persona, como profesional y como creyente.

Su vida transcurre entonces enfrentando el peligro del contagio y de la muerte, como cuando en 1906 hubo una erupción del Vesubio y ayudó a trasladar unos enfermos en Torre del Grecco. Al sacar al último paciente, el hospital se vino abajo por el peso de la ceniza que soportaba el techo. O como en 1911 atendió a los enfermos del contagio del cólera. Al iniciar la Primera Guerra Mundial está a cargo del reparto militar. Antes ya había dado su servicio docente en el Hospital de los Incurables. En 1914 fallece su madre. La vida y la muerte se cruzan en su camino como algo normal, pero también lleno de sacralidad.

Veinticuatro años de servicio profesional lo hicieron como un sacerdote de cuerpos, en los que veía que en el ser humano no hay dicotomía, pues el alma y el cuerpo integren una unidad, una persona, en la que el malestar físico afecta al alma y donde la muerte de ésta origina la enfermedad del cuerpo. Su vida laboral fue más bien un apostolado, con la que buscaba su propia salvación y la de otras almas, conquistando para Cristo sus voluntades y sus existencias. Este proyecto de vida se realizaba entre dos ejes: el hospital y la universidad, ejerciendo la medicina como un servicio cristiano, sanando los cuerpos y también las almas. A sus enfermos refería: “La vida para mí es un deber, ayudadme para que mis escasas fuerzas se conviertan en un apostolado”.

Por sus enfermos sacrificó la vida, el tiempo, su patrimonio y la familia. Él reconoció en la persona que sufre a Cristo doliente, que tiene que ser atendido con prontitud, con responsabilidad y con amor. Decía: “Tenemos ante nosotros un cuerpo que contiene una alma inmortal”.

Fotografía del Santo.

Fotografía del Santo.

Investigación
Su dedicación al estudio de la Palabra de Dios le causó un afán por buscar y estudiar la verdad, no como algo abstracto, sino como una realidad concreta. Al respecto comentaba: “Ama la verdad, mostrándote como eres, sin fingir, sin miedo”. Frente a la fragilidad del hombre ponía la grandeza de Dios, estaba convencido que el ser humano tendría más progreso si se unía al Creador, las objeciones humanas serían suplidas con la sabiduría divina. No se oponía al progreso que la ciencia iba logrando, pero siempre proponía que la conciencia del hombre no puede manipular el misterio de la vida y que ningún acomodo moral podía respaldarlo. Su lección moral se sitúa entre el respeto a la sacralidad de la vida y de la dignidad de la persona humana. Para él, el dominio de la ciencia puede hacer que el hombre tenga una capacidad casi divina a través de la ingeniería genética, pero esta manipulación que no es una creación, no debe detenerse en una sola función meramente reproductora, ya que la vida es el amor de Dios hecho carne. El equilibrio que logró entre ciencia y fe es una conquista personal, porque “la ciencia no excluye la fe, antes bien, está necesita de su complemento”.

En nombre del gobierno italiano participó en los congresos internacionales de Budapest y Edimburgo. En la cátedra impartió anatomía patológica, química fisiológica y medicina general. Son notables sus investigaciones sobre los efectos del glucógeno en el cuerpo humano. Entre sus obras se encuentran treinta y dos publicaciones científicas.

Hombre de fe
El Doctor Moscatti era un creyente. Descubrió a Dios en las maravillas de la creación que contemplaba en la naturaleza. Aquí estaba la presencia del Omnipotente, ante cuyas pruebas es imposible no creer. Tenía un brillante porvenir en la investigación, pero renunció a éste porque entendió que tenía que atender “la carne dolida de los enfermos” que es la persona de Cristo. En un tiempo en que se quería primar el positivismo sobre lo espiritual, proclamaba: “El médico se encuentra en una posición de privilegio, no debe preocuparse sólo del cuerpo, sino del alma con el consejo espiritual para comprender el misterio de ese corazón e inflamarlo de nuevo, para amarlo como a nosotros mismos”.

Lienzo-retrato del Santo usado como estampa.

Lienzo-retrato del Santo usado como estampa.

Así, tenemos que su vida comenzaba diariamente con la misa cotidiana, alimentándose de la Eucaristía. No podía ser un profesional ni realizar su apostolado si no se unía a Cristo para portarlo y llevarlo a los demás. Cuántas madrugadas fueron testigos de su caminar a la iglesia para encontrarse con el Divino Médico, para contarle sobre sus enfermos y pedirle por ellos. Por ello visitaba a los más miserables sin cobrar honorarios, dejando muchas veces discretamente dinero, medicina y ropa o despensa. A las 8.30 de la mañana estaba puntualmente en el hospital para continuar con su trabajo.

Hombre sencillo y práctico, que se escondía de los reflectores, que se alejó de las vanidades y las alabanzas; con una conciencia serena que le hacía trabajar honestamente, siempre distante de las envidias, siendo señor de su vida y siervo de los pobres que sufren. Su amor a la Virgen María era el de un hijo constante y piadoso. El rezo del rosario era habitual en él, y su devoción a la Madre de Dios tiene dos referencias: Nuestra Señora de Loreto, cuya casa conoció desde pequeño; y Nuestra Señora del Rosario de Pompeya, cuyo santuario tiene un alcance regional en Nápoles.

Todo el día lo distribuía en el hospital y las aulas de la Universidad, tratando de llevar la luz de Cristo para sanar las almas que allí asistían. Su celo por la salvación del prójimo se hizo patente en cierta ocasión en que asistía a una conferencia en la Universidad, que era en esos tiempos como un santuario del ateísmo, regido por la masonería. Uno de los presentes, un docente ya muy anciano, había sido maestro de Moscatti, siendo un reacio incrédulo que en alguna conferencia había manifestado su desprecio a Jesucristo; pues era masón y había ocupado altos cargos en las logias. Pues en un momento dado cae fulminado por un ataque, causando el alboroto entre todos los presentes. Era claro que estaba muriendo. San José Moscatti cruzó la mirada con su antiguo maestro y en ella leyó una súplica que solamente él entendió y que rápidamente atendió. Antes que nadie recobrara la calma, ya estaba de vuelta con un sacerdote que dio los auxilios espirituales a aquel que se declaraba enemigo personal de Cristo. Afortunado de él que descubrió entre los asistentes al que fue su alumno y que tenía fama de ser católico practicante, y que resultó algo insólito en ese lugar donde ni por error pisaba un sacerdote. Una buena muerte lograda por el doctor Moscatti.

Fotografía del Santo en su juventud.

Fotografía del Santo en su juventud.

El médico Santo
Así era conocido por muchos y con sobrada razón. Se recuerda como una vez, a petición de los trabajadores del tren en que viajaba, se bajó del mismo para auscultar a un compañero de ellos que vivía por el camino. Lo revisó y lo primero que dijo fue: “Primero hay que pensar en la salud del alma y luego en la del cuerpo”. Luego de diagnosticarlo, aseguró que se iba a aliviar. No quiso cobrar sus honorarios y contribuyó con algo para el sostenimiento del enfermo.

Tenía un paciente amigo muy anciano, al que atendía frecuentemente. Lo invitaba a desayunar diariamente cerca de la iglesia a donde iba a misa y allí lo revisaba. Cuando el enfermo no podía asistir a la cita, el médico se desplazaba a la casa de su amigo. De los pobres no aceptaba pago, antes bien, ayudaba de su bolsillo a sus necesidades.

En 1921 le tocó atender al artista Enrique Caruso, que estaba enfermo y al que no lograban aliviar. Cuando lo revisó, se dio cuenta de la gravedad de su mal y le recomendó que acudiera a Jesucristo. Habiendo recibido los sacramentos, el tenor murió cuando se desplazaba de Sorrento a Roma.

Muerte
El 4 de abril de 1927, una semana antes de su muerte, visitó al padre pasionista Casimiro, que llevaba cuatro meses enfermo y dos sin poder celebrar misa. Lo revisó y le dijo que se iba a curar, y que la primera misa que celebraría sería por él. Falleció de manera repentina, pues estaba preparado para ella. La jornada del día en que dejó este mundo estuvo llena de actividades como de ordinario visita a enfermos, trabajo en el hospital, las aulas. Como a las tres de la tarde se sentó agotado en un sillón para reponer sus agotadas fuerzas. No se levantó más.

Vista del altar con el sepulcro del Santo.

Vista del altar con el sepulcro del Santo.

Murió en plena madurez, porque ya había dado lo que tenía que dar. Se entregó por los suyos sin límite ni medida, sin tregua y sin respiro, animado por el Espíritu Santo, se convirtió en una luz que lleno de esperanza a muchos. Como la espiga cargada que se dobla por el peso, así sus méritos lo hicieron digno de una vida nueva. Ya lo había dicho: “Y si por la verdad debes sacrificarte tú mismo y tu propia vida, sé fuerte en el sacrificio”. Vivió su pascua el 12 de abril de 1927. Al día siguiente de su muerte, el Padre Casimiro se preparaba a celebrar la misa. Se enteró con sorpresa de la muerte del doctor y la celebró por su eterno descanso.

Ante sus restos mortales desfilaron autoridades, amigos y todos los que habían recibido un beneficio de su parte. Multitudes se congregaron en su funeral, efectuado el día 14. Estaban presentes profesores, médicos, el Presidente de la Cámara, diputados, senadores, estudiantes, pobres y muchas personas que deseaban dar el último adiós a quien dijo: “No es la ciencia, sino la caridad quien ha transformado al mundo”.

Culto
El afecto que le guardaban sus conciudadanos le hicieron que fuera sepultado en la iglesia del Gesú Nuovo el 16 de diciembre de 1930. Fue beatificado el 16 de noviembre de 1975 por el Beato papa Pablo VI y canonizado por San Juan Pablo II el 26 de octubre de 1987, siendo el primer médico de los tiempos modernos en ser elevado al honor de los altares.

Detalle del sepulcro del Santo.

Detalle del sepulcro del Santo.

Cabe señalar que tiene una parroquia dedicada a él en la ciudad de Lagos de Moreno Jalisco, de la Diócesis de San Juan de los Lagos.

Humberto

Bibliografía:
– DE ECHEVERRÍA, Lamberto; LLORCA, Bernardino; REPETTO BETES, José Luis, Año Cristiano, IV Abril, Biblioteca de Autores Cristianos, Madrid, 2000, pp. 249-255.
– LOPEZ CAMARENA, Juan Antonio, Santos para el Tercer Milenio, Tomo I. Contenidos de Formación Integral. México 2002, pp. 324-327.

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