San Juan de Ávila, apóstol de Andalucía

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Retrato del Santo. Anónimo (s.XVII). Museo de El Greco, Toledo (España).

Retrato del Santo. Anónimo (s.XVII). Museo de El Greco, Toledo (España).

Nació en Almodóvar del Campo (Ciudad Real), el día 6 de enero del 1499, siendo hijo de Alonso de Ávila y Catalina Xixona. Alonso, su padre, era de ascendencia judía, aunque desde hacía varias generaciones su familia se había convertido y su madre Catalina pertenecía a una noble y rica familia castellana. Al bautizarle le impusieron el nombre de Juan y en su pueblo aprendió a leer, a escribir y las primeras nociones de gramática. Con catorce años de edad se fue a Salamanca para estudiar Derecho, pero no llegó a graduarse porque una grave crisis de identidad se apoderó de él. Hay quienes afirman que abandonó los estudios porque la Universidad implantó como requisito el estatuto de limpieza de sangre y, consecuentemente, al ser de ascendencia judía, tuvo que abandonar. Esto podría explicar la crisis de ánimos que le afectó. Entró en un convento del que tuvo que irse y, desanimado nuevamente, se volvió a su casa donde vivió de forma muy austera, casi encerrado en una habitación de la que apenas salía.

Cuando tenía algo más de veinte años de edad, un fraile franciscano le aconsejó que siguiera estudiando, que no se desanimara y logró que Juan se fuera a estudiar Artes y Teología a Alcalá de Henares. Allí se graduó de bachiller y se enamoró de las obras de Erasmo de Rotterdam, humanista y teólogo holandés, cuyas doctrinas estaban entonces de moda. En Alcalá conoció y se hizo amigo de don Pedro Guerrero, futuro arzobispo de Granada. Durante su estancia en aquella ciudad, murieron sus padres. Aunque no se conoce la fecha exacta, antes de la primavera del 1526 se ordenó de sacerdote y fue a cantar misa a Almodóvar, donde sus padres estaban sepultados. Repartió entre los pobres la herencia que le habían dejado – unos cinco mil ducados -, y decidió vivir en la extrema pobreza.

Quiso marcharse como misionero a las Indias y se fue a Sevilla con la intención de embarcarse con el dominico Julián Garcés, que posteriormente sería obispo de Tláxcala. En Sevilla conoció al sacerdote Hernando de Contreras que había fundado un colegio para enseñar humanidades y religión; se conocieron y allí trabajaron juntos durante algún tiempo. Don Hernando comentó con el arzobispo de Sevilla, Alonso Manrique, las dotes de Juan como predicador, por lo que el arzobispo le pidió que predicase en el día de Santa María Magdalena de 1526 en la iglesia sevillana del Salvador. Después de escucharlo, le ordenó por santa obediencia que no se marchara a las Indias, diciéndole que “estas tierras andaluzas serán tus Indias”.

El Santo predicando. Lienzo barroco de Pierre Subleyras (1746).

El Santo predicando. Lienzo barroco de Pierre Subleyras (1746).

Desde entonces y hasta los últimos años de su vida este fue su ministerio: la predicación por toda Andalucía y es por eso por lo que se le conoce como “el apóstol de Andalucía”: Sevilla, Granada, Écija, Córdoba, Utrera, Baeza, Alcalá de Guadaira… y Montilla. Desde el año 1527 al 1531 residió en Écija (Sevilla), donde se dedicó a la predicación, a la catequesis y a la dirección espiritual de cuantos a él acudían. Pero a causa de una de sus predicaciones, fue denunciado por unos clérigos envidiosos ante la Inquisición, quién en 1532 decidió meterlo en la cárcel inquisitorial de Sevilla en la que estuvo hasta el 5 de julio del año siguiente. Después de ser juzgado por herejía, fue absuelto, aunque con la advertencia de que cuidara sus expresiones a fin de que no fueran malentendidas.

La Inquisición le obligó bajo pena de excomunión a que en Écija y en Alcalá de Guadaira (de donde provenían las denuncias en contra suya), diera las debidas explicaciones y aclarase los malentendidos. El lo hizo, pero a finales de 1534 abandonó la archidiócesis de Sevilla, marchándose a Córdoba, donde entró en contacto con fray Luís de Granada que, posteriormente, sería su biógrafo. En la diócesis cordobesa se dedicó de nuevo a la predicación aunque siempre muy atento a las advertencias de la Inquisición. Fue en Córdoba donde se reunieron con él quienes serían sus primeros discípulos.

En el año 1536 marchó a Granada, siendo amablemente acogido en su propia residencia por el arzobispo don Gaspar de Avalos. En tierras granadinas continuó con su predicación y el 20 de enero de 1538, en un sermón que dio en la ermita de San Sebastián, tuvo como oyente a un librero ambulante portugués llamado João Cidade Duarte, el futuro San Juan de Dios. Desde ese día, enfervorizado por lo que había escuchado, Juan Ciudad se dedicó a servir a los enfermos y a los pobres, tomando como director espiritual al padre Juan. Fue su director espiritual hasta el 8 de marzo de 1550, día de la prematura muerte de San Juan de Dios. Desde que se conocieron en la ermita de San Sebastián, hasta su muerte, ambos santos estuvieron estrechamente unidos como lo demuestran las cartas que Juan de Ávila escribió a Juan de Dios.

Reliquia con la mandíbula del Santo. Almodóvar del Campo, España.

Reliquia con la mandíbula del Santo. Almodóvar del Campo, España.

El 13 de agosto de 1537 murió una de sus hijas predilectas, la Sierva de Dios Sancha Carrillo, hija de los señores de Guadalcázar; el padre Juan acudió al entierro y después de dejarla sepultada en Córdoba, volvió de nuevo a Granada. A ella había dedicado la obra “Audi filia et vide”, una obra ascética que es un comentario al salmo 44 y cuya redacción había comenzado cuando estaba preso en Sevilla. Aunque no existe constancia a ciencia cierta, muy posiblemente en Granada se doctoró en Teología, porque desde entonces comenzó a conocérsele con el título de Maestro, titulación que no le era dada a un simple bachiller. Fue representante del arzobispo en el Consejo de la Universidad granadina y el fundador del Colegio de Santa Catalina. En Granada se le unieron muchos clérigos como discípulos suyos, algunos de los cuales vivían en su propia casa, dedicándose exclusivamente a la predicación, la catequesis de niños y la oración.

En marzo de 1538, don Rodrigo López, clérigo de Baeza residente en Roma, consiguió del Papa Pablo III una Bula por la que se fundaba un colegio en Baeza para enseñar a niños y jóvenes, nombrando como gestor del mismo al Maestro Juan de Ávila, el cual estaba en Granada. El marchó a Baeza, dotó al colegio de personal docente y aprovechó su estancia en la ciudad jiennense para dedicarse a la predicación y apaciguar los ánimos entre los habitantes de la ciudad, que estaban divididos en varios bandos. En 1542 el colegio fue elevado a la categoría de Universidad, estableciéndose en ella los estudios de Arte y Teología. Muerto don Rodrigo, el colegio quedó completamente a cargo de San Juan de Ávila, quién dividía su tiempo entre Granada y Baeza.

Relicario del Santo en su casa natal.

Relicario del Santo en su casa natal.

En 1539 tuvo contacto con otro santo: Francisco de Borja. El famoso duque de Gandía había llegado a Granada el día 16 de mayo, llevando consigo el cadáver de la emperatriz Isabel de Portugal a fin de sepultarla en la capilla real de la Catedral. Al abrir allí el féretro y ver el cadáver de la emperatriz descompuesto, Francisco de Borja recibió tal impacto que dijo: “Juro no más servir a señor que se me pueda morir”. Buscó al Maestro Ávila, encontrando en él la ayuda espiritual que necesitaba en aquellos momentos. Francisco de Borja, dirigido por Juan de Ávila, decidió ingresar en la Compañía de Jesús. Ese mismo año tuvo lugar el famoso sermón que convirtió a la “barragana del chantre de la catedral de Córdoba” y que algunos dolores de cabeza le dio a causa de la conversión de la mujer y el acecho del chantre a ambos.

Tenía una inmensa capacidad de trabajo: mientras se ocupaba de la fundación de Baeza, llevaba a cabo otra fundación en Jerez de la Frontera (Cádiz). A finales del año 1540 presentó ante el Cabildo de la ciudad una solicitud para que se fundara un colegio donde se impartiera lecciones de Arte y de Teología. Se consiguieron los permisos de Roma a través de la Orden de Santo Domingo, el colegio se fundó dando él sus primeras clases y encargando la posterior dirección del mismo al maestro Gaspar López. Allí en Jerez también fundó un colegio para niños, dejando a otro de sus discípulos – Juan de Lequeitio – al frente del colegio.

Desde 1541 a 1545 recorrió las provincias de Granada, Jaén y Córdoba, predicando, dirigiendo ejercicios espirituales, confesando y haciendo discípulos a los que encaminaba hacia la Compañía de Jesús. Estuvo tentado de fundar una Congregación religiosa, pero ¿para qué hacerlo si ya San Ignacio había hecho lo que a él le hubiera gustado hacer? San Ignacio – que estaba en Roma -, no renunciaba a que San Juan de Ávila entrase en la Compañía de Jesús y como este se resistía, llegó a decir: “O nosotros nos unimos a él o él a nosotros”. Hay quienes defienden que San Juan de Ávila no entró en la Compañía de Jesús, porque su salud estaba debilitándose y no quiso ser una carga para la Compañía. El seguía predicando por Andalucía y llamado por los condes de Feria en 1545 estuvo en Zafa (Badajoz), realizando hasta 1551 numerosos viajes entre Extremadura y Andalucía.

Relicario con el corazón y otras reliquias del Santo en Montilla (España).

Relicario con el corazón y otras reliquias del Santo en Montilla (España).

Cuando en el 1550 fue convocado el Concilio de Trento, el arzobispo de Granada quiso llevarlo consigo, pero su salud se lo impidió; sin embargo envío los famosos “Memoriales” sobre la reforma del clero y el ministerio de los obispos: quería que el clero viviera conforme a las virtudes evangélicas, que se dedicara al apostolado y a las obras de caridad y que sobre todo, fuera pobre; buscaba más la calidad que la cantidad de sacerdotes, siendo un acérrimo defensor del celibato sacerdotal. Y con respecto a los obispos, decía que abandonaran las cuestiones políticas y se dedicaran exclusivamente a los trabajos pastorales. Como hoy dice el Papa Francisco, San Juan de Ávila también quería “que los pastores olieran a oveja”.

En 1553 logró fundar un colegio en Córdoba, pretensión que arrastraba desde el año 1539 y lo hizo, con la ayuda del deán de la catedral cordobesa y encomendándole la dirección a los jesuitas, para lo cual fue a Córdoba San Francisco de Borja. Sus fundaciones de colegios fueron numerosas: tres universidades, once colegios menores, tres colegios de internos clérigos y una residencia de estudiantes.

Cuando ya, físicamente no podía más, se retiró a Montilla, viviendo con su amigo el padre Villarás y cuando ya no podía escribir, otro amigo le servía de amanuense. En Montilla seguía predicando, confesando y dirigiendo espiritualmente a muchas personas. Allí, entre otros, fueron a visitarle San Juan de Ribera y Santa Teresa de Jesús. Al empeorar su salud, a instancias de los jesuitas, Roma le concedió permiso para que pudiera celebrar la Santa Misa en su propio domicilio. En el mes de marzo de 1569, su enfermedad se agravó y el médico le aconsejó que hiciera testamento: “¿Qué testamento voy a hacer, si no tengo absolutamente nada?”. Su herencia la había entregado íntegramente a los pobres, vivió pobre y murió extremadamente pobre. Murió en la madrugada del 10 de mayo de 1569, en su casita de la calle San Juan, de Montilla. En Montilla se venera la mayor parte de sus restos.

Urna de las reliquias del Santo en Montilla (España).

Urna de las reliquias del Santo en Montilla (España).

En el año 1588, Fray Luís de Granada redactó su primera biografía: “Vida del Padre Maestro Juan de Ávila y partes que ha de tener un predicador del evangelio”. En el año 1635, basándose en la biografía escrita por Fray Luís de Granada y en los documentos del proceso de beatificación, el licenciado Luís Muñoz escribió su segunda biografía: “Vida y virtudes del venerable varón el P. Maestro Juan de Ávila, predicador apostólico; con algunos elogios de las virtudes y vidas de algunos de sus más principales discípulos”.

El proceso de beatificación se inició en el año 1623 a instancias de la “Congregación de San Pedro Apóstol de Presbíteros Naturales de Madrid” y después de un inicio rápido, sufrió una larga e inexplicable paralización que duró hasta 1731, cuando por intervención del cardenal arzobispo de Toledo, se abrió un segundo período que fue mucho más fructífero y rápido. Enviado a Roma el proceso ordinario, se inició el proceso apostólico y así, el 8 de febrero de 1759, el Papa Clemente XIII lo declaró Venerable. Los años comprendidos entre el 1791 y el 1894, fueron decisivos para el éxito del Proceso, siendo beatificado por el Papa León XIII, el 6 de abril de 1894 y canonizado por el Beato Papa Pablo VI, el 31 de mayo de 1975. Previamente, el Venerable Papa Pío XII, el 2 de julio del 1946, lo había declarado Patrono del clero secular español. El 7 de octubre del año 2012, fue declarado Doctor de la Iglesia por parte del Papa Benedicto XVI. Su fiesta se celebra el día 10 de mayo.

Procesión con el relicario del corazón del Santo. Montilla (España).

Procesión con el relicario del corazón del Santo. Montilla (España).

Para que un santo o una santa sea declarado Doctor de la Iglesia, su obra ha de ser prolija y fecunda y la obra de San Juan de Ávila, lo fue, pero a fin de no alargar excesivamente el artículo, hablaremos otro día tanto de su obra como de su espiritualidad.

Antonio Barrero

Bibliografía:
– REPETTO BETES, J.L., “Andalucía, tierra de santos”, Centro de Estudios Históricos Jerezanos, Jerez, 1982.
– SALA BALUST, L., “Obras completas del beato Maestro Juan de Ávila”, dos volúmenes, Biblioteca de Autores Cristianos, Madrid.
– VV.AA., “Bibliotheca sanctórum, volumen II”, Città Nuova Editrice, Roma, 1990.

Enlace consultado (13/09/2014):
http://es.wikipedia.org/wiki/Juan_de_%C3%81vila

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