San Juan XXIII, “el Papa bueno” (II)

Artículo extraído ilegalmente y sin permiso de PreguntaSantoral.es

El Santo fotografiado cuando todavía era cardenal Roncalli.

En octubre de aquel mismo año moría el Papa Pío XII y en un cónclave muy breve, el día 28 de octubre de 1958, el cardenal patriarca de Venecia, que ya tenía setenta y siete años fue elegido Papa asumiendo el nombre de Juan XXIII. En la elección fue determinante la posición de los cardenales franceses.

El día 4 de noviembre, festividad de San Carlos Borromeo, fue coronado solemnemente y el día 23 tomó posesión de la Basílica Lateranense. Todo el mundo pensó que, dada su edad, sería un Papa de transición, destinado a preparar un posterior pontificado a la altura del de Pío XII, pero el escenario cambió el mismo día de su coronación, cuando pronunció una homilía en la que decía que el Papa, además de ser un hombre de Estado, diplomático, científico y árbitro entre los conflictos, tenía que estar abierto al progreso de las ciencias y de la técnica, tenía que actualizar la Iglesia a los nuevos tiempos y diciendo que sólo la figura del Buen Pastor describiría cual iba a ser su misión papal. Todo su pontificado no fue más que el desarrollo de este principio.

Desde el primer momento comenzaron a vérsele pequeños detalles que calaron entre los fieles, que lo veían como un Papa sencillo, cariñoso, humano, cercano: sería llamado rápidamente “el Papa bueno”. Circulaba libremente por todos los departamentos vaticanos, no estaba recluido en sus aposentos papales, conversaba con cualquier persona con la que se encontrase, se acercaba a la cabecera de quienes estaban enfermos o moribundos como si fuera un simple sacerdote que va a visitar a un amigo, no leía al pie de la letra los discursos que le preparaban sino que, con la mayor naturalidad, sobre la marcha improvisaba contando vivencias personales, especialmente cuando se encontraba entre los jóvenes…

Pero además, empezó a cambiar determinadas normas vaticanas. Por ejemplo, desde los tiempos de Sixto V el número de cardenales estaba fijado en setenta, norma que se saltó en su primer consistorio del 15 de diciembre de ese mismo año de su elección. Entre ellos, nombró cardenal a quien sería su sucesor, el arzobispo de Milán, Giovanni Battista Montini, futuro Beato Pablo VI. En las Navidades hizo dos visitas: al hospital del “Niño Jesús” y a los presos de la cárcel “Regina Coeli”, ganándose a la opinión pública mientras que al mismo tiempo, machaconamente, recordaba a los obispos y sacerdotes que el Primado estaba en la caridad y en la acción pastoral. Como he dicho antes, pronto se le llamó el “Papa bueno”, el “Papa de los humildes”, el “Papa de la gente pobre”. En sólo dos meses, consiguió que la prensa universal comenzara a interesarse cada vez más por las cuestiones de la Iglesia.

El todavía cardenal Roncalli fotografiado mientras entraba al Cónclave donde sería elegido Papa.

La culminación de todo esto fue cuando el 25 de enero del año siguiente, dos meses y medio más tarde de tomar posesión de la Cátedra de Pedro, se difundió por todo el mundo la noticia de que había manifestado a los cardenales reunidos con él en la abadía de San Paolo fuori le Mura, su intención de convocar un Concilio Ecuménico, de reunir un Sínodo para la diócesis de Roma y de revisar a fondo el Código de Derecho Canónico. Estos tres objetivos, sobre todo el primero de ellos, tenían como finalidad principal el facilitar el acercamiento entre todos los cristianos, dedicando a esta tarea todas sus energías, demostrando que se acababa la época en la que había dominado la doctrina emanada del Concilio de Trento.

Cuando inauguró el Concilio el 11 de octubre de 1962 afirmaba: “Al iniciarse el Concilio Ecuménico Vaticano II, es evidente como nunca que la verdad del Señor permanece para siempre. Vemos, en efecto, al pasar de un tiempo a otro, cómo las opiniones de los hombres se suceden excluyéndose mutuamente y cómo los errores, luego de nacer, se desvanecen como la niebla ante el sol. Siempre la Iglesia se opuso a estos errores. Frecuentemente los condenó con la mayor severidad. En nuestro tiempo, sin embargo, la Esposa de Cristo prefiere usar la medicina de la misericordia más que la de la severidad. Ella quiere venir al encuentro de las necesidades actuales, mostrando la validez de su doctrina más bien que renovando condenas. No es que falten doctrinas falaces, opiniones y conceptos peligrosos, que precisa prevenir y disipar; pero se hallan tan en evidente contradicción con la recta norma de la honestidad, y han dado frutos tan perniciosos, que ya los hombres, aun por sí solos, están propensos a condenarlos, singularmente aquellas costumbres de vida que desprecian a Dios y a su ley, la excesiva confianza en los progresos de la técnica, el bienestar fundado exclusivamente sobre las comodidades de la vida. Cada día se convencen más de que la dignidad de la persona humana, así como su perfección y las consiguientes obligaciones, es asunto de suma importancia. Lo que mayor importancia tiene es la experiencia, que les ha enseñado cómo la violencia causada a otros, el poder de las armas y el predominio político de nada sirven para una feliz solución de los graves problemas que les afligen. En tal estado de cosas, la Iglesia Católica, al elevar por medio de este Concilio Ecuménico la antorcha de la verdad religiosa, quiere mostrarse madre amable de todos, benigna, paciente, llena de misericordia y de bondad para con los hijos separados de ella. Así como Pedro un día, al pobre que le pedía limosna, dice ahora ella al género humano oprimido por tantas dificultades: “No tengo oro ni plata, pero te doy lo que tengo. En nombre de Jesús de Nazaret, levántate y anda”. La Iglesia, pues, no ofrece riquezas caducas a los hombres de hoy, ni les promete una felicidad sólo terrenal; los hace participantes de la gracia divina que, elevando a los hombres a la dignidad de hijos de Dios, se convierte en poderosísima tutela y ayuda para una vida más humana; abre la fuente de su doctrina vivificadora que permite a los hombres, iluminados por la luz de Cristo, comprender bien lo que son realmente, su excelsa dignidad, su fin. Además de que ella, valiéndose de sus hijos, extiende por doquier la amplitud de la caridad cristiana, que más que ninguna otra cosa contribuye a arrancar los gérmenes de la discordia y, con mayor eficacia que otro medio alguno, fomenta la concordia, la justa paz y la unión fraternal de todos”.

Panorámica del Concilio Vaticano II, en la nave central de la Basílica de San Pedro del Vaticano, Roma (Italia).

Su compromiso con la paz se encontró de golpe con un hecho inesperado: la crisis de Cuba, que pudo ser la causa de un nuevo conflicto mundial que fue evitado gracias a su labor mediadora entre las dos superpotencias mundiales: la U.R.S.S. y Estados Unidos. En este empeño se involucró personalmente. Al tema de la paz y a la superación de los dos bloques militares que dividían a la humanidad desde hacía más de veinte años, le dedicó su encíclica “Pacem in terris” publicada el 11 de abril de 1963, que fue el primer documento pontificio dirigido a “todos los hombres de buena voluntad”. Entretanto fue galardonado con el premio internacional por la paz concedido por la Fundación Eugenio Balzan, que le fue solemnemente otorgado en el Palacio del Quirinal, por el presidente de la República Italiana Antonio Segni, el 10 de mayo de ese mismo año.

Pero sólo siete días después celebraría su última misa, sucumbiendo ante un mal incurable que soportaba desde hacia meses: un cáncer de estómago. Murió la tarde del día 3 de junio, lunes de Pentecostés, después de manifestar por última vez la voluntad de Cristo: “Que todos sean uno”. Sus últimos pensamientos fueron para la unidad de la Iglesia. En aquellos momentos, la plaza de San Pedro estaba llena por una inmensa multitud de personas de todos los credos y razas rogando por la salud del “párroco del mundo” durante una misa que era celebrada por el cardenal pro-vicario de Roma, Luigi Traglia, el cual en su homilía resumió maravillosamente las palabras del evangelio: “Hubo un hombre enviado por Dios, llamado Juan” (Juan, 1, 6). Su muerte fue definida como una muerte ecuménica porque todo el mundo tenía el sentimiento de haberse quedado huérfano; era la primera vez que la muerte de un Papa había suscitado una condolencia universal. Muchas naciones, que pocos años antes se mostraban hostiles con la Santa Sede, participaron activamente en el luto oficial de la Iglesia.

El Santo, fotografiado atendiendo a un franciscano durante una de sus audiencias.

Durante su breve pontificado (28 de octubre de 1958 – 3 de junio de 1963), publicó las siguientes encíclicas: “Ad Petri Cathedram” (29 de junio de 1959), “Sacerdotii Nostri Primordia” (1 de agosto de 1959), “Grata Recordatio” (26 de septiembre de 1959), “Princeps Pastorum” (28 de noviembre de 1959), “Mater et Magistra” (15 de mayo de 1961), “Aeterna Dei Sapientia” (11 de noviembre de 1961), “Paenitentiam Agere” (1 de julio de 1962) y “Pacem in Terris” (11 de abril de 1963).

Desde el primer momento el pueblo lo proclamó santo y su tumba en las Grutas Vaticanas, así como su casa natal, se convirtieron en meta de peregrinación de millones de personas venidas de los cinco continentes. En la apertura de la II Sesión del Concilio Vaticano II, su sucesor el Beato Papa Pablo VI se dirigió a los padres conciliares en unos términos moralmente equivalentes a una canonización: “¡Oh, querido y venerado Papa Juan, gracias y alabanzas sean dadas a ti que, por inspiración divina, como así creemos, quisiste y convocaste este Concilio a fin de abrir a la Iglesia nuevos derroteros y hacer brotar sobre la tierra nuevas venas de aguas escondidas y fresquísimas de la doctrina y de la gracia del Señor Jesús!”. Al finalizar el Concilio se corrió la voz de que la asamblea de padres conciliares habían pedido por aclamación a Pablo VI la canonización de su predecesor, pero que el Papa, previendo esta iniciativa, había anunciado en el curso de la octava sesión pública del Concilio, que había dispuesto abrir oficialmente el proceso de canonización de sus dos predecesores: Pío XII y Juan XXIII, cosa que se hizo en 1965 en la diócesis de Bergamo, después de clausurado el Concilio.

Traslado de los restos del Beato a la urna actual. Ceremonia oficiada por el Beato Juan Pablo II, plaza de San Pedro del Vaticano, Roma (Italia).

Los dos milagros atribuidos a Juan XXIII se analizaron en dos procesos llevados a cabo por las diócesis de Ragusa y Nápoles, mientras que el proceso ordinario sobre las virtudes y fama de santidad fue oficialmente abierto en Roma el 21 de diciembre de 1974. Fue beatificado por el Papa San Juan Pablo II el día 3 de septiembre del año 2000. En el mismo año su cuerpo fue exhumado y se corrió la voz de que estaba incorrupto, cosa incierta porque había sido embalsamado ante de su sepultura. Actualmente está sepultado en la Basílica Vaticana y su festividad se celebra el 11 de octubre.

En la homilía de la Misa de su beatificación, el Papa Juan Pablo II, dijo: “Contemplamos hoy en la gloria del Señor, al Papa que conmovió al mundo por la afabilidad de su trato que reflejaba la singular bondad de su corazón. En el recuerdo de todos ha quedado la imagen del rostro sonriente del Papa Juan y de sus brazos abiertos para abrazar al mundo entero. ¡Cuántas personas han sido conquistadas por la sencillez de su corazón unida a una amplia experiencia de hombres y cosas! Ciertamente, la ráfaga de novedad que aportó no se refería a la doctrina, sino más bien al modo de exponerla; era nuevo su modo de hablar y actuar y era nueva la simpatía con que se acercaba a las personas comunes y a los poderosos de la tierra. Con ese espíritu, convocó el Concilio Vaticano II, con el que inició una nueva página en la historia de la Iglesia: los cristianos se sintieron llamados a anunciar el Evangelio con renovada valentía y con mayor atención a los “signos de los tiempos”. Realmente, el Concilio fue una intuición profética de este anciano pontífice, que inauguró, entre muchas dificultades, un tiempo de esperanza para los cristianos y para la humanidad. En los últimos momentos de su existencia terrena, confió a la Iglesia su testamento: “Lo que más vale en la vida es Jesucristo bendito, su santa Iglesia, su Evangelio, la verdad y la bondad”. También nosotros queremos recoger hoy este testamento, a la vez que damos gracias a Dios por habérnoslo dado como Pastor”.

El día 27 de abril de 2014 ha sido canonizado por el Papa Francisco.

Vista de la figura de cera que contiene el cuerpo embalsamado del Santo. Grutas Vaticanas, San Pedro del Vaticano, Roma (Italia).

Para realizar estos dos artículos me he basado en los trabajos del padre benedictino Giovanni Spinelli, secretario general del Centro Histórico Benedictino Italiano, en Pontida (Bergamo), Italia.

Antonio Barrero

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San Juan XXIII, “el Papa bueno” (I)

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Fotografía del Santo en su atuendo de Pontífice.

Angelo Giuseppe Roncalli nació en Sotto in Monte (Bergamo), el día 25 de noviembre de 1881 en el seno de una modesta y tradicional familia que aunque allí habitaba desde hacía algunos siglos, procedía de Valle Imagna, situada en la misma provincia. Era el hijo mayor de un matrimonio formado por Gianbattista Roncalli y Mariana Mazzola. Fue bautizado el mismo día de su nacimiento por parte del párroco Francesco Rebuzzini, siendo su padrino un pariente que después sería quien lo educó.

En la casa donde nació vivían también otros miembros de la gran familia Roncalli por lo que la “casa de los Roncalli” era una de las más numerosas de la localidad, pues había que alimentar y sostener diariamente a más de treinta personas. Podían vivir así porque tenían algunas tierras donde cultivaban frutales, cereales y viñedos, así como animales que les proporcionaban leche, lana y carne. El ambiente era acogedor, la vida familiar era muy sencilla y tranquila y jamás hubo ningún tipo de discordia a nivel familia.

Todas las tardes cantaban el rosario en familia, dirigido por quien había sido su padrino y al que todos contestaban cantando, cosa que el mismo Angelo Giuseppe recordaría años más tarde en “Il giornale dell’anima”. Hay que referirse inevitablemente a este ambiente familiar para comprender su simpatía y las sencillas, simples y auténticas virtudes que siempre le rodearon, incluso cuando llegó a ser Papa.
Recibió el sacramento de la Confirmación de manos de Monseñor Gaetano Camillo Guindan, obispo de Bérgamo, el día 13 de febrero de 1889 y unas semanas más tarde recibió la primera Comunión.

Frecuentó la escuela local, aprendiendo al mismo tiempo la lengua latina, que le enseñaba el párroco de Carvico (Bergamo). En noviembre del año 1891 prosiguió sus estudios en el colegio episcopal de Celana, que había sido fundado por San Carlos Borromeo. Cuando vio por primera vez la imagen de San Carlos impresa en la puerta del colegio quedó tan impresionado, que siempre quiso imitarle.
Entró en el seminario menor de la diócesis en el otoño del año 1892, pasando al año siguiente al seminario mayor y vistiendo la sotana el 24 de junio de 1895, con sólo catorce años de edad.

Casa de los Roncalli, donde se crió el Santo.

A partir de unos ejercicios espirituales que realizó en el año 1896 comenzó a escribir un diario en el que detallaba sus propósitos, y sus reflexiones espirituales, diario que finalmente se convirtió en un verdadero texto del que hemos hablado antes, “Il giornale dell’anima”, que incluso siguió escribiendo hasta el día de su muerte. A pesar de su ingenuidad y de una cierta inclinación hacia el misticismo, este diario es el testimonio de un excepcional esfuerzo de auto-conocimiento a la luz del Espíritu Santo, confrontando siempre su actividad diaria con el evangelio y los Santos Padres, por lo que de hecho, San Juan XXIII se ha convertido en uno de los grandes escritores espirituales del siglo XX.

En el otoño del año 1900, con ocasión de la celebración del Año Santo, peregrinó a Roma y en enero del año siguiente fue de nuevo a la Ciudad Eterna como alumno del Seminario Romano, disfrutando por primera vez de una beca de estudio, facilitada por una fundación fundada en el siglo XVII y que consiguió por sus propios méritos. Pero en noviembre de ese mismo año tuvo que interrumpir sus estudios teológicos por culpa del servicio militar, que prestó en el batallón de infantería número 73, cerca de la estación Humberto I de Bérgamo: “Fueron doce meses de los que conservo un grato recuerdo como experiencia de una férrea disciplina, tomando conciencia de que era hijo de Italia y por las maneras tan prácticas de verme atraído hacia el bien y a sentir y vivir como hombre y como cristiano”. Se licenció como sargento y el día 10 de diciembre de 1902 retomaba sus estudios teológicos en el Seminario Romano, bajo la firme pero suave guía espiritual del padre redentorista Francesco Pitocchi, del que siempre conservó un gratísimo recuerdo: “En la sencilla celda del padre Francisco se respiraba el espíritu de San Alfonso Maria de Liguori, como si fuera un perfume embriagador. Desde los primeros años de nuestra formación eclesiástica, nos era muy familiar su vida y sus obras. ¡Qué gran santo es San Alfonso, que debe ser objeto de estudio y de veneración por parte de todo el clero italiano!”.

Grupo escultórico dedicado al Santo frente a su casa natal, donde aparece visitando a los lugareños.

En abril del año 1903 fue ordenado de subdiácono en la Basílica Lateranense por parte de Cardenal Vicario de Roma, Pietro Respighi, quién el 18 de diciembre, en el mismo lugar, le confirió el diaconado. Se doctoró en Sagrada Teología el día 13 de julio de 1904, estando como profesor en el tribunal que lo examinó, el profesor Eugenio Pacelli, futuro Pío XII, a quien él mismo sucedería en la Cátedra de Pedro.

Fue ordenado sacerdote el 10 de agosto de 1904 en la iglesia romana de Santa Maria in Monte Santo, celebrando su primera misa al día siguiente sobre la tumba de San Pedro en las Grutas Vaticanas y siendo recibido en audiencia especial ese mismo día por el Papa San Pío X, a cuya canonización asistió cincuenta años más tarde como sucesor suyo en la sede patriarcal de Venecia.

El 15 de agosto, festividad de la Asunción de Nuestra Señora, cantó su primera misa en la parroquia de su pueblo, pero ese mismo otoño volvió a Roma a fin de seguir estudiando. Ya siendo Papa, en una de sus primeras encíclicas – Sacerdotii nostri primordia – escribirá: “Las primicias de Nuestro sacerdocio abundantemente acompañadas de purísimas alegrías, van para siempre unidas, en Nuestra memoria, a la profunda emoción que experimentamos el día 8 de enero de 1905, en la Basílica Vaticana, con motivo de la gloriosa beatificación de aquel humilde sacerdote de Francia que se llamó Juan María Bautista Vianney. Elevados Nos también pocos meses antes al sacerdocio, fuimos cautivados por la admirable figura sacerdotal que nuestro predecesor San Pío X, el antiguo párroco de Salzano, se consideraba tan feliz en proponer como modelo a todos los pastores de almas. Pasados ya tantos años, no podemos menos de revivir este recuerdo sin agradecer una vez más a Nuestro Divino Redentor, como una insigne gracia, el impulso espiritual así impreso, ya desde su comienzo, a Nuestra vida sacerdotal”.

El Santo -señalado con flecha roja- fotografiado cuando era secretario de Monseñor Tedeschi, obispo de Bérgamo.

Aquel mismo día de la beatificación de Juan María Bautista Vianney, se enteró del nombramiento como obispo de Bérgamo, de Monseñor Giacomo Radini Tedeschi, que era un hombre intransigente con quien ya se había encontrado anteriormente. Después de asistir a la ceremonia de su consagración en la Capilla Sextina, fue nombrado secretario particular del nuevo obispo de Bérgamo, por lo que tuvo que abandonar Roma para volver a su diócesis, donde durante diez años participaría en toda la actividad pastoral del obispo, yendo con él a los numerosos viajes que realizó por el extranjero.

Estando de secretario con Monseñor Radini Tedeschi, contactó con el Beato cardenal Andrea Carlo Ferrari, arzobispo de Milán y con el futuro Papa Pío XI, que entonces era el Prefecto de la Biblioteca Ambrosiana, atrayendo poderosamente su atención el imponente trabajo gráfico allí existente relativo a la visita apostólica que en el año 1575 había realizado San Carlos Borromeo a su diócesis de Bergamo. A la publicación de todo este material gráfico dedicaría los pocos momentos libres que le quedaban y que terminaría con la publicación de cinco volúmenes que aparecieron entre 1936 y 1958.

En noviembre de 1911 se inscribió como miembro externo de la Congregación Diocesana de los Sacerdotes del Sagrado Corazón, que había sido fundada dos años antes y en el verano de 1912 se dedicó a la redacción de una carta pastoral colectiva de todo el episcopado de Lombardía, que llevaría por título “El XVI centenario del Edicto de Milán y la libertad religiosa en las escuelas”, la cual disgustó al obispo de Cremona, Monseñor Geremia Bonomelli porque según él, esa carta pastoral no ayudaba a la conciliación entre la Iglesia Católica y el Estado Italiano.

Vista de una escultura moderna dedicada al Santo frente a una iglesia de Estambul (Turquía), donde trabajó un tiempo como delegado apostólico.

En agosto de 1914 murieron los obispos Bonomelli de Cremona y Radini Tedeschi de Bergamo; y el Papa San Pío X. Como Angelo Giuseppe Roncalli era sospechoso de ser demasiado moderno y fue apartado por el nuevo obispo, se dedicó a estudiar Historia, dedicándose de manera especial a escribir una biografía de Monseñor Tedeschi, que terminaría en el segundo aniversario de su muerte, el 22 de agosto de 1916. Entretanto estalló la Primera Guerra Mundial y el sargento Roncalli tuvo que volver al ejército, prestando servicio como capellán militar en los hospitales de Bérgamo, compaginándolo al mismo tiempo con la asistencia religiosa a los militares. Cuando terminó la Guerra abrió una casa para estudiantes en Bérgamo y el obispo le confió la dirección espiritual de los seminaristas de la diócesis. Pero eso duró sólo un año porque el Papa Benedicto XV lo nombró presidente nacional de la “Obra Pontificia de la Propagación de la Fe”.

Con esta nueva responsabilidad tuvo que viajar por toda Italia dando conferencias misionales e impulsando las actividades que el nuevo Papa Pío XI había confiado a dicha obra pontificia. De manera imprevista, el 3 de marzo de 1925 fue nombrado arzobispo titular de Areópolis con el encargo de visitador apostólico en Bulgaria, recibiendo la consagración episcopal el día 19 de marzo en la iglesia romana de San Carlos al Corso, por parte del cardenal Giovanni Tacci, que era el secretario de la Congregación para las Iglesias Orientales, bajo cuya jurisdicción estaban los pocos católicos existentes en Bulgaria.
En Sofía, el arzobispo Roncalli permaneció casi diez años estando en continuo contacto con el mundo ortodoxo y con las comunidades católicas balcánicas y eslavas, las cuales abrieron en su corazón los primeros horizontes de su inmensa actividad ecuménica.

En el año 1931 pasó de ser visitador apostólico a primer delegado apostólico en Bulgaria, lo que significó una recompensa por los grandes frutos que había conseguido gracias tanto a su actividad pastoral como a su actividad diplomática, siendo transferido a la delegación apostólica de Estambul en el mes de noviembre de 1934. Esta delegación apostólica abarcaba tanto los territorios de Turquía como los de Grecia y anexo a ella estaba la responsabilidad pastoral de administrador apostólico del Vicariato de Estambul de los Latinos, que estaba formada por una pequeña comunidad de católicos europeos de rito latino inmersos en un mundo islámico y ortodoxo.

Su vocación ecuménica la manifestaba siempre que podía y lo hacía con gestos muy significativos como por ejemplo la eliminación del “Filioque”, que estaba escrito con letras grandes en la entrada de la delegación apostólica y que era causa de una de las grandes polémicas existentes entre las comunidades católicas y ortodoxas. Asimismo, introdujo la utilización del turco en algunas celebraciones litúrgicas y la catequesis dominical de tipo parroquial en la catedral latina de Estambul. Visitó numerosos monasterios ortodoxos en Grecia y en la Anatolia turca, peregrinando también a algunos lugares famosos de los primeros siglos del cristianismo, como Esmirna, Éfeso, Patras, Nicea, Corinto, etc., entrevistándose con importantes jerarcas ortodoxos, abriendo así las puertas a nuevos contactos fraternos entre Oriente y Occidente. Este sería posteriormente uno de los principales objetivos de su pontificado.

Fotografía de los padres del Santo poco antes de su fallecimiento, que aconteció mientras él estaba de delegado apostólico.

Mientras estaba en Estambul murió su padre (en 1936), el Papa Pío XI y su madre (en 1939) y poco tiempo después se declaraba la Segunda Guerra Mundial. En el verano de 1941 visitó Grecia – que estaba ocupada por las tropas italianas – y se encontró con el arzobispo ortodoxo de Atenas, Damaskinos. El día anterior a la Navidad de 1944 tuvo que abandonar definitivamente Estambul porque de manera imprevista, el Papa Pío XII lo nombró nuncio apostólico en Francia, llegando a París el 30 de diciembre, presentando sus credenciales ante el general De Gaulle y consiguiendo así el derecho al título de decano del cuerpo diplomático.
La situación religiosa en Francia, que estaba inmersa en plena guerra, era muy compleja, presentaba numerosos y delicados problemas que él siempre solucionaba con las dotes que tenía de simpatía, diplomacia y humanidad. Obtuvo del gobierno francés que solo se redujesen a tres, los treinta obispos que fueron obligados a dimitir como consecuencia de su colaboración con el gobierno filonazi del general Pétain.

En septiembre del año 1945 visitó a los prisioneros alemanes en el campo de confinamiento de Chartres. Estos prisioneros, muchos de los cuales lo eran sólo por el hecho de ser alemanes, eran asistidos por el generoso y heroico capellán Franz Stock, con el cual cooperó en la organización de cursos de teología a impartir entre los seminaristas alemanes que allí estaban encerrados.

Esta experiencia francesa fue determinante para su definitiva formación pastoral. Después el impacto con el mundo oriental – ortodoxo y musulmán – de su trabajo intenso en Estambul, salvando de una muerte segura a miles de judíos, a los que facilitaba partidas de bautismo que les servían de pasaportes para no ser deportados a campos de concentración nazis, ahora se encontraba que una nación profundamente cristiana estaba marcada por las terribles heridas morales y materiales de una guerra que, además, llevaba abocada a la sociedad a una segura secularización.

El Santo, como cardenal Roncalli, junto al papa Pío XII.

Los obispos más previsores, empezando por el cardenal Emmanuel Célestin Suhard, arzobispo de París, ya se referían a Francia llamándola “tierra de misión” y comenzaron a surgir experiencias pastorales nuevas como las de los sacerdotes obreros, el replanteamiento de los teólogos de retornar a las fuentes bíblicas y patrísticas y la experiencia del jesuita Teilhard de Chardin que buscaba nuevas vías mediante los estudios paleontológicos para reconciliar la ciencia y la fe. Todo esto era visto como sospechoso por Roma y el propio nuncio, que casi nunca era consultado ni por unos ni por otros, no siempre sabía cómo resolver las dificultades planteadas por ambas partes. Esta experiencia fue providencial para el cardenal Roncalli y lo preparó para llevar a cabo la mayor obra de su pontificado: el Concilio Vaticano II.

A finales del año 1952 se supo que el Papa Pío XII tenía previsto incluirlo en la lista de los cardenales de próxima creación, destinándolo a la sede patriarcal de Venecia que estaba vacante por la muerte del cardenal patriarca Carlo Agostini. El consistorio se celebró el día 12 de enero de 1953 y Roncalli fue creado cardenal con el título de Santa Prisca. Tomo posesión del patriarcado de Venecia el domingo 15 de marzo conquistándose inmediatamente la simpatía de todos los venecianos. Como el mismo escribe: “Es interesante que la Providencia me recondujera a mi verdadera vocación sacerdotal, encontrándome yo ahora en pleno ministerio pastoral. Es verdad que yo siempre pensé que para un eclesiástico, la diplomacia – por llamarla así – tiene que estar impregnada de un espíritu pastoral y que para nada cuenta el hacer el ridículo si la misión a desarrollar es santa”.

Durante su estancia en Venecia es destacable el trato distendido que tuvo con el partido socialista en el año 1957, que era preludio de lo que posteriormente sería un nuevo clima en el trato entre católicos y marxistas. En el plano estrictamente religioso vale la pena destacar su intervención en el Congreso eucarístico nacional de Turín en 1953, en el de Lecce tres años más tarde, la celebración del V Centenario de la muerte de San Lorenzo Giustiniani, el XXXI sínodo diocesano del año 1957 y la misión pontificia a Lourdes en el 1958 donde fue en representación del Papa Pío XII con ocasión de la celebración del I Centenario de la aparición de la Virgen a Santa Bernardita Soubirous, inaugurando la impresionante basílica subterránea dedicada a San Pío X.

Antonio Barrero

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