San Junípero Serra, fraile franciscano

Artículo extraído ilegalmente y sin permiso de PreguntaSantoral.es

Reproducción del original de un retrato del Santo que le localiza en el Convento de Santa Cruz de Querétaro.

Reproducción del original de un retrato del Santo que le localiza en el Convento de Santa Cruz de Querétaro.

Hoy, día de su canonización, quiero escribir sobre uno de los más grandes misioneros españoles, San Junípero Serra, gloria de la Orden Franciscana y de la Iglesia Universal. Natural de Petra (Mallorca), nació el 24 de noviembre del año 1713, siendo hijo de Antonio Serra y de Margarita Ferrer, quienes lo bautizaron el mismo día de su nacimiento imponiéndole el nombre de Miguel José. De joven frecuentó la escuela anexa al convento franciscano de San Bernardino en Petra, compaginando la escuela con la ayuda a sus padres en las labores del campo.

Queriendo consagrar su vida a Dios se marchó a Palma de Mallorca y el 14 de septiembre del 1730, vistió el hábito franciscano en el convento de Santa María de los Ángeles. Terminado el año de noviciado, el 15 de septiembre de 1731 hizo la profesión religiosa cambiando su nombre de pila por el de Junípero, el amable compañero de San Francisco de Asís al que admiraba por su simplicidad. Con dieciocho años de edad ingresó en el centro de estudios de la provincia franciscana de Baleares, concretamente en el convento de San Francisco en Palma de Mallorca, donde superó de manera brillante los tres años de estudios filosóficos y posteriormente los teológicos, los cuales terminó en el 1737. Cinco años más tarde se doctoró en Sagrada Teología.

Recibió el diaconado en el mes de marzo del año 1736, pero aunque se ordenó de sacerdote en 1737, no se sabe la fecha exacta ni el lugar de la ordenación. El 19 de marzo de 1738 consiguió el permiso para predicar y el 21 de febrero del año siguiente, la autorización para confesar. Entre los años 1740 y 1743 fue profesor de filosofía y a partir del 1744 y por espacio de cinco años, de teología en la Universidad del Beato Lluch en Palma. Supo unir un gran celo apostólico a los estudios y a sus trabajos como enseñante, e intentaba tratar a todos de manera exquisita, con una afabilidad muy comprensiva. Fue muy admirado por su sabiduría y por sus dotes oratorias, lo que hizo que estuviese predicando por toda la isla de Mallorca, consiguiendo muchas conversiones, especialmente durante las predicaciones cuaresmales.

Retablo de la Misión de San Juan de Capistrano.

Retablo de la Misión de San Juan de Capistrano.

A finales del año 1748 sintió una llamada interior que le impulsaba a marchar a tierras de misión. Cuando cumplió los treinta y cinco años de edad no dudó en tomar esa importante decisión, la cual había mantenido en secreto hasta que un discípulo suyo, llamado Francisco Palóu, le confió que tenía la misma vocación misionera; así que después de predicar la Cuaresma en su localidad natal, el 8 de abril del año 1749 se despidió de sus ancianos padres y de sus familiares sin decirles absolutamente nada sobre su inminente marcha hacia el continente americano. No se atrevió a decírselo pero encargó a un fraile amigo suyo para que lo hiciera: “Yo quisiera poder infundirles la gran alegría que llena mi corazón y, si lo hiciera, seguro que ellos me instarían a seguir adelante y a no retroceder nunca”. En realidad ese fue su lema: “Siempre para adelante, nunca para atrás”.

El 13 de abril se despidió de los frailes de su comunidad de San Francisco en Palma de Mallorca y junto con Francisco Palóu zarpó hasta Málaga y de allí, a Cádiz. El 18 de octubre, su nave levó ancla rumbo a San Juan de Puerto Rico, llegando el 7 de diciembre de 1749 a Veracruz. Desde allí, prosiguió su camino a pie hasta la ciudad de México, donde en la mañana del 1 de enero de 1750, fue amablemente acogido por los franciscanos del colegio apostólico de San Fernando, situado en los alrededores de la capital mexicana.

Durante cinco meses se estuvo preparando para desarrollar su actividad misionera entre los indios, pasados los cuales, se puso en camino hacia Sierra Gorda en compañía de Palóu, llegando a Jalpán el 16 de junio. Un joven indígena le enseñó la lengua Pame, tras lo cual, comenzó a predicar a los nativos en su propia lengua, a la cual tradujo también el catecismo y las oraciones más habituales, aunque sin dejar nunca de lado la educación propiamente dicha y la enseñanza de determinados métodos de cultivo más eficaces y la forma de domesticar a los animales que se criaban para la alimentación o para el transporte. De esta manera, ganándose a los nativos, pudo iniciar la construcción de una iglesia de piedra, de estilo barroco, que aún al día de hoy llama la atención y que sirvió de modelo para la construcción de otras cuatro en las restantes misiones.

Escultura del Santo frente a la iglesia de San Francisco de Asís, Palma de Mallorca (España).

Escultura del Santo frente a la iglesia de San Francisco de Asís, Palma de Mallorca (España).

A mediados del año 1751 se vio obligado a aceptar la presidencia de las cinco misiones de la Sierra. En septiembre del año siguiente marchó a la ciudad de México siendo nombrado comisario de la Inquisición para la Nueva España, pero en la práctica, no la ejerció. A mediados de 1754 renunció a la responsabilidad de presidir las misiones y, junto con Palóu, continuó desarrollando su apostolado en Jalpán, donde estuvo hasta finales del año 1758.

Por orden de sus superiores tuvo que dejar las misiones para trasladarse a Texas a fin de reconstruir la misión de San Sabas que había sido destruida por los indios apaches, aunque tuvo que abandonar este proyecto pues las autoridades españolas lo consideraron de alto riesgo. Entonces marchó de nuevo al colegio apostólico de San Fernando donde desempeñó el oficio de maestro de novicios entre los años 1761 al 1764. Al mismo tiempo, entre 1758 y 1767, a pesar de su edad y tener un pie herido, recorrió casi cuatro mil quinientos kilómetros predicando misiones populares por diversas diócesis mexicanas. He dicho que tenía un pie herido y esto se le produjo porque al llegar a México le picó un insecto en un pie, picazón que le produjo una gran hinchazón y una úlcera en la pierna que hicieron que prácticamente quedara cojo para el resto de su vida.

Cuando en el mes de junio de 1767 los jesuitas fueron expulsados de todas las posesiones españolas, las misiones de la Baja California fueron asignadas a los frailes franciscanos del colegio San Fernando. A él lo nombraron superior de las mismas y el 16 de julio marchó hacia allí con catorce compañeros llegando a Baja California a principios de abril del año siguiente. Después de estar durante dos años evangelizando aquella península, el 16 de julio del 1769 fundó la primera misión de San Diego de Alcalá. Entonces, marchando hacia la Alta California fue fundando una serie de misiones: San Carlos de Monterey (el Carmelo) el 3 de junio de 1770, San Antonio de Padua el 14 de julio de 1771, San Gabriel el 8 de septiembre del mismo año, San Luís obispo el 1 de septiembre de 1772… y así, hasta nueve misiones a lo largo de toda su vida.

Cenotafio en la Misión del Carmel, Monterrey.

Cenotafio en la Misión del Carmel, Monterrey.

Para defender los derechos de sus gentes tuvo que afrontar con firmeza el mal comportamiento de un comandante español y teniendo en cuenta los contratiempos que le fueron surgiendo, al no poder superarlos, decidió volver a México. A pesar de sus sesenta años de edad, su enfermedad y la distancia de dos mil kilómetros, el 6 de febrero de 1773 llegó al colegio de San Fernando, permaneciendo allí unos meses, viviendo como un fraile más y siendo modelo y ejemplo de conducta para todos los hermanos. Estando en el convento le escribió una carta a un sobrino sacerdote en la que le decía: “En California está mi vida y allí, si Dios quiere, espero morir”. El 13 de marzo de 1774 volvió a la misión de San Diego y el 27 del mismo mes, a la de San Gabriel. A primeros de mayo sintió la necesidad de tener un cierto período de descanso, permaneciendo tranquilo, descansando en el Carmelo (la misión de San Carlos Borromeo en Monterey) mientras otros frailes llevaban a cabo la evangelización de California.

En 1775 quiso dirigir personalmente los trabajos de reconstrucción de la misión de San Diego, que había sido incendiada por unos indios. Cuando el indio cabecilla de los rebeldes fue capturado, fray Junípero escribió al Virrey pidiéndole que le perdonara la vida y así, todos los que fueron capturados, fueron perdonados: “En el caso de que los indios, tanto paganos como cristianos, quisieran matarme, deberían ser perdonados, pues debe darse a entender al asesino, después de un leve castigo, que ha sido perdonado y haciendo esto, cumpliremos la ley cristiana que nos manda perdonar las injurias y no buscar la muerte del pecador, sino su salvación eterna”. Y como sentía la necesidad imperiosa de seguir trabajando, fundó la misión de San Francisco de Asís el 1 de agosto de 1776, la de San Juan de Capistrano el 1 de noviembre del mismo año y la de Santa Clara de Asís el 7 de enero de 1777. Retornó al Carmelo poco después de que Felipe de Neves se instalase en Monterey, ciudad que fue elevada al rango de capital de California en febrero de ese mismo año y desde finales de septiembre al 11 de octubre visitó las misiones de Santa Clara y San Francisco.

Tumba en la Misión del Carmel, Monterrey.

Tumba en la Misión del Carmel, Monterrey.

A mediados de 1778 recibió un Breve Pontificio mediante el cual el Papa Clemente XIV, ante la falta de obispos, la concedía la facultad para que durante diez años pudiese administrar el sacramento de la Confirmación y entre el 25 de agosto y el 23 de diciembre, en solo cuatro meses, administró este sacramento a mil ochocientos noventa y siete personas de las misiones de San Diego, San Juan de Capistrano, San Gabriel, San Luís y San Antonio. Durante esos diez años, llegó a confirmar a cinco mil trescientos nueve bautizados.

Se enfrentó con gran coraje al gobernador que quiso suprimir los suministros alimenticios a las misiones fundadas después del 1773. La situación fue mejorando tanto que, en el canal de Santa Bárbara – el área más densamente poblada de toda California -, fundó la misión de San Buenaventura el día 31 de marzo de 1782, siendo la última misión que llegó a fundar en aquellos territorios. El 18 de marzo, terriblemente cansado, agotado volvió al Carmelo.

En el transcurso de quince años, entre 1767 y 1782, “el viejo” (como así le llamaban los indios) desarrolló un intensísimo trabajo de evangelización, fundó nueve misiones, de las cuales derivaron los nombres de importantísimas ciudades californianas, como San Francisco, los Ángeles (allí estaba la misión de San Gabriel), San Diego, etc. Desde los cincuenta y seis hasta los setenta años de edad, cojeando, se recorrió a pie y a caballo, más de cinco mil cuatrocientas millas (unos ocho mil ochocientos noventa kilómetros), soportando en sus viajes unas condiciones infrahumanas y varias enfermedades.

En el mes de julio del 1784 se retiró a la tranquilidad del Carmelo con su compañero Francisco Palóu, con el cual, durante todos esos años, había compartido tantas alegrías y tantos pesares y quién después de muerto el santo, escribió su vida. En las cercanías de Monterey, murió confortado con los últimos sacramentos el día 28 de agosto del año 1784, siendo sepultado en la iglesia de la misión de San Carlos Borromeo, la cual había hecho las veces de su cuartel general. Los indios y los soldados españoles lloraron su muerte y muchos se llevaron como recuerdo, trozos de su hábito o medallas y rosarios con los que tocaron su cuerpo.

Cenotafio en la Misión del Carmel, Monterrey.

Cenotafio en la Misión del Carmel, Monterrey.

Poco después de su muerte, el padre guardián del colegio de San Fernando le escribía al provincial de los franciscanos de Mallorca en estos términos: “Murió como un justo, en tales circunstancias que todos los que estaban presentes derramaban tiernas lágrimas y pensaban que su bendita alma subió inmediatamente al cielo a recibir la recompensa de su intensa e ininterrumpida labor de treinta y cuatro años, sostenido por nuestro amado Jesús, al que siempre tenía en su mente, sufriendo aquellos inexplicables tormentos por nuestra redención. Fue tan grande la caridad que manifestaba, que causaba admiración no solo en la gente ordinaria, sino también en personas de alta posición, proclamando todos que ese hombre era un santo y sus obras eran las de un apóstol”.

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Considerado como el padre de los indios, fue honrado como un héroe nacional y desde el 1 de marzo del 1931 una escultura suya se encuentra en la sala del Congreso de Washington, representando al Estado de California. Incluso la cima de la cadena montañosa de Santa Lucia en California, lleva su nombre.

Su Causa de beatificación se inició en el año 1949 mediante un proceso informativo instruido en la diócesis de Monterey-Fresno. La heroicidad de sus virtudes fue reconocida mediante decreto fechado el 9 de mayo del 1985 y el decreto previo a la beatificación fue promulgado el 11 de diciembre de 1987. Fue beatificado por San Juan Pablo II el 25 de septiembre del año 1988 y su canonización fue confirmada por el Papa Francisco el día 5 de mayo de este año. Hoy es canonizado por el Santo Padre en la Basílica de la Inmaculada Concepción de Washington (Estados Unidos).

Antonio Barrero

Bibliografía:
– Cavalleri, O., “Bibliotheca sanctórum, apéndice I”, Città Nuova Editrice, 1987
– Palóu, F., “Relación histórica de la vida y tareas apostólicas del venerable padre fray Junípero Serra”, Ciudad de México, 1787.
– Piette, M., “El secreto de Junípero Serra, fundador de la Nueva California”, Washington, 1949.
Possitio de la Causa de Canonización.

Enlaces consultados (20/08/2015):
– www.franciscanos.org/santoral/junipero.html
– https://es.wikipedia.org/wiki/Jun%C3%ADpero_Serra

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Un misionero incansable: San Junípero Serra Ferrer, O.F.M.

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Reproducción del original de un retrato del Beato Junípero Serra que le localiza en el Convento de Santa Cruz de Querétaro. Archivo Personal Eddy Lorenzo González Jiménez (APELGJ): Fondo Santos y Papas, Sección Beatos, Expo. s/c.

No existe persona tan singular en la historia de México que necesite tanto elogio y admiración como Fray Junípero Serra, el Apóstol Incansable de Baja California. Las fuentes para el estudio de su vida, situación socio-política de la Nueva España y el sentido de su trabajo en su época están contenidas primeramente en la “Historia de la Vida y Apostólicas tareas del venerable Padre Fray Junípero Serra y de las misiones que fundó en la California Septentrional y nuevos establecimientos de Monterrey” que escribiera su amigo y compañero de misión el R.P. Fray Francisco Palou (FP) tres años después de la muerte de su biografiado. Un hermano de su orden y notable americanista e historiador el R.P. Fray Lino Gómez Canedo, O.F.M. (LGC) reseñó en 2 artículos extensos una excelente investigación “Fray Junípero Serra y su noviciado misional en América (1750-1758)” y “Fray Junípero Serra, misionero”, contenidos en un selecto tomo de sus obras “Evangelización, cultura y promoción social. Ensayos y estudios críticos sobre la contribución franciscana a los orígenes cristianos de México (Siglos XVI-XVIII). Una buena biografía también utilizada para edificación de los lectores, realizada por el P. Luis Butera Vullo, MSP (LBV) fundador del Instituto Misionero Servidor de la Palabra, se denomina “Fray Junípero Serra. El andariego de Dios”. Y por último, el R.P. Tiberio Munari, Xav. (PTM) hace resumen en forma de folleto sobre la vida del “Beato Junípero Serra. Apóstol de la Alta California”, recorriendo los principales hechos de su labor misional.[1]

Villa de Petra, en la Isla de Mallorca, España un 24 de noviembre de 1713, ala 1 de la madrugada nació el tercer hijo de Antonio Serra y Margarita Ferrer, quienes según la costumbre del pueblo colgaron un manojo de laureles en la puerta para anunciar que había sido un varón. Ese mismo día le llevaron a bautizar imponiéndole el nombre de Miguel José, sus padrinos fueron Bartolomé Fiol y Sebastiana Serra. “La pobreza de los papás de Miguel José no fue un trauma en su vida, sino una pista para comprender mejor la espiritualidad de San Francisco.” (LBV) Frecuentaban la iglesia parroquial y convento de San Bernardino de los padres franciscanos. Ayudaba como acólito en la Misa, luego pasaba a la casa de los frailes para aprender el abecedario, los primeros rudimentos del latín y algo de canto gregoriano. (PTM) El conocimiento, la vida y el carisma de la orden le llevó a desear hacerse religioso franciscano.

Para hacer madurar ese deseo en él, fue enviado a la ciudad de Palma, Mallorca con un sacerdote canónigo de la catedral que le ayudó, motivó y auspició en los estudios mayores, la filosofía en el convento de San Francisco, además de enseñarle la Liturgia de las Horas.

Litografía de un retrato localizado en el ex convento de San Fernando de México. Archivo Personal Eddy Lorenzo González Jiménez (APELGJ): Fondo Santos y Papas, Sección Beatos, Expo. 9.

Con ese ideal bien dispuesto se presentó ante el P. Fray Antonio Perelló Morgues, Ministro Provincial en la isla para que fuera aceptado en la orden, sin embargó, el padre consideró otra mejor oportunidad ya que el chico mostraba sinos de baja estatura y enfermizo. Esto no opacó su decisión sino que volvió a insistir nueve meses más tarde, y escuchado el parecer de quien conocía el espíritu humilde y la voluntad de Miguel José, se decidió admitirlo al noviciado, que tras un largo año de preparación desde el 14 de septiembre de 1730 hasta el 21 de diciembre de 1731, en que se consagró mediante los 3 votos de castidad, pobreza y obediencia: “Jo Fray Miguel Jósep Serra Ferrer fas vot, y promet a Deu omnipotent, y a la Benaventurada Verge Maria, y al Benaventurat P. N. S. Francesch, y a tots los Sants, y a vos, Pare, guardar tot el temps de la mia vida la Regla de los Frares Menors confirmada por el Señor Papa Honorio, vivint in obediencia, sens propi, y en castitat”. A lo que el Superior responderá con una frase que tanto usará a lo largo de la vida con sus religiosos: “Si vossa charitat guarda estas cosas, jo de part de Deu omnipotent li promet la vida eterna, en el nom del Pare, y del Fill, y del Sperit Sant.” (LBV) Tomó el nombre de Junípero como el de aquél humilde siervo, hermano e hijo se San Francisco, esto es en el convento de Santa María de Jesús. (LGC)

Continuó sus estudios en el convento de San Francisco de Palma, cuyos cursos estaban agregados a la Universidad Luliana. Cursó la filosofía entre el 31 y 34, siguiendo el trienio teológico entre el 34 y 37. No consta cuando fue ordenado sacerdote, pero se sabe que lo era antes de 19 de marzo de 1738 en que recibió las facultades de predicador, y casi al año el 21 de febrero de 1939 las de confesor por parte del obispo de Mallorca. (LGC, FP) En sus cursos de filosofía obtuvo el Doctorado en Teología por la Universidad Liliana. Además de que en ese tiempo inició su carrera docente por casi 10 años hasta haber tomado la decisión de embarcase para las tierras de América en 1749. Tuvo entre sus discípulos a los dos colaboradores más cercanos en su apostolado americano: Franciso Palou y Juan Crespí. Pero había un deseo puro en Junípero, su vocación misionera. Le atraía sobremanera predicar y apostolar que los ejercicios de la docencia escolástica. (LBV, PTM, LGC).

En 1747, se hallaba en España, el misionero franciscano Pedro Pérez de Mezquía, con el fin de recolectar misioneros para el Colegio de San Fernando de México. Este insigne religioso, cuyo estudio espera en vías de develarse, envió a los conventos la petitorias de misioneros para México, sin embargo, no todas acertaron o fueron conocidas, no al menos para Serra y Palou, quienes al enterarse más tarde solicitan la su colaboración para irse como misioneros, pero dirigieron sus cartas al Comisario quien la envió a los colectores, pero ya el grupo estaba conformado para partir, así que sin más agradecieron sus voluntarias participaciones. Y al parecer, por azares del destino, o ¿Providencia Divina? 5 de los religiosos se dieron de baja a última hora, entonces el Padre Pedro se apuró a enviarles unas patentes para los dos, que no fueron a dar a sus manos ya que el Superior no estaba dispuesto a perder las eximias figuras que tenía en su convento. Por lo tanto, el Padre Pedro tuvo que enviar nuevamente por ellos bajo otras vías más seguras, así aceptaron irse a misionar, Palou dice que Serra se alegró mas que “si le hubieran llevado cédula para alguna mitra”. (LGC)

Litografía de la santa misa celebrada por el padre Serra el día de San Antonio en la fundación del pueblo. Archivo Personal Eddy Lorenzo González Jiménez (APELGJ): Fondo Santos y Papas, Sección Beatos, Expo. 11.

Se embarcó el 30 de agosto de 1749 y tocó tierra en Puerto Rico el 18 de octubre. Esperaron ahí hasta el 1 de noviembre y retomaron el viaje hasta entrar en Veracruz el día 6 de diciembre. El trayecto hasta la ciudad de México lo hizo a pie entrando al convento de San Fernando el 1 de enero de 1750, se cuentan muchos hechos sorprendentes a lo largo del camino. Solamente él y un religioso hicieron ese penoso caminar, ya que los restantes se fueron a caballo otorgado por la Real Hacienda, resultando el Padre Serra herido por un piquete de mosquito que le hizo una llaga que le duró hasta su muerte. (LGC)

Estuvo en el convento fernandino como predicador y asistía a las clases de novicios, puesto que había pedido ser el más humilde y revivir sus años en el noviciado. En junio es enviado para las misiones de Sierra Gorda, con 8 misioneros donde él sería el Presidente. La sede era el pueblo de Jalpan, las poblaciones fundadas luego fueron Santa María de la Purísima Concepción del Agua, San Miguel Arcángel de Concá, San Francisco de Asís de Tilaco y Nuestra Señora de la Luz de Tancoyol, (LBV) éstas eran atendidas por los religiosos encomendados a Serra. Su trabajo misional era llevarles la civilización y ayuda humanitaria a los indios pames. Cerca de 8 años duraron en este trabajo, hasta que el superior de San Fernando les pidió otro servicio misionero más alto, servir entre los indios apaches de la misión de San Sabás, cerca del río Colorado. Pero los rebeldes apaches no aceptaron nuevamente la entrada de españoles y se retuvieron a los misioneros. (PTM)

La Nueva España en esos tiempos (siglo XVIII) estaba sufriendo serios cambios políticos y religiosos que asombraban a los cristianos católicos, una soberbia calumnia cayó sobre la Compañía de Jesús, no me detendré explicando la situación de los jesuitas pues este artículo no me lo permite, pero no está de más decir que fueron expulsados de todos los dominios españoles y en ultramar. En 1767 las misiones de la California estaban abandonas tras la salida de los primeros evangelizadores, los jesuitas, ahora una nueva orden se enfrentaría a ocupar su lugar, fueron los franciscanos. El Padre Serra a la cabeza como Superior de las misiones fue el primer grupo nombrado para aventurarse en ese trabajo. El 1 de abril de 1768 llegaron al puerto de Loreto (Baja California) y presidir la Semana Santa con todos los viajeros del barco. Debían atenderse las misiones de Guadalupe, San José del Cabo, San Francisco de Borja, El Carmen, Espíritu Santo y Santa Rosalía. (PTM)

Carta escrita por el Padre Serra al capitán Pedro Fages. Archivo Personal Eddy Lorenzo González Jiménez (APELGJ): Fondo Santos y Papas, Sección Beatos, Expo. 19.

El 1 de julio de 1769, fray Junípero y los suyos llegaron por fin al puerto de San Diego. Allí encontraron los dos navíos de la expedición marítima. En uno de ellos, el escorbuto había matado a toda la tripulación, menos a dos hombres. Fray Junípero, a pesar de la terrible desgracia, y a pesar de la fatiga inmensa del camino, ante la inminencia de fundar misión allí, se sentía con ánimos redoblados. (LGC) El 16 de julio, con una solemne Eucaristía, nace la misión de San Diego. En torno a una plaza cuadrada, construyeron la iglesia y los edificios básicos, depósitos, talleres, cuartelillo para los soldados; se alzó una gran cruz, se colgaron las campanas, y se rodeó todo con una valla alta. El desconocimiento de la lengua indígena hacía difícil el trato con los indios. A mediados de agosto, atacaron los indios la misión, y hubo muertos por ambos lados. Días después los indios se acercaron para ser curados. (PTM)

A los comienzos, sobre todo por falta de bastimentos, parecía imposible continuar allí, pero fray Junípero y sus compañeros se agarraban al lugar con tenacidad indecible: “Mientras haya salud, una tortilla y hierbas del campo, ¿qué más nos queremos?”. Tiempo después llegó a tener la misión más de mil indios bautizados. A fines de mayo de 1770, una expedición por tierra y otra por vía marítima, en la que iba fray Junípero, descubrieron por fin con gran alegría la bahía de Monterrey. El 3 de junio, con la custodia del teniente Pedro Fagés y 19 soldados, se fundó la misión de San Carlos de Monterrey, de la cual fray Junípero fue el alma durante catorce años, haciendo de ella el centro de su actividad misionera. Durante todos esos años, el brazo derecho de fray Junípero en San Carlos fue el padre fray Juan Crespí, que allí trabajó hasta que murió, en 1782. En los tres primeros años, aquella misión ya tuvo 165 bautizados, y al morir el padre Serra, eran 1.014. (FP, LGC, LBV)

La fundación de San Carlos fue seguida inmediatamente, bajo el impulso de fray Junípero, por la de otras misiones, como San Antonio de Padua, San Gabriel, San Luis Obispo. Al sembrar aquellas mínimas semillas de población cristiana, el padre Sierra se veía poseído de un loco entusiasmo, como si previera que estaban destinadas a ser grandiosas ciudades. Al fundar, por ejemplo, San Antonio, en 1771, apenas levantadas unas chozas, alzada la cruz y colgada la campana de un árbol, fray Junípero no se cansaba de repicar la campana con todas sus fuerzas: “¡Ea, gentiles, venid, venid a la santa Iglesia; venid a recibir la fe de Jesucristo!”. Ausentes los indios, aunque quizá ocultos y atentos, un fraile le decía que no se cansase con tanto grito y repicar inútil. A lo que fray Junípero le contestó: “Déjeme, Padre, explayar el corazón, que quisiera que esta campana se oyese por todo el mundo, o que a lo menos la oyese toda la gentilidad que vive en esta Sierra”. (FP, PTM)

Con estas acciones misioneras, precariamente asistidas por la administración del Virrey, sobre la base de tres centros principales, Vellicatá, San Diego y Monterrey, se había extendido el Evangelio y el dominio de la Corona en más de mil doscientos kilómetros de la costa del Pacífico. Tenía, pues, el Virrey muchas razones para publicar entonces, vibrante de entusiasmo, una solemne y piadosa crónica, en la que celebraba unos hechos que “acreditan la especial providencia con que Dios se ha dignado favorecer el buen éxito de estas expediciones en premio, sin duda, del ardiente celo de nuestro Augusto Soberano, cuya piedad incomparable reconoce como primera obligación de su Corona Real en estos vastos Dominios, la extensión de la Fe de Jesucristo y la felicidad de los mismos Gentiles que gimen sin conocimiento de ella en la tirada esclavitud del enemigo común”. (LBV, LGC)

Tumba del Beato Serra en la Iglesia de San Carlos Borroleo de Monterey, California. Archivo Personal Eddy Lorenzo González Jiménez (APELGJ): Fondo Santos y Papas, Sección Beatos, Expo. s/c.

A comienzos de 1771, para asistir las nuevas misiones y establecer otras, fueron asignados veinte franciscanos a la baja California, a las órdenes de Palou, y diez a la alta California, bajo la guía del padre Serra. A petición del obispo de Sonora y California, fray Antonio de los Reyes -antiguo franciscano del Colegio de Querétaro-, los franciscanos hubieron de ceder en1773 alos dominicos todas las misiones de la baja California, aquellas que el padre Serra había dejado al cuidado del padre Palou. Nueve de ellos, y el padre Palou, pasaron a misionar en la parte alta. Con todo esto, Fray Junípero se vio obligado a viajar a México para reafirmar los apoyos de las misiones de California. (LGC) Extenuado, tras un viaje tan largo, llegó a la capital en febrero de 1773, y se alojó en su convento de San Fernando, sujetándose en seguida a todas las normas de la vida comunitaria. El padre Serra consiguió entonces del Virrey, en primer lugar, que no se llevase adelante el plan de despoblar San Blas, cuyo puerto era vital para el sostenimiento de las misiones de California. (PTM)

Él siempre soñó con dedicar a sus amados San Francisco y Santa Clara de Asís unas misiones hermosas, dignas de ellos. Por eso su alegría fue inmensa cuando, en 1774, después de hartas gestiones suyas, llegó la ansiada autorización del Virrey Bucarelli, que destinaba en principio treinta soldados, con sus familias, para la fundación de San Francisco. En la misma bahía inmensa de San Francisco nacían en 1777 la misión de Santa Clara de Asís, y junto a ella, la de un pueblo de españoles, que se llamó San José de Guadalupe. (FP)

En estos años, fray Junípero Serra, ya anciano y en medio de una administración política enmascaradamente hostil, todavía consiguió fundar en el canal de Santa Bárbara la misión de Nuestra Señora de los Ángeles (1781) y la de San Buenaventura (1782). (FP)

El padre Serra, tras diez años de trámites, había conseguido en 1778 licencia de Roma para ser ministro extraordinario de la confirmación, como Padre Prefecto de las misiones californianas. Fray Junípero, aunque estaba ya viejo y gastado, y su pierna estaba cada vez peor, multiplicó entonces sus visitas pastorales, y se entregó a su preciosa misión sacramental con el mayor empeño, sin manifestar cansancio, ni aceptar tampoco descansos más largos que hubieran permitido un tratamiento médico más eficaz. (LBV, LGC) Como en julio de 1784 cesaba su licencia para confirmar, hizo un esfuerzo supremo para administrar el sacramento de la confirmación al mayor número posible de indios neófitos. Cuando visitó San Gabriel, pensaron que ya se moría, pero aún pudo seguir a San Buenaventura, su querida fundación recién nacida. (LGC)

Pintura del Beato y reliquia ex ossibus donada por los franciscanos de Monterey a los fieles de Sierra Gorda de la Diócesis de Querétaro. Archivo Personal Eddy Lorenzo González Jiménez (APELGJ): Fondo Santos y Papas, Sección Beatos, Expo. 1.

El 26 pidió que todo el día le dejasen a solas en recogimiento, y por la noche repitió su confesión general. El 27 todavía rezó el Oficio Divino, y para recibir el viático, no quiso permitir que Jesús viniera a él, sino que insistió en ir él a su encuentro. Sostenido por los suyos, se llegó como pudo a la iglesia, y allí cantó el Tantum ergo como si estuviera sano, y recibió al Señor de manos del padre Palou, retirándose después todo el día en oración silenciosa. (LBV) El día 28, después de prometer al padre Palou que si Dios, por su misericordia, le concedía llegar al cielo, desde él había de pedir mucho por los religiosos y los indios que dejaba en las misiones, quedó tranquilo, pero poco después le pidió que rociase la celda con agua bendita: “Mucho miedo me ha entrado, mucho miedo tengo, léame la recomendación del alma, y que sea en alta voz, que yo la oiga”. (FP)

Salieron todos, volvió él a su libro de rezos, tomó una taza de caldo, y al mediodía, después de decirle al padre Palou: “Y ahora vamos a descansar”, se retiró a su celda, y vestido con su sayal franciscano, se tumbó sobre las tablas de su catre, cubriéndose con una manta, abrazado a su cruz. Así se durmió en el Señor. En los funerales solemnes, mientras las campanas sonaban tristemente, un cañón del buque disparaba cada media hora una salva en su honor, y el cañón del fuerte contestaba con otra. Los religiosos de las misiones vecinas, todos los españoles y unos seiscientos indios, asistían emocionados a la despedida de un santo fraile que en su palabra y en su vida les había manifestado a Jesucristo. En 1948 se inició en Monterrey el proceso para la beatificación de fray Junípero, declarado venerable en 1958, y beatificado por San Juan Pablo II el 25 de septiembre de 1988. (LBV, PTM)

Fray Marcelino de Jesús


[1] Nótese simplemente que es la bibliografía selecta que uso para la elaboración de este escrito, sin embargo, existe una innumerable cantidad de libros, revistas, folletos, archivos y datos referentes que si escribiera todos, necesariamente tendría que ser un artículo historiográfico sobre el padre Junípero Serra.

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