San León IX, papa

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Detalle del Santo en un mosaico moderno de Mont-Sainte-Odile, Alsacia.

Detalle del Santo en un mosaico moderno de Mont-Sainte-Odile, Alsacia.

Introducción
San León IX ocupa un lugar insigne dentro de la historia de Papado, pues con su actividad pastoral impulsó a la Iglesia a salir de un estado de decadencia y a gestar el movimiento de reforma que llegaría a su esplendor con San Gregorio VII y los Papas que le siguieron. Fue un hombre que configuró en su estilo el ser pastor sin dejar de dar importancia a las actividades curiales de la Santa Sede, teniendo la visión de salir de las oficinas de la Curia y ser un mensajero del Evangelio.

Infancia y juventud
Bruno de Egisheim-Dagsburg nació el 21 de junio de 1002, en Eguisheim, en el seno de la familia de los Condes de Alsacia, estando por ello emparentado con los Emperadores Conrado II y Enrique III. De pequeño estudió en la escuela episcopal de Toul, junto con su primo Aldaberón, que sería Obispo de Metz. Bruno fue un joven de cualidades de espíritu aunque algo enfermizo, obteniendo la curación de su salud gracias a la intercesión de San Benito abad. Con un estado sano, decide ingresar en el estado eclesiástico, cursando los estudios con notables resultados, ganándose por esto la confianza del Obispo Hermann de Toul. Por este tiempo conoció la obra reformadora de los cluniacenses y otras órdenes monásticas. Por el ascendiente que tenía su familia con el Emperador Conrado II, obtuvo un cargo de alto rango en la corte imperial; él, sin embargo, a pesar del cargo, se comportó con humildad y sencillez, gran calidad humana, sirviendo a las personas comunes y corrientes con calidad, amabilidad, teniendo por ello notable popularidad y recibiendo por esta razón el apodo de “el buen Bruno”.

Relicario del cráneo en su localidad natal.

Relicario del cráneo en su localidad natal.

Obispo
Al morir el Obispo Herman de Toul, los eclesiásticos y el pueblo eligieron a Bruno como nuevo obispo, elección que él aceptó porque era el episcopado de una diócesis pobre, comenzando pronto un ministerio lleno de entusiasmo y con el propósito de fomentar la reforma eclesiástica. Fue un obispo humilde, paciente, lleno de tenacidad, hombre de acción y buenas intenciones, por lo que pronto se ganó la simpatía de sus diocesanos. Ejerció una fecunda labor pastoral desde el año 1026, en que fue consagrado obispo hasta el año 1048, en que ocupó la Cátedra de San Pedro. Como obispo supo defender sus derechos con firmeza y sin herir susceptibilidades frente al metropolitano de Worms; celebró varios sínodos diocesanos, estableció lazos fraternos con los obispos circunvecinos y participó en algunos concilios provinciales, siempre con afán de promover la reforma de la Iglesia. Tuvo mucha simpatía por las órdenes monásticas, especialmente por la obra de Cluny. El obispo Bruno se relacionó con hombres que tenían el deseo de renovar y purificar a la Iglesia, proyecto que los Papas Clemente II y Dámaso II se proponían implementar, pero que por la brevedad de sus pontificados no se pudo cristalizar.

Papa
A la muerte de Dámaso II, una embajada de la lglesia de Roma se entrevistó con el emperador Enrique III para solicitar su apoyo y que la Sede de San Pedro fuera ocupada por el arzobispo Halinard de Lyon, quien rechazó decididamente esta propuesta. Con este resultado, el soberano convocó una dieta en Worms en 1048, donde Bruno resultó elegido Papa. Él mismo participaba en esa reunión y quedó sorprendido y contrariado por la elección, pidiendo tres días para dar una respuesta definitiva, luego de los cuales, habiendo orado y reflexionado profundamente y descubriendo que esa era la voluntad de Dios, aceptó pero poniendo solamente una condición: que el clero y el pueblo de Roma lo ratificaran como su obispo. Allá fue en diciembre de 1048 y fue presentado en la Basílica de San Pedro por el arzobispo de Tréveris como el candidato del emperador, aclamado por el clero y el pueblo allí presentes, Bruno se inclinó humildemente y aceptó el cargo, tomando el nombre de León IX. Fue un Papa inflamado del amor de Dios y partidario de la reforma en la Iglesia, era el pastor que se necesitaba en esos momentos. Entre los primeros aciertos que tuvo para promover esta reforma, fue el de tener contacto con hombres que tuvieran también este proyecto: San Hugo, abad de Cluny, San Pedro Damián y el referido arzobispo Halinard de Lyon. También llamó al valiente y decidido Hildebrando, a quién luego San Gregorio VII, nombró archidiácono y secretario pontificio. Supo maniobrar con destreza al Colegio Cardenalicio, haciendo de él un instrumento eficaz y dócil, incluyendo en él a eclesiásticos no romanos, como a Hugo Cándido y Humberto de Silva Cándida.

Sepulcro en la basílica vaticana.

Sepulcro en la basílica vaticana.

Reforma
Dos llagas herían escandalosamente por entonces a la Iglesia: la simonía y el concubinato de los eclesiásticos, señalándose a ambos como los abusos fundamentales que originaban otros males. Para corregir estos desvíos, San León IX se valió de Sínodos y Concilios Provinciales, comenzando por Roma y luego en otras Provincias eclesiásticas, de donde emanaban disposiciones para corregir estos pecados. Las fuentes antiguas refieren como San León IX estuvo movido por el amor de Dios y por la salvación de las almas, haciendo por ello varias peregrinaciones fuera de Roma. Este término lo conocemos ahora como Viajes Apostólicos. Así, pues, visitó Italia, Alemania y Francia, presidiendo en 1049 dos fructíferos Concilios en Reims y Maguncia. Por esta razón, el Papado se impulsó como la autoridad que gobierna a la Iglesia Católica y de ser un concepto apenas distinguible, se convirtió en una fuerza eficaz y tangible. Luego de dos sínodos en Roma y Pavía para los domingos de Cuasimodo y Pentecostés respectivamente, donde asentó las bases de su proyecto reformador, fue a Colonia, donde se reunió con el emperador Enrique III, su primo e íntimo amigo, celebrando con él y allí, la fiesta de San Pedro y San Pablo. Pasó también por Aquisgrán, Maguncia y Toul su antigua diócesis, festejando allí el 14 de septiembre la Exaltación de la Santa Cruz. Entretanto, el Concilio de Reims se había convocado teniendo la oposición del rey de Francia, Enrique I; allí llegó San León IX el 29 de septiembre y el día 1 de octubre consagró la Iglesia Abacial de San Remigio.

En Reims se realizó uno de los Concilios Provinciales más célebres de Francia y de Europa. El canciller Hildebrando transmitió la razón de esta convocación: “A la simonía, a la usurpación de los laicos de los cargos y rentas eclesiásticas, al desprecio de las más grandes leyes del matrimonio, etc, se invitaba a reflexionar delante de Dios”. El Concilio tuvo efectos positivos, aunque durante su desarrollo y posteriormente hubo quienes se opusieron porque no se avenían a entrar en el camino de la conversión, de la transformación y del cambio. San León IX tuvo la habilidad para, con prudencia concertar y consumar el cambio que necesitaba la Iglesia. Concluido el Concilio, se dirigió a Alemania, pasando por Verdún y Metz, consagrando sendas iglesias en estos lugares. En Maguncia presidió otro Concilio Provincial, que fue una continuación del de Reims, luego estuvo en Alsacia, Habsbugo y Constanza, celebró la Navidad en Verona y a comienzos de 1050 estaba de vuelta en Roma. El trabajo de reforma de San León IX se logró gracias a un trabajo de equipo, donde sobresalió Hildebrando, pero fue mérito de este Papa el haber programado y detallado este proceso.

Pintura decimonónica del Santo.

Pintura decimonónica del Santo.

Sombras
Si en el ámbito eclesial su pontificado fue afortunado, no lo fue en cambio en el ámbito de la política y de la unidad eclesial con Constantinopla. Desde principios del siglo XI, los normandos se habían asentado en el sur de Italia y en su avance dejaban una estela de destrucción y de muerte, devastando también las provincias eclesiásticas en un afán por derrotar a los musulmanes y a los griegos para luego someterlos. San León IX trató de unirse a los griegos para detener este avance, pero no logró ningún acuerdo, por lo que pidió ayuda a Enrique III, quien exigió a cambio, unas concesiones al Papa. Sin embargo, el apoyo que envió, en la mayoría de los casos, las tropas tuvieron que regresar a Alemania por diversas circunstancias. Sin darse por vencido, San León IX siguió con su campaña, siendo derrotado con su ejército en Civitate, donde fue hecho prisionero. Para lograr su liberación, tuvo que ceder a los francos estos territorios como feudo. Poco tiempo después, consumido por la empresa y las emociones, murió el 19 de abril de 1054.

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En su tiempo se consumó la separación entre la Iglesia Ortodoxa y la Iglesia Católica. Este doloroso episodio tuvo una gestación de tiempo atrás, que tuvo su culmen cuando San León IX envió una legación a Constantinopla buscando un apoyo contra los normandos. La delegación estaba integrada por el Cardenal Humberto de Silva Cándida y por los arzobispos Federico de Lorena y Pedro de Amalfi. La falta de táctica diplomática y caridad de estos prelados se expuso ante las torpes actitudes del Patriarca Miguel I Cerulario, que poco antes había amenazado con clausurar todas las iglesias de la ciudad que no celebraran en rito griego. El Cardenal Humberto de Silva Candida puso entonces en duda la legitimidad del Patriarca y éste se negó entonces a recibir a los delegados de Roma. El purpurado escribió un libro titulado “Diálogo entre un romano y un constantinopolitano” donde critica las costumbres griegas y luego redactó la bula de excomunión que depositó en el altar de la Basílica de Santa Sofía el 16 de julio de 1054, tras lo cual, la delegación abandonó la ciudad. La reacción inmediata ocurrió el 24 de julio siguiente, cuando se excomulgó al Cardenal Humberto y a su séquito, desde entonces, el nombre del Papa se borró de la liturgia en Constantinopla y las iglesias quedaron cerradas para el culto latino. Es oportuno señalar aquí que este lamentable suceso no se debió a la decadencia del Papado, pues estos defectos no causaron tales desperfectos en los siglos X y XI, cuando la Iglesia occidental y con ella el Papado llegaron a su mayor desprestigio. Este episodio ocurrió luego del pontificado de San León IX, cuando se avanzaba en la reforma y rehabilitación. Por otro lado, éste Santo no pudo intervenir en el curso de los acontecimientos, pues la mutua excomunión se realizó cuando este ya había muerto, con lo que incluso quedan en entredicho las facultades del Cardenal legado.

Escultura del Santo en la abadía de Altfort, Francia.

Escultura del Santo en la abadía de Altfort, Francia.

Durante sus últimos días, San León IX, sintiéndose herido de muerte, manifestó una vida llena de piedad y de resignación cristiana, mostrando así como debe morir un creyente. El pueblo romano sintió hondamente su muerte, que ocurrió cuando apenas contaba con 52 años. Sobre su tumba se grabó este epitafio: “Roma vencedora está dolida al quedar viuda de León IX, segura de que, entre muchos, no tendrá un padre como él”. El suyo fue un pontificado pleno, lleno de incansable actividad y de dedicación apasionada, motivado por el amor de Dios, encarriló la reforma eclesiástica que luego llegaría a su perfecto desarrollo.

Humberto

Bibliografía:
– VVAA, Año Cristiano IV abril, Editorial BAC, Madrid, 2003, pp. 407-414.

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