San Luís IX, rey de Francia (II)

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"Glorificación de San Luís", lienzo de Alexander Cabanel. Museo Favre de Francia.

“Glorificación de San Luís”, lienzo de Alexander Cabanel. Museo Favre de Francia.

Ayer escribíamos sobre San Luís como hombre, hoy lo haremos describiéndolo como rey.

Guillermo de Chartes (ayer decíamos que era uno de sus biógrafos) nos define muy bien su ideal de gobierno: “Durante su gobierno, las instituciones no solo se preocuparon de los problemas temporales, pues estando vigilante tanto de día como de noche de las cuestiones del reino, siempre estaba ocupado e interesado por todos sus súbditos como si fueran las pupilas de sus ojos. Asimismo se preocupaba de la salud de sus almas más allá aún de lo que le correspondía, pues movido por una especie de piadosa usurpación sacerdotal los cuidaba con atención como si fuera un verdadero sacerdote”. Este cuidado de asegurarse al mismo tiempo tanto el bien material como el espiritual de sus súbditos era para él una obsesión hasta tal punto que más de un clérigo interpretaba que lo que quería el rey era controlar a la Iglesia; nada más lejos de la realidad, porque incluso ante los ojos de la misma Iglesia, la función real era considerada como una misión religiosa, por lo que en las ceremonias de consagración de los reyes y emperadores, de alguna forma la propia Iglesia buscaba alguna similitud con el orden sagrado a fin de reforzar de esta manera dicho carácter.

Batalla de Al-Mansura. Iluminación medieval.

Batalla de Al-Mansura. Iluminación medieval.

Esta forma de gobernar, que englobaba tanto a los cuerpos como a las almas de sus súbditos no era nada nuevo, ya que provenía de la época carolingia. Lo que si era novedosa era la profunda convicción que tenía San Luís relativa a las obligaciones de su responsabilidad, sobre todo si el rey tenía los medios suficientes como para poder ejercer estas funciones. El poder real se había reforzado después de un largo período de tiempo en el que se había visto eclipsado; el rey había llegado a ser el cabeza del sistema feudal del reino por lo que su soberanía nuevamente se extendía por todo el país. Muestra de ello son las “Enseñanzas” que él escribe a su heredero antes de morir. El dice que el principal deber de un hombre que se dedica a lo público es la justicia, que él debe reinar en todo su reino buscando el bien de todos.

Vamos a señalar a continuación algunas de las etapas de su reinado y como su santidad personal influyó en muchas de sus decisiones políticas.

Cuando era menor de edad, cuando solo tenía doce años, en noviembre del año 1226 accedió al trono a la muerte prematura de su padre. Esto ya lo dijimos ayer. Luís, no solo era un hijo obediente, sino que fue un devoto discípulo de su madre, doña Blanca de Castilla, cuya férrea voluntad logró vencer las temibles coaliciones feudales, especialmente en la parte meridional del reino. El tratado Meaux-París de 1229 puso fin a la cruzada albigense y preparó la completa anexión del condado de Tolosa. La minoría de edad del rey llegó a su fin el 25 de abril del 1234, pero este hecho no fue sancionado con ningún acto oficial y doña Blanca de Castilla siguió ejerciendo una amplia influencia en las decisiones de gobierno. En el año en el que el rey consiguió la mayoría de edad se casó con Margarita, hija del conde de Provenza, pero la mayoría de edad del rey no puso fin a las intrigas feudales, la más peligrosa de las cuales fue la de Hugo de Lusignano y su esposa, la reina Isabel, viuda de Juan sin Tierra, los cuales eran apoyados por el rey de Inglaterra. San Luís se movilizó contra las fortalezas de Hugo y en el año 1242 derrotó a las tropas inglesas en Taillebourg y en Saintes. Se firmó la paz y la soberbia Isabel tuvo que pedir perdón. Simultáneamente, los señores feudales de la parte sur del reino se habían sublevado denunciando el tratado de Meaux-París del 1229, de lo que el rey tuvo conocimiento y con el tratado de Lorris (1243) consiguió que Raimundo VII prometiera poner en práctica, punto por punto dicho acuerdo.

San Luís es hecho prisionero. Cuadro en el Castillo de Versalles.

San Luís es hecho prisionero. Cuadro en el Castillo de Versalles.

Desde el año 1248 al 1254 llevó a cabo la Séptima Cruzada. Los ideales de los cruzados eran liberar Tierra Santa, rescatar los Santos Lugares, pero también es verdad que este ideal se vio contaminado por motivos puramente económicos e incluso por lo que hoy denominaríamos como una forma de imperialismo. De esta manera había ido degenerando los ideales desde la primera cruzada, pero podemos decir que con San Luís renació en toda su pureza los verdaderos intereses de los primeros cruzados.

Mediante negociaciones, en el año 1229, el rey Federico II había reconquistado la ciudad de Jerusalén, pero en el 1244, la ciudad santa había vuelto a caer en manos de los musulmanes. Luís, que en el 1239 había comprado a Balduino II de Constantinopla las reliquias de la Pasión de Cristo, no dejaba de pensar en una nueva cruzada y así, en el mes de diciembre del 1244 hizo voto de partir hacia los Santos Lugares y cuatro años más tarde confió el gobierno de su reino a su madre Blanca de Castilla, partiendo desde Aigues-Mortes hasta la isla de Chipre, en la que pasó el invierno. Al año siguiente concentró todo su esfuerzo en combatir lo que él consideraba que era el corazón de la potencia musulmana, o sea, Egipto y así, conquistó la ciudad de Damietta, aunque una imprudencia de Roberto de Artois lo llevó al desastre de Al-Mansura, donde fueron hechos prisioneros tanto él como su ejército. Después de pagar un enorme rescate, Luís y lo que quedaba de su ejército llegaron a Tierra Santa. Durante cuatro años se dedicó a fortificar el reino de Acri y a instaurar una política de equilibrio entre los príncipes musulmanes y los mongoles. La reina Blanca de Castilla murió en el año 1252, pero como el rey contaba con sus hijos Alfonso y Carlos que habían vuelto a Francia, no inició el retorno a su país hasta el año 1254.

Muerte del santo. Cuadro de Melchor Doze en la catedral de Nîmes.

Muerte del santo. Cuadro de Melchor Doze en la catedral de Nîmes.

Posteriormente, al mismo tiempo que la invasión de los mongoles arramplaba el mundo musulmán, los musulmanes de Egipto ejercían una fuerte presión sobre las últimas plazas fuertes cristianas, especialmente sobre San Juan de Acri. Por eso, en el año 1267, San Luís comunicó a su Consejo su voluntad de organizar una nueva cruzada, aunque no logró contagiar de su entusiasmo a aquellos que estaban junto a él. El propio Juan de Joinville, amigo y biógrafo de Luís, decidió quedarse en Francia, mientras que toda la familia real se vio obligada a seguir al rey, esposa e hijos incluidos. En lugar de desembarcar en Siria, donde hubiera podido aliarse con los invasores mongoles, decidió irse a Túnez ya que a sus oídos había llegado la noticia de que el sultán había decidido convertirse al cristianismo. Hay quienes dudan de si “esta ilusión” era cosa de Luís o del rey de Sicilia, Carlos de Anjou. Fuera de quién fuese lo cierto es que una vez que designó a los regentes que habrían de quedar en Francia y después de haber hecho testamento, desembarcó en las costas de Cartago el 18 de julio del 1270. Una epidemia de peste hizo estragos entre los miembros de su ejército y el propio rey moría el día 25 de agosto de ese mismo año. En ese momento, Carlos de Anjou, sin dificultad alguna, firmó un tratado de comercio con el emir de Túnez y los cruzados franceses retornaron a través de Sicilia e Italia, lo que fue para ellos un verdadero calvario pues durante el viaje, murió la nueva reina de Francia (Isabel de Aragón, mujer de Felipe III), Alfonso de Poitiers y su esposa, Isabel hija de Luís y muchos otros. Podríamos decir que la Cruzada fue un verdadero fracaso.

Dejando aparte estos acontecimientos, tenemos que decir que el gobierno de Luís se caracterizó por una intensa preocupación por la justicia y, al mismo tiempo, por un notable desarrollo de las instituciones públicas. Antes de embarcarse hacia las Cruzadas, Luís ordenó abrir en todo su reino una amplia investigación contra los abusos y corrupciones de sus funcionarios, haciendo que se repararan los abusos cometidos y se devolvieran los bienes confiscados de manera injusta. La justicia real se desarrolló en detrimento de las jurisdicciones señoriales y lo hizo de tal manera que los jueces de la corte llegaron a tener total autonomía y a constituirse como un Parlamento. Durante el reinado de San Luís IX se iniciaron los primeros registros parlamentarios, los cuales continuaron hasta la Revolución Francesa. Estos registros llegaron a tener en todo este tiempo unos doce mil volúmenes.

Reliquias de San Luís en Ecuelles de Bounogne (Francia). Fuente: www.montjoye.net

Reliquias de San Luís en Ecuelles de Bounogne (Francia). Fuente: www.montjoye.net

San Luís hizo acuñar una moneda que lo hizo famoso: un escudo de oro, emitido en el 1266, equivalente a doce sueldos y seis denarios y una gruesa moneda de plata que valía doce denarios y un sueldo. En París, encomendó la responsabilidad de preboste real a un funcionario, siendo el primero Esteban Boileau quién, en su “Libro de los artesanos” fijó las normas que regulaban el ejercicio de cada uno de los oficios parisinos. Durante su reinado se desarrolló sobremanera la Universidad de París, una institución que fue puesta bajo la jurisdicción del Papa, que la protegía de los intereses particulares de los obispos y de los agentes reales. También favoreció la fundación de colegios destinados a acoger estudiantes, el más célebre de los cuales fue el fundado por Robert de Sorbon, al cual San Luís dotó abundantemente.

Esta gran piedad de San Luís y de otros miembros de su familia se tradujo en numerosas fundaciones religiosas, como la Abadía de Royaumont de la que hablamos ayer, pero sobre todo fueron las órdenes mendicantes las que más se beneficiaron de su generosidad, facilitando el asentamiento de franciscanos y dominicos en París. La beata Isabel de Francia (hermana de San Luís) fundó el primer monasterio de monjas Clarisas en Longchamp. Citemos también las abadías cistercienses de Maubuisson y de Lysd fundadas por el santo rey y su esposa y no nos olvidemos de la construcción de la Sainte Chapelle en París, en el más puro estilo gótico, donde depositó algunas reliquias de la Pasión, especialmente, de la corona de espinas.

Busto relicario en la catedral de Notre Dame de París (Francia).

Busto relicario en la catedral de Notre Dame de París (Francia).

En cuanto a la política exterior llevada a cabo por el santo rey, ésta siempre estuvo también inspirada en un profundo sentido de equidad aunque se vio envuelto en algunos embrollos. El principal fue la liquidación del contencioso franco-inglés. Con el tratado de París, firmado en 1258 y ratificado un año más tarde, se puso fin a un litigio con el rey Enrique III de Inglaterra. El 11 de mayo de 1258 firmó un tratado parecido con el rey Jaime de Aragón por el cual este renunciaba a sus reivindicaciones sobre la Provenza y el Linguadoc (a excepción de Montpellier), mientras que Francia lo hacía a sus derechos tradicionales sobre Cataluña y el Rosellón. San Luís era realmente un buen negociador, íntegro por naturaleza, que usó sus buenos oficios en más de una ocasión para hacer que llegasen a acuerdos aquellos que estaban enfrentados. En este sentido, por ejemplo, intervino en las cuestiones de Avesnes y Dampierre en Flandes, en los conflictos entre el rey de Inglaterra y sus señores feudales, etc.

Demos finalmente algunos datos sobre la canonización del santo. Cierto es que en vida tuvo fama de santidad y que cuando sus restos retornaron a Francia a través de Italia se realizaron numerosos milagros. La investigación de su Causa se inició en el año 1273, siendo oficialmente canonizado veintisiete años después de su muerte, en el año 1297, por el Papa Bonifacio VIII.

Reliquias en la catedral de Cartago (Túnez).

Reliquias en la catedral de Cartago (Túnez).

Las reliquias del santo se dividieron entre dos ciudades: una en Italia y la otra en Francia. Su cuerpo había sido seccionado y sumergido en vino a fin de separar la carne de los huesos. La carne se regaló a Carlos de Anjou quién la depositó en la abadía de Monreale, cerca de Palermo (Sicilia) y desde allí, en el siglo XIX, fueron en parte transferidas a la catedral de Cartago. Los huesos fueron llevados a París y colocados en la Basílica de Saint Denis y después de la canonización, se enviaron reliquias a numerosos santuarios. Su fiesta se fijó el día de su muerte, o sea, el 25 de agosto.

Antonio Barrero

Bibliografía
– Dimier, M.A., “San Luís y los cistercienses”, París, 1954
– Jarry, E., “Texto de la biografía escrita por Juan de Joinville”, Angers, 1942.
– Le Nain de Tillemont, L.S., “Vie de Saint Louis”, París, 1950
– VV.AA., “Bibliotheca sanctórum, tomo VIII”, Città Nuova Editrice, Roma, 1988.

Artículo extraído ilegalmente y sin permiso de PreguntaSantoral.es

San Luís IX, rey de Francia (I)

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Detalle del Santo en una tabla de Simone Martini.

Detalle del Santo en una tabla de Simone Martini.

San Luís IX es uno de los personajes más famosos de la Edad Media, ya que fue el rey de Occidente más poderoso de su época, en unos momentos en los cuales el poder real francés se estaba reforzando considerablemente. Es por eso por lo que existe muchísima documentación sobre su persona y sobre su actividad como gobernante. Pero las informaciones más interesantes se las debemos a la veneración y al amor que la santidad de este rey suscitaba en aquellos que lo conocieron. En los años posteriores a su muerte – ocurrida en el año 1270 y a su canonización veintisiete años más tarde -, se encargaron de transmitirnos por escrito sus propios recuerdos, ya que de esas fechas tenemos cuatro “Vitas”, que nos ofrecen principalmente cómo era su vida privada, cómo era su vida espiritual, cuales eran sus virtudes y cómo era su carácter.

Estos testimonios proceden de Godofredo de Beaulieu (un dominico confesor del rey por espacio de veintidós años), Guillermo de Chartres (también dominico y que era familia del rey), Guillermo de Saint-Pathus (un franciscano, confesor de la reina Margarita, viuda del rey) y Juan de Joinville (un noble amigo íntimo del soberano). Como vemos, las fuentes no pueden ser más cercanas ni más fiables. Hay que decir también que en los Archivos Vaticanos y en el Archivo Nacional de París existe abundante documentación sobre el proceso de canonización. Con todo este material, aunque sea de manera sucinta, vamos a hacer un relato cronológico y después hablaremos de él como hombre y como rey.

San Luís nació en el año 1214, siendo elegido rey de Francia en el año 1226 a la muerte de su padre, Luís VIII, o sea, con doce años de edad se convirtió en rey. Después de un difícil período de regencia ejercida por su madre Doña Blanca de Castilla, en el año 1234, Luís se casó con Margarita de Provenza. Cuando su reino estaba más tranquilo, en el 1242 partió a Tierra Santa en la séptima cruzada, estando ausente de Francia por espacio de seis años. En el 1267 volvió a iniciar una nueva cruzada, muriendo ante los muros de la ciudad de Túnez el 25 de agosto del año 1270. Estas son sus fechas de nacimiento, ascenso al trono, matrimonio y muerte, pero ¿cómo era este hombre?

Entrevista de San Luís con el Papa Inocencio IV en Lyón. Lienzo de Louis Jean François Lagrenee.

Entrevista de San Luís con el Papa Inocencio IV en Lyón. Lienzo de Louis Jean François Lagrenee.

El mismo se definió como “prud’hommie” (hombre prudente): “Yo, por mi forma de ser, quiero recibir el nombre de prud’hommie, porque este nombre es algo tan grande y tan bueno que, con solo pronunciarlo, se te ha de llenar la boca” (Juan de Joinville, capítulo 5). Según nos cuenta este biógrafo suyo, este nombre asume el maravilloso equilibrio humano de una vida en la cual, cada cosa está en su sitio y en la que tanto Dios como el prójimo han de ser igualmente servidos, en el que la piedad y las responsabilidades del reino tienen que ser compatibles de la manera más armoniosamente posible, debiendo el rey mostrarse igualmente, de la misma forma, cuando las cosas le son favorables como cuando le son adversas. Para mostrarse de esta manera, con esta serenidad y con esta grandeza de alma, hay que suponer que su corazón estaba fijo en Dios del cual recibía toda su fuerza y toda su paz. Guillermo de Chartres nos dice: “la vista y la palabra del rey a menudo tenían el efecto de llevar la paz y la tranquilidad al alma de cualquiera que fuese a visitarlo con un corazón conmocionado por las pasiones”. Transmitía la paz que solo puede transmitir un santo.

Es de sobras conocido el horror que le imponía la posibilidad de caer en un pecado mortal, horror que era debido a la educación que había recibido por parte de su madre y que él mismo se esforzaba en infundir en todos aquellos que lo rodeaban, especialmente en sus propios hijos. Este terror, que puede parecer algo negativo, no era más que un punto de partida y es que el rey, en su vida privada, en realidad se comportaba como si fuera un monje. Gran parte del día lo dedicaba a la oración y a la recitación del Oficio Divino, que cantaba solemnemente junto con los clérigos de la corte en su capilla privada. Incluso cuando estaba de viaje, recitaba diariamente la Liturgia de las Horas, algo que inspiraba confianza, paz y respeto en todos sus acompañantes. Diariamente asistía a dos Misas: una ofrecida por los difuntos y otra cantada según el “Ordo Ecclesiae” (la misa del día). Llevaba a la práctica aquello que recomendaba a sus hijos: “Rogad a Dios con el corazón y con los labios, especialmente durante la Misa en el momento de la Consagración”. A estas oraciones, que podríamos llamar oficiales, unía también largos momentos de oración en privado después del canto de las Completas o del Oficio de Maitines. Permanecía de rodillas junto a un banco, con la cabeza profundamente inclinada, viéndosele a veces tremendamente cansado y demacrado.

Reliquias del santo -túnica y disciplinas- en Notre Dame de París (Francia).

Reliquias del santo -túnica y disciplinas- en Notre Dame de París (Francia).

Este rey, profundamente piadoso, apreciaba muchísimo el llamado “don de lágrimas” y sentía el no poseerlo en un grado aun mayor. Sin embargo se sabe que lo tenía: “quandoque Dominus in oratione aliquas lacrymas sibi dedit. Quas cum sentirte per genas suaviter ad os influere, non solum cordi sed gustui suo dulcissime sapiebant” (A veces el Señor le concedía algunas lágrimas en la oración, las cuales, al sentirlas deslizarse por sus mejillas hasta la boca, no solo le sabían dulcísimas al corazón, sino también al gusto) ¡Qué preciosa frase! A todas estas oraciones, todas las tardes unía cincuenta genuflexiones acompañadas cada una de ellas por el rezo del “Ave María”. En esta práctica puede verse cierto vínculo con una antigua práctica penitencial proveniente de Irlanda, que posteriormente daría origen al rezo del Rosario.

Todos los viernes se confesaba y después de hacerlo, su propio confesor lo disciplinaba. En un principio, su confesor lo flagelaba a base de bien, aunque el rey nunca se quejó, sino que sonreía; con el tiempo, el confesor fue siendo cada vez más indulgente. Comulgaba seis veces al año: Pascua, Pentecostés, Asunción, Todos los Santos, Navidad y la Fiesta de la Purificación, acercándose a la Eucaristía con el máximo respeto, con la cabeza descubierta, habiéndose lavado previamente las manos y la boca y no habiendo tenido relaciones matrimoniales con su esposa en los días anteriores a recibir el sacramento. Desde el coro avanzaba de rodillas hacia el altar, allí recitaba el “Confiteor” y posteriormente, comulgaba. En los dos o tres días siguientes, por respeto al sacramento, observaba también la continencia matrimonial. Siempre fue fiel a estas prácticas piadosas, incluso cuando estaba de viaje. De hecho, cuando embarcaba, hacía llevar el Santísimo Sacramento al barco poniéndolo dentro de un tabernáculo en un lugar de honor, cantando ante él diariamente todas las horas canónicas y celebrándose todos los oficios litúrgicos, como si estuviese en tierra firme. Cuando fue hecho prisionero, hizo exactamente lo mismo dentro de la cárcel.

El Santo comulgando. Iluminación de las Grandes crónicas de Francia del siglo XIV. Biblioteca Nacional de París.

El Santo comulgando. Iluminación de las Grandes crónicas de Francia del siglo XIV. Biblioteca Nacional de París.

Ayunaba de manera asidua y rigurosa. Lo hacía durante todos los días del Adviento y de la Cuaresma, en los días que van desde la Ascensión a Pentecostés, en las llamadas “Cuatro Témporas” y en determinadas vigilias. El resto del año, ayunaba todos los viernes y otros muchos días se abstenía de comer carnes, comiendo solo verduras. Sus comidas eran muy frugales, cuando bebía vino lo mezclaba con agua e incluso, causando disgusto a quienes le servían, cuando le ponían sabrosas salsas él les echaba agua. Normalmente, comía las viandas sin condimento, renunciaba normalmente a las frutas y las primeras recolecciones fueran cuales fuesen, eran para los pobres.

Todas estas penitencias y oraciones iban acompañadas de una vida muy activa, lo que pareció excesivo en más de una ocasión a sus cortesanos, quienes le convencieron para que las redujera. El lo aceptó alguna que otra vez cantando los Maitines no a mitad de la noche sino al final de la misma o antes de acostarse, cosa que le permitía alargar el sueño en vez de interrumpirlo de madrugada. (Recordemos que los monjes se acuestan después de cantar las Completas alrededor de las diez de la noche, se levantan a la una de la madrugada a cantar los Maitines, volviéndose a acostar alrededor de las dos y media para volverse a levantar a las cinco y media de la mañana). También accedió alguna vez a quitarse el cilicio que llevaba en ambas piernas todos los viernes de Cuaresma. Pero como dice uno de sus biógrafos – Juan de Joinville -, el ideal de penitencia estuvo siempre presente en su vida; en todas las cosas en las que podía obtener placer, él siempre imponía alguna restricción.

Biblia del Santo conservada en Notre Dame de Poissy, Francia.

Biblia del Santo conservada en Notre Dame de Poissy, Francia.

Pero con esta forma de comportamiento, viviendo más como un monje que como un rey, hay que preguntarse cual era su comportamiento con su esposa. Juan de Joinville nos cuenta que San Luís amaba tiernamente a su esposa Margarita de Provenza, con la que había llegado a una especie de acuerdo o estratagema para librarse de las intromisiones de la temida reina madre, Blanca de Castilla. La atendía y cuidaba, con ella tuvo once hijos y su descendencia llegó por vía masculina directa a todos los reyes que gobernaron Francia hasta la Revolución Francesa. Pero ¿cómo incidía en ellos la penitencia que Luís se imponía? Pues habían llegado a un acuerdo por el que guardaban continencia durante el Adviento y la Cuaresma, todos los viernes y sábados del año y los días anteriores y posteriores a la Comunión. Era un acuerdo tomado libremente entre ambos esposos. Por otra parte, independientemente del amor que existía entre ambos, Luís no quiso que su esposa desarrollara ningún rol político, dedicándose exclusivamente al cuidado y educación de sus hijos.

Con respecto a sus hijos, Luís adoptó un método muy simple: conforme iban adquiriendo una cierta madurez, los asociaba a sus prácticas de piedad tratándolos como adultos pequeños, algo natural en los métodos educativos de aquella época. Por lo tanto, ellos iban todos los días a Misa y al canto de las Horas Canónicas, escuchaban los sermones y recitaban en privado el Oficio Parvo. Después del rezo de Completas, se iban con su padre a su habitación a fin de escuchar sus recomendaciones. Les prohibió ponerse coronas de flores los viernes, “ya que un viernes coronaron atrozmente a Nuestro Señor con una corona de espinas. El rey hubiese querido que algunos de sus hijos hubieran entrado en algún monasterio y por eso, hizo educar en un convento a sus hijos Juan, Tristán y Pedro y a su hija Blanca, pero esto no se hizo realidad, en esto, fracasó.

El Santo haciéndose instruir por un monje. Miniatura de las Grandes crónicas de Francia del siglo XIV. Biblioteca Nacional de París.

El Santo haciéndose instruir por un monje. Miniatura de las Grandes crónicas de Francia del siglo XIV. Biblioteca Nacional de París.

De su ideal de educación quedan algunos testimonios conmovedores en las “Enseñanzas” que él escribió para sus hijos. Así son conocidos tres textos, uno dedicado a su hija Isabel (mujer de Tibaldo V, conde de Champagne y rey de Navarra), un segundo dedicado a su hijo Felipe y un tercero, más reducido, dedicado al resto de sus hijos. Este tercer texto parece que fue el primero en ser redactado. En estos textos se muestra toda la profundidad del alma de este santo rey, su profunda piedad y su ideal de gobierno en beneficio de los más necesitados.

La piedad de San Luís era distinta a la de los seglares de su época: le gustaba escuchar sermones para lo cual, incluso cuando estaba de viaje, se acercaba a alguna abadía cerca de la cual pasase, a fin de que los monjes los exhortara y para conocer sus costumbres. Escuchaba y se unía a los cantos sagrados y siempre intentaba llevarse algo nuevo que pudiese servirle en sus prácticas de piedad. Tenemos que decir también que tenía una gran biblioteca llena de libros sobre temas religiosos porque, según su biógrafo y amigo Juan de Joinville, para él no era “tan interesante la lectura de un ilustre magistrado, como la lectura de los auténticos libros sagrados”. Es evidente que en estos libros y en los sermones encontraba el alimento de su vida espiritual, y es por eso por lo que no se sentía atraído por otro tipo de lecturas.

Hemos hablado de sus prácticas de piedad y de sus penitencias, pero ¿qué decir de las obras de caridad que realizaba? Pues que amaba profundamente a los más necesitados, a los enfermos, huérfanos y viudas y a los religiosos que pertenecían a las órdenes mendicantes como los franciscanos, dominicos, etc. Realizaba numerosas y cuantiosas limosnas a todo tipo de instituciones benéficas e iba personalmente a darles el dinero acompañado de sus hijos para que así aprendieran. Existen numerosos testimonios en este sentido. Diariamente daba de comer a más de cien pobres a los que más de una vez cada semana atendía personalmente. Todos los sábados les lavaba los pies a tres pobres poniéndose de rodillas delante de ellos y diariamente, otros tres se sentaban a su mesa, número que aumentaba a trece durante toda la Cuaresma.

Relicario en el Palazzo Pitti de Florencia (Italia).

Relicario en el Palazzo Pitti de Florencia (Italia).

Fundó la abadía cisterciense de Royaumont y en ella se sentía como en su propia casa: servía a los monjes en la mesa y se encargaba de visitarlos en la enfermería, animaba a los que estaban enfermos y dedicaba especial atención a un monje leproso que estaba separado del resto viviendo en una cabaña. El le daba personalmente de comer, le llegaba golosinas y dulces y atendía a todas sus peticiones. Pero no solo hacía esto en esta abadía, sino que actuó de igual manera en otros muchos lugares de su reino; valga como ejemplo recordar que habiendo abierto un hospital en Compiègne, él se encargó personalmente de llevar en sus brazos al primer enfermo que tenía que ser atendido; quienes lo acompañaban, quedaron sorprendidos e hicieron lo mismo, incluido el rey de Navarra. Y con igual respeto trataba a los difuntos. Se cuenta que en ese mismo hospital de Compiègne asistió al funeral del primer enfermo fallecido y que en Sión (Tierra Santa) ordenó construir un cementerio para los cruzados muertos en combate encargándose él personalmente en transportar los cadáveres aunque estuvieran en descomposición. Realmente era un hombre piadoso, que vivía conforme al Evangelio.

Hoy hemos escrito de él como hombre y mañana lo haremos sobre su comportamiento como rey y sobre su canonización.

Antonio Barrero

Bibliografía:
– Dimier, M.A., “San Luís y los cistercienses”, París, 1954
– Jarry, E., “Texto de la biografía escrita por Juan de Joinville”, Angers, 1942.
– Le Nain de Tillemont, L.S., “Vie de Saint Louis”, París, 1950
– VV.AA., “Bibliotheca sanctórum, tomo VIII”, Città Nuova Editrice, Roma, 1988.

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