Santos de la Ribera Sacra

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San Martín. Codex Albeldensis (del año 976), Biblioteca del monasterio de San Lorenzo de El Escorial, España.

San Martín. Codex Albeldensis (del año 976), Biblioteca del monasterio de San Lorenzo de El Escorial, España.

A la ribera del río Sil (afluente del río Miño) se le ha llamado la “Tebaida gallega” e incluso por parte de prestigiosos historiadores benedictinos se le denominó la “Ribeira Sacrata”, título que incluso le fue dado en el siglo XIII por la reina consorte doña Teresa de Portugal, a quien veneramos como Beata. Este apelativo lo consiguió principalmente gracias a la labor apostólica de San Martín de Dumio, San Fructuoso de Braga y San Franquila, abad de Celanova.

San Martín llegó a aquellas tierras a mediados del siglo VI, predicando incansablemente en las aldeas de las riberas de los ríos Miño y Sil y fundando monasterios como los existentes en Oriente, lugar de donde procedía. En su libro “El monasterio de Ribas de Sil”, Vázquez Núñez dice de él que “fue el fundador del primitivo monasterio de San Esteban e infatigable apóstol entre las gentes suevas”. San Fructuoso, renunciando a sus riquezas se fue a la comarca leonesa de El Bierzo, fundando allí a mediados del siglo VII el monasterio de Compludo, pero después de camino hacia Galicia, fundó el monasterio de San Pedro de los Montes cerca de Ponferrada y el monasterio Peonense en tierras gallegas. San Franquila se retiró a San Juan de Chacón y con el apoyo del rey Ordoño II restauró el mencionado monasterio de San Esteban llenándolo de monjes. De allí salieron los fundadores de los principales monasterios del sur de Galicia y del norte de Portugal.

A esta abadía de San Esteban se retiraron los santos obispos Ansurio de Orense, Vimarasio de Tuy, Gonzalo Osorio, Froalengo, Servando, Viliulfo de Tuy, Pelagio, Alfonso y Pedro. Durante el pontificado de Clemente X se instruyó expediente canónico, solicitando la concesión de misa y oficio en honor de estos nueve obispos, por considerarlos canonizados “more antiquo”. Asimismo, por aquellas tierras se santificaron también San Valerio del Bierzo y San Genadio de Astorga, que vivieron en San Pedro de los Montes. Entre todos ellos, crearon una cadena de monasterios que, partiendo desde El Bierzo llegaban hasta el mar, formando una especie de “vía sacra gallega”.

En este breve preámbulo hemos mencionado a casi una veintena de santos y de todos ellos me gustaría escribir. Si Dios quiere, lo iremos haciendo, pero en este artículo nos ceñiremos a los tres primeros: Martín de Dumio, Fructuoso de Braga y Franquila de Celanova.

Relicario del cráneo de San Martín de Dumio. Catedral de Braga (Portugal).

Relicario del cráneo de San Martín de Dumio. Catedral de Braga (Portugal).

San Martín Dumiense
Había nacido en Panonia (territorio de la actual Hungría) alrededor del año 510 y desde allí marchó a Palestina donde estuvo algunos años, visitando los lugares santos, estudiando el griego y a los filósofos griegos y romanos. Hacia el año 550 llegó a Galicia donde fundó el monasterio de Dumio, siendo su primer abad y posteriormente, alrededor del año 556, obispo con jurisdicción sobre el monasterio y los territorios que tenía asignados gracias a las donaciones de algunos reyes. Su llegada a Galicia se hace coincidir con la curación milagrosa del hijo del rey de los suevos, que estaba enfermo de lepra. Como consecuencia de esta curación, el rey, su familia y todo el pueblo se convirtieron al cristianismo.

Según cuenta San Isidoro de Sevilla en sus obras “De viris illustribus” e “Historia gothorum, wandalorum et suevorum”, esta masiva conversión había sido preparada por la predicación del mismo San Martín, el cual llegó a ser la personalidad más importante del reino. Por esta razón es conocido como “el apóstol de los suevos”, ya que tuvo un extraordinario celo por evangelizarlos y por tenerlos como su pueblo de adopción, tanto cuando era abad de Dumio, como posteriormente, cuando a la muerte del obispo Lucrecio en el año 570, fue nombrado arzobispo de Braga.

San Isidoro resume su actividad con estas palabras ”Conversis ab ariana impietate ad fidem catholicam Suevorum populis, regulam fidei et sanctae religionis constituit, ecclesias confirmavit, monasteria condidit, copiosaque preacepta piae institutionis composuit” (De viris illustribus, 35). Después de erradicar la herejía arriana de entre los suevos, consiguió la paz de la Iglesia en aquellas tierras gallegas y lusitanas.

Altar de San Martín de Dumio en la catedral de Braga, Portugal. Contiene reliquias del Santo.

Altar de San Martín de Dumio en la catedral de Braga, Portugal. Contiene reliquias del Santo.

El monasterio de Dumio es la única fundación monástica, confirmada históricamente, como la evangelizadora de los suevos, siendo este su principal objetivo desde los primeros años de la fundación. No se sabe cual era su regla aunque sus monjes tradujeron del griego las “Sentencias de los Padres de Egipto”. Probablemente, más que una regla en concreto, lo que les inspiraba era el espíritu de los padres del desierto expresado en algunas normas que regían la vida del monasterio y de las otras comunidades monásticas que posteriormente fundó o inspiró.

La espiritualidad y la disciplina de Oriente, donde Martín había madurado como asceta y apóstol, tuvo también especial relevancia en los importantísimos concilios de Braga del año 561 – al que asistió como obispo de Dumio – y del 572, que presidió como metropolita braguense. Las Actas de este último concilio tienen como apéndice añadido los llamados “Capítulos de Martin” (Capitula Martini), que es una colección de ochenta y cuatro cánones sobre múltiples aspectos de la disciplina eclesiástica, escogidos y traducidos de otros concilios orientales, aunque con algunas correcciones que revelan la intención de adaptarse a las circunstancias pastorales de la región gallega.

San Martín murió el 20 de marzo del año 579, siendo sepultado en la iglesia del monasterio de Dumio. En el año 866, huyendo de las incursiones de los musulmanes, el obispo Satarico de Dumio, marchó con toda su comunidad a la ciudad de Mondoñedo, llevándose consigo las reliquias de San Martín. Desde allí, en el año 1591 fueron transferidas al monasterio de San Fructuoso y, finalmente, el 22 de octubre del año 1605, fueron llevadas a la catedral de Braga donde actualmente se encuentran. Su fiesta se celebra el 20 de marzo, aunque por una extraña amnesia del cardenal Baronio, su nombre no aparece en el Martirologio Romano. Baronio, que incluyó en este Martirologio a tantos santos ficticios, no incluyó ni a San Martín de Dumio ni a San Fulgencio hermano de los santos Isidoro, Leandro y Florentina, que son santos históricos.

Estatua de San Fructuoso. Fachada de la catedral de Braga (Portugal).

Estatua de San Fructuoso. Fachada de la catedral de Braga (Portugal).

San Fructuoso de Braga
Nació a principios del siglo VII en el seno de una noble familia goda, recibiendo la formación intelectual y espiritual que le proporcionó el obispo Conancio de Palencia. Cuando fue ordenado de sacerdote, aunque su familia poseía algunas propiedades en el Bierzo, lo abandonó todo, dejó libre a sus esclavos y abrazó la vida eremítica, viviendo en una cueva y alimentándose con lo que recogía por los bosques. Su habitáculo se convirtió en un centro de atracción para personas de todas las clases sociales que recurrían a él para ponerse bajo su dirección espiritual. A fin de regular este movimiento ascético fundó el monasterio de Compludo en el Bierzo leonés y posteriormente, otros en Galicia y en el norte de Lusitania, en total, unos veinte: San Pedro de Montes, el monasterio Rupianense, San Félix de Visonia, etc.

Peregrinó a Mérida para venerar el sepulcro de Santa Eulalia y desde allí, marchó hacia Sevilla y Cádiz, donde siguió fundando otros monasterios. Pensó en ir a Tierra Santa y a Egipto, pero tuvo que desistir ya que el rey Recesvinto y sus consejeros se lo impidieron pues no querían que su reino perdiese a tan importante personaje; lo encerró en Toledo y no lo dejó salir hasta que no aceptó ser obispo de Dumio. Su fama de santidad se expandió por toda la Hispania visigoda, llegando a decir de él San Braulio de Zaragoza, que “era la gran luminaria de la espiritualidad hispana”. Fue nombrado por el rey y elegido por los monjes como abad y obispo del monasterio de Dumio y como tal, asistió al X concilio de Toledo celebrado en el año 656, cuyos padres conciliares por unanimidad, lo nombraron arzobispo de Braga y metropolita de Galicia.

No se sabe nada de su actividad episcopal, pero según se dice en su “Vita” – atribuida falsamente a su discípulo San Valerio del Bierzo – siempre vivió como monje. A él se le atribuyen dos reglas monásticas y se conservan dos cartas suyas: una dirigida al rey Recesvinto y otra a San Braulio de Zaragoza. Murió alrededor del año 665.

Aunque no existe ninguna duda sobre su veneración después de su muerte, sin embargo no se le menciona en ningún libro litúrgico mozárabe. A principios del siglo XII, su cuerpo se encontraba en el monasterio de Montelios, cerca de Braga, pero el arzobispo Gelmírez lo robó y se lo llevó a su diócesis de Santiago de Compostela y lo puso en una iglesia monacal, que es la actual parroquia de San Jerónimo el Real. En el siglo XX, una reliquia insigne fue enviada desde Santiago hasta la catedral de Braga.

Urna con los huesos de San Fructuoso. Capilla de reliquias de la catedral de Braga (Portugal).

Urna con los huesos de San Fructuoso. Capilla de reliquias de la catedral de Braga (Portugal).

El cardenal Cisneros, en el año 1500, lo incluyó en el misal y en el breviario mozárabe y a partir del 1502 empezó a conmemorarse el día 9 de abril, pero todos los libros litúrgicos españoles y portugueses de los siglos XV y XVI, lo celebran el 16 de abril, fecha que fue aceptada por el cardenal Baronio cuando lo incluyó en el Martirologio Romano.

San Franquila de Celanova
Después de haber vivido como eremita en una cabaña construida por el mismo en la ribera del río Sil, en el año 921, con la ayuda del conde Gutier Menéndez, que era el padre de San Rosendo, obtuvo del rey Ordoño II de León, la restauración de un antiguo monasterio abandonado, que fue dedicado a San Esteban y que es el actual monasterio de San Esteban de Ribas de Sil. San Franquila fue su primer abad y bajo su gobierno, la vida religiosa floreció de manera extraordinaria. Siete obispos que renunciaron al gobierno de sus diócesis, llegaron al monasterio para ponerse bajo su guía espiritual.

Alrededor del año 942, cuando San Rosendo y su madre terminaron la construcción del monasterio de San Salvador de Celanova, fue llamado para que dirigiese esta nueva fundación monástica. Allí, también fue capaz de infundirle una gran espiritualidad a la nueva comunidad de monjes; el mismo San Rosendo, que llegó a ser obispo de Mondoñedo, renunció a su diócesis para ponerse bajo la dirección de San Franquila, al cual sucedió después de su muerte. San Rosendo lo llega a llamar: “Vir sanctissimus et speculum omnium virtutum, sollicitus et attentus ovibus suis”. Murió en el año 959 y fue sepultado en el monasterio de Celanova. Sus restos fueron robados por los portugueses en una de sus incursiones por tierras gallegas. Aunque actualmente no recibe culto, figura como santo en el Martirologio y se hace memoria suya el día 1 de marzo.

Antonio Barrero

Bibliografía:
– FERNÁNDEZ ALONSO, J., “La cura pastoral en la España romano-visigoda”, Madrid, 1955
– PÉREZ DE URBEL, J., “Los monjes españoles en la Edad Media”, I, Madrid, 1933.
– VV.AA. “Bibliotheca sanctorum”, tomos V y VIII. Città N. Editrice, Roma, 1991.

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