San Nicéforo el Leproso, monje ortodoxo griego

Artículo extraído ilegalmente y sin permiso de PreguntaSantoral.es

Fotografía del Santo.

Fotografía del Santo.

Hoy quiero escribir sobre un santo griego, recién canonizado, que murió en el año 1964 cubierto de lepra, aunque mostrándonos a través de esa enfermedad y discapacidad la grandeza de su alma.

Se llamaba Nicolás Tzanakakis y había nacido en Serikari en el año 1890. Sus padres eran unos sencillos aldeanos, que murieron siendo el niño muy pequeño. Con solo trece años de edad, tuvo que dejar su casa y marchar a Chania para trabajar como aprendiz de peluquero. Ya entonces comenzó a sentir los primeros síntomas de la enfermedad de Hansen, o sea, la lepra. Como esta era una enfermedad contagiosa y el pueblo sentía horror hacia ella, los leprosos griegos vivían recluidos en la isla de Spinaloga y allí tuvo que exiliarse, aunque con dieciséis años de edad, se escapó de la isla, se embarcó y huyó a Egipto. Allí, en Alejandría, permaneció trabajando como barbero, pero como los signos de la enfermedad se hacían cada vez más evidentes, sobre todo en la cara y en las manos, con la ayuda de un sacerdote se marchó de nuevo a Grecia, concretamente a la isla de Quíos, donde también había una leprosería atendida por el padre Antimos Vagianos, el actual San Antimo de Quíos. Allí entraron en contacto los dos santos.

Cuando llegó a Quíos en el año 1914, Nicolás tenía veinticuatro años de edad; se alojó en una de las casas que conformaban la leprosería y comenzó a frecuentar la capilla de San Lázaro, donde se conservaba en milagroso icono de la Panagia de Ypakoe. Allí fue donde verdaderamente se inició la vida espiritual de Nicolás y fue tanto su progreso que San Antimo a los dos años le propuso tonsurarse como monje, cosa que hizo asumiendo el nombre de Nicéforo. En aquellos tiempos, al no existir los medicamentos adecuados para tratar la enfermedad, esta siguió progresando, afectando cada vez más al joven monje. Aun así, con esa tara física encima, vivía como un auténtico monje, trabajando en el jardín de la leprosería, obedeciendo a San Antimo, practicando casi de continuo un severísimo ayuno, orando durante horas interminables todas las noches y realizando diariamente numerosísimas postraciones.

Con San Antimo tuvo una relación muy estrecha. Según el hieromonje Theoklitos del monasterio atonita Dionysios, “no se separaba de San Antimo ni siquiera un paso”. En él encontraba refugio y por él se convirtió en el cantor de la iglesia. Pero a causa de la enfermedad, que progresaba inmisericorde, poco a poco fue perdiendo la vista por lo que, al no poder leer, la mayoría de los himnos eran cantados por otros.

San Nicéforo y San Antimo en Quíos.

San Nicéforo y San Antimo en Quíos.

En el año 1957 la leprosería de Quíos fue cerrada y los pacientes, junto con el monje Nicéforo, que ya tenía sesenta y siete años de edad, fueron enviados a la leprosería de Santa Bárbara de Aigaleo, un municipio perteneciente al área metropolitana de Atenas. El santo tenía parte del cuerpo deformado y había quedado completamente ciego. Allí convivió con el padre Eumenios que, aunque también había tenido la enfermedad de Hansen, debido a los avances médicos se había curado totalmente y decidió quedarse el resto de su vida en la leprosería para atender amorosamente a quienes permanecían enfermos. Allí, se convirtió en el hijo espiritual de Nicéforo, al igual que otras muchas personas que acudían a recibir su bendición y sus consejos.

Se cuentan muchas anécdotas entre el padre Eumenios y San Nicéforo. Yo solo voy a contar una: una noche, cuando el padre Eumenios comprobó que el santo estaba ya en la cama, él también se fue a descansar; sin embargo no podía dormir porque estaba preocupado, ya que creía que no había apagado el fuego encendido en la celda del santo. Se levantó y fue allí, pero para no molestarle pensando que estaría ya dormido, abrió sigilosamente la puerta y vio a San Nicéforo flotando como a un metro del suelo, con los brazos extendidos y sumido profundamente en oración. Su rostro brillaba como el sol. Al ver este espectáculo, sin decir palabra alguna, cerró cuidadosamente la puerta y al llegar a su celda se postró llorando, pensando que había invadido la intimidad del santo. Cuando se encontraron a la mañana siguiente, se postró ante el santo pidiéndole perdón por haber invadido su intimidad. Con una leve sonrisa, Nicéforo lo perdonó, pero consiguiendo que le prometiera no revelar lo que había visto, al menos mientras él estuviera vivo.

El Santo en su lecho de muerte.

El Santo en su lecho de muerte.

Quienes lo conocieron dicen que, a pesar de que en sus últimos años tuvo que vivir con grandes heridas y dolores, jamás se le escuchó una queja y siempre estaba dispuesto a atender a todos los que le buscaban. Aunque prácticamente no veía, estaba engarrotado y las manos y las piernas las tenía paralizadas, siempre estaba sonriente, siempre fue amable y siempre contaba historias que hacían sonreír a quienes estaban a su lado. Constantemente estaba diciendo: “Señor Jesús, ten piedad de mí”, y siempre aconsejaba la oración, ya que era “la mejor medicina para todas las enfermedades”. Aunque su rostro estaba deformado y herido, brillaba como un sol reluciente. El día 4 de enero del año 1964, con setenta y cuatro años de edad, murió tranquilamente en la cama donde tuvo que yacer los últimos meses de su vida. San Nicéforo fue canonizado por el Santo Sínodo del Patriarcado Ecuménico de Constantinopla en el año 2012. Su fiesta se celebra el 4 de enero.

San Nicéforo tuvo el don de milagros y como es un santo que murió hace muy pocos años, estos son recientes y de sobras conocidos. Yo solo voy a relatar algunos ocurridos después de su muerte:

Después de haber muerto San Nicéforo, una noche, el padre Eumenios, como había muchos mosquitos e insectos en su habitación, cerró la puerta y la ventana y vació una botella de un litro llena de un fuerte insecticida. Hecho esto, se fue a dormir y no se despertaba, a pesar del intenso y mortífero olor a insecticida. En sueños, se le apareció San Nicéforo, lo cogió de la mano, lo sacó de la habitación y le dijo: “No vuelvas a tu celda si no abres previamente la puerta y la ventana para ventilarla”. Medio sonámbulo, lo hizo y el santo desapareció. A la mañana siguiente todo el mundo comprendió que si no hubiese ventilado la habitación, habría muerto intoxicado aquella misma noche.

Reliquia del Santo en Kissamos, Creta.

Reliquia del Santo en Kissamos, Creta.

Otro: El hieromonje Anfiloquio, del monasterio de Agia Paraskevi de Megara afirma que un día, estando sentado en su celda, sintió una intensa fragancia. Miró hacia todos los lados, no vio nada y no comprendía de donde procedía dicho olor. Entonces, mirando a su mesa, vio un grueso archivo. Lo abrió y encontró dentro un pequeño trozo de una reliquia, que desprendía un agradable aroma y una nota que ponía: “Padre Nikiforos Tzanakakis, 4/1/1964”. La reliquia había sido enviada a otro monje que estaba ausente del monasterio en ese momento, por lo que alguien la dejó en la celda del padre Anfiloquio. Este la cogió reverentemente y la puso junto a otras reliquias que tenía en su celda y cuando regresó su destinatario, se la entregó.

Otro: El señor Theodoros Giannakis tuvo algunos problemas con la Corte Suprema de Justicia, porque había tenido dificultades económicas y no podía pagar una deuda consistente en una importante suma de dinero. El tribunal que lo iba a juzgar tenía fama de ser muy severo. En el mes de octubre del año 2003, antes de que comenzara la audiencia, invocó a San Nicéforo solicitándole ayuda en aquel difícil momento. En el juicio, aunque el fiscal se mostró intransigente y severo, le tribunal lo absolvió y le dio facilidades para que, poco a poco, fuera abonando su deuda.

Leprosería en el extremo de la isla de Spinalonga (Creta), donde estuvo exiliado el Santo.

Leprosería en el extremo de la isla de Spinalonga (Creta), donde estuvo exiliado el Santo.

Otro: Un cristiano ortodoxo que prefirió ocultar su nombre, por algunas razones familiares se presentó ante el padre Eumenios y, aunque él no era muy religioso, le solicitó una reliquia para que sirviera de protección a su familia. El padre Eumenio le dio un pequeño trozo del hábito del santo y, como era verano, él se lo metió en el bolsillo de la camisa y marchó a su casa. Al llegar, su esposa sintió un agradable olor y él la llamó para enseñarle la reliquia que había traído. La esposa, que también era una ortodoxa indiferente, quiso besarla pero se quemó los labios y lo mismo le ocurrió a él. Ellos interpretaron esto como una amonestación del santo, cambiaron de vida y tranquilamente pudieron tratar la reliquia.

Antonio Barrero

Bibliografía:
– Monje Simón, “Nicéforo el leproso”, Ag. Stefanos, Atenas, 2007.

Enlaces consultados (29/10/2014):
– www.impantokratoros.gr/nikhforos-lepros.el.aspx
– www.o-nekros.blogspot.gr/2012/12/1964.html

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