San Pablo de la Cruz, sacerdote fundador (IV)

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Retrato de San Pablo de la Cruz, obra de Domenico Della Porta (XVIII), que se encuentra en la iglesia romana de los santos Juan y Pablo.

Retrato de San Pablo de la Cruz, obra de Domenico Della Porta (XVIII), que se encuentra en la iglesia romana de los santos Juan y Pablo.

En este cuarto y último artículo sobre San Pablo de la Cruz, aunque sea de manera breve, tratemos su faceta de fundador de la Congregación de los religiosos Pasionistas. Como el mismo nos lo cuenta en una de sus cartas, el primer germen de la Congregación despuntó en el corazón del santo cuando tuvo el deseo de “reunir a algunos compañeros” y esto se fue desarrollando gradualmente hasta que entrando en la celda de San Carlos recibió la “infusión del Espíritu Santo en forma de una santa regla” que estuviera imbuida del deseo de una absoluta pobreza y de una vida de penitencia, condiciones indispensables para conseguir el ideal de la máxima unión con Dios a través de Cristo Crucificado y que como consecuencia, esto se transformara en una intensa labor apostólica. Eso mismo se lo repitió por última vez a sus hijos en su propio lecho de muerte, la mañana del 30 de agosto del 1775: “Os recomiendo a todos y especialmente a los que tengan el oficio de superiores, que siempre florezca en la Congregación el espíritu de oración, el espíritu de la soledad y el espíritu de pobreza, porque estad seguros de que si mantenéis estas tres cosas, la Congregación florecerá ante el Señor y ante las gentes”.

Éste fue su testamento, esta es la prueba de su fidelidad a sus primeros deseos donde ya se revelaba cual sería la identidad de su Congregación: participar en el misterio de la Pasión de Cristo no sólo de manera contemplativa viviendo en penitencia y pobreza, sino también haciendo que este misterio se convirtiera en una forma práctica de apostolado mediante la predicación. Sus hijos han seguido sus consejos y la Congregación sigue fiel a sus principios fundacionales y esto lo confirma no sólo el pueblo cristiano, sino incluso la Iglesia mediante una exhortación del Concilio Vaticano II.

Como dije en el primer artículo, San Pablo de la Cruz fue canonizado por el beato Papa Pío IX, el 29 de junio de 1867. El cuerpo del santo fue sepultado en la basílica romana de los santos Juan y Pablo, antes de su beatificación fue exhumado y tras esta fue expuesto a la veneración de los fieles en la capilla del Santísimo Sacramento. El 25 de abril del año 1880 fue puesto en la urna en la que hoy se encuentra y que reproducimos como foto en estos artículos.

Escultura del santo en el Santuario Della Cività.

Escultura del santo en el Santuario Della Cività.

Desde el primer momento los Pasionistas se preocuparon de dar a conocer las características de su fundador. El padre José de los Siete Dolores dice que para pintarlo en vida fue llamado el pintor Tomás Conca, quién lo hizo cuando él se encontraba en el retiro de Vetralla. Dice la tradición que el pintor realizó el retrato en el año 1773 observándolo a través de un agujero hecho en un tablero a fin de que el santo no se percatara de que lo estaban pintando. Inmediatamente después de su muerte, el pintor Domenico Porta hizo una máscara de su rostro en yeso.

Las pinturas posteriores representan algunos episodios de la vida del santo y en realidad no tienen ningún valor iconográfico, ya sea por su escaso valor artístico o por la generalidad del episodio pintado. En éstas aparece vestido con el hábito negro característico de los Pasionistas, a veces con un rosario, un crucifijo, un lirio o una calavera, aunque es cierto que existen cinco retratos suyos que garantizan fielmente como era su rostro siendo ya anciano.

En el archivo de la Scala Santa en Roma existe un pequeño retrato en el que aparece el santo de perfil mientras está leyendo; en él se puede leer “Original de San Pablo de la Cruz realizado por Giacomo Conca sin él saberlo”. En la iglesia de los Pasionistas de Itri (Latina) se conserva un cuadro al óleo donde se le representa de medio cuerpo, con las manos juntas y un poco encorvado hacia un Crucifijo que apoya sobre una calavera. Este cuadro es atribuido a Sebastián Conca, quien lo habría pintado por encargo de la familia Bisleti de Veroli.

Azulejo del Santo en el Santuario Della Cività.

Azulejo del Santo en el Santuario Della Cività.

En la basílica de los santos Juan y Pablo en Roma se conserva un óleo en el que el santo aparece de pie predicando y con un Crucifijo a la cintura. Fue pintado por Della Porta en el año 1773. Asimismo existe otro óleo de autor desconocido, en el que aparece la figura entera del santo, de pie, encorvado y apoyado sobre un bastón. Hay quienes lo atribuyen a Tomás Conca o a su hijo Giacomo. Y cuando San Vicente María Strambi publicó su biografía, esta estaba ilustrada por un grabado de Bombelli en el que se lee: “Vera efigie del Ven. Servo di Dio padre Paolo della Croce, fondatore dei Chierici scalzi della Santissima Croce e Passione di Gesù Cristo”.

El hecho de que existan retratos del santo significa que éste era una persona muy querida y venerada por sus hijos y el que el propio San Vicente María autorizase su reproducción es síntoma de que lo amaba profundamente y quería darlo a conocer. Poco después de la muerte del santo, en octubre de 1775, ya circulaban imágenes suyas como queda atestiguado en el propio proceso de beatificación.

Urna con los restos del Santo en la basílica romana de los santos Juan y Pablo.

Urna con los restos del Santo en la basílica romana de los santos Juan y Pablo.

Por último, decir que en el verano del año 1867, Iacometti realizó una gran escultura que fue colocada en San Pedro del Vaticano. Aparte de los ambientes que se encuentran bajo la influencia de los padres Pasionistas, San Pablo de la Cruz es especialmente venerado en las diócesis de Acqui y Alessandria, donde su fiesta se celebra el día 18 de octubre, fecha de su muerte.

Antonio Barrero

Bibliografía:
– Basilio de San Pablo, “La espiritualidad de la Pasión en el magisterio de San Pablo de la Cruz”, Madrid, 1961
– Zoffoli, E., “San Pablo de la Cruz; historia crítica”, tres volúmenes publicados en 1963, 1965 y 1968.
– Zoffoli, E., “Los pasionistas: espiritualidad y apostolado”, Roma, 1955.
– Zoffoli, E., “Bibliotheca sanctórum, tomo X”, Città Nuova Editrice, Roma, 1990.

Enlaces consultados (28/12/2014):
– http://ilcristotuttoamore.blogspot.com.es/2013_07_01_archive.html
– http://paolodellacroce.altervista.org/biografia_capitolo32.htm

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San Pablo de la Cruz, sacerdote fundador (III)

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Lienzo-retrato del Santo.

Lienzo-retrato del Santo.

San Pablo de la Cruz era un hombre santo y nos lo dice otra vez San Vicente María Strambi: “fue un hombre de altísima oración y sublime unión con Dios, con un vivísimo celo para procurar el bien del prójimo, todo entereza y amor en la contemplación de la amarga Pasión y cruelísima muerte de Nuestro Divino Redentor, por cuyo amor se había transformado”. Esta descripción resume las características de la santidad del padre fundador de los Pasionistas. El juicio de la Iglesia, las características de su Congregación, sus biografías y los ensayos teológicos e históricos realizados sobre su espiritualidad, confirman el motivo central de su vida interior y de su apostolado: la Pasión redentora de Cristo como misterio supremo del amor de Dios.

Ya de joven se reveló como un hombre maduro; siendo adolescente ya estaba predispuesto a la oración, dándose por cierto que su nacimiento estuvo precedido de algunas señales que hacían presagiar la futura santidad del niño. Este ascenso en la vida de oración es difícil reducirlo a los clásicos esquemas de un normal ascenso en la santidad, por lo que, a nivel orientativo, quienes han estudiado a fondo la vida de San Pablo de la Cruz, explican que este ascenso se dio en tres partes: “gestación”, que abarca desde su nacimiento hasta la llamada “su segunda conversión” (1694-1714, “maduración”, desde su “segunda conversión” hasta la experiencia que tuvo en San Carlos (1714-1721) y “expansión”, que es desde esta experiencia hasta su muerte (1721-1775). Nosotros no vamos a entrar en este tema porque si lo hacemos estos artículos se harían interminables, por lo que, a quienes estén interesados en profundizar en ellos, los remitimos a los trabajos del padre pasionista Enrique Zoffoli.

La grandeza de San Pablo de la Cruz destaca por su extraordinaria caridad, que desde las cimas de la contemplación se reveló de manera incontenible como un alivio a la atormentada Italia de la época del Iluminismo y de la Revolución. Antes de recibir las órdenes sagradas, ya actuaba como un apóstol tanto entre sus familiares como entre un grupo de jóvenes que fascinados, se reunían en torno a él en su localidad natal. En Gaeta, en la isla de Elba, en las regiones de Umbría, de Las Marcas y del Lazio, eran centenares los fieles que se ponían bajo la dirección de un hombre, que aun siendo joven, mostraba un equilibrio y una madurez sometidos a todo tipo de pruebas. Su influencia se extendía a personas de ambos sexos y de todas las clases sociales. Hay que destacar de manera especial la amistad que le unía con la Venerable Lilia María del Crucifijo, con la Venerable Gertrudis Salandri, con la Venerable Columba Leonardi, con el Siervo de Dios Carlos de Motrone o con San Leonardo de Porto Mauricio. No es fácil realizar un listado completo de sus discípulos más ilustres: Ana María Calcagnini de Gaeta, Inés Grazi, Juana María Venturi de Orbetello, sor Querubina Bresciani, sor Columba Gertrudis Gandolfi, Teresa Palozzi de Ronciglione, etc., etc., etc.

Estampa contemporánea del Santo.

Estampa contemporánea del Santo.

Él tenía las ideas muy claras en lo relativo a la dirección espiritual de quienes se ponían bajo su custodia; era muy humilde aunque poseía una cultura inmensa, era intransigente consigo mismo, pero muy comprensivo con los demás. No era un teórico, era un hombre de una experiencia y de una clarividencia muy profunda y por eso era buscado por todo tipo de personas. Estaba convencido de que todo el mundo tenía derecho a la libertad y al gozo por el mero hecho de ser hijo de Dios. Quería que todos vivieran en paz, no se abatieran por sus defectos, no se perdieran en reflexiones inútiles, no se preocupase de la rumorología mundana, que todos tuvieran una actividad que les ayudase a distraerse, que no echaran cuenta a los escrúpulos, que se superase todo temor y melancolía.

A todos les repetía que “la vida era un tiempo de batalla”, que las tentaciones eran una prueba de Dios y un estímulo al progreso espiritual, que los inconvenientes que presentan la vida podían asumirse como “preciosos regalos” que los acercaba al cielo, que si se tenía fe, todo podía superarse a los pies de la Cruz. Recomendaba las mortificaciones de los sentidos pero siempre teniendo en cuenta el estado de cada persona y sin poner en peligro la propia vida, ya que esa era la forma de penitencia que más agradaba a Dios. A los seglares les recordaba que todos están llamados a la santidad, cada uno según su condición siempre y cuando respondiera al precepto universal del amor, precepto que no tiene límites. A los padres les aconsejaba que se trazaran una ética y una pedagogía cristiana para conseguir la educación de sus hijos. Trataba al mismo nivel el “gran gozo de la virginidad como la “gracia de la maternidad”; daba normas prácticas para el vestir femenino y los modos de divertirse según el estado de cada uno, cómo educar a los hijos, como desenvolverse sin agobios en los asuntos diarios, cómo vivir en sociedad siendo benevolentes, cómo afrontar los problemas del día a día.

A los que querían seguir la vida religiosa les decía que ser fieles a su vocación era un signo infalible de una llamada a la vida eterna, por lo que debían corresponder con generosidad. Los orientaba desde el momento en el que tomaban el hábito hasta cuando realizaban sus votos, que suponía la consagración definitiva a la oferta que habían recibido del Señor y a los superiores les aconsejaba que fueran “mártires de la paciencia, de la caridad y de la mansedumbre”. Sus frecuentes encuentros con el clero diocesano y el continuo trato con sus religiosos lo estimulaban a insinuarles consejos y facilitarles normas para cumplir con sus deberes sacerdotales o religiosos, tanto “en el altar como en el confesionario”. Sobre esta faceta de director espiritual se podría escribir mucho más sobre este santo, pero nuevamente me remito a los obras del padre Zoffoli.

Teca con reliquia de primera clase de San Pablo de la Cruz.

Teca con reliquia de primera clase de San Pablo de la Cruz.

San Pablo de la Cruz fue también un gran misionero en su época, predicaba la palabra de Dios a un pueblo que estaba ansioso por encontrar respuestas cristianas a las situaciones de miseria y pobreza en las que vivía y en este sentido, desde muy joven, el santo se mostró con mucha franqueza y mucho ardor. A finales del año 1720, refiriéndose a las injusticias sociales decía: “Yo no renuncio a mi deseo de convertir a todos los pecadores y me siento conmovido de manera muy especial para pedir a mi Dios que no sea jamás ofendido”. Ya actuaba como misionero cuando era ermitaño en el 1721 y lo siguió siendo hasta su última misión en Roma, cuando en el año 1769 continuaba con esta labor en la iglesia de Santa María in Trastévere. Había recorrido toda Italia: desde el principado del Piamonte hasta la república de Génova, desde el gran ducado de Toscana hasta el reino de Nápoles, llegando a predicar en más de treinta diócesis. Su humildad y su celo apostólico lo llevó desde las tierras más pobres hasta los lugares más privilegiados y esta inquietud se la inculcó a sus hijos incluyendo estas normas en la propia Regla.

Antes de ordenarse como sacerdote ejercía este apostolado como catequista y sólo de manera esporádica, como predicador; y una vez ordenado, no sólo recibió la facultad de confesar, sino la de predicar y misionar siempre que le fuera requerido. El propio Papa Clemente XII le dio la facultad de impartir la bendición apostólica con indulgencia plenaria, extendiéndole esta facultad el 22 de enero de 1738 para toda Italia, confiriéndole la calificación de misionero apostólico. Por lo tanto, las misiones populares llegaron a ser la forma más típica del ministerio sagrado de su nuevo Instituto. El Papa Benedicto XIV cuando aprobó las Reglas a finales del año 1741 lo hizo “sub conditione quod Clerici huius Congregationis, quorum finis unicus est peragandi sacras Missiones, debeant specialiter Missiones facere…”.

Evidentemente, su actividad misionera no le apartaba de la oración ni del estudio: “Hay que absorberse en el diálogo con Dios y ser consciente de la importancia de los estudios”, pero la predicación tenía que ser una de sus prioridades. Donde lo hiciera, no sólo destacaba la fuerza y la dulzura de su elocuencia, sino que ésta se veía apoyada por su alta estatura, por la expresividad de sus manos, por el tono de una voz sonora y bien modulada y por la penetrante vivacidad de su mirada. De él se llegó a decir que predicando “parecía un San Vicente Ferrer. Cuando hablaba del infierno se le veía temblar y se le rizaban los cabellos, pero cuando hablaba del cielo la dulzura salía de sus labios, aunque su fuerte era hablar sobre la Pasión de Cristo. De él se ha dicho que cuando hablaba de la Pasión “de sus ojos salían un efluvio de lágrimas”, que “alzaba el dedo en un acto de gran admiración y con el corazón y los labios decía ¡todo un Dios muerto por mí!”, o que “sus palabras eran como golpes de espada”. Cuando con sus palabras enternecía los corazones de los oyentes, remachaba diciendo que todo se debía a la “gracia del Amor Crucificado”. Hacía que quienes le oían meditaran sobre la Pasión de Cristo; ése era el meollo de su predicación y ése era su fruto principal.

Urna con los restos del Santo en la basílica romana de los santos Juan y Pablo.

Urna con los restos del Santo en la basílica romana de los santos Juan y Pablo.

Terminemos este artículo diciendo que fue el santo protector de los bandidos, que mansos como corderos, se echaban a sus pies; y que fue un heroico confesor que eliminó las clásicas procesiones de penitencia y los aspavientos que sólo conseguían despertar el horror en quienes los veían o escuchaban.

Antonio Barrero

Bibliografía:
– Basilio de San Pablo, “La espiritualidad de la Pasión en el magisterio de San Pablo de la Cruz”, Madrid, 1961
– Zoffoli, E., “San Pablo de la Cruz; historia crítica”, tres volúmenes publicados en 1963, 1965 y 1968.
– Zoffoli, E., “Los pasionistas: espiritualidad y apostolado”, Roma, 1955.
– Zoffoli, E., “Bibliotheca sanctórum, tomo X”, Città Nuova Editrice, Roma, 1990.

Enlaces consultados (28/12/2014):
– http://ilcristotuttoamore.blogspot.com.es/2013_07_01_archive.html
– http://paolodellacroce.altervista.org/biografia_capitolo32.htm

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San Pablo de la Cruz, sacerdote fundador (II)

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El Santo escribiendo las Reglas de los Pasionistas. Obra de Ignacio Tozi (XIX).

El Santo escribiendo las Reglas de los Pasionistas. Obra de Ignacio Tozi (XIX).

Ayer, brevemente, escribíamos sobre la vida de San Pablo de la Cruz. A partir de hoy queremos descubrir su personalidad, su religiosidad, su santidad y para eso, tenemos que recurrir en primer lugar a San Vicente María Strambi, quien en su primera biografía sobre el santo titulada: “Vita del Ven. Servo di Dio P. Paolo della Croce”, publicada en Roma en el año 1786 dice que “su presencia, además de amable, era grave y majestuosa, de estatura alta, de rostro sereno, modesto, con los ojos muy vivos, de frente elevada y espaciosa, su voz era clara, sonora y penetrante, sumamente afable y que respetaba a todos sin ningún tipo de afectación”. Muy pocos hubieran podido describirlo de esta manera, si no hubiera sido otro santo: físicamente fuerte, pero que a causa de sus mortificaciones y enfermedad llegó muy debilitado a su muerte, acaecida cuando tenía ochenta y un años de edad. Había sido una vida considerablemente larga para aquella época.

Sus otros biógrafos dicen igualmente que “era de una viveza y perspicacia singulares”, que “tenía un gran ingenio”, que “tenía un talento raro y una gran apertura de mente”, que “su memoria era increíble” y otras muchas cualidades más. Los a veces aventureros eventos de su vida no le permitieron ser muy constante en los estudios, obligándole a interesarse por muchas otras cosas, pero sin embargo, fue un hombre práctico, muy versátil, de una gran inteligencia que estaba plenamente adaptada a las profundidades de la teología más especulativa y sobre todo a la contemplación. Era un místico muy activo. En el proceso ordinario de su Causa, el padre Francisco llega a decir que cuando había alguna duda, “en sus respuestas siempre tocaba el punto justo, definiendo las cosas de modo tan maravilloso que ningún avezado teólogo escolástico hubiera podido responder mejor”.

El Santo, místico de la Pasión de Cristo.

El Santo, místico de la Pasión de Cristo.

Aunque no pudo dedicarse a los estudios de manera continuada y metódica, si tuvo el privilegio de vivir en un ambiente de cierto nivel cultural. En Ovada, con su padrino y los dominicos, en Cremolino con los carmelitas y con la familia de su madre y más tarde, en Castellazzo, con su tío don Cristóbal; en todos estos ambientes había un discreto nivel cultural, que le abrieron las vías del conocimiento. En Génova es probable que frecuentase el seminario y en Roma se preparó para el sacerdocio con los frailes franciscanos. No menos importante fue su amistad con teólogos, obispos, príncipes e incluso papas, todos los cuales le mostraron su aprecio y veneración en vida. Pero sobre todo, cuando estaba recluido en sus eremitorios, cuando estaba en soledad, llegó a conseguir un alto nivel de conocimientos teológicos, especialmente en ascética y mística, que tanto le sirvieron para llevar a cabo su proyecto. Llegó a conocer las obras de San Francisco de Sales, de Santa Teresa de Ávila, de San Juan de la Cruz. Leía la Biblia, las obras de los Santos Padres, la historia de la Iglesia y numerosas vidas de santos.

Su cultura se fue enriqueciendo y fue tomando su propio estilo: animado, espontáneo y reflexivo, llegando a ser un buenísimo orador e incluso un poeta muy sensible. Se conservan unas dos mil cartas suyas, escribió un tratado sobre la “Muerte mística”, un “Diario” y cinco redacciones de las “Reglas y Constituciones” de su Congregación y aun cuando su Instituto era muy austero y pobre, se encargó de manera muy especial de la formación intelectual de sus jóvenes religiosos.

San Vicente María Strambi nos sigue diciendo que “su temperamento era sanguíneo y muy sensible y lo mucho bueno que en él había correspondía a la apariencia externa de los movimientos de su corazón, de sus ejercicios piadosos, de su celo y estudio; por eso su rostro era el reflejo de su alma, dispuesta a alimentarse de la Verdad eterna”. Cuando leemos esto, no podemos olvidarnos que San Vicente María convivió con él, fue testigo ocular de muchas de sus actuaciones. Incluso con los defectos inevitables de toda criatura humana, podemos decir que San Pablo de la Cruz es una de las figuras más completas de toda la hagiografía cristiana. Esta riqueza explica la magnífica síntesis de aspectos aparentemente contradictorios, como el candor y la sagacidad, la bondad y la fortaleza, la austeridad y la cortesía. Siempre supo conciliar todo con una notable mesura. Esto es por lo menos lo que se deduce de la copiosa documentación que sobre este santo ha llegado hasta nosotros.

El Santo atiende a los necesitados. Pintura en la iglesia de San Euticio (Pasionistas) en Soriano nel Cimino.

El Santo atiende a los necesitados. Pintura en la iglesia de San Euticio (Pasionistas) en Soriano nel Cimino.

A la hermana Galdolfi le escribía: “Gracias a la misericordia de Dios no he mentido ni hablado con torpeza, sino con verdad y simplicidad”. O “lo que yo tengo en el corazón, lo tengo en la lengua”, como le decía al padre Juan María. El Papa Clemente XIV decía que había descubierto en él a un hombre hecho a la antigua, “aunque no es menos cierto que esta simplicidad era verdaderamente virtuosa, porque no prejuzgaba y gozaba muchísimo trabajando o ayudando a los demás. Era todo cautela, pensaba en todo, sabía intuir todo lo que entorpecía la obra de Dios; hacía el bien sabiendo que su simplicidad no era consecuencia de su falta de talento o de estupidez de su mente, sino de una gran inocencia en su manera de actuar y pureza de corazón”, como bien nos dice San Vicente María Strambi.

Atendía y defendía a los pobres, los enfermos, las personas abandonadas, los encarcelados, las prostitutas, a todos los asistía no solo dándoles pan y consuelo sino dándoles ejemplo con su forma de hacer y de ser. A sus hijos, en tiempos de carestías, solía decirles que “si la pobreza es buena, la caridad es mejor”. Con la gente malvada era benevolente y con su bondad sabía conciliar cualquier intransigencia. Decía que sus hijos eran “soldados de Cristo”. Nunca se le encontró áspero o alterado pues siempre estaba sereno y aunque su corazón siempre estaba abierto a cualquier dificultad, también decía que “no es buen superior el que no sabe decir que no”. Aún así era más que justo, reprimía con dulzura y de sus hijos decía que eran ángeles con cuerpo de hombres.

Su primer “no” fue a sí mismo al llevar tan austero régimen de vida, pues decía que “si eres pobre, serás santo”; de él se llegó a decir que era un mártir de la penitencia. Se disciplinaba todos los cinco sentidos, llevando una pureza de vida que se revelaba de forma tan extraordinaria que podría considerarse como un bien reservado a muy pocos.

Sabía armonizar la austeridad con la cortesía hacia los demás, por lo que sentía instintivamente, la exigencia de su propio decoro, cosa no muy común en su tiempo. No soportaba que el ser pobre tuviese que estar reñido con la higiene o con la decencia y en este sentido, algunas de sus recomendaciones denotaban una exquisita sensibilidad que hoy podríamos denominar como modernas para su época.

Urna con los restos del Santo en la basílica romana de los santos Juan y Pablo.

Urna con los restos del Santo en la basílica romana de los santos Juan y Pablo.

En el trato social era perspicaz, aunque respetuoso, discreto y muy afable con todos mostrando siempre un trato muy civilizado. Su conversación era alegre, cordial y sencilla, huía de toda manifestación majestuosa y según él, los religiosos tenían que ser “gentiles, desenvueltos y civilizados ya que el espíritu de la Congregación no era un espíritu de afectación ni de ficción”. Era de una argucia cortes y amable, sabía hablar de Dios a todos sin despertarles tedio alguno. Era un amigo delicado pero tenaz, cauto pero sereno y muy amable con las mujeres. Este era su trasfondo humano y mediante la gracia de Dios se convirtió en uno de los mayores santos de su época y de eso, de su santidad, seguiremos hablando mañana.

Antonio Barrero

Bibliografía:
– Basilio de San Pablo, “La espiritualidad de la Pasión en el magisterio de San Pablo de la Cruz”, Madrid, 1961
– Zoffoli, E., “San Pablo de la Cruz; historia crítica”, tres volúmenes publicados en 1963, 1965 y 1968.
– Zoffoli, E., “Los pasionistas: espiritualidad y apostolado”, Roma, 1955.
– Zoffoli, E., “Bibliotheca sanctórum, tomo X”, Città Nuova Editrice, Roma, 1990.

Enlaces consultados (28/12/2014):
– http://ilcristotuttoamore.blogspot.com.es/2013_07_01_archive.html
– http://paolodellacroce.altervista.org/biografia_capitolo32.htm

Artículo extraído ilegalmente y sin permiso de PreguntaSantoral.es

San Pablo de la Cruz, sacerdote fundador (I)

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Óleo realizado en base a un retrato del santo hecho por Sebastiano Conca (siglo XVIII), el cual se conserva en la iglesia de los Pasionistas de Itri (Latina).

Óleo realizado en base a un retrato del santo hecho por Sebastiano Conca (siglo XVIII), el cual se conserva en la iglesia de los Pasionistas de Itri (Latina).

Este blog tenía una deuda con uno de los santos fundadores más importantes de la Iglesia en el siglo XVII y ya era hora de que esa deuda fuera saldada. Por esto, en los próximos cuatro días vamos a escribir sobre San Pablo de la Cruz, su vida, su espiritualidad, su fundación y su culto.

Pablo Francisco (así se llamaba) nació en la localidad de Ovada, perteneciente a la provincia italiana de Alessandria, el día 3 de enero del año 1694, siendo sus padres Lucas Danei y Ana María Massari. Los acontecimientos políticos de finales del siglo XVII y alguna que otra desgracia familiar, influyeron en la buena posición económica de la familia que tuvo que trasladarse a la localidad de Castellazo Bòrmida, dedicándose al comercio. Siendo Pablo el mayor de entre los hijos se vio especialmente afectado, aunque desde muy pequeño, como presagiaba su madre, se veía en él algunas señales de lo que en el tiempo sería su misticismo hacia la Pasión de Cristo.

En el año 1701 la familia tuvo que marcharse a Cremolino, otra localidad de la misma provincia y allí comenzó a frecuentar la escuela de los Carmelitas, aunque de vez en cuando volvía a su pueblo natal. A las desgracias y contratiempos que afectaron a la familia, se unió el hecho del arresto de su padre en Acqui cuando era recaudador de impuestos en Cremolino, ya que las autoridades de Casal Monferrato no le reconocieron ciertos privilegios de los que gozaba cuando estaba bajo el mando del duque de Mantova. En el 1709 la familia tuvo que marcharse a Campo Ligure, mientras que Pablo Francisco se quedó en Genova invitado por el marqués Girolamo Pallavicini, para dedicarse a sus estudios, conociendo allí a la Venerable Juana B. Solimani. A partir del año 1713, gracias a la intervención de un sacerdote, dedicó todos sus esfuerzos a lo que él denominó “mi conversión a la penitencia”.

Impulsado por el Papa Clemente XI, en el 1715 Venecia preparó una armada para hacerle frente a las amenazas de los otomanos, decidiendo Pablo Francisco enrolarse en la misma sin paga alguna y por el solo deseo de plantarle cara a los turcos. Pero en la ciudad de Crema – ciudad donde debía enrolarse como voluntario -, el 20 de febrero de 1716, gracias a la inspiración recibida en una iglesia donde se celebraban las Cuarenta Horas, vio que había llegado demasiado lejos. Así, desde aquel día comenzó a preveer, aunque de manera aun confusa, cual sería su verdadero destino. Aunque pensó retirarse al santuario de la Madonna del Monte Gazzo para “vestir de negro, andar descalzo y vivir en altísima pobreza”, reanudó algunas pequeñas actividades comerciales con algunos señores de Novello y volvió con su familia, que definitivamente se había establecido en Castellazzo; allí renunció a su herencia.

El Santo escribiendo las Reglas de su Congregación.

El Santo escribiendo las Reglas de su Congregación.

Desafortunadamente, obligado a ayudar a su familia, no pudo secundar un segundo impulso que él dejó por escrito en una de sus cartas: “reunir a algunos compañeros para que juntos, podamos promover en las almas el santo temor de Dios”. Pero ni siquiera pudo satisfacer este deseo hasta el verano del año 1720, cuando una mañana, al entrar en su casa “fui elevado hacia Dios y en aquel momento me vi vestido de negro en la tierra, con una cruz blanca en el pecho y bajo esta estaba escrito el Santísimo Nombre de Jesús también en letras blancas”. Siguió teniendo otras visiones sobre su futuro y en la última de ellas, la Santísima Virgen le quitó todas sus dudas acerca de su vocación de fundador de un nuevo instituto religioso.

En el año 1718, con la muerte de su tío don Cristóbal Danei – que le habría dejado en herencia todos sus bienes si él se hubiese casado -, desapareció uno de sus obstáculos más serios para dedicarse a sus planes y así el 23 de abril de 1719, el obispo de Alessandría le administró el sacramento de la Confirmación. Desde ese momento vivió unos años especialmente intensos, pues habiendo renunciado a la herencia de su tío y viviendo extremadamente pobre, su vida interior se enriqueció profusamente: se dedicó a hacer tremendas penitencias, se puso al servicio de los pobres y de los enfermos, se rodeó de un grupo de amigos que fueron sus primeros discípulos y asumió las tareas de prior del Oratorio de San Antonio. Monseñor Gattinara, obispo de Alessandria, considerando que Pablo Francisco estaba ya preparado, la tarde del 22 de noviembre del 1720 lo revistió con una túnica negra de ermitaño y autorizado por el obispo, se retiró a Castellazzo donde vivió en una casucha anexa a la iglesia de los Santos Carlos y Ana, donde desde el 23 de noviembre al 1 de enero del año siguiente, escribió su “Diario” y el texto de “Las Reglas”. Continuó el retiro en la ermita de la Trinidad y el 25 de enero se marchó a la de San Esteban, inaugurando un régimen de vida contemplativa y activa que perduró hasta su muerte. De acuerdo con el obispo, durante estos meses predicó en Castellazzo, Retorto y Portanuova, que eran los feudos de los marqueses Del Pozzo.

Decidido a solicitar del Papa la aprobación de su futuro Instituto y con la autorización del obispo, se marchó a Roma a mediados del mes de septiembre y se presentó en el Palacio del Quirinal. Fue rechazado con dureza, por lo que se retiró al eremitorio de la Annunziata en Argentario, pero añorando la compañía de su hermano Juan Bautista, que cuando era niño había tenido sus mismos ideales, volvió a su casa. Con él, en el mes de febrero del año 1722 fue nuevamente a Argentario e, invitado por el obispo de Gaeta, se marchó al santuario de la “Madonna della Catena”, desde donde el obispo de Troia lo llamó para que fuera a su diócesis. Aquello fue providencial para él porque ayudado por un tío de San Alfonso María de Ligorio, perfiló aun más algunos puntos de su Regla y en el mes de marzo del año siguiente tuvo el coraje de volver de nuevo a Roma. Allí fue decisivo su encuentro con monseñor Crescenzi, el cual gracias al cardenal Corradini, obtuvo que pudiera ser recibido por el Papa Benedicto XIII el día 21 de mayo. El Papa, de viva voz le concedió la facultad de “poder reunirse con algunos compañeros”.

El crucifijo y el breviario del santo en el convento de Soriano nel Cimino.

El crucifijo y el breviario del santo en el convento de Soriano nel Cimino.

De vueltas a Gaeta tuvo la esperanza de empezar su trabajo, pero el plan le falló. Rechazadas las propuestas de fundación hechas al obispo de Troia por ser contrarias a sus ideas, en la primavera de 1726 fue al Santuario de la Madonna della Cività, que está cercano a la localidad de Itri en la provincia de Latina. Allí se quedó hasta finales de septiembre cuando fue llamado por el cardenal Corradini que iba a inaugurar un hospital en San Gallicano y aceptó hacerse cargo de los enfermos. Como cumplió su cometido de manera heroica, fue llamado desde Roma frecuentando el Estudio Teológico de los Franciscanos en San Bartolomeo all’Isola, donde el 7 de julio del 1727 fue ordenado como sacerdote por el propio Papa Benedicto XIII. Ya sacerdote, no tardó en recordarle al cardenal Corradini cual era su verdadera vocación, fundando finalmente su Instituto en la región geográfica italiana de la Maremma.

Desde aquel momento se inició un nuevo período en la vida de Pablo Francisco, pues se convirtió en el superior de una pequeña pero fluctuante comunidad religiosa. A él y a su hermano Juan Bautista, se le unió también su hermano Antonio, que sin embargo no supo seguir hasta el final el ejemplo de sus dos hermanos mayores. Con grandes dificultades y contratiempos fueron fundando comunidades en Vetralla (Viterbo), Soriano nel Cimino (Viterbo), Ceccano (Frosinone), Tuscania (Viterbo), Falvaterra (Frosinone), Terracina (Latina), Paliano (Frosinone) y muchas otras, dos de ellas en Roma: el Hospicio del Crucifijo, fundado el 9 de enero de 1767 y la comunidad de los Santos Juan y Pablo, fundada el 9 de diciembre de 1773. Después de muchos años de trabajo, con la ayuda de la Sierva de Dios María Crocifissa di Gesù y de sus familiares fundó el primer monasterio femenino de pasionistas. A pesar de que Benedicto XIV pensó que podía ayudar a aquella nueva Congregación, desde el punto de vista jurídico, en casi todas sus fundaciones tuvo dificultades con las órdenes mendicantes. Pero mucho más serios fueron los obstáculos que se encontró con motivo de las Reglas, ya que se tenían por demasiado austeras y en ese sentido tuvieron que pronunciarse Benedicto XIV, Clemente XIII, Clemente XIV y finalmente, Pío VI.

Cartas y objetos utilizados por el santo que se encuentran en la iglesia de los Pasionistas en Soriano nel Cimino.

Cartas y objetos utilizados por el santo que se encuentran en la iglesia de los Pasionistas en Soriano nel Cimino.

El 11 de junio de 1741 hizo su profesión religiosa asumiendo el nombre de Pablo de la Cruz, comenzando a exhibir en el pecho el “signo” de la Pasión. En todo este tiempo sin dejar de llevar una intensísima labor misionera, sobre todo se dedicó a atender la dirección de su nuevo Instituto, siendo ayudado en esta labor por personajes tan importantes y santos como los padres Fulgencio de Jesús, Marcos Aurelio del Santísimo Sacramento, Tomás Struzzieri, Juan María de San Ignacio y muchos otros. En los seis capítulos generales celebrados entre los años 1747 y 1775, fue siempre confirmado como superior general, recibiendo un absoluto y cordial respeto por todos los miembros de la Congregación. En este clima de ferviente disciplina, arrastró para su Instituto a San Vicente María Strambi, del que precisamente escribimos ayer.

Es absolutamente falso lo que se dice que influyó en el Papa Clemente XIV para que suprimiera a la Compañía de Jesús, pues él, desde muy joven había tenido estrechas relaciones con ellos, pero si que es cierto que tuvo ciertos disgustos a la hora de la ordenación de algunos clérigos y sobre todo para obtener los requisitos de emisión de los votos solemnes. Estaba empeñado en la “conversión de Inglaterra”, separada de Roma desde los tiempos de Enrique VIII, llegando a preveer el apostolado que su Instituto realizaría en aquel país, especialmente gracias al beato Domingo de la Madre de Dios, que falleció en el año 1849.

Urna con los restos de san Pablo de la Cruz en la basílica romana de los santos Juan y Pablo.

Urna con los restos de san Pablo de la Cruz en la basílica romana de los santos Juan y Pablo.

Agotado por el excesivo trabajo, por las penitencias durísimas que se imponía y por la enfermedad, murió tranquilamente en Roma con ochenta y un años de edad, rodeado de sus hijos, la tarde del día 18 de octubre del 1775. Previamente, había sido visitado personalmente por los Papas Clemente XIV y Pío VI.

El 7 de enero de 1777 se iniciaron la apertura de una serie de procesos ordinarios en las diócesis de Tarquinia, Gaeta, Alessandria, Vetralla y Orbetello. La introducción de la Causa se realizó el 22 de diciembre del 1784 y dos años después, San Vicente María Strambi publicaba su primera biografía. El Papa Pío VII lo declaró Venerable el 18 de febrero del 1821, siendo beatificado el 1 de mayo de 1853 por el beato Papa Pío IX. Finalmente, fue canonizado por el mismo Papa el 29 de junio de 1867.

La Congregación de los Pasionistas, al día de hoy está extendida por el mundo entero, contando con más de treinta centros misioneros. Está compuesta por una gran familia espiritual, entre los que hay que contar una treintena de monasterios de clausura y cinco Institutos de vida activa fundados en Italia, Inglaterra, México, Bélgica y Holanda.

Urna con los restos de san Pablo de la Cruz en la basílica romana de los santos Juan y Pablo.

Urna con los restos de san Pablo de la Cruz en la basílica romana de los santos Juan y Pablo.

Pertenecen a ella importantes santos y beatos además de su santo fundador, destacando San Vicente María Strambi, San Gabriel de la Dolorosa, el español San Inocencio Canoura, San Carlos de San Andrés y Santa Gema Galgani – que vivió espiritualmente unida a los pasionistas -, además de unos treinta beatos. Están en curso las Causas de beatificación de más de cuarenta siervos de Dios.

Antonio Barrero

Bibliografía:
– Basilio de San Pablo, “La espiritualidad de la Pasión en el magisterio de San Pablo de la Cruz”, Madrid, 1961
– Zoffoli, E., “San Pablo de la Cruz; historia crítica”, tres volúmenes publicados en 1963, 1965 y 1968.
– Zoffoli, E., “Los pasionistas: espiritualidad y apostolado”, Roma, 1955.
– Zoffoli, E., “Bibliotheca sanctórum, tomo X”, Città Nuova Editrice, Roma, 1990.

Enlaces consultados (28/12/2014):
– http://ilcristotuttoamore.blogspot.com.es/2013_07_01_archive.html
– http://paolodellacroce.altervista.org/biografia_capitolo32.htm

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