San Pedro Canisio, Doctor de la Iglesia (III)

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 Grabado de Dominicus Custos (retrato del santo), siglos XVI-XVII.

Grabado de Dominicus Custos (retrato del santo), siglos XVI-XVII.

En este tercer y último artículo sobre San Pedro Canisio vamos a dar algunos rasgos de su personalidad y hablaremos de su Causa de Canonización.

Como dijimos ayer, conocemos especialmente cómo era el santo en base a su testamento espiritual. Teniendo una firme convicción sobre la verdad de la fe católica, convicción que lo inmunizaba contra toda influencia externa, fue inquebrantablemente fiel al sucesor de Pedro y a la Iglesia, de la que comprendía claramente su debilidad, que exponía con agudeza y sinceridad, sintetizando su juicio con unas palabras que se encuentran en muchas de sus cartas: “Pedro duerme y Judas vigila”. Pero esta amarga experiencia no le hizo poner nunca en discusión la esencia de la Iglesia en sí, incluso algunas de sus formas de vida, como por ejemplo el culto a las reliquias, la doctrina de las indulgencias, las peregrinaciones y el culto a los santos, que habían sido deformados y vacíos de contenido por culpa de los abusos. Para él, el conocimiento de estas situaciones de malestar fue siempre un estímulo para trabajar en la eliminación de estas deformaciones.

Pero lo más fundamental en la vida de San Pedro Canisio, fue sin ningún género de dudas, su profundo concepto de lo eclesiástico. En él no se encuentra ningún indicio de desaliento o de desesperación, sino que siempre intenta infundir un nuevo valor a los que dudaban o tenían miedo. El secreto de su fe y su convicción sobre la verdad de la misma fue su constante unión con Dios, siempre presente pese a su intenso trabajo. Su piedad estaba basada en el profundo conocimiento de las Sagradas Escrituras y en los escritos de los santos Padres, caracterizándose al mismo tiempo por algunas experiencias místicas. Para él fue muy importante la revelación que recibió el día de su profesión religiosa: el 4 de septiembre de 1549, día en que se le apareció el Corazón de Jesús. El mismo nos lo cuenta: “… unde Tu tandem, velut aperto mihi corde sanctissimi Corporis tui, quod inspicere coram videbar, ex fonte illo ut biberem iussisti, invitans scilicet ad hauriendas aquas salutis meae de fontibus tuis, Salvator meus. Ego vero maxime cupiebam, ut fluenta fidei, spei, caritatis in me inde derivarentur. Sitiebam paupertatem, castitatem, oboedientiam: lavari a Te totus, et vestiri ornarique postulabam. Unde, postquam Cor Tuum dulcissimum attingere, et meam in eo sitim recondere ausus fueram, vestem mihi contextam tribus e partibus promittebas, quae nudam protegere animam possent, et ad hanc professionem maxime pertinerent: erant autem pax, amor et perseverantia…”.

Escultura en Ravensburg (Alemania).

Escultura en Ravensburg (Alemania).

Ésta es la traducción: “Hasta que por fin, como abriéndome el corazón de tu santísimo Cuerpo, al que me parecía ver ante mi, me mandaste beber de aquella fuente, invitándome a sacar de tus fuentes, Salvador mío, las aguas de mi salvación. Lo que yo más deseaba es que de allí fluyeran hacia mí torrentes de fe, esperanza y caridad. Tenía sed de pobreza, castidad y obediencia y te suplicaba que me lavaras completamente, me vistieras y me adornaras. Por eso, tras haberme atrevido a acercarme a tu dulcísimo corazón y saciar en él mi sed, me prometiste un vestido tejido con tres piezas que pudieran cubrir mi alma desnuda y muy propias de esta profesión, que eran: paz, amor y perseverancia”. Se trató de una verdadera visión, que es particularmente significativa en la historia de la devoción al Corazón de Jesús.

A pesar de su extrema fidelidad a su tarea evangelizadora, jamás fue fanático. Lejos de las crudas polémicas de su época, él fue extraordinariamente suave y dulce y aunque se vio expuesto a múltiples calumnias, siempre fue moderado e incluso influía en sus amigos para que también lo fueran. En aquellos tiempos tremendamente difíciles siempre supo distinguir entre quienes conscientemente apostataban de la Iglesia, de quienes, aunque se separaran materialmente, eran inocentes, no culpables de apostasía.

Aunque a veces chocó con la Curia romana, demostró su convicción de que un gran número de protestantes no eran apóstatas, sino gente simplemente desencantada por determinadas actuaciones de la Iglesia. Esta posición conciliadora era similar a la mantenida por San Pedro Favre. Aunque hay que decir que en las confrontaciones de su tiempo él siempre se mostró abierto y dialogante, también hay que reconocer que en algunas ocasiones se mostraba extraordinariamente reservado.

Nunca se contagió de las corrientes de pensamiento de su época, pues su profundo sentido de la catolicidad de la Iglesia le había sido inculcado desde su niñez, era la herencia más preciada que le habían dejado sus padres, esforzándose siempre por conservarla íntegra y por defenderla. La fidelidad a su tarea impregnó toda su relación con Dios. Sus oraciones mostraban un fuerte vínculo con la tradición de la Iglesia y siempre estaban entremezcladas con pasajes de las Escrituras. También en esto nunca fue original ni imaginativo, por lo que sus oraciones eran impersonales y generales con la intención de que pudiesen ser utilizadas por cualquiera. El ejemplo más significativo de esta forma de oración es la llamada “Oración general”. En ella era capaz de dar expresión a los pensamientos, necesidades y deseos imperantes en su tiempo, de manera que los fieles pudiesen rezar con sus palabras y con sus corazones, sin tener que pensar quienes eran los autores de tales oraciones.

Vidriera en Linz am Rheim (Alemania).

Vidriera en Linz am Rheim (Alemania).

Sin duda que la vida de San Pedro Canisio estaba inmersa en las influencias de su tiempo, marcada por el humanismo imperante y por las consecuencias espirituales, religiosas y políticas de la Reforma, pero su horizonte personal, sus intenciones siempre permanecieron intactas. El no tenía un programa prefijado para realizar su tarea, sino que siempre se adaptaba a las necesidades del momento. Por eso se explica la gran cantidad de iniciativas, tanto en su actividad sacerdotal, como en la instrucción catequética de los niños o en sus búsquedas de respuestas teológicas. Era capaz de trabajar con mucha facilidad, siendo muy tenaz y muy incansable en su trabajo. Aunque los problemas tuvieran difícil solución él no se desanimaba y así aparece, en numerosos ejemplos, en sus cartas.

Inmediatamente después de su muerte, en Alemania, Suiza y la región austriaca del Tirol, comenzó el culto al primer jesuita alemán, el cual era muy conocido sobre todo a través de sus célebres catecismos. Jacob Keller de Säckingen, que fue profesor del colegio de Friburgo en los últimos años de la vida del santo, recogió toda la información a la que pudo tener acceso y compuso una biografía provisional, que fue divulgada de manera inmediata. En el 1614 apareció la primera biografía editada por Matthäus Rader y dos años más tarde, vio la luz otra escrita por Francisco Sacchini, que era un historiador jesuita.

El proceso de beatificación se inició inmediatamente después de su muerte, aunque quedó interrumpido durante más de dos siglos por la supresión de la Compañía de Jesús en el año 1773. El Beato Papa Pío IX lo beatificó el 20 de noviembre del 1864 y en el trescientos aniversario de su muerte, el Papa León XIII dirigió una encíclica a los obispos y fieles alemanes elogiando las virtudes del santo. Pío XI lo canonizó el día 21 de mayo del 1925, proclamándolo al mismo tiempo Doctor de la Iglesia. Su cuerpo se venera en la antigua iglesia de los jesuitas en Friburgo (Suiza) y aunque murió el 21 de diciembre, su fiesta fue fijada el 27 de abril.

Iglesia dedicada al santo en Puth (Holanda).

Iglesia dedicada al santo en Puth (Holanda).

Estando aún vivo se le hicieron dos retratos. Uno es un cuadro pintado al óleo, de autor desconocido y que se encuentra en una propiedad privada en Friburgo y el otro, que esta pintado sobre un cristal está datado en el año 1591. Del siglo XVII se conocen un gran número de grabados, entre los que caben destacar los de Hieronymus Wierx, Rafael Sedeler, Philipp Galle y otros. Sin dudas, copiado de un retrato anterior está la reproducción exacta de su fisonomía realizada en un grabado de Dominicus Custos, datado en el 1620 y conservado en el colegio de San Miguel de Friburgo. En él aparece el santo con una barba en punta, con una nariz pronunciada, con la mirada profunda y con un libro en las manos, que probablemente es su conocidísimo catecismo. En el mismo colegio de Friburgo se conserva un cuadro de Pierre Wuilleret en el que se representa al santo predicando ante el Papa, cardenales, príncipes y nobles. Hagamos mención también de la obra de Cesare Fracassini, expuesta en la Galería de Cuadros Modernos del Vaticano, titulada “La predicación delante del emperador Fernando y del cardenal Otón”.

Antonio Barrero

Bibliografía:
“Cathechismi latini et germanici”, dos volúmenes editados por Fr. Streicher, Monaco, 1933.
– Kröss, A., “San Pedro Canisio en Austria”, Viena, 1898.
– Schäffer, W., “Pedro Canisio, la lucha de los jesuitas en la Reforma de la Iglesia Católica Alemana”, Göttingem, 1931.
– Schamoni, W., “Le vrai visage des Saints”, Bruges, 1955.
– VV.AA., “Bibliotheca sanctorum, tomo X”, Città Nuova Editrice, Roma, 1990.


O Emmanuel,
Rex et légifer noster,
Expectatio Géntium et Salvador earum:
Veni
Ad salvándum nos,
Dómine, Deus noster.
Oh Enmanuel,
Nuestro rey y legislador,
Esperanza de las naciones y Salvador de los pueblos,
Ven
A salvarnos,
Señor, Dios nuestro.

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San Pedro Canisio, Doctor de la Iglesia (II)

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Retrato de san Pedro Canisio realizado en 1546.

Retrato de san Pedro Canisio realizado en 1546.

Como indicamos en el artículo de ayer, su obra literaria fue muy amplia y muy eficaz y, aunque sea de manera breve, debemos enumerarla y explicarla. En primer lugar destaquemos sus “Catecismos”, escritos a petición del emperador Fernando I, de los que en vida llegó a hacer tres ediciones.

La “Summa Doctrinae Christianae”, publicada en Viena en el año 1555, aunque sin la indicación del nombre del autor, con doscientas trece preguntas y respuestas y que fue ideada como un manual para el último año de colegios y universidad. En la edición post-tridentina del año 1566 las preguntas ascendieron a doscientas veintitrés. Bajo su inspiración aparecen toda una colección de textos y de fuentes: “Auctoritatum sacrae Scripturae et sanctórum Patrum, quae in Summa doctrinae christianae Doctoris Petrii Canisii theologiae S.I. citantur”, Pietro Buys, Colonia, 1569.

El “Piccolo Catechismo”, que es el apéndice de una gramática latina que aparece bajo el título “Summa doctrinae christianae per questiones tradita et ad captum rudiorum accommodata”, que se presenta en cincuenta y nueve preguntas con sus respectivas respuestas y un breve compendio dogmático y cuyo destino era la primera instrucción religiosa que habrían de recibir los niños en la escuela. Este pequeño catecismo apareció por vez primera en alemán, en el año 1556, siendo editado en Ingolstadt. La tercera edición del mismo se hizo bajo el título “Catechismus Minor seu parvus Catechismus Catholicorum”, editado en Viena en el año 1558, aunque en sucesivas ediciones se le denominó “Catechismus Catholicus” o “Institutiones christianae pietatis”. Después de un detallado calendario de fiestas y de santos, contiene ciento veinticuatro preguntas y respuestas, siendo ideado como libro de texto para la instrucción religiosa en las escuelas medias y superiores. Es cierto que este formato de preguntas y respuestas no fue precisamente una invención de San Pedro Canisio, pero él la perfeccionó. Es muy significativo para la difusión y la importancia de la obra catequética de San Pedro Canisio, el hecho de que en el ámbito lingüístico alemán, hasta finales del siglo XIX, a los catecismos se les llamaban “Kanisi” (por Canisio).

San Pedro Canisio utilizó ampliamente las palabras de las Sagradas Escrituras y de los Padres de la Iglesia en sus exposiciones dogmáticas. En el llamado “Gran Catecismo” cita más de mil veces las Escrituras y varios cientos de veces a los Santos Padres. Por lo tanto, su obra catequética adquiere un carácter muy válido durante el tiempo, y en su forma textual no depende, o lo hace solo en parte, de las situaciones de cada momento. Junto a esta substancial fidelidad hay que tener en cuenta otra característica que le es distintiva y es el hecho de que los “Catechismi” son muy constructivos y en modo alguno, son polémicos o agresivos. O sea, en sus catecismos, San Pedro Canisio no refuta nada, sino que demuestra las cosas. De esta forma evita polemizar, renunciando incluso a citar los nombres de los reformadores. Hace mención de ellos de manera genérica: protestantes, utraquistas (los que defendían que para recibir realmente la Eucaristía había que comulgar forzosamente con las dos especies), hermanos de la religión de Augsburgo, etc., pero no los nombra por sus nombres. Él tenía conciencia de que renunciaba a la polémica y esto daba a su obra catequética un mayor valor en cada lugar y en cada tiempo.

Pintura-relicario en la residencia de los jesuitas en Innsbruck (Austria).

Pintura-relicario en la residencia de los jesuitas en Innsbruck (Austria).

Los criterios didácticos que él utilizaba, también contribuyeron al gran éxito de su obra. Fue muy ventajosa la división que realizó en tres partes, mediante las cuales se dispuso de un material muy oportuno para cada edad, desde la escuela elemental hasta la Universidad, dando a esta instrucción religiosa un contenido unitario. Su lenguaje es fácilmente comprensible, agradable, manteniendo un adecuado equilibrio entre el pensamiento latino de los escolásticos y la artificiosidad del humanismo. Se advierte claramente que el mismo Pedro Canisio había tenido una buena experiencia en la instrucción recibida durante su juventud. En realidad fue una ventaja que a la redacción de estos manuales – que eran necesarios -, no solo se dedicase un teólogo de profesión, sino que también era un hombre de acción, conocedor de la realidad de su tiempo, que tenía experiencia en las necesidades y en las posibilidades de cada uno. Por eso, el Papa Pío XI, con ocasión de su canonización, puso a los “catecismos” como ejemplos de ser las obras más conocidas y más importantes escritas por el santo para el servicio de la Iglesia.

Sus numerosas obras de contenido exegético, apologético, ascético y hagiográfico fueron apreciadas de manera muy especial, editándose en dos volúmenes titulados “De verbi Dei corruptelis”, en Ingolstadt en el año 1571 y en el 1577 y “De Maria Virgine incomparabili”, compuesto por encargo del Papa San Pío V como réplica a las “Centuriae” de Magdeburgo, que es un cuerpo de historia eclesiástica compuesto por cuatro luteranos de Magdeburgo a partir del año 1560. San Pedro Canisio demuestra en estas obras – en las que intenta hacer una exposición de la doctrina católica lo más ampliamente posible -, un amplio conocimiento de las Sagradas Escrituras y de los escritos de los Padres de la Iglesia, aunque se muestra poco especulativo y con escaso espíritu crítico.

El primer volumen, relacionado con la figura de San Juan Bautista, hace una exposición de la doctrina católica acerca de la justificación, mostrando especial respeto a la tradición, mientras que en el segundo recoge los testimonios de la tradición sobre la Virgen María. Sin embargo esta obra no pudo responder al propósito original, que era hacer una réplica a la “Historia de la Iglesia” de Magdeburgo, que iba apareciendo de manera muy rápida bajo la dirección de Flacius Illyricus.

Vidriera en Liesing, Viena (Austria).

Vidriera en Liesing, Viena (Austria).

Mientras realizaba esta obra tuvo algunas controversias con su sucesor en la dirección de la provincia de la Compañía de Jesús en la Alemania Superior, el padre Paul Hoffaeus, el cual viendo que el método de trabajo del santo – excesiva precisión, una cierta pedantería y una investigación documentadísima -, era una carga demasiado pesada para aquella provincia, recurrió a Roma a fin de que fuera revocado el encargo que se le había hecho a Pedro. De acuerdo con el padre Hoffaeus estuvo el propio hermanastro de San Pedro (Dietrich, mencionado en el artículo de ayer), que una vez tuvo que escribir: “In erudito hoc scribendi genere cui assuetus non est, supra modum sese macerat et vix unquam sibi satisfacit” (Cuando escribe de este modo erudito, a lo cual no estaba acostumbrado, se mortificaba sobremanera y casi nunca se sentía satisfecho).

La revocación de aquel encargo vino en el 1578, cuando San Pedro Canisio había comenzado a trabajar en el tercer volumen, que trataba sobre San Pedro y la doctrina del Primado. Otras divergencias y diferentes puntos de vista entre Hoffaeus y Canisio, hicieron que a finales de 1580, fuera enviado a Friburgo, donde fue con el encargo de poner en marcha el colegio, que recientemente había sido fundado. Este fue su último destino, en el que permaneció hasta 1590, predicando y escribiendo hasta pocos días antes de morir, el 21 de diciembre del 1597.

En el último año de su vida escribió su testamento espiritual, que sin lugar a dudas tiene que ser considerado como la conclusión de un diario espiritual, en el cual, Pedro Canisio que era extraordinariamente lacónico y muy reservado en lo que se refería a sus cuestiones personales, expone las líneas fundamentales de su vida y de su incansable actividad.

Reliquias del santo conservadas en Friburgo (Suiza).

Reliquias del santo conservadas en Friburgo (Suiza).

Mañana continuaremos escribiendo sobre su personalidad y sobre su Causa de canonización y culto.

Antonio Barrero

Bibliografía:
“Cathechismi latini et germanici”, dos volúmenes editados por Fr. Streicher, Monaco, 1933.
– Kröss, A., “San Pedro Canisio en Austria”, Viena, 1898.
– Schäffer, W., “Pedro Canisio, la lucha de los jesuitas en la Reforma de la Iglesia Católica Alemana”, Göttingem, 1931.
– Schamoni, W., “Le vrai visage des Saints”, Bruges, 1955.
– VV.AA., “Bibliotheca sanctorum, tomo X”, Città Nuova Editrice, Roma, 1990.


O Rex Géntium,
Et desiderátus eárum,
Lapisque anguláris qui facis útraque unum:
Veni
Et salva hóminem,
Quem de limo formásti.
Oh Rey de las naciones,
Y esperado por los pueblos,
Piedra angular que haces de los dos pueblos uno solo,
Ven
Y salva al hombre,
Que hiciste del barro de la tierra.

Artículo extraído ilegalmente y sin permiso de PreguntaSantoral.es

San Pedro Canisio, Doctor de la Iglesia (I)

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Lienzo. de San Pedro Canisio. Colegio de San Miguel de Friburgo, siglo XVII.

Lienzo. de San Pedro Canisio. Colegio de San Miguel de Friburgo, siglo XVII.

Hoy, día en el que conmemoramos su muerte, quiero escribir sobre este santo Doctor de la Iglesia aunque, dada la importancia de su vida y la amplitud y complejidad de su obra, es inevitable que tenga que hacerlo en tres artículos correlativos.

Pedro Kanijs (Canisio), nació el día 8 de mayo de 1521 en Nijmegen (Holanda). Su nacimiento fue contemporáneo a dos acontecimientos que incidieron profundamente en su vida y en su obra: la “Dieta de Worms” (una asamblea de príncipes del Sacro Imperio Romano Germánico, celebrada en Worms) que pronunció un bando contra Martín Lutero y la conquista de la ciudad de Pamplona, en Navarra, donde San Ignacio de Loyola fue gravemente herido.

Su ciudad natal pertenecía al ducado de Geldern y por lo tanto, en aquel tiempo, era todavía territorio alemán. Su familia formaba parte de la aristocracia de la ciudad y su padre, después de haber estudiado en la Universidad de París, había educado a los príncipes de la Corte del duque de Lorena y de vueltas a su ciudad, había sido nombrado burgomaestre, lo que equivalía a lo que ahora es un alcalde. En el año 1519 se había casado con la hija de un farmacéutico – Egidia van Houweningen – con la que tuvo tres hijos, siendo Pedro el primogénito. Su madre murió al nacer el tercer hijo, no sin antes aconsejar y conseguir de su esposo que su familia siguiera fiel a la Iglesia Católica. Su padre contrajo segundas nupcias con Wendelina van den Berhg, que fue una verdadera madre y no una madrastra con los tres hermanos. De este segundo matrimonio nacieron ocho hijos, uno de los cuales, Dietrich, siguió el ejemplo de su hermano Pedro ingresando también en la Compañía de Jesús.

Por tanto, Pedro creció en el seno de una familia profundamente católica a pesar del cisma provocado por Lutero. El mismo lo escribe en sus “Confessioni”: “Yo encontraba en aquellos tiempos una profunda alegría mirando las pinturas de los santos y asistiendo a las funciones litúrgicas; los días de fiesta, servía voluntariamente en la Misa y desde muy pequeño asumía el rol del sacerdote, tratando de imitarlo en su oficio cuando cantaba, rezaba o leía la Misa. Y hacía tan bien ese papel, que a mis compañeros de juegos les enseñaba lo que el sacerdote tenía que hacer. Una costumbre, un celo que en aquel entonces era pueril, pero que ya revelaba una tendencia que más tarde se desarrollaría y en la que se podría demostrar la Divina Providencia”.

San Pedro Canisio delante del emperador Fernando I y del cardenal Otto. Cesare Fracassini (XIX), Museos Vaticanos. Fuente: Alinari.

San Pedro Canisio delante del emperador Fernando I y del cardenal Otto. Cesare Fracassini (XIX), Museos Vaticanos. Fuente: Alinari.

Contrariando a su padre, que pretendía que su hijo estudiase una brillante carrera, Pedro decidió estudiar teología durante su estancia en la Universidad de Colonia. Allí estuvo desde el 1536 al 1546, a excepción de un curso que pasó en la Universidad de Lovaina, entrando en estrecha relación con un grupo de piadosos sacerdotes que pretendían una verdadera reforma de la Iglesia, manteniendo vivo el espíritu humanista holandés, la mística alemana y la llamada devoción moderna. Este círculo de sabios y santos sacerdotes influyó fuertemente en Pedro, especialmente Nikolaus van Esche y el prior Gerhard Kalckbrenner y el sub-prior Johann Justus Lansperger, de la Cartuja de Santa Bárbara.

En el año 1540, fue promovido como “maestro en artes” y junto al estudio de la teología, adquirió una extraordinaria familiaridad con las Sagradas Escrituras, lo que fue el comienzo de un serio trabajo científico a nivel personal. Si en la edición alemana de la obra de Johannes Tauler, aparecida en Colonia en el año 1543, se nombra como editor a un “Petrus Noviomagus”, identificado por Braunsberger y Tesser como San Pedro Canisio, mientras que Streicher y Brodrick lo niegan, sin embargo es cierto que es suya la edición en Colonia en 1546, de las obras de los Padres de la Iglesia con textos de San Cirilo de Alejandría y de San León Magno. Ésta es su primera obra y es, al mismo tiempo, el primer libro publicado por un jesuita.

Entretanto, en el año 1543, Pedro Canisio había entrado en la Compañía de Jesús, que había sido aprobada tres años antes por el Papa Paulo III, habiendo hecho previamente en Maguncia los ejercicios espirituales junto a San Pedro Favro, que como sabemos, fue uno de los primeros compañeros de San Ignacio de Loyola. En torno a Pedro Canisio, se constituyó en Colonia la primera comunidad jesuita en territorio alemán, que era la tercera al norte de los Alpes, después de las de París y Lovaina.

En una discusión que tuvo con el arzobispo Hermann de Wied, proclive al protestantismo y que intentaba llevar a su diócesis hacia las tesis de la Reforma Protestante, Pedro fue el portavoz del clero y de los fieles católicos que se oponían a los planes reformadores del arzobispo. De esta forma, en el año 1545 presentó los intereses de su ciudad ante la “Dieta de Worms” y poco después, hizo lo propio ante el mismo emperador en Colonia. A finales de ese año, fue enviado a Amberes para hacer lo mismo ante el emperador Carlos V, para presentarle las quejas de la ciudad contra el arzobispo de Wied.

Vidriera en la basílica de Dillingen (Alemania).

Vidriera en la basílica de Dillingen (Alemania).

El cardenal Otto Truchsess de Valdburg, arzobispo de Augsburgo – que también había estado en la “Dieta de Worms” -, como Pedro era un eminente teólogo, puso sus ojos en él llevándolo como su teólogo personal al Concilio de Trento. Antes de marchar hacia el Concilio, en el verano de 1546 recibió la ordenación sacerdotal en la ciudad de Colonia. Poco después de su llegada a Trento, en marzo de 1547 el Concilio se trasladó a Bolonia, donde durante unos meses participó en algunas comisiones teológicas especializadas en temas concretos. En el verano de ese mismo año, San Ignacio lo llamó a Roma, haciendo allí su noviciado como jesuita bajo la dirección del propio Ignacio. De este período de su vida él mismo escribe: “Me veo aquí, en la casa de la sabiduría, en la escuela de la humildad, de la obediencia y de todas las virtudes y me gustaría aprender más, no necesitando para ello que me lo impusieran por obediencia”.

En la primavera del año 1548 fue enviado al colegio de Messina para que enseñara latín y allí estuvo hasta finales de julio del año siguiente cuando San Ignacio lo envió a Baviera atendiendo a una petición del duque Guillermo IV, que quería tener presente a los jesuitas en la Universidad de Ingolstadt. Haciendo una breve parada en Roma, el 4 de septiembre de 1549 emitió los votos solemnes, habiendo recibido dos días antes la bendición del propio Papa Paulo III para ejercer su nuevo encargo en Alemania. Como él mismo lo escribe, después de recibir la bendición del Papa, visitó la tumba de San Pedro: “Plazca a tu infinita bondad, santo Padre y eterno sacerdote supremo, que yo implore a tus apóstoles que son venerados en la basílica vaticana y que gracias a ti obraron grandes maravillas, a fin de que quieran conferir una constante eficacia a la bendición que he recibido del Papa. Yo experimenté una gran consolación y la presencia de tu gracia que Tú has permitido me tocase a través de su intercesión. Así bendigan y confirmen mi misión en Alemania, siendo para mí como si quisiera prometerme la benigna asistencia para ser destinado por así decirlo como apóstol en Alemania. Tú sabes, Señor, cuanto y con qué frecuencia he confiado en este día por el cual tuve que soportar constantes preocupaciones y que, como hizo el propio Pedro Favro, hicieron valer todas mis fuerzas. Mi deseo era vivir y morir en Alemania y para esto deberé colaborar, por así decirlo, con el ángel de los alemanes, San Miguel.

De hecho, siglos más tarde, el Papa León XIII lo llamó el “segundo apóstol de Alemania, después de San Bonifacio, ya que durante unos treinta años participó en la reconstrucción de la iglesia alemana, que estaba acosada por el cisma, llegando a ser un promotor del movimiento de renovación católico alemán. Estuvo en Viena, en Innsbruck, Augsburgo y Mónaco y posteriormente, en Praga, Varsovia y Münster y a intervalos, volvía a Roma. Enseñó y predicó especialmente en Ingolstadt, Viena, Augsburgo, Innsbruck y Mónaco, ejerciendo una creciente influencia en la situación eclesiástica del Imperio alemán, sobre todo a través de la organización y difusión de la Compañía de Jesús, en el ambiente político y, con sus escritos, en la producción literaria.

San Pedro predicando ante el Papa. Pierre Wuilleret, Colegio de Friburgo (Suiza).

San Pedro predicando ante el Papa. Pierre Wuilleret, Colegio de Friburgo (Suiza).

En el mes de junio de 1556, San Ignacio lo nombró primer superior de la provincia jesuita de la Alemania Superior, que aunque después quedó reducida por la separación de la provincia austríaca, él dirigió hasta el año 1569, aunque con dos breves interrupciones. A él se debe la terminación de los colegios de Ingolstadt, Viena y Praga y el inicio de los colegios de Mónaco, Innsbruck, Dillingen, Tyrnau y Hall en el Tirol. Se preocupó de manera determinante por la creación de numerosos colegios en la provincia de la Alemania Inferior y organizando la Compañía de Jesús hizo que esta fuera un factor determinante y decisivo en la Contrarreforma. Aun tuvo mayor relieve su influencia personal en la política de la Iglesia y, en general, en la situación eclesiástica, teniendo una relación muy personal con todas las personas influyentes del catolicismo y contribuyendo esencialmente en la creación de una nueva autoconciencia entre los católicos alemanes. De él tenemos casi mil cuatrocientas cartas, de las que se han publicado mil trescientas dieciséis y en ellas cuenta y relata todo este tipo de relaciones tendentes a reformar a la Iglesia.

Al mismo tiempo fue consejero de los principales príncipes católicos, especialmente del emperador Fernando I, de los duques de Baviera y de los Papas Pío IV, San Pío V y Gregorio XIII, encontrándose implicado en las negociaciones políticas más importantes de la Iglesia. Su influencia tuvo una especial importancia en la aclaración de las discrepancias entre el papado y el emperador, las cuales, a finales del 1562 había llevado a la gran crisis del Concilio. En la “Dieta” de Augsburgo de 1566 obtuvo que el legado papal se abstuviese de hacer una protesta formal contra la paz religiosa obtenida el año anterior, a la que sus asesores canonistas trataron de inducirlo; eso fue importante porque de esa manera pudo evitar un conflicto armado.

Asimismo fue consejero de los nuncios pontificios en Alemania, tomando parte en numerosas discusiones religiosas con los luteranos. Su lema era: “No herir, no humillar, pero hay que defender la religión Católica con toda el alma”. Recibió del Papa muchos encargos especiales, como por ejemplo, en el año 1565, una misión ante los obispos alemanes para convencerlos a fin de que aceptaran los decretos del Concilio de Trento, las negociaciones secretas con los príncipes de la Alemania meridional en el año 1573 o la misión ante el duque de Klève en el año 1578.

Tumba del santo en Friburgo (Suiza).

Tumba del santo en Friburgo (Suiza).

Sus informes sobre la Reforma en Alemania, en los cuales juzga con particular crudeza la conducta de una parte del clero, incluidos los obispos, promovieron una mejor formación y elección de los mismos, sobre todo en tiempos de Gregorio III, y fueron decisivos en las medidas adoptadas por Roma, como el aumento de las nunciaturas, la fundación de seminarios pontificios, la consolidación del “Collegium Germanicum” en Roma, etc., aunque su propuesta presentada en la “Dieta” de Regensburg de anulación de los privilegios de los nobles a la hora de elegir a los obispos, no tuvo éxito.

En el artículo de mañana seguiremos escribiendo sobre su intensa obra literaria, su personalidad y pensamiento y sobre su culto.

Antonio Barrero

Bibliografía:
“Cathechismi latini et germanici”, dos volúmenes editados por Fr. Streicher, Monaco, 1933.
– Kröss, A., “San Pedro Canisio en Austria”, Viena, 1898.
– Schäffer, W., “Pedro Canisio, la lucha de los jesuitas en la Reforma de la Iglesia Católica Alemana”, Göttingem, 1931.
– Schamoni, W., “Le vrai visage des Saints”, Bruges, 1955.
– VV.AA., “Bibliotheca sanctorum, tomo X”, Città Nuova Editrice, Roma, 1990.


O Oriens,
Splendor lúcis aetérnae,
Et sol iustitiae,
Veni
Et illumina sedéntes in ténebris,
Et umbra mortis.
Oh Sol, que naces de lo alto,
Resplandor de la luz eterna,
Y sol de justicia,
Ven
Ahora para iluminar a los que viven en tinieblas
Y en sombra de muerte

Artículo extraído ilegalmente y sin permiso de PreguntaSantoral.es