San Pedro II, arzobispo de Tarantasia

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Icono del Santo.

Icono del Santo.

Nació en el año 1102 en la villa de Saint-Maurice-de-l’Exil, siendo el segundo de los cinco hijos de unos padres muy piadosos y caritativos, que daban hospedaje a cuantos religiosos pasaban por su pueblo. Por esto, desde su infancia, conoció a algunos monjes cartujos y a algunos cistercienses pertenecientes a la recién fundada Abadía de Bonnevaux, cercana a su casa. En esta abadía, cuando tenía veinte años de edad, acompañado de su hermano Lamberto, tomaron el hábito cisterciense. Años más tarde, el más pequeño de los hermanos y su padre ingresaron también en la abadía, mientras que su madre y su hermana, tomaron el velo monacal en la abadía cisterciense de San Pablo de Izeaux. O sea, de los siete miembros de la familia, seis se hicieron religiosos cistercienses.

En el año 1120, algunos monjes de la Abadía de Bonneveaux habían fundado el monasterio de Mazan en la región de Vivarais y el de Montpeyroux en Alvernia y en el 1132, bajo los auspicios del arzobispo Pedro I de Tarantasia, hicieron la fundación de Tamié en la región de Saboya, nombrando a Pedro como abad, el cual se prodigó sin límites en conseguir para su abadía todo tipo de bienes, tanto espirituales como materiales. El arzobispo San Pedro I de Tarantasia, promotor de esta fundación, había sido un antiguo monje de Citeaux y abad de La Ferté.

En el 1140, cuando murió el santo arzobispo Pedro I, le sucedió Isdraël – que era capellán del conde de Saboya -, pero que poco a poco se mostró indigno para ocupar este cargo hasta el punto de que la Santa Sede lo depuso del mismo. Entonces, se apeló a Pedro (que como he dicho era abad de Tamié), el cual, en un principio se mostró renuente a aceptar el cargo, aunque finalmente tuvo que hacerlo ante la insistencia de los abades de Citeaux y de Bonnevaux y, sobre todo, de San Bernardo de Claraval. Y así, siguiendo el ejemplo de su antecesor San Pedro I, conservó el hábito monacal y mantuvo en todo lo posible durante toda su vida, el cumplimiento personal de la Regla Cisterciense. Reformó el Capítulo de su catedral recurriendo a los Canónigos Regulares de la Abadía de San Mauricio de Agaune, viviendo con ellos en comunidad. Esta vivencia la compaginó con la visita pastoral a todas las parroquias de su diócesis, prodigándose en la realización de obras sociales y en la administración de los sacramentos de la Penitencia y de la Confirmación.

Abadía de Tamié.

Abadía de Tamié.

En el año 1153, el Papa Eugenio III – que había sido antiguo monje de Claraval -, delegó en él la solución de una disputa entre el obispo de Maurienne y los señores de La Chambre. Dos años más tarde, el Papa Adriano IV, de acuerdo con el santo obispo Amadeo de Lausanne, le encargó el restablecimiento de la paz entre los Premonstratenses de Lac-de-Joux y los monjes de Lieu-Poncet, los cuales dependían de la Abadía de San Claudio. Como, según su biógrafo, en esta abadía se le atribuyeron la realización de algunos milagros, comenzó a difundirse por toda la región su fama de santidad. Huyendo de esto, decidió dejar su diócesis para esconderse en el monasterio cisterciense de Lucella, en la diócesis de Basilea, aunque allí fue descubierto camuflado como un monje más, dedicado a las labores agrícolas del monasterio. Contrariado, retornó a su diócesis dedicándose plenamente a sus deberes pastorales.

Deseoso siempre de practicar la caridad, transformó su palacio episcopal en una casa de acogida para los pobres; su mesa siempre estaba dispuesta para los más necesitados, con los cuales compartía todo cuanto tenía. Pero, dada la cantidad de menesterosos que acudían a él, pronto se dio cuenta de la necesidad de instituir obras y organizaciones de caridad, entre las cuales cabe destacar el llamado “Pan de Mayo”, que sobrevivió hasta la llegada de la Revolución Francesa y que consistía en la distribución de un plato de sopa caliente a cuantos acudían al que había sido el palacio episcopal. Su biógrafo dice que en más de una ocasión fue tan grande el número de necesitados que acudían, que la sopa se multiplicaba de manera milagrosa; algo similar al célebre milagro que llevó a la canonización a San Juan Macias.

Hospicio del Pequeño San Bernardo.

Hospicio del Pequeño San Bernardo.

Asimismo agrandó el llamado “Hospicio del Pequeño San Bernardo”, en la célebre Colonne-Joux, que como sabemos es un puerto de montaña que separa Tarantasia (en la Saboya francesa) del Valle de Aosta en Italia. Este hospicio había sido fundado por San Bernardo de Menthon a fin de proteger a los peregrinos contra los bandidos y las inclemencias del tiempo, pero que con el paso de los años se fue deteriorando, por lo que San Pedro II de Tarantasia lo reconstruyó. Quién desee más información sobre este emplazamiento, lea este enlace.

Por su forma de ser y de actuar consiguió tener una gran autoridad moral en toda aquella región: el conde de Saboya lo llamaba para recibir sus consejos y en más de una ocasión recurrió a él para que intermediara en alguna disputa. Así, restableció la paz entre el conde y el obispo San Guerino de Sión, quién había sido abad del monasterio cisterciense de Aulps. En el año 1156 redactó un tratado de alianza entre el abad de San Mauricio de Agaune y el del monasterio de Nuestra Señora de Abondance. Ese mismo año, en San Segismundo, resolvió otra discrepancia entre el obispo de Ginebra y el conde del Ginebrino (lo que hoy sería el alcalde), acerca de los respectivos derechos o competencias de cada uno de ellos sobre aquella ciudad.

Relicario con el húmero del Santo.

Relicario con el húmero del Santo.

Pero su más importante actividad fue aquella que llevó a cabo en defensa de la unidad de la Iglesia cuando en el año 1159, a la muerte del Papa Adriano IV, después de la elección de Alejandro III, cuatro cardenales fieles al emperador se reunieron eligiendo a uno de ellos que tomó el nombre de Víctor IV. Entonces, en la ciudad de Crema, el emperador Federico Barbarroja convocó a un cierto número de obispos y arzobispos a los cuales les propuso la oportunidad de convocar un concilio. Allí se presentó San Pedro II de Tarantasia, acompañado de los abades de Claraval, de Morimond y de otros abades cistercienses para encontrarse con el emperador, el cual iba avanzando camino de Milán y suplicarle que respetase a aquella ciudad y a sus habitantes. En el “seudoconcilio” convocado por Barbarroja en Pavía a principios del año 1160, los cardenales fieles al emperador reconocieron a Víctor IV como legítimo Papa. Pedro, prácticamente solo, se enfrentó al emperador y al antipapa y se marchó a Tarantasia y a las regiones vecinas de Borgoña, Alsacia y Lorena para predicar la unión en torno al legítimo Papa Alejandro III. Su biógrafo nos dice que en esta campaña de defensa del legítimo Papa, realizó numerosos milagros y curaciones.

Tuvo la valentía de presentarse de nuevo ante el emperador para responsabilizarle de la desunión de la Iglesia, pero éste se mostró inflexible. De todos modos, gracias a sus enormes esfuerzos, fue reuniendo en torno a sus tesis a muchos obispos y abades cistercienses, como al obispo Enrique de Baeuvais – hermano del rey de Francia y antiguo monje de Claraval -, al abad Lamberto de Citeaux, a Felipe de Aumône, a San Elredo de Rievaulx y a otros. Finalmente, gracias a sus esfuerzos, en el mes de mayo del 1163, en el Concilio de Tours, los reyes de Francia y de Inglaterra reconocieron solemnemente la legítima autoridad del Papa Alejandro III, el cual se había refugiado en Francia huyendo de la persecución ejercida contra él por Federico Barbarroja. Este siguió en sus treces y a la muerte del antipapa Víctor IV, hizo elegir a otro que tomó el nombre de Pascual III.

En el año 1165, el Papa Alejandro III llamó a Roma a San Pedro de Tarantasia, el cual realizando un triunfal viaje por toda Italia, se presentó ante el Papa acompañado por Gualberto, futuro obispo de Aosta. Digo que este viaje fue triunfal, porque a su paso por las ciudades de Pavía, Bolonia, etc., la población se echaba a la calle para recibirlo; dice asimismo su biógrafo que durante este viaje, el santo realizó numerosas curaciones por el camino. A su vuelta, en Tolosa (Toulouse), logró imponer la paz entre el conde Raimundo V y el conde Humberto III de Saboya. También en ese mismo año intervino eficazmente en una disputa jurisdiccional entre el conde de Forez y la Iglesia de Lyon, consiguiendo que llegaran a un acuerdo.

Urna con el cráneo y la pierna izquierda del Santo.

Urna con el cráneo y la pierna izquierda del Santo.

En el 1170, cuando el emperador se encontraba en Besançon, fue nuevamente a verlo a fin de convencerlo para que firmase la paz con la Iglesia Romana, pero nuevamente fracasó en el intento. Era capaz de poner de acuerdo a multitud de contendientes, pero con el emperador, no lo conseguía. Un año más tarde, durante una estancia de reposo en la Gran Cartuja, hizo división de los bienes materiales de la Iglesia de Tarantasia, determinando la parte que quedaba reservada para los canónigos y la pequeña porción que dejó a la administración del propio obispo.

Sus últimos años de vida fueron particularmente activos. El 12 de febrero del 1173 estaba presente en el castillo de Montferrand (en Alvernia), acompañado de los obispos de Ginebra y de Maurienne y de un numeroso grupo de nobles de la región de Saboya, donde consiguió que firmaran un acuerdo el rey Enrique II de Inglaterra y el conde Humberto III de Saboya; este acuerdo estaba relacionado con el proyecto matrimonial entre la princesa Alicia de Saboya y Juan sin Tierra. Pocos días más tarde, lo encontramos en Limoges, donde por espacio de doce días se quedó en la corte del rey de Inglaterra, realizando diversas curaciones de las que nos ha llegado información gracias al clérigo escritor Gautier Map. Los contactos que tuvo con este rey tuvieron como objetivo el abordar un acercamiento con el rey de Francia, más que deseable ya que los eventos provocados por los cruzados en Tierra Santa se estaban precipitando. Y parece ser que estos contactos no fueron inútiles, pues el 23 de agosto de ese mismo año, el Papa – después de haberlo consultado con el obispo Ponce de Clermont, el abad Alejandro de Citeaux, el prior de la Gran Cartuja y el Gran Maestro del Temple -, delegó en él para que negociara la paz entre el rey de Inglaterra y sus hijos, a los cuales se había unido el rey de Francia y así, el Miércoles de Ceniza del año 1174, el santo obispo Pedro II impuso la ceniza al rey de Inglaterra y a su séquito en la abadía cisterciense de Mortemer, en Normandía.

Urna con la pierna derecha del Santo.

Urna con la pierna derecha del Santo.

De retorno a su diócesis, el arzobispo Pedro II realizó diversas paradas deteniéndose en el monasterio de Hautes-Bruyères (dependiente de la abadía de Fontevrault, en la diócesis de Evreux), en la ciudad de Montmorency, en la abadía cisterciense de Vaux de Cernay, en la abadía de Longuay que está cercana a Langres y finalmente, en Lyon donde fue testigo de una donación realizada por Ulderico de Villars a favor de los cistercienses de Chassagne. Una vez llegado a Tarantasia, recibió un nuevo encargo del Papa ante los monjes de Bellevaux, lo cual hizo que de nuevo tuviese que viajar, pero llegando a su lugar de destino se vio atacado por un violento estado febril, llegando a duras penas al monasterio, donde murió pocos días más tarde, el 14 de septiembre del año 1174, día de la Exaltación de la Santa Cruz. Fue sepultado en la iglesia de Bellevaux junto al altar dedicado a la Santísima Virgen. Godofredo de Auxerre, que entonces era abad de Hautecombe, quién frecuentemente había estado en contacto con él, escribió su “Vita” con la intención de solicitar su canonización. De hecho, fue canonizado por el Papa Celestino III el 10 de mayo del año 1191, o sea, solo diecisiete años después de su muerte.

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San Pedro II de Tarantasia, San Bernardo y San Guillermo arzobispo de Bourges, son los únicos tres santos canonizados de la Orden de Citeaux. Su fiesta fue fijada el día 11 de septiembre, pero muy pronto fue trasferida al 8 de mayo. Los cistercienses lo conmemoran el día de su muerte, el 14 de septiembre. La Abadía de Tamié, de la cual fue su primer abad, poseo tres reliquias insignes del santo: la cabeza, la pierna izquierda y un húmero, mientras que la iglesia de San Jorge de Vesoul, conserva la pierna derecha. El resto de reliquias están muy repartidas.

Como hemos podido comprobar siguiendo este breve relato de su vida, fue un obispo que vivió como un monje, un hombre de Iglesia, tremendamente trabajador y conciliador, muy caritativo y con fama de taumaturgo aun en vida.

Antonio Barrero

Bibliografía:
– Godofredo de Auxerre, “Vita Sancti Petri Tarentasiensis”, Biblioteca de Troyes, siglo XII.
– Burnier, A., “Histoire de l’abbayé de Tamié”, Chambery, 1865.
– Dimier, A., “Saint Pierre de Tarentaise”, Ligugé, 1935
– Dimier, M.A., “Bibliotheca sanctórum, tomo X”, Città Nuova Editrice, Roma, 1990.
– Lenssen, S., “Aperçu historique sur la vénération des Saints cisterciens dans l’ordre de Citeaux”, Collectanea Ordinis Cisterciensis III, 1939.
– Múller, G., “San Pedro arzobispo de Tarantasia”, Crónicas cistercienses III, 1891.

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