San Pedro Regalado, fraile franciscano

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Capilla de San Pedro Regalado, iglesia vallisoletana de El Salvador.

Capilla de San Pedro Regalado, iglesia vallisoletana de El Salvador.

San Pedro Regalado ha sido el primer franciscano español canonizado. Nació en la calle de Las Platerías de Valladolid en el año 1390, siendo el hijo de los nobles Pedro Regalado y María de la Costanilla, que aunque eran judíos neoconversos, profesaban la fe cristiana de manera muy virtuosa. El niño fue bautizado en la iglesia del Salvador y se le impuso el nombre de Pedro. Como su padre murió muy prematuramente, la madre tuvo que duplicar su esfuerzo a fin de que el niño fuese instruido en la fe y creciera en la piedad.

Con solo trece años de edad mostró una vocación precoz hacia los franciscanos, pues en Valladolid existía un convento de franciscanos conventuales que eran precisamente un modelo de observancia en unos tiempos en los que la disciplina y las costumbres de los sacerdotes y de los religiosos llegaron a niveles escandalosos de relajación. En el noviciado, estudiando la Regla y la vida de San Francisco se convenció de que la vida practicada por muchos frailes de conventos vecinos no eran conforme con el espíritu franciscano. El Cisma de Occidente, que había hecho estragos en el clero y la peste negra habían dejado despoblados muchos conventos y para llenarlos de nuevo, habían sido admitidos muchos indeseables que solo buscaban sus intereses personales amparados en la inmunidad que ofrecían los claustros. El profesó en ese convento en el año 1404, o sea, con catorce años de edad.

Litografía mostrando el cruce del río Duero sobre su capa.

Litografía mostrando el cruce del río Duero sobre su capa.

Para solucionar este tema de indisciplina y relajación surgieron reformadores dentro de la Orden y mientras en Italia fue San Bernardino de Siena quién promovió una vasta reforma de la observancia, en España también hubo otras iniciativas reformistas, destacando la llevada a cabo por fray Pedro de Villacreces, que también era vallisoletano y que tenía fama de santo. Un día, fray Pedro – que ya tenía sesenta años de edad -, se presentó de improviso en el convento de Valladolid y todos los frailes se arremolinaron alrededor de él. Fray Pedro, con su sola presencia mostraba que había dos formas de entender la vida franciscana en comunidad. Con el permiso de sus superiores, fray Pedro se había acercado a Valladolid para llevarse con él a algún religioso que quisiera unirse a su reforma y así, en el 1405, el adolescente fray Pedro Regalado – que solo tenía quince años de edad -, se unió al anciano fraile y con un bastón y un breviario, mendigando de puerta en puerta por cuantos pueblos pasaban, se pusieron en camino hasta que llegaron al eremitorio de La Aguilera (Burgos), fundado por fray Pedro de Villacreces con el permiso del obispo de Osma. Desde ese momento, Pedro Regalado se convirtió en su más estrecho colaborador.

Fue en ese pequeño convento de La Aguilera – al que acudieron otros discípulos de fray Pedro de Villacreces -, donde se restauró la vida religiosa franciscana en su más auténtica pureza, después de que el 24 de septiembre del 1409 el Papa Alejandro V promulgara la bula “Ordinem Fratum Minorum” autorizando esta reforma. Pedro Regalado, compaginó su preparación al sacerdocio con tareas de cocinero, limosnero y portero y allí celebró su primera misa cuando fue ordenado sacerdote en el año 1415.

Litografía mostrando el milagro de convertir el pan en rosas.

Litografía mostrando el milagro de convertir el pan en rosas.

Ese mismo año, ambos reformadores fundaron en tierras vallisoletanas el eremitorio de El Abrojo en la localidad de Laguna de Duero, donde se quedó Pedro Regalado como padre guardián y maestro de novicios, tareas que compaginaba con la predicación por los pueblos vecinos. Cuando estaba ausente Fray Pedro de Villacreces ejercía también de vicario de La Aguilera, cargo que mantuvo durante toda su vida desde el año 1422, cuando murió Fray Pedro de Villacreces en el convento de Peñafiel. Los frailes de los eremitorios de La Aguilera (Domus Dei) y El Abrojo (Scala Coeli), eligieron a Pedro Regalado como su superior, ya que el fervor seráfico había sido el mismo en ambos fundadores y el cumplimiento riguroso de la Regla les había granjeado gran fama de santidad a ambos conventos, dependientes de la Provincia Observante de la Concepción.

En sus conventos implantó una forma de vida similar a la que llevaba San Francisco de Asís cuando habitaba en la Porciúncula: muchas horas de oración repartidas a lo largo del día, trabajar manualmente para ganarse el sustento, prohibición de poseer nada que no fuese absolutamente imprescindible para el sustento, celdas individuales limpias pero pobremente equipadas, prohibición absoluta a recibir dinero ni siquiera como estipendio de las misas y silencio casi absoluto.

Al ser el vicario de ambos conventos, distribuía su tiempo entre uno y otro hasta que decidió trasladarse durante la mayor parte del año al de La Aguilera, ya que este era más propicio para dedicarse a la oración y al silencio. Como el convento de El Abrojo esta cercano a Valladolid, era muy frecuentado por determinados personajes de la Corte, incluso por el rey Don Juan II de Castilla y como este trajín no le agradaba, por eso decidió retirarse a La Aguilera.

Grabado con el milagro del toro.

Grabado con el milagro del toro.

Como la fama de santidad de ambos eremitorios se extendió por toda Castilla, pronto se adhirieron a ellos otros conventos llegándose a conformar los denominados “siete conventos de la fama”, que con el tiempo, servirían de base para la reforma llevada a cabo por el cardenal Cisneros. El 20 de enero del 1455, el Ministro General de la Orden, le escribía desde Nápoles elogiando su trabajo y constituyéndolo como rector, gobernador, comisario y vicario de aquellos eremitorios, al frente de los cuales ya él estaba.

A San Pedro Regalado se le atribuyen las siguientes obras: la “Vita” de su maestro Pedro de Villacreces, la “Exposición de la Regla Franciscana, Constituciones y Reglamentos” destinado a los frailes de La Aguilera y El Abrojo, “Ejercicios de vida activa y contemplativa” para los novicios de ambos conventos y “Opúsculo sobre el árbol de la vida: la Santa Cruz”. Hay autores que, basándose en que San Pedro Regalado no frecuentó ninguna escuela académica, le niegan la autoría de estos escritos y es por eso, por lo que estas obras no son ni siquiera mencionadas en el proceso de su canonización. Wadding en su “Scriptores Ordinis Minorum”, publicado en Roma en el año 1650, también las ignora.

Pero ¿por qué San Pedro Regalado que era un predicador elocuente y un maestro de santidad, no se dedicó más a los estudios? Simplemente por imitar a su maestro, fray Pedro de Villacreces, quién decía: “Quiero hombres penitentes, no estudiantes. Yo recibí en Salamanca el grado de maestro, que no merezco, pero aprendí más en la celda llorando entre tinieblas que en Salamanca alumbrado por una candela. Pobre de mi si estudio ciencias para curiosear buscando los defectos ajenos y olvido los míos. Quiero ser más un viejo simplón que practica la caridad con Dios y el prójimo, que un gran teólogo como San Agustín o el Doctor Sutil Scoto.

Conjunto escultórico del milagro del anciano pidiendo pan. Laguna de Duero (Valladolid). Fotografía: Jesús Sinovas

Conjunto escultórico del milagro del anciano pidiendo pan. Laguna de Duero (Valladolid).Fotografía: Jesús Sinovas

Pedro Regalado fue el santo que supo practicar y enseñar a los demás con su ejemplo, lo que es la vida mística. Su misticismo tenía tres puntales fundamentales: la Eucaristía, su devoción a la Virgen y el recuerdo de la Pasión de Cristo. De él se cuenta que en el llamado Cerro del Águila, que está cercano al convento, se retiraba a ejercitar el Vía Crucis, cargando con una cruz y poniéndose una corona de espinas en la cabeza y una soga al cuello.

Sintiendo que su final estaba cercano, San Pedro se fue al convento de San Antonio en Fresneda, a fin de visitar a León Salazar, su principal colaborador, recomendándole continuase con la reforma emprendida. De allí se marchó a El Abrojo a fin de darles a aquellos frailes sus últimas recomendaciones y consejos espirituales. Finalmente, retornó a La Aguilera donde murió santamente el día 30 de marzo del año 1456, con sesenta y seis años de edad. Fue sepultado en el cementerio anexo al convento.

Algunos cronistas de la época dicen que, ya difunto, como acudieron muchos fieles a venerarle, estuvo varios días sin sepultar sin que mostrara ningún signo de descomposición y que se le cambió el cutis de su rostro. Parecía dormido y no muerto. Después de muerto se fueron recopilando algunos prodigios que le fueron atribuidos y entre ellos está el don de bilocación y la realización de numerosos milagros.

Urna de mármol que contiene sus restos.

Urna de mármol que contiene sus restos.

Se dice, por ejemplo que estando un 25 de marzo rezando maitines en El Abrojo al mismo tiempo estaba en La Aguilera y no nos olvidemos de que entre uno y otro hay más de ochenta kilómetros de distancia. También que llegó a celebrar capítulo simultáneamente en los dos conventos, que atravesó los ríos Duero y Riaza montado sobre su capa extendida, que amansó a un toro bravo que se había escapado después de haber sido picado en las fiestas de Valladolid, que en alguna ocasión convirtió el pan en rosas y que incluso un día cuando los frailes estaban rezando entró en el convento un viejo enfurecido pidiendo pan y como los frailes con sus cantos no lo oían, él se levantó del sepulcro, le dio pan al anciano y este se fue calmado. Se le atribuye también el don de profecías, como por ejemplo, que él dijo a sus frailes antes de morir que no le dieran la Extremaunción porque vendría a administrársela Don Pedro de Castilla, que era el obispo de Palencia.

En el año 1492 (año del descubrimiento de América) fue a visitar su sepulcro la reina Isabel la Católica, quejándose del por qué un gran santo estaba todavía sepultado en un sepulcro común. Ordenó exhumarlo y durante la exhumación pudo comprobarse que su cuerpo estaba incorrupto y que incluso sangraba por una herida. Sorprendida por este prodigio ordenó a la condesa de Haro que le hiciera construir un elegante mausoleo de alabastro con un epitafio en su memoria.

Capilla donde se encuentran sus restos en el convento de La Aguilera.

Capilla donde se encuentran sus restos en el convento de La Aguilera.

El proceso de beatificación se inició en el año 1628 y después de una larga instrucción se reanudó en el año 1675 y finalizado en el 1683 fue beatificado por el Papa Inocencio XI el 11 de marzo de 1684. El proceso de canonización se introdujo en el año 1742 concluyéndose dos años más tarde. Fue canonizado por el Papa Benedicto XIV el día 29 de junio de 1746. Su fiesta litúrgica se celebra el 30 de marzo, o sea, pasado mañana, aunque en el Martirologio también figura inscrito el día 13 de mayo, que es cuando es festejado en Valladolid y en La Aguilera. Es el santo patrono de la ciudad de Valladolid en cuya iglesia de San Juan de Letrán se conserva una reliquia. Sus restos están en el convento de La Aguilera. Debido al supuesto milagro del toro ha sido declarado patrono de los toreros.

Antonio Barrero

Bibliografía:
– González, M., “San Pedro Regalado” en “Año Cristiano, tomo I”, Madrid, 1959
– Monzaval, M., “Historia de las heroicas virtudes de San Pedro Regalado”, Valladolid, l984
– VV.AA., “Bibliotheca sanctórum, tomo X”, Città N. Editrice, Roma, 1990
– Zubero, P., “El santuario de San Pedro Regalado en La Aguilera”, Valladolid, 1908.

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