San Rodrigo Aguilar Alemán

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Estampa contemporánea del Santo basada en un retrato suyo.

Estampa contemporánea del Santo basada en un retrato suyo.

Nacimiento e infancia
Nuestro santo nació en Sayula, Jalisco, el día 13 de marzo de 1875, hijo de José Buenaventura Aguilar y Petra Alemán. Recibió el Bautismo el día 15 del mismo mes en la parroquia del lugar, siendo sus padrinos sus abuelos maternos, Eutimio Aguilar y Guadalupe Carrión, conforme a la usanza de entonces de dar como ahijado el primer hijo a los papás de la esposa como muestra de gratitud. En las aguas lustrales recibió el nombre de Rodrigo, según la costumbre de poner el nombre al bautizado del santo que se celebra el día de su nacimiento. San Rodrigo fue otro santo presbítero y mártir, que murió dando testimonio de su fe durante la dominación árabe en España. [1]

El padre de nuestro santo era un humilde comerciante nacido en Tapalpa, y su madre, originaria también de Sayula, de familia pobre. Ninguno de los dos sabían leer y escribir. Pero no por ello fueron menos honestos, sencillos y trabajadores. Don Buenaventura Aguilar tuvo esa capacidad de pensar, reflexionar, decidir y amar como lo hacen las gentes de nuestro pueblo. Rodrigo fue el primero de una familia compuesta de doce hermanos. Recibió la confirmación el día 3 de abril de 1877 por ministerio del Señor Obispo Don Ignacio Montes de Oca. Su familia tuvo una formación cristiana sólida, con costumbres sanas y de maneras muy bien educadas.

Si bien Sayula fue su lugar de nacimiento e infancia, tuvo una segunda Patria, Zapotlán el Grande, la que tiene como Patrono a San José de Zapotlán. Ya de adolescente tendrá una especial devoción al Santo Patriarca, en cuyas fiestas participaba y que recordará en una poesía escrita ya siendo sacerdote. Desde chico supo colaborar con sus padres en la responsabilidad de sostener a sus once hermanos. Hacia 1884 es casi seguro que su familia se haya mudado a esta ciudad, estudiando en este lugar la educación primaria. A la edad de 15 años, 10 meses y 15 días tuvo su vocación madura para ingresar al Seminario, lo que sucedió el 1 de febrero de 1891, ya adelantado el curso, porque sus padres no podían habilitarle la ropa correspondiente. La pobreza de su familia retrasó el ingreso a esta casa de estudios, pero no fue obstáculo para crecer en virtudes. Lo que sus padres iniciaron en su hijo, pronto se manifestó en el seminario: responsabilidad, obediencia, constancia, amistad, respeto a los mayores, aprovechamiento. Bajo la guía del P. Ignacio Chávez, con su ejemplo y asesoría, se forjó como sacerdote. Este Padre era el Rector del Seminario Auxiliar de esta lugar, que en esos entonces, pertenecía a la Arquidiócesis de Guadalajara.

Fotografía del Santo ordenado de sacerdote. En primera fila y a la izquierda, el arzobispo de Guadalajara José de Jesús Ortiz.

Fotografía del Santo ordenado de sacerdote. En primera fila y a la izquierda, el arzobispo de Guadalajara José de Jesús Ortiz.

El Seminario
Según lo recuerda el P. Abraham Andrade Portillo, compañero de ordenación de San Rodrigo, fue un seminarista ejemplar, cumplido y piadoso, estudiante aprovechado, hombre lleno de oración y frecuente en la recepción de la confesión (lo hacia cada semana), se cultivó en literatura, sus escritos en prosa y poesía se publicaban en los periódicos de Ciudad Guzmán, donde adquirió notable dominio. Obtenía las mejores calificaciones, las de las “tres eses” (sobresaliente). Al concluir los estudios eclesiásticos, nadie imaginaba que aquel muchachito impedido a ingresar por falta de ropa, fuera a conseguir tanto aprovechamiento. Tuvo tiempo para dedicarle un espacio a la oración al deporte y al cultivo de amistades, entre los cuales destaca un compañero: Antonio Ochoa Mendoza, a quien llegó a tratar como verdadero hermano.

Sacerdote
Recibió el subdiaconado el 2 de septiembre de 1900 en el Santuario de San José de Gracia de Guadalajara, por ministerio del Arzobispo Metropolitano Don Jacinto López. El 18 del mismo mes y año, el mismo prelado le confirió el diaconado en la capilla del Palacio Arzobispal, donde ahora se encuentra el Ayuntamiento de Guadalajara. La Ordenación Sacerdotal la recibió en el Santuario de Guadalupe a las 6 de la mañana el día 4 de enero de 1903 por ministerio del Arzobispo de Guadalajara, Don José de Jesús Ortiz; con él fueron ordenados otros once presbíteros. Esta fecha marcó una etapa de su vida: su sacerdocio, y nunca la olvidó, recordándola con gran satisfacción durante los años de su ministerio.

Ministerio
Desde la fecha de su ordenación hasta el día de su martirio, su ministerio sacerdotal duró 24 años, 9 meses y 24 días. Su desempeño va a tener como testigos ocho lugares:
1.- La Yesca, Nayarit, como vicario de la Vicaría de San Pedro de Analco. (1 de Abril de 1903 – 29 de enero de 1906).
2.- Lagos de Moreno, Jalisco, donde tendrá, como párroco a Don Ignacio Chávez, su Rector en el Seminario, trabajando por ello en un buen equipo. Aquí también compartió su ministerio con San Justino Orona Madrigal, quien también sufriría el martirio durante la persecución religiosa y con quien comparte el honor de los altares con el grupo de los Santos Mártires mexicanos. (6 de febrero de 1910 – marzo de 1910).
3.- Parroquia de Atotonilco el Alto, Jalisco, como capellán de la Hacienda de las Margaritas. (Marzo de 1910 – noviembre de 1912).
4.- Parroquia de San Miguel en Cocula, Jalisco, Capellán de la Hacienda de La Sauceda. (22 de noviembre de 1912 – 13 de enero de 1918).
5.- Parroquia de Sayula, Jalisco, su tierra natal. (Febrero de 1918 a junio de 1921).
6.- Parroquia de Zapotiltic, Jalisco, aquí tiene su primer nombramiento como párroco. (27 de junio de 1921 – 20 de marzo de 1929).
7.- Parroquia de La Unión de Tula, Jalisco. (20 de marzo de 1925 – 28 de octubre de 1927).
8.- Ejutla, Jalisco, lugar de su martirio. (28 de octubre de 1927)

Letrero a la entrada de la parroquia de La Unión de Tula (México) que el Santo deseaba poner.

Letrero a la entrada de la parroquia de La Unión de Tula (México) que el Santo deseaba poner.

En todos estos lugares, como vicario o capellán, tuvo el cuidado de visitar a pie o a caballo todas las rancherías y comunidades bajo su jurisdicción. Cuando era subalterno, se caracterizó por su obediencia con los superiores y por ser acomedido en su labor ministerial. Su primer destino, en La Yesca, era un lugar alejado, en plena sierra. Ahí catequizó y bautizó a muchos indígenas huicholes y siendo un lugar de prueba, pues nadie duraba en ese lugar, superó el año, pues duró tres años, al cabo de los cuales pidió su cambio al resentir su salud.

En los lugares a donde iba duraba hasta dos semanas, aprovechaba el tiempo administrando la confesión y celebrando misa, asistiendo a los pobres, catequizando, promoviendo escuelas y conviviendo con sus feligreses, que lo recuerdan ameno en sus pláticas. Le gustaba celebrar exteriormente las fiestas religiosas con banda de música y fuegos artificiales. En la Unión de Tula, en octubre, celebraba con mucho esplendor y fervor las fiestas patronales de Nuestra Señora del Rosario. Hombre de mucha oración, siempre atento con las necesidades del prójimo, materiales y espirituales; tenía dotes musicales muy afinadas: en la Sauceda había una banda de música, que además de la música típica mexicana, tocaba piezas de autores clásicos como Mozart, Wagner y Beethoven. Asistía a sus ensayos y en ocasiones los orientaba, dado que tenía un conocimiento de teoría y práctica musical. Siendo párroco de la Unión de Tula, tuvo el cuidado de catequizar convenientemente a quienes se iban a casar.

Atendió las Conferencias de San Vicente de Paúl, Asociación de San José, la Santa Infancia, la Propagación de la Fe, la Tercera Orden de San Francisco, y las Hijas de María, Conferencia de Madres Cristianas, Apostolado de la Oración, Grupo de Catequistas. En todos los lugares en que estuvo era propagador del Sagrado Corazón de Jesús y muy amantísimo devoto de Nuestra Señora de Guadalupe, a quien celebraba especialmente los días 12 de cada mes. Dedicó tiempo y esfuerzo para dedicarse al confesionario. Los niños eran sus predilectos en el catecismo, donde se explayaba, regalándoles dulces, y los exhortaba a respetar a los mayores. Convivía fraternalmente con sus fieles, con quienes tenía mayor confianza, los visitaba con el pretexto de “vengo a descansar” y nunca más de una hora.

Monumento en la plaza de Ejutla (México) en el lugar donde fue ahorcado el Santo.

Monumento en la plaza de Ejutla (México) en el lugar donde fue ahorcado el Santo.

Teniendo 20 años de ordenado recibió su primera encomienda como Párroco expedida por el Arzobispo de Guadalajara, Don Francisco Orozco y Jiménez, debido con toda seguridad a su aplicación y dedicación al ministerio de la salvación de las almas. Obediente con su prelado diocesano, tenía la idea que “de todo con el obispo, nada sin el obispo”. Tuvo el detalle de enviar un escrito de solidaridad en nombre de la parroquia de Zapotiltic al Arzobispo Orozco, en una ocasión que éste tuvo un desencuentro con las autoridades civiles y antirreligiosas.

En la Unión de Tula, su último destino, promovió con dedicación el culto al Santísimo Sacramento, fomentó también en sintonía con ello, la Adoración Nocturna, y por celo pastoral, debido a que había solo dos sacerdotes, pidió autorización para poder binar primero uno y luego ambos, debido a la necesidad de celebrar misas tanto en la cabecera parroquial como en las rancherías [2]. Y como buen administrador y sin sentirse autosuficiente, luego de algunos meses en que estuvo solo al frente de esta parroquia, consideró conveniente, por el bien de las almas, que se le asignara otro ministro que le ayudara en estos quehaceres. Muy piadoso al celebrar la santa misa, era elocuente en sus predicaciones y si era necesario, regañaba a alguna muchacha por no vestir con decoro en la casa de Dios. Un detalle interesante para este blog es que se sabía la vida del Santo de cada día.

Escritor
San Rodrigo, como ya se mencionó antes, tuvo la cualidad de ser escritor. Es autor de varias y muy hermosas poesías, que tanto alcanzan la sublimidad celestial como llegan al detalle jocoso. Tiene un escrito inédito sobre su experiencia de un viaje a Tierra Santa, elaborado en dos tomos. En ellos describe minuciosamente lugares, fechas, datos interesantes, y sobre todo sus emociones al visitar los santos lugares. Se conservan de él 91 cartas. Al final de este artículo está transcrita una poesía que si no es la mejor, sí es emblemática.

Su peregrinación a Tierra Santa
Probablemente este sea el único de los Santos Mártires Mexicanos que tuvo la oportunidad de salir del país. En 1924, luego de unos ejercicios espirituales dirigidos por el Arzobispo Francisco Orozco y Jiménez, le nació el deseo de cumplir una ilusión largamente acariciada: conocer Tierra Santa. Aprovechando una peregrinación nacional a Roma y Jerusalén en noviembre de ese año y con el permiso y bendición de su prelado, pudo emprender el añorado viaje que duró de noviembre de 1924 a fines de febrero de 1925. En los escritos referentes a estos lugares, encontrará quien pueda leerlo, una descripción religiosa que brilla en todos estos lugares. Tuvo la oportunidad de celebrar la santa misa en la Basílica del Calvario.

Fotografía del Santo.

Fotografía del Santo.

Un punto interesante en estos escritos, digno de mencionar, es su sentido de gratitud para con España, la Madre en la fe. Encontramos muestras de afecto al recorrer lugares y ciudades de esta nación, a la cual quería que todos tuvieran muestras de respeto. Esto viene a colación ya que por largo tiempo y alentada por muchas personas con diversas y adversas intenciones, se propagó la leyenda negra sobre España. Actualmente hay sectores en México y aún en America Latina que siguen sintiendo y expresando resquemores respeto a la conquista y atribuyendo a España todos los males que aquejan a las sociedades latinoamericanas. Ésta es una voz que se levanta a favor de otras tantas cosas buenas que nos vinieron de este país.

Durante la persecución
En 1925, en noviembre, el agente del Ministerio Público, Lic. Salvador Zuno tenía la consigna del Gobernador de Jalisco, José Guadalupe Zuno, de clausurar un colegio de niñas en La Unión de Tula, con el pretexto de que lo atendían monjas y era un convento. Con prudencia, el párroco retiró de la capilla del lugar el Santísimo Sacramento, muebles y otros enseres y pidió a las religiosas que no usaran sus hábitos y vistieran como seglares. El mencionado funcionario se entrevistó con San Rodrigo y se avino a tratar un asunto particular que trataba sobre su novia, con la cual quería casarse inmediatamente, para quedar bien con la suegra. El santo le indicó que se debía sujetar a las normas y tiempos establecidos para cumplir con sentido cristiano el enlace religioso. Por respuesta le contestó que no era católico y no tenía porque sujetarse a lo que se le indicaba. Que si no lo apoyaba, se robaría a la joven, que total, casado sólo por lo civil, mejor; pues la dejaría cuando se le antojara. Y le pedía que hiciera el trámite para quedar bien con la suegra y vivir en paz con la mujer, entonces el párroco le dijo, “yo no puedo prestarme a esas farsas ni autorizar un concubinato”. Esto provocó la ira del agente, la clausura del colegio, la expulsión de la comunidad religiosa y, la inquina sobre el futuro mártir. De todo esto dio cuenta al Arzobispado, quien le pidió prudencia, a la vez que reconocía su actitud valerosa.

En plena persecución religiosa, en el mes de octubre de 1926, su feligresía acudía en masa al templo parroquial desde las rancherías y haciendas, con velas encendidas, para ensalzar y glorificar a Cristo Rey. Al comenzar el año de 1927, en el mes de enero, tuvo que abandonar Unión de Tula y esconderse en Ejutla, donde siguió escondido y ejerciendo su ministerio sacerdotal, animando a los fieles a sostener su fe. San Rodrigo vivía en un convento de religiosas Adoratrices. Celebraba la misa con mucha devoción, predicaba a los fieles que podían asistir a sus eucaristías y practicaba ejercicios espirituales para las monjas. Asiduo en la visita al Santísimo Sacramento, en el rezo de su breviario y en el rezo del santo Rosario. Tenía el cuidado de anotar en una libreta los nombres de las personas que bautizaba o casaba para luego, cuando pasara la persecución y se volvieran a abrir los templos, se hicieran los registros oportunos en los libros parroquiales.

Monumento y mango en que fue ahorcado el Santo. Ejutla, México.

Monumento y mango en que fue ahorcado el Santo. Ejutla, México.

Martirio
En el colegio de San Ignacio, anexo al convento, tenía San Rodrigo su morada, que compartía con otros sacerdotes. Luego por seguridad, pasaron al área del noviciado, viviendo en un salón donde disfrutaba la soledad y el silencio. Allí escribía y con frecuencia oraba delante de Jesús Eucaristía. Allí expresaba su deseo de ser mártir, a varias religiosas les decía: “¡Qué hermoso sería que el Señor nos concediera a todos los que vivimos en esta casa ser mártires, pero, no lo merezco, lo primero que haré al volver a mi parroquia, es poner un letrero muy grande en letras doradas que diga “Viva Cristo Rey”.

Su anhelo se cumplió el 27 de octubre de 1927, cuando el pueblo fue allanado por el Coronel Juan B. Izaguirre, quien como se refiere de Daciano en Hispania, iba tras los católicos para escarmentarlos. De hecho, él es el responsable del martirio de San Sabás Reyes Salazar. Ese día los habitantes del pueblo huyeron para refugiarse en las cuevas, barrancas y en el campo; en el convento, tres de los sacerdotes que vivían ahí, alcanzaron a escapar, sólo se quedó San Rodrigo Aguilar Alemán, quien se entretuvo en su cuarto guardando unos documentos referentes a un examen de latín que se había aplicado al seminarista José Garibay R. y donde había participado como sinodal. Fueron 10 minutos que le costaron la vida. Un ayudante trató de protegerlo, pero le dijo: “Se me llegó mi hora, usted váyase”.

Los soldados lo trataron groseramente, lo injuriaron y aprehendieron con el mencionado seminarista y algunas religiosas. Al ser conducido a un lugar diferente que los otros prisioneros, se despidió de las religiosas diciéndoles: “Nos vemos en el cielo”. Lo encerraron en la casa de la Tercera Orden, luego, como a las cinco de la tarde, lo llevaron al inmueble del Seminario. Testigos presenciales relatan el gozo que manifestaba el Santo ante la cercanía de su encuentro con Dios. Allí pudo recibir con amabilidad, tranquilidad y atención a unas religiosas, a quienes les pidió de comer unos taquitos de frijoles, no obstante estar en medio de una turba maldiciente y soez que lo injuriaba. A causa de Donato Arechiga, Jefe de los Agraristas, que odiaba al Señor Cura porque no lo quiso casar porque ya estaba casado, y quien intervino ante el Coronel Izaguirre, se determinó que no se le dejara en libertad y que fuera ajusticiado.

Vista del sepulcro del Santo en la parroquia de Ejutla, México.

Vista del sepulcro del Santo en la Unión de Tula, México.

Fue conducido a la plaza de Ejutla como a la una de la madrugada, amarraron una soga en las ramas de un mango que estaba en el lugar e hicieron una lazada. San Rodrigo tomó en sus manos la cuerda, la bendijo y perdonó a sus verdugos. Luego le regaló un rosario a uno de ellos y después le colocaron la soga al cuello, para poner a prueba su fortaleza, se le dijo que si contestaba a la pregunta de “¿Quien vive?” y él respondía “¡Viva el supremo Gobierno!”, se le perdonaría la pena de muerte. Fue tirada la soga con fuerza y quedó suspendido en el aire. Se le bajó y se le hizo la pregunta, a lo que él respondió, “¡Cristo Rey y Santa María de Guadalupe!”. Así tres ocasiones, contestando la última vez arrastrando la lengua. Fue suspendido entonces y su alma voló al cielo. Muchas personas refieren haber visto, desde los montes donde se escondían, en dirección del lugar del martirio, una luz muy brillante, como una estrella, en la misma hora que expiró.

Su cuerpo amaneció colgado en la plaza y allí estuvo hasta el mediodía. Estaba con camiseta, casi desnudo, sólo con calcetines y con un sombrero de paja puesto de lado como burla. No tenía heridas, pero había sangrado por la boca y la nariz. Por la tarde, como a las cinco, fue descolgado y puesto en una tabla para llevarlo al cementerio, amarrado por la misma soga para que no se cayera. Fue conducido al cementerio municipal y enterrado superficialmente, sin caja, colocando sobre su cadáver la tabla donde fue trasladado. Sobre la tumba se colocaron algunas piedras. Esta obra de caridad la hicieron Juan Ponce, Jesús y Silvano García. El pueblo estaba casi vacío y fue saqueado por la tropa. Cinco años después sus restos fueron exhumados y llevados a la parroquia de La Unión de Tula, donde actualmente se veneran en el crucero del lado derecho.

Culto
Fue beatificado por el Papa San Juan Pablo II en compañía del grupo de Martires encabezados por San Cristóbal Magallanes, el 22 de noviembre de 1992. Por el mismo Papa fue canonizado el 21 de mayo de 2000, fecha en que se celebra su conmemoración litúrgica. La Diócesis de Guadalajara, para promover el culto, conocimiento y devoción a los Santos Mártires, promovió entre sus parroquias que se escogiera uno de ellos como patrono secundario. Muchas parroquias lo han hecho, y en el caso de nuestro Santo, la Parroquia de Nuestra Señora del Sagrario, en la Vicaria del Santuario de Guadalupe, lo ha escogido como tal, promoviéndose en este tempo su culto y devoción. Gracias a la labor del párroco Don Macario Torres (Q.E.P.D.) quien alentaba su culto en la radio y promovía peregrinaciones hasta su sepulcro, su nombre ha ganado cierta fama en Guadalajara.

Humberto

Vista del altar-sepulcro del Santo en la Unión de Tula, México.

Vista del altar-sepulcro del Santo en la Unión de Tula, México.

Initia sun dolor
Rompiendo más tejas que un gato dañero,
saltando más tapias que un triste ladrón;
volando más ramas que un mono cirquero
y haciendo cabriolas un veinte de enero
ya entrada la noche salí de La Unión.

Vestido de charro, con barba postiza,
caí en los corrales de un indio nahaul,
más fue compasivo. Por una camisa
partimos la cena; me dio longaniza,
un chile tostado y un sope con sal.

Me vienen siguiendo -le dije- soy franco;
los guachos de Calle me quieren colgar…
Y el indio de marras me sube a un tapanco
y allí de barriga tendido en un banco
quería entre cien ratas ponerme a roncar.

La noche fue horrible, famélicos perros
aullando de rabia ladraban por mi;
gruñeron los guarros; mugían los becerros,
chillaban los grillos; trajinan los perros;
cien gallos me lanzan su ki ki ri kí.

Brilló la mañana, largué aquel castillo,
trepé por las peñas de un alto peñón;
topé con los restos de un viejo armadillo,
que el indio destaza con uñas de pillo,
y frito en la concha me dio un chicharrón.

El indio agrarista que fue mi escudero
vendió mi escondite, traidor, desleal;
llevó a sus compinches, les dio mi dinero,
mis barbas de chivo, mi traje de cuero…
dejándome en cueros los hijos de un tal.

Pasaron las noches de angustia infinita,
los días de tormento con hambre y pavor;
los perros de Calles con rabia inaudita,
catearon mi casa buscando al Curita
saciando en mis deudos su saña y furor.

¿Cuál era mi crimen? –Vestir la sotana
portar la corona y tener pantalón:
había de usar flechas, plumas y macana;
vender la conciencia y el alma cristiana;
y en fin, prostituirme al gobierno ladrón.

Prefiero la muerte. Yo soy sacerdote,
prefiero el destierro. No soy ser tan vil.
¡Mejor las guaridas del tigre y coyote!
¡Mejor el martirio que ser Iscariote!
¡Mejor ermitaño que infame y servil!

Y así desde entonces habito en la breñas,
disputo a los tigres su cueva y ración;
mejor es ser libre trepando en las peñas,
que allá con los gritos andar de las greñas…
¡Malditos verdugos!… ¡Maldito el Nerón!

Pbro. Rodrigo Aguilar Alemán
Enero de 1927

Bibliografía:
– Conferencia del Episcopado Mexicano, Viva Cristo Rey, México D.F. 31 de Julio de 1991, PP 21-26, Editado por ella misma.
– MÉNDEZ GARCÍA J. Francisco Pbro. Beato Rodrigo Aguilar Alemán, sacerdote fiel hasta la muerte Autlán, Jalisco 1992. No refiere Editorial.


[1] San Rodrigo tenía la idea de que el verdadero día de nuestro nacimiento era el día de nuestro bautismo. Esa fecha siempre la recordó con singular cariño.
[2] Los sacerdotes sólo pueden celebrar una misa al día, por razones pastorales pueden celebrar dos y hasta tres veces, lo que se llama binación o trinación. Actualmente, aún en lugares donde hay grandes concentraciones de fieles y con abundancia de sacerdotes, celebran muchísimas veces más que esas.

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