San Sabas Reyes Salazar, sacerdote mártir

Artículo extraído ilegalmente y sin permiso de PreguntaSantoral.es

Fotografía del Santo en su atuendo de sacerdote.

Fotografía del Santo en su atuendo de sacerdote.

El sufrimiento físico y moral de un mártir no es una sensación que Dios haya evitado para quienes beben del mismo cáliz que bebió Cristo. Ciertamente la fortaleza del Espíritu Santo llena al mártir para soportar la prueba, pero no le impide que saboree o que sienta el dolor de su cuerpo sacrificado. Este es el ejemplo de San Sabás Reyes Salazar, un sacerdote del grupo de los Santos Mártires Mexicanos que de entre ellos, fue el que más torturas padeció, pues los verdugos lo sacrificaron física y emocionalmente de una manera más cruel que a los demás.

Sabás nació en Cocula, Jalisco, tierra de donde es originario el grupo musical del Mariachi y que su música es la que ha dado representación a México ante el mundo. El día de su nacimiento fue el 5 de diciembre de 1879 y sus padres fueron Norberto Reyes y Francisca Salazar. Fue bautizado en la parroquia de San Miguel Arcángel el de 8 de diciembre siguiente y en la misma parroquia recibió el sacramento de la Confirmación el 26 de noviembre de 1884, por el Obispo Ramón Moreno Castañeda OCD. Tuvo otros dos hermanos: Cirilo y Moisés.

Tuvo una infancia muy difícil por la pobreza en que vivían y se vio obligado a vender periódicos para ayudar a su familia. Concluida la enseñanza primaria ingresó en el Seminario de Guadalajara. Como estudiante era de escaso talento intelectual, sin embargo, ese detalle era suplido por poseer un alma sencilla, llena de oración y con una gran devoción a la Santísima Trinidad, Nuestra Señora de Guadalupe y las Almas del Purgatorio. Su anhelo de colaboración con otras diócesis menos dotadas de sacerdotes, le hizo ir a trabajar a la Diócesis de Tamaulipas (ahora llamada de Tampico), donde después de una vida como seminarista aplicado al estudio y al esfuerzo, fue ordenado sacerdote el 25 de diciembre de 1911, celebrando su cantamisa el 6 de enero de 1912, en el templo San Miguel y de Nuestra Señora de Belén, anexo al Hospital Civil de Guadalajara.

Trabajó en la Diócesis de Tamaulipas en Tatoyuca, pero la Revolución Carrancista le obligó a regresar a Guadalajara con el permiso de su obispo. Al volver a la Diócesis tapatía, ejerció su ministerio en San Cristóbal de la Barranca, Plan de Barrancas, Hostotipaquillo y Atemajac de las Tablas. Luego fue destinado a Tototlán, primero en 1919 como capellán de la Hacienda de San Antonio de Gómez y luego, en 1921, como vicario de la parroquia local.

Fotografía del Santo (centro) junto a Francisco Vizcarra (izqda.) y José Dolores Guzmán (dcha.) A estos dos sacerdotes son los que pedían las autoridades militares que delatara el Santo.

Fotografía del Santo (centro) junto a Francisco Vizcarra (izqda.) y José Dolores Guzmán (dcha.) A estos dos sacerdotes son los que pedían las autoridades militares que delatara el Santo.

Como sacerdote, sobresalió en su dedicación a los niños, a quienes fomentaba la preparación del canto para las celebraciones religiosas. Buena parte de su ministerio lo dedicó para preparar catequistas y enseñó artes y oficios a los jóvenes para que pudieran hacer frente a la vida con un trabajo honrado. Celosísimo del respeto y decoro del templo, exigía respeto y silencio en las ceremonia litúrgicas. Amantísimo del Santísimo Sacramento, lo visitaba con frecuencia y se preocupaba por llevarlo a los enfermos. Muy cumplido en su obligación del rezo del oficio divino. Con una conducta intachable, nunca dio pie para críticas o murmuraciones sobre su modo de actuar, era sencillo como un niño y de espíritu fraternal. Era muy dedicado en sus responsabilidades, se entregaba de lleno a las actividades cotidianas como si fuera lo más importante. Su salud era deficiente y por ello se desesperaba y se violentaba, pero casi al mismo tiempo pedía perdón por la falta que hubiera cometido. Llegó a dominar su carácter y sus compañeros sacerdotes lo recuerdan por la gran prudencia que tenía en sus consejos. Sus conversaciones trataban de infundir pensamientos sobre la eternidad. En el ejercicio de la caridad fue sobresaliente y era desprendido de todas las cosas. Nunca se negó ni puso objeciones para auxiliar a los enfermos.

Al estallar la persecución callista, permaneció en Tototlán ejerciendo su ministerio sin esconderse. Sus feligreses le recomendaron que se fuera, pero les respondía que sus superiores allí lo habían dejado y que su párroco le había encomendado la atención de la parroquia, por eso, allí permanecería, porque era la voluntad de Dios y aceptaría de buena gana hasta el martirio, si Dios se lo enviaba.

El Lunes Santo 11 de abril de 1927, Tototlán fue tomado por el General Juan B. Izaguirre, invadiendo el templo parroquial y cometiendo con su tropa todo tipo de salvajes atropellos en sus instalaciones. Ese día venía San Sabás de administrar un bautismo e informado de que las tropas estaban en el pueblo, se escondió en la casa de Doña María Ontiveros. Allí lo acompañaba un joven: José Beltrán y dos niños: Octavio Cárdenas y Salvador Botello. En medio de los desórdenes que la tropa hacía en el pueblo, el Santo estuvo todo el día en esa casa sin querer comer, rezando el rosario y su breviario. A la mañana siguiente continuaba muy preocupado pero sin dejar de orar. Alguien le sugirió que contara unos pasajes bíblicos para distraerse, pero respondió con seriedad: “No es tiempo de relatos, es tiempo de oración, es tiempo de tribulación y hay que pedir misericordia”. Al saber que varios feligreses fueron prendidos, se arrodilló y junto con sus acompañantes, rezó el Rosario de la Cinco Llagas, el Magnificat y otras oraciones. Luego, permaneciendo de rodillas, disciplinó su cuerpo con unos lazos.

Vista de la columna donde fue atado y martirizado el Santo, en el patio del templo parroquial de Tototlán, México.

Vista de la columna donde fue atado y martirizado el Santo, en el patio del templo parroquial de Tototlán, México.

Los revolucionarios agraristas, guiados por los hermanos Martínez, dieron con su escondite y fueron a tomarlo prisionero. Al estar por derribar la puerta de esa casa, tuvieron que abrirles a los soldados, quienes se precipitaron al patio y preguntaron: “¿Dónde está el fraile?”. San Sabás salió al patio y les respondió: “Aquí estoy, ¿qué se les ofrece?”. Lo rodearon y luego lo ataron fuertemente de los brazos. El mártir con mucha calma les preguntó: “¿Qué mal hice, por qué me amarren?”. Le respondieron: “¡Con nosotros no se arregla nada, allá con el General!”. Lo sacaron con derroche de violencia y de barbarie, y con empellones y golpes lo condujeron al templo parroquial, convertido en cuartel. Con él se llevaron al joven José Beltrán. Varias personas fueron a entrevistarse con los jefes militares para defenderlo y liberarlo; y la respuesta que les dieron fue: “No importa si es inocente, hay que matar a todos los frailes y a todos los que andan con ellos, porque son más bravos que los que traen carabinas”.

Fue llevado ante el General Izaguirre, quien le preguntó sobre el paradero del señor cura Francisco Vizcarra, a lo que le respondió que no podía decirle nada, porque no lo sabía y que en caso de saberlo, no diría nada para salvar la vida. Lo más probable es que lo ignorara. Dispuso el general que fuera atormentado con unas maniobras que él mismo señalaría. La soldadesca se apoderó de su persona y después de arrancarle parte de su ropa, fue conducido al pórtico del templo. Allí fue atado rudamente en una de las columnas, de tal manera que los pies no tuvieron apoyo en el suelo, para que la posición de suspenso fuera más molesta. La tortura se hizo más constante y más violenta; pues varias veces en el día, el General Izaguirre y varios soldados con su espada y las bayonetas comenzaron a herir el cuerpo del sacerdote por todas partes. Casi dos días con sus respectivas noches duró el tormento, dolorosamente suspendido y expuesto a las brisas heladas por la noche y a los ardientes calores de los rayos del sol durante el día. En estas jornadas el General Izaguirre le abría nuevas heridas, que por su cuenta, repetían los soldados cuando les venía en gana. Le preguntaban nuevamente por el paradero del señor cura Vizcarra, pero él les decía que era inútil que siguieran preguntando, que si lo herían, era porque era sacerdote de Cristo y que gustosamente padecería por Él.

Además de estas molestias, sufrió que las moscas cubrieran sus heridas. Padeció el tormento de la sed, que lo afligía enormemente. Pidió agua, pero se hicieron sordos a su petición. Con tono lastimero les dijo: “¿Ni ese favor de que me den agua puedo alcanzar?”. Un mayor dio una orden a un soldado de que le diera de beber, lo que hizo con mucha dificultad por lo oprimido de las ligaduras en el cuello. Varias veces pidió que libraran a su compañero: “Dios sabe bien que nada debo, pero sí de mí algo temen, a este muchacho no le hagan nada, porque no tiene ninguna culpa”. Luego le dijo al joven: “No te asustes, José, ten ánimo, Dios bien sabe que no debemos nada, pero si algo nos pasa, ya sabes que allá tendremos nuestra recompensa: rézale al Señor de la Salud, aunque estoy seguro de que a ti nada te pasará”.

Escultura del Santo atado a la columna donde sufrió martirio. Atrio de la parroquia de San Miguel, en Cocula (México).

Escultura del Santo atado a la columna donde sufrió martirio. Atrio de la parroquia de San Miguel, en Cocula (México).

La primera noche fue desligado de la columna y llevado ante Izaguirre. Le hicieron un círculo de soldados a su persona. Uno de ellos sujetaba la cuerda que estaba amarrada a su cuello. Éste le dio un jalón tan fuerte que San Sabás cayó de espaldas al suelo. Levantado de nuevo, el militar le pasó la cuerda a otro soldado, que repitió el mismo gesto y lo hizo caer, haciendo esto mismo los demás, riéndose de aquello que hacían de maltratar al sacerdote. En otro momento, con ferocidad inaudita, le desollaron los pies, los mojaron con gasolina y les prendieron fuego. Luego lo hicieron caer al suelo y permanecía yacente en esta posición. Prendieron con olotes de maíz dos lumbradas, una junto a la cara y otra junto a los pies. El Padre Sabás rezaba en voz baja: “Señor de la Salud, [1] Madre mía de Guadalupe, Ánimas Benditas, dadme algún descanso”. Quiso voltease para descansar del calor, pero un soldado lo pateó para que volviera a su postura anterior diciéndole: “Creo que ya no quieres calentarte, ándele, aquí las has de tener” y luego le tomó las manos y las colocó en las brasas. Luego le dijo: “Mete también las patas”. Otro soldado se burlaba de él diciéndole: “Tú que dices que baja Dios a tus manos, que baje ahora a librarte de las mías”. La noche del Miércoles Santo, 13 de abril, con los pies desollados y quemados, fue obligado a caminar al cementerio, donde finalmente fue fusilado. Un soldado comentó: “Me pesa haber matado a este padre, murió injustamente. Le habíamos dado ya tres o cuatro balazos y todavía se levantó y gritó: “Viva Cristo Rey”. El cuerpo tenía dos balazos en el pecho, uno en el brazo derecho y otro en la frente”.

El 14 de abril, el señor Félix Pacheco encontró en el descanso del cementerio el cadáver del sacerdote. Allí se dieron cuenta él y otras personas de las torturas a que había sido sometido: las marcas de las sogas, una parte del cráneo muy hundida, varios huesos quebrados, los pies heridos y quemados. Pidió permiso al General Izaguirre para sepultarlo y con la ayuda de Lorenzo Salazar y de Pedro y Tranquilino García, lo depositaron en una sencilla caja de madera y luego lo enterraron. El 20 de diciembre de 1938, sus restos fueron sepultados en un anexo del templo parroquial.

Incluido en el grupo de sacerdotes y laicos que encabeza San Cristóbal Magallanes Jara, fue beatificado por el papa San Juan Pablo II el 22 de noviembre de 1992 y canonizado por el mismo Pontífice el 21 de mayo de 2000. Sus reliquias se veneran actualmente en la parroquia de Tototlán, que actualmente pertenece a la Diócesis de San Juan de los Lagos. Una parte de las mismas se llevó a la parroquia de San Miguel Arcángel, en Cocula, Jalisco, en un altar donde también están los restos del mártir San Jenaro Sánchez Delgadillo. Su celebración litúrgica se hace en compañía de los otros Santos Mártires Mexicanos el 21 de mayo, aniversario de su canonización.

Vitsa de la urna con las reliquias del Santo. Parroquia de Tototlán, México.

Vitsa de la urna con las reliquias del Santo. Parroquia de Tototlán, México.

Es oportuno señalar un error gramatical que se ha venido haciendo con el nombre de este Santo, y es el de llamarlo “Santo Sabas”, a semejanza de Santo Santiago, Santo Toribio, Santo Domingo y Santo Tomás. En el caso de su nombre no hay cacofonía ni disonancia, por lo que es correcto llamarlo “San Sabas”, como dicen todos los calendarios el 5 de diciembre, que recuerdan al santo abad cuyo nombre fue puesto a nuestro biografiado por haber nacido el día de su onomástico: San Sabas.

Humberto

Bibliografía:
Viva Cristo Rey, Conferencia del Episcopado Mexicano.
Testigos de Cristo en México. V Centenario de la Evangelización de América Latina. Guillermo Ma. Havers
Testigos de Cristo en Jalisco. Colección de Testigos de Cristo en México, Tomo V. Guillermo María Havers
Tierra de Mártires, Diócesis de San Juan de los Lagos.


[1] El Señor de la Salud es la advocación de una imagen de Cristo Crucificado que preside el altar mayor de la Parroquia de Tototlán y de la cual es el titular.

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