Santa Alejandra, emperatriz romana y mártir

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Detalle del rostro de la Santa en un icono ortodoxo ruso, de estilo naturalista.

Detalle del rostro de la Santa en un icono ortodoxo ruso, de estilo naturalista.

Cuando el mes pasado hablábamos de Santa Serena, la presunta emperatriz romana y mártir que fue esposa de Diocleciano, no sólo concluimos que esta Santa no existía, que es totalmente legendaria y que nada tiene que ver con la emperatriz real, llamada Prisca, que no era cristiana y que no sufrió martirio; sino que además de su alter ego de Santa Serena, ha sufrido otro desdoblamiento, mucho más exitoso, que ha dado lugar a otra Santa, de nombre Alejandra, también emperatriz, mártir y esposa de Diocleciano, que tiene culto hasta hoy, especialmente en el mundo ortodoxo, pero que es tan inexistente como la primera. Hoy hablaremos de ella en previsión a las dudas e intereses que surgieron sobre ella cuando hablamos de Santa Serena, aunque se la conmemora, como veremos, el 21, 22 y hasta 23 de abril, junto con San Jorge, mártir de Capadocia.

Emperatriz de Roma y cristiana
Según una passio armenia, conectada con el ciclo de la leyenda de San Jorge, esta figura que tratamos, Alejandra, fue esposa de Diocleciano y por lo tanto emperatriz de Roma. En la leyenda de Santa Susana la vemos animando a la joven a perseverar en su decisión de no contraer matrimonio con Galerio, heredero del Augusto, aunque aquí asume en ocasiones la “piel” de Santa Serena o incluso se la llama directamente con su auténtico nombre, que era Prisca. Sin embargo la problemática de esta mártir es que existen varias leyendas, y ninguna de ellas es cierta.

En primer lugar reproduciremos la versión de Jacobo de la Vorágine en su Leyenda Áurea, que se inspira directamente en la passio armenia mencionada, aunque nótese que confunde términos -la passio, ya que La Vorágine se limitaba a copiar y reproducir-, llamando a la esposa del juez Alejandría y al propio juez lo llama Daciano, como el pretor enviado a Hispania, aunque aquí se le llama “rey persa” (??); en otras versiones, sin embargo, ella es la emperatriz Alejandra y el juez es el mismo emperador Diocleciano, establecido en Nicomedia, desde donde regía el Imperio.

Detalle de "La elección de la fe", óleo del pintor ruso Pavel Viktorovich Ryzhenkov, que muestra a la emperatriz Alejandra saliendo en defensa de San Jorge.

Detalle de “La elección de la fe”, óleo del pintor ruso Pavel Viktorovich Ryzhenkov, que muestra a la emperatriz Alejandra saliendo en defensa de San Jorge.

Se encontraba el soldado Jorge siendo torturado por órdenes y en presencia de Diocleciano. Girándose hacia su esposa Alejandra, que contemplaba en silencio la macabra escena, le dijo: “¡Oh esposa mía! Es tanta la rabia que siento al ver que no puedo con éste, que voy a morir de despecho.” Ella le respondió: “No me extrañaría nada, ¡oh tirano cruel! ¿No te dije infinidad de veces que dejaras de perseguir a los cristianos? ¿No te he advertido insistentemente que estas personas cuentan con la protección de su dios? Pues ahora te digo todavía más; presta atención a mis palabras: yo quiero hacerme cristiana.” Diocleciano exclamó: “¡Oh dolor! ¿Qué es lo que oigo? Pero, ¿es que también a ti te han seducido?”. A continuación, Alejandra hizo una defensa apasionada de los cristianos, reprendiéndole duramente por las acciones que estaba llevando contra ellos.

Diocleciano, indignadísimo, sin atender a su dignidad ni a su rango, mandó colgarla por los cabellos de una viga y que fuera azotada sin piedad hasta la muerte. En medio del tormento, mirando a Jorge, Alejandra gritó: “¡Oh Jorge, luz de la verdad! ¿Qué va a ser de mí? Pues voy a morir y no estoy bautizada.” Díjole el soldado: “No te preocupes por esto. La sangre que estás derramando tiene en este caso el mismo valor que el bautismo y equivale a una corona de gloria.” Al poco rato, y sin dejar de rezar mientras pudo, murió. En otra versión, sin embargo, Diocleciano la hace ejecutar a golpe de espada, siendo el 18 de abril de 303, el primer año de la persecución. Días después, fueron ejecutados los cristianos Apolo, Ísaco y Codrato, probablemente esclavos o funcionarios al servicio de Alejandra, quienes pese a su posición sufrieron igualmente el hambre y la decapitación.

Detalle de la Santa colgada de los cabellos y azotada. Iglesia de San Jorge, Rhazüns, Suiza.

Detalle de la Santa colgada de los cabellos y azotada. Iglesia de San Jorge, Rhazüns, Suiza.

Otra versión, más popular en la tradición ortodoxa, dice que Diocleciano optó por darle una muerte más digna a su esposa, que estuviera de acuerdo a su rango y linaje. Ordenó que unos soldados la llevaran al lugar donde debía ser decapitada. Mientras iba hacia allá, en un cierto momento la emperatriz, se giró hacia sus centinelas y les dijo: “Dejad que me recueste un momento en este muro, por piedad, pues estoy agotada.” Los soldados, respetuosos, la dejaron hacer, y en el mismo momento en que Alejandra se recostaba en el muro, se le fue la vida al instante, sin más.

Interpretación
Naturalmente, esta leyenda no se sostiene por ningún lado, no sólo por la realidad histórica, sino por las mismas incongruencias del texto, que lo mismo la llama Alejandría y la hace esposa de un tal rey Daciano, persa, como la llama Alejandra y la hace emperatriz de Roma y esposa de Diocleciano. Supuestamente, ella y sus sirvientes se habrían convertido al contemplar el martirio de San Jorge, pero presuntamente este mártir habría sido ejecutado en Palestina y, sin embargo, el texto ubica el martirio de Alejandra en Nicomedia, residencia de Diocleciano, por lo que supuestamente habría pasado un tiempo entre la muerte de San Jorge y su conversión, hasta que Diocleciano descubrió su fe y la hizo ejecutar con sus sirvientes, en Nicomedia. Sin embargo, la passio armenia insinúa que todo ocurrió simultáneamente. Por no hablar de la contradicción entre la versión que la muestra torturada y decapitada y la otra en la que, simplemente, se muere sola, sin más. En fin, un lío.

Lo cierto es que sí existe un grupo de mártires, llamados Alejandra, Apolo, Ísaco o Isacio y Codrato o Crotato, en Nicomedia, que son mencionados por un grupo relevante de fuentes hagiográficas, entre Martirologios, Sinaxarios y Menologios occidentales y orientales, y que son venerados, como decíamos, el 21 o 22 de abril, justo un día antes que San Jorge. Pero lo que sabemos de ella es esta leyenda descrita que, por supuesto, carece de todo fundamento histórico.

Martirio de la Santa en presencia de San Jorge. Lienzo de Giacopo Palma Il Giovane.

Martirio de la Santa en presencia de San Jorge. Lienzo de Giacopo Palma Il Giovane.

La realidad histórica
Ya la hemos mencionado anteriormente, en el artículo de Santa Serena e incluso en los artículos dedicados a analizar la leyenda de Santa Filomena, pero nunca está de más repetirlo. La persona que está detrás de esta inexistente Santa, llámese Alejandra o Serena, fue la emperatriz Prisca, la histórica esposa de Diocleciano, la cual, por Lactancio, sabemos que no era cristiana y que no murió mártir, luego todas estas leyendas sobre las peripecias de Alejandra-Serena se quedan en papel mojado.

En el año 305, Diocleciano renunció al Imperio y pasó sus poderes a Maximiliano Galerio, quien fue emperador hasta 311. Se decidió que su esposa sería Valeria, hija de Diocleciano y Prisco. Sin embargo, Valeria rechazó de inmediato a Galerio. Éste, despechado, mandó desterrar a Alejandra y a Valeria a Siria. En el año 313 murió Galieno. Su sucesor, Licinio, autorizó a las exiliadas a trasladarse a Nicomedia. Sin embargo mandó decapitar a la emperatriz y a su hija, y lanzar sus cuerpos al mar. En este crimen político, un asesinato derivado de las habituales luchas de poder, hay quien quiso ver el martirio de dos simpatizantes con el cristianismo, lo que no tiene ningún viso de realidad.

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Iconografía y culto
A pesar de la total inexistencia histórica de esta Santa y, consecuentemente, de la ausencia de reliquias que puedan considerarse auténticas, ha gozado de bastante culto y representación artística en el mundo ortodoxo, donde sigue siendo muy venerada y representada; en parte porque participa de la inmensa popularidad del mártir al cual viene asociada, el Gran Mártir Jorge, uno de los mártires antiguos más populares de todos los tiempos.

En los iconos aparece siempre como una santa reina o emperatriz, a menudo, anacrónicamente vestida con atributos y vestuario propios de una emperatriz bizantina, lo que no era. Suele portar la cruz del martirio y, a veces, una espada, aludiendo a su género de muerte. No es infrecuente que se hayan reutilizado iconos que representan a Santa Catalina de Alejandría y se haya cambiado su nombre por el de Santa Alejandra, ya bien sea porque ambas aparecen vestidas de igual manera -como princesas bizantinas- o porque haya habido alguna confusión con la palabra Alejandría, que aparece en la nomenclatura de ambas Santas -recordemos que en una de las versiones de la passio armenia no se la llama Alejandra, sino directamente Alejandría-. Con todo, es fácil reconocer cuando el icono ha sido reutilizado, porque ciertamente la rueda con púas es el atributo de Santa Catalina -y de San Jorge, si apuramos- pero no el de Santa Alejandra.

Santas María Magdalena y Alejandra emperatriz. Mosaico de Duzi en la catedral de Moscú, Rusia.

Santas María Magdalena y Alejandra emperatriz. Mosaico de Duzi en la catedral de Moscú, Rusia.

Nada más puede decirse de esta legendaria emperatriz mártir, salvo que, por más que se la venere aún hoy en día y que haya tantas y tan bellísimas obras de arte dedicadas a honrarla -particularmente en el naturalismo ruso-, es una figura que no existe, es totalmente irreal. Podríamos asumir la posibilidad de que Santa Alejandra de Nicomedia, mencionada como mártir junto a otros en esta ciudad, pueda ser una Santa real, pero desde luego, si así es, no sabemos absolutamente nada de ella.

Por supuesto, no cabe olvidar que existe otra Santa Alejandra, mártir de Amiso o de Ancira según el grupo al cual se la asocie, de la cual ya hemos hablado anteriormente y a cuyo artículo nos remitimos en caso de que alguna Alejandra que nos lea se sienta desmotivada al descubrir que nuestra protagonista de hoy, al menos tal cual la conocemos, no existe.

Meldelen

Bibliografía:
– DE LA VORÁGINE, Santiago, La leyenda dorada, vol I. Alianza Editorial, 2006.

Enlace consultado (12/09/2015):
– www.santiebeati.it/dettaglio/92739

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