Santa Ángela de Foligno: maestra de teólogos

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Lienzo contemporáneo de la Santa, obra de Sergio Marini. Sala del Episcopado, Foligno (Italia).

A finales del siglo XIII, inicios del XIV de nuestra era, vivió en Italia una mujer de profunda vida mística y riqueza espiritual que es digna compañera de esas grandes místicas de la Iglesia que por su condición de mujeres han quedado más bien ensombrecidas por las radiantes estelas de otros santos varones que escalaron los mismos méritos y destacaron en los mismos aspectos de santidad. Y si acaso ellas tuvieron más mérito, por la dificultad y las trabas que la Iglesia y la tradición patriarcal siempre ha impuesto a la mujer para escalar todo tipo de cimas, incluidas las espirituales. Hablo, específicamente, de Santa Ángela de Foligno.

La fecha de nacimiento de esta extraordinaria mujer es desconocida, aunque generalmente se asume que nació en el año 1248, en la ciudad italiana de Foligno, en la región de Umbría. Se conocen pocos datos de su infancia y juventud, salvo que procedía de una rica familia y como solía ocurrir en este tipo de entornos, la casaron muy joven y llegó a ser madre de ocho hijos. Tanto en su juventud, como en sus años de esposa y madre, se dice que llevó la vida habitual de las mujeres ricas de su época: rodeada de lujos y comodidades, no privándose de nada, poco puesta a la religiosidad y al fervor, destacando por su galantería y vanidad, e incluso llegando a ser motivo de escándalo entre sus semejantes.

Pero en torno al año 1285, con 35 años de edad, empieza a experimentar grandes remordimientos por la vida que había estado llevando hasta ese momento. Esta crisis interior fue desencadenada por las predicaciones del Beato Pedro Crisci, un noble local que había vendido sus propiedades y se dedicaba a purgar sus lujos pasados mediante la penitencia y el apostolado como terciario franciscano. Esta actitud suya había despertado más bien la burla entre sus congéneres, pero logró impresionar profundamente a Ángela. Además, en aquella época, ella perdió a todos sus seres queridos: sus padres, su marido y todos sus hijos murieron progresivamente, dejándola sola en el mundo. Esta gran pérdida, más los remordimientos causados por el ejemplo del beato Crisci, será lo que conduzca a Ángela a su gran conversión.

Se encomienda entonces a San Francisco de Asís para que le oriente y le ayude a iniciar su nueva vida, procurándole un buen confesor. El Santo se le aparece en sueños y le promete concederle lo que le ha pedido. Cuando al día siguiente ella se dirige a la catedral para confesarse con el obispo, encuentra a fray Arnaldo, que, siendo pariente suyo, se convierte en su confesor y padre espiritual: ante él hace una confesión general de toda su vida pasada, iniciando una nueva etapa de su vida marcada por una creciente ansiedad de lograr la santidad a través de la cruz y el amor, lo que ella definirá en sus escritos como un “binomio de perfección”.

Aparición de Nuestro Señor a la Santa. Lienzo de G. Cades (1750-1799). Altar de la capilla de la Santa en la iglesia de San Francisco, Foligno (Italia).

Ángela hace voto de castidad perpetua, vende sus vestidos e inicia períodos de severo ayuno, generando las primeras habladurías entre sus semejantes. Tras peregrinar a Roma se asocia con una compañera –Masazuola- y ambas se dedican a obras de caridad, especialmente atendiendo a los leprosos. Luego entra en la Tercera Orden de San Francisco, realizando sus votos en el verano de 1291. En ese mismo año peregrina a Asís, momento en que tiene su primera experiencia mística, consistente en la asistencia y presencia interior de la Santísima Trinidad, especialmente del Espíritu Santo, quien conversaba con ella. Cuando al llegar a la Basílica de San Francisco éste la abandona, experimenta una gran ansiedad y prorrumpre en grandes gritos, ante la expectación de la gente. Por ello se gana una reprimenda de su confesor –entonces residente en Asís- que la echa de la ciudad y le prohíbe regresar.

Esto será una constante en la vida de Ángela: la gran ansiedad experimentada cuando cesaban los fenómenos místicos, que la llevaba a angustiarse e incluso a flagelarse hasta límites exagerados, temiendo haber perdido la gracia divina. Ello le acarreó muchas incomprensiones de parte de los suyos y de su confesor, que la reprimía constantemente. Sin embargo, cuando al año siguiente fray Arnaldo regresa a Foligno, ella le explica esta vida interior y a partir de este momento él será quien redacte las experiencias místicas de Ángela, puesto que ella misma no escribió, sino que se las dictaba. La intención del confesor era tomar buena nota de la preciosa experiencia mística Ángela y sus vivencias espirituales para que luego fueran puestas a consideración y estudio por otros directores espirituales más expertos que él. Así es como nace el “Memorial de Fray Arnaldo”, considerado la auténtica autobiografía de Ángela, un auténtico tesoro teológico y espiritual.

¿Qué vemos en este Memorial? Ella dictaba a su confesor en su lengua materna, eso es, el umbro (un dialecto propio de la región) y fray Arnaldo transcribía al latín, literalmente y palabra por palabra, lo que ella le decía. Este texto, de fidelidad absoluta e indiscutible, recoge la experiencia espiritual de Ángela desde el año de su conversión (1285) hasta que éste es aprobado por una comisión de ocho teólogos franciscanos y el cardenal Giacomo Colonna, en el año 1296. Aunque posteriormente estos estados místicos (ascesis) de Ángela prosiguieron, éstos se fueron dando cada vez con menor frecuencia.

Comunión de la Santa. Lienzo anónimo de la sacristía de la iglesia de San Jaime, Foligno (Italia).

Es entonces cuando desarrolla otra actividad que le dio mucha notoriedad en el ambiente franciscano, esto es, constituye en torno a ella un importante grupo de gente italiana y extranjera, a la que aconsejaba sabiamente. Es su llamada “maternidad espiritual”, según una promesa que Dios le había hecho: “Tú tendrás hijos”. Entre quienes acudían a escucharla estaba Fray Uberto de Casale, que le recuerda con elogios cariñosos en su obra “Arbor vitae crucifixae Iesu”.

Fruto de esta actividad apostólica fueron “las Instrucciones Salutíferas” y sus cartas, con las que se acercaba a quienes quedaban geográficamente lejos de ella. Considerándolos como hijos espirituales, ella, que había nacido y vivido en la abundancia, les inculcaba el amor a la pobreza. Intentó siempre calmar los falsos celos espirituales de algunos intransigentes, instándoles a respetar a los que no pensaban como ellos. Pero por otra parte, fue severa con los llamados “hermanos de espíritu liberal”, falsos místicos de la época a los que reprendía para que aparte de la vida en pobreza, practicasen la caridad y la humildad, virtudes que les faltaban y que según ella, si faltaban, la vida de pobreza no tenía sentido ni valor.

En la asistencia a los leprosos de la ciudad, que ya hemos mencionado, fue una auténtica heroína: les lavaba y curaba personalmente las llagas, llegando el punto de beberse luego el agua sucia llena de pus y pieles muertas (!!) porque, para ella, en los leprosos estaba Cristo, y Él, a través de ellos, le mostraba su ternura y su dulzura.

Ángela murió en Foligno el día 4 de enero de 1309, día que posteriormente se ha establecido para su fiesta. Los últimos días de su luminosa vida quedan recogidos en un pequeño relato titulado “De felici exitu beatae Angelae”. Sus escritos, recogidos después de su muerte, fueron aprobados por el cardenal Giacomo Colonna, y forman unos siete manuscritos. Sus pensamientos y vivencias influyeron tanto en los teólogos de su época que no en vano ha sido llamada “maestra de teólogos”, título que ya le dieron en vida, reconociendo su inmensa labor espiritual.

Sus escritos son un cuerpo de experiencia místico-doctrinal tan completo que es considerada como una de las grandes místicas de la Iglesia, aunque ni estudió teología –doctrina vedada a las mujeres- ni dependió intelectualmente de ninguna escuela teológica anterior. En sus escritos no sigue ningún esquema preestablecido, sino que dictaba directamente aquello que le llegaba de su experiencia mística interior. Se santificó dentro del espíritu franciscano, y hasta se le apareció San Francisco de Asís para decirle: “Tú eres la única que has nacido de mí”.

Urna con los restos de la Santa. Iglesia de San Francisco, Foligno (Italia)

Por lo común, cuando se habla sobre los místicos, se dice que existen en ellos tres grados de perfección: el incipiente, el competente y el perfecto. Estos tres están juntos e implícitos en los treinta pasos hacia la santidad que ella dijo haber recorrido. Una nota característica de su espiritualidad que imprimió todos los actos y pensamientos de su vida es el cristocentrismo: para ella, Cristo era el centro de todo. Su amor por la cruz es fuente de purificación y perfección del alma, se concretiza en el “abrazo generoso a Cristo” manifiesto a través del dolor y la humildad, que culmina con la identificación con Él: “Tu serás mío y yo seré tuya”.

Hago un alto aquí para hacer una propuesta que viene a cuento con lo último que he comentado. Probablemente os estéis preguntando cómo yo, cuya especialidad (si la tengo realmente) son las santas mártires, me he atrevido a hablar de una gran mística medieval. Quisiera presentaros la forma en la que yo la conocí, que es a través de una obra musical de gran belleza, un trabajo contemporáneo de Richard Einhorn (1999) que sobre ser muy reciente parece una obra clásica. Me refiero al oratorio “Voices Of Light” (Voces de Luz) que este compositor dedicó a Santa Juana de Arco, concretamente, a la pieza llamada Pater Noster. Esta obra, a falta de textos escritos por la propia Juana, está nutrida de textos de las grandes místicas medievales, entre ellas Ángela de Foligno. Este Pater Noster, de singular hermosura, está, naturalmente, compuesto de la cita del Evangelio de Mateo referente a esta oración, pero el resto del texto, expresado en el precioso dueto de solistas, es de la propia Ángela, donde expresa su comunión con Cristo. Os animo a que la oigáis (adjunto texto para su mejor seguimiento) y espero que os emocione tanto como me emocionó a mí la primera vez que lo oí.

Pater Noster, qui es in caelis,
Sanctificetur nomen tuum.
Adveniat regnum tuum.
Fiat voluntas tua,
Sicut in caelo
et in terra.

"Filia mea, dulcis michi;
filia mea, delectum meum, templum meum;
filia delectum meum,
ama me: quia tu es multum amata a me,
multum plus quam tu ames me."

"Et postquam ego colcavi me in te;
modo colca te tu in me."

"Ista est mea creatura."

Pater Noster, qui es in caelis
Sanctificetur nomen tuum
Adveniat regnum tuum
Fiat voluntas tua,
Sicut in caelo
et in terra.

"Et sentiebam dulcedinem divinam
ineffabilem."
Padre Nuestro, que estás en el cielo
Santificado sea tu nombre
Venga tu Reino
Hágase tu voluntad
En la tierra
Como en el cielo.

“Hija mía, mi dulzura,
hija mía, mi bienamada, mi templo,
hija mía, mi bienamada,
ámame porque eres muy amada por Mí
mucho más de lo que tú me amas.”

“Y después que yo haya descansado en ti
descansa ahora Tú en mí.”

“Ésta es mi criatura”.

Padre Nuestro, que estás en el cielo
Santificado sea tu nombre
Venga tu Reino
Hágase tu voluntad
En la tierra
Como en el cielo.

"Y entonces sentí una inefable y divina dulzura."

Ángela sostiene que las tres etapas del itinerario místico son tres transformaciones sucesivas del alma: transformación en la humanidad de Cristo, transformación en la divinidad de Cristo, y finalmente transformación en Dios, Trinidad Santa. A esta unión perfecta con Dios la llamarían posteriormente “unión consumante” Santa Teresa de Jesús y San Juan de la Cruz, Doctores de la Iglesia.

Ángela también dijo que Dios era “Todo el Bien” pero que “su mejor definición es aquella que no lo define, porque Dios no puede explicarse de ninguna manera, por nada ni por nadie y por eso experimento una alegría inexplicable que es la alegría que se experimentará en el cielo”. Por otra parte, cuando habla sobre la Pasión de Cristo, lo hace con gran ardor, refiriéndose al “Hombre Dios que padece”, no siendo menos ardorosa cuando habla sobre la Eucaristía, la Santísima Virgen, la excelencia de la oración y otros muchos temas que abordó.

Esta mujer extraordinaria fue reconocida como Beata por Clemente IX en 1707, y aunque era llamada por el pueblo “Santa” y Pablo III la había inscrito como tal en santoral de los terciarios franciscanos (1547), no había sido realmente nunca canonizada. Se había solicitado a la Santa Sede que se la canonizara “cultu ab immemmorabile” (como culto inmemorial), como fueron canonizadas Santa Camilla Battista da Varano y Santa Inés de Bohemia, y, finalmente, ha sido canonizada por el Papa Francisco, el 9 de octubre de 2013 mediante el método de “canonización equipolente”, llamada también canonización extraordinaria que es una forma de canonizar por la que el Papa reconoce y ordena el culto público y universal a un Beato, sin haber pasado por el procedimiento ordinario de la canonización formal, en base a que su veneración es muy antigua y de forma continua en la Iglesia.

Meldelen

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